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Francisco Gómez de Sandoval y Rojas

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Biografía

Gómez de Sandoval y Rojas, Francisco. Duque de Lerma (I), marqués de Denia (V), conde de Ampudia (I). Tordesillas (Valladolid), ¿1553? – Valladolid, 17.V.1625. Valido y ministro principal durante el reinado de Felipe III (1598-1621).

Nacido del matrimonio entre Francisco de Sandoval, marqués de Denia, e Isabel de Borja, hija del duque de Gandía, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas pertenecía a una familia aristocrática que, debido a los conflictos civiles en el reinado de Juan II (1406- 1454), había perdido una parte de su poder territorial y de su influencia política. Aunque poseedores del título de Grandes de Castilla desde el reinado de Carlos V (1517-1556), debido a la participación de los Sandovales a favor de Carlos durante la revuelta de los Comuneros, los marqueses de Denia (título que poseían desde 1475) vivieron una existencia de marginación política durante varias generaciones. Los lazos familiares que mantenían con Fernando de Aragón —Bernardo de Sandoval, II marqués de Denia, estaba casado con una prima del Monarca, Francisca Enríquez— y la lealtad de la casa hacia Carlos V les facilitaron una cierta recuperación de su poder cortesano, pero ésta fue en cierto modo perdida por tener que vivir en Tordesillas alejados de la Corte real, por sus oficios en la casa de la reina Juana. La muerte de ésta en 1555 permitió a los marqueses de Denia regresar a la Corte, y ocupar varios cargos en las casas de Felipe II y su hijo el príncipe Carlos.

Fue en este contexto político-familiar en el que Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el futuro duque de Lerma, creció y recibió su educación. Aunque se tiene poca información sobre sus primeros años en Tordesillas o Madrid, sí se sabe que desde el primer momento Lerma fue educado para una vida en la Corte. Después de servir como menino en la casa del príncipe Carlos, el futuro duque de Lerma recibió, bajo la dirección de su tío y tutor, Rodrigo de Castro, obispo de Córdoba y subsecuentemente arzobispo de Sevilla, lecciones básicas que le permitiesen brillar en un entorno cortesano. Sus deseos y los de sus familiares eran obtener un oficio en Palacio desde el que acceder al Rey para así poder disfrutar de los frutos del patronazgo regio, del que su casa estaba tan necesitada. De forma inmediata, su padre organizó la boda de Lerma con Catalina de la Cerda, hija de Juan de la Cerda, IV duque de Medinaceli, un personaje estrechamente ligado al príncipe de Éboli y gran aliado de los Sandovales. Esta boda tuvo lugar en 1576 cuando Francisco ya era el marqués de Denia. Al menos en teoría, todo indicaba que la carrera cortesana de Francisco iba a progresar sin problemas y que, con el tiempo, los Sandovales, bajo su dirección, habrían de recuperar tierras, títulos, y riquezas.

Pero circunstancias fuera del control de Lerma afectaron profundamente sus planes. En 1575 se produjeron las muertes de su padre, Francisco de Sandoval, y de su futuro suegro, Juan de la Cerda. Su conversión en cabeza de la casa de los Sandovales se produjo sin duda en un momento desfavorable. La falta de protectores, por ejemplo, hizo que Lerma no pudiese obtener un oficio en la Casa Real, su única puerta de acceso al Rey y al patronazgo real, hasta cinco años después de haber heredado. La situación cambió en 1580 cuando, gracias a la mediación de su tío, Felipe II nombró a Lerma gentilhombre de su cámara, con acceso al Rey y a los centros de poder cortesano.

Este acceso al Monarca no parece que diera a Lerma los frutos inmediatos que esperaba. En 1585 Lerma envió un memorial al Monarca asegurando que su casa estaba totalmente endeudada, que necesitaba desesperadamente del favor regio y que, de no obtenerlo, se vería obligado a retirarse a sus tierras valencianas para tratar de recuperar su casa al margen de la Corte. La respuesta del Monarca y sus servidores no fue excesivamente alentadora. Se permitiría a Lerma renegociar sus deudas, y se le aseguraba que recibiría algunas mercedes que pudiesen mitigar temporalmente su situación, pero nada de soluciones a largo plazo. Fue en estas circunstancias cuando Lerma decidió cambiar su estrategia. Si el camino a Felipe II estaba cerrado, debido tanto a la política de distanciamiento del Monarca cuanto a los deseos de los servidores más cercanos al Rey (Cristóbal de Moura, Juan de Idíaquez, el secretario real Mateo Vázquez de Leça y Diego Fernández de Córdoba, conde de Chinchón) de evitar que otros pudiesen amenazar su situación de privilegio, entonces no había otra solución que tratar de conseguir el favor del príncipe heredero, don Felipe, el futuro Felipe III (1598-1621).

