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Felipe I

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Biografía

Felipe I. El Hermoso. Brujas (Bélgica), 22.VI.1478 – Burgos, 25.IX.1506. Rey de Castilla.

Hijo primogénito de Maximiliano de Austria y de María de Borgoña, a los cuatro años hubo de asistir al entierro de su madre, muerta como consecuencia de un desgraciado accidente de caza. Comenzaba así una nueva etapa en la vida de Felipe y de su hermana Margarita, criados por extraños y alejados de su padre, ya que Maximiliano estaba ocupado en una difícil guerra contra Francia y cada vez eran mayores las resistencias que encontraba entre los consejeros de sus hijos, partidarios de solucionar de forma pacífica los conflictos con el rey francés.

En esta pugna, los grandes perdedores fueron los niños, porque el tratado de Arras, firmado con Francia a finales de 1482, impuso su separación: Margarita, de dos años, fue conducida a Francia para ser educada allí hasta el momento de su boda con su rey, Carlos VIII. También Maximiliano hubo de aceptar condiciones muy duras para conservar la regencia de Felipe. El niño, pese a su corta edad, fue convertido en objeto de negociación política entre su padre y el consejo de regencia que se había establecido según el testamento de María de Borgoña.

El emperador Federico III murió en 1493. Maximiliano fue llamado al gobierno del Imperio y desde ese momento ya no pudo justificar la regencia de los estados de su hijo. Además, los enormes problemas que le esperaban facilitaron el abandono de los asuntos borgoñones, por lo que negoció la renuncia con los consejeros de Felipe.

El 9 de septiembre de 1494, Felipe hizo su “alegre entrada” en Lovaina como duque de Brabante acompañado de su padre, lo que significaba la inauguración de un nuevo reinado. Volvía así la vieja tradición de los duques de Borgoña de recorrer las capitales de las provincias al comenzar su gobierno.

El nuevo archiduque fue recibido en todas las ciudades con grandes muestras de entusiasmo popular.

Sus súbditos esperaban que el nuevo gobierno de su “Príncipe natural” sirviera para solucionar los problemas que habían padecido durante los últimos años. Fue el primer duque popular y con él la Casa de Borgoña se convertía en garante de la independencia de los Países Bajos.

Felipe inauguró un sistema político cuya principal característica sería el compromiso entre los derechos del príncipe y los de las provincias. Los extranjeros fueron desapareciendo del Consejo ducal y, en adelante, los Estados Generales, en representación de los distintos territorios, estarían destinados a dirigir con el archiduque la política extranjera.

El gran acontecimiento de la política internacional que protagonizó en esta primera etapa de gobierno fue la celebración de un acuerdo comercial con Inglaterra, el Intercursus Magnus, que restableció la circulación mercantil entre ambas orillas del Canal de la Mancha. Firmado el 24 de febrero de 1496, los efectos beneficiosos que produjo aumentaron todavía más la popularidad de su gobierno.

Los reyes de Castilla y Aragón intentaban establecer un sistema de alianzas que incluyese a Portugal, Inglaterra y la Casa de Habsburgo, favoreciendo los intercambios comerciales desde el golfo de Vizcaya, ruta esencial en la Europa del siglo XV. El objetivo de su política era oponerse al imperialismo de Francia, que proyectaba conseguir la hegemonía mediterránea al convertirse en el más rico y poblado de los Estados europeos.

Los primeros intentos fracasaron por la oposición del rey de Francia, pero las posteriores negociaciones con Maximiliano tomaron un cariz favorable.

Fernando e Isabel nombraron un embajador con la misión de negociar el doble matrimonio de Felipe y Margarita con los infantes Juan y Juana.

Felipe y Margarita firmaron en Malinas, el 5 de noviembre de 1495, el contrato que decidía la doble boda. Parecía una revancha de Maximiliano sobre los consejeros de su hijo, una victoria de la política austríaca sobre la política borgoñona.

El 19 de octubre de 1496 se produjo el encuentro entre Felipe y Juana en la pequeña ciudad de Lierre y la ceremonia de las bodas fue espectacular. Sin embargo, la alegría no duró mucho tiempo, pues apenas un año después de la celebración de estos matrimonios era ya manifiesta la crisis entre los Reyes Católicos y la Casa de Austria. El deterioro de las relaciones obedecía a varias razones y todas ellas, vistas desde el lado español, eran responsabilidad de Felipe, como su francofilia, la pretensión de titularse Príncipe de Asturias después de la muerte de su cuñado Juan el 4 de octubre de 1497, y sus problemas conyugales, que fueron conocidos muy pronto por Fernando e Isabel.

