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Juan II de Castilla

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Biografía

Juan II de Castilla. Toro (Zamora), 6.III.1405 – Valladolid, 21.VII.1454. Rey de Castilla.

Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I; el matrimonio, celebrado en septiembre de 1388, había supuesto la renuncia a los eventuales derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.

La temprana muerte de Enrique III, en Toledo, el 25 de diciembre de 1406, abría el reinado del nuevo Monarca, un niño que todavía no había cumplido dos años, lo que significaba una larga y, según todos los indicios, difícil minoría. El testamento de Enrique III, minucioso en sus disposiciones, muestra esa preocupación: disponía la custodia del rey niño por Diego López de Stúñiga y Juan (Fernández) de Velasco; el ejercicio del poder de modo conjunto por su esposa Catalina y por su hermano Fernando; la actuación como poder arbitral del Consejo, cuya composición permanecería inalterable durante la minoría; y ciertas medidas tendentes a ganarse el apoyo de Fernando a la nueva situación: matrimonio de su primogénito de éste, Alfonso, con María, la hija primogénita del Monarca, a los que se reconocía la herencia de Castilla si Juan II moría sin sucesión. Hubo, sin duda, quienes pidieron a Fernando que se proclamase rey, pero éste rechazó tal eventualidad; la propaganda haría de esta renuncia una gran muestra de caballerosidad. Fue, no obstante, la gran figura del momento. Se introdujeron algunas modificaciones en las disposiciones del difunto Rey: la regencia conjunta fue sustituida por un reparto del territorio del reino en dos partes, al norte y al sur de los puertos, encomendadas respectivamente a Catalina y a Fernando; se entregó a la madre la custodia del Rey, compensando a los designados, y se confió a Fernando la administración de los elevados subsidios que habían acordado las Cortes para la guerra contra Granada, y el mando de las tropas.

Pocas semanas antes de la muerte de Enrique III, tropas granadinas, a pesar de la tregua recientemente firmada, habían derrotado a un contingente castellano en Los Collejares, cerca de Baeza, agresión que exigía la respuesta que Fernando pensaba encabezar y a cuyo efecto habían sido convocadas las Cortes por su hermano. Fue la gran empresa heroica, que proporcionó poder y fama, aunque comenzó mal: la campaña de 1407 se cerró con el fracaso en el cerco de Setenil, y la del año siguiente quedó aplazada por la firma de unas treguas: las tensiones en el gobierno de Castilla impedían el normal curso de las operaciones.

La vinculación con Benedicto XIII es otra de las bases del poder de Fernando; el Pontífice, tras el fracaso de la llamada via compromissi, en junio de 1408, para la solución del Cisma de Occidente, precisaba crear un fuerte bloque de apoyo en las monarquías hispánicas. Fernando, a quien compensó con el maestrazgo de las órdenes militares para sus hijos, fue ese gran apoyo en Castilla y, enseguida, en Aragón.

La muerte del heredero de Aragón, Martín el Joven (julio de 1409), dejaba al monarca aragonés, Martín I, sin descendientes legítimos y con muy remotas posibilidades de lograrlo. Fernando era uno de los más próximos parientes y sus derechos, si no los del propio Juan II, estaban entre los más firmes para alcanzar la herencia aragonesa. Sin duda, esas circunstancias pesaron en el diseño de la campaña de 1410, ahora que se extinguían las treguas con Granada; el objetivo elegido, Antequera, punto neurálgico en las comunicaciones del Reino de Granada, era digno de tal príncipe. Durante las operaciones, que se alargaron más de lo esperado, murió el monarca aragonés en mayo de 1410; Antequera resistió hasta septiembre, pero al fin se rindió. Era su mejor carta de presentación; la diplomacia y el dinero castellanos, y el apoyo decidido de Benedicto XIII hicieron el resto y lograron el reconocimiento de Fernando como rey de Aragón, en virtud del denominado Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412).

Un verdadero “programa” del nuevo Monarca aragonés para sus hijos dio como resultado la indiscutible hegemonía peninsular de la rama menor de los Trastámara: Alfonso heredó Aragón y casó con María, hermana de Juan II de Castilla; María desposó con el Monarca castellano; Juan, para quien se proyectaba el matrimonio con Juana de Nápoles, se encargó de la política mediterránea; Enrique, Sancho y Pedro tuvieron los maestrazgos de las órdenes militares; la menor, Leonor, contrajo matrimonio, en su momento, con Duarte de Portugal.

