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Pedro González de Mendoza

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Biografía

González de Mendoza, Pedro. Gran Cardenal de España. Guadalajara, c. 1427 – 11.I.1495. Obispo de Calahorra y de Sigüenza, administrador de la sede de Osma, arzobispo de Sevilla y de Toledo, capellán de Juan II y consejero de Enrique IV y de los Reyes Católicos.

El cardenal Pedro González de Mendoza nació en Guadalajara en torno a 1427 en el seno de uno de los linajes más relevantes de la alta nobleza castellana. Fue el quinto hijo varón de Íñigo López de Mendoza, I marqués de Santillana, y Catalina Suárez de Figueroa. Destinado a la carrera eclesiástica desde muy joven, su progenitor, que contaba con una extraordinaria cultura, procuró proveerle de una sólida formación humanística que le facilitara obtener destacadas dignidades en la Iglesia. Pasó su niñez en Guadalajara, donde vivió hasta 1442, cuando fue enviado a Toledo para continuar su educación en el amparo del arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo. Bajo la protección del mitrado toledano obtuvo varios beneficios eclesiásticos, como el curato de Santa María en la villa de Hita y el arcedianato de Guadalajara. Este último le fue conferido el 1 de diciembre de 1443, cuando contaba con dieciséis años de edad. En Toledo estudió Retórica, Historia y Latín, lo que le permitió traducir la Ilíada de Homero a petición de su padre. Al fallecer el arzobispo en 1446, se trasladó a la Universidad de Salamanca, donde cursó, de 1446 a 1452, cánones y leyes, consiguiendo ambos doctorados. Sus estancias en Toledo, Salamanca y en la culta corte del marqués de Santillana en Guadalajara, le permitieron obtener una gran formación humanística que le acabaría por convertir en uno de los principales impulsores del humanismo renacentista en la Península Ibérica.

En 1452 entró en la corte de Juan II de Castilla como miembro de la Capilla Real. Aunque su primera estancia en la corte fue breve, le sirvió para familiarizarse con la política castellana y adquirir experiencia en un terreno al que desde comienzos de la década siguiente dedicaría el resto de su vida. También fue en esta etapa cuando obtuvo su primer obispado: el 18 de noviembre de 1453, siendo arcediano de Guadalajara y protonotario apostólico, y contando con tan solo veintiséis años de edad, fue elevado a la sede de Calahorra por el papa Nicolás V. Su pertenencia al linaje de los Mendoza, el más potente de Castilla, y su condición de capellán del rey de Castilla fueron factores propiciatorios de su designación.

Tras el fallecimiento de Juan II, acudió a la corte para rendir pleitesía a Enrique IV como nuevo rey de Castilla, siendo consagrado obispo ante el monarca. Tras ello pasó a girar una visita pastoral por su diócesis, donde reformó varias constituciones. No obstante, pronto regresó a la corte, siendo posible encontrar ya el 8 de agosto de 1455 a “P. episcopus calagurritanus” ejerciendo como miembro del Consejo Real de Enrique IV. Sin embargo, enseguida los Mendoza, al igual que otros grandes linajes de la alta nobleza castellana, fueron desplazados del gobierno del reino en favor de Juan Pacheco, marqués de Villena, favorito del rey y gran rival del linaje mendocino tanto por cuestiones políticas como patrimoniales, en especial, por la herencia del poderoso condestable Álvaro de Luna. Se abrió entonces un nuevo escenario de conflictividad política en el que resurgieron con fuerza las antiguas ligas nobiliarias, en las cuales intervino de forma activa el obispo de Calahorra en estrecha colaboración con sus familiares, que no veían con buenos ojos la preeminente posición del marqués. Precisamente, y como consecuencia de los graves enfrentamientos entre Juan Pacheco y los Mendoza, en 1460 el rey Enrique acabó por actuar contra el linaje alcarreño, expulsando al obispo y sus parientes de la realenga Guadalajara, su principal asentamiento. Ello provocó la indignación del linaje, cuyos cohesionados miembros, encabezados por Diego Hurtado de Mendoza, nuevo marqués de Santillana, y su hermano, el obispo de Calahorra, se adscribieron a la liga nobiliaria contraria al gobierno del rey, controlado entonces por el marqués y por Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla.

