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Diego Sarmiento de Acuña

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Biografía

Sarmiento de Acuña, DiegoConde de Gondomar (I). Astorga (León), 1.XI.1567 – Casalarreina (La Rioja), 2.X.1626. Corregidor, consejero de Estado y de Hacienda, diplomático, embajador y bibliófilo, gobernador y capitán general del reino de Galicia.

Diego Sarmiento de Acuña fue primogénito de García Sarmiento de Sotomayor, señor de Gondomar y Vincios, y de Juana de Acuña. Nació el 1.º de noviembre de 1567 en el palacio episcopal de Astorga, residencia de su tío paterno Diego Sarmiento de Sotomayor, obispo de esa diócesis (1555-1571), que asistió a la tercera etapa del Concilio de Trento. Sus padres huyeron con el recién nacido de la peste de esa ciudad y se refugiaron en Salas de los Barrios (Ponferrada-León). García Sarmiento de Sotomayor fue segundogénito del señor de Salvatierra, también llamado García Sarmiento de Sotomayor, soldado, culto y amante de los libros, que logró de la reina Juana el mayorazgo de Salvatierra, Sobroso y otros lugares. Su hijo García recibió en herencia unos pequeños lugares del valle del Miñor, Peitieiros y Morgadáns (Pontevedra) y, después de dejar los estudios en la Universidad de Salamanca, ante la posibilidad de suceder a su hermano mayor Juan en el señorío, prestó servicios a Carlos V y Felipe II, fue corregidor de Loja (Granada) y visitador de la Real Audiencia de Canarias. La familia de Juana de Acuña disfrutaba del condado de Valencia de Don Juan y residía en Toro y Valladolid. Los hijos Diego y García pasaron su infancia en Gondomar, Astorga y Toro. Se formaron con los capellanes y frailes de las cercanías de Gondomar y tuvieron una enseñanza humanística tutelada por el obispo de Astorga, el señor de Salvatierra y los Acuña para seguir la carrera de las armas y de las letras.

En la ciudad de Toro, su padre García fundó el mayorazgo de Vincios y Gondomar (24 de mayo de 1579), y falleció ese mismo año. La viuda y los hijos trasladaron su residencia a Gondomar bajo la protección de los Sarmiento, titulares del linaje de Sobroso y Salvatierra.

El 27 de diciembre de 1581, por acuerdo de su primo García Sarmiento y de su madre, Diego contrajo matrimonio con su sobrina Beatriz, la primogénita de García, para asegurar la sucesión de su casa en la línea legítima y masculina de los Sarmiento. Pero ella falleció el 20 de julio de 1586, sin dejar descendencia, cuando él estaba sirviendo en el Ejército en Italia. Desde Villamagna de Nápoles, Diego pidió poderes para casarse en segundas nupcias con Constanza de Acuña, hija de Lope de Acuña, militar al servicio del duque de Alba en Flandes, y de Isabel de Lompré, flamenca de conocido linaje. El matrimonio se celebró en Valladolid el 1.º de noviembre de 1588. Pedro de Acuña, tío y tutor de Constanza, cumplió el deseo de su hermano de casarla con un miembro de linaje Acuña como condición para poder disfrutar la herencia paterna. Entre las capitulaciones matrimoniales figuraba su obligación de residir en Valladolid, pudiendo ausentarse hasta dos meses al año, salvo que tuviese que servir al Rey. De este matrimonio nacerían ocho hijos. La rica correspondencia epistolar revela una buena relación entre ambos esposos y la capacidad y formación cultural de la esposa —poco habitual en su época— para atender a la educación de los hijos y velar por la carrera política de su marido y la administración de la hacienda familiar. Su hermano García, que siguió la carrera eclesiástica, se preocupó de la formación cultural de su familia.

No se sabe con certeza que Diego Sarmiento de Acuña haya actuado, en junio de 1589, en la defensa del ataque de la escuadra inglesa al mando de Drake a la ría de Vigo junto al señor de Salvatierra, Diego Sarmiento de Sotomayor, primogénito de García. Es extraño que el señor de Gondomar no lo mencione en un memorial a Felipe II solicitando empleo (c. 1592), en el que expresa no haber hecho “grandes servicios”. Al año siguiente recibe el hábito de Calatrava y la encomienda de Almagro.

