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Carlos de Austria

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Biografía

Austria, Carlos de. Príncipe don Carlos. Valladolid, 8.VII.1545 – Madrid, 24.VII.1568. Príncipe de Asturias.

El hijo primogénito que Felipe II tuvo con su primera mujer, María Manuela de Portugal, perdió a su madre cuatro días después de nacer. Su corta existencia (murió a los veintitrés años) estuvo marcada por el enfrentamiento que tuvo muy pronto con su padre, el Rey. Su infancia estuvo bajo el cuidado de Leonor de Mascarenhas, quien había cuidado también de Felipe II en su niñez. Debido a la temprana muerte de su madre y a las ausencias de su padre, se crió en la Corte de sus tías María y Juana, primero en Aranda de Duero y después en la ciudad de Toro; pero pronto perdió también este apoyo familiar, por la boda de María de Austria con Maximiliano, en 1548, y la de Juana de Austria con Juan Manuel de Portugal en 1551; una situación de orfandad que el príncipe niño lamentaría al ver marchar también a su ayo Sarmiento, enviado como embajador a Lisboa, quien le oiría esta lacerante queja: “¿Qué va a ser del niño, aquí solo sin padre ni madre, y su abuelo en Alemania?”.

Otra circunstancia agravaba su situación: la penosa carga genética que había heredado de Juana la Loca, su bisabuela tanto por parte de padre como por parte de madre, ya que Felipe y María Manuela eran primos carnales en doble grado.

En su educación intervendrían dos humanistas, el licenciado Gámiz y, sobre todo, como más destacado, el licenciado Honorato Juan, ambos bajo la dirección de García de Toledo y teniendo como ayo hasta 1551 a Luis Sarmiento.

En 1556 pudo conocer a su abuelo, el emperador Carlos V, cuando regresó a España. Fue una entrevista tenida cerca de Valladolid, en Cabezón, que dejó una mala impresión en el Emperador. El propio Honorato Juan le escribió a Felipe II indicándole su temor de que la locura acabase apoderándose del príncipe.

El Rey, poco después de su vuelta a España, decidió que don Carlos completara su educación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde tendría por compañeros a Juan de Austria y a Alejandro Farnesio. Pero aquella estancia se vio perturbada por un grave accidente, la aparatosa caída sufrida por el príncipe rodando escaleras abajo al acudir a una cita amorosa, dándose con la cabeza contra una puerta entreabierta. El accidente fue tan grave que a punto estuvo de costarle la vida. Para salvarle se acudió a los mayores extremos. Desesperando de que pudieran hacer nada los médicos de la Corte, se llegó a llamar incluso a un curandero morisco. También se acudió a prácticas milagreras, metiendo en la cama del príncipe doliente a la momia de fray Diego de Alcalá. Finalmente, fue salvado gracias a la operación realizada por el más famoso anatomista de la época: el doctor flamenco Vesalio.

Todas esas circunstancias fueron alterando más y más el ya de por sí difícil carácter del joven príncipe. Su enfrentamiento con el Rey su padre también se inició muy pronto. De hecho, el príncipe Carlos tenía noticia, a fines de 1558, que en la paz que se preparaba con Francia estaba destinado a ser casado con la princesa francesa Isabel de Valois; de ahí el encono contra su padre, al verse desplazado por el Rey, que acabaría tomando como esposa a la princesa de Francia.

Igualmente, el príncipe tuvo noticias hacia 1562 de que la reina de Escocia, María Estuardo, negociaba con la corte de España su boda tomándolo por esposo y que, a la postre, el Rey no consideraría prudente que su hijo tomara tal destino, saliendo de España y quedando lejos de su control.

Hacia 1565 Felipe II quiso incorporar a su hijo a las prácticas de gobierno, de acuerdo con sus veinte años. Pero las continuas extravagancias de don Carlos le causaron constantes preocupaciones. De los muchos excesos que se cuentan del príncipe, uno de ellos fue particularmente grave: cuando arremetió contra el gran inquisidor, el cardenal Espinosa, por haber prohibido que actuara en Palacio un cómico entonces célebre en la Corte, llamado Cisneros. Se le oyó decir, puñal en mano: “¡Curilla! ¿Te atreves a ir contra mí, prohibiendo actuar a Cisneros?”. Pero lo más grave vino cuando llegó a Madrid la noticia de la rebelión de los calvinistas de los Países Bajos ocurrida en 1566. El príncipe hubiera querido intervenir en el Consejo de Estado convocado por el Rey para afrontar aquel grave suceso; pero Felipe II no se lo permitió. Y al saber que se había decidido el envío de un ejército de castigo al mando del duque de Alba, su furor se desató contra el duque.