Sin embargo, la relación de los Mendoza con el monarca cambió de forma radical a partir de 1461, cuando Enrique IV, agobiado por sus opositores y por la aproximación a estos del marqués de Villena a causa de la aparición de otro favorito regio, el futuro duque de Alburquerque Beltrán de la Cueva, procuró alcanzar la reconciliación con el linaje con el fin de crear un nuevo grupo de poder en torno a él. Lo lograría en 1462 a través de la promoción del matrimonio de Beltrán de la Cueva con Mencía de Mendoza, hija del marqués de Santillana y sobrina del obispo de Calahorra, y de la entrega de un asiento en el Consejo Real al prelado, lo que dio inicio a la meteórica carrera política del que años más tarde sería apodado como el “tercer rey de España”. En efecto, el obispo pronto se ganó la absoluta confianza del rey por su buen hacer en la gestión de los asuntos de gobierno, y se convirtió, junto a Beltrán, en la verdadera cabeza del Alto Consejo regio. El clan Mendoza adquiría de esta forma el poder en el reino, para irritación del marqués de Villena y otros importantes miembros de la nobleza castellana que se veían ahora desplazados. De forma paralela, la privilegiada posición del obispo junto al rey y las magníficas aptitudes que mostraría para la política provocaron que asumiera el liderazgo efectivo de su linaje, el cual mantendría hasta su muerte. Gracias a sus desvelos y a su especial relación con los titulares de la Corona, lograría convertir a su familia en la principal de la aristocracia castellana en los albores de la modernidad.

El descontento previo y la entrega del gobierno del reino a unos nuevos favoritos con el consiguiente desplazamiento de los antiguos, en especial del acérrimo enemigo de los Mendoza, el marqués de Villena, reavivó la oposición nobiliaria al rey y a sus recién nombrados consejeros. A su vez, ello provocó que el monarca dependiera en mayor medida del respaldo del poderoso linaje mendocino y les otorgara más potestad para contrarrestar a sus rivales, generando una mayor indignación entre aquellos. La situación se hizo insostenible a mediados de 1464, cuando el rey, en un doble intento de recompensar la fidelidad y servicios del linaje Mendoza e incrementar el potencial político, militar y económico de aquellos que le amparaban, decidió que Beltrán de la Cueva fuera nombrado como el nuevo maestre de la rica y poderosa Orden de Santiago, al tiempo que otorgaba otras grandes mercedes al obispo Mendoza y a sus parientes. Ello fue el desencadenante final del alzamiento de un amplio grupo de magnates y prelados castellanos liderados por Pacheco y Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, con el fin de exigir al monarca el nombramiento de su hermanastro Alfonso como príncipe heredero y la retirada del título maestral al de la Cueva, entre otras medidas con las que pretendieron ganar el favor del reino para su causa. El protagonismo que había adquirido para entonces el obispo Mendoza en la política castellana y su estatus como uno de los principales puntales del rey, se hacen patentes ante el hecho de que en diciembre de 1464 los rebeldes llegaron a exigir su expulsión de la corte, en la prosecución de su objetivo de acabar con el control adquirido por los Mendoza sobre el Consejo Real. Esto último, no obstante, no llegaría a materializarse, permaneciendo el prelado al frente del Consejo regio en los meses previos al estallido de la guerra civil que se desencadenaría entonces.