El 18 de diciembre de 1594 desempeña “el oficio de cabo de la gente de guerra del obispado de Tuy” para defender la costa sur de Galicia del ataque de piratas ingleses. Diego Sarmiento se traslada entonces al pazo de Gondomar para cumplir sus obligaciones militares.

En 1596 asciende al cargo de gobernador de la gente de guerra de Bayona y del castillo de Monte Real. Continúa la defensa de la costa sur gallega y ese año prepara la movilización de fuerzas ante un posible desembarco de la armada inglesa que regresaba de Cádiz.

En 1597 es nombrado corregidor de Toro. Allí nació su hijo Antonio, el único varón que le sobrevivió. Hasta 1601 asumió el cargo con intensa dedicación y logró terminar las obras del puente mayor y de la calzada, se preocupó por el abastecimiento de trigo y logró que la ciudad fuese la primera en conceder al Monarca el servicio de los dieciocho millones. Su vida social fue intensa; mantuvo correspondencia epistolar con amigos y confidentes, que le ponían al corriente de todo lo que acontecía, y dedicó muchas horas a la lectura y compra de libros. En 1599 adquirió la Casa del Sol de Valladolid y la iglesia de San Benito el Viejo para incorporarlas a su mayorazgo de Gondomar.

El corregimiento de Toro le dio experiencia para asumir el de Valladolid en 1602, cuando la Corte se trasladó desde Madrid a la ciudad del Pisuerga. Diego Sarmiento supo acondicionar la ciudad a las necesidades de la nueva capital de la Monarquía con sentido práctico y funcional: limpieza y empedrado de las calles, adecentamiento de parques y jardines, abastecimiento de aguas, fábrica de puentes, reforma de edificios, accesos a la ciudad y organización de fiestas cortesanas. En sus escritos, Góngora y Cervantes dejaron huella de su labor como corregidor. Quevedo hizo mención de su biblioteca de la Casa del Sol al apoyar su precoz defensa de la ciencia española, indicando que la mayoría de sus fondos estaban escritos en esa lengua. En 1600 es nombrado visitador general de la Orden de Calatrava y en 1603 recibe la encomienda de Guadalerza en Granada y tiene que desplazarse a Bayona para supervisar la descarga de unas naos portuguesas que arribaron a la villa desde la India. Pese a la eficacia de su gestión, el duque de Lerma le relevó de su cargo (12de noviembre de 1604) para dárselo a su hijo, el conde de Saldaña, pero esperó a la celebración de las fiestas por el nacimiento del Príncipe (8 de mayo de 1605), futuro Felipe IV, para hacerlo efectivo, porque conocía las habilidades del corregidor para organizar este tipo de eventos.

Diego Sarmiento traslada su residencia a Madrid y comienza una larga etapa de pretendiente en Corte (1605-1613), que es cuando empieza a recibir, por mediación de sus parientes y amigos, algunos títulos y cargos —contador mayor del Consejo de Hacienda (1604), comendador de Monroyo (1608), notario mayor del reino de Toledo (1609) y regidor perpetuo y alférez mayor de Valladolid (1612)—, que apenas le ayudaron a sobrellevar las elevadas cargas económicas que venía padeciendo.

Por esta razón solicitó al duque de Lerma el corregimiento de Madrid. Parece que el comentario que le hizo sobre que esperaba “merecer mayores mercedes y lo que vale este oficio será ayuda de pasar”, alertó al valido, pues el cargo más relevante después de este corregimiento era el de la presidencia de Castilla que ostentaba Juan de Acuña, su primo. El duque lo nombró entonces embajador en Londres (1613-1618).

