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Juan II de Aragón y de Navarra

Biografía

Juan II de Aragón y de Navarra. Medina del Campo (Valladolid), 29.VI.1398 – Barcelona, 19.I.1479. Lugarteniente general y virrey de Sicilia, Cerdeña y Mallorca (1414-1416), lugarteniente real de Aragón, Valencia y Mallorca (1436-1458), co-lugarteniente real de Cataluña, rey de Navarra (1425- 1479) y rey de Aragón (1458-1479).

Nacido del matrimonio formado por Fernando I de Antequera, regente de Castilla y rey de Aragón (1412-1416), y Leonor Urraca, condesa de Alburquerque y, sin duda, la mayor rica hembra de Castilla, era el segundo de los hijos varones, es decir era “el segundogénito de un segundón”, como le calificó su biógrafo, el historiador Vicens Vives. Por nacimiento pertenecía a la rama menor de la dinastía castellana de los Trastámara, linaje preeminente y muy enriquecido gracias, sobre todo, a la prodigalidad de su abuelo, el monarca Juan I de Castilla.

Criado y educado en su residencia natal de Medina del Campo, en una verdadera Corte principesca, el infante Juan llegó a ser uno de los miembros más conspicuos de dicho linaje, ya que en su cabeza recayeron las Coronas de Navarra y, años después, de Aragón; recibió, como sus hermanos, una formación adecuada al modelo aristocrático, es decir, destreza en el ejercicio de las armas y en las artes venatorias —la caza fue, sin duda, su afición favorita—, que se verían completadas, seguramente, con una cierta preparación literaria bajo la influencia de su pariente Enrique de Villena. Dotado de un admirable sentido político, fue capaz de diseñar y conseguir un ambicioso proyecto para su dinastía gracias a su tesón y habilidad; su ambición, no obstante, le llevó, de otro lado, a enfrentarse con problemas de un calado excepcional que pudo solventar no sin tener que afrontar graves conflictos políticos y sociales, e incluso familiares.

Como todos los grandes personajes, su biografía arroja un balance de luces y sombras según las distintas aproximaciones historiográficas que se han realizado a su figura, ya que mientras unos lo tachan de ‘castellanista’, como a todos los reyes aragoneses de la dinastía Trastámara, otros le atribuyen un ‘feroz absolutismo’, radicalmente antagónico de quienes le califican de ‘monarca liberal’ por apoyar a los campesinos y menestrales catalanes; Juan II de Aragón y de Navarra, no obstante, dada su longevidad (vivió más de ochenta años) y cargos desempeñados, fue actor principal de buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos a lo largo del siglo XV e intentó por todos los medios afirmar su autoridad monárquica y trazar un ambicioso proyecto para él y su dinastía que sólo los complejos e imprevistos avatares históricos lograron que se hiciera realidad en la figura de su hijo y sucesor.

Tras el Compromiso de Caspe (1412), se instauraba en Aragón un nuevo linaje, el de los Trastámara castellanos, llevando al trono de la Corona a Fernando I que, no obstante, no renunciaba a la regencia de Castilla. El 11 de febrero de 1414 el infante Juan, junto a sus hermanos, participaba activamente en la solemne ceremonia de coronación de su padre, Fernando I de Trastámara, como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza, portando el cetro de oro. En la misma ceremonia, y una vez coronado, el nuevo Monarca designaba al infante Alfonso, su primogénito varón, como príncipe de Gerona y heredero de sus estados, mientras que Juan recibía el ducado de Peñafiel que, junto con el título de señor de Castrogeriz, le iba a proporcionar un importante patrimonio con unas elevadas rentas señoriales. El título le obligaba, además, a ejercer la jefatura de la rama menor de los Trastámara, a la que el infante no renunció durante muchos años; de ahí que se viera involucrado en la política interna castellana como uno de sus principales magnates, teniendo que intervenir en continuadas acciones bélicas, alguna de las cuales, como las derrotas sufridas en los años 1429, 1430 y 1445 ocasionaron la pérdida de una parte sustancial de la herencia castellana.