Aunque en 1585 el príncipe era todavía un niño de siete años, ya era centro de conspiraciones y maniobras por parte de aquellos que controlaban el poder en la Corte o deseaban obtenerlo, Lerma entre ellos. Ayudado por un selecto grupo de los servidores del príncipe, Lerma planeó y ejecutó con precisión una estrategia de acercamiento al príncipe que llevaba asociada una constante actividad de regalo y adulación. Es cierto que el asedio de Lerma al favor del príncipe se encontró en ocasiones con la radical oposición de algunos de los favoritos de Felipe II, especialmente Moura, Loaysa y otros servidores del príncipe, quienes querían restringir el acceso a las casas reales sólo a sus seguidores, entre los que no se encontraba Lerma. Las crónicas del período muestran que éste mostró una constancia y agudeza sin igual, y para comienzos de la década de 1590 muchos de los servidores palaciegos le veían ya como el más privado del príncipe, y, si nada extraño ocurría, como el hombre que habría de convertirse en el palaciego más poderoso a la muerte de Felipe II.

Fue su éxito en conseguir el favor del príncipe el que causó profunda preocupación entre los favoritos del viejo Monarca, ellos mismos deseosos de asegurarse un papel central en la gobernación en el reinado de Felipe III. Moura y sus aliados pronto empezaron a buscar formas de alejar a Lerma de la Corte. El que éste disfrutase de la confianza y favor del príncipe probablemente ayudó a abortar los planes de los ministros de Felipe II, quienes llegaron a proponer que se enviase a Lerma como virrey del Perú. Incapaces de convencer al Rey, sí lograron que Felipe II designase a Lerma virrey de Valencia en junio de 1595. Pero este exilio involuntario no duró demasiado tiempo, y en 1597 Lerma estaba de vuelta en la Corte madrileña y todavía disfrutando del favor del príncipe. Su retorno coincidió además con el momento en el que el príncipe Felipe comenzó a tener un mayor protagonismo en la gobernación de la Monarquía, y para muchos observadores esto simplemente indicaba que la hora de Lerma había llegado. Quizás la mayor prueba de esto fue el nombramiento de Lerma como caballerizo mayor del príncipe en agosto de 1598, un mes antes de la muerte de Felipe II, sin duda la evidencia más clara de la victoria de Lerma y clara premonición de su futuro poder.

La muerte de Felipe II en septiembre de 1598 y la entronización del nuevo monarca Felipe III supusieron el inicio de una nueva etapa en la vida política de Lerma, quien desde ese mismo momento hasta octubre de 1618 se convertirá en el hombre más poderoso, segundo sólo después del Monarca. Su conversión en valido y ministro principal del nuevo Rey supuso importantes cambios en la situación personal de Lerma y su casa, pero también importantes cambios políticos.

La fortuna de Lerma y de los Sandovales cambió de forma radical casi desde el primer día del nuevo reinado. Gracias al favor del Rey, don Francisco recibió el título de duque de Lerma (1599), que llevaba asociado el de Grande de Castilla. Una vez asegurado este título, Lerma inmediatamente dejó claro que su aspiración era recuperar las tierras y las rentas que Juan II había tomado de sus antepasados, o al menos recibir una compensación económica por sus pérdidas. Aunque estos objetivos le llevaron más tiempo del que él había previsto, a finales de la primera década del reinado, Lerma había recibido las rentas de unos sesenta pueblos más una compensación de 260.000 ducados, lo que en última instancia le permitió extender sus posesiones territoriales en Castilla. Lerma también obtuvo otras muchas mercedes reales, entre las que se incluían oficios palaciegos (caballerizo mayor y sumiller de corps de Felipe III; tutor y mayordomo mayor del príncipe Felipe, el futuro Felipe IV), la Encomienda Mayor de la Orden Militar de Santiago en 1599, y enormes cantidades (al menos 200.000 ducados) en mercedes económicas. Aunque sin duda sus responsabilidades como favorito del Rey conllevaron enormes gastos (en su último testamento Lerma declaró unas deudas de 400.000 ducados), don Francisco ya no era hombre de pequeña fortuna. Después de siglos de frustraciones, los Sandovales eran por fin duques, y sus rentas anuales pasaron de los 20.000 ducados de mediados de 1585 a los 150.000 en 1618, una cantidad similar a la que recibían las grandes casas aristocráticas.

