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Íñigo López de Mendoza y Quiñones

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Biografía

López de Mendoza y Quiñones, Íñigo. Marqués de Mondéjar (I), conde de Tendilla (II). ?, c. 1442 – Granada, 20.VII.1515. Capitán general del reino de Granada y alcaide de la Alhambra.

Hijo mayor de Íñigo López de Mendoza, I conde de Tendilla, a quien sucedió en título, y de Elvira de Quiñones, pertenecía al linaje de los Mendoza, rama menor de la Casa del Infantado, que desde la instauración de la dinastía Trastámara había hecho del servicio al Rey su mejor baza para alcanzar los más altos cargos de la Administración real y convertirse en una de las familias más influyentes y poderosas del siglo XV. El exponente más claro de esta estrategia fue su tío Pedro González de Mendoza, apodado el “Gran Cardenal”, convertido en el prelado más poderoso de Castilla y en protector de los miembros de su familia.

Tras pasar su infancia y juventud en Guadalajara, decidió seguir los pasos de su padre, incorporándose a la campaña de conquista del reino de Granada. Al igual que otros nobles castellanos, contribuyó a la contienda con provisiones, dinero y soldados reclutados a su costa, adquirió una amplia experiencia en el arte de la guerra de guerrillas y participó activamente en la conquista de la ciudad de Alhama, de la que fue nombrado alcaide y capitán general. El conde logró salvar el largo y duro asedio sufrido por la plaza ordenando pintar parte de un lienzo de muralla derribado para esconder las obras de reconstrucción y creando un papel moneda que tuvo validez para cualquier intercambio o transacción en la ciudad durante el tiempo que duró el cerco.

Ambas soluciones, especialmente ingeniosas, le reportaron un alto prestigio que no pasó desapercibido para los Monarcas. Éstos, confiando en sus habilidades diplomáticas, lo enviaron a finales de 1485 a Roma como embajador ante Inocencio VIII. Allí debía tratar, entre otros negocios, la renovación de la bula que proclamaba la guerra contra los infieles, la aprobación del Real Patronato de Granada, así como el reconocimiento de los hijos ilegítimos de su tío y protector, el cardenal Mendoza. La embajada del conde en Roma fue para él todo un éxito diplomático y personal, que a la postre le granjearía aún más reputación ante los Reyes Católicos. A su regreso de Italia, Íñigo pasó algún tiempo en sus estados, para volver en la primavera de 1489 a lo que fue la segunda fase de la campaña granadina. Tras la conquista de los enclaves de Loja, Íllora y Montefrío, el conde intervino en el largo asedio a la ciudad de Baza, finalmente tomada por los cristianos en su avance por el flanco oriental del reino el 4 de diciembre de 1489. Posteriormente fue nombrado alcaide de Alcalá la Real y capitán general de la frontera, desde donde dirigió operaciones periódicas de asalto e incursiones sobre el campo musulmán, hasta la rendición definitiva del reino nazarí el 2 de enero de 1492.

Íñigo adquirió un marcado protagonismo en la escenografía que acompañó a la rendición de Boabdil y la entrada de los ejércitos reales en la capital granadina. Merced a su acceso a la gracia real y en reconocimiento por los servicios prestados, el conde fue investido con el cargo de alcaide de la Alhambra y el de capitán general del reino. El primero, otorgado en propiedad al linaje, le confería el mando sobre la guarnición de la fortaleza y la jurisdicción civil y criminal sobre todos sus habitantes. En adelante la Alhambra sería la sede de la Capitanía General, con todo el personal a ella adscrito, y residencia permanente de los Mendoza en el reino. El cargo de capitán general, sin duda el más importante, dotaba a Íñigo de amplias competencias militares —mando del dispositivo defensivo y de todo el personal militar del reino—, jurisdiccionales —fuero castrense— y hacendísticas —intervención en el reparto y cobro del impuesto de la farda y los servicios moriscos, dirigidos a financiar el dispositivo defensivo—. Se trataba de un conjunto de atribuciones que lo convertían, de hecho, en un auténtico virrey.

Durante el tiempo en que se mantuvo el régimen político, fiscal y de tolerancia religiosa estipulado en las Capitulaciones de rendición, Íñigo, el secretario Hernando de Zafra y el arzobispo Talavera controlaron todos los resortes del gobierno granadino. No obstante, los abusos cometidos contra los mudéjares durante la repoblación, las usurpaciones de tierras, la arbitrariedad en la interpretación de las Capitulaciones y el incremento de la presión fiscal crearon un ambiente de tensión que estalló finalmente con las conversiones forzosas de los elches llevadas a cabo por Cisneros, lo que dio lugar al levantamiento de la Navidad de 1499 en el Albaicín. A pesar de la rápida intervención del capitán general para calmar la revuelta albaicinera, ésta se extendió rápidamente por las estribaciones montañosas del reino, y tardó tiempo en ser sofocada. La rebelión dio a los Monarcas la excusa perfecta para romper con el régimen jurídico de las Capitulaciones y hacer realidad una de sus máximas aspiraciones: la conversión forzosa de los mudéjares granadinos, convertidos a partir de entonces en moriscos.