Su padre, Fernando I de Trastámara, proyectó, como todos los monarcas de la época, una compleja estrategia de dominio político peninsular en la que sus hijos jugaban un destacado papel en las relaciones exteriores y así negociaba para emparentarlos con otras casas reinantes. En dicha estrategia, el infante Juan era una pieza fundamental para consolidar el dominio aragonés en el Mediterráneo occidental; a tal fin recibió de su padre un primer cometido político de cierta envergadura: en febrero de 1414 era nombrado lugarteniente real y gobernador general de Cerdeña y Sicilia, proyectando que se hiciera cargo de Sicilia como virrey, en un régimen autónomo de gobierno, e incluso que llegara a dominar sobre Nápoles, preparando para ello la boda del joven infante, de apenas diecisiete años, con la reina Juana II de Nápoles, viuda ya entrada en años, pactada en escritura pública en Valencia en enero de 1415, aunque dicho acuerdo no llegó a cumplirse. En marzo de ese mismo año, el infante, acompañado de una importante escuadra, se hacía a la mar, llegando a Palermo (Sicilia) el 6 de abril de 1415. En la isla, además de dedicarse “a la caza y al juego de dados” —como le informaron al rey de Aragón, su padre—, empezó a fraguarse su personalidad política, ya que tuvo que contemporizar con el partido autonomista, que quería erigir una Monarquía independiente y separada de la común aragonesa y nombrar al propio infante Juan como Rey, intentando enemistarle así con su propio padre que había declarado solemnemente que Sicilia quedaba indisolublemente unida a la Corona de Aragón (1414). El infante conoció también en tierras insulares a Blanca, princesa de Navarra, y viuda desde 1409 del malogrado Martín el Joven, que había ejercido durante algún tiempo como lugarteniente real en Sicilia y que regresaba a Navarra en los primeros días de septiembre de 1415 como heredera del reino, y vio cómo se rompía definitivamente su acuerdo matrimonial con la reina Juana de Nápoles, que se casó con el conde de la Marca, Jaime de Borbón, del linaje de los Anjou.

Los esfuerzos paternos por situar al infante en Nápoles fracasaron, pues dirigió ahora sus miras hacia Castilla para ocuparse de los intereses familiares, mezclados en una verdadera maraña de complejos asuntos políticos y económicos que el linaje quería imponer para alcanzar el control del reino castellano. Además, el 2 de abril de 1416 fallecía en Igualada el rey de Aragón Fernando I; en su testamento dejaba como heredero del trono a su primogénito Alfonso V el Magnánimo, que se hizo cargo del gobierno de la Corona. El infante Juan, como segundogénito, recibió un buen número de títulos y propiedades en Castilla: el ducado de Peñafiel, el condado de Mayorga, el señorío de las villas de Alba de Tormes, Castrogeriz, Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar, El Colmenar, Paredes de Nava, Villalón, Haro, Belorado, Briones, Cerezo y Roa, además del título catalán de duque de Montblanc.

El infante regresó a la Península en enero de 1418, siguiendo instrucciones de su hermano Alfonso, el nuevo titular de la Corona, que optó por encabezar él mismo la estrategia mediterránea y encomendó a su hermano que se hiciera cargo de los dominios e intereses familiares en Castilla, y a su esposa María y al propio infante Juan el gobierno de los distintos estados de la Corona de Aragón que, por primera vez, se encontraban ante un rey absentista.

El nuevo rey de Aragón y sus hermanos, los famosos “infantes de Aragón”, tenían puestos sus intereses y sus apetencias en toda la Península; eran, en realidad, unos magnates castellanos que detentaban amplios dominios territoriales, y que participaban en la política interna de Castilla, en la que estaban fuertemente imbricados, para hacerse con el control de la regencia o, en su defecto, con los resortes del poder, diseñando una hábil estrategia; así, Alfonso V se había casado en 1415 con su prima María, hermana de Juan II de Castilla, mientras que sus restantes hermanos varones controlaban las dignidades más importantes: así, Enrique, conde de Alburquerque y marqués de Villena, alcanzaba la dignidad de maestre de la Orden de Santiago, y en 1420 se casó con Catalina, la otra hermana del rey de Castilla; Sancho, que murió muy pronto, detentó el maestrazgo de Alcántara, y, por último, Pedro, duque de Notho, quedaba a la expectativa de ser nombrado maestre de Calatrava; de esta forma, pues, los “infantes de Aragón” lideraban, desde distintos cargos de responsabilidad, la nobleza castellana; además, en 1418 tenían lugar los esponsales de su hermana María con el propio Rey de Castilla, y la hermana menor, Leonor, fue reina de Portugal al casar con el rey Duarte (1433-1438).

