Ayuda

Luis Cabrera de Córdoba

Biografía

Cabrera de Córdoba, Luis. Madrid, 1559 – 1623. Historiador.

Hijo de Juan Bautista Cabrera de Córdoba, fiscal de la Contaduría Mayor de Cuentas, y de María del Águila y Bullón, quienes además tuvieron otro hijo, Andrés, fraile bernardo. Poco se sabe de los primeros años de su vida, y aunque en su poema Laurentia (estrofa 8) afirma que tuvo que dejar sus estudios de “liberales ciencias” en edad temprana porque lo requirió el Rey a su servicio (“Después que de los colegios he salido, / y a liberales ciencias he aspirado, / que por servir con él puse en olvido / y dejé de seguirlas con cuidado, / donde según la edad me ha concedido, / he de mi proceder las muestras dado / por todo el tiempo, que fortuna queda / tuvo su móvil y engañosa rueda”), parece ser que su objetivo primordial, ya desde su adolescencia, fue entrar en el servicio real, como había sido costumbre entre los miembros de su familia y antepasados desde, al menos, cuatro generaciones. Así, cuando solamente tenía dieciséis años, Felipe II extendió una cédula —fechada el 14 de junio de 1575— en la que lo nombraba ayudante de su padre, quien tres años antes había sido designado “guarda mayor de las dehesas y términos de El Escorial y superintendente de los jardines y plantas y de la carretería de la fábrica del monasterio de San Lorenzo el Real”. En este oficio debió de tener algunos problemas con el alcalde mayor de la villa de El Escorial, el licenciado Muñoz, a causa de haber alanceado unas vacas, mientras pastaban, de ciertos vecinos de la villa y, aunque éstos no presentaron pleito, el alcalde lo había iniciado por su cuenta, tal vez porque se sentía ofendido de que el joven Luis hubiera galanteado a una criada suya, y en su atrevimiento había llegado a escalar por una ventana hasta un corredor de la casa del alcalde para ver a su dama. Parece que, a consecuencia del lance, el licenciado Muñoz buscaba procesar a Luis Cabrera y su intención —según manifestó públicamente— era acumular cargos contra él para que Su Majestad lo desterrase de la Corte.

Es posible que, para evitar males mayores, su padre buscase el patronazgo del conde de Chinchón y del secretario Sebastián de Santoyo, quienes escribieron a Pedro Girón, señor de la casa de Urueña, para que lo incorporase en su séquito con motivo de la embajada que iba a realizar a Portugal ante el cardenal Enrique en 1579. El trabajo que desempeñó fue del agrado de Pedro Girón, por lo que se lo llevó a Nápoles cuando fue proveído por virrey, lugarteniente y capitán general de dicho reino, donde le sirvió de secretario de cifra y correspondencia de embajadas y memoriales y de escribano de ración en la construcción del nuevo atarazanal real. En el certificado que le extendió Pedro Girón, el 23 de marzo de 1586, afirmaba que se había servido de Luis Cabrera como persona de confianza para resolver determinados problemas en Roma, Florencia, Milán y Lyon. No obstante, cuando volvió a Madrid, en 1586, fue enviado a Flandes al servicio de Alejandro Farnesio, de quien llegó a ser familiar. Dos años después, el de Parma le ordenó regresar a Madrid para transmitir a Felipe II sus discrepancias sobre la forma de llevar a cabo la empresa contra Inglaterra.

A partir de 1588, Cabrera de Córdoba se asentó en Madrid y su comarca para no abandonarla más durante su vida.

El asentamiento definitivo en la Corte había sido preparado meticulosamente por su padre, cuando en 1586 fue nombrado ecuyer de la Casa Real, dejando el cargo que venía desempeñando de “guarda mayor de los términos y dehesas del Monasterio de El Escorial” a su hijo Andrés. Dos años después, el 3 de diciembre de 1588, Felipe II extendió una cédula en la que, dada la falta de salud de Andrés de Córdoba, repartió las obligaciones del cargo que desempeñaba con su hermano Luis, a saber: “acatando la falta de salud que tiene para asistir al ejercicio de los dhos oficios con la continuación que conviene, habemos acordado dividirlos en esta manera, que él tenga a su cargo la casa que habemos mandado comprar en la villa de El Escorial de los herederos de Sebastián Santoyo, ayuda que fue de mi cámara, ya difunto, y todo lo tocante a los jardines, huertas y plantas del heredamiento de la Fresneda y del Castañal y de la dehesa de la Herrería y de los jardines que están en contorno dese dho monasterio, y Luis Cabrera de Córdoba, su hermano, la guarda de la caza y pesca y prados de las partes susodichas y de las dehesas del Quexijal y Navaluenga y de las demás partes donde se guarda por nro mandado caza en el contorno de la villa del Escorial y en las dehesas de dho monasterio, y asimismo, la superintendencia de la carretería de bueyes de la dha fábrica conforme a las órdenes e instrucciones que se le darán, firmadas de Juan de Ibarra, mi secretario”.

