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Pedro Arias Dávila

Biografía

Arias Dávila, Pedro. Pedrarias Dávila. Segovia, c. 1440 – León (Nicaragua), 6.III.1531. Gobernador de Castilla del Oro y de Nicaragua.

Es uno de los conquistadores más denostados de la historia de América, a causa de haber mandado decapitar a dos figuras extraordinariamente atrayentes para la misma, como fueron Vasco Núñez de Balboa y Gil González Dávila, descubridores de la Mar del Sur y de Nicaragua. No cuenta con ningún panegirista y resultó además antipático a casi todos los cronistas, que se explayaron contando sus ambiciones, hurtos, trapisondas y crueldades, a excepción de Pedro Mártir, que tampoco rompió lanzas a su favor y para quien era prácticamente un desconocido. Gonzalo Fernández de Oviedo, que le trató largamente, y con el que tuvo varios diferendos, le consideró un modelo de vicios, una verdadera maldición para sus gobernados y hasta el presunto inductor de un intento de asesinato contra su persona. El padre Las Casas le calificó como uno de los conquistadores más crueles de todos los tiempos por matar y esclavizar indios e hizo este epitafio a su figura histórica: “Pluguiere a Dios que Pedrarias nunca asomara a aquella tierra, porque no fue sino una llama de fuego que a muchas provincias abrasó y consumió”. Tampoco le favoreció Andagoya y mucho menos el obispo Quevedo, que en sus cartas asumió la defensa incondicional de Balboa por su voluntad o por sus intereses. La biografía de Pedrarias es por ello bastante atípica, pues recoge una obra importante realizada por un personaje de escasas virtudes y multitud de vicios. Pedrarias hizo historia mientras marchaba por la vida cortando cabezas, encarcelando a sus enemigos, matando y esclavizando indios, y abusando del poder en su propio beneficio, para acumular una inmensa fortuna. Y la hizo como gobernador de Castilla del Oro desde 1514 hasta 1526 y de Nicaragua desde 1526 a 1531, y dejando un rosario de ciudades fundadas por él o por su mandato en la joven América, tales como Acla, Panamá, Nombre de Dios, Natá, Bruselas, León la Vieja, Granada, Santa María de la Buena Esperanza, Villahermosa y Las Minas.

Pedro Arias Dávila o Pedrarias Dávila, como se le llamó siempre, nació en Segovia, hacia 1440 y era hijo tercero de su homónimo Pedrarias Dávila, alias el Valiente, segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco, y de su segunda mujer María Ortiz de Valdivieso. Los Arias Dávila eran unos nobles advenedizos. El primer Arias noble fue su abuelo, llamado Diego Arias, un personaje bastante curioso, por cierto. Había nacido en Ávila y según la maledicencia popular fue un humilde judío converso casado con una tabernera de Madrid. Se estableció en Segovia en la época de Juan II y se dedicó a la venta ambulante de especias. Con el favor de Juan Pacheco, se convirtió en recaudador de alcabalas y rentas del príncipe don Enrique, pero su carrera se vio frenada por haber cometido un crimen. Fue condenado a la pena capital, de la que lo libró el príncipe que, prendado de sus dotes (que no han trascendido), le nombró secretario suyo y le hizo tomar el apellido Arias. Al subir luego al trono con el nombre de Enrique IV, Diego fue nombrado contador mayor de Castilla, cargo que desempeñó durante muchos años. El matrimonio de Diego Arias y la real o supuesta tabernera de Madrid tuvo tres hijos, que fueron Juan, Pedro y Gerónimo. El primero fue el más prestigioso de la familia. Fue amigo de personajes influyentes, como los Borgias, consiguió ser obispo de Segovia y acumuló una gran fortuna, que dejó a su sobrino Pedrarias, el americano. El segundo nació en Segovia y fue conocido con el sobrenombre del Valiente. Parece que lo fue en efecto. Casó con María Ortiz Cota y luego con María Ortiz Valdivieso. Fue capitán general en las guerras de Navarra, miembro del Consejo de Enrique IV, y participó en la toma de Torrejón de Velasco. Pedro Arias fue el segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco. El matrimonio tuvo ocho hijos: Diego, Juan, Pedro, Catalina, Elvira, Alonso, Francisco y Hernán. El tercero fue el llamado Pedrarias Dávila. Fue paje en la Corte de Juan II y abrazó luego la carrera de las armas. Durante el reinado de Enrique IV se distinguió en la Guerra de Sucesión de la Corona de Castilla y tuvo fama de ser uno de los caballeros más apuestos de la Corte del rey impotente, exhibiendo vestidos ostentosos y haciendo alarde de costumbres fastuosas, por lo que fue conocido con el sobrenombre de El Galán. Era además muy valiente, por lo que se le llamó asimismo El Bravo. Más tarde, durante la campaña para la toma de Granada (1481-1492), demostró ser experto en las justas y torneos, de lo que le vino ser apodado el Gran Justador. Pedrarias Dávila El Galán, El Bravo y El Gran Justador llevó más tarde otro sobrenombre, impuesto por el padre Las Casas, que fue el de Furor domini, por sus actuaciones americanas, tratando inhumanamente a los indios y con excesiva dureza a no pocos españoles. Entre los años 1508 y 1511 participó en las campañas del cardenal Cisneros en el norte de África, bajo las órdenes de Pedro Navarro. Asistió a la conquista y defensa de Orán y a la toma de Bujía el 5 de enero de 1510, lo que le valió el grado de coronel y varias mercedes. Se casó con la también segoviana Isabel de Bobadilla y Peñalosa, sobrina de la marquesa de Moya y Peñalosa, Beatriz de Bobadilla, camarera y amiga de la reina Isabel la Católica. Esta marquesa de Moya tenía tanto ascendiente en la Corte que el pueblo inventó entonces el dicho de “después de la Reina de Castilla, la Bobadilla”. Isabel de Bobadilla, la que se casó con Pedrarias, era, según Las Casas, una “matrona varonil” y le ayudó a salir de no pocas dificultades. Tenía veinte años menos que su esposo y una educación refinada. Trajo al mundo nueve hijos, pero no dudó en dejar en Castilla a siete de ellos, todavía niños, para acompañar a su esposo al Darién.

