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Antonio Perrenot de Granvela

Biografía

Perrenot de Granvela, Antonio. Cardenal Granvela. Besançon (Francia), 26.VIII.1517 – Madrid, 21.IX.1586. Obispo de Arrás, cardenal arzobispo de Malinas y de Besançon, primer consejero de Carlos V y ministro de Felipe II.

Era uno de los quince hijos de Nicolás Perrenot, canciller del emperador Carlos V, y de Nicole Bonvalot.

A los seis años de edad se trasladó desde su ciudad natal a Dôle. A los doce años fue nombrado por el papa Clemente VII camarero y protonotario privilegiado de la categoría denominada de los participantes. Más tarde obtuvo una prebenda en la iglesia colegiata de Nôtre-Dame de Amberes, el prebostazgo de Saint-Rombaut de Malinas y de Nôtre- Dame de Utrecht, y los títulos de arcediano y primer chantre de Besançon, y abate de Saint-Vincent también en Besançon. Antes de cumplir los quince años ingresó en la Universidad de Lovaina, donde estudió Filosofía y Teología; en la Universidad de Padua estudió Derecho. A los diecisiete años obtuvo el empleo de secretario imperial relator, que ocupó desde 1534 hasta 1540. Como tal secretario firmó, en nombre del Emperador, el acta matrimonial entre el duque Alejandro de Médicis y Margarita de Austria, cuya boda se celebró en Nápoles, el 28 de febrero de 1536. En 1538 alcanzó el obispado de Arrás, vacante por fallecimiento de Eustaquio de Croy. Fue consagrado obispo el 21 de mayo de 1542 en Valladolid por el cardenal primado de Toledo, Juan Tavera Pardo. En el bienio 1539-1540 fue elegido canónigo del capítulo de Saint-Lambert de Lieja. Antonio dominaba el francés, el español, el italiano y el latín, y entendía el alemán, el neerlandés y el inglés.

En 1538 su padre le introdujo en la diplomacia europea.

Participó en la conferencia de Niza, celebrada aquel año, y en el coloquio de Worms, de 1540, donde se trataron cuestiones religiosas. Asimismo, estaba presente en la conferencia preparatoria de la dieta de Ratisbona, que comenzó el 14 de enero de 1541, donde debatió con católicos y protestantes temas referentes a los bienes eclesiásticos, al celibato de los sacerdotes, a la obediencia a la Santa Sede y al pecado original. En Ratisbona, donde se celebraba la dieta los días 5 de abril a 29 de octubre de 1541, Nicolás Perrenot y el elector palatino Federico presidieron las negociaciones. Antonio sustituyó a su padre cuando éste cayó enfermo. Allí se discutió sobre la autoridad de la iglesia, la jerarquía eclesiástica, el sacramento de la penitencia, la eucaristía, el celibato de los clérigos seculares y regulares, la restitución de los bienes eclesiásticos, la influencia de los protestantes en la cámara imperial, etc.

A los veintiséis años recibió el título de consejero de Estado. El mismo año, en la dieta de Nuremberg, los Granvela, padre e hijo, se esforzaron infructuosamente para que los representantes del Imperio y los príncipes alemanes Mauricio de Sajonia y Felipe de Hesse se enfrentaran al rey de Francia y a los turcos.

El mismo año, en Trento, se mostró abiertamente enemigo del rey francés Enrique II.

Mediante el tratado de Crépy, concertado el 19 de septiembre de 1544 se consiguió la paz entre el Emperador y Francisco I. Aunque el pacto era obra sobre todo de Nicolás Perrenot y de Fernando Gonzaga, también desempeñó un papel importante el obispo de Arrás. En efecto, el 7 de aquel mes fue enviado por el Emperador cerca del rey de Inglaterra, Enrique VIII, para arrancarle su consentimiento para negociar un acuerdo entre Francia e Inglaterra. El mes de octubre de 1544 Carlos V le envió a Francia para trabajar por la paz entre Francisco I y Enrique VIII, pero no consiguió nada en claro porque los franceses exigían la restitución de la villa de Boulogne, en poder del rey inglés.