Pocos días después se le entregaron las instrucciones, con especial insistencia en que “tenga particular cuidado con que los caminos y pasos por donde su Majestad acostumbra andar en coche para su recreación o entretenimiento”.

Desde esta fecha hasta la muerte del Monarca, Cabrera de Córdoba pasó una vida apacible en El Escorial, solamente alterada por el viaje que, por orden de Felipe II, realizó a Ávila, en 1591, para averiguar las circunstancias del alboroto producido en dicha ciudad cuando se colgaron carteles injuriosos hacia el Rey o por la preparación y acompañamiento que hizo al archiduque Alberto cuando, en 1592, regresó de Portugal.

En la placidez de estos años de vida fue cuando se casó con Baltasara de Zúñiga y Tapia, y cuando tuvo sus cuatro hijos, de lo que da testimonio una carta de Cristóbal de Moura, que ejerció de padrino de su hijo mayor, a quien pusieron de nombre Felipe Lorenzo, que falleció el 12 de septiembre de 1620; después vino Isabel, fallecida el 26 de abril de 1630; a continuación Ana, que murió de muerte violenta el 14 de mayo de 1636; y finalmente Juan, que fue su heredero. Fueron estos años también cuando estableció gran confianza con el propio Monarca, según manifiestan numerosos documentos. La cercanía al Rey le proporcionó sustanciosos favores: el 15 de marzo de 1595, el Monarca dispuso que se le diesen —en Aranjuez— cincuenta fanegas de trigo y otras tantas de cebada durante todo el tiempo que Luis Cabrera sirviera como guarda mayor y superintendente. El 12 de junio de 1598, por cédula real, firmada por el príncipe, se le otorgó la escribanía mayor de rentas de la villa de Alcántara y su partido, y a la muerte del Rey Prudente, se le nombró tapicero mayor de la Casa de la reina Margarita desde el 15 de enero de 1599. Cristóbal de Moura recordaba en 1607: “Fue bien visto [por el rey Felipe II] y dél favorecido y assí le mandaba llamar de ordinario porque le era agradable su buen ingenio y discurso general en todas las materias. Trabaxó bien durante la enfermedad de que murió, entreteniéndole y divertiéndole, de manera que mereció por todo la merced que su Magestad le hacía y la buena voluntad que mostraba tenerle.

No resulta extraño que, Felipe II ordenase al propio Moura y al señor Juan de Idiáquez dixésemos, como sus testamentarios, de su parte, al príncipe, nro señor, tuviese por encomendado al dicho Luis Cabrera de Córdoba y le recompensase según sus méritos y si no quisiere perseverar en San Lorenzo el Real, le ocupase o en su casa o en papeles en que había ejercitado algunos años”.

Con todo, no parece que el cambio de reinado le resultase completamente favorable en su carrera administrativa.

Abandonó su residencia de El Escorial, donde su cercanía al Rey le había proporcionado tantos favores y reconocimientos, y se asentó en Madrid.

Pero en el viejo alcázar de la villa nuevos personajes habían ocupado las cercanías del joven Monarca y el propio Cabrera, junto a sus patronos cortesanos, había sido desplazado. Es muy posible que, a consecuencia de este malestar, en 1601, provocara un altercado con un tal Pedro Chavarría, criado del almirante de Castilla, en el Palacio Real, en el que se echó manos a las armas. Desde luego, el castigo resultó duro, pues, además de estar dos meses y medio preso en la cárceles de la Corte, fue condenado a cuatro años de destierro “destos nuestros reynos y en otros cuatro de nuestra corte y diez leguas y la privación perpetua del oficio de tapicero mayor de la serenísima reyna [...] y de otros cualesquier officios en nuestra casa real”. El castigo comenzó a correr el 1 de diciembre de 1601, no obstante, el Monarca le permitió gozar de los ciento nueve mil maravedís que se “le libraban y contaban con el oficio de tapicero mayor, demás de sus gajes i ración i se le avían dexado de librar por la ausencia y destierra del dicho Luis Cabrera de Córdoba, que eran los que gozaba en la fábrica de San Lorenzo el Real, por recompensa de lo que allí sirvió al rey don Felipe segundo, nro señor”.

