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Francisco de Zúñiga y Avellaneda y Velasco

Biografía

Zúñiga y Avellaneda y Velasco, Francisco de. Conde de Miranda del Castañar (III). ?, s. m. s. XV – 21.VI.1536. Virrey de Navarra, consejero de Estado y mayordomo mayor de la emperatriz Isabel.

Tomó posesión de los estados de su padre, Pedro de Zúñiga y Avellaneda, a finales del siglo xv, y se distinguió pronto en las luchas políticas que precedieron y siguieron a la muerte de la reina Isabel. Ya en 1502, acompañado de su suegro, el comendador mayor Gutierre de Cárdenas, y por orden de los Reyes Católicos, don Francisco acudió a Fuenterrabía a recibir a Felipe el Hermoso y a Juana, que venían a Castilla a ser jurados como herederos. El contacto con los archiduques fue decisivo para su carrera inmediata, y hasta tal punto llegó su compromiso con los nuevos soberanos de Castilla, que en 1506 fue en una nao a Inglaterra, con su hermano Juan de Zúñiga, en busca de Felipe, que había hecho allí una parada en su viaje a España.

El corto reinado de Felipe I no fue suficiente para que el conde recogiera los frutos de su compromiso; por ejemplo, quedó sin materializar una mitra prometida por el infortunado monarca para su hermano Íñigo, por lo que Miranda y su primo, el duque de Béjar, escribieron, en mayo de 1507, a Fernando el Católico para asegurarse el beneficio. Poca confianza debía tener en sus posibilidades cuando, al mismo tiempo, explotaba su fidelidad al difunto rey y escribía a Maximiliano poniéndose a su servicio y al del príncipe Carlos, para que intercedieran ante el Papa con el mismo objetivo. La opción del conde quedó reforzada el año siguiente, cuando don Iñigo salió de Castilla para ir a servir en la corte del emperador.

Es obvio que tales compromisos no debieron ser gratos a los ojos de Fernando, dispuesto a comenzar su segunda regencia en Castilla. Además, lejos de buscar acomodo a la nueva situación, Miranda reforzó su línea de acción mediante el envío a Flandes de su hermano Juan, el cual formó parte del grupo de castellanos que defendían las pretensiones del príncipe Carlos, siempre prestos a atacar la política del Rey Católico. De este modo, sólo se detecta la presencia del conde en la campaña de Navarra de 1512, cuando fue requerido por el rey para colaborar con sus mesnadas. La suerte de Miranda cambió tras la muerte del monarca aragonés, en enero de 1516. Como el resto de la nobleza, el conde fue informado puntualmente por el nuevo Soberano de sus intenciones de presentarse con rapidez en Castilla. Llegado por fin, don Francisco fue a Tordesillas, acompañado del duque de Béjar, a besar las manos de Carlos, a cuyo lado permaneció de forma intermitente los años siguientes. En 1520 no partió hacia Flandes con el Rey, aunque se preocupó de que lo hiciera su hermano, Juan de Zúñiga, para estar bien representado en la Corte imperial, donde además tenía un sólido apoyo en el obispo de Palencia.

Revueltas las ciudades castellanas, en julio de 1520, Carlos V agradecía al conde su papel en la pacificación de Aranda de Duero, tras lo cual había pasado a residir con Adriano de Utrecht, quien le había mandado apercibir su gente el día 10 del mismo mes.

Al poco, el conde se dirigió hacia Burgos, donde su tío, el condestable Íñigo Fernández de Velasco —su hermana Catalina era la madre del conde don Francisco—, trataba de mantener la ciudad en la obediencia regia, aceptando incluso la vara de corregidor. Allí hubo de trabajar por limar las asperezas que surgieron entre el virrey de Navarra —el duque de Nájera— y el propio condestable. El conde de Miranda abandonó Burgos con el condestable cuando éste fue expulsado de la ciudad los primeros días de septiembre, al tratar de impedir que sus dirigentes enviasen hombres para reunirse con los de la Junta de Ávila; en el camino, fueron alcanzados por el correo del emperador, que traía el nombramiento de gobernador de Castilla para el condestable. Miranda le exhortó a aceptar el cargo, y después acató su orden de partir hacia sus estados, a fin de reclutar toda la gente posible para el servicio del Rey; cumplió bien, y a comienzos de noviembre estaba de nuevo en Burgos con su tío —que había llegado a un acuerdo con la ciudad para volver a la obediencia regia— llevando consigo doscientas lanzas. No son de extrañar, pues, las constantes recomendaciones del condestable en su correspondencia con el rey, incluidas las peticiones del obispado de Jaén para don Íñigo, hermano del conde.

