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Gonzalo Chacón

Biografía

Chacón, Gonzalo. Señor de Casarrubios y Arroyomolinos. ?, 1428-1430 – ¿Ocaña? (Toledo), 1507. Mayordomo y contador mayor de los Reyes Católicos, comendador de Montiel.

Gonzalo Chacón, el más que posible autor de la Crónica del Condestable Álvaro de Luna, nació rozando la década de los treinta del siglo XV, probablemente en tierras toledanas, de donde era oriundo. La Crónica le nombra por vez primera —de las sesenta en que aparece— en 1446 junto con otro paje —Fernando de Sesé— cuando ambos tenían dieciocho años y eran criados en la Casa del maestre de Santiago y condestable de Castilla. Hijo de Juan Chacón e Inés de Martínez del Castillo, Gonzalo no pudo ser otro que el autor de aquella Crónica por la ingente información confidencial que proporciona a la que sólo alguien muy cercano y testigo de la intimidad podía tener acceso. De hecho, y según los especialistas, la Crónica casi parece su biografía, y, de hecho, tras el personaje principal —Álvaro de Luna— ningún otro aparece con más presencia que Chacón.

Sus contemporáneos —caso de Fernández de Oviedo— le describieron “pequeño de cuerpo y grande de ánima” y todos subrayaron su increíble valentía.

También destacan algunas cosas curiosas como que nunca puso a descubierto su cabeza y que era limpio —“polido”— en su apariencia y vestir.

Desde 1446 hasta la decapitación de Álvaro de Luna, Chacón aparece en diversos sucesos del reino —asedio de Toledo, cerco de Palenzuela, este último en 1452— pero, sobre todo, resulta sobrecogedora su presencia, junto con Sesé, acompañando al condestable en la víspera de su ejecución. La descripción tan profusa e íntima del derrumbe moral de Álvaro de Luna —“a quien mucho amaba e había amado”— es la muestra definitiva de su autoría de la Crónica. Una vez desaparecido el condestable y a pesar de los seguros del rey, Chacón y Sesé no pudieron evitar pasar una temporada encarcelados. Antes, el condestable le había concedido a su camarero la fortaleza de Montiel, cuya toma de posesión de la encomienda tuvo que realizarla su anciano padre (1453) en su nombre.

Con el advenimiento del reinado de Enrique IV, a partir de 1454, se difumina la figura de Chacón. Es claro que el nuevo monarca había sido enemigo acérrimo del condestable de Luna y, probablemente, sea uno de los motivos por los que la Crónica permaneció anónima evitando así la ira del rey. Gonzalo Chacón debió de permanecer en un discretísimo plano, pero cerca de los infantes Isabel y Alfonso, hijos del segundo matrimonio de Juan II, como se comprueba en la visita que hicieron, a principios de los sesenta, a la capilla del condestable en Toledo. Allí, entre Arévalo y Madrigal, en el señorío de la reina viuda, Chacón vio a los infantes crecer en una situación que no correspondía a su estirpe real. En Arévalo también conoció a su futura esposa Clara Alvarnáez, hija del alcaide, que figuraba en el séquito de Isabel de Avís y se convirtió, más tarde, en dama y camarera de Isabel I. El comendador de Montiel, probablemente, les inculcó entonces a aquellos hijos de Juan II marginados por su hermano, y a los que todo parecía salirles mal, el ideario del condestable caído en desgracia. No en vano el pequeño Alfonso estaba llamado a recibir su herencia según el testamento de su padre, pero Enrique IV lo incumplió. Aquello fue el pretexto de la nobleza —encabezada por el marqués de Villena, Juan Pacheco— para exigir su reconocimiento como príncipe heredero. No tardarían los rebeldes en sustituir a un hermano por otro.

De la década de los cincuenta y hasta mediados de los sesenta conocemos datos sobre el patrimonio del matrimonio Chacón-Alvarnáez. Así fueron receptores de la venta de los derechos de casas, majuelos y tierras, siempre en término de Ocaña entre 1456 y 1464. En los documentos se especifica que Chacón era comendador de Montiel y, en apuntes posteriores, que Clara “fue el ama que crió a la reina doña Isabel la Católica” y Gonzalo, futuro I Señor de Casarrubios del Monte.

Curiosamente Gonzalo Chacón no aparece a lo largo de los años del reinado del rey Alfonso —sí su mujer que recibe un privilegio— al que sin duda apoyaba como después lo hizo con su hermana, la futura reina católica. El silencio es prácticamente total hasta 1468 pero, a partir de esa fecha, no abandona el escenario político hasta su muerte. Él es y será y representará a ese muy pequeño círculo de hombres de confianza —entre los que se encontraban su sobrino Gutierre de Cárdenas y Alonso de Quintanilla—, en los que Isabel se apoyó durante su principado y, más aún, durante su reinado. Eran hombres que no demostraban voluntad de poder, pero sí espíritu de servicio.

Aquel “arriscado mancebo” que describía su Crónica no dejó de actuar desde que su infanta había sido jurada a título de heredera en Guisando en 1468. La princesa le entregaba a Chacón poderes plenos para que, en su nombre, llevara a cabo la toma de posesión de los bienes que le correspondían como heredera.

En la documentación de esos difíciles años, Gonzalo Chacón ya aparece con los títulos y dignidades de los que haría uso a lo largo del reinado de los Reyes Católicos: mayordomo y contador, esta última dignidad desde 1469 y confirmada por el mismo Juan II de Aragón. Pero no era la princesa la única que confiaba en él. Su futuro marido, el príncipe Fernando de Aragón, tan pronto como el 7 de enero de 1469 le prometía el señorío de Casarrubios del Monte cuando fuera rey, cosa que Isabel cumplió cuando se lo confiscó —antes se lo había entregado Enrique IV— a Juan de Oviedo. Y es que las más difíciles y arriesgadas misiones debieron de llevar a cabo Chacón y su sobrino Gutierre de Cárdenas. También se ocupaban de sostener el ánimo de la princesa en las horas bajas.