El nacimiento del príncipe Felipe [IV] fue la ocasión para que con la intervención de sus antiguos patronos —quienes recordaron al Monarca los servicios prestados y la amistad que Luis Cabrera había gozado del Rey Prudente— fuera indultado. Por Cédula Real, fechada en Valladolid, el 31 de octubre de 1605 se le levantó el destierro y, lo que era más importante, se le permitió volver a ocupar oficios en la Casa Real. Por los sufrimientos y las necesidades que habían pasado su mujer e hijos, durante este período, Felipe III ordenó a su mayordomo mayor, el 23 de mayo 1606, que lo recibiera por “contino de nuestra Casa con cuarenta mil maravedíes de quitación en cada un año”. No fue la única gracia que recibió porque, en el mismo año: “Su Majestad del Rey don Felipe tercero, nuestro señor, hizo merced a Luis Cabrera de Córdoba, tapicero mayor que fue de la Reyna, nuestra señora, de que gozase desde 24 de noviembre de 1601 por su vida i se le librasen i contasen por las nóminas de gajes de los criados de su Majestad, los ciento y nueve mil maravedíes que se le libraban y contaban con el oficio de tapicero mayor demás de sus gajes i ración i se le avían dexado de librar por la ausencia y destierro del dicho Luis Cabrera de Córdoba, que eran los que gozaba en la fábrica de San Lorenzo el Real por recompensa de lo que sirvió al rey don Felipe segundo, nuestro señor, que está en el cielo”.

Con todo, el suceso le marcó para el resto de su vida. Es cierto que recuperó los cargos en el servicio de la Reina e, incluso, llegó a ser nombrado grefier de su casa, pero una vez que la Reina murió, no parece que consiguiera ningún otro oficio en la casa real, al contrario, su vida transcurrió deambulando por la Corte, tomando partido en los cenáculos literarios de la época y escribiendo sus obras históricas, que rezuman esa crítica cáustica de los cortesanos que han perdido la influencia, y que dedicó, bien a personas reales, bien a los grandes patronos cortesanos, sin duda ninguna, con el fin de obtener alguna gracia o merced. Así, otro buscador de mercedes como fue Miguel de Cervantes, en su Viaje al Parnaso, lo situaba en este mundillo literario de principios del siglo xvii, elogiándolo de la siguiente manera: “No lo harás con éste de ese modo, / Que es el gran Luis Cabrera, que pequeño / Todo lo alcanza, pues lo sabe todo. / Es de la Historia conocido dueño, / Y en discursos discretos tan discreto, / Que Tácito verás, si te le enseño”.

Por su parte, Martín Angulo y Pulgar lo colocaba, dentro de los partidarios de Luis de Góngora —junto al duque de Sessa, Pedro de Valencia, el padre fray Hortensio Félix Paravicino y Joseph Pellicer—, en la polémica que se había suscitado en la Corte en torno a los estilos literarios. Este apoyo y amistad se tradujo en dos sonetos que el gran poeta cordobés escribió para su homónimo el cronista. En 1611 apareció su primera obra publicada, De Historia, para entenderla y escribirla, dedicada al duque de Lerma y en la que advertía: “[...] en tanto que le ofrezco otros libros, en que voy con asistencia y cuidado trabajando, tenidos de sabios por de consideración y assí dignos de la dedicación y buena acogida de V. E, que guarde Dios muchos años”. Efectivamente, el 13 de febrero de 1611, Felipe III le concedió privilegio por diez años para imprimir un libro titulado Phelipe II vel perfecto Rey.