El 25 de febrero de 1500 nació en la ciudad de Gante el primer hijo varón de Felipe y Juana. El archiduque decidió llamar al niño Carlos en recuerdo de su abuelo Carlos el Temerario. Fue precisamente en esos momentos cuando los informes del embajador Gutierre Gómez de Fuensalida se convirtieron en el único elemento de juicio de los Reyes Católicos para conocer la personalidad de Felipe, presentándole como débil de carácter y dominado por ambiciosos consejeros.

La muerte, el 20 de julio de 1500, del príncipe Miguel, heredero de los reinos de Portugal y España, significó un cambio radical en la vida del archiduque Felipe, porque tuvo que replantear la política que había considerado hasta entonces más apropiada para los intereses de sus Estados. A partir de ese momento, puso fin al enfrentamiento con su padre y ambos se asociaron en una curiosa inversión de papeles, pues en adelante Felipe dirigió al Rey de Romanos gracias al ascendiente de su herencia española.

Los Reyes Católicos también se vieron obligados a modificar su política y encomendaron a su embajador la misión exclusiva de convencer a los archiduques para que viajasen a España lo antes posible y fueran jurados herederos.

Los preparativos del viaje se prolongaron más de un año, pues hubo de dejar resueltos muchos de los problemas que podrían presentarse durante su ausencia.

Finalmente, al frente de un enorme cortejo, los archiduques se pusieron en camino en octubre de 1501.

En Blois se encontraron con el rey Luis XII y fue entonces cuando nació el calificativo con el que Felipe ha pasado a la historia, pues el rey de Francia al verle por primera vez pronunció la famosa frase: “He ahí un hermoso príncipe”.

En días sucesivos mantuvieron largas conversaciones, en las que hablaron de la nueva era de paz que se iniciaba en Europa con la jura solemne del tratado de Trento el día 13 de diciembre.

Finalmente abandonaron las tierras francesas haciendo su entrada en tierras españolas por Fuenterrabía el día 26 de enero de 1502 y en etapas sucesivas fueron visitando las principales ciudades castellanas, recibiendo en todas ellas muestras entusiastas del fervor popular.

Por fin, el 22 de mayo tuvo lugar en Toledo el acontecimiento más deseado, que venía por sí solo a justificar el viaje: el juramento de los príncipes herederos.

Felipe juró gobernar los nuevos reinos con arreglo a sus leyes y costumbres y que todos los cargos públicos habrían de ser ejercidos por castellanos. Meses más tarde, el 27 de octubre, la ceremonia se repitió en Zaragoza, donde Felipe y Juana, en compañía del rey Fernando juraron guardar los fueros, costumbres y privilegios del reino y fueron reconocidos como herederos de Aragón con la única oposición del conde de Belchite. No obstante, las Cortes aragonesas consiguieron imponer la invalidación del juramento en el supuesto de que el Rey Católico tuviera un hijo varón de matrimonio legítimo.

Inmediatamente después Don Fernando regresó a Castilla muy preocupado por el estado de salud de la reina Isabel. Fue la ocasión que estaba esperando Felipe para poner en práctica sus planes de abandonar España. Viajó a Madrid para convencer a sus suegros de la necesidad de regresar a su país, dejando en Zaragoza a la princesa Juana con la excusa de que nuevamente estaba embarazada.

Finalmente consiguió que los Reyes Católicos se resignaran a su partida y, tras acordar que Juana regresara después del parto, se despidió de todos ellos el 19 de diciembre.

Felipe fue informado en la ciudad francesa de Montelimar de que el 10 de marzo de 1503 había nacido en Alcalá de Henares su hijo Fernando, el futuro Emperador, prosiguiendo su viaje hasta Lyon, donde esperó la llegada de Luis XII de Francia.

Las negociaciones comenzaron de inmediato y el 5 de abril firmaban el famoso tratado de Lyon, que parecía confirmar la sospecha española de la existencia de un acuerdo previo entre los franceses y los consejeros de Felipe.

Después de visitar a su hermana Margarita en Saboya y a su padre en Innsbruck llegó finalmente a Malinas en noviembre, donde se encontró con sus hijos.

Felipe había tardado dos años en regresar a los Países Bajos y durante ese tiempo la política europea experimentó cambios fundamentales, consecuencia de los triunfos de las tropas españolas en Ceriñola y Garellano, que dieron a los Reyes Católicos el dominio del reino de Nápoles.