La conversión de Lerma en valido, favorito o privado del Rey se produjo en un ambiente político de cambio. En los últimos años del reinado de Felipe II se venía produciendo una intensificación de la reflexión política sobre la estructura de la Monarquía y el papel del Monarca en la gobernación. Una mayoría de publicistas consideraban que la única forma de atender la creciente complejidad de los negocios de la Monarquía era replantearse los mecanismos existentes en la toma de decisiones y en la presentación de consejo al Rey. El objetivo final de estas reflexiones era establecer las condiciones que permitieran al Monarca reforzar su control sobre la gobernación. La sugerencia más importante que estos teóricos ofrecieron, primero a Felipe II y después a Felipe III, era la necesidad de crear una barrera política entre el Monarca y las instituciones de gobierno y los representantes de los reinos, una suerte de consejo privado compuesto por un selecto grupo de consejeros cuyo interés fuera defender al Monarca y su poder. Aunque algunos autores pedían que se evitase el que uno de estos sirvientes adquiriese mayor influencia que los demás, otros parecían ver esta situación no sólo como inevitable sino como lo mejor para el príncipe. El mismo Felipe II había promovido este tipo de medidas, primero elevando a un pequeño grupo de consejeros sobre el resto de instituciones políticas, y luego favoreciendo a uno de ellos especialmente, el portugués Cristóbal de Moura.

El ascenso de Lerma de palaciego a ministro principal del Rey, o consejero privado del Monarca, debe ser entendido en este contexto de cambio político. Como los servidores de Felipe II, Lerma ascendió gracias a su acceso personal al Rey, y una vez lo hizo se convirtió en algo más que simple servidor personal del Monarca para convertirse en su ministro principal. Desde la primera semana del nuevo reinado hasta casi 1618, Lerma ejercerá este cargo que tenía como funciones esenciales servir de medianero entre el Rey y las instituciones de gobierno que atendían tanto los negocios internos de la Monarquía como las relaciones con otros poderes y gobernantes. Como ministro en una Monarquía personal, en la que el poder soberano sólo podía estar en manos del Monarca, Lerma nunca vio su poder institucionalizado con la creación del puesto de primer ministro. Sin embargo, la posición de Lerma fue oficialmente confirmada por Felipe III al ordenar a todas las instituciones de gobierno que debían obedecer las órdenes de Lerma como si vinieran directamente del Monarca.

Con Lerma como uno de los principales instigadores, el reinado de Felipe III se caracteriza como un período de reforma política. Los nuevos gobernantes promovieron teorías políticas y programas administrativos tendentes a reforzar el poder real y centralizar el proceso de tomas de decisiones en las manos del Monarca, su favorito y hechuras. Sirva como ejemplo de estas iniciativas la creación de una Junta de Gobierno que serviría para ayudar al Monarca y favorito a centralizar el control político en sus manos; el establecimiento de otras muchas juntas particulares diseñadas precisamente para debilitar a los Consejos; el nombramiento de ministros “castellanos” como componentes en consejos e instituciones no castellanas; o el nombramiento de muchos de los familiares y clientes de Lerma para ocupar los cargos más importantes de la Monarquía. Sin duda, muchas de ellas estaban inspiradas en otras incitativas tomadas durante el reinado de Felipe II, pero fue durante la privanza de Lerma cuando estas formas de administrar y controlar la Monarquía habrían de convertirse en moneda corriente, perviviendo hasta al menos la segunda mitad del siglo XVII. Estos cambios administrativos se vieron acompañados por reformas fiscales de gran envergadura, orientadas a solventar los grandes problemas de endeudamiento que venía viviendo la Monarquía ya desde el reinado de Felipe II. Además, Felipe III y Lerma mostraron un claro interés por reforzar la autoridad regia en los reinos no castellanos, especialmente en aquellos que se veían como fundamentales para la conservación de la influencia territorial de la Monarquía en Europa, Portugal, Nápoles, Valencia, y Milán, principalmente.