Tras la farsa de Ávila (5 de junio de 1465), Pedro González de Mendoza se erigió en cabeza visible de los partidarios del rey frente a aquellos que le habían depuesto para alzar al trono a su hermanastro, el infante Alfonso, y que se encontraban liderados, a su vez, por sus principales contrincantes en la corte, el marqués de Villena y el arzobispo Carrillo. El obispo de Calahorra se convirtió entonces en el verdadero aglutinador de un partido que pretendía tanto la defensa de la inviolabilidad de Enrique IV y de los derechos de Juana la Beltraneja al trono, como la conservación de la preeminente posición que en el gobierno de Castilla habían alcanzado los Mendoza. Las mercedes regias en favor del prelado y sus parientes no tardaron en empezar a fluir como consecuencia de este fiel respaldo del conjunto del linaje, encabezado por el obispo, al titular de la Corona en tan crítica coyuntura.

Durante la contienda, el obispo Mendoza y sus parientes destacaron por su fidelidad al rey, a la reina y a su hija Juana, aunque llegaron a abandonar la corte regia en varias ocasiones debido a los repetidos intentos de Enrique IV de alcanzar una salida negociada a la crisis que habría de resolverse, en todo caso, con concesiones en favor de aquellos que habían depuesto y humillado al monarca y que pretendían desplazarles del gobierno. En julio de 1467, y necesitado del respaldo del linaje alcarreño ante una abrupta ruptura de las negociaciones con sus rebeldes, el monarca llegó incluso a prestar juramento de que no entraría en tratos con aquellos sin la autorización previa del prelado calagurritano, al tiempo que entregaba la custodia de Juana la Beltraneja a los Mendoza. Poco después, el 20 de agosto, tuvo lugar la batalla de Olmedo, en la que el propio obispo combatió junto a sus parientes en el ejército enriqueño frente a las tropas alfonsinas. Sin embargo, el linaje de Mendoza al completo no tardó demasiado en abandonar la corte, pues, tras la toma de Segovia por los rebeldes en septiembre de 1467, Enrique buscó, contra su criterio, entrar en unas negociaciones con los alfonsinos que se tradujeron en una práctica claudicación de la monarquía ante los mismos.

No obstante, y seguramente como forma de aplacar a los Mendoza y recompensar sus servicios, en octubre de 1467 el papa Paulo II entregó, a petición de Enrique IV, el obispado de Sigüenza a Pedro González de Mendoza, tras el fallecimiento del cardenal Juan de Mella. Con su nombramiento, Mendoza se implicaba de lleno en el conflicto que por la sede seguntina venía desarrollándose desde 1465 como consecuencia de la usurpación de la misma por parte Diego López de Madrid, deán de Sigüenza, quien contó con el respaldo del bando alfonsino para resistir las órdenes pontificias en favor del mencionado cardenal. Esta contienda se resolvería de forma expeditiva al ser tomada la ciudad de Sigüenza por las armas en nombre del nuevo prelado y señor de la urbe. A comienzos de marzo de 1468, Enrique IV concedió numerosos privilegios a los habitantes de Sigüenza a suplicación del prelado, siendo esta tan solo la primera de las múltiples iniciativas que Mendoza emprendió en favor de la urbe durante su largo pontificado, ya que procuró conservar esta mitra hasta su muerte, en 1495.

Tras el prematuro fallecimiento del infante-rey Alfonso en julio de 1468, los Mendoza, encabezados por el obispo, regresaron a la corte de Enrique IV tan solo para volver a abandonarla ante la decisión del monarca de negociar la paz con sus rebeldes, reconocer a la infanta Isabel, su hermanastra, como nueva princesa heredera de Castilla y readmitir en su Alto Consejo a aquellos magnates que le habían depuesto, entre ellos, el marqués de Villena, ya como nuevo maestre de Santiago. Todo ello fue aprobado en el llamado Pacto de los Toros de Guisando (septiembre de 1468), al que férreamente se opuso el clan mendocino como custodio de Juana la Beltraneja. No obstante, en los meses siguientes tendría lugar un complejo proceso de negociación entre los nuevos consejeros del rey y los Mendoza que concluyó con la firma de una confederación en marzo de 1469 que suponía la reincorporación del prelado y otros de sus parientes al Alto Consejo regio y el compromiso de todos los integrantes de este de procurar a Juana la Beltraneja un matrimonio con el príncipe heredero de Portugal que acabaría por convertirla en reina de Castilla tras el previsible enlace sin descendencia entre la princesa Isabel y el rey portugués, también acordado entonces. Se constituía de esta forma un nuevo Alto Consejo regio con un delicado equilibrio entre los antiguos partidarios y opositores al rey, y en el que las tensiones entre sus miembros no tardarían en resurgir por razones obvias, dada la natural enemistad entre los Mendoza y Pacheco.