A lo largo de 1567, el príncipe fue tramando una rebelión contra su padre, preparando para ello su fuga de la Corte. Pidió dinero prestado a no pocos grandes de España. Llegó incluso a tener organizado un servicio de postas para huir más rápido de la Corte y de España. De ese modo, aunque tratara de mantener su trama en secreto, el aviso de todo ello fue llegando a oídos del Rey. El propio Juan de Austria, a quien don Carlos había hecho confidente, consciente de la gravedad de la situación, dio cuenta de lo que sabía a Felipe II.

De ese modo se iba a preparar el severo castigo que el Rey iba a dar a su hijo.

En la mañana del 18 de enero, domingo, el Rey asiste a los oficios divinos acompañado de la Corte y, por supuesto, de su hijo don Carlos. Felipe II sabrá guardar cuidadosamente su secreto; aquella misma noche convoca a su Consejo de Estado (Ruy Gómez de Silva y el duque de Feria, entre otros) y a su guardia, y ordena que le acompañen. Objetivo, la inmediata prisión del príncipe en sus propias cámaras de palacio. Para ello, dos de los guardianes irán con martillos y clavos, pues habrán de sellar puertas y ventanas, dejando sólo un portón, estrechamente vigilado, para el servicio diario.

El ayuda de cámara del príncipe de guarda aquella noche, da un detallado informe (manuscrito conservado en la Real Academia de la Historia): el Rey avanza en silencio, rodeado de su aparatoso cortejo armado, por los pasillos de palacio. Se trata de sorprender al príncipe a medianoche, antes de que pueda reaccionar, pues se sabe que está fuertemente armado. El golpe de efecto es total. Cogido de improviso, al punto desarmado, el príncipe se derrumba. ¡Qué humillación! Que el Rey le mate, antes que encerrarle en prisión.

Pero Felipe II ha meditado su plan. Primero, la prisión en las mismas habitaciones; a poco, su traslado a un torreón del viejo alcázar madrileño, pues el Rey quiere tenerlo siempre bajo su control. De forma que todo el servicio de vigilancia lo dejará en manos de uno de los hombres de su máxima confianza: el duque de Feria.

Pero una medida de tanta gravedad —la prisión del príncipe heredero— sí que no podía quedar en secreto. Felipe II se había asegurado contra una alta traición; era preciso completar el plan para salvar el prestigio. Y el Rey inició una amplia labor de información, en buen número de casos llevándola directamente. Había que informar a las Cortes de la cristiandad, en particular a las vinculadas familiarmente con la Monarquía Católica, como a Portugal, donde todavía gobernaba como Reina Regente su tía Catalina —la última representante viva de la generación carolina—, o a Viena, donde estaba su hermana, la emperatriz María. Y estaba también el Papa, entonces Pío V, al que no se podía tener a un lado. Y en la propia Corte, estaban los diversos consejos, empezando por el más importante de todos: el de Castilla. Y, en fin, estaba su misma familia, la reina Isabel de Valois, que le constaba que guardaba un tierno afecto hacia el alocado príncipe, y su hermana Juana, que en su juventud lo había criado, hasta su marcha a Portugal. Eran las dos grandes damas de la Corte y a las dos hubo que ordenarles que cesaran en sus interminables lloros, lo mismo que tuvo que prohibir a don Juan que se vistiera de luto.