Pero en general, a Lerma se le asocia con los cambios de estrategia internacional que se producen a partir de 1600. Herederos de uno de los reinados más belicosos en la historia de España, Felipe III y Lerma promovieron una nueva política internacional dirigida fundamentalmente a restaurar la paz en Europa, en algunos casos con claras intenciones de permanencia, en otras como medidas coyunturales para ayudar a la Monarquía a recuperar su fuerza militar y financiera. En el momento en que Lerma se convirtió en valido del Rey, la situación en Europa estaba todavía caracterizada por la centralidad del conflicto armado. Las relaciones con Francia todavía eran tensas, a pesar de que Felipe II había aprobado los términos contenidos en la paz de Vervins que ambas Monarquías firmaron en mayo de 1598. Con la Inglaterra de la reina Isabel el conflicto seguía totalmente abierto, y el largo enfrentamiento en los Países Bajos, todavía estaba costando dinero, hombres y prestigio internacional. En 1600, muchos de los ministros del Monarca, liderados por Lerma, también presagiaban que la crisis de la Monarquía podía llegar a radicalizarse si se permitía el desasosiego de la minoría morisca. Estos problemas fueron constante y profusamente discutidos en un intento de buscar soluciones, pero lo fueron partiendo de unas perspectivas ideológicas que fueron completamente distintas a las adoptadas durante el reinado de Felipe II.

Éstas son precisamente las premisas que están detrás de la política desarrollada bajo la dirección de Lerma en los primeros años del reinado. Desde el comienzo se dieron órdenes de evitar cualquier provocación o medidas que pusiesen en peligro la paz con Francia. Ésta, a pesar de los intentos de Enrique IV de Francia por organizar una alianza antiespañola, se mantendría hasta el reinado de Felipe IV, y sería reforzada gracias a la política matrimonial ideada por Felipe III y su valido, y que condujo al matrimonio del delfín francés, el futuro Luis XIII, con la infanta Ana de Austria, y la del príncipe Felipe, futuro Felipe IV, con la hermana de Luis, Isabel de Borbón.

La muerte de la reina Isabel de Inglaterra en 1603 también abrió posibilidades para cerrar otro de los conflictos que Felipe III había heredado. Aunque los enfrentamientos militares no eran tan importantes como en otras zonas de conflicto, sobre todo después del fracaso de la Armada de 1588, Lerma y su Gobierno mostraron desde un primer momento el deseo de llegar a un acuerdo de paz con los dirigentes ingleses que permitiesen restaurar los acuerdos con una Monarquía que, al menos hasta los comienzos del reinado de Felipe II, había sido considerada aliada natural en contra de Francia y sus deseos de expansión. La llegada de Jacobo I (1566-1623) al trono inglés en 1603, hijo de la reina escocesa María Estuardo (1542-1584), católica y aliada de Felipe II hasta que fue ejecutada por orden de Isabel, hizo más fluidas las relaciones entre ambas Monarquías y permitió la firma del tratado de Londres en 1604-1605, con el que se cerraban más de dos décadas de conflicto, e inauguraba una paz que duraría hasta el reinado de Felipe IV.

El otro importante conflicto, el de los Países Bajos, ofrecía mayores dificultades para su resolución. Enfrentados a los gobernantes hispanos desde la década de 1570, los líderes de las Provincias Unidas habían sido capaces no sólo de defenderse contra los ataques del ejército español, sino de transformarse en una potencia naval que habría de competir con España y Portugal en el Pacífico y el Atlántico. La necesidad de firmar una tregua o paz con los todavía llamados “rebeldes” se hizo evidente ya desde finales del reinado de Felipe II, y ciertamente Lerma y sus aliados defendieron esta opción desde al menos 1603. El resultado fue la firma en abril de 1609 de la llama tregua de los Doce Años, que en teoría ofrecía una oportunidad de recuperación a una Monarquía que llevaba sobre sus espaldas décadas de continuos enfrentamientos.