Tras la conclusión de las Cortes de Ocaña, a comienzos de mayo de 1469, el obispo Mendoza acompañó al rey en su viaje a Andalucía, el cual tenía como objetivo pacificar la región y reintegrar a su servicio a aquellas urbes y magnates que aún no se habían sometido a su autoridad. Mientras tanto, los príncipes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla contrajeron matrimonio bajo la protección del arzobispo Carrillo y sus partidarios, lo que acabaría por provocar un vuelco en las alianzas políticas de la aristocracia castellana. Aunque ya por entonces los Mendoza habían sido tanteados por Juan II de Aragón con el fin de ganar su favor para la causa de su hijo, Fernando, y la princesa Isabel, Pedro González y su familia permanecieron aún junto al monarca y respaldaron su intención de revertir lo aprobado en los Toros de Guisando y reconocer de nuevo a Juana la Beltraneja como heredera del trono de Castilla.

Los grandes servicios que el obispo prestó al monarca durante y tras la guerra civil fueron ampliamente recompensados por Enrique IV. Aparte de las numerosas mercedes en juros, villas y títulos nobiliarios que el rey concedió a Pedro González y a sus parientes, destaca especialmente el favor que prestó al obispo para su promoción eclesiástica. Ya en el contexto de las negociaciones entre el rey y sus rebeldes del otoño de 1464, se le prometió la mayor dignidad eclesiástica que quedara vacante en el reino, y previamente, en el verano de 1464, se llegó a plantear la entrega de la mitra hispalense a Mendoza. Sí le fue concedido el obispado de Sigüenza, la abadía de Valladolid, en 1468, y la dignidad de abad de San Zoilo de Carrión de los Condes, ya en 1469. Asimismo, desde 1470 Enrique IV procuró en Roma que le fuera otorgado el rango cardenalicio; petición anhelada por el prelado que tardaría varios años en hacerse efectiva. El rey también se encontró ante la resistencia de Roma cuando, a la muerte de Alonso de Fonseca en mayo de 1473, decidió que Mendoza fuera designado como nuevo arzobispo de Sevilla con la retención de la sede seguntina. El monarca logró finalmente imponer su candidatura a la del papa y a la del duque de Medina Sidonia, quien procuraba la sede hispalense para uno de sus parientes. El rey también amparó en esos años la carrera eclesiástica de Diego Hurtado de Mendoza, sobrino del prelado que no tardaría en convertirse en uno de sus principales colaboradores.

