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Pedro González de Mendoza

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Biografía

González de Mendoza, Pedro. Gran Cardenal de España. Guadalajara, 3.V.1428 – 11.I.1495. Eclesiástico, político y consejero de los Reyes Católicos.

Quinto hijo varón del matrimonio formado por Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y Catalina Suárez de Figueroa. Pasó su niñez en Guadalajara hasta 1442, en que pasó a Toledo para educarse allí junto a su tío, el entonces arzobispo primado, Gutierre Álvarez de Toledo. Ya por entonces había recibido, de dicho tío y por petición de su padre, un par de importantes beneficios: el curato de Santa María en la villa de Hita, y el arcedianato de Guadalajara, que le facultaba para dirigir y cobrar rentas de unas cuarenta parroquias en torno a la ciudad.

En Toledo aprendió la Retórica, la Historia y el Latín.

Dato éste significativo considerando el ambiente literario y cultural que rodeaba a su padre, en el que apenas se conocía y se usaba el idioma del Lacio. Por ello, a ruego del marqués su padre, el joven Pedro González traduciría para él, entre otras, La Ilíada de Homero, a partir de una traducción de Decembrio.

Cuando en 1445, murió su tío y protector, el arzobispo de Toledo, regresó a Guadalajara, a la casa paterna, hasta principios de 1446, año en el que se trasladó a la Universidad de Salamanca, donde estudió, al parecer con gran aprovechamiento, Cánones y Leyes.

Doctorado en ambos Derechos —el Civil y el Eclesiástico— y dando por finalizada esta carrera clásica, el doctorado in utrusque iure, volvió a Guadalajara.

En 1452, siempre alentado por la gloria y la influencia de su poderoso linaje, pero también amparado por su probado talento y sus conocimientos, entró en la Corte de Juan II, donde toda ella “quería y amaba con grande estremo a don Pedro González de Mendoza, y este, al soberano, e començó a seruir en la capilla real”. Enseguida conquistó el afecto del Rey y de sus cortesanos, pues sin duda Pedro González de Mendoza reunía ya sus dotes de inteligencia clara, exquisita cortesía, extensa cultura y ese don de gentes que tantas puertas le abrirían, además de su característica de agradable conversador, magnate elegante y culto compañero.

El 20 de junio de 1454, fallecía en Valladolid el rey Juan II, que había gobernado Castilla durante casi medio siglo, desde 1406 hasta 1454. Un mes antes de su muerte, había solicitado al Papa la concesión del obispado de Calahorra y de Santo Domingo de la Calzada a favor de Pedro González de Mendoza, teniendo en cuenta que por tales calendas, el joven alcarreño suplía la corta edad por la intelectual madurez: a los veintiséis años accedía a su primer obispado.

Su estancia en la Corte de Juan II fue efímera, pero provechosa, pues abundaban los hombres doctos y humanistas notables, y con ellos tuvo ocasión de conversar y compenetrarse en temas variadísimos, desde los comentarios a los autores clásicos, a las diatribas sobre Escrituras Sagradas, cuestiones de la nueva ciencia y literatura de su tiempo. Su estancia en esta Corte, aunque limitada en el tiempo, le permitió adquirir útiles enseñanzas en el terreno político, para en los siguientes años de su vida ir aplicándolas en orden a su prudente y eficaz actuación en cuantos asuntos se vio forzado a intervenir.

Desaparecido Juan II, Pedro González de Mendoza se trasladó de inmediato a Segovia, para allí “besar la mano” del nuevo Rey, Enrique IV, y ofrecerse a su leal servicio. Allí mismo, a Segovia, llegó la bula papal solicitada por Juan II en favor de la concesión del obispado de Calahorra y Santo Domingo de la Calzada para González de Mendoza. Enrique IV asistió a su consagración en este cargo, pasando enseguida a visitar la diócesis y reformando en ella algunas constituciones.

Durante unos meses, repartió su residencia entre Calahorra y Santo Domingo de la Calzada.

Entró a formar parte de la Corte de Enrique IV, caminando con él por toda Castilla. Acompañado del joven prelado, el Monarca estuvo en Guadalajara.

Desde entonces, Pedro González de Mendoza, como “uviese contino de estar en la Corte”, acompañó generalmente al Rey.