La siguiente estrategia de la rama menor de los Trastámara, ahora llamados los “infantes de Aragón”, se dirigía hacia Navarra y a dicho fin se iniciaron negociaciones matrimoniales entre el infante Juan, duque de Peñafiel, y Blanca, hija del rey Carlos III el Noble (1387-1425) e infanta heredera de Navarra, que culminaron en las capitulaciones firmadas en Olite el 5 de noviembre de 1419. Las bodas se celebraron en Pamplona, el 18 de febrero de 1420. Los acuerdos establecían que el primogénito habido de la pareja, fuera hombre o mujer, heredaría el reino de Navarra y las propiedades territoriales que el infante Juan tuviera en Castilla y en Aragón.

El 29 de mayo de 1421 nacía, en Peñafiel, el príncipe Carlos, que fue jurado como heredero de Navarra por las Cortes reunidas en Olite el 11 de junio de 1422. Recibía también el título de príncipe de Viana, creado para él por su abuelo Carlos III. Otros hijos del matrimonio fueron la infanta Blanca, nacida en Olite el 7 de junio de 1424, y la infanta Leonor, nacida el 2 de febrero de 1426.

El interés dinástico y personal del infante Juan seguía centrado, no obstante, en Castilla, corona en la que tenía compromisos ineludibles. Juntamente con sus hermanos, los infantes Enrique y Pedro, intervino desde 1419 decisivamente en los asuntos castellanos, primero apoyando la causa del valido Álvaro de Luna, y desde 1425 luchando en su contra.

El 8 de septiembre de 1425 murió Carlos III, y Juan fue proclamado como rey de Navarra en su propio campamento militar instalado entonces en Tarazona, mientras que su esposa Blanca era proclamada como reina en el palacio real de Olite, donde residía. La situación de Juan II como rey de Navarra fue compleja, ya que desde su reconocimiento como tal, actuó únicamente como rey consorte, sin intervenir directamente en los asuntos de gobierno, que quedaban en manos de su esposa; utilizó la dignidad real, en cambio, para sus continuas intervenciones militares en Castilla.

Coincidiendo con su elevación al trono navarro, y junto con su cuñada María, la reina de Aragón abandonada por Alfonso V, Juan II de Navarra asumió las lugartenencias y responsabilidades de gobierno encargadas por su hermano y, sobre todo, ejerció la jefatura de la familia en las operaciones castellanas en un momento en que la Corona se vio inmersa en una serie de guerras y conflictos internos que le conducían a una irreversible situación de caos y desorden político, en parte alimentados por las ambiciones de los “infantes de Aragón” y sus partidarios para controlar al rey Juan II de Castilla; los intereses y alianzas fueron tan complejos que llevaron al enfrentamiento entre Juan, rey de Navarra, aliado circunstancialmente con Álvaro de Luna, y su propio hermano, el infante Enrique, que fue hecho prisionero. Las luchas se prolongaron durante los años 1425 a 1429, estando a punto el rey Alfonso V y su hermano Juan II de Navarra de invadir Castilla en este año y derrotar a don Álvaro, ahora en el bando contrario. La falta de decisión final, unido a la continuada sangría en hombres y en dinero que tenían que sufragar aragoneses y catalanes que, a cambio, no obtenían ningún beneficio, ni siquiera había justificación alguna en el intervencionismo de los “infantes de Aragón” en Castilla salvo servir los intereses del propio linaje familiar, llevó a la firma, el 19 de julio de 1430, en el real de Majano de una tregua de cinco años favorable, sin duda, a la causa del valido Álvaro de Luna; los infantes de Aragón, por su parte, debían retirarse de Castilla, con los graves perjuicios que de ello se derivaban; la tregua debe interpretarse como la renuncia del monarca aragonés a seguir defendiendo sus intereses dinásticos en Castilla y los extensos dominios señoriales de los Trastámara ‘aragoneses’ para dedicarse, en exclusividad a la política italiana.

