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Gutierre de Cárdenas

Biografía

Cárdenas, Gutierre de. Señor de Maqueda. Ocaña (Toledo), c. 1440 – Alcalá de Henares (Madrid), 31.I.1503. Comendador mayor de la Orden de San­tiago, contador mayor de Castilla.

Nació en Ocaña, hacia 1440; era hijo de Rodrigo de Cárdenas y de Teresa Chacón. Una familia, por ambas líneas, de profundas vinculaciones con la Orden de Santiago en la que muchos de sus miembros desem­peñaron cargos de gran importancia. Fue introducido en la Corte por su tío, el autor de la crónica de Álvaro de Luna, Gonzalo Chacón, casado con una dama por­tuguesa del séquito de la reina Isabel, y por el arzobispo Alfonso Carrillo.

Forma parte de ese grupo de personas que encar­nan el legado político de Álvaro de Luna y de los in­condicionales de la princesa Isabel desde el primer momento. Se carece de todo dato de Gutierre hasta que doña Isabel es trasladada a Ocaña, en noviem­bre de 1468, por instigación del marqués de Villena, que desea tenerla vigilada mientras convierte en papel mojado los acuerdos de Guisando. En estos meses se negocia el matrimonio de la princesa con Fernando de Aragón; es entonces cuando aparece la figura de Gutierre que había sido nombrado maestresala por la princesa.

Fue el comienzo de una vida de fidelidad y servicios a la reina. Actuó como correo entre Isabel y Alfonso Carrillo para organizar la negativa a la propuesta de matrimonio con Alfonso V de Portugal, al tiempo que se mantenía la negociación con Aragón, para el matri­monio con el príncipe Fernando del que fue uno de los principales inspiradores. Preparó la entrevista de la princesa con el plenipotenciario aragonés, Pierres de Peralta, en Cervera, en marzo de 1469, cuando Fernando firmó las primeras capitulaciones: la impor­tante donación que en ese momento le hizo Fernando fue el reconocimiento de su decisiva participación en el feliz resultado de la negociación.

Cárdenas y Alfonso de Palencia viajaron a Aragón para realizar los últimos preparativos de la arriesgada entrada de Fernando en Castilla para contraer ma­trimonio; le acompañaron hasta Burgo de Osma y se adelantaron a Valladolid para prevenir la llegada del príncipe. Estuvo en Valladolid, en la primera en­trevista de los príncipes Fernando e Isabel y, desde luego, en su boda.

Unos meses después, en agosto de 1470, Doña Isabel donaba a Gutierre de Cárdenas, en reconoci­miento de los servicios prestados, en particular por la negociación de su matrimonio, las villas de Elche y Crevillente, que había recibido de su esposo. Elche protestó por salir de realengo, en contra de los privi­legios otorgados a la villa, que la princesa había pro­metido respetar; fue la primera reacción en un largo contencioso en el que hubo un largo silencio de un decenio; en compensación, Doña Isabel entregó a Gutierre las alcaidías de Sax y Chinchilla.

Probablemente en 1471 contrajo matrimonio con Teresa Enríquez, una de las damas del séquito de la princesa, al parecer muy implicada en él; Teresa era hija del almirante Alfonso Enríquez, hermanas­tro de Juana Enríquez, la madre de Fernando; y era, por tanto, prima de éste. De este matrimonio nacie­ron: Rodrigo, que murió niño, aunque ya había sido acordado su matrimonio con María, hija de Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, otros íntimos cola­boradores de Doña Isabel; Diego, heredero del mayo­razgo, I duque de Maqueda, que se casó con Mencía Pacheco, hija del marqués de Villena; Alfonso, que murió accidentalmente en Burgos, en 1497, durante las fiestas que tuvieron lugar en las bodas del príncipe de Asturias; María, que se casó con Francisco de Es­túñiga, y Fernando, muerto en la niñez.