A finales de 1456, se trasladó a Palencia para acompañar a Enrique IV, concertando allí el casamiento de su sobrina María de Mendoza con Beltrán de la Cueva. El matrimonio no parecía ser muy favorable a la familia mendocina, pues previamente se había tratado de casar al favorito con Beatriz de Ribera, sobrina del obispo de Calahorra, y sólo la fuerte resistencia de María de Mendoza, madre de Beatriz y hermana del futuro cardenal, había impedido el enlace.

Posiblemente fue el simple deseo de ser fieles y acatar las órdenes reales lo que permitió que el grupo mendocino autorizara finalmente la polémica boda.

Al año siguiente, 1457, Calixto III envió a España la Bula de la Cruzada, que había sido defendida por Pedro.

En ese momento murió su padre, el marqués de Santillana, y a continuación todos sus hijos, entre los que se encontraba Pedro González, fueron a Madrid para recibir del Rey la confirmación del primogénito, Diego Hurtado, en su mayorazgo y títulos. Ello no fue impedimento para que, a partir de ese momento, la jefatura de la familia la tomara de forma real Pedro González. Por la circunstancia de que Enrique IV aborrecía a Diego Hurtado, porque le reprendía severamente, los demás miembros de la familia Mendoza iniciaron una época de enemistad con el Monarca, llegando este enfrentamiento a su punto más álgido cuando, en 1459, Enrique IV se apoderó por sorpresa de la ciudad de Guadalajara y de su alcázar, expulsando de allí a los Mendoza, acusándolos de conspiración; la familia al completo, incluido Pedro González de Mendoza, se retiró a Hita.

En el año 1460, se hizo realidad el casamiento de la sobrina del purpurado, María de Mendoza, hija de su hermano el marqués Diego Hurtado, con Beltrán de la Cueva, privado del Monarca. El acontecimiento tuvo lugar en Guadalajara, con grandes fiestas, y en esa ocasión, Enrique IV extendió, a instancias de don Pedro, el título de ciudad para Guadalajara. Muy poco después, se reavivaron las tensiones, ya de antiguo promovidas, por parte de la nobleza castellana hacia el Rey: esta vez fue la causa el haber otorgado Enrique IV a Beltrán de la Cueva el Maestrazgo de Castilla, produciéndose por ello “quexas, y sentimientos a los cavalleros que andavan alertados, y trataron de prender al Rey y a los infantes sus hermanos”.

La vida de Pedro González de Mendoza estaba en esos momentos en la cúspide de su fama y poder. Gozaba por entonces “de gentil persona y de buen rostro y de graçioso donayre y muy buen compuesto y ataviado en ella”, por lo que el encuentro del eclesiástico con Mencía de Lemos o de Castro, “hermosísima y de gentil persona, y graciosa y avisada de gran brío”, supuso un enamoramiento de don Pedro, quien a la sazón contaba treinta y dos años de edad. Enseguida “se encargó de favorecer a doña Mencía, la siruió y quiso”.

Los acontecimientos producidos en Castilla, el levantamiento de los nobles, la indecisión del Monarca respecto al reconocimiento como heredera de su hija Juana la Beltraneja, las intrigas de diversos bandos apoyando propuestas de abdicación y de entronización ora de un hermano, Alfonso, ora de la otra hermana, Isabel, para gobernar Castilla, supusieron una inestabilidad permanente, un deterioro de la acción reconquistadora en Andalucía, y una tregua concedida a Portugal —y magníficamente aprovechada por el vecino país— para iniciar la descubierta y conquista de ultramar.

En todas esas circunstancias, Pedro González de Mendoza y su Corte familiar mendocina siguieron guardando fidelidad al Rey, prestándole su ayuda, y acompañándole, como lo hizo asistiendo al bautizo de la Beltraneja celebrado en Madrid en marzo de 1462.

Los años 1464 y 1465 siguieron siendo de graves alteraciones en Castilla, con la revuelta de gran parte de la nobleza frente al Rey. El cardenal y todos los Mendoza seguían estando a favor del Monarca. Pero esas circunstancias no impidieron que incluso se acrecentara su lealtad a Enrique IV, y que éste, en 1466, les concediera “las terçias de Guadalajara y su tierra”. En los difíciles momentos que para Enrique IV se plantearon en 1467, el Rey se apoyó en la sólida fidelidad de los Mendoza: el marqués de Santillana, Pedro González de Mendoza y el conde de Tendilla eran sus más sólidos pilares.