En cuanto a las principales cartas al exterior, como las mandadas a las cortes de Lisboa, Viena y Roma, Felipe II las escribiría de su puño y letra, como lo demuestra la conservada en el archivo imperial de Viena; por supuesto, siguiendo un muy meditado borrador. El reto para el Rey era decir lo suficiente, para dejar bien claro cuán obligado se había visto para tomar tan dura medida, y al mismo tiempo sólo lo imprescindible, por el mismo deseo, tan del Rey, de no desvelar cosas que tanto afectaban a su propia intimidad. Así que los argumentos se basarían en la responsabilidad del Rey, sin más pruebas que algo mandado por su propia conciencia: “Para cumplir con la obligación que tengo con Dios”. O bien, que todo lo que se dijera sería dar más dolor, como escribiría a su tía Catalina: “Las causas, y no las podré referir, ni Vuestra Majestad oír, sin renovarle el dolor y lástima”. Y la gran contradicción que provocaría los peores comentarios: que no había existido rigor, ni la prisión era “enderezada a castigo [...]”.

El resultado, lo recogería el propio cronista Cabrera de Córdoba: a nadie satisfizo, dando lugar a que se desatara una propaganda formidable en toda Europa —y posiblemente en gran parte del Reino— contra el Rey, tachado de cruel e implacable; juicio adverso que la muerte, a los pocos meses, del desdichado príncipe en prisión no hizo sino agravar.

Como indicaría el cronista Jerónimo Quintana: “Como la causa principal se ignoraba y nadie sabía lo cierto del caso, asombró la resolución a todos, dando qué decir [...]”.

Aunque el proceso iniciado contra el príncipe no se haya encontrado (posiblemente porque su temprana muerte llevara al Rey a ordenar su destrucción), sí se tienen referencias precisas de que Felipe II lo mandó iniciar. Se sabe hasta el nombre del encargado de llevarlo, el secretario Hoyos. Pero pronto se agravó la ya de por sí débil salud del príncipe. Aquel verano fue particularmente caluroso, convirtiendo al torreón con sus ventanas tapiadas, donde se guardaba al príncipe, en un auténtico horno. Para aliviarse, don Carlos llevó hielo hasta el mismo lecho. Y hubo más: para protestar contra su prisión acudió a la misma estratagema que sesenta años antes había usado su bisabuela Juana: la huelga de hambre. Eso debilitó más a su organismo, sobre todo porque, al no soportarla durante mucho tiempo, dio en el otro extremo: en comer insaciablemente, lo que, unido al calor, le provocaría una disentería, con la consiguiente deshidratación.

A mediados del mes de julio la salud del príncipe se debilitó tanto que los médicos temieron lo peor. El propio don Carlos conoció que su fin estaba cercano y manifestó dos deseos: ver a su padre, para que le concediese su perdón, y llegar vivo al día de Santiago, para ponerse bajo la protección del apóstol de España.

No lo consiguió. El Rey acudió a su cámara, pero no se acercó a su lecho, acaso temiendo un último gesto de desacato del príncipe, limitándose a bendecirle tras los hombros de su guardia personal. Y en la noche del 24 de julio, por tanto, un día antes de la festividad de Santiago, el desventurado príncipe fallecía.

Para el padre Mariana, al príncipe le había perdido su impaciencia, por no querer esperar su hora para gobernar; pero dada la longevidad de Felipe II y la poca salud de don Carlos resulta dudoso que le hubiera podido sobrevivir.

Más cierto es que Felipe II, al engendrar a don Carlos, había engendrado al tiempo a uno de sus mayores enemigos y que más daño harían a su fama, de cara a la posteridad. La simiente para la obra teatral Don Carlos, de Schiller, a fines del siglo xviii, o para la ópera inmortal del mismo nombre, que compondría un siglo más tarde Verdi, estaba lanzada. Y contra eso nada podría el inmenso poder del Rey Prudente.

Es evidente que la muerte en prisión de don Carlos, así como a los pocos meses el fallecimiento de la reina Isabel de Valois, todo ello ocurrido en el mismo año 1568, dio pábulo a que se forjase uno de los capítulos más señalados de la leyenda negra, junto con la Inquisición y la conquista de las Indias de la historia de España. En los tres casos se habla de crueldad y de rigor implacable.