La muerte de Fernando (1 de abril de 1416), poco después de que su reino sustrajese obediencia a Benedicto XIII, y el reajuste que experimentó su “programa” modificaron el panorama político castellano: Alfonso V se hizo cargo personalmente de la política mediterránea y Juan, fracasado el proyecto de matrimonio napolitano, regresó a la política peninsular y negoció su matrimonio con Blanca, heredera de Navarra.

En junio de 1418 moría la reina Catalina; el infante Juan, apenas llegado a Castilla, promovía la declaración de mayoría de edad de Juan II cuando, unos meses después, cumpliese catorce años, y el cumplimiento del compromiso matrimonial con su hermana María: los desposorios tuvieron lugar en Medina del Campo el jueves 20 de octubre de ese año. Fue este protagonismo de Juan el que hizo que Enrique se sintiera desplazado de la jefatura del grupo familiar en Castilla y la causa de las primeras disensiones en el bando aragonés.

El 14 de julio de 1420, aprovechando la ausencia de Juan, que había viajado a Navarra para contraer matrimonio, y también la de Alfonso V, que acababa de iniciar su aventura italiana, Enrique se apoderó de la persona del rey de Castilla, en Tordesillas. El objetivo de este verdadero golpe de estado, además de someter a tutela al Monarca, fue contraer matrimonio con Catalina, la otra hermana de Juan II, obtener el marquesado de Villena como dote de la infanta y, con todo ello, alcanzar un poder indiscutible que ejercería apoyado en las Cortes.

Uno de los efectos del gobierno de Enrique fue la boda del Rey, que se convirtió en una de las causas del golpe de estado y motivo de lucha entre quienes pretendían prolongar una suerte de minoría y quienes deseaban una efectiva mayoría, entre ellos las Cortes. La boda, reducida casi a una maniobra política, tuvo lugar en Ávila, el domingo 4 de agosto de 1420, sin fiestas, muestra de la difícil situación que se atravesaba. De este matrimonio nacieron los siguientes infantes: Catalina, en Illescas, el 5 de octubre de 1422, fallecida el 10 de septiembre de 1424 en Madrigal; Leonor, el 10 de septiembre de 1423, fallecida niña; Enrique, futuro Rey, en Valladolid el 6 de enero de 1425, y María, también fallecida a los pocos meses.

La ruptura del bando “aragonés” permitió a Álvaro de Luna, un joven que desde hacía más de diez años gozaba de la amistad y confianza del Rey, bien visto inicialmente por ambas partes, implantar un gobierno de autoridad real, aparentemente dirigido por el infante Juan, ejercido a través del Consejo cuyo control tendría don Álvaro. Fue él quien organizó la fuga del Rey de Talavera y su refugio en Montalbán, ordenó a los hermanos el licenciamiento general de tropas, y, tras un largo forcejeo, logró que Enrique se presentara en la Corte. Allí, a instancias de su hermano Juan y de sus partidarios, fue detenido en junio de 1422.

El nuevo Gobierno procedió a un reparto de prebendas entre los vencedores y a la confiscación de bienes de los partidarios de Enrique; comenzaba a crearse un grupo de exiliados castellanos en Aragón que comunicaba a Alfonso V noticias muy diferentes del relato oficial que de lo sucedido en Castilla le llegaba. Para el Monarca aragonés, que se hallaba en Nápoles, esas noticias constituyeron una amenaza para los recursos procedentes de Castilla, imprescindibles para la gran política italiana que estaba intentando. Su disminución, junto al descenso de los enviados desde Aragón, en particular desde Cataluña, fue probablemente la razón fundamental de su regreso a la Península. Desde luego, sufrió un deterioro la situación napolitana cuya culminación fue una sublevación en la capital contra los aragoneses en junio de 1423; empeoraron también las relaciones con Martín V por el visible apoyo a Benedicto XIII, residente en Peñíscola, y la prolongación del agonizante cisma, sólo posible gracias al compromiso regio. Todo indujo a Alfonso V a volver a su reino con el objetivo de poner en orden los intereses familiares en Castilla; para ello había de lograr la libertad de Enrique, reconciliar a sus hermanos, apelar a la unión de la nobleza contra la tiranía de don Álvaro y recuperar las rentas familiares. Álvaro supo ceder el protagonismo a Juan, lo que contradecía las acusaciones de autoritarismo, pero eso hacía inevitable la liberación de Enrique, a la que su hermano no podía oponerse, y una pública reconciliación; eso, la recuperación de rentas y la constitución de un partido nobiliario en torno a los infantes fue lo que significó el pacto de Torre de Arciel el 3 de septiembre de 1425. Por el momento, Álvaro seguía siendo miembro del Consejo, pero el objetivo final era derribarle; la actuación de ese partido logró que una comisión nombrada al efecto decidiese el 30 de agosto de 1427 la salida de Álvaro de la Corte durante año y medio como medida imprescindible de paz y de buen gobierno, objetivo que dicho partido se arrogaba.