A pesar de estas gracias otorgadas por Enrique IV a Pedro González de Mendoza y a sus parientes, y como consecuencia del inmenso poder e influencia del linaje alcarreño, ya desde finales de 1470 los príncipes Isabel y Fernando redoblaron sus esfuerzos para conseguir que aquellos y otros nobles y prelados fieles a Enrique IV respaldaran sus derechos al trono castellano. Entre sus acciones dirigidas a este fin, destaca especialmente el respaldo que prestaron al obispo Mendoza para que le fuera concedido finalmente, en marzo de 1472, el capelo cardenalicio que tanto ansiaba. Ello puso fin a las aspiraciones al mismo del arzobispo Carrillo, principal partidario de los príncipes, que comenzaba a observar con suspicacia el favor concedido por aquellos a su viejo rival. El cardenalato le fue concedido en primer término con el título de cardenal de Santa María in Dominica, aunque a partir 1478 el que ostentaría sería el de cardenal de Santa Cruz. No obstante, y por insistencia de Enrique IV, Pedro González pasaría a titularse desde su nombramiento como Cardenal de España, no tardando en ser reconocido como el Gran Cardenal de España. Ganar el apoyo del influyente prelado se traducía en conseguir el respaldo del linaje que encabezada y representaba, de tal manera que los príncipes acabaron teniendo éxito en su objetivo de congraciarse con los Mendoza. Ya antes de que Enrique IV falleciera en diciembre de 1474, el cardenal y sus parientes habían asegurado su apoyo a Isabel para heredar la Corona de Castilla, seguramente considerando también que su causa sería aquella que permitiría acabar con la crisis en la que se encontraba sumida el reino. A pesar de ello, el linaje alcarreño no abandonó la corte de Enrique IV y Pedro González continuó sirviendo fielmente al monarca hasta el final de sus días, lo que fue la causa de que el rey le procurara nuevos galardones, como el cargo de canciller mayor del sello de la poridad (1473). El monarca le acabaría por designar como su albacea testamentario, falleciendo poco después, el 11 de diciembre de 1474.

Como cabeza de su linaje, tras la muerte del rey, el cardenal acudió ante la ya reina Isabel con el fin de ofrecerle su apoyo y el de sus parientes para obtener el trono castellano frente a aquellos que respaldaban la candidatura de Juana la Beltraneja. Muy pronto se convirtió en el principal entre sus consejeros y valedores, dada su experiencia en este tipo de conflictos y la fuerza de los Mendoza. Esta privilegiada posición encolerizó al arzobispo Carrillo, quien consideraba que el lugar más destacado junto a los reyes le correspondía por derecho solo a él como principal impulsor y defensor inicial de su causa. Por ello y por la negativa de los monarcas a acceder a sus deseos, el prelado toledano pasó en un breve espacio de tiempo de ser el principal sostén de sus derechos al trono a transformarse en protector de los de Juana la Beltraneja y su esposo, el rey de Portugal. De esta forma, Mendoza y Carrillo volvían a encontrarse en bandos enfrentados por el trono de Castilla.

Durante la Guerra de Sucesión que estallaría entonces, el cardenal Mendoza asumió un destacado protagonismo, llegando incluso a capitanear los ejércitos de Isabel y Fernando en la batalla de Toro del 1 de marzo de 1476, que se resolvió con una victoria crucial para el definitivo asentamiento en el trono de los Reyes Católicos. Más allá de esta y otras destacadas participaciones militares, Pedro González intervino también de forma decidida en el ámbito diplomático en favor de los monarcas. Especialmente bien conocidos son sus intentos para que el rey de Portugal renunciara a sus pretensiones sobre el trono castellano y sus negociaciones con el rey de Francia para conseguir que retirara su apoyo a la candidatura de Juana la Beltraneja. Por esta última labor, el monarca galo le concedió como compensación la abadía de Fécamp, en Normandía. El respaldo que ofreció a los monarcas en esta coyuntura le fue también recompensado por aquellos con su designación, en 1478, como administrador perpetuo de la sede de Osma y, unos años más tarde, con la abadía de Moreruela. La mayor recompensa llegaría tras el deceso de Alonso Carrillo, pues sería escogido como nuevo arzobispo de Toledo a suplicación de los monarcas. El 13 de noviembre de 1482 se expidieron las bulas de nombramiento, que le facultaban para continuar reteniendo el obispado seguntino.