En junio de 1434, Juan II embarcaba desde Valencia con destino a Palermo para apoyar militarmente a su hermano Alfonso V en la empresa napolitana; combatió en el sitio de Gaeta y, junto a sus hermanos, Alfonso y Enrique, fue hecho prisionero por los genoveses tras la derrota naval de Ponza (5 de agosto de 1435), y conducido a Milán. Obtuvo su libertad después de cuatro meses de prisión, con el encargo de trasladarse a Aragón y solicitar allí de las Cortes una fuerte suma para el rescate de Alfonso V y tras pactar con el duque Felipe María Visconti el reparto de las zonas de influencias en Italia. Íñigo López de Mendoza en su obra La comedieta de Ponza exalta los valores aristocráticos representados por los infantes de Aragón y sus seguidores, un centenar de caballeros que también fueron hechos prisioneros, entre los que se encontraba el propio escritor.

A fines de 1435, Juan II era designado por su hermano Alfonso V, que ya no regresó a la Península, lugarteniente real de Aragón, Valencia y Mallorca, ocupando desde entonces un destacado papel en la gobernación de los territorios peninsulares de la Corona, en cuyas tareas alternó con su cuñada doña María, reina consorte que tenía amplios poderes delegados por su esposo. El alejamiento definitivo de Alfonso V y la falta de descendencia, hicieron recaer en Juan II la categoría de heredero, por lo que en la práctica pudo actuar en el reino de Aragón como auténtico soberano. Al igual que en Navarra, Juan II desarrolló en Aragón una política personalista en la que primaron sus intereses dinásticos en Castilla; el reino aragonés se vio inmerso en un conflicto que le exigía una aportación continuada de dinero y de hombres, además de sufrir las zonas lindantes con Castilla los devastadores efectos de la guerra. En 1436 Juan II presidió las Cortes aragonesas que se celebraron en Alcañiz y, tres años después, convocó Cortes en Zaragoza, ante la amenaza francesa en la frontera catalana.

De nuevo, en 1441, Juan II reunió Cortes en Alcañiz que prosiguieron luego en Zaragoza.

El 1 de mayo de 1441 moría en el monasterio de Santa María de Nieva (Segovia) Blanca de Navarra.

La muerte de la Reina se producía mientras su marido, Juan, seguía inmerso en las banderías internas castellanas, capitaneando la liga de nobles castellanos que, aliada circunstancialmente con los “infantes de Aragón”, conseguía desterrar del reino al valido Álvaro de Luna y capturar al rey de Castilla en Medina del Campo; durante los dos años y medio siguientes, Juan de Navarra pudo actuar, siquiera momentáneamente, como amo y señor del gobierno de Castilla.

Tras el fallecimiento de su esposa, Juan II quedaba en una complicada situación política: de un lado, la sucesión al reino de Navarra iba a generar un prolongado enfrentamiento entre dos bandos irreconciliables, los agramonteses y los beamonteses; de otro, los distintos estados de la Corona de Aragón se negaban en Cortes a seguir suministrando ayuda económica a su lugarteniente para la guerra frente a Castilla. En Navarra el gobierno quedaba en manos del príncipe de Viana que, por ley, debía ser coronado, ya que, según el testamento de doña Blanca (17 de febrero de 1439), el primogénito Carlos quedaba como heredero universal de sus bienes, aunque le instaba a no tomar el título real sin contar con la anuencia paterna. El viudo rey consorte, al parecer, no tenía ninguna intención de perder su regio cargo, aunque, todavía ocupado en los asuntos castellanos, dejaba momentáneamente el gobierno de Navarra en manos de su hijo, al que nombraba lugarteniente general. Basándose precisamente en el testamento, Juan II conservó el gobierno de Navarra como usufructuario supérstite de su esposa, argumento sin valor legal, ya que su hijo era mayor de edad (tenía veinte años); la intransigencia del Monarca le llevó a un enfrentamiento con su propio hijo, el príncipe Carlos, con el que nunca llegó a entenderse.