Un año después, en 1468, Pedro recibió el nombramiento de obispo de Sigüenza, una diócesis por entonces mucho más rica que la de Calahorra. Recibió, además, un nuevo y sustancioso beneficio: la abadía de la iglesia colegial de Valladolid, que vacó por muerte del dominico fray Juan de Torquemada.

La lealtad de los Mendoza a Enrique IV supuso la puesta en guardia de las fortificaciones que la familia poseía en la frontera de Aragón, con el objeto de evitar la entrada en Castilla del príncipe Fernando.

En esos momentos, mientras González de Mendoza viajaba por la revuelta Andalucía con el Monarca, los príncipes Fernando [de Aragón] e Isabel [de Castilla] contraían matrimonio el 19 de octubre de 1469.

Esa lealtad de Pedro a Enrique IV le sirvió también para la obtención de algunos nuevos cargos eclesiásticos.

Así, en 1469, recibió el rico abadiazgo de San Zoilo, en Carrión de los Condes, por gracia de Pablo II. Y por esos años vivió momentos de altura intelectual, pues muerto Pablo II en 1471, su sucesor, Sixto IV, en 1472, para “sossegar las diferencias” entre el monarca castellano y su hermana Isabel, envió por legado ad latere al cardenal Rodrigo de Borja, el futuro papa Alejandro VI. Pedro González de Mendoza fue a recibirle a Valencia, aposentándole después en su palacio de Guadalajara, viajando por todos los lugares señoriales del eclesiástico alcarreño, y empapándose éste de las nuevas ideas, nuevas formas y nuevos horizontes del Renacimiento italiano que Borja traía como novedades.

Esos largos viajes que juntos hicieron por Castilla supusieron el inicio de una gran amistad. Pedro se ilusionó con la obra al romano con que se elevaban los nuevos edificios en la península itálica, y de la que con entusiasmo le hablaría el extrovertido Rodrigo de Borja, mientras contemplaba extasiado, con su fino espíritu humanista, aquel gran sello renacentista que poseía y mostraba con orgullo el futuro Papa. Según Tormo, este sello “contenía en sus líneas arquitectónicas el arco de triunfo por donde tuvo ingreso el espíritu del Renacimiento en España”, y sin duda fue el modelo que González de Mendoza tuvo en su mente a la hora de proyectar su propio enterramiento.

La estrecha confianza y amistad que unió a estos dos personajes propició la favorable relación que hizo el cardenal de Borja al Papa “de el gran talento y qualidades de don Pedro González de Mendoza”, consecuencia de lo cual sería el hecho de que Sixto IV, en la segunda creación de cardenales de su papado, celebrada el 7 de marzo de 1473, le nombrara cardenal con el título de Santa María in Dominica, al que luego añadiría el de San Jorge y finalmente el de la Santa Cruz, de quien era devotísimo. A finales de marzo de 1473 “llegó a Guadalajara el bonete de el Cardenal, con Breve Apostólico, en la forma acostumbrada, avisándole de su elección”; en esa ocasión, se encontraba Pedro González de Mendoza en Madrid con el Rey y éste “mandóle que se intitulase Cardenal de España”, título enseguida convertido en el de Gran Cardenal de España, siendo así como se le designó en adelante a Pedro González de Mendoza.

Si el Pontífice había enviado a Pedro el bonete colorado, no podía el Monarca dejar sin premio la lealtad y servicios del nuevo cardenal de España; “y assí le dio el Rey” —dicen las crónicas—, en el mismo mes de marzo de 1473, por muerte del condestable Miguel Lucas de Iranzo, “el oficio de Canciller de el sello de la puridad, en los Reynos de Castilla y de Toledo”, dignidad que solamente “a personas preheminentes” otorgaban los Reyes. A finales de ese mismo año de 1473, y a instancias de Enrique IV ante el Papa, se produjo el nombramiento de Pedro González de Mendoza como arzobispo de Sevilla.