No existe constancia de que imprimiera dicha obra, a pesar de lo que el propio Cabrera afirma en su Historia de Felipe II, Rey de España, primera parte, libro I, capítulo VII: “Ecelencia con esplendor conservada y testimonio de la sabiduría, calor y nobleza natural y política de los secretarios, como largamente muestra mi libro titulado Secretario suficiente, que prometí en el tratado Historia para entenderla y escribirla, también la residencia del vulgo y ahora ofrezco ciento y cincuenta lugares comunes en no vulgar latín de lo que recogí en la librería de San Lorenzo el Real y en otras insignes fuera de España y de los estudios por tantos años, aunque con intermisiones continuados, que daré a la impresión después de la segunda parte desta Historia”.

En 1619 salió de la imprenta de Luis Sánchez, en Madrid, el que sería su más representativo trabajo: Historia de Felipe II, Rey de España. Se trataba de la primera parte de su famosa crónica, que finalizaba en 1583, correspondiente al libro XIII, capítulo 14, “El Rey Católico parte de Lisboa i llega por Guadalupe i San Lorenzo a Madrid”. El examen y la aprobación del contenido habían sido encomendados a Pedro de Valencia, miembro de su grupo literario cortesano, quien emitió un dictamen favorable con fecha de 11 de enero de 1615. Muy de acuerdo con el espíritu de una persona que vive de los favores adquiridos en la Corte, la obra no se la dedicó al Monarca, como podría parecer lógico, sino al príncipe, el futuro Felipe IV. Todos estos méritos le llevaron a solicitar al Monarca el oficio de cronista real en sustitución de fray Prudencio de Sandoval; en su memorial, fechado el 7 de abril de 1620, no sólo hacía un apretado resumen de su vida, sino que, además, daba noticia de que ya tenía escrita la segunda parte de la Historia de Felipe II, Rey de España, que no vería publicada en vida.

Tres años después, el 9 de abril de 1623, murió en Madrid, en su casa de la calle Preciados, siendo sepultado junto a su esposa —fallecida un año antes— en la parroquia de San Juan.

Luis Cabrera de Córdoba fue un escritor prolífico que escribió con tino y agudeza sobre personajes y acontecimientos de la Corte. Sus obras reflejan con fidelidad las vicisitudes por las que atravesó en su vida.

No obstante, la mayor parte de ellas quedaron manuscritas a su muerte, lo que ha generado numerosas confusiones en cuanto al número y contenido, pues los cronistas e historiadores posteriores utilizaron varias de ellas parcialmente para escribir sus respectivos estudios, citándolas como obras independientes.

Las obras que dejó impresas durante su vida fueron las siguientes: la primera que publicó fue De Historia, para entenderla y escribirla. Siguiendo el orden cronológico, en 1618, Luis Cabrera imprimió un pequeño trabajo, en dieciséis folios, que comienza: “Señor: considerando la Educación de su Alteza el primero de los sucesores de V. Majestad, después de tan larga vida como la Cristiandad Católica a menester, hecho juicio della, me pareció suplicar humildemente a V. Magestad lea esta advertencia de fiel vasallo i criado, deseoso i cuidadoso de su felicidad, bien desta Monarquía”, y finaliza: “Imitando a V. Majestad regla firme i cierta, que lo sabe i comprende todo como Rey i como padre de familias, que Dios guarde muchos años. Amen. De Madrid, a 18 de diciembre 1618. Luis Cabrera”. Más que una publicación, se trata de un memorial impreso, sin una finalidad pública, sin título y sin lugar de impresión, en el que la fecha y el nombre del autor con que se cierra están manuscritos. La última obra impresa en vida del autor es la Historia de Felipe II, Rey de España.

Sus obras manuscritas representan una producción —al menos— igual de numerosa y extensa que las impresas.

La primera de todas, escrita en torno a 1590-1592, fue un largo poema titulado Laurentina, que trata, según palabras del propio autor, de lo siguiente: “El río Tajo, viendo que V. M. goza ya todo lo que baña él, por ser cosa que él en extremo deseaba, determina de hacer una fiesta y triunfo para celebrar estos felices sucesos”. A esta obra es preciso añadir las Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, que se conservó en un tomo manuscrito de 578 folios, fechado en 1626, en la librería de un noble portugués de Lisboa, Antonio Suárez de Mendoza, caballero del Hábito de Cristo, hasta que fue extractada, en el año 1785, por Juan Muñoz, cosmógrafo general de las Indias y oficial de la secretaría del Despacho Universal de ellas y que posteriormente fue publicada bajo el patrocinio de la Real Academia de la Historia. A esta obra manuscrita hay que añadir la segunda parte de la Historia de Felipe II, Rey de España, que —en 1620— el autor decía tener terminada, pero que no se publicó porque Felipe IV lo impidió ante las protestas de los diputados de Aragón y los cronistas de dicho reino, quienes acusaron a la crónica de Cabrera de Córdoba de estar “llena de equivocaciones en las cosas de estos Reynos”.