A finales de noviembre de 1521, Miranda marchó con ciento ochenta lanzas hacia Medina de Rioseco, para reforzar la posición del ejército real en aquella ciudad —donde posaban los otros dos gobernadores— siguiendo los pasos del primogénito del condestable, el conde de Haro, que fue nombrado capitán general de las tropas; quien, poco más tarde, no se recató en alabar la actuación de su primo en la toma de Tordesillas. Para entonces, el conde había despachado a su hermano don Íñigo a la Corte imperial para exponer sus numerosos servicios, movimiento que ya había realizado en el mes de agosto, cuando enviara a su primo, Francisco de Zúñiga, ya que era perfectamente consciente de la necesidad de alimentar su imagen de apoyo constante a la Monarquía en tiempos difíciles y, aunque las autoridades castellanas escribieran encomiando sus esfuerzos, no estaba demás el puntual recordatorio de los servicios prestados. Se distinguió, asimismo, en la decisiva batalla de Villalar y, al poco, se alineó en contra del almirante quien, convencido de la cordura de la reina Juana, solicitaba sus órdenes para terminar con los comuneros. Luego, cuando la mayoría de la nobleza dio por zanjado el problema y regresó a sus casas, Miranda fue de los pocos que quedaron para acabar con el foco toledano, hecho que suscitó el agradecimiento de los gobernadores. Marchó pues con las tropas a Toledo, pero ya eran visibles los efectos de la invasión francesa por Navarra, así que modificó su destino y partió hacia el norte, a repeler la amenaza. Después de la victoria de Esquirós contra los franceses, el 30 de junio, don Francisco se retiró a sus estados. Así, el mes siguiente se hallaba en su señorío de Peñaranda, desde donde solicitó una encomienda para su primo, Francisco de Zúñiga, recién ordenado caballero de Calatrava, petición respaldada por el condestable. Pero la tranquilidad le habría de durar poco al conde. En Navarra, el duque de Nájera había dejado el virreinato, desairado por los acontecimientos de los últimos meses, y los gobernadores pensaron en don Francisco, no sin antes habérselo ofrecido tanto a Beltrán de la Cueva —primogénito del duque de Alburquerque y en aquellos momentos capitán general de Guipúzcoa— que fue vetado por el condestable de Navarra, como al conde de Alba de Liste, rechazado por su enemistad con el almirante.

En principio, el conde aceptó el puesto, y en agosto era esperado en Pamplona; sin embargo, llegado a mediados de mes, se encontró con ciertos recortes respecto a los poderes y prebendas disfrutadas por su antecesor, y dejó claro que, caso de no admitirse sus condiciones, permanecería dos meses en el cargo, sólo con el fin de conjurar el peligro inmediato. Extrañamente, encontró el apoyo del Almirante, más no del condestable, pero la patente fue finalmente firmada por los tres gobernadores el 27 de agosto de 1521. A primero de noviembre, Carlos V confirmaba el título, recogiendo parte de las exigencias del conde (las económicas), aunque parece que los agentes de don Francisco en la Corte imperial, en especial su hermano Juan, pusieron ciertas pegas sobre la duración del cargo.