Lerma aparece especialmente ligado a la expulsión de los moriscos, un proceso que tuvo lugar entre 1609 y 1614. Qué hacer con los moriscos era también una de las herencias que Lerma y sus aliados recibieron de Felipe II. Durante décadas, las instituciones de gobierno discutieron cientos de veces, especialmente después de la década de 1570, qué opciones se podían seguir con relación a un grupo de la población que era relativamente numeroso, y que habitaba en lugares de la Península considerados de gran valor estratégico. Además, sobre todo a partir de 1590, algunos miembros de la Administración y grupos importantes de religiosos, cuestionaban a los moriscos por lo que se creía era su falta de lealtad hacia el monarca español, y su tibia conversión al catolicismo. Lerma era considerado uno de los expertos en este tema, especialmente después de haber servido como virrey de Valencia, y en varias ocasiones fue llamado a participar en juntas y comités específicamente creados para discutir esta materia durante el reinado de Felipe II. Al parecer, Lerma, en un primer momento, se opuso a las propuestas de expulsión, una postura que posteriormente cambió por razones de estrategia política. Enfrentados con la posibilidad de la firma de un acuerdo con los rebeldes holandeses, al que se oponían importantes núcleos de las elites políticas, Lerma y sus aliados decidieron utilizar la expulsión, aprobada por el Rey el mismo día que se firmó el acuerdo con las Provincias Unidas, como forma de acallar el descontento por las otras decisiones políticas. El mismo Lerma así lo aseguró en 1617 al afirmar que en 1609, para compensar la tregua con Holanda y reducir los posibles humores de oposición y descontento, lo mejor era expulsar a los moriscos, como así se ordenó a partir de septiembre de 1609.

Las posibilidades de éxito de este complejo programa de medidas político-económicas se vieron seriamente coartadas por la actitud y comportamiento de varios miembros del círculo más próximo al valido y por la misma actitud de Lerma. La imposición de un régimen de facción única liderada por Lerma, parece que dio pie al incremento de la corrupción política. Los escándalos por corrupción no son originales de la privanza de Lerma, pero en este período la corrupción se convirtió en elemento central del debate político, utilizado por los oponentes de Lerma —dentro y fuera de su facción— como arma arrojadiza contra el valido. Las detenciones de dos de los máximos colaboradores de Lerma —Pedro Franqueza y Alonso Ramírez de Prado— y la investigación abierta contra el más poderoso de los favoritos de Lerma, Rodrigo Calderón, en 1607, abrieron una crisis de enormes consecuencias en el régimen lermista, que habría de transformar radicalmente la situación política interna, y en último término la misma fortuna del valido.

Fue precisamente a partir de comienzos de la década de 1610 que la privanza de Lerma comenzó a ser vista como una de las experiencias políticas más negativas de la historia reciente de España. Su ascenso, decían sus oponentes, había sido el producto del favoritismo, y su privanza había propiciado la corrupción, el pesimismo político, la derrota de la Monarquía en Europa. La solución, aseguraban estos críticos, era liberar al Rey y al reino de la corrupta influencia del favorito y sus hechuras. El primer, y más importante resultado de estas críticas fue la división de la facción lermista, dentro de la cual otros personajes —principalmente el confesor real fray Luis de Aliaga, y el hijo del propio Lerma, Cristóbal de Sandoval y Rojas, duque de Uceda— comenzaron a tener mayor influencia política, reduciendo así la capacidad de maniobra de Lerma.

Aunque este proceso de desmantelamiento del poder de Lerma duró años, poco a poco su prestigio político comenzó a reducirse de forma alarmante. Tema central de esta oposición fue, de nuevo, la cuestión de la política europea de la Monarquía, en este caso en relación con la volátil península italiana. La firma de la llamada paz de Asti (1615) con Saboya fue duramente criticada como una de las peores medidas adoptadas por la Monarquía en el reinado de Felipe III y ello abrió la posibilidad de criticar la globalidad de la estrategia política del régimen lermista. Fue precisamente el fracaso de la política italiana lo que llevó al desarrollo de un grupo de presión en la Corte que favorecía una posición más agresiva de la Monarquía hispana en Europa. Hombres como Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna, virrey de Sicilia y posteriormente de Nápoles, y sobre todo Baltasar de Zúñiga, exembajador ante el Emperador y desde 1617 el más influyente consejero de Estado, llegaron a partir de estas fechas a adquirir mayor prominencia política. No fue, en este sentido, una casualidad que la definitiva caída de Lerma en octubre de 1618 se produjese inmediatamente después de que el Rey aprobase las medidas propuestas por Zúñiga en el Consejo de Estado relativas a la política que debía seguir la Monarquía hispana en relación con la rebelión de Bohemia a comienzos de 1618, la rebelión que iniciaría la llamada Guerra de los Treinta Años.