A principios de junio de 1513 se anunció la elección de Pedrarias como gobernador del Darién, produciéndose una avalancha de protestas por parte de otros pretendientes. ¿Por qué le escogió el Rey como gobernador? Lo dice claramente Fernández de Oviedo: “Don Joan Rodríguez de Fonseca era presidente del Consejo de las Indias y capellán mayor y privado del Rey y a su suplicación y por su respecto fue elegido por gobernador y capitán general un caballero de Segovia, llamado Pedrarias Dávila, hermano de Joan Arias Dávila, que después fue el primer conde de Puñoenrrostro”. En realidad el Rey nombró primero a Diego del Águila, que renunció al cargo, moviendo entonces Fonseca todas sus influencias a favor de Pedrarias. El nombramiento se ratificó el 27 de julio del mismo año. Pedrarias tenía ya sesenta y tres años y varias enfermedades graves. En cuanto a la gobernación del Darién que se le otorgó fue rebautizada entonces por el rey Fernando el Católico como Castilla del Oro. Eran las dos gobernaciones de Tierrafirme que antaño se otorgaron a Ojeda y Nicuesa e iban desde el cabo de la Vela, en la Guajira, hasta Veragua, en Panamá. El nombramiento había precedido al informe de Balboa sobre el descubrimiento de la Mar del Sur, enviado a España en 1514.

Sorprende el enorme número de personas que se enviaron con Pedrarias; unos dos mil. Parece que se debió a los informes del hijo del cacique Comogre, de cuya boca los procuradores Caicedo y Colmenares escucharon exageraciones sobre las riquezas que había en las tierras de la Mar del Sur, por lo que, según Las Casas, llevaron a España la idea de que “el oro con redes se pescaba. Las cuales oídas, y que había dicho el hijo de Comogre ser menester mill hombres, creció al Rey e al obispo de Burgos [...] a enviar mas gruesa armada de la que se pensaba”. No se trataba de una expedición descubridora, sino colonizadora, como se indicó en el título dado a Pedrarias: “e porque agora enviamos a poblar”. Fernando el Católico concedió numerosas mercedes a quienes fueran en este viaje, ofreciendo sufragar los costos del pasaje, el matalotaje para el camino y la alimentación hasta un mes después de llegados al Darién. La Corona había montado una gran colonización para la América continental, similar a la que dirigió Ovando en 1502 para las grandes Antillas, pero en la que debían tenerse en cuenta las recomendaciones sobre buen tratamiento a los indios, dadas por las juntas de Burgos, Valladolid y Madrid, de las que vino a resultar el Requerimiento que habría que leer a los indios antes de cada conquista. Todo esto se le recomendó a Pedrarias en sus Instrucciones, dadas el 4 de agosto de 1513.

Fue una expedición por todo lo alto. No sólo por la cantidad de barcos y hombres, que la convirtieron en la mayor de cuantas se habían mandado a las Indias, sino también por la calidad de muchos de sus integrantes. Era la primera vez que se enviaba un obispo a América, fray Juan Quevedo, acompañado de todo su séquito (un deán, un arcediano, un chantre, un maestrescuela, varios canónigos, tres sacristanes y un arcipreste), y de un gobernador con una nómina casi completa de funcionarios (tesorero, contador, factor, alcalde, escribano, etc.), cuyo costo superaba los cinco millones de maravedís. Se enrolaron en ella muchos personajes que luego harían la historia, como Diego de Almagro, Hernando de Soto, Fernández de Oviedo (iba como veedor), Francisco de Montejo, Sebastián de Benalcázar, Bernal Díaz del Castillo, etc. Martín Fernández de Enciso iba como alguacil mayor. La armada costó cincuenta y cuatro mil ducados y estaba integrada por veintidós embarcaciones a cuyo bordo iban algo más de dos mil hombres. Zarpó de Sanlúcar el 11 de abril de 1514 y siguió la ruta a Canarias, la Dominica y Santa Marta, donde empezaba la Gobernación. Pedrarias escogió aquel lugar para cumplir el mandato real de estrenar el Requerimiento. Este famoso documento se leía a los indios en castellano, idioma que desconocían, explicándoles cosas que no entendían, como que el obispo de Roma era descendiente de Jesucristo, y que sus sucesores habían escrito unas bulas (en latín) autorizando a los reyes españoles para ocupar las Indias con objeto de expansionar la religión cristiana y subordinarlas a la Iglesia. La última parte de dicho Requerimiento les amenazaba con muertes y esclavizaciones si no aceptaban la presencia española. Los indios samarios recibieron a los españoles a flechazos y los españoles tuvieron que hacer uso de las armas, dando muerte a numerosos “rebeldes”. Oviedo aconsejó a Pedrarias que se guardarse el Requerimiento y Las Casas argumentó ampliamente sobre lo inútil de leer tal Requerimiento a los naturales. Resultado de todo fue un botín de siete mil pesos, según Oviedo, o mil, según Pedrarias, que siempre procuraba rebanarle algo al fisco.