El cardenal Mendoza vivía entonces el momento culminante en su trayectoria política y eclesiástica: el poder e influencia que le proporcionaban su linaje, sus altísimas dignidades eclesiásticas y su especial ascendiente con los monarcas de Castilla y Aragón, le convirtieron en la personalidad más sobresaliente de este periodo, llegando a ser considerado como el “tercer Rey de España”. Tal título, con el que ya fue conocido por sus contemporáneos, no se le concedió en vano, dado que la influencia e intervención del cardenal fueron cruciales en los principales acontecimientos y reformas políticas y eclesiásticas que tuvieron lugar bajo el mandato de los Reyes Católicos.

En efecto, el cardenal tuvo una influencia decisiva en el devenir de las dos primeras décadas del reinado de los Reyes Católicos dado que colaboró y respaldó con todas sus energías la consecución de los objetivos que los monarcas se marcaron en esos cruciales años. Ocupando siempre el puesto de mayor dignidad junto a los reyes, sería el mejor y el principal de sus consejeros en los más relevantes asuntos de gobierno, muy especialmente en los de naturaleza eclesiástica. Entre sus intervenciones más relevantes deben mencionarse su esencial colaboración en la puesta en marcha la Inquisición en Castilla, aunque previamente había abogado por un método más dialogante y pastoral; su participación, como legado del papa Alejandro VI, en la erección de las catedrales de Baza, Guadix, Almería y Granada tras la conquista de la capital del reino nazarí; o su respaldo a la expedición de Cristóbal Colón que resultaría en el descubrimiento de América. También continuó teniendo un destacado protagonismo en el ámbito diplomático, siendo un eficaz mediador en las relaciones de los monarcas con la Curia romana. Especialmente importantes fueron sus negociaciones con la Santa Sede con el fin de lograr su respaldo espiritual y económico para la Guerra de Granada, en la cual el cardenal también asumió un papel principal desde 1485. Para esta empresa, Mendoza puso a disposición de los monarcas el gran caudal militar y económico suyo y de su clan, aparte de su vasta experiencia para la organización de las campañas, en las cuales llegó a intervenir personalmente: en 1486 participó en la toma de Moclín y, en 1487, en la de Vélez-Málaga. Cuando se conquistó Granada en 1492, fue de los primeros en entrar en la ciudad. En reconocimiento de su importante actuación en la guerra, décadas más tarde Carlos I ordenaría colocar un retrato del cardenal en la capilla real de Granada.

Su destacada labor en la corte de los monarcas de Castilla y Aragón, empero, no le dificultó el atender al gobierno de las sedes de Toledo y Sigüenza, pues supo compaginar a la perfección sus obligaciones en ambos ámbitos. Precisamente, Mendoza ocupa un lugar sobresaliente en la historia de la diócesis de Toledo, ya que mostró una honda preocupación por su Catedral y el correcto funcionamiento de su Cabildo. Las ocupaciones políticas y guerreras de Mendoza le llevaron, no obstante, a confiar el gobierno ordinario del arzobispado, como había hecho en Calahorra, Sigüenza, Sevilla y Osma, a un conjunto de eclesiásticos de su más absoluta confianza y que destacaban por su sólida formación jurídica y humanística, adquirida en las mejores universidades castellanas y del continente europeo, y la férrea observancia del modo de vida y costumbres que como clérigos les correspondían. Precisamente, varios de aquellos no tardaron en incorporarse a las filas de un episcopado castellano que Isabel y Fernando pretendieron reformar a partir de la promoción de un perfil determinado de obispo coincidente en buena medida con el de los principales colaboradores de Mendoza. Ello se enmarca en el contexto más amplio de la reforma de la Iglesia que esos monarcas impulsaron durante su mandato en estrecha colaboración, de nuevo, con el cardenal. Este último, comprometido con sus planes de reforma eclesiástica, ya había procurado fomentar las reformas que necesitaba de forma acuciante el clero castellano a partir del sínodo diocesano que celebró en Calahorra al comienzo de su pontificado en esa sede; del Concilio de Sevilla de 1478, que presidió; del que convocó en Córdoba en 1482, que probablemente también estuvo dirigido por él mismo; y de la congregación de Toledo de 1483. Asimismo, el impulso de los colegios mayores y menores, especialmente el de Santa Cruz de Valladolid, fundado y patrocinado por Mendoza, fue otra de sus acciones más destacadas para fomentar el avance de la reforma eclesiástica, dado que en ellos habrían de formarse los futuros prelados del reino.

