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Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas

Biografía

Gómez de Sandoval y Rojas, Cristóbal. Duque de Uceda (I). Denia (Alicante), 12.IV.1581 – Alcalá de Henares (Madrid), 31.V.1624. Valido de Felipe III.

Nació en el seno del poderoso linaje de los Sandovales, siendo el cuarto hijo del matrimonio constituido por Catalina de la Cerda y Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, V conde de Denia, I marqués de Cea, I conde de Ampudia, V conde de Lerma y I duque de Lerma, gran valido de Felipe III. Su formación intelectual y humana tuvo lugar en la propia Corte donde, ya de corta edad, desempeñaba el oficio de menino del príncipe (luego Felipe III) y, probablemente, no estuvo sometida a un plan sistemático, al menos teóricamente, ni debió de ser muy esmerada. En los años de juventud, su educación fue encomendada a Juan Bautista de Acevedo, quien fue designado en la Corte en 1586 por el duque de Lerma ayo y maestro de su hijo mayor, Cristóbal de Sandoval. Los cronistas del reinado y los embajadores extranjeros en las Cortes de Valladolid y Madrid coinciden en describir a Cristóbal Gómez de Sandoval, en el marco de su actuación personal, como un noble cortesano de carácter tímido, apocado y discreto que participó al lado de su padre (a quien estaba predestinado a suceder en su casa y mayorazgo y también en los cargos que desempeñaba en la Corte y al frente de los papeles de gobierno) en los actos más importantes y que colaboraba, ya sistemáticamente desde 1610, en las tareas de gobierno junto a él. Casó en 1597 con Mariana de Padilla y Acuña, hija de Martín de Padilla, adelantado mayor de Castilla, de cuyo matrimonio nacieron siete hijos.

Sucedió como segundo marqués de Cea, que le correspondía como primogénito de la casa y mayorazgos de Lerma, añadiéndole el rey Felipe III, con carácter vitalicio y personal e igual denominación que la merced anterior, el título de duque de Cea, por Merced Real de 12 de febrero de 1604. Asimismo, era marqués de Belmonte, título al que añadió los de IV conde de Lerma y V marqués de Denia, y en 1610 el de I duque de Uceda por haber comprado la villa de Uceda el año anterior. También ostentó la categoría de Grande de España. Desde temprana edad, y como parte de la estrategia acaparadora de su padre, desempeñó diversos oficios en la Corte, siendo, después de menino del príncipe, gentilhombre de la cámara, sumiller de corps y caballerizo mayor de Felipe III; mayordomo mayor de sus hijos, los infantes Carlos, Fernando y María (abril de 1618) y de la princesa María Luisa, y caballerizo mayor de Felipe IV (abril de 1621). En la Administración central perteneció a los consejos de Guerra (1603) y de Estado (1621). Fue alcaide de la Alhambra de Granada, tesorero perpetuo de la Casa de la Moneda de Madrid (1614) y primer ministro de la Monarquía (1618). La formación de su patrimonio fue una consecuencia natural de su posición privilegiada en la Corte y en la familia. Administró y disfrutó del riquísimo mayorazgo de los Padilla del que su mujer, Mariana, fue la única heredera. Como caballero de la Orden de Santiago poseyó las encomiendas de Hornachos (desde 1601), de Caravaca (desde 1606) y Monreal, y como caballero de la Orden de Calatrava, las de Bolaños. También realizó diversas adquisiciones, entre las que se cuentan las villas de Uceda, Fuente el Fresno, Berrueco y Torremocha (1609).

Junto a los bienes anteriores, los inmuebles supusieron una parte importante del patrimonio del duque de Uceda, quien, establecida por entonces la moda aristocrática de construir palacios urbanos en la Corte, construyó en 1613 lo que serían “sus casas principales” junto a la iglesia de Santa María, en el ámbito físico de la ladera sur de Madrid. Asimismo, edificó para la Iglesia, siendo sus obras más relevantes la fundación de una casa y convento de frailes franciscanos descalzos en la villa de Uceda, y en Madrid, el monasterio del Sacramento (1615) de monjas bernardas recoletas.