Reembarcaron el 15 de junio y siguieron por la costa hasta llegar al puerto de Santa María la Antigua el 29 de junio de 1514. Desde allí se dirigieron hacia la ciudad. El alcalde interino Balboa les salió al encuentro y les dio la bienvenida, besando las órdenes reales que se le entregaron. Luego les acompañó a Santa María, que era un conjunto de bohíos o chozas, donde vivían los quinientos quince conquistadores del Darién. Nadie ha explicado cómo pudieron acomodarse en ellos los dos mil españoles que llegaron. Al día siguiente Pedrarias tuvo una larga conversación con Balboa en la que le pidió una relación detallada de las conquistas. Balboa la entregó por escrito, con los pormenores de los caciques aliados, lugares donde había hallado oro, la ruta de su descubrimiento de la Mar del Sur, etc. Este documento ha desaparecido, así como la copia que se envió al Rey. Pedrarias ordenó hacer entonces el juicio de residencia contra Balboa, que tramitaría el alcalde mayor Gaspar de Espinosa, pero inició también por su cuenta una pesquisa secreta sobre su predecesor. Se le incautaron los bienes y se empezaron a tomar los testimonios pertinentes. Pedrarias proyectó enviar a Balboa a España con el juicio de residencia, pero se opuso el obispo, aconsejándole disimular, para evitar que el Rey supiese todo lo que había hecho en el Darién. Aceptó. Balboa envió, sin embargo, un informe al Rey con sus méritos a través del hidalgo Pedro de Arbolancha. Desde entonces los pobladores quedaron divididos en los dos bandos de partidarios de Balboa (con el obispo y clérigos) y de Pedrarias.

La hasta entonces próspera colonia del Darién se convirtió pronto en un lugar invivible, ya que no había forma de alimentar a una población que se había multiplicado por cinco de la noche a la mañana. La hambruna vino acompañada de la “modorra”, una enfermedad que daba fiebre, una somnolencia profunda y complicaciones pulmonares o renales. El propio Pedrarias enfermó a los ocho días de llegar, y gravemente, por sus sesenta y cuatro años. Los médicos aconsejaron trasladarle a Caribari, donde sufrió una hemiplejia. Pedrarias salió con vida, aunque quedó muy flaco y manco del brazo izquierdo. Unos setecientos pobladores murieron de hambre y modorra en sólo un mes, y siete u ocho meses después la población había quedado reducida a la mitad, según Andagoya. Las Casas hizo un relato dramático de esta situación, señalando “cada día de hambre y enfermedades morían, y más de hambre y falta de refrigerio, que de las enfermedades [...] Cresció esta calamidad de hambre en tanto grado, que morían dando quejidos ‘dame pan’ muchos caballeros y que dejaban en Castilla empeñados sus mayorazgos, y otros que daban un sayón de seda carmesí e otros vestidos ricos porque les diesen una libra de pan de maíz o bizcocho de Castilla o cazabi [...] Nunca parece que se vido cosa igual; que personas tan vestidas de ropas ricas de seda y aún parte de brocado, que valían muchos dineros, se cayesen a cada paso muertas de pura hambre”. Se ha señalado que esta enorme mortandad indujo a Pedrarias a programar las entradas conquistadoras a los territorios panameños, pero en realidad no fue así. Las puso en marcha apenas recién llegado y se hicieron paralelamente a la gran mortandad. Proyectó cinco expediciones desde Santa María para buscar oro, alimentos y localizar posibles asentamientos en el Pacífico, con los que esperaba contrarrestar la fama de Balboa, inmovilizado a causa de su juicio de residencia. Las expediciones robaron el oro y mataron y esclavizaron a los indios. Fernández de Oviedo las calificó de “monterías”, que es lo que realmente fueron. En poco tiempo destruyeron toda la obra de alianzas de Balboa y volvieron intransitable el istmo. Andagoya dice que “en todas estas jornadas nunca procuraron de hacer ajustes de paz, ni de poblar, solamente era traer indios y oro al Darién y acabarse allí”. Pedrarias atribuyó los desastres a las informaciones de Balboa.