La acción política de Luis XII durante todo el año 1504 estuvo dirigida a aumentar la desconfianza entre la Corte de Bruselas y los Reyes Católicos, y la llegada de Juana no contribuyó a lograr la deseada estabilidad política. El despecho de Felipe hacia su suegro desencadenó los acontecimientos y el 22 de septiembre firmaba en Blois una alianza con Luis XII que suponía la investidura de Milán para el rey de Francia y el matrimonio de sus respectivos hijos Carlos y Claudia.

Los problemas políticos parecían entrar en vías de solución, pero no ocurría lo mismo con las relaciones entre los esposos. Los Reyes Católicos estaban puntualmente informados de la crisis del matrimonio y conocían, muy preocupados, los síntomas de la enfermedad de su hija. Sin duda esta circunstancia tuvo una importancia decisiva en la decisión de Isabel la Católica de establecer el gobierno de Fernando mientras su hija estuviera ausente de Castilla.

El 26 de noviembre falleció la gran Reina y un día después Fernando proclamó a Juana como Reina propietaria de Castilla, convocando Cortes en la ciudad de Toro para el mes de enero de 1505.

Previendo el desenlace, poco antes había decidido enviar a Bruselas al obispo de Córdoba con precisas instrucciones de alto contenido político, fundamentalmente, que recomendara a Felipe prestar juramento, que se atuviera a las leyes del reino y que no diera oficios ni cargos públicos a extranjeros.

Este viaje, aplazado unos días por causa de la muerte de la Reina, habría de servir también para comunicarle con toda claridad que la gobernación del reino, en el supuesto de enfermedad de Doña Juana, correspondería a Fernando de Aragón.

La noticia del fallecimiento y estas pretensiones fueron llevadas inmediatamente a tierras flamencas y la sorpresa fue enorme cuando el obispo se las comunicó personalmente a Felipe. La opinión de sus ministros se impuso en el sentido de que los nuevos reyes de Castilla no viajarían a España hasta que no quedara resuelto el problema de la gobernación.

En adelante la política de Felipe habría de consistir en la resolución de los problemas que venían enfrentando a la Casa de Habsburgo con el rey de Francia, para poder dedicar todas sus fuerzas a la pugna con su suegro. En ese sentido cabe interpretar la reunión con su padre en la ciudad de Hagenau el día 4 de abril de 1505 para la ratificación del tratado de Blois, firmado con el rey de Francia en septiembre de 1504.

No obstante, hubo otro problema que Felipe hubo de afrontar, la conquista del ducado de Güeldres, que constituyó un acontecimiento importante en su vida porque fue la única ocasión en la que empuñó las armas fuera de los torneos caballerescos. Al mismo tiempo influyó decisivamente en el desarrollo de sus planes políticos, ya que le mantuvo ocupado durante varios meses de 1505.

Fue un momento crucial de su existencia, en el que hubo de dedicar muchas energías y dinero para resolver antiguos problemas patrimoniales que reclamaban toda su atención, por lo que descuidó los intereses españoles con el consiguiente retraso en el viaje a Castilla y el fracaso de la resolución de las diferencias con su suegro.

Sin embargo, no cabe duda de que él y sus consejeros supieron aprovechar el descontento reinante en Castilla contra el Gobierno de Fernando el Católico, utilizando a la alta nobleza para sus propósitos. El resultado fue la Concordia de Salamanca, firmada el 24 de noviembre por el rey de Aragón y los embajadores de Felipe y Maximiliano, que establecía un gobierno conjunto en Castilla. Juana y Felipe serían jurados en Cortes como Reyes propietarios y Fernando reconocido como gobernante perpetuo.

Felipe recibió con gran júbilo la noticia, que juró solemnemente el 10 de diciembre ante los embajadores españoles. Inmediatamente después inició un peregrinaje por las principales ciudades de sus Estados para despedirse de sus súbditos y conseguir nuevos fondos destinados al viaje.

La nieve y los fuertes vientos aconsejaron esperar hasta el día 8 de enero, cuando el tiempo fue lo suficientemente favorable para permitir la partida con cierta seguridad y dos días más tarde la flota se hizo a la vela rumbo a Castilla.

Durante varios días navegaron con buen tiempo y ya habían dejado atrás las costas inglesas cuando súbitamente empeoraron las condiciones climatológicas.

La flota se vio obligada a buscar refugio en puertos ingleses e incluso la propia nave capitana corrió el riesgo de hundirse.