Lo que en realidad se había producido era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a una parte de la nobleza; por ello el destierro de don Álvaro fue fugaz: como respuesta a una petición general regresaba el condestable a la Corte el 6 de febrero de 1428 desplegando un lujo extraordinario. Las grandes fiestas celebradas en Valladolid entre junio y julio de 1428 con motivo del viaje de Leonor, hermana de los infantes, a Portugal para contraer matrimonio con el futuro rey Duarte, otra gran baza de los aragoneses, fueron un engañoso paréntesis de cordialidad en la tensión.

Juan II, siempre de la mano de don Álvaro, preparaba la eliminación del poder de los infantes. Don Juan, a quien su esposa reclamaba en Navarra, de la que ambos eran reyes desde septiembre de 1425, recibió una poco amistosa petición de marchar hacia su reino; al infante don Enrique se le ordenó partir hacia la frontera andaluza, realmente amenazada por una nueva guerra civil en Granada. Alfonso V, que precisaba de modo imperioso acudir a Italia si deseaba impedir el hundimiento de sus intereses allí, interpretó los hechos como una verdadera declaración de guerra y comenzó a preparar una intervención armada en Castilla que le permitiese de una vez asegurar los intereses familiares en ella y le dejase las manos libres para abordar aquellos objetivos.

En abril de 1429 se iniciaba la invasión aragonesa de Castilla, con gran despliegue bélico y propagandístico. No conviene dejarse impresionar: era consciente de sus limitaciones y de lo que le urgía una solución; esperaba que Juan II se inclinase hacia la negociación y, en caso contrario, confiaba en la mediación de su esposa y del legado apostólico que le acompañaban y que, con su intervención, frustraron el deseo de Juan II y de don Álvaro de resolver definitivamente la situación en un choque armado y permitieron una retirada sin deshonor del Monarca aragonés. Era, no obstante, una derrota de los infantes, cuyas rentas fueron confiscadas y distribuidas entre los vencedores, unidos desde ahora para impedir el regreso de los aragoneses; las negociaciones que siguieron condujeron a las treguas de Majano (16 de julio de 1430) entre cuyas previsiones se hallaba el nombramiento de una comisión, carente de todo futuro, para valorar aquellas rentas. Los infantes Enrique y Pedro decidieron resistir en Extremadura: se sometieron en noviembre de 1432 y marcharon a reunirse con su hermano Alfonso que, desde finales de mayo de ese año, se había trasladado definitivamente a Italia.

Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II. En octubre de 1431 se alcanzaba, en Medina del Campo, un acuerdo de paz con Portugal, ratificado por el monarca portugués, Juan I, el 27 de enero de 1432, en Almeirim. Era el colofón de un largo proceso, insistentemente perseguido por la diplomacia portuguesa, que ahora era posible culminar, entre otras razones, por el fallecimiento de Beatriz, hija de Fernando I de Portugal, viuda de Juan I de Castilla, cuyos derechos al trono portugués habían sido preteridos por la entronización de los Avis.

La guerra contra Granada, siempre una empresa heroica, era otra de las acciones del momento. Una penetración castellana en la vega culminaba, el 1 de julio de 1431, en la batalla de La Higueruela, que permitió instalar a un nuevo sultán bajo protectorado castellano: sin duda, una acción no muy relevante, pero extraordinaria desde el punto de vista propagandístico, equiparada a la de Antequera.