Son varios los testimonios que refieren la Corte española de comienzos del siglo xvii, tanto en Valladolid como en Madrid, como marco de la actuación personal de Gómez de Sandoval, un noble cortesano que participaba en los asuntos públicos de la Corte al lado de su padre, emparentado con las familias nobles más importantes del momento gracias, en parte, a los matrimonios que proyectó para sus hijos. Casó a su hijo primogénito (Francisco de Sandoval y Rojas) en 1612 con una hija del IV duque de Medina de Rioseco, almirante de Castilla; a su hija Luisa de Sandoval, en el mismo año, con el V duque de Medina de Rioseco, y almirante de Castilla; a su hija Isabel Raimunda, en 1617, con el marqués de Peñafiel, hijo y heredero del III duque de Osuna.

La partida definitiva de la Corte a Madrid en 1606 marcó un punto de inflexión negativo en el valimiento del duque de Lerma y también en las disensiones con su hijo mayor, que, generadas tiempo atrás, se agravaron definitivamente en 1610, cuando Lerma anunció su propósito de contraer un segundo matrimonio que podía perjudicar la herencia de Cristóbal Gómez de Sandoval. No obstante, las razones determinantes de esta doble crisis institucional y personal (que terminaría en 1618 con la caída de Lerma y con el recurso al valimiento del duque de Uceda) están en relación directa con la gestión del poder del valido materializada a través de sus “hechuras” que suscitó ya en 1608 la reacción adversa de los cortesanos y del propio Rey y en función de la coyuntura políticoeconómica compleja que afrontaba España en la segunda década del siglo xvii, canalizada en un amplio malestar social. En 1611, el ascenso de Rodrigo Calderón al cargo de chambelán del Rey provocó el enfrentamiento abierto entre el nuevo oficial de la Corte y el duque de Uceda como cabeza visible de un grupo significativo de Grandes, hartos de ver al que llamaban el “bajo favorito” actuar entre el Rey y ellos. Por otra parte, el oficio de confesor del Rey había sido proveído por Lerma en 1608 en la persona de fray Luis de Aliaga, hasta entonces confesor suyo, quien, a pesar de ser una de sus hechuras, pronto se alió con la reina Margarita y con el duque de Uceda.

Aunque en 1613 se daba ya un reconocimiento público de la existencia de diferentes facciones en el seno de la Corte, sería en 1614, en la dedicatoria de los Discursos para todos los evangelios de la cuaresma editado en Madrid ese mismo año, de Cristóbal de Fonseca “Al ilustrísimo y excelentísimo señor D. Cristóbal de Sandoval, Duque de Uceda, gentilhombre de la Cámara del Rey nuestro señor”, cuando se presentaba ya a la sociedad al duque de Uceda como un personaje de interés político, dotado de virtudes públicas poco comunes en la época tales como estar al servicio del Rey por amor y lealtad y no por interés; estar libre de la ambición y la arrogancia, etc., que le proclamaban claramente como una alternativa de poder frente a su padre e incluso frente al confesor.

Tanto el fortalecimiento del partido militarista (formado en 1612 por los sectores partidarios de una política internacional más incisiva que supusiera un cambio radical y una vuelta a los tiempos de Felipe II), como los polémicos nombramientos de los servidores de la casa del príncipe cuando se constituyó en 1615, o la aparición por la misma época de las primeras publicaciones que cuestionaban abiertamente las teorías del duque de Lerma y sus aliados sobre la justificación y la legitimación de la figura del valido (Mateo López Bravo, Quevedo, fray Juan de Santamaría, etc.), determinaron una coyuntura crítica cuyas secuelas vendrían a caracterizar los acontecimientos políticos de todo el reinado de Felipe III. A la altura de 1615, era manifiesto el enfrentamiento de las dos principales facciones de la Corte, surgidas con anterioridad pero nucleadas ahora en torno a diferentes miembros de la familia Sandoval al estar encabezadas, una por Lerma, y otra por la coalición formada por Uceda y Aliaga, ésta en fase ascendente por el apoyo que recibía de un sector significativo de la nobleza cortesana compuesto por el duque del Infantado, Baltasar de Zúñiga, el conde de Paredes y el conde de Olivares, entre otros. En el período 1613-1615, la posición del duque de Uceda, introducido por su padre en las tareas habituales del despacho y del gobierno, se perfilaba y en algunos planos destacaba respecto a la de éste que acabó por reservarse únicamente una especie de superintendencia general de los asuntos. En 1617, Uceda fue nombrado ministro intermediario entre el Rey, las instituciones de gobierno en la Corte y los oficios reales en Nápoles, participando al mismo tiempo de forma sistemática en el gobierno, como se constata en los billetes que empezó a mandar para que los diferentes Consejos tratasen determinados temas por orden del Rey. Finalmente, al obtener Lerma en abril de 1618 el capelo cardenalicio, todos los oficios de palacio que desempeñaba tuvieron que pasar a Uceda, quien se convirtió en la persona más influyente cerca de Felipe III.