Tras la firma del Tratado de Crépy, salió fortalecida su autoridad. Su padre continuaba dominando la política imperial, en tanto que él se ocuparía de gran parte de los asuntos. En el mes de marzo de 1545, fue convocada la dieta de Worms, bajo la presidencia de Fernando de Austria. Representaban a Carlos V Nicolás y Antonio Perrenot, que trataron en vano de conseguir la ayuda alemana contra los turcos y eventualmente contra Francia.

A comienzos de 1547, Nicolás Perrenot se retiró al Franco Condado y su hijo Antonio asumió por vez primera la dirección de los asuntos de Estado. A finales de la década, cuando el Emperador padecía una gota insoportable, se encargó, entre otros puntos, de extractar su correspondencia y de recibir en audiencia a los príncipes y embajadores.

El 27 de agosto de 1550, cuando murió su padre, le sucedió en las competencias de canciller; adquirió los sellos del Imperio y será quien refrende, en calidad de ministro de Justicia, los documentos promulgados por el Emperador.

En el verano de 1553 falleció Eduardo VI de Inglaterra.

Heredó la Corona María Tudor, prima del Emperador e hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón.

Si el príncipe Felipe casaba con ella, Inglaterra se uniría a la Monarquía española, y de esta forma se aseguraba la comunicación por mar entre España y los Países Bajos. Asistido por el embajador imperial Simón Renard, gestionó el matrimonio de Felipe de España con la reina María Tudor, cuyo enlace se celebró el 25 de julio de 1554.

Los últimos años del reinado de Carlos V, que coincidieron con el acceso del obispo de Arrás al poder, supusieron duros reveses para el Soberano más poderoso del mundo: la huida de Innsbruck, el levantamiento del sitio de Metz, el fracaso de Renty y la esterilidad del matrimonio de María Tudor.

El 25 de octubre de 1555, en la asamblea de los caballeros del Toisón de Oro y de los Estados de los Países Bajos, el Emperador proclamó a Felipe monarca de esos territorios. En la reunión —donde el borgoñón puso de manifiesto sus dotes de excelente orador— se encargó de hablar en nombre de Felipe, que no dominaba el francés ni conocía el flamenco, elogiando a Carlos V y refutando que su hijo no le había obligado a dimitir. El 16 de enero del año siguiente, en Bruselas, también Carlos renunció en Felipe a la Corona de España; y tres meses después le entregó el Franco Condado de Borgoña, de donde eran oriundos los Granvela. Muchos franc-comtois habían prestado servicios al Emperador; pero Felipe II sólo recuperó para puestos importantes a tres: Antonio Perrenot; su hermano Tomás Perrenot, embajador primero en Francia (1559-1563), y más tarde en el Imperio (1563-1570), y Simón Renard, que fue consejero de aquél en los asuntos de los territorios borgoñones.

Carlos V permaneció en los Países Bajos junto a Felipe hasta septiembre de 1556, momento en el que se hizo a la vela en Vlissingen rumbo a España.

María de Hungría, hermana del Emperador, gobernadora de los Países Bajos, renunció al cargo para acompañar a su hermano a España. Su sucesor fue Manuel Filiberto de Saboya. El obispo permaneció desde 1556 a 1559 en los Países Bajos, como primer consejero del gobernador. Felipe se encargó de formar su propio círculo de consejeros, algunos procedentes de España, como Ruy Gómez de Silva y su secretario personal Gonzalo Pérez, y otros que habían servido a su padre, Juan Manrique de Lara y el propio Granvela.

También se encontraban consejeros de ambos Monarcas, caso del duque de Alba, a quien Felipe había nombrado virrey de Nápoles. En 1556, creyendo perder la confianza de Felipe II, se planteó ocupar su sede episcopal de Arrás. El año siguiente recuperó la confianza del Soberano.

