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Alfonso Carrillo de Acuña

Biografía

Carrillo de Acuña, Alfonso. Cuenca, 1412 – Al­calá de Henares (Madrid), 1.VII.1482. Obispo de Si­güenza y arzobispo de Toledo.

Fue el tercer hijo del matrimonio formado por Lope Vázquez de Acuña, de ascendencia portuguesa (su abuelo, vinculado con algunos de los más destacados linajes de la nobleza lusa, se afincó en Castilla al po­nerse al servicio de Juan I) y Teresa Carrillo de Albor­noz, señora de Buendía y Azañón.

Desde su juventud fue consagrado a la carrera ecle­siástica, con intención de que siguiera los pasos de su tío, el cardenal Alfonso Carrillo de Albornoz, con el que mantuvo una estrecha relación. En virtud de ello, hacia 1423 viajó con su tío a Bolonia, vivió el ambiente conciliarista y se ganó la consideración del pontífice Eugenio IV, a cuya Corte se sumó en 1433, durante la legación de su tío en Castilla; buena mues­tra del aprecio que sentía hacia él el Papa es la renta de 400 florines que le otorgó en 1434, para que con­tinuara sus estudios (recibió una esmerada formación jurídica y teológica), y también su nombramiento como protonotario apostólico, en 1431.

Muerto Alfonso Carrillo de Albornoz durante el transcurso del Concilio de Basilea, Juan II solicitó al Pontífice que proveyera el obispado de Sigüenza a fa­vor del sobrino del difunto, al que también designó miembro del Consejo real y embajador en Basilea. Su juventud hizo que se le nombrara primero adminis­trador de la diócesis (6 de julio de 1435), y que no fuera ordenado obispo hasta el 9 de mayo de 1440. Mientras tanto, hacia 1436 regresó a Castilla, abandonando las sesiones concilia­res, a las que había asistido asiduamente; fue precisamente con motivo de su vuelta a Castilla cuando pronunció un discurso ante Juan II en el que expresaba sus deseos de que se lograra la unión entre la Coronas de Cas­tilla y la de Aragón.

El 20 de abril de 1438, desde el alcázar de Sigüenza, aceptó el testamento que iban a realizar sus padres. Durante su pontificado seguntino llevó a cabo una importante labor de restau­ración de la catedral, y también favoreció al cabildo.

Ya en 1439 Juan II mandó la retirada de la embajada castellana del concilio. Así, Castilla no participó oficialmente en el concilio de Ferrara-Florencia que se había iniciado en 1438, aunque seguramente contó con un observador. No obstante Castilla apoyó abiertamente a Eugenio IV frente al antipapa Félix V, esforzándose el monarca por conseguir que los castellanos que se habían quedado en Basilea tuviesen una postura moderada. Por entonces volvemos a tener noticias del protonotario Alfonso Carrillo en las actas de las sesiones conciliares, por lo que cabría pensar que regresó nuevamente a Italia. Incluso en la sesión conciliar del lunes 12 de octubre de 1439 se planteó un conjunto de traslados episcopales que incluían el de Alfonso Carrillo a la iglesia de Cuenca y el del obispo de Orense a la iglesia de Sigüenza, si bien dichos traslados finalmente no llegaron a efectuarse. Asimismo, Félix V –Amadeo, duque de Saboya–, llegó a nombrar a Alfonso Carrillo cardenal diácono de San Eustaquio (el mismo título que había tenido su tío) en la primera promoción de cardenales que realizó, el 12 de abril de 1440, pero Alfonso Carrillo acabó renunciando al nombramiento, con un claro sentido práctico al ser plenamente consciente de que un apoyo manifiesto a Félix V, cada vez con menos partidarios, podía suponer un claro obstáculo para su ambiciosa carrera eclesiástica.

Ya de vuelta definitivamente en Castilla durante esos años participó activamente en la vida política del reino, secundando a Álvaro de Luna, con el que estaba emparentado; incluso, inter­vino en algún hecho de armas, señaladamente en la batalla de Olmedo (1445), en la que combatió junto al condestable, demostrando cumplidamente la beli­cosidad de carácter y apego a las armas que le atribuye el cronista de los Reyes Católicos, Hernando del Pulgar, quien sin duda le conoció bien.