En marzo de 1515 llegó a Santa María el nombramiento de Balboa como gobernador de Panamá y Coiba y adelantado de la Mar del Sur (consecuencia de las noticias sobre el descubrimiento del Pacífico), expedidas el anterior 23 de septiembre. Señalaba que Panamá y Coiba quedaban supeditadas a Castilla del Oro. Pedrarias retuvo los documentos varias semanas (argumentaba que no podía entregarlos a Balboa por estar éste aún sujeto a juicio de residencia), pero tuvo que dárselos por presión del obispo Quevedo. Aprovechó la ocasión para acusarle ante el Monarca de ambicioso y envidioso. A partir de entonces puso todos los impedimentos posibles para evitar que Balboa fuera a su gobernación, prohibiéndole reclutar hombres o hacer acopio de alimentos en Castilla del Oro. Presionó además a Espinosa para que acabase el juicio de residencia de Balboa, que llevaba desde hacía diez meses, en el que salió condenado por más de un millón y medio de maravedís, pagaderos con los bienes embargados al residenciado, lo que en la práctica suponía dejarle sin “un pan de comer, pues quedaba como el más pobre hombre de la tierra”, como dijo el obispo Quevedo. Balboa, resentido, escribió un informe al Rey el 26 de octubre de 1515, recogiendo los agravios de que era objeto y explicando que Pedrarias estaba muy viejo y enfermo y que no le preocupaban sus hombres “aunque se quede la mitad de la gente perdida en las entradas. Nunca ha castigado los daños y muertes de hombres que se han hecho en las entradas”, añadiendo que “es hombre que metido en sus granjerías y codicias, no se acuerda si es gobernador”. Oviedo, Las Casas y hasta Andagoya coincidieron con él en muchas de tales acusaciones. Ciertamente Pedrarias había convertido el Darién en un inmenso coto de caza de esclavos, justificados por el uso del Requerimiento como patente de corso. De la venta de cada esclavo exigía dos partes para sí, otra para el alcalde mayor y oficiales de la Hacienda y una tercera para la Iglesia como limosna. Andagoya señaló que los capitanes “traían grandes cabalgadas de gente presos en cadenas y con todo el oro que podían haber. Y esta orden se tuvo cerca de tres años”. Las Casas señaló esta política esclavista con tintes mucho más dramáticos, como es natural.

Las cabalgadas prosiguieron durante todo el año 1515 con capitanes como Gonzalo de Badajoz, Alonso Pérez de la Rúa, Gaspar de Morales (recogió ciento diez marcos de perlas en la isla Terarequí y en el archipiélago de las Perlas) y Francisco de Becerra. Gonzalo de Badajoz saqueó los cacicazgos de Natá y Escoria en los que sembró el terror. Las tribus se confederaron contra los españoles y cayeron sobre ellos en el camino de regreso. Les quitaron un botín de ciento cincuenta mil pesos de oro y cuatrocientos esclavos. El derrumbe de la colonización española era ya evidente a fines de 1515, cuando Pedrarias decidió dirigir personalmente una expedición de castigo. Reunió casi todos los efectivos que le quedaban (doscientos cincuenta hombres y doce caballos) y partió por mar en tres carabelas y un bergantín el 28 de noviembre de 1515. Desembarcó en Acla, donde proyectó erigir una población. No pudo hacerlo, sin embargo, porque un ataque hepático le obligó a regresar a Santa María. Sufría el “mal de la yjada” (quizá cólicos renales, hepáticos o intestinales) y tenía una llaga en la región genital. Antes de partir dio órdenes a Gaspar de Espinosa para que completara el viaje proyectado. Espinosa fue a la desconocida península de Azuero, donde recogió un gran botín de oro y de esclavos. Balboa había aprovechado la ausencia de Pedrarias de Santa María para enviar a su fiel Andrés Garabito a Cuba y Santo Domingo, con objeto de reclutar soldados para efectuar su entrada a la mar del sur. Garabito cumplió su comisión y regresó con sólo sesenta hombres, pero se llevó la sorpresa de ser apresado por Pedrarias, que había vuelto de Acla a causa de su enfermedad. El gobernador se sintió traicionado y mandó detener a Balboa para incoarle un proceso por rebeldía. Para tenerlo a buen recaudo mandó encerrarlo en una jaula de madera situada en su propia casa. Se horrorizaron el obispo Quevedo y los partidarios de Balboa, que suplicaron en su favor y el asunto se solucionó negociando una boda; la de Balboa con María de Peñalosa, hija de Pedrarias, que estaba en España. El obispo ofició el matrimonio por poderes en abril de 1516 y Vasco Núñez salió de la jaula convertido en el yerno del gobernador. El suegro le premió ordenándole poblar en Acla, con ochenta hombres, cosa que hizo con enorme eficiencia. En la misma luna de miel Pedrarias condescendió en permitir que Balboa dirigiera su expedición a la mar del Sur. Eso sí, debía realizarla en un plazo de año y medio como máximo.