El 7 de junio de 1557 María Tudor declaró la guerra a Francia, alegando que Enrique II no había cumplido los tratados con Inglaterra; entonces Antonio aconsejó a Felipe II que iniciara la campaña sitiando San Quintín, donde se pudiera coger por sorpresa a la guarnición francesa. El Monarca atendió los consejos del estadista, que además le acompañó al campo de batalla. El 10 de agosto las tropas españolas, comandadas por el duque de Saboya y el conde de Egmont, derrotaron en los alrededores de San Quintín a los ejércitos franceses, mandados por el condestable de Montmorency. El prelado incluso planteó a Felipe II que atacara París, cosa que no hizo.

La victoria de San Quintín no puso fin a la guerra.

En noviembre murió María Tudor. Felipe II eligió en diciembre de 1557 al dominico Bartolomé de Carranza, como arzobispo de Toledo. El domingo 27 de febrero de 1558, en el Convento de Santo Domingo de Bruselas, fue consagrado el nuevo primado por Antonio Perrenot. En una entrevista que celebró en mayo de ese año con el cardenal de Lorena, se pusieron los cimientos de la futura paz entre Francia y España. Los delegados de Inglaterra, de Enrique II, y de Felipe II —entre los que se encontraban el duque de Alba, Ruy Gómez de Silva y el propio obispo— se reunieron los meses de septiembre y octubre de 1558 en la Abadía Cercamp de Lille para concertar la ansiada paz. No llegaron a ningún acuerdo y volvieron a juntarse a partir del 6 de febrero del año siguiente en Cateau-Cambrésis. Como cabeza de la delegación española figuraba el futuro cardenal. La paz se firmó el 3 de abril, siendo éste el último en firmar los documentos del tratado, porque no estaba satisfecho con su contenido. Por ese tratado, Francia conservó Calais y tres fortalezas clave en territorio del Rin (Metz, Toul y Verdún), y España ratificó su dominio en Italia, asegurándose así su preponderancia mediterránea.

En Cateau-Cambrésis entabló estrecha amistad con el duque de Alba. En esta época, dos grupos se disputaban el favor de Felipe II, uno, el de Ruy Gómez de Silva, más tarde príncipe de Éboli, y otro, el del duque de Alba. El obispo se alineó con este último.

El tratado puso fin a una época en la cual el borgoñón había dirigido la política europea de los Habsburgo.

Los años que van de 1559 a 1571 desempeñó un papel menos relevante en la dirección de los asuntos españoles. Cuando el mes de agosto de 1559 Felipe II puso rumbo a España, no se llevó a Granvela, sino que lo dejó en los Países Bajos en calidad de primer consejero de la nueva gobernadora Margarita de Austria, hija bastarda del Emperador y casada en segundas nupcias con el duque de Parma, Octavio Farnesio, cuyo nombramiento se debió al influjo del cardenal y del duque de Alba, pero que no satisfizo a los grandes señores, empezando por el príncipe de Orange, cuya candidata era Cristina, duquesa heredera de Lorena, prima de Felipe, y a quien Orange pretendía convertir en su suegra. Cuando se produjeron estos hechos, el Consejo de Estado de los Países Bajos se componía, entre otros, de la gobernadora Margarita; Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, que tenía bajo su mando el principado soberano de Orange y poseía tierras en Francia, en el Imperio, en los Países Bajos y en el Franco Condado; el conde de Egmont; el conde de Berlaymont, jefe principal de Hacienda; Viglius de Zuichem, presidente del Consejo privado, y el propio obispo, que en la práctica ocupaba el primer puesto en el Consejo. En unas instrucciones secretas dirigidas a Margarita de Parma, Felipe II había dispuesto que fueran sometidos todos los negocios al veredicto de Berlaymont, Zuichem y Granvela. Con el tiempo éste se responsabilizó de todos los actos de gobierno impopulares, como la erección de nuevas diócesis, la conducta poco honorable de los soldados españoles, la persecución sangrienta de herejes, las dificultades comerciales con Inglaterra, etc. Se publicaron contra él libelos, planfletos y sátiras; fue ridiculizado en carteles y caricaturas así como tildado de “puerco de España” y “canalla papal”.