Y en la hora más baja —octubre de 1470—, Chacón no dudó en ir a defender Ávila con los medios de los que disponía. Incluso el comendador y su mujer invirtieron mucho dinero —8.000 florines— en la causa de los príncipes.

Cuando llegaron los tiempos de gloria —comienza el reinado de Isabel y Fernando— la promoción de los Chacón fue espectacular. Las mercedes les llovieron y los cargos en la Casa y Corte durante el princesado les fueron confirmados.

Chacón llevaba ya los libros de contaduría de la Casa, despensa y raciones de la reina, confirmación que le había llegado tan pronto como el 20 de julio de 1468. También participó en todos los acontecimientos importantes del reino, incluida la guerra de Granada —su presencia consta en Loja en 1486—. No obstante, algunos de su bienes le trajeron quebraderos de cabeza: sus vasallos del señorío de Arroyomolinos —que las lanzas de la Hermandad se encargaron de entregarle— y Casarrubios entraron en conflicto por los pastos del bajo Guadarrama con los de Serranos, la Zarzuela y otros que eran parte del marquesado de Moya, cuyos titulares, Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, también habían tenido una evolución paralela a los Chacón. La Corte trató de evitar un enfrentamiento entre aquellos linajes altamente protegidos por los soberanos haciendo que el pleito pasara al consejo real, pero el intento fracasó.

Pero poco más fueron los sinsabores de los Chacón.

Probablemente donde se comprobó el apoyo de la Corona de una manera inequívoca fue en el matrimonio de su heredero —Juan— con Luisa Fajardo, única heredera, a su vez, de Pedro Fajardo, el adelantado mayor de Murcia. Así, los reyes, en abril de 1477, arreglaron la boda —desigual— del primogénito de los Chacón con la más rica heredera disponible entonces en el reino de Castilla, una boda impuesta a la que los reyes aportaron un millón de maravedís y un juro de 200.000 maravedís anuales, de forma que los jóvenes esposos pudieran sostener con dignidad su casa sin tener que depender de sus suegros. Gonzalo Chacón declaró que sus tierras de Casarrubios, con todo lo que a ellas era adherido, formarían mayorazgo dentro del patrimonio de los Fajardo, e incluso aceptó que los hijos del matrimonio llevaran el apellido del adelantado para que no se perdiera.

Cuando Juan Chacón instituyó mayorazgo en 1491 se volvió a comprobar el enorme afecto de la reina Isabel hacia su camarera mayor y su esposo, a los que quiso encumbrar a perpetuidad “para que de vuestro linaje quede memoria a la que nombra”.

Todavía Gonzalo Chacón y Clara Alvarnáez hubieron de intervenir en otro matrimonio, y de nuevo la documentación los presenta como personajes principales de la Corte. Esto se produjo en 1491 con su nieta Isabel —hija de Juan y Luisa— casada con el III conde de Paredes, Rodrigo Manrique, hijo del I conde de Paredes, y de su tercera esposa, Elvira de Castañeda.

El matrimonio Chacón se comprometía a lograr que los soberanos diesen su aprobación a unos capítulos que, debido a la privilegiada situación de la que ambos disfrutaban con los reyes, no les resultaría difícil conseguir. Cabe subrayar que el entronque familiar de los Chacón con uno de los linajes más importantes del reino —Manrique de Lara— no se limitó sólo a la nieta. Juan Chacón se casó en segundas nupcias con Inés Manrique y, en su vejez Gonzalo Chacón lo hizo, al enviudar de Clara Alvarnáez, con María Manrique de Lara, hija del I conde de Osorno, Gabriel Manrique de Lara, y de Aldonza de Vivero.

Pedro Fajardo, el primogénito de Juan Chacón y nieto de Gonzalo, que llevaba el mismo apellido que su otro abuelo —el adelantado de Murcia— fue el I marqués de los Vélez. Sucesor en el linaje, Pedro estaba obligado a llevar las armas de los Fajardo en el escudo, el cual también incluía —según rezaba el mayorazgo de Juan Chacón— las armas del “comendador Gonçalo Chacón mi sennor y de mi abolengo que son dos lobos pardos e dos flores de lises...”. Además, una segunda condición era impuesta a su heredero: que al segundo hijo le debería poner el nombre y el apellido de los Chacones y llevar siempre las armas de ese linaje. Y así fue como Gonzalo Chacón, el nieto, heredó a su abuelo como contador. Y el deseo de la reina se cumplió: el linaje Chacón siguió destacando en la Corte y en el reino.

Un año después, Fernando el Católico concedía la dignidad de 13 de la Orden de Santiago a Pérez de Almazán vacante por el fallecimiento de don Gonzalo.

Gonzalo Chacón fallecido en 1507, fue enterrado en su capilla de San Juan en Ocaña. El “arriscado mancebo”, a quien tanto apreció Álvaro de Luna, figura, en su bellísimo sepulcro, como señor de Casarrubios y Arroyomolinos. Pero detrás de los títulos quedará para la historia como uno de los hombres en los que la reina católica confió a lo largo de toda su vida.

 

Obras de ~: Crónica de D. Álvaro de Luna, Condestable de los Reynos de Castilla y León... (atrib.) (ed. Milán, 1545; ed. con apéndices de J. Miguel de Flores, Madrid, Antonio de Sancha, 1784; ed. de J. de Mata Carriazo, Madrid, Espasa Calpe, 1940).

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz