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Beltrán de la Cueva

Biografía

Cueva, Beltrán de la. Duque de Alburquerque (I), Conde de Ledesma (I), Señor de Monbeltrán y de Cabra. Úbeda (Jaén), p. m. s. XV – Granada, 1492.

Miembro de un linaje antiguo de la segunda nobleza, nacido en Úbeda, donde sus antepasados ejercían mando militar como fronteros, entró al servicio directo de Enrique IV en 1455, con ocasión del viaje que el Monarca hizo a Andalucía. Fue su primer oficio el de paje de lanzas. Enrique IV veía, en un grupo de jóvenes que desde este momento le acompañaban, entre los que descollaban también Miguel Lucas de Iranzo, otro frontero, y Juan de Valenzuela, la posibilidad de formar un equipo de colaboradores que compensara la excesiva influencia que el marqués de Villena y otros nobles de alto señorío llegaran a alcanzar. Todos fueron calumniados, aunque ninguno tan gravemente como Beltrán de la Cueva, que mantuvo su fidelidad al Rey sin abandonarle. Marañón, que ha hecho un estudio caracteriológico del personaje, le considera político de escaso valor, más adecuado para fiestas e intrigas cortesanas. Sin embargo, cuando se convirtió en cuñado del cardenal Mendoza, colaboró intensamente con éste, siguiendo además sus dictámenes políticos. Desde 1456, los otros nobles temieron que pudiera convertirse en un nuevo Álvaro de Luna, y lo calificaban de privado del Rey.

El 10 de abril de 1458, al ser promovido Gómez de Cáceres al maestrazgo de Alcántara, Beltrán de la Cueva le sustituyó en uno de los principales oficios de la Corte, mayordomo mayor. Desde entonces arreciaron contra él las calumnias. Entre éstas, la más significativa, según recoge el cronista Alfonso de Palencia que parece admitirla como real, es la que se refiere a supuestas relaciones íntimas con la reina doña Juana de Portugal, supliendo de este modo la impotencia del Rey. De ahí nació la calumnia, que ninguna fuente fidedigna permite comprobar, de que cuando doña Juana tuvo una hija, a la que pusieron su mismo nombre, el padre era De la Cueva y no el Rey. De esta calumnia se hizo, en los años siguientes a 1463, uso político. La enorme diferencia entre Enrique IV y su esposa, en cuanto a la belleza física y al comportamiento, contribuyó a que muchos creyeran ese supuesto.

En el verano de 1459 tres embajadores del duque de Bretaña: Bois, Onisilre y Godelin, llegaron a Madrid. Se organizaron grandes fiestas en su honor encargándose a Beltrán de la Cueva la responsabilidad de ellas en su calidad de mayordomo. Un acercamiento político a Bretaña tenía entonces gran importancia por los fuertes intereses mercantiles castellanos en esa vía del golfo de Vizcaya. Es evidente que hubo excesos. La Corte se trasladó en bloque a El Pardo, pabellón de caza creado por Enrique III y por el que su nieto sentía especial predilección. Todo se desarrolló de acuerdo con el espíritu de la caballería: hubo justas, cañas, montería y, finalmente, un paso honroso. Beltrán de la Cueva, con sus caballeros, se situó en un punto que hoy coincide con Puerta de Hierro, obligando, con las armas, a todos los que se enfrentaran con él y fueran vencidos, a reconocer que la belleza de “su dama” era la más excelsa. Se abstuvo, en todo momento, de dar el nombre de esa dama. Como fruto de las victorias por él conquistadas —el vencido perdía caballo y armas y debía rescatarse— se fundó el monasterio de San Jerónimo “de el Paso”.

En los dos años siguientes, el mayordomo consiguió elevarse en el poder: consiguió que su hermano Gutierre fuese nombrado obispo de Palencia y buscó la alianza con el poderoso linaje de los Mendoza que, a causa de la herencia de Álvaro de Luna, había sido perseguido por el marqués de Villena y expulsado de Guadalajara. El marqués de Santillana, Diego Hurtado, y su hermano el obispo Pedro González, no consiguieron el apoyo de la Liga nobiliaria, pero en cambio De la Cueva logró la reconciliación con el Rey y la restauración en sus señoríos en abril de 1461.

En adelante hubo una estrecha alianza entre el mayordomo y el obispo, “firmes, constantes, muy leales servidores del rey” (Galíndez de Carvajal), que entraron en el Consejo y consiguieron una especie de acuerdo con la Liga para establecer un gobierno en el que todos los sectores estuvieran presentes. Se comenzó ya entonces a tratar del matrimonio de Beltrán de la Cueva con una Mendoza. Esa reconciliación estaba motivada por una importante noticia: la reina Juana iba a tener descendencia. Los dos hermanos de Enrique IV, Alfonso e Isabel, fueron llevados a la Corte; de este modo el mayordomo tuvo un primer contacto con ellos, aunque en modo alguno se mostró partidario suyo.