Felipe hubo de resignarse a pasar una larga temporada en Inglaterra y al cabo de un tiempo salió a la luz el precio de la hospitalidad del rey Enrique VII, imponiéndole la firma de varios tratados, que evidencian los extremos a los que Felipe hubo de llegar con el fin de obtener apoyo económico y diplomático para su política española.

Finalmente, el 22 de abril se hicieron a la mar y después de una tranquila travesía arribaron a La Coruña el día 26, donde permanecieron por espacio de un mes. El 28 de mayo abandonaron la ciudad acompañados de los nobles que habían ido llegando y de dos mil alemanes en orden de guerra. Dos días más tarde llegaron a Santiago, escenario previsto de un encuentro con Fernando que no se produjo.

La estrategia de Felipe parecía clara ya que había desechado la posibilidad de entrevistarse con el rey de Aragón para resolver sus diferencias y su objetivo principal era abandonar el reino de Galicia, confiando en que una vez en tierras leonesas los últimos partidarios de Fernando el Católico no dudarían en desertar.

El transcurso de los días confirmó lo acertado de su decisión, pues Fernando se encontraba en una situación cada vez más difícil y su única ambición consistió en buscar una salida lo más digna posible. Ya sólo deseaba conservar sus intereses castellanos, aunque para ello tuviera que renunciar a los primitivos capítulos de la Concordia de Salamanca y por primera vez estaba dispuesto a ofrecer la que había sido la principal reivindicación de sus enemigos: su salida de Castilla.

Finalmente hubo un acuerdo que adquirió forma documental y fue jurado por Fernando el Católico en Villafáfila el 27 de junio y por Felipe en Benavente el día siguiente. Fue la famosa Concordia de Villafáfila, que trataba de dar solución a los problemas de Castilla.

El documento proporcionó a Fernando una salida airosa y el precio que tuvo que pagar por ella fue una carta firmada el mismo día 27, que implicaba el reconocimiento de la incapacidad de su hija para reinar.

Después de solucionar los problemas con Fernando el Católico comenzaron las primeras dificultades con los procuradores de Cortes. Su oposición sorprendió a Felipe y sus consejeros, que nunca imaginaron que dicha institución pudiera convertirse en una fuerza política defensora de los derechos de la Reina y de los intereses del reino.

Esta oposición irritó a Felipe y puesto que no podía llevar adelante sus propósitos por la vía institucional, decidió jugar la opción de los grandes castellanos, en quienes confiaba para dar el paso definitivo de proclamar la incapacidad de la Reina para gobernar.

Nuevamente cometió un error, puesto que uno de los más importantes, el almirante de Castilla, se negó alegando la necesidad de comprobar personalmente el estado de salud de la Reina. Una determinación que nada tenía que ver con el bien del reino ni con otros móviles altruistas, sino que había nacido del resentimiento, ya que tanto él como otros grandes advirtieron muy pronto que su papel en el nuevo reinado era prácticamente nulo y supieron aprovechar su oportunidad.

Tomaron el relevo de la oposición ciudadana y revitalizaron el conflicto.

Los problemas terminaron el día 12 de julio cuando Felipe condujo a Juana a una sala del palacio del marqués de Astorga, donde la esperaban los procuradores de las ciudades. Juana les preguntó qué motivo los había conducido allí y respondieron que el servicio real les movía a jurarla como a Reina y a su marido como Rey y Señor. La maniobra la sorprendió de tal manera que, aunque intentó reaccionar, las súplicas bien orquestadas por Felipe y los procuradores finalmente consiguieron doblegar su resistencia.

Así tuvo lugar el famoso juramento de las Cortes de Valladolid, en el que los procuradores se limitaron a revalidar lo jurado en Toledo en 1502 y Toro en 1505. Juana seguía siendo con pleno derecho reina de Castilla, en tanto que Felipe sería Rey y consorte.

También juraron como heredero al futuro Carlos I.

Libre ya de obstáculos, Felipe pudo iniciar la política que había trazado con sus ministros, cuya piedra angular habría de ser el endurecimiento de las relaciones con Fernando de Aragón, para disponer de argumentos que justificasen su intención de despojar de oficios y honores a las personas de confianza de los Reyes Católicos, sospechosos de desafecto al nuevo Monarca.

Prácticamente desde el juramento de las Cortes de Valladolid se hizo evidente su firme decisión de no respetar los términos de la Concordia de Villafáfila, uno de cuyos capítulos establecía el respeto de oficios de tenencias de castillos y fortalezas del reino.