La situación de Juan II en Navarra se agudizó cuando decidió apartar del trono a su hijo, coincidiendo además con la negociación de su nuevo matrimonio, situación que, según el Fuero General, invalidaba el alegato de usufructo. Sólo un carácter tan perseverante como el de Juan II podía mantener postura tan inflexible, agravada por la firma de las capitulaciones matrimoniales en septiembre de 1443 con Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla. Las bodas se celebraron en Calatayud el 13 de julio de 1447, y de este segundo matrimonio nacieron cuatro hijos: Fernando —el futuro Rey Católico—, las infantas Leonor y María —muertas de corta edad— y Juana —que casó con su primo Ferrante, rey de Nápoles e hijo natural de Alfonso V.

Además de sus hijos legítimos, tuvo Juan II varios hijos naturales: Alonso de Aragón, que fue maestre de Calatrava y después conde de Ribagorza; Juan de Aragón, que fue arzobispo de Zaragoza, y Leonor de Aragón, que casó con el condestable de Navarra, Luis de Beaumont, conde de Lerín.

Tras su definitiva derrota en la batalla de Olmedo (1445), en la que falleció el infante don Enrique, alejado momentáneamente de los asuntos castellanos, y pasados unos años, Juan II decidió en 1450 instalarse, junto con su nueva familia, en la Corte navarra, agravando así la crisis sucesoria. Desde entonces, tomó las riendas del gobierno que desempeñó de forma personalista, organizando la casa real y la Corte navarra de acuerdo con modelos existentes en Castilla; había pasado de ser rey consorte a rey efectivo en detrimento de su primogénito y legítimo heredero. La destitución del príncipe de Viana, su hijo, del cargo de lugarteniente, se completó con la pérdida de poder de los beamonteses —partidarios de Carlos y de la legitimidad sucesoria— y el ascenso político de los agramonteses —partidarios de Juan II—, culminando así la ruptura entre padre e hijo, que arrastró al reino de Navarra a una situación de guerra civil. Así pues, desde 1450 el príncipe Carlos, despojado de poder, tuvo que huir del reino y entrar en negociaciones con Castilla (pactos de Puente la Reina y Pamplona firmados en septiembre de 1451, que sirvieron de argumento principal para ser acusado por su padre de alta traición). El enfrentamiento civil se saldó, momentáneamente, con la derrota de los beamonteses en Aybar, el 23 de octubre de 1451, en la que el propio príncipe fue hecho prisionero.

Tras unos años en los que llegó a nombrar a Juana Enríquez, su segunda mujer, como gobernadora de Navarra, Juan II negoció, el 3 de diciembre de 1455 en Barcelona, la sucesión al trono navarro, desheredando para ello al primogénito Carlos de Viana y a su hermana Blanca, en beneficio de su hija menor Leonor, casada con Gastón IV de Foix, a quienes nombró como lugartenientes generales; el tratado fue definido por el insigne historiador Jerónimo Zurita como “la más infame negociación” realizada por el monarca aragonés.

El príncipe Carlos, derrotado en Navarra, buscó apoyos exteriores, y así acudió a Nápoles, donde fue bien acogido por su tío Alfonso V; se instaló en Sicilia (1457), donde el Parlamento vio en él la bandera del independentismo y solicitó a Juan II que nombrara a Carlos como virrey perpetuo del país, lo que generó nuevos recelos entre padre e hijo que, legítimamente, exigió heredar el trono navarro. La muerte del rey de Aragón en 1458 modificó sustancialmente esta conflictiva situación, ya que Juan heredó el trono aragonés y su hijo Carlos se convirtió en el príncipe heredero de la Corona. Navarra desde entonces ocupó un lugar secundario en el desarrollo del conflicto por la sucesión entre padre e hijo.