El 28 de febrero de 1462 nació una niña a la que llamaron Juana, como a su madre. Y, en medio de las alegrías que se manifestaron, Enrique IV otorgó a Beltrán de la Cueva el condado de Ledesma y los señoríos de Monbeltrán y de Cabra. Ya podía contarse entre los grandes. En el mes de marzo se hizo la solemne investidura del condado: abandonó en consecuencia la mayordomía, que pasó a manos de un converso, Andrés Cabrera. Coincidió este cambio con el establecimiento en Castilla del procedimiento inquisitorial (bula Dum fidei catholicae de Pío II) para atajar las violencias que estallaban contra los conversos.

Beltrán de la Cueva no era considerado como un amigo de los cristianos. Comenzaban a tejerse ya los primeros hilos de la calumnia. Cuando Enrique IV dispuso que las Cortes jurasen a Juana como heredera, el marqués de Villena hizo levantar acta notarial secreta, que se conserva, alegando que sólo por miedo juraba a quien carecía de derechos. Un arma que guardaba en su poder. Una circunstancia ajena favoreció al incremento de poder de Beltrán: la Liga, en el gobierno, desbarató los planes de Enrique IV en favor del principado de Cataluña que le reconocía como señor, arrastrándole a la mediación francesa y a la humillante entrevista del Bidasoa con Luis XI. Sintiéndose traicionado, el Rey decidió efectuar una remodelación en el Consejo dando la primacía a los Mendoza, entre los que se contaba ya Beltrán de la Cueva por su matrimonio; éste había hecho de Cuéllar una especie de brillante corte. Esta entrega de poder causó irritación entre los miembros de la primera nobleza, que prefirieron volcar sus iras no contra el marqués de Santillana, uno de los suyos, sino contra el conde de Ledesma, a quien consideraban un advenedizo. Las relaciones de éste con la Reina se estrecharon, pues Juana, que temía fuesen negados derechos a su hija, buscaba un refuerzo de la amistad con su hermano, Alfonso V de Portugal, y un alejamiento de los compromisos con la Corona de Aragón. Se trataba de relaciones estrictamente políticas.

Durante el viaje que Enrique IV, en el otoño de 1463, realizó por Andalucía, con el propósito de restablecer el prestigio de la Corona enmendando desórdenes muy serios, el conde de Ledesma desempeñó el papel de consejero de confianza, lo que muchos interpretaron como retorno al validaje. Cuando Alfonso V y Enrique IV se reunieron en Gibraltar en enero de 1464, Beltrán de la Cueva repitió sus gestos de El Pardo, organizando las fiestas que debían celebrar el encuentro. Se tomó una trascendente decisión política: Castilla y Portugal unirían sus políticas, concertándose el matrimonio de la infanta Isabel, de doce años, con Alfonso V, viudo y con hijos. Los grandes dirigentes del otro partido, Pacheco, su hermano Pedro Girón y el tío de ambos, el arzobispo Carrillo, volcaron sus denuncias contra Ledesma: le acusaban de haberse apoderado de la voluntad del Rey, aspirar al maestrazgo de Santiago, como Álvaro de Luna, y pretender instalar a su hermano en la sede episcopal de Compostela. Denuncias que llegaban hasta el Papa: ¿no era una muestra de su jactancia haber cambiado el nombre de Colmenar de Oreja por el de Monbeltrán, como si fuese Alejandro o César? Era cierto que el Rey preconizaba su candidatura para el maestrazgo de Santiago, para evitar así que el marqués de Villena saciara en él sus apetitos. Pero Enrique IV carecía de la energía suficiente. Vuelto a Castilla trató de negociar con los nobles cuando, en las vistas de Guadalupe, Alfonso V le instó a celebrar ya su boda con Isabel, él se resistió: necesitaba una consulta previa con los grandes. Y éstos habían redactado ya un manifiesto el 16 de mayo de 1464, en que reclamaban una reforma en el gobierno de la Monarquía.

Entre las medidas reclamadas figuraba el alejamiento de Beltrán de la Cueva, a quien se consideraba como un mal ejemplo para todos. Y también, no se olvide, el reconocimiento del infante Alfonso como sucesor. A éste, de acuerdo con el testamento de su padre, correspondía el maestrazgo de Santiago. Enrique IV trató al principio de resistir, organizando en forma solemne la investidura del conde de Ledesma como maestre el 2 de septiembre de 1464. Sin embargo, prohibió radicalmente recurrir a las armas. Y negoció con la Liga, que disponía de un ejército. En septiembre de 1464, la alta nobleza presentó un manifiesto en que se hacían ya dos denuncias concretas que consolidaban la calumnia: “la opresión de vuestra real persona en poder del conde de Ledesma”; “a vuestra alteza y a él es bien manifiesto ella [Juana] no ser hija de vuestra señoría ni como legitima podía suceder”. Se añadía también que Beltrán de la Cueva preparaba el asesinato de los infantes para abrir paso a la ilegítima sucesora.