Por lo que se refiere a la prisión de don Carlos, lo cierto es que la gravedad del caso forzó a Felipe II a una extremada reserva que oscureció aún más todo el asunto. Y cuando empezó la propaganda de los enemigos del Rey en la Europa occidental, empezando por Guillermo de Orange con su apología, éstos dieron por buenas las acusaciones que en ella se formulaban contra el Rey Prudente: Felipe II no sólo había mandado apresar a su hijo —lo cual era evidente— sino que además le había mandado matar en su prisión. De igual forma había fallecido de muerte violenta la reina Isabel; todo a manos de un Rey celoso de aquellos dos amantes. Sin duda, los muchos años que Felipe II llevaba a su esposa y el hecho de que Isabel hubiera estado prometida en un principio a don Carlos, parecía que daban pie para tales suposiciones. Y lo grave fue que el tema así deformado, tomó las características de un drama sombrío que no podía menos que atraer el interés de escritores y artistas. De modo que cuando un escritor del talento de Schiller, a fines del siglo XVIII, lo cogió entre sus manos, forjó una auténtica obra maestra de la literatura universal: su drama Don Carlos. En el siguiente siglo, uno de los músicos más destacados se inspiraría en la figura del desventurado príncipe para componer una ópera verdaderamente fantástica. Una ópera que, siguiendo el argumento de la obra de Schiller, se llamaría igualmente Don Carlos. Y dado que Schiller es un clásico de la literatura germánica y que la ópera de Verdi forma parte del repertorio musical que año tras año se representa en las óperas de casi todo el mundo, la imagen que en ella se da del Rey y de su hijo queda ya firmemente grabada en las mentes de todos sus espectadores, que por miles y miles asisten a estos espectáculos. En el Don Carlos de Verdi, se aparece un joven y arrogante tenor que con imponentes cantos proclama su noble lucha por la libertad y por el amor hacia la joven Reina; mientras que, en contraste, asoma un rey, Felipe II, viejo y achacoso, sombrío y verdaderamente siniestro.

Ante tal espectáculo, el historiador poco puede hacer, pero al menos tiene la obligación de fijar aquellos hechos en su estricta realidad. El drama entre Felipe II y su hijo don Carlos, que existió ciertamente, es ante todo un drama político. Es el enfrentamiento de un príncipe rebelde contra su Rey. Hay indicios para creer que hubo contactos entre los rebeldes calvinistas flamencos y el príncipe. Y es seguro que trató de fugarse de la Corte. En esas condiciones, el proceso del príncipe era inevitable y al Rey no le quedó otra alternativa.

Más discutible es la dureza con que el príncipe fue tratado en prisión y, a la inversa, curiosamente, que se le permitiera cometer los excesos que ya se han referido, que sin duda abreviaron su vida. Pero el Rey no mandó matar a su hijo, ni, por supuesto, a su esposa Isabel de Valois, a la que quería tiernamente, y que murió por un parto.

Y no se diga nada en cuanto a la figura de un príncipe gallardo frente a un Rey achacoso, como aparece en la ópera de Verdi. Aquí sí que la realidad fue muy distinta. Don Carlos era joven, sí, pero contrahecho y con una desmedrada figura, agravada después de su aparatosa caída sufrida en Alcalá de Henares, y así aparece en el cuadro pintado por Sánchez Coello.

Mientras que Felipe II, que en 1568 tenía cuarenta y un años, mantenía muy bien la apostura con que lo ha reflejado el pincel de Tiziano.

 

Fuentes y bibl.: Real Academia de la Historia, El príncipe Carlos, ms. 11/8795.

C. de Saint-Réal, Historia del príncipe Don Carlos, hijo primogénito del Rey de España Phelipe II, y de Doña María de Portugal, Leipsich, Juan Sommer, 1796; L. M. Ramírez de las Casas Deza, Noticia historica del Principe Don Carlos hijo [...] de [...] Felipe Segundo y de [...] María de Portugal, Córdoba, Santaló Canalejas y Compañía, 1836; L. P. Gachard, Don Carlos et Philippe II, Barcelona, Bruxelles, Emm. Devroye, 1863; C. Giardini, El trágico destino de don Carlos, Barcelona, 1940; J. C. F. Schiller, Don Carlos, príncipe de España, vers. de E. Llovet, Madrid, MK, 1979; P. Pierson, Felipe II de España, México, Fondo Cultura Económica, 1984; M. Fernández Álvarez, Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa-Forum, 2005; G. Moreno Espinosa, Don Carlos 1545-1568, Madrid, Marcial Pons, 2006; G. Worren, Don Carlos, el príncipe de la leyenda negra, Madrid, Marcial Pons Historia, 2006.

 

Manuel Fernández Álvarez