Cuando el 27 de junio de 1458 murió Alfonso V, en Nápoles, dejó a Ferrante, su hijo natural, el reino de Nápoles, mientras que su hermano Juan —rey de Navarra— fue reconocido como rey de Aragón y heredero de los diversos estados de la Corona: Sicilia, Cerdeña, Córcega, Atenas y Neopatria, Rosellón, Cerdaña, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca, que quedaban bajo dominio del nuevo monarca.

Juan II de Aragón y de Navarra era, por entonces, hombre de avanzada edad (sesenta y un años), amenazado por las cataratas que lentamente le iban dejando sin vista; no obstante, tenía una amplia experiencia política, ya que había intervenido en buena parte de los acontecimientos más destacados desde su lejano nombramiento como virrey de Sicilia, cuando apenas contaba con diecisiete años de edad. En julio de 1458 aceptó su compromiso como rey de Aragón —y por tanto de la Corona— en la Seo de Zaragoza y juró los Fueros ante el Justicia de Aragón. En aquel acto solemne encumbró a su hijo Fernando, habido de su segundo matrimonio con Juana Enríquez, con los títulos de duque de Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, que, según las capitulaciones matrimoniales con Blanca de Navarra, deberían haber pasado al primogénito Carlos y, de acuerdo con la tradición, sucesor y heredero de los bienes paternos.

Por su parte, el gobierno municipal de Barcelona, que asumía la capitalidad del Principado, se dirigió a Juan II para reclamar su presencia en la ciudad para “jurar iuxta la forma acustumada nostres privilegis, usatges de la dita ciutat, usos e costums d’aquella, constituciones, capitoles e altres decrets e altres llibertats del Principat de Catalunya”.

Tanto las Cortes del reino como las catalanas exigieron a Juan II que designara a su primogénito Carlos de Viana como príncipe heredero y futuro rey de la Corona de Aragón. El monarca aragonés decidió, utilizando posiblemente una táctica dilatoria, firmar la llamada Concordia de Barcelona (enero de 1460) por la que perdonaba a su hijo Carlos y, de forma más aparente que real, resolvía la crisis sucesoria navarra, mientras que la sucesión aragonesa no se abordaba. El acercamiento entre padre e hijo duró poco tiempo ya que el príncipe Carlos, desde Barcelona, negoció con Enrique IV de Castilla su boda con Isabel de Castilla; estos contactos, a espaldas de su padre, sirvieron de justificación para que Juan II ordenara la detención de su propio hijo en diciembre de 1460. Las consecuencias mostraron que fue un grave error político, ya que no sólo en Navarra, donde se iniciaba una nueva fase de la guerra civil, sino en Aragón y, sobre todo, en Cataluña surgieron fuertes movimientos populares de contestación en favor de la liberación del heredero; a tal efecto, los parlamentarios aragoneses reunidos en Calatayud (1461) exigieron que el príncipe de Viana fuera nombrado también príncipe de Gerona, sucesor de la Corona y heredero universal, mientras que los catalanes optaron por un pronunciamiento a favor del príncipe, el 7 de febrero, ante la respuesta negativa del Rey de declarar a su primogénito como heredero universal; así, el Consejo de Cataluña proclamaba heredero al príncipe de Viana, que aceptaba y asumía, por tanto, la lugartenencia real, convirtiéndose en el jefe del poder ejecutivo.