Sus primeros tiempos en el virreinato de Navarra estuvieron marcados por la amenaza francesa. Trabajó bien el conde en la defensa de Pamplona, así que en el otoño los franceses, reorganizados tras la derrota y viendo Navarra bien proveída, entraron por Guipúzcoa. Un sitio de pocos días les bastó para ocupar Fuenterrabía, el 28 de octubre. Mientras tanto, Miranda informaba al emperador del estado militar del reino, y se preocupó de preparar su justificación ante la previsible exigencia de responsabilidades por la caída de la villa vasca. Prueba de que lo consiguió fue el envió por parte de Carlos V, en el mes de mayo de 1522, de los poderes necesarios para ejercer “la gobernación y administración de la justicia del reino”, tal y como los habían disfrutado sus antecesores en el cargo. Miranda prosiguió las operaciones militares. En junio de 1522 puso cerco con su gente a la fortaleza de Maya, un enclave pirenaico ocupado por navarros contrarios al Emperador, pertenecientes a la facción agramontesa. Al mismo tiempo, fue requerido por los gobernadores para asediar Fuenterrabía, junto con las tropas de Beltrán de la Cueva y tres mil alemanes desembarcados con el Emperador. No se decidió finalmente culminar la empresa, y Miranda solicitó licencia para ir a despachar con el Soberano, que le fue concedida en el mes de agosto, en tanto el condestable de Navarra quedaba a cargo del reino.

Tras entrevistarse con el Emperador, Francisco pasó a visitar sus estados, pero el 27 de octubre fue convocado inmediatamente a Valladolid, a fin de recibir instrucciones para su nueva estancia en Pamplona, donde entró a primeros de enero de 1523. Pronto habría de tener muy cerca a su señor. A lo largo de este año, Carlos V allegó grandes recursos para acometer al francés, en los que el conde participó activamente, e incluso instaló su Corte en Pamplona en el otoño. Con el condestable de Castilla al frente de las tropas, realizó una entrada por el sur de Francia, con escaso fruto, si bien a la vuelta pudo sacarse la espina que tenía clavada con Fuenterrabía, recuperada en febrero de 1524. Terminados los movimientos militares, Miranda permaneció en el virreinato hasta 1527, aunque parece que desde 1525 sus ausencias fueron frecuentes.

En todo caso, a tenor de los hechos subsiguientes, la impresión que sacó Carlos V de su virrey fue muy favorable. En 1528 marchó a tener Cortes de la Corona de Aragón en Monzón y, como quiera que después tenía previsto partir directamente a Italia, dejó a la Emperatriz en el gobierno de los Reinos de Castilla.

Aprovechó la ocasión para ordenar su casa, y nombró mayordomo mayor al conde de Miranda, en sustitución del portugués Rui Teles de Meneses; a mediados de mayo de 1528, ya en ruta, el Monarca se congratulaba de que el conde hubiera comenzado a servir su nuevo cargo y al poco, en el mes de octubre, le dio entrada en el Consejo de Estado. De este modo, Francisco se convirtió en una figura clave del gobierno de la regencia. Si la base de su poder era la gracia del emperador Carlos V —demostrada con mercedes tales como la mitra tarraconense para su hijo Gaspar o la entrada en la Orden del Toisón de Oro— sus ámbitos de dominio eran, principalmente, la casa de la Emperatriz y los negocios de Estado y Guerra.

Por lo que toca al primer punto, el servicio de Isabel, el conde de Miranda se empleó a fondo desde un principio en la reorganización de su casa, pues el Emperador, una vez abandonada la idea de partir a Italia, pretendía que estuviera terminada antes de su regreso de Monzón, y urgía repetidamente al conde. Además, el conde aparecía también en posición preeminente en los asuntos de Estado y Guerra, al confirmar el César su asiento en el Consejo de Estado que debía asistir a la Emperatriz en sus labores de regente. El hecho de que, al parecer por recomendación del propio Tavera, este organismo se viera ciertamente reducido en sus integrantes —le acompañaban don Juan Manuel y los arzobispos de Toledo y Sevilla— y con cierto grado de inoperancia inicial, facilitó sin duda el dominio de Miranda; así lo reconocía el Rey en carta de 4 de abril de 1530, en respuesta a ciertas disensiones, reales o supuestas, detectadas por el conde entre los consejeros. Por otro lado, a pesar de las expresas instrucciones del Rey, que deseaba la separación entre ambos organismos, estos personajes tendieron a invadir el despacho de los asuntos militares, con gran desencanto de los que habían quedado señalados para ello, en especial el marqués de Cañete.