Empezó entonces el ultimo episodio de la vida de Balboa que se verá a pinceladas, ya que sólo interesa aquí su final, cuando se interrelacionó de nuevo con la de Pedrarias. El adelantado creó la Compañía de la Mar del Sur con sus amigos y se empezó a preparar su viaje en agosto de 1517, construyendo en Acla unos bergantines por piezas, que trasladó luego por tierra, para ensamblarlos y botarlos en el Pacífico. Las piezas de madera llegaron podridas y Balboa convocó un Consejo con los socios de la Compañía, que decidió pedir a Pedrarias una prórroga de cuatro meses para la empresa (caducaba en San Juan de 1518). Pedrarias condescendió con el plazo y la Compañía construyó finalmente dos bergantines, en los que Balboa llegó a la isla de las Perlas, que encontró esquilmada por Morales. Dejó allí parte de sus hombres para que hicieran otras embarcaciones y navegó hacia el sur hasta llegar a Chochama o Jaqué. Le dijeron que más al sur había tierras muy ricas (el Perú), pero tuvo que regresar a Panamá, porque se le acababa el nuevo plazo. Al llegar al golfo de San Miguel supo que Pedrarias había sido relevado por un nuevo gobernador, Lope de Sosa, que estaba a punto de llegar. Necesitaba más tiempo para su empresa y decidió enviar a Santa María a sus fieles Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello para que averiguaran si Sosa había llegado. Botello debía anticiparse y llegar a Acla, pero tuvo la mala fortuna de ser detenido por Francisco Benítez, enemigo de Balboa, que le hizo confesar todo el plan, comunicado de inmediato a Pedrarias. Todos sus compañeros fueron apresados al llegar a Santa María y Pedrarias concluyó que Balboa había intentado rebelarse contra él, pues, como dice Las Casas, “siempre de él estuvo sospechoso, que nunca pudo tragarlo”. Ordenó al tesorero Puente que levantara una acusación formal contra Balboa y se trasladó a Acla, desde donde escribió una carta muy cariñosa a su yerno, rogándole que se presentara en dicha población para tratar de los asuntos de la expedición que deseaba realizar. Tras esto mandó a Pizarro que saliera a su encuentro con un destacamento y lo apresara. Balboa no receló nada y fue detenido al entrar en Acla, acusado de traición. El adelantado estuvo preso en la casa de Juan de Castañeda, a donde fue a visitarle su suegro para decirle que no se preocupara, porque se le habían hecho algunas acusaciones seguramente infundadas. En una segunda visita cambió de tono y le acusó de haber traicionado al Rey y a él. Mandó ponerle guardias y trasladarlo a la cárcel común. En el proceso testimoniaron todos los enemigos de Balboa y hasta su amigo Garavito. Pedrarias añadió al expediente su pesquisa secreta y otros muchos cargos. Espinosa diligenció todo el proceso con increíble rapidez (luego recibiría su premio, suplantando a Balboa) y el adelantado fue condenado a pena de muerte, junto con sus cómplices Arguello, Botello, Muñoz y Valderrábano. Pedrarias negó la apelación. Se levantó un cadalso en la plaza mayor de Acla y se cumplió la sentencia un día desconocido de la semana del 13 al 21 de enero de 1519. Antes de que le cortaran la cabeza, Balboa tomó la palabra y dijo a los presentes que todo era una falsedad y que jamás había traicionado al Rey. Fernández de Oviedo, testigo del suceso, confirma la inocencia de Balboa en el delito de traición al Rey y afirma que Dios permitió que muriera para pagar la muerte de Nicuesa “e no por lo que el pregón (de Pedrarias) decía, porque la que llamaban traición, ninguno la tuvo por tal”. Este cronista tuvo en sus manos y leyó el proceso contra Balboa, asegurando luego que fue el móvil de Pedrarias para atentar dos veces contra su vida. El proceso, por cierto, desapareció misteriosamente después de habérselo devuelto a Pedrarias.

Pedrarias trató luego de borrar todo vestigio de la colonización de Balboa, empezado por sustituir a Santa María por otra capital, pero situada en el Pacífico. Tenía prisa, pues sabía que su sucesor Lope de Sosa (nombrado en septiembre de 1518) estaba a punto de llegar. Preparó una gran expedición de trescientos hombres, y partió de Acla inmediatamente llevando consigo al licenciado Espinosa. Cruzó el istmo por la ruta de Balboa y llegó a las islas de las Perlas, desde donde bajó por la costa para fundar la ciudad de Panamá el 15 de agosto de 1519. Parece que no hubo fundación formal, pues muchos soldados dijeron que el sitio no reunía condiciones apropiadas, y algunos historiadores han pensado que sólo se “depositó”, en espera de poder encontrar un emplazamiento más adecuado. El lugar era muy caliente, estaba rodeado de ciénagas, no tenía buena disposición para construir un puerto, y no había ni siquiera una población indígena. Era lo que su nombre indígena indicaba “un lugar con abundancia de peces”. En cualquier caso, allí y entonces se erigió la primera ciudad española y europea del Pacífico en lo que hoy se conoce como “Panamá la Antigua”, donde estuvo hasta que el filibustero Morgan la incendió en 1671, lo que decidió a los vecinos a acabar con el “depósito”, trasladándola a su emplazamiento actual. Se repartieron solares entre los vecinos y se levantaron las primeras viviendas. Luego, el 5 de noviembre del mismo año, se repartieron incluso encomiendas, con indios cueva de los poblados próximos. Pedrarias mandó a su fiel Espinosa para que trajera del norte bastimentos e indios, que se sacaron de los cacicazgos de París y Natá. En el último de éstos se fundó la villa de Santiago (luego Natá), que asentaría el propio Pedrarias en 1522. El gobernador previó además que se fundase el mismo año 1519 otra población en el Atlántico, que fue la de Nombre de Dios. La erigió Diego Alvites donde estaban las ruinas de la antigua fortaleza erigida por Nicuesa. Quedó así marcado el eje Nombre de Dios-Panamá por el que transitaría todo el tráfico comercial de Suramérica durante los siglos posteriores.