La animadversión y hostilidad de los nobles contra él procedía, sobre todo, de que le consideraban promotor de la nueva organización eclesiástica. Pablo V, en la bula Super Universas, promulgada el 12 de mayo de 1559, había aumentado de cuatro a dieciocho las diócesis, para combatir mejor la herejía y atender adecuadamente a los feligreses. La ampliación daría al poder central, que nombraba a los obispos, un gran peso en todo el país y mayor decisión en las asambleas provinciales y en los Estados Generales, merced al voto de los nuevos prelados. El 16 de junio Felipe II le escribió para que propusiera candidatos para esas diócesis.

El Papa le elevó a la dignidad cardenalicia el 26 de febrero de 1561. El 5 de abril recibió, de manos de Felipe Nigri, decano de Sainte-Gudule de Bruselas, el capelo. Desde ese momento, el prelado tomó el nombre de Granvela. Fue sucesivamente cardenal de San Bartolomé en la isla de San Silvestre, cardenal de Santa Prisca, de Santa Anastasia, de San Pedro in Vinculus y de Santa Eudoxia, de Santa María de Trastevere y de Santa Sabina. En mayo el Papa expidió breves nombrando obispos para las nuevas sedes, entre ellos el borgoñón, que fue destinado al arzobispado de Malinas. El 21 de diciembre hizo su entrada solemne en la nueva ciudad episcopal.

Antes, el 23 de julio, el príncipe de Orange y el conde de Egmont habían escrito a Felipe II quejándose de que, como miembros del Consejo de Estado, no eran consultados en los asuntos importantes. Se referían, de modo singular, a la creación de los nuevos obispados. Los nobles pedían, en fin, la destitución de Granvela. En una reunión del Consejo de Estado, Egmont llegó a levantar su puñal contra él y tuvo que poner paz el príncipe de Orange. El mes de marzo de 1563, Orange, Egmont y Felipe de Montmorency, conde de Hornes, escribieron al Monarca exigiendo la dimisión del cardenal en nombre del interés público.

En Madrid, el secretario real Francisco de Eraso, vinculado con Ruy Gómez, apoyaba la campaña contra él. El ataque a éste coincidía con el auge del grupo ebolista. En julio, Orange le comunicaba que abandonara los Países Bajos, pues de lo contrario no podía asegurar la tranquilidad en esos territorios. Alba, que fue consultado por Felipe II, estaba en contra de su cese. Margarita de Parma también apoyaba a su ministro.

Finalmente, el 22 de enero de 1564 una carta secreta escrita de puño y letra por Felipe II le indicaba que se retirase a Besançon con el pretexto de visitar a su madre enferma. El 13 de marzo partió de Bruselas y llegó a su ciudad natal el 29 del mismo.

Durante su retiro, mantuvo relación epistolar con Felipe II, su amigo el secretario Gonzalo Pérez, el emperador Fernando de Austria, la duquesa Cristina de Lorena y María Estuardo. Merced al influjo de Gonzalo Pérez y a causa de las desconcertantes noticias suministradas por Lorenzo de Villavicencio referentes a los Países Bajos, Felipe II le escribió el 22 de octubre de 1565 para que se trasladara a Roma, aunque sin asignarle ninguna misión concreta. El mes siguiente falleció el papa Pablo IV. Sin embargo, una enfermedad no le permitió asistir, como era su deseo, al cónclave.

Llegó a Roma a comienzos de 1566, cuando ya había sido elegido el nuevo papa Pío V.