Fue uno de los organizadores de la proclamación de Doña Isabel en Segovia, el 13 de diciembre de 1474; poco después de la “concordia de Segovia” (15 de enero de 1475) punto de arranque de la reorganiza­ción de la Monarquía, de confirmación de algunos importantes cargos y de nombramiento de otros mu­chos, fue designado contador mayor. Era hombre de máxima confianza de los reyes, quienes le encomen­daron la custodia de su primogénita, Doña Isabel, en Medina del Campo.

Además de consejero y diplomático, fue toda su vida un hombre de acción. Tuvo una destacadísima participación en las operaciones militares contra el ejército portugués, muy en particular en la batalla de Toro (1 de marzo de 1476), en la que se encontraba en lo más recio del combate. También ocupó un lu­gar destacado en alguno de los episodios que expresa­ron la forma en que los reyes entendían el ejercicio de su autoridad tanto sobre los rebeldes que se some­tían como ante los desobedientes, aunque hubieran prestado grandes servicios.

Una de esas situaciones fue la sucesión en el Maes­trazgo de Santiago. En noviembre de 1476 había fa­llecido el maestre Rodrigo Manrique; Alfonso de Cárdenas, comendador mayor de León, era el can­didato más caracterizado: sin duda resultaría ele­gido. Los reyes deseaban limitar el enorme poder de la Orden y, sobre todo, impedir el desequilibrio que su control por un linaje podía provocar. Por ello, la reina Isabel ordenó a que renunciase a sus pretensiones; el 14 de diciembre, ante el Capítulo General de la Orden se dio cuenta de que el Maes­trazgo sería asumido personalmente por el rey du­rante seis años.

Apenas fueron once meses; en ese tiempo se ne­goció un acuerdo por el que Alfonso de Cárdenas aceptaba una importante contribución dineraria de la Orden a favor de la Monarquía para contribuir al esfuerzo de guerra contra los moros. En noviembre de 1477, don Fernando renunciaba a la administra­ción de la Orden y Alfonso de Cárdenas era elegido maestre. Su cargo de comendador mayor de León, el segundo en importancia en la Orden, fue ocupado por Gutierre, a pesar de que ni siquiera era caballero. Tomó el hábito en la iglesia de Santiago, en Sevilla, en presencia de los reyes, el 18 de diciem­bre de 1477; uno de los primeros servicios del nuevo comendador fue el cerco de Utrera; otra muestra, en sentido opuesto, de la forma en que se ejercía autoridad.

 Fernandarias de Saavedra, alcaide de Zahara, un hé­roe de la frontera, había hecho acto de sumisión a la reina en junio de 1476. A pesar de los servicios pres­tados, en noviembre de 1477, los reyes le ordena­ron devolver Tarifa al almirante, Alfonso Enríquez, y Utrera a la ciudad de Sevilla: era desmontar gran parte del señorío que había construido al amparo de la guerra civil. Se negó a hacerlo ordenando la resis­tencia en Utrera; Gutierre de Cárdenas fue designado para mandar las fuerzas de cerco que sólo tuvo éxito con la llegada de refuerzos dirigidos por el marqués de Cádiz. Utrera fue tomada en marzo de 1478 y some­tida a terrible castigo.

Era Gutierre de Cárdenas pieza importante en las conversaciones mantenidas en Alcántara por la reina con su tía Beatriz de Bragança, en marzo de 1479, punto de partida de las difíciles negociaciones que condujeron durante el tiempo de las vistas, Cárde­nas fue el alcalde de esta fortaleza, designación que recibió de manos de Álvaro de Estúñiga por orden de doña Isabel. Fue también, junto con el condestable Pedro Fernández de Velasco uno de los protagonistas en la extinción de la difícil resistencia de Extremadura que en algunos momentos pareció capaz de reabrir el enfrentamiento con Portugal.