A comienzos del mes de septiembre de 1618, tuvo lugar en la Corte la llamada “revolución de las llaves”, una intriga palaciega ocasionada con motivo de los cambios introducidos por el Rey en determinados oficios de la casa del príncipe que, a instancia del duque de Uceda y de Aliaga, pretendían ejercer un control más protector del entorno y de la formación del futuro Rey. Para ello, Felipe III ordenó al duque de Lerma que privase a Fernando de Borja (miembro destacado de la familia Sandoval afín a Lerma y opuesto a Uceda) del oficio de camarero mayor del príncipe ofreciéndole a cambio el virreinato de Aragón. El duque de Lerma eludió el mandato y el Rey recurrió a Uceda para que en su lugar comunicase a Borja su resolución. A pesar de la resistencia que opuso, finalmente se vio obligado Fernando de Borja a entregar la llave de la cámara del príncipe acudiendo, acompañado del conde de Lemos (otro miembro de la familia Sandoval afín a Lerma y muy contrario a Uceda), a quejarse primero a Lerma y después ante el Rey. Este incidente resultó de gran trascendencia, ya que provocaría la salida de la Corte de los principales personajes de la facción lermista (Borja, Lemos y Catalina Sandoval, hermana del valido y hasta entonces camarera mayor de la Reina) y del propio Lerma, y la designación, en su lugar, al servicio del príncipe, de dos personajes de confianza de Aliaga, Pedro de Zúñiga y el conde de Nieva. Al mismo tiempo, para la cámara del Rey eran nombrados el almirante de Castilla, Juan Alfonso Enríquez de Cabrera y Juan Téllez Girón, marqués de Peñafiel, ambos yernos del duque de Uceda. Tales cambios dejaron en evidencia la pérdida de poder de Lerma frente al signo ascendente de la coalición Uceda-Aliaga, apoyada por la nobleza cortesana disidente con la política del hasta entonces todopoderoso valido.

La retirada definitiva de Lerma de la Corte en octubre de 1618 abrió un período de gran incertidumbre que el Monarca finalmente zanjó con el reconocimiento al duque de Uceda de ciertas responsabilidades en el gobierno, pero mucho más recortadas que las que había ostentado su padre (Decreto de 17 de noviembre de 1618), dando paso con ello a una nueva definición de la privanza fundamentada en una voluntad de continuismo y de limitación de las atribuciones, que no supuso, de hecho, trasformaciones sustanciales, pues en el fondo —no en la forma— la gestión de Uceda fue, a pesar de la depuración política y administrativa que se emprendió dentro y fuera de la Corte, en muchos aspectos similar a la de su padre: un valimiento aristocrático que representaba en la Corte los intereses del clan de los Sandovales que desarrolló un esquema conservador tanto en lo que se refiere a la política interior como exterior de la Monarquía hispánica.