El 16 de mayo de 1570 Felipe II nombró a los plenipotenciarios que debían debatir junto a los representantes del Papa la constitución de la Santa Liga contra el Turco: el estadista borgoñón, el cardenal Francisco Pacheco de Toledo, obispo de Burgos, y Juan de Zúñiga, hijo del preceptor del Monarca y hermano de Luis de Requeséns. El proyecto era propiciado desde 1568 por Pío V y Granvela se oponía a él, siendo conocidos sus sonoros desencuentros con los representantes venecianos y pontificios, que lo veían como un obstáculo para firmar la alianza.

En abril de 1571 sucedió a Pedro Afán de Rivera, duque de Alcalá, en el virreinato de Nápoles. Recibió el encargo de armar una flota y defender de los otomanos las costas de Italia meridional. La flota que armó el virrey participó en la batalla naval de Lepanto, contribuyendo al éxito de los cristianos.

Formó parte del cónclave que, a raíz de la muerte de Pío V ocurrida el 1 de mayo de 1572, eligió al cardenal Hugo Buoncompagni Pontífice con el nombre de Gregorio XIII. Como defensor de los intereses de España, se negó a derogar el exequator regium, esto es, la previa aprobación real de las bulas romanas antes de su aplicación. Antes de dejar el cargo de virrey escribió el 2 de mayo de 1575 al Rey señalando que su sucesor debía gobernar Nápoles respetando, como él había hecho, las leyes, costumbres y privilegios vigentes.

Íñigo López Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, le sustituyó en el virreinato.

Dejó Nápoles y se trasladó, cumpliendo órdenes reales, a Roma, para ayudar a Juan de Zúñiga, embajador y hermano de Luis de Requeséns, en las problemáticas relaciones con el papado, sobre todo en dos puntos: los conflictos jurisdiccionales y la política italiana.

En 1577 el Papa le incorporó a la congregación creada para resolver las dificultades de los Países Bajos, ascendiéndole también a cardenal de alto rango al conferirle el obispado suburbano de Sabina. El borgoñón no era favorable a que los extranjeros se entrometieran en los negocios de los Países Bajos, trataba de reconciliar esos territorios con España por medios pacíficos y pensaba que sus gobernadores debían ser príncipes de sangre azul.

Diversos acontecimientos ocurridos en España, como el asesinato un año antes de Escobedo y las intrigas de la princesa de Éboli contra el secretario Mateo Vázquez, hicieron que el Rey se decidiera el 20 de marzo de 1579 a llamarle a la Corte. En mayo embarcó en Civita-Vecchia en la flota del príncipe Juan Andrea Doria, desembarcó en Cartagena, llegó el 28 de julio a Madrid, día en que fueron detenidos Antonio Pérez y la princesa de Éboli y apartados para siempre de la vida pública. El 3 de agosto fue recibido por el Rey en El Escorial. Desde su llegada se encargó de la dirección de los negocios italianos y fue nombrado para la presidencia del Consejo de Italia, vacante por fallecimiento del duque de Francavilla, príncipe de Melito. Juró su nuevo puesto el 13 de octubre.

El cardenal, al que los ministros españoles llamaban “el barbado”, por su larga y canosa barba, dirigió casi toda la política exterior española, encargándose de los negocios referentes a Países Bajos, Italia, Francia, Inglaterra, Escocia, Alemania, el Franco Condado y Turquía.

En los Países Bajos, Felipe II aplicó la política de Granvela, tendente a restablecer el orden mediante la paz. Si bien éste no tenía intención de dedicarse a los asuntos internos de España, recibió el encargo de reorganizar la hacienda. Una de las medidas que llevó a la práctica fue acabar con los empleados de hacienda corruptos.