La siguiente prueba de fuego para el conde de Tendilla fue la crisis sucesoria acaecida a la muerte de la reina Isabel en 1504. En un primer momento Íñigo López de Mendoza, que se sentía apartado de los círculos de poder castellanos, basculó, a veces con cierta torpeza, entre sus intereses como aristócrata y sus obligaciones como capitán general. La tibieza en mostrar su apoyo a Felipe el Hermoso casi le costó la pérdida de la Capitanía General. Empero, el vuelco de los acontecimientos, con la prematura muerte del archiduque en 1506, sirvió para que Tendilla se afianzase al frente de la institución y emplease ésta al servicio de Fernando el Católico como el mejor garante del legitimismo monárquico frente a los levantamientos del duque de Medinasidonia y el marqués de Priego.

Sobre el papel, su actuación contra los nobles andaluces debió haberse traducido en un fortalecimiento de sus competencias como capitán general. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El 8 de febrero de 1505 se trasladaba la sede de la Chancillería de Ciudad Real a Granada. Una de las razones fundamentales era que el tribunal regio sirviese de contrapeso a las extraordinarias atribuciones que hasta la fecha había adquirido el conde de Tendilla y se estableciese el equilibrio de poderes en el reino. En efecto, la llegada de los togados supuso para Íñigo un duro golpe, pues marcaría a partir de entonces el inicio de un claro proceso de limitación en sus prerrogativas y la entrada en una dinámica de constantes conflictos de jurisdicción y competencias con el tribunal.

A partir de 1509 las ausencias del conde de la ciudad fueron constantes, unas veces para viajar a sus señoríos alcarreños y poner en orden los asuntos de sus estados patrimoniales, otras para acudir a la Corte y tratar de recuperar el favor de Fernando el Católico. Éste lo gratificó concediéndole en 1512 el marquesado de Mondéjar, villa que años antes había comprado por 14.000.000 de maravedís. Pero la concesión del nuevo título no iba a cambiar la amarga sensación de aislamiento, de incomprensión y de pérdida del favor real que en adelante embargaría a Tendilla, cada vez más convencido de la necesidad de preparar el relevo de poderes.

Desde 1512 su hijo Luis Hurtado de Mendoza, ya por entonces alcaide de la Alhambra, asumió buena parte de las responsabilidades del cargo de capitán general durante las ausencias de su padre. Íñigo iniciaba así una práctica, la de colocar en la lugartenencia al primogénito, que los Mendoza convertirían en norma no escrita. Asimismo, trató de iniciarlo en los entresijos cortesanos, legándole todo un cuerpo de instrucciones en las que se detecta la preocupación de Íñigo por que su hijo se diera a conocer y buscase apoyos entre los principales patrones de la Corte. A pesar de que las esperanzas del marqués quedaron colmadas, ya que a su muerte Luis quedó investido como capitán general del reino de Granada, éste heredó una institución que necesitaba —y de hecho lograría— recuperar el poder y buena parte de las prerrogativas que su padre había visto mermadas en sus últimos años de vida.

El sentir generalizado por la muerte del marqués de Mondéjar y los fastuosos funerales celebrados en su honor dan la medida de su prestigio y de la fuerza de su personalidad. Hombre inteligente, culto, de vasta formación humanista, ingenioso, militar experimentado y hábil como diplomático, dejó plasmados buena parte de estos rasgos en su correspondencia privada que, agrupada en diversos registros que van de 1504 a 1515, constituye la colección epistolar más rica de su época. Protector de humanistas de la talla de Pedro Mártir de Anglería, Hernán Núñez de Toledo o Lucio Marineo Sículo, desarrolló, asimismo, una amplia labor de mecenazgo y promoción del arte renacentista, que dejó una huella palpable en numerosas obras arquitectónicas y fundaciones religiosas.

Íñigo se casó en dos ocasiones. La primera con su prima María Laso de Mendoza (c. 1472), de la que enviudó sin hijos en 1477. La segunda, con Francisca Pacheco, en 1480, hija del marqués de Villena. De este matrimonio nacieron cinco varones y tres hijas. Los primeros ocuparon, todos ellos, puestos administrativos y políticos de importancia: Luis, el primogénito, que heredó sus estados, sucedió a su padre en sus cargos granadinos y más tarde llegó a ser virrey de Navarra, presidente del Consejo de Indias y del de Castilla; Diego, embajador en Venecia e Inglaterra, fue un conocido literato, historiador y humanista; Francisco alcanzó la púrpura cardenalicia; Bernardino, capitán general de las galeras de España, consejero de Estado y Guerra, y contador mayor de Castilla; y Antonio, virrey de Nueva España y más tarde de Perú. Entre las hijas despuntó la célebre María Pacheco, casada con el líder comunero toledano Juan de Padilla.

 

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Antonio Jiménez Estrella