Tras la fundación de Panamá, Pedrarias convocó a los vecinos para proponerles enviar un procurador al nuevo monarca español y logró convencerles para que le eligieran a él, ya que quería medrar en la Corte. Regresó luego a Santa María con el doble propósito de que sus vecinos ratificaran su nombramiento de procurador y de despoblar dicha ciudad. Encontró, sin embargo, bastante oposición a ambas cosas. Los vecinos se opusieron a nombrarle, lo que le colocó en una situación muy difícil. Salió de ella de la forma más imprevisible, como de costumbre, pues el 8 de mayo de 1520 falleció Lope de Sosa, sin haber desembarcado siquiera de la nave que le trajo de España. Era un hombre mayor y vino enfermo durante toda la travesía. Pedrarias volvió así a quedar como gobernador, al menos interino. Disimuló su alegría y le hizo un espléndido entierro a Sosa. Luego repartió prebendas entre su séquito. Dos meses y medio después llegó Fernández de Oviedo con su título de regidor perpetuo de Santa María, ciudad por la que lucharía para evitar que Pedrarias la arruinara. Fue una batalla inútil, por lo que decidió regresar a España en 1523. Pedrarias logró trasladar la iglesia obispal y casi todos los vecinos a Panamá, dejando deshabitada la que fuera primera ciudad de la América continental, que fue devorada por la selva.

Se planteó entonces el problema de nombrar nuevamente gobernador de Castilla del Oro y en momentos en que Isabel de Bobadilla andaba por España promocionando a su marido. Había partido de Santa María en 1520 con un gran arcón en el que iba el producto de seis años de rapiñas de Pedrarias; muchas perlas y mucho oro. La noble dama llevaba aquella fortuna para ablandar el juicio de residencia que debía hacerse a su marido, pero como había muerto Sosa, cambió de objetivo y la empleó en conseguir que se le prorrogara el mandato. Pedrarias fue confirmado como gobernador de Castilla del Oro el 7 de septiembre de 1520 “por la confianza que tenemos de la voluntad que en el servicio de Dios, nuestro señor e nuestro, e bien de esas provincias e naturales de ellas tenéis”. Parecía una burla. En cuanto al juicio de residencia a Pedrarias se confió a Rodríguez de Alarconcillo, que había ido con Sosa. No pudo emprenderlo hasta agosto y septiembre de 1522, cuando le llegaron las órdenes y para entonces Rodríguez de Alarconcillo bailaba ya al son de Pedrarias, que le había nombrado teniente general del Gobierno y le había colmado de mercedes. Naturalmente el juicio fue una pantomima. En ninguna de las sesenta y ocho preguntas del interrogatorio se aludió a la muerte de Balboa. Pedrarias coaccionó testigos y utilizó el anuncio de un próximo reparto de indios para que callaran otros muchos. Pedrarias salió triunfante de su residencia y emprendió la distribución de las encomiendas el 22 de octubre de 1522, volviendo a favorecer a sus paniaguados. Protestaron muchos y Pedrarias lo anuló para evitar reclamos a la Corte, pero tampoco se volvieron a repartir de forma satisfactoria.

En 1522 Pedrarias Dávila tenía más de ochenta años y varias enfermedades crónicas, pero empezó a desarrollar una actividad febril en la periferia panameña, que le ocuparon sus últimos nueve años de vida. Le seguían guiando los intereses personales, indudablemente, pero también la idea de convertir Panamá en el centro de penetración de todo su entorno en Centro y Suramérica. Ese mismo año Andagoya hizo su famosa expedición a Chochama, partiendo del golfo de San Miguel hacia el sur. Llegó a un territorio del Chocó que denominaban Birú, lo que le sirvió para pretender luego haber descubierto el Perú. Regresó a Panamá, donde le comunicó la noticia a Pedrarias, pero como había quedado inútil para poder cabalgar durante tres años, Pedrarias, dice él, “me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros, porque tan gran cosa no parase de seguirla”. Añadió que luego se las ingenió para entrar con ellos en el negocio, “y ansí Pedrarias y ellos tres, que fueron cuatro, hicieron cada uno compañía por su cuarta parte”. La aportación de Pedrarias a tal compañía fue de una ternera.