El Rey se veía obligado a capitular, y en febrero de 1461 liberó a su hijo Carlos y firmó, ante la invasión de Navarra por las tropas castellanas, la llamada Capitulación de Villafranca del Panadés (21 de junio de 1461), aceptando las decisiones acordadas por el Consejo de Cataluña, que incluso le impedían entrar en el Principado sin autorización expresa de dicho Consejo, que había declarado a Juan II, a su esposa Juana Enríquez y al heredero, Fernando, “inimichus, destructors e subvertidors de la cosa publica del Principat”; no obstante, y de forma inesperada, el 23 de septiembre de 1461 murió de tuberculosis el príncipe Carlos, en extrañas circunstancias, urdiéndose desde entonces una aureolada leyenda en torno a su persona, que vendría a representar la bandera de la legitimidad y del independentismo frente a las “tiránicas” decisiones de su padre, Juan II, cuyo intervencionismo en Navarra y la conducta observada hacia su hijo, ocasionó también graves trastornos políticos al reino de Aragón, acentuados todavía más por las consecuencias derivadas de la sublevación catalana contra el Monarca que, no obstante, tramaba un apasionante futuro para su otro hijo varón, el infante Fernando, habido con su segunda esposa Juana Enríquez, de la que, según se deduce de la correspondencia, el Rey se sentía profundamente enamorado, ya que la llama “mi ninya e mi senyora bella”.

El 28 de mayo de 1462 el Monarca rompió la Capitulación y entró con sus tropas en el Principado; era el comienzo de la guerra civil catalana iniciada desde las instituciones más representativas, la Generalitat, el Consell de Cent de Barcelona y el Consell del Principat, dominadas por los grupos oligárquicos, y que ha sido definida por Jaime Vicens y la historiografía catalana posterior como una verdadera revolución o levantamiento “nacional” frente a Juan II promovida por la Biga barcelonesa, y los elementos más significativos del pactismo apoyados, además, por los dirigentes eclesiásticos. Fue, sin ninguna duda, una cruenta guerra civil que supuso la crisis política y social más grave de toda la larga andadura en común de la Corona de Aragón, y concitó tales sentimientos a favor del heredero Carlos, que la Diputación del General de Cataluña, aglutinando al pueblo en su entorno, declaró la guerra al Monarca.

La prolongada ausencia de Alfonso V de sus estados peninsulares había dado un fuerte protagonismo a los grupos privilegiados catalanes, los únicos que tenían representación política, pero que se mostraron incapaces de conseguir una coherencia interna basada en la consecución de unos intereses comunes y no en los individuales o de grupo. Se añadía a esta situación una tremenda crisis económica en los distintos estados de la Corona que aumentó la contestación social en aspectos tan conocidos como la rebelión de los forans mallorquines y los remensas catalanes, o enfrentamientos generalizados entre nobles y caballeros en Cataluña, Aragón y en Valencia, así como entre los propios ciudadanos que controlaban —y se disputaban— el gobierno municipal, la Busca y la Biga, cuyos miembros trataban de mantener su situación de predominio en un país progresivamente arruinado.

En este sentido, los conflictos de la Barcelona del siglo XV tuvieron su origen en la actitud decididamente egoísta de patricios y mercaderes, que intentaron consolidar a cualquier precio los privilegios obtenidos tras siglos de control de las instituciones urbanas frente a la actitud de la Corona, mucho más acorde con el autoritarismo monárquico que se estaba imponiendo en todo el mundo occidental.

Las hostilidades iban a comenzar con el sitio de Gerona a cargo del conde de Pallars, al que respondió Juan II con la toma de Balaguer y de Tárrega, y en su largo desarrollo (1462-1472) se mezclaron las discordias internas con la ayuda internacional. La guerra civil movía a los contendientes a solicitar ayudas internacionales, y así Juan II logró, en mayo de 1462, el apoyo del monarca francés Luis XI, que colaboró con setecientas lanzas y otro material de guerra a cambio de recibir 200.000 escudos de oro y, como garantía del pago, el monarca aragonés entregó a Luis XI los condados del Rosellón y la Cerdaña. El Consejo de Cataluña proseguía, por su parte, su decidida actuación, afianzando la Biga su posición de dominio en Barcelona y, a su vez, desarticulando al bando buscaire y reprimiendo a los remensas (sublevados desde enero de 1462) capitaneados por Francés Ventallat, y los representantes del Consejo no dudaron en solicitar apoyo a los otros estados de la Corona, es decir aragoneses, mallorquines y valencianos.