Desde 1618 hasta su muerte en Valladolid en 1625, Lerma vivió exiliado de la Corte y perseguido política y judicialmente especialmente desde 1621 por los agentes políticos del nuevo monarca Felipe IV. Nombrado cardenal de San Sixto por Pablo V en 1618, Lerma trató de defender hasta el final no sólo su casa, sino también su propia fortuna política. A pesar de sus esfuerzos, Lerma comenzará a ser visto como directo protagonista en la llamada decadencia de la Monarquía de España, ya desde el mismo momento de su caída del poder. Sólo en los últimos años la imagen de Lerma ha ido cambiando a medida que los estudiosos han prestado mayor atención a la documentación del período. Aunque Lerma siga ocupando un lugar marginal en la historia de España, no cabe duda de que su imagen, su historia externa, aparece ahora más matizada que con anterioridad, y su vida no fue un retrato en blanco y negro, sino uno compuesto de mayores colores y contrastes.

 

Bibl.: F. Gómez de Sandoval Manrique de Padilla, Memorial dirigido por don Francisco Gómez de Sandoval Manrique de Padilla, duque de Lerma, al rey Felipe IV contra una demanda del fiscal don Juan de Chumacero de Sotomayor, sobre las donaciones y mercedes que le hizo Felipe III al abuelo del litigante, s. f.; Memorial del pleito de tenuta que es entre don Gregorio de Sandoval Silva y Mendoza, conde de Saldaña por la tenuta y posesión de los bienes de los estados y mayorazgos de Lerma, Cea y Ampudia, s. f.; P. de Herrera, Traslación del Santísimo Sacramento a la iglesia colegial de San Pedro de la villa de Lerma, Madrid, Juan de la Cuesta, 1618; F. Fernández de Caso, Oración gratulatoria al capelo del ilustrísimo y excelentísimo señor cardenal duque, 1618; Memorial de los artículos que están vistos por los señores del Consejo en el pleito entre el señor fiscal y el reino, con el señor cardenal duque de Lerma y sus sucesores, 1653; L. Cabrera de Córdoba, Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España, desde 1599 hasta 1614 [c. 1614], Madrid, Imprenta de J. Martin Alegría, 1857; C. Pérez Bustamante, “Los cardenalatos del duque de Lerma y del Cardenal Infante don Fernando”, en Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo, vol. XVI (1934), págs. 146-272 y 503-532; J. de Entrambasaguas, Una familia de ingenios: Los Ramírez de Prado, Madrid, Revista de Filología Española, Anejo, XXVI, 1943; F. Tomás y Valiente, Los validos en la monarquía española del siglo xvii, Madrid, Siglo XXI Editores, 1982; C. Pérez Bustamante, La España de Felipe III, Madrid, Espasa Calpe, 1983; A. Feros, “Felipe III”, en A. Domínguez Ortiz (dir.), Historia de España, VI. La Crisis del Siglo xvii, Barcelona, Planeta, 1988, págs. 8-67; P. Williams, “Lerma, Old Castile and the Travels of Philip III of Spain”, en History, 73, 239 (1988), págs. 379-397; F. Benigno, La sombra del Rey, Madrid, Alianza, 1994; B. J. García García, La pax hispánica. Política exterior del duque de Lerma, Leuven, University Press, 1996; J. A. Escudero, “Los poderes de Lerma”, en Administración y estado en la España moderna, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1999; L. Cervera Vera, El conjunto palacial de la villa de Lerma, Burgos, Ediciones Aldecoa, 1999; P. Allen, Felipe III y la Pax Hispánica, 1598- 1621: el fracaso de la gran estrategia, Madrid, Alianza, 2001; A. Feros Carrasco, El duque de Lerma. Realeza y favoritismo en la España de Felipe III, Madrid, Marcial Pons Historia, 2002; S. Martínez Hernández, El Marqués de Velada y la corte en los reinados de Felipe II y Felipe III: nobleza cortesana y cultura política en la España del Siglo de Oro, Valladolid, Consejería de Educación y Cultura de Castilla y León, 2004; P. Williams, The great favourite. The Duke of Lerma and the court and government of Philip III of Spain, 1598-1621, Manchester, University Press, 2006 (trad. de S. Martínez Hernández, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2010); J. Martínez Millán y M. A. Visceglia (dirs.), La Monarquía de Felipe III: la Casa del Rey, Madrid, Fundación Mapfre, 2008; A. Alvar Ezquerra, El Duque de Lerma. Corrupción y desmoralización en la España del siglo XVII, Madrid, La Esfera de los Libros, 2010.

 

Antonio Feros Carrasco