El rey de Portugal, el cardenal Enrique, falleció el 31 de enero de 1580. Entre los candidatos al Trono figuraba Felipe II, hijo de Isabel, la hija mayor del rey Manuel y hermana de Enrique. Felipe II, que desde hacía tiempo trataba de unir Portugal a España, consultó a Granvela sobre este tema. A pesar de haber manifestado que no quería entrometerse en negocios puramente castellanos, aconsejó al Rey que hiciera valer sus derechos al Trono de Portugal. Es más, en la confrontación militar contra el pretendiente don Antonio, el duque de Alba asumió, a instancias del cardenal, el mando del Ejército español. Cuando el Rey abandonó Madrid para trasladarse a Portugal, Granvela permaneció en la Corte como máxima autoridad política y gobernó en su nombre. La estancia de Felipe II tanto tiempo en el país vecino hizo que se deteriorara su relación, acabando la estrecha colaboración mantenida en 1579. De esta manera los ministros españoles reforzaron su posición a sus expensas. En 1582 era poca su relación epistolar con el Monarca, y el año siguiente apenas existió. Su autoridad se fue debilitando paulatinamente. Por ello, el 16 de mayo de 1581, cuando murió el cardenal Sforza, protector oficial de España en Roma, le expresó al Rey su deseo de sucederle, pero éste nombró al cardenal Médicis, hermano del gran duque de Toscana. Meses más tarde solicitó, también infructuosamente, el empleo de gobernador de Milán. Es más, cuando se encontraba vacante la encomienda de Zalamea de la Orden de Alcántara, que otrora le había prometido el Rey, se le concedió a su enemigo Cristóbal de Moura.

La muerte del duque de Alba, ocurrida el 11 de diciembre de 1582, a pesar de la expectación generada, no logró su acercamiento a Felipe II. Desde marzo hasta agosto de 1583 sólo se reunieron en dos ocasiones.

Más enemistades se granjeó cuando el Rey nombró en ese año, por recomendación suya, para el mando de la armada mediterránea a su amigo el almirante genovés Juan Andrea Doria. Con este nombramiento, Granvela trató de mantener el carácter plurinacional de la Monarquía, pero precipitó un enfrentamiento en la Corte madrileña que le costó gran parte de su poder. El Rey intentó contentar a los castellanos nombrando al marqués de Santa Cruz capitán general del Mar Océano. Por esta época Felipe II pasó a encargarse directamente con la ayuda de Idiáquez de casi todos los asuntos de Estado que tenía atribuidos el borgoñón. Éste continuó con la dirección de los relativos a Italia —era presidente del Consejo de Italia— y Alemania, menos importantes. En el futuro cualquier información que necesitara de él el Monarca se la pediría por escrito. En el mes de mayo de 1584 y a través de su amigo Bartolomé de Santoyo, transmitió a Felipe II su queja de la actitud que éste había adoptado respecto de él, no recibiéndole y quitándole parte de los asuntos de Estado. La respuesta del Monarca, concisa, fue que ésa era su voluntad.

Granvela fue marginado del núcleo de consejeros de la importante Junta de Noche, que se constituyó en 1585, entre los que encontraban su fiel amigo Idiáquez, y a la que también concurrieron personajes contrarios a él, como Juan de Zúñiga, gran comendador de Castilla, Francisco Zapata de Cisneros, presidente del Consejo de Castilla, y Cristóbal de Moura. Además, los asuntos italianos, que eran de su competencia, se asignaron a esa junta. En esta ocasión, como en otras tantas en los últimos años, volvió a manifestar su descontento por escrito.

Dado que sabía que no iba a volver a los Países Bajos, solicitó en diferentes ocasiones al Monarca la renuncia a su título de arzobispo de Malinas. Finalmente el Rey accedió a ello, y el 24 de enero de 1583 fue devuelta la diócesis de Malinas al papa Gregorio XIII.

En julio del año siguiente, el capítulo metropolitano de Besançon lo eligió por unanimidad arzobispo de su diócesis. No obstante, no obtuvo autorización del Rey para ir a su nueva diócesis, viéndose obligado a nombrar vicarios. El mismo año le permitió Felipe II que, a causa de su deteriorada salud, reuniera en su posada el Consejo de Italia en lugar de en el Palacio Real, y le recibiera en audiencia el 17 de noviembre.