A partir de entonces, la crónica desapareció sin que ningún historiador hiciera referencia a ella hasta que durante la segunda mitad del siglo xix, Eugenio Ochoa, al hacer el catálogo de manuscritos españoles existentes en la Biblioteca Nacional de París, la examinó con tanta ligereza que pensó que era una copia manuscrita de la primera parte de la Historia de Felipe II, Rey de España. Los académicos Gayangos y Llorente quisieron contrastar el manuscrito con la obra impresa y descubrieron que se trataba de la segunda parte de la Historia de Cabrera. Dicho manuscrito procedía de la biblioteca del cardenal Mazarino, sin que nadie supiera la razón por la que había llegado allí. Ante este hallazgo, el Gobierno de España, presidido por Cánovas del Castillo, comisionó a Antonio Rodríguez Villa, oficial del cuerpo de Bibliotecarios y Archiveros, para que fuera a París y sacara una copia de la misma, que bajo el patrocinio de la Real Academia de Historia se publicó juntamente con la primera parte —impresa en 1619— en 1876-1877. Cuando se analiza el manuscrito de París se observa que se trata de una copia —realizada, al menos por dos amanuenses, durante la segunda mitad del siglo xvii— de una crónica no acabada completamente en varios de sus capítulos y, por consiguiente, los académicos españoles tuvieron que realizar un fino trabajo de revisión y preparación antes de llevarla a la imprenta y presentarla tal como puede leerse actualmente.

Las demás obras atribuidas a Cabrera de Córdoba parece que son fruto de confusiones o de repeticiones parciales de algunos de los capítulos de los trabajos ya mencionados. Así, el marqués de Pidal, al estudiar las Alteraciones de Aragón de 1591, consultó un manuscrito de la Real Academia de la Historia (G-42), intitulado “Istoria de Cabrera”, en folio pergamino, escrito a medio margen, en cuyo principio se lee, en letra del siglo xvii: “Deste libro es autor Luis Cabrera de Córdoba, y las notas marginales son del Dr. Bartolomé Leonardo Argensola”, lo que le llevó a afirmar que se trataba de la segunda parte de la Historia de Felipe II, Rey de España de Luis Cabrera de Córdoba, cuando en realidad se trataba de un capítulo de la misma que, sin duda, fue extractado por Argensola para demostrar la parcialidad del enfoque de dicha crónica y presentarlo a Felipe IV, junto a sus críticas, para impedir su publicación.

Finalmente, también aparece Cabrera de Córdoba como autor de las siguientes obras impresas: Elogium Rui Gomezii. Mediolani (1715), y Relatio vitae mortisque Caroli infantis Philipi II. Mediolani (1715).

Es preciso advertir que ambas obras no son originales, sino que corresponden a capítulos de la primera parte de la obra Historia de Felipe II, Rey de España (lib. VII, cap. 22, y lib. VIII, cap. 5) traducidos al latín y publicados de forma miscelánea junto a otros escritos de fray Prudencio de Sandoval —extractados de su crónica sobre el emperador Carlos V—, todos ellos englobados bajo un largo título general: Historia Captivitatis Francisci I, galliarum regis. Nec non vitae Carola V. imper. In Monasterio; Addita Relatio vital mortisque Carola infantes Philippi II. Regis Hispaniarum Filii: authoribus Prudentio Sandoval, Episcopo Pampelonae et Ludovico de Cabrera de Córdoba, ex hispanica lengua in latinum conversis excerpta. Mediolani (1715).