El 21 de enero de 1522 zarparon de la isla de las Perlas cuatro naves para descubrir las tierras y un posible estrecho interoceánico en la costa norpacífica de Panamá. Las mandaban el capitán Gil González Dávila y el piloto Andrés Niño, que habían obtenido de la Corona la oportuna capitulación en 1518. Habían llegado a Acla en 1520 con doscientos hombres dispuestos a continuar con la empresa inconclusa de Balboa, utilizando incluso sus naves. Pedrarias les puso todos los obstáculos posibles durante dos años, hasta que finalmente le hicieron también socio de su empresa, por consejo de Alonso de la Puente y Diego Márquez. La aportación del gobernador fue nuevamente simbólica, trescientos pesos, pero bastó para allanar todos los impedimentos. La expedición siguió rumbo norte y de ella vino a resultar el descubrimiento de Nicaragua. González Dávila regresó a Panamá el 25 de junio de 1523 con las naves en mal estado y más de noventa mil pesos de oro. Pedrarias exigió su parte y comenzó a presionarle, por lo que Dávila decidió huir a Santo Domingo, desde donde envió el oro al Emperador y le pidió el gobierno del territorio que había descubierto. Pedrarias se enteró de todo y tomó medidas eficaces. Escribió una carta al Emperador indicando que le correspondía el territorio descubierto y preparó una expedición para anexarse Nicaragua por la fuerza. Un ataque de gota, añadido a la malaria que padecía, le impidió ir en persona y tuvo que delegar el objetivo en Francisco Hernández de Córdoba. Éste cumplió sus órdenes. Partió de Panamá en 1523 al frente de una gran armada, recorrió parte de Costa Rica y Nicaragua y fundó en 1524 la población de Bruselas, en el golfo de Nicoya (primera de Costa Rica), a la que siguieron las de Granada, el mismo año, a orillas del lago de Nicaragua; León (el 15 de junio de 1524), a orillas del lago Xolotlán, donde se instaló la capital del territorio, y Segovia, donde construyó una fortaleza. Repartió los indios e inició exploraciones periféricas, entre las que destacó una que descubrió el río San Juan o Desaguadero, a la salida del lago de Nicaragua. De todas sus actuaciones dio puntual cuenta a Pedrarias por medio de Sebastián de Benalcázar. No tardó en producirse el enfrentamiento entre Hernández de Córdoba y González Dávila, que ambos buscaron. El último de ellos salió malparado del mismo, sobre todo tras la aparición de Cristóbal de Olid y Francisco de las Casas, enviados por Hernán Cortés para anexionar Honduras a México. En cuanto a Hernández de Córdoba, cometió el mismo error que González Dávila, pues pretendió erigirse gobernador de la provincia que había descubierto y conquistado. Envió a España a su amigo Andrés de Cereceda para que solicitase a Carlos I el gobierno de Nicaragua y viajó a Santo Domingo para reclutar unas tropas con las que fue a Honduras con objeto de subir desde allí hasta el lago grande de Nicaragua. Una vez en este último territorio solicitó el respaldo de los ayuntamientos de las poblaciones que había fundado. Pedrarias montó en cólera y preparó una gran fuerza para ir contra el rebelde. Al frente de ella con sus ochenta y seis años, partió de Panamá en enero de 1526. Hernández de Córdoba se entregó candorosamente a Pedrarias, pensando que le perdonaría su deserción. No le conocía bien. El gobernador le apresó y le levantó un proceso por traición, en el que resultó culpable. Pedrarias ordenó que fuera degollado en la misma ciudad que había fundado. Murió decapitado en la plaza mayor de León la Vieja en julio de 1526.

Pedrarias se posesionó del gobierno de Nicaragua que ejerció durante seis meses y regresó a Panamá, donde se encontró con la sorpresa del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y de su segundo juicio de residencia, que se publicó el 9 de febrero de 1527. Cuando estaba a punto de empezar recibió la visita de Diego de Almagro, que venía a reclamarle su aportación para el descubrimiento del Perú. El conquistador había dejado a su socio Pizarro en la isla del Gallo y había ido a Panamá por refuerzos. Fue a ver a Pedrarias y le pidió ayuda económica en presencia de Fernández de Oviedo, que nos dejó testimonio de esta entrevista. Pedrarias reaccionó con altivez, acusando a Almagro y Pizarro de originar desórdenes y muertes y Almagro le contestó entonces: “Pagad, si queréis gozar de esta empresa, pues que no sudáis, ni trabajáis en ella, ni habéis puesto en ello sino una ternera que nos disteis al tiempo de la partida, que podría valer dos o tres pesos de oro, o alzad la mano del negocio”. Pedrarias pidió cuatro mil pesos por salirse del negocio. Almagro le ofreció quinientos y al cabo convinieron en zanjarlo todo por mil. El incidente muestra otra de las muchas marrullerías de Pedrarias, que otorgaba descubrimientos y conquistas como si fueran negocios particulares.