Cuando Gondomar llegó a Inglaterra se esperaba que la ruptura con España, tras la paz firmada en Londres en 1604, se produjera en unos meses. Sin embargo, el embajador cumplió con eficacia su misión diplomática y pudo mantener la paz durante más de diez años. Sin duda, el conflicto diplomático que protagonizó en el puerto de Portsmouth reforzó su posición. Ante el galeón que era nave capitana de Inglaterra, el embajador se negó a arriar las banderas de su flota, según era costumbre en aquel reino como reconocimiento de su soberanía y así también lo había hecho Felipe II cuando fue a casarse con María Tudor. El embajador escribió una carta a Jacobo I narrando con respeto, halago, energía e ironía el incidente y amenazando con regresar a España. Así asumió el riesgo de que sus navíos fuesen hundidos, actuando conforme al lema de su escudo de armas: “Osar morir da la vida”. El rey inglés aceptó sus pretensiones. A partir de entonces nació entre ellos una amistad sincera y prodigiosa, pese a que cada uno era consciente de su misión: el Rey era el valedor de los protestantes europeos y el embajador representaba a la Casa de Austria, baluarte católico de Europa. Esta relación cordial facilitó la misión diplomática: consiguió mejorar las condiciones de vida de los católicos ingleses y liberar a algunos sacerdotes de la cárcel y reducir la piratería inglesa en las costas españolas y de ultramar. Los resultados demostraban que las actitudes firmes en las negociaciones reforzaban la posición española. En recompensa por los valiosos servicios prestados por el embajador, Felipe III elevó a condado el señorío de Gondomar (12 de junio de 1617). Al año siguiente le concede la licencia para regresar a España.

Jacobo I le devuelve la artillería española capturada por Drake y otros piratas, libera de la cárcel a ochenta sacerdotes católicos, que viajan con Gondomar, y le concede el privilegio, a él y a sus sucesores, de poder sacar de Inglaterra perros de caza y halcones. En el viaje le comunican el fallecimiento de su primogénito Lope. Poco después llegó a la Corte la noticia de la ejecución del pirata Raleigh, que tantos daños había causado en los puertos españoles de América. Era otro triunfo de Gondomar ante Jacobo I. España quería la paz, pero no a costa de perjuicios como los que venía causando la piratería. Es nombrado mayordomo mayor del Príncipe de Asturias.

Pese a su precario estado de salud y a su lamentable situación económica por los gastos producidos en la primera embajada, Gondomar, por más que insistió ante el Monarca de sentirse incapacitado para servir en otra misión diplomática, fue nombrado nuevamente embajador en Londres (1620-1622). Esta misión sería aún más complicada por la reciente guerra en el Imperio, que afectaba a los dominios del elector palatino Federico, que era yerno de Jacobo I. El ejército hispano-imperial había logrado la victoria de la Montaña Blanca, cerca de Praga, y así se privaba al Elector del reino de Bohemia, que éste le había usurpado al emperador.

Pese a todo, Gondomar consiguió apaciguar al rey inglés.

Además de la devolución del Palatinado, hubo de ocuparse también de la negociación del casamiento de la infanta María con el Príncipe de Gales para asegurar la neutralidad de Inglaterra en la guerra y el distanciamiento de Francia. El rey inglés deseaba la paz en Europa y establecer una alianza sólida con la Casa de Austria por medio del matrimonio, siendo tolerante en el problema que planteaba la unión de una católica con un protestante. El embajador quería la amistad con Inglaterra, ante la amenaza de un conflicto entre los Habsburgo y sus súbditos de la Europa central. Precisamente cuando Gondomar se encontraba en Madrid con el embajador inglés lord Bristol para la difícil negociación del matrimonio, fue sorprendido por la llegada inesperada del Príncipe de Gales y el duque de Buckingham en 1623. Olivares no confiaba mucho en las recomendaciones de Gondomar sobre el poderío inglés y le consideraba muy anglófilo. El Consejo de Estado exigía la conversión al catolicismo del Príncipe de Gales. Gondomar ingresó entonces (8 de abril de 1623) como consejero de ese organismo. Olivares y Buckingham encaminaron las negociaciones. Se exige tolerancia para los católicos en Inglaterra a cambio de la dispensa pontificia, pero cuando se dice que una vez concertado el matrimonio la infanta ha de permanecer un año en Madrid hasta que se aplicase la tolerancia, el Príncipe y Buckingham rompen las negociaciones y regresan a Inglaterra colmados de regalos para suavizar la tensión. Había llegado a Madrid “enamorado como Amadís” y regresaba a Inglaterra con un espíritu antiespañol.