Se hallaba presente en las Cortes de Toledo de 1480, momento esencial de la construcción de la Monarquía; como muchos otros experimentó una re­ducción importante de sus “juros” —derechos otor­gados por los reyes a particulares de cobrar una parte de una determinada renta—, medida imprescindible para el saneamiento de los recursos de la Hacienda. Siempre junto a los Monarcas, estuvo en las Cortes de Calatayud-Zaragoza, también en Barcelona y, final­mente, en Valencia. Estando en Barcelona, en marzo de 1481, la reina le confirmó la donación de Elche, realizada diez años antes, con la nueva protesta de la ciudad que alegó sus privilegios y mantuvo un largo forcejeo durante los meses siguientes que concluyó en la inevitable aceptación de la voluntad real, reitera­damente expresada, aunque su resistencia reapareció cada vez que se presentó la ocasión propicia. Durante la estancia de los reyes en Valencia, en diciembre de 1481, tomará Gutierre posesión personal de Elche.

Durante esos meses finales de 1481 estuvo gestio­nando la compra de Torrijos y Alcabón al cabildo de Toledo, que se veía perturbado en su pacífica pose­sión por las reclamaciones e intromisiones del Con­cejo de esta ciudad. Fue un largo proceso negociador que concluyó en abril del año siguiente; en su virtud, Cárdenas adquirió el que sería el verdadero centro de su señorío, Torrijos, luego elegido como lugar de su último reposo, e instituyó una capellanía perpetua en la capilla de Santa María la Antigua, de la catedral to­ledana, en cuyo retablo se conserva hoy su imagen y la de su esposa Teresa Enríquez, acompañados, respecti­vamente, de Santiago y San Juan Evangelista.

La Guerra de Granada constituyó el escenario de sus más importantes intervenciones militares y diplo­máticas; también su esposa desarrolló un extraordi­nario trabajo en el hospital de campaña, una de las aportaciones personales de la reina. Cárdenas se ha­lló presente en las operaciones de socorro a Alhama, en marzo de 1482, y en todas las operaciones impor­tantes de la guerra: fue el encargado de tomar pose­sión de Álora, en junio de 1484, y estuvo en las tomas de Ronda y Casarabonela, en mayo y junio de 1485. Fue nuevamente el encargado de tomar posesión de Vélez Málaga, que se entregó en mayo de 1487, y uno de los negociadores de la rendición de Málaga, tras durísimo sitio, cuya toma de posesión le fue también confiada.

Hacía entonces dos años que había sido nombrado mayordomo mayor del príncipe don Juan, a cuyo ser­vicio como pajes se hallaban sus hijos Diego y Al­fonso. Sus servicios, siempre premiados por los re­yes, lo fueron también, en Valencia, con ocasión de la celebración de las Cortes, en abril de 1488, en que le ratificaron la donación de Elche, y, poco después, con su nombramiento como alcaide de Toledo.

De nuevo, en la guerra de Granada, desempeñó un papel protagonista en el cerco de Baza: le correspon­dió dirigir las operaciones que completaron el cerco de la ciudad, y la negociación de la rendición de la ciudad, asunto en el que era un verdadero experto. Recibió como reconocimiento las alcaidías de Alme­ría y Baza y el encargo de guarnecer Guadix con sus fuerzas.

Desde 1487 se reanudaron los contactos con Por­tugal para hacer efectivo el matrimonio de la princesa Isabel con el príncipe portugués Alfonso, acordado en la paz de Alcáçovas, nunca anulado, a pesar de las san­grientas acciones contra los Bragança en 1483; las operaciones de la Guerra de Granada, y los gastos que suponía, imprimieron un ritmo lento a las negocia­ciones, que se aceleró desde 1490 cuando aquella gue­rra parecía a punto de concluir. Gutierre de Cárdenas y fray Hernando de Talavera fueron los encargados de negociar los últimos detalles previos al matrimo­nio, en Sevilla, a lo largo de los meses de marzo y abril de ese año: se fijó una altísima dote para la princesa a la que por parte portuguesa se entregó un señorío de similar importancia.

Desempeñó, asimismo, un papel esencial en la toma de Granada, similar al protagonizado anteriormente en otras ciudades tomadas de este reino. Gutierre fue el capitán de la tropa que, de acuerdo con lo pac­tado con Boabdil, entró sigilosamente en la Alhambra la noche del 1 al 2 de enero de 1492; en una sala de la torre de Comares recibió las llaves de la fortaleza de manos del emir, ordenó la custodia de torres y puertas y, poco después, en un salón del cuarto de Coma­res se dijo la primera misa en la fortaleza. Después entró el grueso de las tropas con el conde de Tendilla y el de Cifuentes y se elevó la Cruz e hicieron ondear en la Torre de la Vela los pendones reales y de la Cru­zada. Por sus servicios, recibió entonces Marchena y su tierra con mil vasallos.