Hubo éxitos también en el golfo de Vizcaya, donde se afirmó la presencia de mercaderes castellanos en Borgoña e Inglaterra, apoyados en sendos acuerdos; se ratificó la amistad de Castilla y Francia, que arrancaba del Tratado de Toledo de 1368, y se consolidó la victoria sobre la Hansa, que reconocía la exclusividad castellana en aquellas aguas.

Fue brillante la actuación castellana en el Concilio de Basilea, al nivel del protagonismo alcanzado ya en el Concilio de Constanza. Castilla fue el firme apoyo del Pontificado en su enfrentamiento con el Concilio, y la defensora de una verdadera reforma, que aquí tenía ya varias décadas de andadura. En esta asamblea se debatieron cuestiones de tanto relieve como el dominio sobre Canarias o la unión con la Iglesia griega.

La política italiana de Alfonso V repercutió en la situación castellana. Estrepitosamente derrotado en Ponza, prisionero del duque de Milán, logró el Monarca aragonés un brillante éxito diplomático con éste, que supuso un verdadero reparto de Italia. La decisión de permanecer en ella implicaba el nombramiento de Juan como gobernador de Aragón y la consiguiente necesidad de lograr una efectiva paz. Fue el tratado de Toledo (22 de septiembre de 1436) la aparente culminación del éxito de don Álvaro: se establecían unas minúsculas compensaciones a los infantes, pero también el compromiso matrimonial entre el heredero castellano, Enrique, y Blanca, hija del rey de Navarra; fue la vía de retorno de los infantes a la política castellana. En el acuerdo pesó indudablemente la creciente resistencia nobiliaria contra el condestable; los nobles pedían que el Rey tomase en sus manos el gobierno del reino. Como contrapeso, don Álvaro acabó solicitando el retorno de los infantes a Castilla. Regresaron en abril de 1439, pero, atentos a sus intereses, y plenamente de acuerdo entre sí, se incorporaron a los grupos enfrentados: don Juan a la Corte, don Enrique al lado de los nobles levantados.

En las sucesivas sesiones de negociación, a comienzos del verano de 1439, se despeñó la autoridad del Rey, reducido al nivel de banderizo, en el llamado seguro de Tordesillas, en que aparentemente se negociaron medidas de buen gobierno, aunque en realidad los infantes pretendían controlar el poder, recuperar sus rentas y desplazar a don Álvaro. Cuando Juan II intentó recuperar la dirección del gobierno fue reducido a tutela por el infante don Juan, y don Álvaro apartado de la Corte en octubre de 1439.

Aparentemente fueron los infantes de Aragón quienes tomaron el poder y lo ejercieron en los próximos años, pero entraba en escena un nuevo factor con el que en el futuro había que contar: el príncipe heredero y Juan Pacheco, su hombre de confianza. Además, tuvieron que prestar atención a Portugal, donde su hermana Leonor, viuda desde septiembre de 1438, se hallaba enfrentada a su cuñado el duque de Coimbra. Era una pelea similar a la que se vivía en Castilla y desde el primer momento estuvieron interconectados: en diciembre de 1440 Leonor se vio obligada a abandonar Portugal, lo que consolidaba al duque de Coimbra como regente; pocas semanas después, don Álvaro intentaba recuperar el poder por la fuerza. Estuvo a punto de lograrlo, porque contaba con el apoyo del Rey, lo que otorgaba marchamo de legitimidad, pero los infantes, apoyados por el príncipe, se apoderaron de Juan II en Medina en mayo de 1441, de la que hubo de huir al galope don Álvaro, a petición del Rey. Inmediatamente se nombró una comisión que acordó las medidas de gobierno más urgentes: entre ellas la composición del Consejo, la intervención en Portugal para reinstalar a Leonor, y el destierro de don Álvaro durante seis años. De nuevo un triunfo, más aparente que real, de los infantes, en realidad convertidos en cabeza de un bando nobiliario nada dispuesto a un gobierno firme, como pretendía el Rey de Navarra, y menos aún a aventuras en Portugal. Para consolidar su poder, los infantes buscaron una más estrecha alianza con la nobleza mediante los enlaces matrimoniales de Juan y Enrique, ambos viudos, con Juana Enríquez y Beatriz Pimentel, respectivamente.