Éstas fueron las últimas mercedes que el Gran Cardenal recibió de Enrique IV, pues éste fallecía, abandonado de todos, y posiblemente envenenado, en la villa de Madrid, el 11 de diciembre de 1474, dejando por albacea testamentario a Pedro y disponiendo “que se hiziesse de doña Ioana lo que él ordenasse”. Gracias al afecto y la lealtad de los Mendoza encabezados como grupo familiar por Pedro González, el rey Enrique IV encontró un lecho para morir, un entierro digno y un mausoleo en Guadalupe, donde una lápida al menos cubriera sus restos y explicara brevemente su vida.

Fueron veinte años —desde 1454 a 1474— los que Pedro González de Mendoza dedicó a servir con lealtad a su monarca Enrique IV. Cuando entró en la Corte contaba veintiséis años de edad y a la muerte del Rey tenía cuarenta y seis. Posiblemente los años más cruciales de una vida.

A continuación, se inició la etapa en que puede considerarse a Pedro González de Mendoza consejero y apoyo continuo y fundamental de los Reyes Católicos.

A pesar de haber apoyado siempre al legítimo monarca Enrique IV frente a la nobleza levantisca, su visión política no podía ignorar que la sucesión obligada y preferible se encarnaba en la figura de la inteligente hermana del Rey, la princesa Isabel, casada poco antes con el príncipe de Aragón Fernando: una pareja con ideas claras, novedosas y, sobre todo, con la posibilidad de firmeza y grandeza territorial, al fundir bajo un cetro los dos principales reinos peninsulares.

Por ello, una vez muerto Enrique, y “después de sosegadas algunas inquietudes mediante las diligencias del Cardenal”, fue jurado Fernando como Rey en Segovia el 2 de enero de 1475, en presencia de su esposa Isabel y del cardenal. Desde entonces, la vida de Pedro González de Mendoza quedó ligada a los acontecimientos políticos y militares del reinado de los Reyes Católicos, de forma total. Pedro fue para los nuevos Monarcas el prototipo de leal y digno vasallo, así como su inseparable e indispensable consejero, pues, al decir de sus panegiristas, los Monarcas nada decidían sin antes escuchar su parecer siempre respetado.

La colaboración del cardenal con los Reyes Católicos fue inmediata, total, sin fisuras. La primera de esas ayudas la prestó comandando los ejércitos reales el día 1 de marzo de 1476, en la batalla de Toro contra los portugueses, definitiva para sentar en el trono castellano a Isabel. Pocos días después, el 15 de junio de 1476, la católica Reina legitimaba “en el orden temporal” a los dos hijos que Pedro y Mencía habían procreado: eran “los bellos pecados del Cardenal”, como se les ha conocido en la historia, a los que Isabel concedía el rango de nobles herederos y beneficiados varones de la nueva Corte.

Nuevos nombramientos se sucedieron enseguida: 1477 vio a Pedro como abad de Fécamp, en Normandía, y al año siguiente recibió “en administración perpetua” el obispado de Osma, siéndole concedida por el Papa la gracia de la abadía de Santa María de Moreruela.

Entre las múltiples parcelas desarrolladas por González de Mendoza, debe mencionarse la creación y puesta en marcha en Castilla del Santo Oficio de la Inquisición. Así lo dice su historiador, el padre Hernando Pecha: en 1478, “se començó a poner en los Reynos subjetos a los Reyes el santo Oficio de la Inquisición”.

Otro momento de gloria y alegría fue cuando, estando en su archidiócesis de Sevilla, con motivo de presidir el sexto Concilio hispalense, y tras el nacimiento del infante Juan el 30 de junio de 1478, Mendoza le bautizó en la más grande catedral de España.

El 1 de julio de 1482 murió el revoltoso arzobispo Alonso Carrillo. Era habitual entonces que el titular de una diócesis eligiera a su sucesor antes de morir o de trasladarse de sede, siempre con la aprobación de los Reyes. Según cuentan los cronistas de la época, Alonso Carrillo, pese a sus diferencias con el cardenal, decidió que fuera él quien ocupara su puesto cuando falleciera. Y añaden esos mismos cronistas de la vida castellana que la reina Isabel le mandó llegarse a sus aposentos, y una vez en ellos el primado español, que tenía reservada una silla donde siempre solía sentarse, y que era conocida como “la silla del Cardenal”, fue abordado por la Reina para decirle: “Cardenal, el arzobispo don Alonso Carrillo de Acuña os ha legado la silla de Toledo; paréceme que debeis sentaros en ella, que tan vuestra es como esta, y señaló aquella en que estaba sentado”. Así, el 13 de noviembre de 1482 alcanzó ese supremo cargo eclesiástico de arzobispo de Toledo. Con este título, renunció a las otras diócesis que hasta entonces había regido, excepto a la de Sigüenza.