Pero, si aparentemente los otros dos grandes patrones del gobierno castellano, el cardenal Tavera y Francisco de los Cobos, respetaban esta posición y su relación transcurría por cauces de normalidad y estabilidad, la realidad era otra. Por ejemplo, Miranda se enfrentó con éxito a Tavera a propósito del destino del marqués de Cañete quien, desencantado por su posición en la corte, terminó por retirarse al virreinato de Navarra. A su vez, la rivalidad soterrada entre el conde y el cardenal terminó por influir en las relaciones del primero con Cobos, comendador mayor de León; es cierto que ambos sostenían desde hace años buena amistad, y, de hecho, el sobrino de Cobos, Vázquez de Molina, era secretario de Estado interino en la regencia y en 1533 alcanzó la secretaría de la Guerra. Pero para el comendador mayor era más importante la colaboración con Tavera, y el punto débil del conde fue la muerte en septiembre de 1531 de su primo, el duque de Béjar. En el enconado pleito suscitado por el control de la herencia don Francisco se empleó a fondo en defensa de los derechos de su yerno, Pedro de Zúñiga, utilizando con profusión a su hermano Juan, presente en la corte imperial. Fue una ocasión perfecta para atacar al conde, aunque probablemente no para eliminarle de la escena, sino para recordarle los límites de su poder. Así, mientras el secretario Juan Vázquez de Molina denunciaba que éste y otros negocios particulares le traían tan ocupado que se resentía el despacho de los negocios del gobierno, por su parte Tavera informaba al emperador de la resistencia del conde de Miranda y de Pedro de Zúñiga a dar en préstamo a las arcas imperiales una suma de 100.000 ducados, exigiendo juros a cambio del dinero. El cardenal no se privó, sutilmente, de denunciar la falta de colaboración del conde al servicio imperial. Los movimientos dieron el fruto deseado. Hasta tal punto llegó el disgusto del conde que, a decir de Tavera, cayó gravemente enfermo, extrema unción incluida, aunque se recuperó de forma satisfactoria. Con todo, el conde era todavía un personaje poderoso. La mejor muestra es, quizá, el resultado de la continua protección que dispensó a su hermano, don Juan de Zúñiga, eterno embajador de su política ante la corte imperial. Para él consiguió en 1532 la encomienda mayor de Castilla de la Orden de Santiago, tras el óbito de Antonio de Fonseca. Pero de mayor importancia política fue el cargo de ayo del príncipe Felipe, en 1535; con este movimiento, el círculo del príncipe se alejaba de Cobos y Tavera, para aproximarse a una línea espiritual cercana a la Compañía de Jesús. De manera que a través de su hermano dejó asegurada la fortuna de su familia al servicio imperial; y lo hizo a tiempo, pues a don Francisco no le quedaba mucha vida. Si los últimos años su salud había sido más bien frágil, desde el otoño de 1535 sus recaídas fueron constantes, y finalmente falleció el 21 de junio de 1536.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Simancas, Escribanía Mayor de Rentas, Quitaciones de Corte, leg. 19, n.os 1176-1180; Archivo de los Duques de Alba, Montijo, caja 50-1 y 3 [expediente].

A. López de Haro, Nobiliario genealógico de los Reyes y títulos de España, Madrid, 1622 (ed. facs., Orrobaren, Navarra, Wilsen, 1996, vol. I, pág. 447); J. Pellicer de Ossau y Tovar, Justificación de la Grandeza, y cobertura de primera clase, en la casa y persona de don Fernando de Zúñiga, noveno conde de Miranda, Madrid, Diego Díaz de la Carrera, 1668; S. Fernández Conti, “Zúñiga y Avellaneda, Francisco de”, en J. Martínez Millán (dir.), La Corte de Carlos V, vol. III, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, págs. 472-476.

 

Santiago Fernández Conti y Félix Labrador Arroyo