El 19 de enero de 1585, el Rey y su Corte partieron rumbo a Zaragoza para asistir a la boda de su hija Micaela Catalina con Carlos Manuel de Saboya. Granvela criticó que se celebrara el viaje en pleno invierno.

El cardenal y los Consejos salieron una semana después.

El 10 de marzo, en Zaragoza, ofició una ceremonia en la que Catalina y el duque de Saboya hicieron sus votos matrimoniales. El 2 de abril la comitiva real se dirigió a Barcelona, empero, el estadista, gravemente enfermo, se quedó en la ciudad del Ebro. El mismo mes, la reina Isabel de Inglaterra, en un gesto de apoyo a los rebeldes holandeses, había suspendido el comercio inglés con los Países Bajos españoles.

Como reacción a esa medida, Felipe II llevó a la práctica la táctica defendida durante mucho tiempo por el borgoñón, ordenando el mes siguiente el embargo de todos los barcos extranjeros fondeados en puertos peninsulares, excepto los franceses por ser demasiado pequeños. En Barcelona permaneció el Rey hasta el 13 de junio, después volvió a Aragón para asistir a las Cortes de Monzón. Aquí también estuvo el prelado, pero cuando el Rey enfermó gravemente en octubre, no se encontraba junto a él.

En 1586, en abril, se encontraba nuevamente enfermo y achacoso: apenas era capaz de expresarse.

Cuando se recuperó recibió a embajadores y trató de mejorar las relaciones entre Felipe II y el papa Sixto V, para así poder contar con el apoyo de la Santa Sede contra Francia e Inglaterra y mejorar al propio tiempo los intereses de la Monarquía en asuntos eclesiásticos.

A partir de julio cayó gravemente enfermo, y falleció en la madrugada del 21 de septiembre.

El cardenal fue un gran mecenas que destinó parte de su patrimonio a proteger las letras, ciencias y artes.

Favoreció a los juristas Andrea Alciato y Petrus Peckius y al poeta Julio César Stella. El geógrafo Gerardo Mercator le dedicó varias obras, como el Mapa de Europa (1554) y Europae descriptio emendata (1572).

Los dos artistas que más se beneficiaron de su apoyo y protección fueron Leone Leoni y Antonio Moro.

El primero trataba al obispo de “padrone” y muchas de sus obras debían su origen a él, como los bustos de Carlos V, Felipe II, Leonor de Austria y duque de Alba. El pintor flamenco Moro retrató, además de a Granvela, a Felipe de España, María Tudor, el duque de Alba y María de Hungría. Tiziano también pintaría un retrato suyo que se conserva en la Rockhill Nelson Gallery de Kansas City.

Se interesó por la astronomía, las ciencias naturales y, sobre todo, por la historia. Juan de Vandenesse le dedicó su Journal de Voyages de Charles Quint et de Philippe II. Poseía una de las bibliotecas más valiosas del siglo xvi, donde custodiaba una colección de manuscritos griegos, latinos e italianos. Se relacionó con el famoso impresor de Amberes Cristóbal Plantin, a quien ayudó cuando atravesaba apuros financieros.

Jacobo Jongheling, medallista de Amberes, poseía un taller en la casa de Bruselas del obispo, donde elaboraba las joyas de su protector. Junto a otros, como Viglius y Nigri, favoreció la creación de la Universidad de Douai. También contribuyó a la ornamentación y restauración de la iglesia de San Mauricio de Besançon.

Se conservan veintinco medallas del cardenal, la más antigua, de bronce y acuñada por el medallista de Nuremberg Gebel en 1541, se custodia en el museo de Neuchâtel. Durante su estancia en Roma empleó como secretario de letras latinas al filólogo belga Justo Lipsio, que le dedicó sus Variae Lecciones (1569).