Para eliminar toda disidencia, Juan se aventuró a dar un paso de gran riesgo: depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II. Un golpe de estado (Rámaga, 9 de julio de 1443) que ponía al descubierto la contradicción de un Rey que trataba de ejercer personalmente el poder sometiendo a tutela a otro Monarca, y proporcionaba a Álvaro de Luna un argumento excelente para el levantamiento: la liberación del Rey; teóricamente lo encabezó el príncipe, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.

Los hechos se precipitaron a partir del momento en que Juan II se fugó de la fortaleza de Portillo el 15 de junio de 1444. Juan de Navarra huyó hacia Aragón y solicitó ayuda de su hermano Alfonso que, empeñado en la empresa napolitana, se limitó a enviar sucesivas embajadas quejándose del trato dado a sus hermanos y lanzando amenazas. Sin una ayuda más decidida, el partido de los infantes se desmoronó: con pocos días de diferencia, en enero y febrero de 1445, fallecían Leonor y María. Juan y Enrique, que intentaban de nuevo una solución de fuerza, penetraron en Castilla con un verdadero ejército, pero fueron derrotados en Olmedo el 19 de mayo de 1445. Enrique moría unos días después, en Calatayud, como consecuencia de una herida recibida en combate.

El poder parecía llegar al fin a las manos de Álvaro de Luna, pero lo hacía demasiado tarde y de modo ficticio, porque no se recuperaba la autoridad real, sino la de una liga de nobles, integrada incluso por recientes partidarios de los infantes, a quienes había sido necesario perdonar por decisión del príncipe, es decir, de Pacheco, que actuaba como cabeza de aquella liga. El reparto de prebendas entre los miembros de esa nobleza mostraba la situación real.

Como quince años atrás, el condestable Álvaro de Luna buscó éxitos exteriores y estrechar relaciones con Portugal, gobernado por el duque de Coimbra, que se enfrentaba también a dificultades crecientes. Poco antes de Olmedo, se había propuesto un nuevo matrimonio de Juan II, viudo hacía apenas unas semanas, con Isabel, hija del infante portugués don Juan, que venía a reforzar la alianza contra los infantes. Sin embargo, los acontecimientos no se desarrollaron de modo positivo. La guerra contra Aragón derivó en una oscura querella fronteriza nada brillante y de gran desgaste; la intervención en Granada tampoco logró el objetivo de situar en el trono al candidato propuesto y se cerró con la pérdida de casi todas las posiciones ganadas en la campaña de 1431.

La negociación con Portugal obtuvo el éxito deseado, a pesar de la resistencia inicial del Rey de Castilla: en octubre de 1446 quedó acordado el matrimonio de Juan II e Isabel, aunque la boda no tuvo lugar hasta el 22 de julio de 1447, en Madrigal de las Altas Torres. De este matrimonio nació Isabel, la futura Reina Católica, en esta misma villa, el 22 de abril de 1451, y el 17 de diciembre de 1453, en Valladolid, vino al mundo Alfonso, proclamado Rey en 1465, fallecido el 5 de julio de 1468. Sin embargo, la boda real no fue un acontecimiento positivo: en la nueva Reina tuvo el condestable una enemiga implacable, seguramente responsable de la terrible decisión que un día tomaría Juan II.

Los acontecimientos portugueses marcaron la vida política castellana. En julio de 1447, el duque de Coimbra era desterrado de la Corte; era un triunfo de la nobleza que don Álvaro no estaba dispuesto a consentir en Castilla. Para evitarlo, encabezó un golpe de estado (Záfraga, 11 de mayo de 1448) y depuró el Consejo y los principales oficiales de la Administración. Era el establecimiento descarado de un poder personal sin apelar a la supuesta defensa de la persona del Rey. Diseñaba, además, una alianza peninsular con el duque de Coimbra y con Carlos, príncipe de Viana, enemistado con su padre, que actuaba como rey de Navarra para seguir dirigiendo desde ella sus intereses castellanos.

La guerra civil portuguesa se cerró con la derrota y muerte del duque de Coimbra (Alfarrobeira, 20 de mayo de 1449); la nueva situación permitía intentar una alianza diferente: fue lo que intentó Juan Pacheco al proponer la declaración de nulidad del primer matrimonio del príncipe Enrique y la negociación de un nuevo matrimonio con Juana, la hermana menor del rey de Portugal. Las dificultades del Gobierno castellano parecían augurar ahora la rápida caída de don Álvaro, aplazada por la propia turbulencia de la situación política y porque en Navarra se produjo el levantamiento del príncipe de Viana y estalló la guerra civil. En los meses siguientes se vivió también en Castilla un enfrentamiento que, en líneas generales, fue favorable a don Álvaro; los éxitos sobre la nobleza se incrementaron en 1452 y a ellos se sumaron acciones también victoriosas en la frontera de Granada.