Sus servicios a Juan II fueron recompensados con el arzobispado de Toledo (10 de agosto de 1446), va­cante tras la muerte de Gutierre Álvarez de Toledo, siendo trasladado a la sede primada por Eugenio IV el 3 de agosto de 1446. En su nueva diócesis también mostró un evidente in­terés por mantener la catedral en buenas condiciones, lo que le llevó a realizar varias obras, entre las que des­taca la conclusión de la capilla mayor, con la edifica­ción del muro de la Epístola, contando para ello con los trabajos de Juan Guas y Anequín Egas; asimismo, edificó la puerta de los Leones o de la Alegría.

A esto hay que unir su preocupación por estimular la vida intelectual de la archidiócesis, materializada en la creación de tres cátedras en Alcalá de Henares (la primera de Gramática y Filosofía natural, la segunda de Lógica y la tercera sin especificar), cuya dotación fue confirmada por Pío II el 17 de julio de 1459, vinculándose dichas cátedras desde 1473 al convento fran­ciscano de Santa María de Jesús; para albergar esos estudios se construyeron unas casas que, posterior­mente, fueron la sede del Colegio de San Ildefonso, erigido tiempo después por Cisneros, que a través de esa fundación llevó la iniciativa de Carrillo hasta sus últimas consecuencias, después del decidido impulso que le había dado Pedro González de Mendoza.

El abandono durante mucho tiempo por parte de Alfonso Carrillo de sus deberes pastorales en la archidiócesis de Toledo es un hecho evidente, dado su gran absentismo, al menos hasta la convocatoria del concilio provincial de Aranda de Duero en octubre de 1473. Este último fue convocado y presidido por Alfonso Carrillo, y a él asistieron representantes de todas las diócesis de la provincia eclesiástica de Toledo, excepto de la de Córdoba. En la reunión conciliar y las constituciones resultantes, de fuerte impulso reformador, se trataron, entre otros muchos asuntos, cuestiones tocantes a la formación intelectual, costumbres y forma de vida del clero; la administración de los sacramentos; la defensa de los bienes, rentas y la inmunidad de la Iglesia; o la pastoral y la enseñanza de la doctrina cristiana a los laicos, resultando de todo ello una normativa conciliar que habría de tener una gran repercusión e influencia posterior. Algunos años más tarde el arzobispo Carrillo celebró dos sínodos diocesanos en Alcalá de Henares, concretamente el 10 de junio de 1480, y el 12 de mayo de 1481, en este último caso a través de un vicario. El sínodo de 1480 es el que mayor importancia reviste, y en él se recoge gran parte de la normativa del concilio de Aranda, legislándose sobre cuestiones como, entre otras, los artículos y sacramentos de la fe, la enseñanza de la religión a los niños, la vida y honestidad de los clérigos, la liturgia mozárabe, o la administración de los bienes de la Iglesia.

Por otro lado, en mayo de 1479, el arzobispo reunió en Alcalá de Henares la Junta de teólogos que condenó por heréticas algunas de las opiniones del maestro Pedro Martínez de Osma, catedrático de la Universidad de Salamanca. Concretamente se condenaron las proposiciones sobre la confesión e indulgencias que había expresado durante sus dos últimos años como docente (1476-1478), y que habían quedado reflejadas en su tratado De Confessione, cuya quema fue ordenada.

