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Calixto III

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Biografía

Calixto III. Alfonso de Borja. Canals (Valencia), 31.XII.1378 – Roma (Italia), 6.VIII.1458. Jurista y Papa.

Alfonso de Borja fue hijo de un sencillo terrateniente sin títulos de nobleza, llamado Domingo de Borja, y de su esposa, Francina o Francisca. Con toda probabilidad fue el primogénito, al que siguieron cuatro hermanas: Isabel, Juana, Catalina y Francisca.

Aunque nació en la pequeña población valenciana de Canals, fue bautizado en la iglesia mayor de la vecina ciudad de Játiva, de donde era ciudadano su padre.

En las escuelas de Játiva aprendió los rudimentos de la gramática y del latín, y a los catorce años fue enviado al Estudi General de Lérida, donde obtuvo el doctorado en Decretos o Derecho Canónico (1411) y en Derecho Civil (1413), alcanzando notable fama como jurista. Por ello, ya en 1408 el rey Martín I le nombró asesor del baile de Lérida, y el 9 de julio de 1411 Benedicto XIII le concedió una canonjía en la catedral ilerdense, con la obligación de enseñar Cánones en la universidad. Ese mismo año fue nombrado oficial (juez eclesiástico) del obispo de Lérida. Algunos autores afirman que fue auditor de la cámara apostólica del papa Luna, pero este dato no tiene base documental. Según narraba el mismo Calixto y recogen de su boca diversas fuentes contemporáneas, durante su infancia o juventud tuvo un encuentro con el famoso predicador valenciano Vicente Ferrer, dominico, quien le predijo su exaltación al papado y que por su medio fue canonizado; de hecho, poco después de alcanzar el pontificado, Calixto III lo elevó a los altares (29 de julio de 1455).

En abril de 1416 fue elegido representante del cabildo ilerdense para acudir al Concilio de Constanza, pero no llegó a marchar, pues en agosto del mismo año se encuentra en Barcelona, participando en un sínodo de la provincia eclesiástica tarraconense. Allí entró en contacto con el joven rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, quien le encargó juzgar algunas causas y acompañar en diversas misiones al colector de los bienes de la cámara apostólica en la Corona de Aragón, Francesc Martorell. El 26 de julio de 1417 ingresó en la cancillería real, como promotor de negocios; a inicios de 1419 renunció a su cátedra en Lérida y comenzó a escalar cargos en la Corte: pronto fue nombrado consejero del Monarca, regente de la cancillería y —en enero de 1420— vicecanciller y miembro permanente del Consejo Real supremo.

La razón de esta brillante y rápida carrera obedece, en gran parte, a su intervención en los asuntos del cisma de Occidente, que pervivía en Peñíscola. En efecto, su primera misión diplomática de importancia la desempeñó en 1418, cuando el Rey le encargó acompañar al cardenal de Pisa, Alamanno Adimari, enviado por el papa Martín V como legado para acabar con los cismáticos y lograr la sumisión efectiva del clero de la Corona de Aragón a su obediencia.

La embajada no tuvo éxito, pero Borja desempeñó bien su cometido, dando prueba de sus óptimas dotes diplomáticas, y fue recompensado por el Rey y el legado con una canonjía en la catedral de Valencia y el curato de la parroquia de San Nicolás de la misma ciudad, aunque sólo pudo obtener este último beneficio (julio de 1419).

A partir de ese momento, Alfonso de Borja se convirtió en uno de los principales consejeros del monarca aragonés, quien premió los valiosos servicios que le prestaba favoreciendo su ascenso eclesiástico.

En 1420, el Magnánimo lo llevó consigo a Italia y pidió a Martín V su promoción cardenalicia o la concesión de alguna prelatura, mas sólo pudo obtenerle el arcedianato de Játiva (una de las principales dignidades de la catedral de Valencia) y la rectoría de L’Alghero (Cerdeña); tampoco logró conseguirle una canonjía en Barcelona, aunque lo intentó con denuedo, ni la mitra de Vic. Entonces quiso distinguirlo nombrándolo canciller del Estudi General de Lérida, pero Borja no pudo acceder al cargo por la oposición de las autoridades de la ciudad, que habían conseguido de la Reina el nombramiento de un candidato local, de modo que quedó como vicecanciller de la universidad, hasta que renunció al cargo en 1423. En diciembre de dicho año volvió a España y se encargó de dirigir la política beneficial del Monarca, con tanta fortuna que éste le encomendó la administración en lo temporal de la diócesis de Mallorca, con la secreta misión de dirigir las rentas de ésta a las arcas reales.