Esta confirmación de los Reyes es una prueba evidente del profundo aprecio que los Monarcas sentían por el cardenal.

No fue hasta dos años después, en 1484, cuando Pedro González de Mendoza pudo ir hasta Toledo para tomar posesión de su cargo. En esa ocasión, la Reina le pidió al cardenal que entrara él solo a la ciudad, para recibir con toda puntualidad los homenajes y ceremonias que era costumbre rendir a los arzobispos.

Pero Pedro González, con una actitud de gran respeto hacia Isabel, no consintió tal propuesta, y consiguió que la entrada en la antigua capital del reino visigodo se hiciera al unísono, la Reina y el cardenal, juntos sobre sus caballos y hacaneas, como muchas obras de arte, especialmente esculturas y pinturas, lo recuerdan por doquier.

Terminada la guerra con Portugal, y afirmados en el trono sin oposición alguna, los Reyes Católicos buscaron nuevos objetivos a su reinado. El primero de ellos, la unidad política peninsular y la uniformidad religiosa del reino. Isabel y Fernando diseñaron una estrategia militar muy completa y meticulosa.

Las expediciones militares de la primavera y el verano contra el reino nazarita se intensificaron a partir de 1485. Todos los Mendoza participaron, campaña tras campaña, en esta Guerra de Granada. Hasta ella fueron los lujosos ejércitos del duque del Infantado, las ingeniosas argucias defensivas del conde de Tendilla, el heroísmo en la vega de Granada de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, y otros muchos caballeros de Guadalajara.

Pero fue el cardenal quien reunió los mejores hombres y capitaneó las más bravas estratagemas.

En 1485 fue a Córdoba acompañando a don Fernando.

Dos años después, el cardenal entró en Málaga.

Finalmente, en 1492, se concluyó la campaña con la toma final de la ciudad de Granada, siendo precisamente el cardenal y su sobrino el conde de Tendilla quienes primero subieron a la más alta torre de la Alhambra, la torre de la Vela, para en sus almenas colocar el pendón de Castilla.

Además del problema de los conversos, para el que se sabe que Pedro González de Mendoza mantuvo siempre posturas de gran comprensión, su actitud política fue capital para otro de los grandes aspectos del reinado de los Reyes Católicos: el viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo. En lo que respecta a la epopeya de la apertura de la ruta occidental hacia el desconocido continente, es necesario recordar cómo Cristóbal Colón, desde el primer momento en que se puso a buscar apoyos a su idea de circunnavegar el globo terráqueo en dirección inédita, gozó del apoyo de Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, sobrino del cardenal. El bloque, siempre homogéneo, de los Mendoza, con el cardenal Pedro González al frente de él, fue el verdadero impulsor de la gesta descubridora, cuyo mérito se puede analizar atendiendo a diferentes matices y cuestiones. Entre ellas, deben destacarse la valoración de la posibilidad del proyecto desde una perspectiva inteligente y culta; la financiación de la dilatada espera de Colón hasta conseguir la aprobación real; y, sobre todo, la consecución del interés y de un verdadero compromiso de la reina Isabel respecto a los proyectos colombinos, precisamente cuando el esfuerzo de la nación toda iba referido en una sola dirección, la de Granada.

Respecto a la cuestión, un tanto anecdótica, de los hijos habidos por Pedro González de Mendoza, es preciso anotar que fueron tres los hijos reconocidos del cardenal. De la relación que a partir de 1460 tuvo el obispo con la dama portuguesa Mencía de Lemos, que vino a España en ese año acompañando a la reina Juana, cuando vino a casar con Enrique IV, nacieron dos vástagos: el mayor, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Cenete cuando crecido y conde del Cid, nacería en el palacio mendocino de Guadalajara hacia 1462; y Diego, luego conde de Mélito y señor de Almenara, que nació en el castillo del Real de Manzanares hacia 1468.