Enrique IV cedió y obligó a Ledesma a renunciar al maestrazgo, aunque le compensó con el título de duque de Alburquerque y una renta de 2.450.000 maravedís que superaba la de cualquier otro noble. La Liga había querido, a su vez, dar al Rey una garantía: Alfonso se comprometía a casarse con Juana, siendo esta condición indispensable para su reconocimiento. Fue ésta la primera ocasión para el despido de Beltrán de la Cueva. Cuando los nobles aumentaron sus exigencias, reduciendo los poderes de la Corona (sentencia de Medina del Campo, de 16 de enero de 1465), Enrique IV hizo anular el destierro e incrementó los señoríos de Ledesma con nuevas ciudades, como Roa, Atienza y Medina del Campo. De este modo, Cuéllar pudo convertirse en plaza de armas.

Mientras los nobles ejecutaban el destronamiento de Enrique IV, Beltrán de la Cueva reunía en Ledesma a sus partidarios en torno a la reina Juana y a su hija. Había llegado al convencimiento de que sólo Juana, con el apoyo de Portugal, podía garantizar el futuro. Son las tropas de Beltrán Ledesma, que personalmente se lució, las que aseguraron el triunfo de Enrique IV en la segunda batalla de Olmedo.

Pero precisamente en el momento en que, obtenido el compromiso portugués para una intervención y asegurado el predominio militar, parecía que el Rey podía obtener la victoria, éste volvió a mostrar su debilidad aceptando nuevas negociaciones para un compromiso. Pacheco y sus aliados ofrecieron el restablecimiento de la Corona y la renuncia de Alfonso a su título real, con dos condiciones: el destierro de Beltrán de la Cueva y la eliminación política de la Reina.

Ésta pasó a la custodia de los Fonseca que la llevaron a Alaejos (1467), donde no tardó en sucumbir ante un amante, Pedro de Castilla, descendiente del rey Pedro I. Beltrán de la Cueva se instaló en Cuéllar, de donde nadie se atrevió a desalojarle.

Seguía firme el apoyo de los Mendoza a la causa real. Cuando, muerto Alfonso, Enrique IV ordenó a su esposa que volviera a la Corte, ella, que estaba en meses avanzados de embarazo, huyó de Alaejos en compañía de su amante y buscó refugio en Cuéllar, desde donde pasa a Buitrago, refugio también de su hija, señorío del marqués de Santillana. El duque de Alburqueque vivió en una especie de destierro los últimos años de Enrique IV. Se conocen muy pocas intervenciones suyas en la polémica, siempre al lado de sus cuñados como en las negociaciones de Colmenar de Oreja (1469) que trataban de salvaguardar los derechos de la Reina. Nunca perdió el favor del Rey, pero se abstuvo de volver a la actividad política. Cuidaba sus intereses y seguía recibiendo donaciones del Monarca que, a veces, no eran otra cosa que indemnizaciones a cambio de sus desembolsos. Cuando la casa de Mendoza, en 1473-1474, se comprometió en favor de Fernando e Isabel para después de la muerte de Enrique IV, Beltrán de la Cueva adoptó la misma postura. Tomó parte a favor de los Reyes Católicos en la guerra de Sucesión y, después, en algunos episodios de la guerra de Granada. Su muerte coincidió con el final de esta contienda en 1492.

 

Bibl.: A. Rodríguez Villa, Bosquejo histórico de don Beltrán de la Cueva, tercer duque de Alburquerque, Madrid, Luis Navarro, 1881; J. B. Sitges, Enrique IV y la excelente señora llamada vulgarmente doña Juana la Beltraneja, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1912; M. D. Morales Muñiz, Alfonso XII, rey de Castilla, Madrid, Siglo XXI, 1985; J. Javier Echagüe, La Corona y Segovia en tiempos de Enrique IV (1440-1474). Una relación conflictiva, Segovia, Diputación Provincial, 1993; A. Franco Silva, “Don Pedro Girón, fundador de la Casa de Osuna (1423-1466)”, en Osuna entre los tiempos medievales y modernos (siglos xiii-xviii), Osuna-Sevilla, Ayuntamiento-Universidad, 1995, págs. 63-93 (reeditado en su libro Señores y señoríos, Jaén, 1997, págs. 217-260); G. Marañón, Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1997 (14.ª ed.); R. Pérez Bustamante y José A. Calderón Ortega, Enrique IV. 1454-1474, Burgos, La Olmeda, 1998; J. Manuel Nieto Soria, Orígenes de la Monarquía hispánica. Propaganda y legitimación, Madrid, Dykinson, 1999; L. Suárez Fernández, Enrique IV de Castilla, Barcelona, Ariel, 2001.

 

Luis Suárez Fernández