A la luz de esta interesada política del Magnánimo, hay que ver la promoción de Borja al obispado de Valencia. La ocasión se presentó cuando en 1429 fue designado por el Rey para representarle en las negociaciones con el cardenal Pedro de Foix, nuevo legado enviado por Martín V para acabar definitivamente con el cisma de Peñíscola, que continuaba en la persona de Gil Sánchez Muñoz, sucesor de Benedicto XIII con el nombre de Clemente VIII. Por orden real, Alfonso de Borja marchó a Peñíscola, junto con Ponç Dezpont, para gestionar la abdicación del antipapa, y a lo largo de los meses de junio y julio tramitó con éxito la renuncia de Clemente y el sometimiento de éste y sus cardenales a Martín V. La historiografía tradicional presenta la capacidad de persuasión de Borja y sus excelentes dotes diplomáticas como elemento decisivo en la cancelación del cisma; pero lo cierto es que en este asunto actuó como mero ejecutor de la voluntad real, a la que tuvo que plegarse el antipapa; si bien, fue mérito suyo haber obtenido la solución del negocio con rapidez, allanando las dificultades que se presentaron. Como recompensa de su buena gestión, y a petición del Monarca, el 19 de agosto de 1429 el cardenal de Foix le nombró obispo de Valencia. Dos días después fue consagrado en la iglesia de Peñíscola. De ese modo, el Magnánimo colocaba a un fiel servidor en la rica sede valentina, con la intención de servirse de él en su política de control beneficial y económico de la Iglesia de la Corona de Aragón.

Ocupado en un sínodo que el cardenal legado convocó en Tortosa, el nuevo obispo tomó posesión de su diócesis por medio de procuradores y no pudo personarse en ella hasta finales de 1429. Aunque apenas residió en Valencia, procuró la renovación que su diócesis necesitaba tras los avatares del cisma. Así, solía predicar personalmente al pueblo en las solemnidades y organizaba colectas para los pobres; dispuso actos de culto que fomentaran la piedad popular; se preocupó de sanear la maltrecha economía diocesana y actuó con firmeza ante las intromisiones del poder secular, lo cual le llevó a frecuentes enfrentamientos con las autoridades del reino y de la ciudad de Valencia.

En el orden pastoral destaca la celebración de un sínodo diocesano en 1432, donde, entre otras cosas, dio normas para la predicación, estableció los deberes y obligaciones de los clérigos, y urgió la reforma de las costumbres y el decoro en la celebración de los sacramentos. También combatió la herejía de los espirituales franciscanos.

Su absentismo se debía a que el Rey reclamaba constantemente su intervención en asuntos de gran magnitud política, como eran los tratos de paz con Castilla.

Borja formó parte de la comisión aragonesa que estipuló la concordia con los delegados castellanos y navarros entre 1431 y 1435. Entre tanto, el Magnánimo planeó enviarlo al frente de su embajada al concilio cismático de Basilea, mas el proyecto no se hizo efectivo, en parte debido a la resistencia del mismo Borja, en parte al cambio de ideas del Rey, que decidió llevarlo consigo a Italia para que le asesorara en su compleja política con el papado. Gracias a ello, Alfonso de Borja pudo intervenir en la conclusión de las paces definitivas con Castilla (1436), después de lo cual volvió a su diócesis por un tiempo, hasta que el 24 de julio de 1438 zarpó rumbo a Italia, llevando en su compañía al bastardo real, Fernando (futuro Ferrante I de Nápoles), del que era tutor.