En octubre de ese año se hallaba con los reyes en Barcelona donde se negociaba con Francia el acuerdo que constituyó el tratado de Barcelona (febrero de 1493), y en septiembre de 1493 entraba en Perpiñán, hecho que sellaba la devolución de Rosellón y Cer­deña a Aragón.

Nuevamente en funciones de alto diplomático, Gutierre de Cárdenas fue, junto con Enrique Enrí­quez y Rodrigo Maldonado de Talavera, uno de los representantes castellanos que negoció con los por­tugueses, sobre los informes emitidos por los geógrafos de ambos reinos, los tratados de Tordesillas de partición de los océanos y regulación de las nave­gaciones en la costa africana, firmados el 7 de junio de 1494.

El 11 de enero de 1495 falleció el cardenal Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo; la suce­sión en la mitra toledana era asunto respecto al cual los reyes ya tenían tomada una decisión antes del fa­llecimiento del ilustre prelado. Cárdenas fue uno de los que sugirió el nombre de fray Francisco Jiménez de Cisneros y, por encima de añadidos anecdóticos, quien acabó venciendo la resistencia del propuesto en una entrevista en el monasterio de Santo Domingo el Real de Madrid.

Consejero imprescindible y acompañante asiduo de los reyes, desde hacía tantos años, formaba parte del séquito de la reina en su viaje a Laredo para despe­dir a doña Juana, que partía para casarse en Flandes. También lo estuvo en la boda del príncipe Juan, en Burgos; allí, con ocasión de las fiestas que tuvieron lugar para celebrar tal acontecimiento, el 4 de abril de 1497, falleció su hijo Alfonso, víctima de un acci­dente hípico.

Este triste acontecimiento afectó muy profunda­mente a Gutierre, tanto que, probablemente, fue la causa de que otorgara testamento, en Alcalá de Hena­res, el 31 de marzo del año siguiente. Todavía tendría ocasión de protagonizar algunos actos importantes: al mando de la escolta, acompañó a la princesa Cata­lina que, en mayo de 1501, salió de Granada, camino de La Coruña, para embarcarse hacia Inglaterra. El 25 de julio cumplió la peregrinación en Santiago de Compostela. Estuvo presente en el juramento de doña Juana y don Felipe como herederos, en mayo de 1502; fue decisiva su opinión para que el Consejo tomara la decisión de desaconsejar absolutamente el viaje de Fernando a Nápoles cuando, en septiembre de 1502, se planteó esa cuestión.

Poco después, en octubre de ese año, Gutierre de Cárdenas enfermó gravemente. El 28 de enero de 1503 instituyó mayorazgo, con Maqueda como cabeza, para su hijo Diego. Se hallaba entonces con la corte en Alcalá de Henares, sin duda para contar con la ayuda de los mejores médicos: allí falleció, el día 31 de enero. Fue enterrado en el convento de San Francisco de Torrijos, residencia casi perma­nente de su viuda en el futuro. De su magnífico se­pulcro quedan únicamente sus bultos yacentes que pueden contemplarse en el coro de la colegiata de este lugar.

 

Bibl.: L. Barón Torres, Don Gutierre de Cárdenas, íntimo confidente y consejero de los Reyes Católicos, Madrid, Editora Na­cional, 1945; L. de Salazar y Castro, Los comendadores de la Orden de Santiago, II. León, pról. del Marqués de Ciadoncha, Madrid, Patronato de la Biblioteca Nacional, 1949; A. Maciá Serrano, Los Reyes y la Corona. (El pleito de Elche), Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1978; M. de Castro y Cas­tro, Teresa Enríquez, la “Loca del Sacramento” y Gutierre de Cárdenas, Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y estudios toledanos, 1992.

 

Vicente Ángel Álvarez Palenzuela