Sucesivamente fueron proponiendo el gobierno del Principado a distintos candidatos a cambio de su apoyo militar: en agosto de 1462 a Enrique IV de Castilla que, tras los éxitos del bando realista, renunciaba al condado; siguió luego el condestable Pedro de Portugal, descendiente de Jaime de Urgel, y que, tras la pérdida de Lérida en julio de 1464 y la de Villafranca del Panadés, moría en junio de 1466; y, por último, el Consejo de Cataluña ofrecía el gobierno a Renato de Anjou, duque de Provenza, que envió a su hijo Juan de Calabria con un nutrido contingente militar que no pudo recuperar ni los territorios perdidos ni tampoco logró la pacificación y control interno, sumida Barcelona —y sus habitantes— en una grave crisis de agotamiento, como ha estudiado C. Batllé, fuertemente empobrecida y aislada internacionalmente.

Frente a esta situación, agravada por la muerte de Juan de Calabria, el monarca Juan II obtenía victorias militares y éxitos diplomáticos, ya que en octubre de 1469 negociaba el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel de Castilla, y conseguía la ayuda de Inglaterra y de Borgoña para luchar contra Francia que, de nuevo, amenazaba con invadir el Principado. Al año siguiente convocaba Cortes Generales de la Corona, reunidas en Monzón, en las que los representantes de Aragón y Valencia acordaban prestar la ayuda solicitada por el Rey para expulsar a las tropas francesas de Cataluña. La habilidad política y las ayudas económicas iban a decidir no sólo el final del levantamiento, sino el futuro de la dinastía y de la Corona.

Barcelona se rendía, tras un largo asedio, a las tropas realistas, firmándose la Capitulación de Pedralbes (24 de octubre de 1472). El Monarca, en una decisión política, se mostraba generoso con los rebeldes y se comprometía a no ejercer represalias, excepto con Hugo Roger III, conde de Pallars, y jefe de las tropas de la Generalitat; en cambio, aceptaba la continuación del sistema pactista anterior, y reconocía las leyes y acuerdos dictados por el Consejo del Principado, la Generalitat y el Consejo de Ciento. La Monarquía, como señala González Antón, ni se fortaleció ni fue capaz de abordar las necesarias reformas políticas, institucionales y sociales que estos reinos necesitaban, ni tan siquiera Juan II supo compensar a los menestrales y remensas, ya que se hacía imprescindible seguir contentando a las elites; en suma, que los graves problemas siguieron, por tanto, en los años siguientes, con un Principado en estado deplorable y sumido en la miseria, situación que se detecta también en los restantes reinos de la Corona, en los que se vivían complicadas situaciones de luchas intestinas, como en Valencia o en Aragón, donde se dibujaba un panorama de anarquía casi absoluta, con banderías continuadas tanto en el medio rural como en las ciudades.

Todavía en 1478 Cerdeña se sometía definitivamente a la Corona de Aragón, viéndose así el anciano Monarca reconfortado en los últimos meses de su vida.

Juan II, aquejado de gota en la etapa final de su vida, murió en Barcelona el día 19 de enero de 1479, a los ochenta y un años de edad, dejando como único heredero a su hijo Fernando, del que se despidió por medio de una carta recogida por su fiel secretario Juan de Coloma, en la que afirmaba que únicamente podía salvarle el “Creador y Redentor del mundo, en cuyas manos estamos”, y le recomendaba que se dejara regir por la justicia para conservar en paz “los regnos e súbditos [...] evitando quanto el mundo podays todas guerras y discusiones”.

El féretro real, con su cuerpo embalsamado, fue expuesto durante una docena de días en el salón del Tinell del palacio real barcelonés, donde recibió el homenaje de sus súbditos. Las exequias fúnebres, como correspondían a un regio gobernante, fueron muy costosas, hasta el punto de que hubo que empeñar una parte de las joyas del Monarca y vender oro y plata de la cámara real. Fue enterrado en el real monasterio de Poblet. Su hijo Fernando el Católico le sucedía como rey de Aragón y de los restantes reinos y estados de la Corona, y representó el triunfo monárquico y el tránsito a la Modernidad. Su hija Leonor, habida con su primera esposa Blanca, le sucedió en el reino de Navarra.

 

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Juan Utrilla Utrilla