Así, el duque de Uceda, en colaboración con Aliaga, intentó ejercer durante los dos años siguientes una apariencia de poder al precio de cometer numerosas torpezas, demostrando una notoria incompetencia para los asuntos del gobierno y una acusada falta de autoridad para afrontar la coyuntura, y recibiendo por ello severas críticas dentro y fuera de la Corte por su incapacidad para gobernar. En tal situación, muchos creyeron que la solución de los males de la Monarquía podía encontrarse en el reajuste de los poderes del Rey y del reino, un objetivo que sólo podía conseguirse si se permitía que Cortes y Consejos recobraran su papel en la gobernación interferido por la acción de los validos. En esta línea, se movía la opinión expresada en la consulta del Consejo de Castilla de 1 de febrero de 1619 en la que se señalaba que los peores males del reino (la despoblación; la crisis de la agricultura; la crisis de la Hacienda; la destrucción de la justicia y el incremento de la corrupción en la administración de los reinos, principalmente por la venta de oficios) tenían causas fundamentalmente políticas y sólo podrían ser frenados si los gobernantes se comprometían a la utilización correcta del consejo del Rey, lo que suponía una total restauración de las formas tradicionales de gobierno. La circulación de estas ideas en período del valimiento del duque Uceda y de Aliaga confiere a su privanza un carácter peculiar en la medida en que quería significar una vuelta a la vigencia de la Monarquía definida por la relación “rey en consejo”, y el privado como un consejero más. Pero la materialización de estas mismas ideas produjo una intensificación de la lucha por el poder y la influencia, en la que participaron numerosos individuos y grupos que acabaron pronto con el sueño del duque de Uceda de que, después de su padre él, junto con Aliaga, lo controlaría todo. Fueron incapaces de ejercer algo más que una apariencia de poder y pronto tuvo lugar un abierto enfrentamiento entre los privados del Rey: Uceda y Aliaga, y los privados surgidos en torno a la figura del príncipe heredero, esto es, Zúñiga y Olivares, quienes pugnaban por una política interior más activa.

Cuando el 31 de marzo de 1621 el Rey moría, tras una breve e inesperada enfermedad, y Felipe IV entregaba el poder a Zúñigas y Guzmanes, también finalizó el monopolio de poder que venían ejerciendo desde los comienzos del siglo el clan de los Sandovales encarnado en los valimientos consecutivos de Lerma y Uceda. Se procedió entonces a una reorganización inmediata y radical del poder en la Corte protagonizada por los nuevos validos al tiempo que se desencadenaba una persecución sistemática del duque de Uceda, del padre Aliaga y de sus hechuras, que tuvo mucho de propagandístico y de ejemplarizante contra la supuesta corrupción de un sistema sobre cuyos errores se quería construir un modelo de gobierno depurado y radicalmente distinto. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el duque de Uceda envió un memorial al joven Rey titulado Relación de servicios del Sr. Duque de Uceda en el que le recordaba todos los servicios que había prestado su familia a la Corona, aunque no por ello pudo evitar ser acusado de corrupción y desterrado de la Corte. Posteriormente, en diciembre de 1622, fue nombrado, más por la compasión que por conveniencia, virrey de Cataluña, cargo que no aceptó. Poco después, fue encausado de nuevo e imputado de haber ayudado a su consuegro el duque de Osuna en las irregularidades que había cometido como virrey de Sicilia y Nápoles, siendo condenado a ocho años de destierro y a pagar 20.000 ducados. Cumplió su confinamiento primero en su villa de Uceda, luego en Toledo y después en Torrejón de Velasco, y Alcalá de Henares, donde murió privado de libertad el 31 de mayo de 1624, siendo traído a enterrar subrepticiamente a Madrid en el monasterio del Sacramento de monjas cistercienses descalzas que él mismo había fundado para su enterramiento junto a su palacio.

El duque de Uceda no fue un hombre de Estado, sino un amigo del Rey, que tuvo en todo momento presente, no el modelo de gestión de su padre, aunque sí su significación como factor de representación del clan nobiliario al que pertenecía. En el proceso de institucionalización del valimiento, el duque de Uceda encarnó una fórmula de poder, no personal sino compartida, por necesidad, con Aliaga en cuyo reparto de atribuciones ejerció el papel de confidente privado del Rey y que supuso en cierta manera una vuelta a la forma clásica de gobierno en relación a la mecánica de los Consejos, respecto a la tramitación de las consultas.

 

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Regina María Pérez Marcos