También hay que poner de relieve el importante papel que Alfonso Carrillo desempeñó como colaborador de la monarquía en el impulso a la reforma de las órdenes religiosas, de manera particular en lo referente a benedictinos y franciscanos. Así, respecto a la orden benedictina, cooperó para extender la renovación que se estaba realizando desde el foco reformista de San Benito de Valladolid. La participación del arzobispo se dio con ocasión de la extensión de la reforma, entre 1448 y 1456, al monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán. Por otra parte, el arzobispo Carrillo también desempeñó un destacado papel como impulsor de la reforma franciscana en Castilla, por un lado en calidad de consejero eclesiástico de Enrique IV, y por otro como conservador de las casas y eremitorios de la observancia en Castilla. Así, intervino activamente en las reformas de los conventos de San Francisco de Toledo y Guadalajara, y en1453 fundó en Alcalá el convento franciscano observante de Santa María de Jesús, fundación esta última que contó entre sus primeros frailes a Diego de San Nicolás del Puerto, canonizado más tarde como san Diego de Alcalá, y cuyo primer guardián fue fray Juan de Peñalver, confesor del prelado. Finalmente, el arzobispo también intervino a partir de 1459, por mandato pontificio, en la reforma de los agustinos, en concreto del monasterio de San Agustín de Castillo de Garcimuñoz, villa perteneciente al señorío del marqués de Villena, Juan Pacheco.

En relación al enorme protagonismo político y militar que tuvo Alfonso Carrillo, sobre todo a partir de mediados del siglo XV, hay que señalar que vino determinado por su ambición personal y su afán para mantenerse en la cumbre del poder por todos los medios posibles, pudiendo resumirse genéricamente su trayectoria e influencia política en una línea que, desde su primera y temprana incorporación al Consejo real en 1434, fue en ascenso a partir de los años cuarenta, alcanzó su cénit entre 1465 y 1470, y desde 1473-1474 inició su irremediable declive.

Así, durante los años cuarenta había continuado apoyando a apoyando a Álvaro de Luna, aunque poco a poco fue distanciándose del valido, a la par que se aproximaba a su también pariente Juan Pa­checo, marqués de Villena, entre cuyos parciales se contaba cuando Luna cayó en desgracia y fue ejecu­tado. Muerto Juan II, continuó sirviendo a su hijo y sucesor, Enrique IV, aunque el prelado no tardó en mostrar su disconformidad hacia el nuevo sobe­rano. Así, se contó entre los que protestaron contra la forma en que se había conducido la campaña de Granada en 1456. Un año después (1457) se malo­gró, debido a las dudas del Rey, la conquista de Má­laga, que le había sido encomendada; parece ser que a partir de ese momento se torcieron sus relaciones con el Soberano, a lo que también contribuyó el nom­bramiento de la favorita real, Catalina de Sandoval, como abadesa de Las Dueñas de Toledo.

Debió de ser más o menos por esas fechas, ha­cia 1458, cuando se formó alrededor del prelado un círculo de intelectuales, sobre los que Carrillo ejer­ció su mecenazgo, y con los que compartió inquie­tudes políticas, pues se trataba, también, de hombres que comulgaban con los puntos de vista de la nobleza opuesta a Enrique IV. Parece ser que ese círculo lite­rario y político fue una continuación del que había mantenido hasta su muerte el marqués de Santillana, y en él debió de formarse Gómez Manrique, seguramente miembro más destacado del círculo. A su nom­bre se pueden sumar los de Juan Álvarez Gato, Pero Díaz de Toledo, Rodrigo de Cota, Antón de Mon­toro, Juan Poeta o Pero Guillén de Segovia, que se convirtió en el cronista del arzobispo.

En efecto, Pero Guillén de Segovia nos ha dejado entre sus obras una titulada Hechos del arzobispo don Alonso Carrillo, que figuró como prohemio de su obra Gaya Ciencia Libro de las Consonantes. Redactado en torno a 1475, se trata de una glosa de las hazañas bélicas en las que participó el prelado a lo largo de su vida, con un claro tono panegirista, como podía esperarse de alguien que prosperaba como servidor del arzobispo; el retrato que de Carrillo se hace en esas páginas contrasta con el que ofrece Hernando del Pulgar en sus Claros varones de Castilla, pues el cro­nista, aun sin escatimar halagos al prelado, tampoco evita la exposición de sus defectos.