Sin duda, en el verano de 1452 la posición política del condestable era fuerte y sus relaciones con Juan II parecían excelentes; sin embargo, la relación con el príncipe se había deteriorado de modo irreversible. Pero el grado de turbación en el reino seguía siendo extraordinariamente alto y la liga nobiliaria parecía recuperar pulso; el hecho decisivo fue que Juan II, al menos desde finales de 1452, se mostraba decidido a sumarse a la liga y terminar con don Álvaro.

Desde marzo de 1453 estaba lista una trama para acabar con el valido, cuya vida, probablemente, trató de salvar Juan II en momentos de vacilación, aunque, a petición de la Reina, firmó un documento autorizando su prisión. En los tres primeros días de abril Juan II vivió horas de confusión y angustia; el día 3, después de negar sus verdaderas intenciones a un emisario de don Álvaro, firmaba la orden de arresto.

En las semanas siguientes Juan II se debatió en la angustia por la decisión a tomar. Es probable que la codicia de obtener las riquezas del condestable y la dura resistencia de Juana Pimentel, esposa de don Álvaro, decidieran al Rey a tomar la decisión de imponer la pena capital a su hombre de confianza durante tantos años. Se ignora qué oscuras motivaciones y secretas presiones movieron en ese sentido la voluntad real. Don Álvaro fue ejecutado en Valladolid el 3 de junio de 1453; quince días después, Juan II lo comunicaba oficialmente al reino. Para algunos comenzaba ahora el gobierno personal del Monarca, para lo que carecía de dotes personales y de ocasión política, porque se hallaba entre dos grupos de presión. Por un lado, el del príncipe de Asturias, firme defensor ahora de la política de don Álvaro: alianza con Portugal y lucha contra los aragoneses; por otro, la liga de nobles, que esperaba un retorno de Juan de Navarra a la política castellana, posibilidad que causaba grave inquietud en el entorno del Rey de Castilla.

Varias semanas de negociaciones en Valladolid, con presencia de la reina aragonesa María, hermana de Juan II, condujeron a un acuerdo en diciembre de 1453, que lograba, al menos, detener las hostilidades entre Castilla, Aragón y Navarra y restablecer los intercambios comerciales.

Desde marzo de 1454 en que se marchó a Ávila, Juan II se hallaba enfermo; a comienzos de junio se trasladó de Medina a Valladolid, donde se aceleró rápidamente su postración. Aquí murió, el 21 de julio de este año, tras ordenar su sepelio temporal en San Pablo de Valladolid, hasta su definitivo traslado a la cartuja de Miraflores. Le sucedió su hijo Enrique, aunque el Monarca difunto había intentado inútilmente hacer recaer la sucesión en su hijo Alfonso.

 

Bibl.: L. Suárez Fernández, Juan II y la frontera de Granada, Valladolid, Universidad, 1954; Relaciones entre Portugal y Castilla en la época del Infante don Enrique, 1393-1460, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1960; “Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV (1407-1474)”, en L. Suárez et al., Los Trastámaras de Castilla y Aragón en el siglo XV, en R. Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, vol. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964; J. Torres Fontes, “La regencia de don Fernando de Antequera”, en Anuario de Estudios Medievales, I (1964), págs. 375-429; P. Porras Arboledas, Juan II. 1406-1454, Palencia, La Olmeda, 1995; V. A. Álvarez Palenzuela, “Enrique, infante de Aragón, maestre de Santiago”, en Medievalismo, 12 (2002), págs. 36- 89; E. Benito Ruano, Los Infantes de Aragón, Madrid, Real Academia de la Historia, 2002; L. Suárez Fernández, Nobleza y Monarquía. Entendimiento y rivalidad. El proceso de la construcción de la Corona Española, Madrid, La Esfera, 2003; J. Vicens Vives, Juan II de Aragón (1398-1479). Monarquía y revolución en la España del siglo XV, Pamplona, Urgoiti, 2003.

 

Vicente Álvarez Palenzuela