Pedro González de Mendoza tuvo tres hijos, conocidos en la época como los “bellos pecados del cardenal”, a los que procuró labrar un futuro adecuado introduciéndoles en la corte de los Reyes Católicos. De Mencía de Lemos, dama portuguesa de la reina Juana, esposa de Enrique IV, tuvo dos hijos: Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, nacido en Guadalajara en 1462 y futuro marqués de Cenete y conde del Cid, y Diego, luego conde de Mélito y señor de Almenara, que nació hacia 1468. El 15 de junio de 1476 fueron legitimados por los Reyes Católicos y en 1486 por Inocencio VIII, aunque ya en 1478 Sixto IV había autorizado al cardenal para testar en su favor. Los monarcas le concedieron también poder para instituir mayorazgos en su favor sobre sus bienes patrimoniales, concentrados fundamentalmente en la Alcarria, Granada y Valencia. En el privilegio entonces expedido se mencionaba al tercer vástago del cardenal, Juan de Mendoza, hijo de Inés de Tovar. Este último se dedicó a las armas y murió en su juventud en Francia. Tras el nacimiento de sus dos primeros hijos, el cardenal comenzó a realizar toda una serie de permutas y compraventas de villas y lugares con el fin de delimitar los mayorazgos que destinaría a aquellos, a los que incorporó la herencia por él recibida de su progenitor.

El cardenal Mendoza falleció en su palacio de Guadalajara el 11 de enero de 1495 tras una larga enfermedad. En su testamento, redactado en junio de 1494, cuando comenzó a padecer los síntomas del cáncer renal que acabaría por provocar su muerte, instituyó como heredero universal de sus bienes al hospital de Santa Cruz de Toledo, restando a aquellos los destinados a numerosas mandas pías y a los mayorazgos fundados en favor de sus hijos. Fue enterrado en el presbiterio de la catedral primada de Toledo, donde había mandado construir un sepulcro renacentista situado en el lado del Evangelio de la Capilla Mayor de la Catedral.

Hay que señalar, finalmente, la relación de Pedro González de Mendoza con la cultura, destacando especialmente su papel como mecenas de las artes. Rodeado siempre por artistas, escritores, poetas e intelectuales, no por nada el célebre humanista Antonio de Nebrija le consideraba como el primero de los mecenas y patronos de las letras en Castilla. Asimismo, fundó el colegio mayor de Santa Cruz en Valladolid, concluido en 1492, y en Toledo el Hospital de Santa Cruz para niños expósitos, aparte de realizar importantes remodelaciones en el palacio arzobispal de la ciudad. También prestó ayuda a su vicario y provisor, Juan López de Medina, para la creación en la ciudad de Sigüenza del Colegio Grande de San Antonio de Portaceli, al que seguiría la Universidad de Sigüenza. Durante su pontificado toledano, en concreto en 1493, se cerraron las bóvedas de la catedral de Toledo, entre otro gran número de mejoras y arreglos efectuados en el templo por el cardenal, a cuya iniciativa se labraría en la sillería baja del coro escenas significativas de la Guerra de Granada, en la que tanto protagonismo adquirió. También levantó un palacio renacentista en Guadalajara, y mandó construir castillos (Pioz, Jadraque), monasterios (San Francisco en Guadalajara y Sopetrán en Hita) y palacios diversos. Desplegó asimismo una gran actividad en lo que respecta a la restauración y construcción de edificios, iglesias y monasterios en Guadalajara, Sigüenza, el Burgo de Osma y Santo Domingo de la Calzada.

 

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Diego González Nieto