Antes de dos años declararía la guerra a Felipe IV. Los embajadores Gondomar y lord Bristol quedaron ante sus respectivos países como los derrotados del proyecto matrimonial.

El 4 de noviembre de 1624 Gondomar fue nombrado por tercera vez embajador de Inglaterra, pero consigue aplazar el viaje argumentando precariedad en su salud y el frío del invierno. En Londres se hacen preparativos navales contra España y el 18 de febrero de 1625 se acuerda que Gondomar vaya a negociar con el Monarca para evitar el enfrentamiento bélico. Tres días antes había sido nombrado gobernador y capitán general del reino de Galicia, pero no llegó a tomar posesión del cargo. En abril inicia el viaje, antes de tenerse noticia de la agonía de Jacobo I, que se conoce a primeros de mayo. A Gondomar le tocó ir de embajador a dar la enhorabuena a las dos Coronas por la boda anglofrancesa, que tanto había querido evitar. Durante su estancia en Bruselas (octubre de 1625 a junio de 1626), el conde de Gondomar se sintió enfermo y redactó su testamento (3 de febrero de 1626). Allí tuvo noticia del ataque inglés a Cádiz el 1.º de noviembre de 1625, antes de la declaración oficial de guerra, y de la derrota británica. Su último informe como diplomático Relación del estado de las cosas de Inglaterra, que sería su testamento político, fue escrito en Flandes el 12 de junio de 1626; seis días después obtuvo de Olivares la licencia para poder regresar a España. Durante el viaje se sintió enfermo y murió en el palacio del condestable de Castilla en Casalarreina (La Rioja) el 2 de octubre de 1626. Transcurridos tres días, su hijo Antonio depositó su cuerpo en la cripta de San Benito el Viejo de Valladolid, junto a los restos de su familia. Le sucedió su nieto Diego Sarmiento de Acuña, segundo conde de Gondomar.

Consciente de su hidalguía, el conde de Gondomar se apoyó en la casa de Sarmiento de Sotomayor, señores y condes de Salvatierra, y en los Acuña, condes de Valencia de Don Juan, casándose con mujeres de ambos linajes. Pero al mismo tiempo quiso acrecentar su propio mayorazgo fortificando y reformando el pazo de Gondomar y dignificando la Casa del Sol en Valladolid con el patronazgo de la iglesia de San Benito el Viejo y formando en ella una rica biblioteca, que habrían de heredar los sucesivos condes de Gondomar.

A la relevante vida política de Gondomar hay que sumar su vida literaria, que brilló con la misma intensidad, como lo revelan los estudios que se han hecho en los últimos años. Su reconocida erudición, su conocimiento de la Historia de España y su deseo de depurarla de los falsos cronicones, su afición a la genealogía y su carácter abierto y ameno están íntimamente vinculados al éxito de sus misiones diplomáticas. Estas cualidades se reseñan en la cartela del retrato que le hizo Manuel Salvador Carmona para la serie Retratos de Españoles Ilustres (1791): “célebre por su erudición, por su habilidad política y por la franqueza festiva de su carácter”. Su posición política le permitió ejercer una labor de patronazgo fomentando la publicación de determinados libros sobre historia, genealogía y literatura.

Es destacable su acercamiento personal a los escritores, poco frecuente, pero justificado por sus conocimientos históricos y literarios, que le permitieron asesorarles y revisar sus propios textos. Muchos historiadores y literatos trabajaron en el “estudio” de su biblioteca, le dejaron revisar sus manuscritos y le regalaron sus publicaciones. Es también conocida su afición a la poesía, que cultivó como los demás cortesanos, y su facilidad para coplear en reuniones sociales. En su epistolario figuran algunos poemas que intercambiaba con los amigos y políticos en pequeñas competiciones literarias. También hay indicios de su afición al teatro que se vincula con su carácter: su gusto por contar fábulas, su capacidad de improvisación y su tendencia a la exhibición gestual. Escribió algunos ensayos sobre historia de España y algunos informes oficiales en los que se adivina un gran dominio de la lengua castellana usada con soltura y elegancia.