En 1527 Pedrarias se enfrentó a su segundo juicio de residencia, que resultó igual que el primero. Lo emprendió el licenciado Juan de Salmerón, alcalde mayor de Pedro de los Ríos, que fue incapaz de desenredar la maraña de testigos falsos y de influencias en que se vio inmerso. Muchas de ellas venían de la misma Corte, donde actuaba una vez más, y con gran habilidad, Isabel de Bobadilla. Se le juzgó por su actuación a partir de 1522, cuando se había hecho el juicio anterior, y resultó implicado en cuarenta y siete acusaciones, instruyéndose sumario sobre veintitrés de ellas por extorsión, malversación de fondos, fraude, violación de correspondencia, etc. Todas las acusaciones cayeron en saco roto y Pedrarias volvió a salir airoso de su segundo juicio de residencia, y premiado además con el gobierno de Nicaragua. Esto último fue otro golpe de suerte, hábilmente manipulado. La suerte fue el fallecimiento de Gil González Dávila, el descubridor y gobernador de Nicaragua, y la manipulación la hizo Isabel de Bobadilla en la Corte, convenciendo a la Corona de que su marido era a quien le correspondía dicho gobierno. El 16 de marzo de 1526 se expidió el nombramiento de Pedrarias Dávila como gobernador y capitán general de Nicaragua.

Pedrarias dejó Panamá en manos del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y viajó a Nicaragua en 1528, con otro gran séquito en el que figuraban Diego Álvarez Osorio, primer obispo de la gobernación, así como Francisco de Castañeda, alcalde mayor, Diego de la Tobilla como tesorero y Alonso Pérez de Valer como veedor. Encontró el territorio conmocionado, pues Diego López de Salcedo, gobernador de Honduras, había ocupado ilegalmente parte del mismo y había provocado un motín de los españoles y una rebelión de los indios. Pedrarias le encontró refugiado de sus enemigos en una iglesia y le trasladó a la fortaleza de León, donde lo retuvo siete meses. Hasta que firmó un acuerdo de límites entre Honduras y Nicaragua y pago de una multa de veinte mil pesos. Nicaragua presentaba una evidente falta de pobladores que Pedrarias trató de paliar trayéndolos de las grandes Antillas. Llegaron unos doscientos, con los que ordenó hacer una penetración en busca del desaguadero del lago del lago de Nicaragua (río de San Juan). La puso bajo el mando de su lugarteniente Martín de Estete, acompañado del capitán Rojas. Estete cometió bastantes atrocidades en su entrada, llegó al cabo Gracias a Dios y fundó el Pueblo de las Minas, donde quedó Rojas mientras que Estete volvió a León para informar a Pedrarias. El gobernador le envió luego (1530) a Guatemala, para que ocupara parte de su territorio, pero Estete fue rechazado por los hombres de Alvarado y tuvo que retirarse fracasado, aunque con dos mil indios esclavizados y encadenados. La captura y venta de indios esclavos se convirtió en el gran negocio de Nicaragua, como antaño ocurriera en Panamá. Pedrarias consintió con el mismo e incluso organizó su venta con destino a Panamá (donde eran requeridos para la conquista del Perú). Esto originó una gran disminución de la población aborigen nicaragüense, acelerada por las epidemias. Los viejos modelos del Darién se repitieron en Nicaragua y el alcalde mayor, licenciado Castañeda, asumió un papel parecido al que tuvo Fernández de Oviedo, acusando al gobernador Pedrarias de nepotismo (por colocar a sus amigos y familiares en los cargos públicos), reformar las encomiendas en beneficio de sus paniaguados, traficar con los esclavos indígenas, y no denunciar a sus capitanes cuando cometían abusos con los naturales. El 5 de octubre de 1529 escribió al Monarca pidiéndole que relevara al gobernador porque “estaba muy viejo e muy enfermo”, y añadiendo que estaba “tullido, casi siempre en la cama, y no puede andar, si no es en una silla sentado”. La tensión existente entre el gobernador y el alcalde mayor estalló con motivo de la elección de Cabildo de León para 1530, pues ambos trataron de acaparar los cargos para sus partidarios, pero el gobernador evitó que tuviera mayor trascendencia. Pedrarias siguió empeorando de sus enfermedades y perdió su última batalla, que fue lograr que su primogénito Diego Arias heredara la gobernación. En cambio logró que su hija María, la que había prometido a Balboa, se casara con Rodrigo de Contreras, que le sucedió como gobernador de Nicaragua, provincia que se convertiría luego en un feudo de los Contreras. Pedrarias murió finalmente en León el 6 de marzo de 1531 con noventa y un años. Fue enterrado con todo boato en la iglesia del monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde vivió sus últimos meses. Paradójicamente el Instituto de Cultura Nicaragüense encontró en la cripta de esta última iglesia en el año 2000 los restos mortales de quien se considera que fue su insubordinado Francisco Hernández de Córdoba, fundador de la ciudad de León la Vieja. Eso sí carece de la cabeza que le cortara el Furor domini cuatrocientos setenta y cuatro años antes.

Lamentablemente no existen obras, ni tampoco ninguna colección de los documentos de Pedrarias, salvo algunos relativos a los nombramientos y cartas que hizo él mismo, Balboa u otros personajes de Panamá y Nicaragua, que figuran como apéndices en sus biografías principales o en las colecciones documentales americanas.

 

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Manuel Lucena Salmoral