En su testamento, dispuesto días antes de su muerte, había instituido heredero universal a Juan Tomás Perrenot, hijo de su hermano Tomás, conde de Cantecroy.

El cardenal era propietario de un conjunto de palacios y de casas de campo dignas de un rey. Cerca de Bruselas poseía un extenso parque y la villa “La Fontaine”, rodeados de torres y de un estanque donde criaba pavos reales y cisnes. En las cercanías de Amberes tenía el dominio de Cantecroy, que traspasó a su hermano Tomás Perrenot, señor de Chantonnay.

En Roma tenía una villa cerca de San Juan de Letrán, donde recibía a sus amigos los cardenales Farnesio, Sirleto y Caraza y al humanista Fulvio Orsini, arqueólogo e historiador, bibliotecario y secretario desde 1565 del cardenal Alejandro Farnesio.

Sus restos mortales se depositaron en la iglesia de los Agustinos de Madrid. Cumpliendo sus deseos fue enterrado más tarde en el panteón familiar de la iglesia de los Carmelitas de Besançon, donde descansaban sus padres y varios hermanos. Había fallecido un hombre de Estado, fiel y servidor durante casi medio siglo de la Monarquía de los Habsburgo, que contribuyó resueltamente a la victoria de Mühlberg en abril de 1547, donde Carlos tomó prisioneros a los líderes luteranos, el duque de Sajonia y el landgrave Felipe de Hesse; a la consecución del matrimonio de Felipe II con María Tudor; a la instalación de nuevas diócesis en los Países Bajos, y que había desempeñado un papel destacado en la guerra contra Francia y los turcos y dominado durante algún tiempo la política española en Nápoles y Madrid.

Con la muerte de este enemigo irreconciliable de los reyes de Francia, de Isabel de Inglaterra, de los turcos y de los protestantes fanáticos, desaparecía la dinastía de los Granvela del panorama político español.

 

Bibl.: G. González Dávila, Teatro de las grandezas de la villa de Madrid, corte de los reyes católicos de España, Madrid, Tomás Iunti, 1623; L. Cabrera de Córdoba, Felipe II, Rey de España, Madrid, Aribau y Cía., Sucesores de Rivadeneyra, 1876-1877, 4 vols.; L. Serrano, Correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede durante el Pontificado de S. Pío V, Madrid, Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1914; M. Van Durme, El cardenal Granvela (1517-1586). Imperio y revolución bajo Carlos V y Felipe II, Barcelona, Editorial Teide, 1957; P. Pierson, Felipe II de España, México, Fondo de Cultura Económica, 1984; F. Barrios, El Consejo de Estado de la Monarquía española (1521-1812), Madrid, Consejo de Estado, 1984; V. Guitarte Izquierdo, Episcopologio Español (1500-1699), Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 1994; H. Kamen, Felipe de España, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1997; G. Parker, La gran estrategia de Felipe II, Madrid, Alianza Editorial, 1998; J. Martínez Millán y C. J. de Carlos Morales (dirs.), Felipe II (1527-1598). La configuración de la monarquía hispana, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1998; M. Rivero, Felipe II y el Gobierno de Italia, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1998; J. A. Escudero, Felipe II, el rey en el despacho, Madrid, Editorial Complutense, 2002; M.ª José Bertomeu Masiá (ed.), Cartas de un espía de Carlos V: la correspondencia de Jerónimo Bucchi con Antonio Perrenot de Granvela, Valencia, Marcial Pons, 2006; A. Pérez de Tudela, “Las relaciones artísticas de Antonio Perrenot con la ciudad de Nápoles previas a su virreinato en su correspondencia conservada en el Palacio Real de Madrid”, en VV. AA, Dimore Signorili a Napoli. Palazzo Zevallos Stigliano e il mecenatismo aristocratico a Napoli dal XVI al XX secolo, Nápoles, Intesa Sanpaolo, 2013, págs. 323-344.

 

Ricardo Gómez River

 

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