El conde de Gondomar fue un reconocido bibliófilo, que reunió una rica y variada colección de libros manuscritos e impresos. Su pasión por los libros y su reconocida erudición lo llevaron a buscar y seleccionar los más variados ejemplares para su biblioteca, que llegó a ser una de las más célebres de su época. En comparación con otras bibliotecas de los siglos XVI y XVII, la suya era principesca. En la Biblioteca Nacional se conserva el inventario que hizo uno de sus bibliotecarios en 1623 (ed. Manso, 1996). Entonces la biblioteca contaba con unos seis mil quinientos cuerpos o volúmenes. El recuento es aproximado según los criterios que se empleen. Así, Michel y Ahijado estimaron unos siete mil trescientos volúmenes. En esa fecha había más fondos en Gondomar y Madrid. En 1775 la biblioteca de los condes de Gondomar ascendía a 8174 volúmenes. Las cifras son elevadas en relación con las de otras grandes bibliotecas nobiliarias de la época. La del conde-duque de Olivares, una de las más famosas por la calidad y el valor de sus obras, tenía dos mil setecientos impresos y mil cuatrocientos manuscritos. La biblioteca del conde de Gondomar fue comprada a finales de 1805 por Carlos IV y, al año siguiente, pasó a engrosar los fondos de la llamada biblioteca particular de Su Majestad, que contaba con excelentes joyas literarias. La mayor parte de los fondos manuscritos e impresos hoy se custodian en la Real Biblioteca, en la Biblioteca Nacional, en la Real Academia de la Historia, en el Archivo Histórico Nacional, en el Archivo del Reino de Galicia, en el Archivo Provincial de Valladolid y en algunas bibliotecas y archivos privados como el de Malpica y el de la Casa de Alba.

Gondomar coleccionó documentos relativos a su vida y a su casa, alcanzando fama entre los genealogistas de su tiempo, figurando su genealogía y su biografía en nobiliarios e historias. Su condición de erudito y bibliófilo le llevó a reunir su correspondencia y encuadernarla formando libros por orden cronológico para guardarla en las estanterías de su biblioteca de la Casa del Sol (sólo la Real Biblioteca conserva unas treinta mil cartas).

Su personalidad es una de las mejor documentadas de su tiempo por la riqueza de correspondencia privada y oficial y por los papeles de los Consejos en los que quedaron reflejadas sus actuaciones. Sus valiosos manuscritos preservan la memoria de la Monarquía: los epistolarios de los Acuña y Londoño, de Luis de Requesens, del cardenal Granvela, etc.

Diego Sarmiento de Acuña fue uno de los mejores diplomáticos de las Cortes de Felipe III y Felipe IV.

La primera etapa de su vida como corregidor y pretendiente en Corte fue larga y dura. Pese a sus contactos y valedores consiguió pocos puestos en los consejos y organismos de la Monarquía. El título de embajador fue el que realmente coronó su carrera política y le convirtió en uno de los mejores de su época y de la historia de España. Nadie mejor que él estaba capacitado para asumir la difícil embajada en Inglaterra.

Sus buenas cualidades respondían a la imagen del embajador perfecto: agudeza en los discernimientos, destreza en las negociaciones y clarividencia a la hora de sugerir soluciones, astuto a la hora de captar oportunidades, tenaz en conseguir sus objetivos, firme y seguro en sus planteamientos y propósitos y hombre animoso y de buen humor. Se ha destacado su especial sensibilidad para cautivar el pensamiento ajeno sin descubrir el suyo propio, rasgo típico del carácter gallego y muy conveniente para ejercer la diplomacia.

De la misma fama gozaron los otros dos embajadores gallegos: Baltasar de Zúñiga en Alemania y Francisco de Castro en Roma. Supo ganarse la confianza y simpatía de Jacobo I, con el que debatía asuntos teológicos y políticos que podían ser beneficiosos para ambas coronas y compartía esparcimientos. Sus enemigos lo consideraban un ser maquiavélico capaz de ejercer una influencia maligna sobre su rey con poderes diabólicos.

Pero lo cierto es que el Monarca y el embajador disfrutaban intercambiando erudición e ingenio.