 

Obras de ~: Laurentina, Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, sign. e. IV. 6, copia en: J. II. 28 [1590-1592] (reed. con introd. y notas de L. Pérez Blanco, Madrid, Biblioteca La Ciudad de Dios, Real Monasterio de El Escorial, 1975); De Historia, para entenderla y escribirla, Madrid, Luis Sánchez, 1611 (ed. de Montero Díaz, Madrid, Instituto de Estudios Políticos 1948); “Señor: considerando la Educación de su Alteza el primero de los sucesores de V. Majestad, después de tan larga vida como la Cristiandad Católica a menester, hecho juicio della, me pareció suplicar humildemente a V. Magestad lea esta advertencia de fiel vasallo i criado, deseoso i cuidadoso de su felicidad, bien desta Monarquía” y finaliza: “imitando a V. Majestad regla firme i cierta, que lo sabe i comprende todo como Rey i como padre de familias, que Dios guarde muchos años. Amen. De Madrid, a 18 de diciembre 1618. Luis Cabrera” (BNE R/5052); Historia de Felipe II, Rey de España, Madrid, Luis Sánchez, 1619 (Biblioteca de la Real Academia de la Historia [RAH], 1/962); Historia Captivitatis Francisci I, galliarum regis. Nec non vitae Carola V. imper. In Monasterio; Addita Relatio vital mortisque Carola infantes Philippi II. Regis Hispaniarum Filii: authoribus Prudentio Sandoval, Episcopo Pampelonae et Ludovico de Cabrera de Córdoba, ex hispanica lengua in latinum conversis excerpta, Mediolani, 1715 (BNE, ms. 2/58054); Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, Madrid, 1857 (Biblioteca de la RAH, 1/1182) (reed., Madrid, J. Martín Alegría, 1857, ed. facs. con introd. de R. García Cárcel, Valladolid, Consejería de Educación y Cultura de la Junta Castilla y León, 1997); Historia de Felipe II, Rey de España, Madrid, 1876-1877 (Biblioteca de la RAH, 1/877-880), Madrid, Aribau y Cía., sucesores de Ribadeneira 1876-1877, 4 vols (reed. con introd. y notas de J. Martínez Millán y C. J. de Carlos Morales, Junta de Castilla y León, 1998, 3 vols.).

 

Fuentes y bibl: Archivo General de Palacio, Sección de Personal, exps. 17/15, 154/41 y 16705/7; Sección Administrativa, caja 10.278, legs. 631, 632 y 894; Archivo General de Simancas, CC, leg. 1111; CG, leg. 3016; CJH, leg. 1712; PR, legs. 33-34; Archivo Histórico Nacional, Consejos, lib. 643, legs. 4410 y 4424; Sección Nobleza (Toledo), Osuna, leg. 455.

M. Angulo y Pulgar, Epístolas satisfatorias. Una a las obeiecciones que opuso a los poemas de D. Luys de Góngora el licenciado Francisco de Cascales, catedrático de Retorina de la S. Iglesia de Cartagena, en sus cartas filológicas. Otra a las proposiciones que contra los mismos poemas escribió cierto sujeto graue y docto, Granada, Blas Martínez, 1635; F. Ruano, Casa de Cabrera en Córdoba, Córdoba, 1779 (ed. facs. Córdoba, C. Muñoz y S. García-Mauriño, 1994); J. A. Álvarez Baena, Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes, Madrid, 1790, III, págs. 396-397 (ed. facs., 1973); A. Morel-Fatio, Cataloge des manuscrits espagnols et des manuscrits portugais, Bibliothèque National de Paris, Paris, Imprimerie Nationale, 1892; F. Ruano, “Servicios de la familia de Luis Cabrera de Córdoba”, en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 11 (1904), págs. 458-459; F. Rodríguez Marín, Nuevos datos para las biografías de cien escritores de los siglos xvi, xvii, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1923; J. A. Martínez Bara, “Los Cabrera de Córdoba, Felipe II y El Escorial”, en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 71 (1963), págs. 203-234; L. Pérez Blanco, “La octava descriptiva de Luis Cabrera de Córdoba”, en La Ciudad de Dios, 188 (1975), págs. 71- 107; J. Martínez Millán y C. Morales, “Introducción”, en Historia de Felipe II, Rey de España, Valladolid, Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, 1998; J. García Oro y M. J. Portela Silva, “Felipe III y sus cronistas. Candidaturas y méritos”, en Universitas. Homenaje a Antonio Eiras Roel, Santiago de Compostela, Universidad, 2002, págs. 255-279.

 

José Martínez Millán