Se ha señalado también la destacada presencia de judeoconversos entre esos intelectuales que rodearon a Alfonso Carrillo, así como sus arraigados ideales humanistas, y su posición milenarista y profética, que tal vez pueda explicar el inicial apoyo del prelado y los suyos a los futuros Reyes Católicos, así como la labor propagandística efectuada en su favor.

La oposición de Carrillo a Enrique IV era ya evi­dente en 1460, cuando entró en la Liga de Tudela, formada por un grupo de nobles acaudillados por Juan de Aragón. Pese a ello, era miembro del Consejo real, aunque gracias a las presiones de Juan Pacheco, que quería tener ese organismo controlado por aqué­llos en los que más confiaba; de hecho, durante algún tiempo el Consejo estuvo dominado por Carrillo, Pa­checo y el arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca, aunque los tres conspiraban contra el Soberano. La ruptura con el Monarca empezó a esbozarse con cla­ridad cuando el arzobispo de Toledo, en unión con el marqués de Villena, coadyuvó al fracaso de la senten­cia arbitral de Bidasoa. Desde ese momento, Carrillo formó en las filas del partido aragonés, convirtiéndose en uno de sus paladines.

Así, se contó entre los nobles que lograron que En­rique IV se aviniera a firmar el pacto de Cabezón de 1464, año en el que también se unió a Pedro Gi­rón y a Juan Pacheco para tratar de liberar a los infan­tes Alfonso e Isabel del poder del Monarca, ante el temor de que pudiera tratarles de forma inconveniente. Alfonso Carrillo fue uno de los protagonistas de la llamada Farsa de Ávila, que tuvo lugar el 5 de junio de 1465, en la que el arzobispo, probablemente su principal ideólogo, intervino según todos los cronistas quitando la corona a la efigie de Enrique IV. Como es lógico, apoyó la causa del infante Alfonso hasta que se produjo su fallecimiento (1468); entonces se adhi­rió a la de la infanta Isabel, aunque ésta rechazó la co­rona que se le ofrecía, recordando que su hermanas­tro era el legítimo rey de Castilla. Pese a no estar de acuerdo con su actitud, acompañó a la infanta mien­tras se realizaba la entrevista y acuerdo de los Toros de Guisando. El acuerdo no le satisfizo, de modo que empezó a conspirar, en unión de otros miembros del partido aragonés (Pierres de Peralta, Gutierre de Cár­denas, Alonso de Palencia...), siendo el resultado de esas conversaciones el acuerdo que propició el matri­monio de Isabel con Fernando de Aragón. Alfonso Carrillo había tenido en su juventud, al menos, un hijo, Troilos Carrillo, que contrajo ma­trimonio en 1467 con Juana de Peralta, hija de Pierres de Pe­ralta, uno de los más destacados consejeros de Juan II de Aragón. Hay que poner de relieve el protagonismo que tuvieron el arzobispo y su hijo Troilos en las difíciles negociaciones previas al matrimonio entre Isabel y Fernando. Se conoce el poder, escrito en latín, otorgado por Fernando a Troilos Carrillo, dado en Cervera y dejando en blanco la fecha, a través del cual Fernando nombraba a Troilos su procurador para tratar y concluir sus esponsales con la princesa Isabel de Castilla.

Tras ello, y en respuesta al llamamiento de la fu­tura reina, acudió con trescientas lanzas a Madrigal, donde residía Isabel, para sacarla del poder del mar­qués de Villena. Una vez liberada, ambos marcharon a Valladolid, donde se celebró el enlace con Fernando de Aragón (1469); el mismo pudo efectuarse porque Carrillo falsificó la imprescindible bula de dispensa. A pesar de que este acto demuestra hasta qué punto es­taba el prelado dispuesto a implicarse en la lucha por colocar a Isabel y Fernando en el trono de Castilla, no tardaron en surgir las desavenencias con la pareja, pese a la voluntad expresada por los futuros Reyes Ca­tólicos de favorecerle especialmente y de tenerle por su principal consejero. Los motivos de ese distancia­miento hay que buscarlos en el choque entre el con­cepto de monarquía que tenían Isabel y Fernando y el afán del prelado por imponerles su voluntad.