Se entendían en latín. Al primero se le llamaba “Salomón inglés” y al segundo “Maquiavelo español”. El propio monarca inglés elogió la misión diplomática de Gondomar: “Ha gobernado con tanta prudencia, tanta destreza e igualdad de ánimo que, aunque ha hecho fielmente el oficio de embajador, nunca ha perdido de vista el proceder de hombre de bien”.

Pese a todos los desvelos de Gondomar por mantener la paz, siguiendo el dicho de Carlos V: “guerra con toda la tierra y paz con Inglaterra”, las dos Coronas volvían a enfrentarse en el conflicto europeo.

En el informe sobre el “estado de las cosas de Inglaterra”, Gondomar censuraba las nuevas rutas de la monarquía en Europa —Palatinado y la Valtelina— e insistía en el buen entendimiento con Inglaterra y en el alejamiento de Francia. Olivares, veinte años más joven que Gondomar, no confiaba mucho en su experiencia, le consideraba anglófilo y pensaba que exageraba sobre el poderío militar inglés. Gondomar decía a Olivares la famosa frase “se va todo a fondo” refiriéndose a la nave de la Monarquía, pero Olivares lo situaba en el gremio “de cuantos viejos y malcontentos ha habido en el mundo después que Dios le crió”. Así quería aferrarse al remo de la referida nave e intentar nadar contra corriente para ser finalmente vencido. El informe de Gondomar auguraba alguno de los desastres que iba a padecer la Monarquía. Olivares y Gondomar discrepaban en muchas cuestiones de política exterior. Gondomar ya no tenía muchas fuerzas para defender sus ideas. Después de su muerte, ante la imposibilidad de conseguir la sumisión de Holanda, la orientación de la Monarquía habría de proseguir en la línea de acuerdos con Inglaterra.

 

Obras de ~: Continuación de la Historia de las Órdenes Militares iniciada por F. de Rades y Andrada [encargo en las Cortes de 9 y 14 de junio de 1603. Proc. desconocida]; Ensayos en defensa de la Historia: Carta a Andrés de Prada sobre los varones insignes gallegos y sus proezas contra lo que escribió fray Bernardo Brito 27.1.1614 (Biblioteca Nacional, Ms. 2348; ed. de C. Manso Porto, 1996, págs. 184-188); Carta a Felipe III sobre la necesidad de reescribir la Historia de España (original perdido, extracto en Vargas y Ponce, vol. 10, sign. 9/4183; ed. de C. Manso Porto, 1996, págs. 180-182); Informe sobre la renta de la seda del reino de Granada, Biblioteca Nacional, Ms. 9409.

 