Esa política encerraba una lógica evidente y respondía a dos motivaciones fundamentales; la primera, colocar a personas de confianza en tenencias, corregimientos y otros oficios para mantenerlos a buen recaudo y, en segundo lugar, premiar a sus partidarios por los servicios prestados.

Felipe impuso una serie de cambios que pueden ser considerados revolucionarios en el gobierno y en la administración del reino. El primer organismo que se vio afectado fue el Consejo Real, del que destituyó a algunos oidores e incluso a su presidente y nombró otros nuevos en los meses siguientes.

Los cambios en la administración de justicia afectaron a todos los ámbitos, ya que fueron nombrados nuevos alcaldes de los adelantamientos, de las hermandades, chancillerías, de Casa y Corte. Al mismo tiempo, hubo numerosas ventas de oficios por alemanes y flamencos, lo que dio lugar a que muchos conversos obtuvieran cargos públicos con el consiguiente descontento popular.

El segundo ámbito de actuación estaba relacionado con innovaciones introducidas en la propia administración y singularmente en los corregimientos.

Durante el breve reinado de Felipe I, esta institución sufrió un verdadero cataclismo, ya que entre julio y septiembre, el Rey llevó a cabo una renovación casi absoluta de los corregidores. Hubo sesenta y cuatro nombramientos, de los cuales ocho fueron prórrogas de los mandatos de antiguos corregidores y en todos los demás los titulares de los oficios fueron sustituidos por otras personas.

Para llevar adelante su política, Felipe I, además de sus servidores flamencos, pudo contar con el apoyo entusiasta de hidalgos y caballeros. Su elección habría respondido a una política bien meditada, ya que en bastantes ocasiones pertenecían a bandos ciudadanos y lo que sin duda pretendieron sus nombramientos era acabar con el orden de cosas existente durante el gobierno de Fernando el Católico.

Sin embargo, el más grave de los asuntos que hubo de resolver Felipe fue el relacionado con la Inquisición.

Estaba bien informado por sus embajadores de los problemas y abusos que se cometían en el funcionamiento de la institución y sobre todo de la actividad del fanático Diego Rodríguez Lucero. El Rey logró acabar con el sistema de terror que se había impuesto especialmente al sur de Castilla y el día 4 de septiembre nombró numerosos cargos, jueces y receptores de bienes de condenados por el Santo Oficio.

Felipe siempre estuvo bien informado de los sucesos de Indias, tanto cuando residía en los Países Bajos como después de su llegada a La Coruña. Allí recibió una carta de Colón, que pretendía que el nuevo Rey le hiciera justicia y cumpliera las condiciones de las Capitulaciones de Santa Fe. Nunca llegó a producirse el esperado encuentro entre ambos, ya que el Almirante de las Indias falleció en Valladolid el 20 de mayo.

Pese a que pudo vencer con bastante facilidad la oposición de algunos partidarios del rey de Aragón, en su breve reinado, Felipe I hubo de hacer frente a la gravísima situación social y económica del reino de Castilla, ya que 1506 fue la culminación de un largo ciclo de malas cosechas y la escasez y la consiguiente carestía de alimentos repercutieron de manera decisiva sobre la maltrecha población.

La calamitosa situación del reino acabó influyendo en la Corte de los Monarcas, pues llegó un momento en que faltaron los recursos. Las dificultades financieras alcanzaron tal gravedad que los oficiales de la Casa Real dejaron de cobrar sus sueldos.

Desde principios de septiembre la Corte residía en Burgos, de donde salió el rey Felipe a pasear a caballo el día 16 y más tarde subió al castillo, para después de comer jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno de su guardia.

Finalizada la partida, según los cronistas, empezó a encontrarse mal como consecuencia del agua fría que bebió, o más probablemente, por efecto del sudor mal secado. Sin embargo, aunque continuaron las molestias, prosiguió con su actividad normal durante varios días, hasta que, aquejado de fuertes escalofríos, ordenó llamar a los médicos.

La evolución de la enfermedad fue muy rápida y estuvo acompañada de terribles trastornos físicos, que permiten suponer una gran complejidad en el proceso que llevó a la muerte. Al mismo tiempo, su estado de ánimo, muy abatido por el desarrollo de los acontecimientos en Castilla, no facilitó la labor de los médicos.

El jueves 24 se encontraba tan mal que los médicos pidieron que se le administrara la extremaunción y al día siguiente, viernes 25 de septiembre, murió hacia las dos de la tarde.

 

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José Manuel Calderón Ortega