Las desavenencias se hicieron patentes ya en 1470, aunque no se mostraron con toda crudeza hasta el viaje a España del cardenal Borja, en calidad de le­gado pontificio, con la misión de entregar a Pedro González de Mendoza el capelo cardenalicio que también codiciaba Carrillo. A partir de ese momento (1473), el arzobispo empezó a distanciarse de los futuros Reyes Católicos, siendo ese distanciamiento evidente durante el verano de 1474; pese a todo, fue, juntamente con Pedro González de Mendoza, árbitro de la concordia de Segovia (1475). Tras su participa­ción en ese fundamental acuerdo, abandonó la Corte, posiblemente molesto por la especial deferencia con la que los soberanos trataban a Mendoza. Ni los bue­nos oficios de Juan II de Aragón, ni la entrevista que la propia reina mantuvo con Carrillo lograron que cambiara de actitud; incluso, si son de creer las pala­bras del cronista de los Reyes Católicos Andrés Bernáldez, amenazaba a los monarcas con que “les quita­ría el reino y haría volver a hilar la rueca a la reina”.

Entre 1475 y 1479, Carrillo fue el protagonista de consecutivos cambios de bando: tan pronto apoyaba a Isabel y Fernando como a Alfonso de Portugal. Así, y tras abandonar el partido de los primeros, se unió al del monarca luso, participando en las batallas de Medina del Campo y Toro o Peleagonzalo (1476), en la que se enfrentó precisamente al cardenal Men­doza. Derrotado el portugués, solicitó el perdón de los soberanos, que le fue concedido (1476). Pese a ello, cuando en 1478 se produjo una nueva entrada en Castilla de Alfonso de Portugal, no dudó en po­nerse nuevamente a su lado, sólo para verse derrotado una vez más; fue esta nueva disidencia la que impi­dió su participación en la Asamblea general del clero que se celebró durante el verano de ese mismo año por iniciativa de Isabel y Fernando, y en la que, entre otras cosas, se discutió el modo de proceder contra los prelados que no mostraban el debido acatamiento a los soberanos.

Carrillo estaba cada vez más aislado, y ese aisla­miento se agudizó cuando los reyes declararon que el prelado había perdido su naturaleza y sus temporali­dades en los reinos y señoríos sobre los que goberna­ban; en esas circunstancias, el prelado, ya anciano, se vio obligado a deponer su actitud de rebeldía. Tras obtener por segunda y definitiva ocasión el perdón de Isabel y Fernando (1479), tuvo que entregar las fortalezas que poseía, y también tuvo que soportar la prisión y ejecución de su tesorero, mayordomo y principal consejero, Fernando de Alarcón (1480), al que se culpaba de algunos de los males que habían aquejado a Castilla durante los últimos años, y sin­gularmente del comportamiento del arzobispo; este Alarcón había sido, además, compañero de Carrillo en sus actividades de alquimista, sobre las que incluso dejó escrito un curioso tratado.

El arzobispo pasó los últimos años de su vida en Al­calá de Henares, precisamente dedicado a la práctica de la alquimia. Fue enterrado en el convento fran­ciscano observante de Santa María de Jesús, que él mismo había fundado Su sepulcro, atribuido al maestro Sebastián de Toledo, fue trasladado tras la desamor­tización a la catedral de Alcalá, sufriendo importantes daños durante la Guerra Civil; tras haber sido sometido a una cuidadosa restauración, actualmente se conserva en el museo catedralicio de Alcalá de Henares. Señala Hernando del Pulgar que “al fin, gastando mucho e deseando gastar más, murió pobre e adeudado en la villa de Alcalá, de hedad de setenta años, de los quales fue treinta e siete arçobispo de Toledo”. Y precisamente fue su gran contrincante político en los últimos años, el cardenal Pedro González de Mendoza, quien le sucedió al frente de la sede primada, de la que fue provisto por el papa el 13 de noviembre de 1482.

 

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María del Pilar Rábade Obradó y Jorge Díaz Ibáñez