En 1476, el cardenal pidió la legitimación de sus dos hijos a Isabel. La Reina se lo concedió el 15 de junio de ese año. En 1478, Sixto IV otorgó al cardenal la autorización para que pudiera testar en favor de sus hijos, y sería su sucesor, Inocencio VIII, quien ocho años más tarde le concediera la verdadera legitimación.

La Reina lo confirmó el 3 y 12 de mayo de 1487. Finalmente, los Reyes Católicos concedieron a Pedro González de Mendoza la capacidad de instituir todos los mayorazgos que quisiera en favor de sus hijos. En este documento se cita, por primera vez, al tercer hijo del cardenal, Juan de Mendoza, nacido años después de la vallisoletana Inés de Tovar.

La muerte del cardenal Mendoza se produjo en su palacio de Guadalajara, el 11 de enero de 1495. Meses antes, casi un año antes, el cardenal se sintió enfermo: una “apostema” (inflamación) de la parte de los riñones le produjo fuertes dolores y un progresivo enflaquecimiento, con fiebre, pérdida de apetito y de fuerzas, lo que progresivamente le redujo a la invalidez, a estar en cama y a esperar la muerte, que llegó fatal el día referido. Sin duda, un cáncer renal acabó con su vida. Dejó como heredero universal de sus bienes al hospital de Santa Cruz en Toledo.

El hecho más llamativo de su óbito fue lo que algunos han venido en calificar como el “milagro del cardenal”. Muchos testigos dijeron haber visto una cruz blanca de grandes dimensiones (no como la patriarcal, sino como la del Santo Sepulcro, griega y potenzada) en el cielo, sobre el aposento de Pedro González de Mendoza. Esta cruz, según muchos habitantes, le orientó personalmente en el momento de la muerte. En ese instante desapareció, quedando, sin embargo, grabada sobre la hierba del patio palaciego, como recuerdo perenne y portentoso del paso por este mundo del llamado por algunos “tertius Hispaniae rex”. Acompañado de los Reyes Católicos y de toda la familia mendocina, en una solemne comitiva que duró cuatro días, se llevó el cadáver de Pedro, por los caminos de la Nueva Castilla, hasta Toledo, para que recibiera sepultura en el lugar que él había elegido: el presbiterio de la catedral primada de Toledo, donde hoy aún se conservan. En una carta al Cabildo que Pedro escribió en 1493, especificaba su deseo de que su sepulcro se pusiera allí. El Cabildo se opuso totalmente, y decidió nombrar una tercera persona para que argumentara en contra. Era sin duda el lugar de más categoría de todo el reino para ser enterrado, y estaba destinado a los Reyes. Ésa es una muestra evidente del orgullo de casta y autoestima del personaje.

Hubo que alterar la estructura del antiguo coro capitular, y cambiar de lugar algunos enterramientos reales. Aún había otro factor: el del estilo del monumento, que rompía con su clasicismo el precedente goticismo del lugar. Les parecía a los canónigos demasiado moderno, chocante, y paganizante.

Consiste su estructura en un arco triunfal, labrado en dos frentes, y abierto, de tal modo que el sepulcro del cardenal se puede ver tanto desde dentro como desde fuera. Tiene a su vez dos cuerpos: el inferior es claramente un arco de triunfo a lo romano: un arco central flanqueado de dos más pequeños. El central es ciego, pero los laterales se abren. Arriba es idéntico, pero con más arcos en forma de hornacinas. Es en todo similar al enterramiento del dux Tron, en Santa Maria dei Frari, de Venecia.

Hay que señalar, finalmente, cómo destacó Pedro González de Mendoza en el campo de la cultura, en el que su tarea más importante fue su papel como mecenas de las artes. Fundó el colegio mayor de Santa Cruz en Valladolid, el hospital de Santa Cruz en Toledo, levantó un palacio renacentista en Guadalajara, y mandó construir castillos (Pioz, Jadraque), monasterios (San Francisco en Guadalajara y Sopetrán en Hita) y palacios diversos, todos ellos en un nuevo estilo hasta entonces no visto en Castilla: el estilo del Renacimiento, del que Pedro González de Mendoza debe ser considerado como el auténtico introductor.

 

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Antonio Herrera Casado