Fuentes y Bibl.: Archivo General de Simancas, Correspondencia oficial del conde de GondomarEstado, libros 365-381 (libro 366 ed. en DIHE, III-IV), 844, 845, 1514, 1515, 1516, 1881; legs. 699, 844-845, 2513-1516, 2836, 7023-7025, 7027-7028, 7030-7031, 7034-7035, 7038; Archivo Histórico Nacional de Madrid, Consejos, libros 725, 737-740, 2755, legs. 30448, n.º 1, 4423, n.º 50, 4433, n.º 246; Estado, leg. 3149 (6), libros 737, 739-740; Archivo Histórico Provincial y Universitario de Valladolid, Protocolos, leg. 1134, fols. 1531-1564 (ed. facsímil, Junta de Castilla y León, 1991); Archivo de Malpica, Registro, leg. 2, docs. 54, 56; leg. 3, doc. 63, leg. 4, docs. 77, 79, 82; E-1-8, E-1-11, E-5-2, E-6-8 (descripción en E. Fernández de Córdoba, Pontevedra, 2002); Biblioteca Nacional de Madrid, Ms. 2348, 2366, 6186, 6395, 6575, 6949, 8968, 9408-9409, 13593-13594, 18419-18430 (colección Gayangos, documentos sobre Gondomar en especial, 18419, 18422, 18423, 18430 Descripción en Catálogo de los manuscritos que pertenecieron a don Pascual de Gayangos, existentes hoy en la Biblioteca Nacional, redactado por D. Pedro Roca, Madrid, 1904, págs. 60-63, ed. de Manso Porto, Madrid, Xunta de Galicia, 1996, págs. 348-412); 13593-13594 (Inventario de la librería ed. de Manso Porto, cit., págs. 415-636), 20067; Real Academia de la Historia, Colección Salazar y Castro, “Cartas y documentos relativos a don Diego Sarmiento de Acuña, I conde de Gondomar (1551-1619)”: A 70-A 84, A 86, B 45, E 61, K 8, L 24, M 23, N 26, N 28, N 34-35, N 51, leg. 18, carp. 10, n.º 7 (Descripción de los documentos en B. Cuarteto y Huerta y A. de Vargas Zúñiga y Montero de Espinosa, marqués de Siete Iglesias, Índice de la Colección de don Luis de Salazar y Castro, t. VI-VII, Madrid, 1952; t. X, Madrid, 1954; t. XXV, XXVII, Madrid, 1960; t. XXIV, Madrid, 1969; t. XXXI, Madrid, 1962; t. XXXVIIIXXXIX, Madrid, 1967; t. XLVIII, Madrid, 1979); Colección Muñoz, t. 75, fols. 28-38; Colección Vargas y Ponce, vol. 10, ms. 9/4183; Real Biblioteca (Madrid), Correspondencia oficial del conde de Gondomar, Ms. II/551, 870, 2185 (ed. DIHE, I-II, 1936, 1942), 562, 1705, 1817, 1829, 1850, 2421, 2444, 2540, 2541; Correspondencia del conde de Gondomar, Ms. II/2106-2239 (descripción de más de 18.000 cartas privadas en M.ª L. López-Vidriero, dir., Correspondencia del conde de Gondomar, en Catálogo de la Real Biblioteca, Madrid, Patrimonio Nacional, 1999-2003, t. XIII, vols. I-IV); Papeles varios del conde de Gondomar. Historia, Ms. II/2218, II/2222, 2223, 2224, 2225, 2226, 2227, 2240, 2241, 2242, 2243, 2244, 2245, 2246, 2247, 2258, 2259, 2260, 2301, 2308 (Descripción de 652 documentos en M.ª L. López-Vidriero, dir., Papeles varios del conde de GondomarHistoria, en Catálogo de la Real Biblioteca, Madrid, Editorial Patrimonio Nacional, 2003, t. XIII); Papeles varios del conde de GondomarDerecho, 2404 documentos manuscritos e impresos (Descripción en M.ª L. López-Vidriero, dir., Papeles varios del conde de Gondomar. Derecho, en Catálogo de la Real Biblioteca, Madrid, Editorial Patrimonio Nacional, 2004, t. XIII); Alegaciones en Derecho del conde de Gondomar, 694 documentos impresos y manuscritos (Descripción en M.ª L. López-Vidriero, dir., Alegaciones en Derecho del conde de Gondomar, en Catálogo de la Real Biblioteca, Madrid, Editorial Patrimonio Nacional, 2002, t. XIII).

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Noticias de la Real Biblioteca [desde 1997, en el apartado “Ex Bibliotheca Gondomarensi”, se publican estudios sobre la correspondencia de Gondomar y los libros de su biblioteca, ilustrados con transcripciones de documentos o con repertorios bibliográficos]; J. García Oro, Don Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar y Embajador de España (1567-1626): estudio biográfico, Santiago, Xunta de Galicia, 1997; J. García Oro y M. J. Portela Silva, “El Ferrol y la defensa de Galicia (1520-1603)”, en Estudios Mindonienses, 13 (1997), págs. 89-186; P. Andrés Escapa y J. L. Rodríguez Montederramo, “Manuscritos y saberes en la librería del conde de Gondomar”, en M.ª L. López-Vidriero y P. M. Cátedra (dirs.) y M.ª I. Hernández González (ed.), El Libro Antiguo Español IV. Coleccionismo y Bibliotecas (siglos XV-XVIII), Salamanca, Universidad, Patrimonio Nacional, Sociedad Española de Historia del Libro, 1998, págs. 13-81; E. Fernández de Córdoba y J. 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O’Donnell y Duque de Estrada (coord.), Militares en embajada, Madrid, Ministerio de Defensa, Secretaría General Técnica, 2023, pp. 125-142.

 

Carmen Manso Porto

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