Tras la conquista de la capital napolitana, en 1442, Alfonso de Borja colaboró activamente con el Magnánimo en la tarea de organizar jurídicamente el nuevo reino. Por encargo del Soberano organizó y presidió el Sacro Consejo, que era al mismo tiempo el Consejo de Estado del Monarca y Tribunal Supremo de Apelación.

Pero, sobre todo, se ocupó de mejorar las tensas relaciones del aragonés con el papa Eugenio IV: en 1439 encabezó una embajada real al Pontífice en Florencia, para tratar la paz entre los contendientes al trono napolitano; en 1442 intervino en la conclusión de un armisticio anual entre el papa Eugenio IV y el Rey, y en 1443 participó decisivamente en las negociaciones con el cardenal legado Ludovico Trevisán, que condujeron a la firma de la Paz de Terracina, por la que Eugenio IV concedía a Alfonso el Magnánimo la investidura del reino napolitano y éste retiraba su apoyo al Concilio de Basilea y al antipapa Félix V, reconociendo a Eugenio IV como verdadero Papa.

Este triunfo diplomático le valió la concesión del capelo cardenalicio (2 de mayo de 1444), asignándosele el título presbiteral de los Cuatro Santos Coronados, con licencia para retener al mismo tiempo su obispado de Valencia. Inmediatamente, el nuevo cardenal marchó a Roma, por expreso deseo del Rey, a quien le interesaba su presencia en la curia. Allí llevó una vida sencilla y religiosa, alejada del fasto. Como narra su primer biógrafo, Platina, su austeridad era proverbial y no quiso tener más beneficio que el obispado de Valencia, a la que llamaba cariñosamente su “única esposa”. No desempeñó ningún cargo importante en el gobierno de la Iglesia, pero era estimado por sus conocimientos jurídicos y se ganó justa fama de rectitud y equidad, al mantenerse ajeno a las luchas internas del colegio cardenalicio. Desde su nueva dignidad favoreció los negocios del rey Alfonso con el papado y fue comisario en el proceso de canonización de san Vicente Ferrer.

Hacia 1449 hizo venir a Roma a sus sobrinos Pere Lluís, Rodrigo de Borja y Lluís Joan del Milà; el primero, destinado a la carrera de las armas, fue enviado a la Corte del rey Alfonso en Nápoles, mientras los otros dos, consagrados a la Iglesia, fueron encomendados al humanista Gaspare da Verona para que completara su formación, hasta que estuvieron listos para estudiar derecho en la Universidad de Bolonia, mientras su tío les procuraba abundantes beneficios eclesiásticos.

A la muerte de Nicolás V, el cardenal Alfonso de Borja fue elegido Papa el 8 de abril de 1455 y tomó el nombre de Calixto III. Su elección fue inesperada, pero menos sorprendente de lo que parece. El cónclave se encontraba en un callejón sin salida, debido a que ninguno de los partidos dominantes, representados por las poderosas familias romanas de los Orsini y los Colonna, tenía votos suficientes para imponerse.

Se pensó entonces en un candidato de compromiso que, por su avanzada edad, neutralidad y celo en la cuestión de la cruzada, pudiese aunar las voluntades de los electores, como Papa de transición. Gracias a los manejos del partido Orsini y del rey de Aragón, el anciano cardenal Borja, que reunía estas condiciones, fue elegido Papa por la vía del “acceso” o aclamación, desbancando la candidatura del cardenal griego Bessarión, patrocinada por el partido Colonna, a la que se oponían los cardenales franceses.

Su pontificado se centró en tres aspectos que son peculiares del papado del siglo XV: la oposición a los turcos, la defensa del equilibrio político italiano conseguido en la Paz de Lodi (1454) y la consolidación de la autoridad papal en los Estados Pontificios.

La lucha contra el turco fue la característica dominante del pontificado de Calixto III. Constantinopla había caído en manos de Mehmet II en mayo de 1453 y desde entonces sus ejércitos avanzaban peligrosamente sobre Europa. Apenas elegido Papa, Calixto III emitió públicamente un voto obligándose a gastar todas sus energías en la recuperación de Constantinopla y la extirpación de la secta mahometana. Y no fueron simples palabras, sino que el anciano Pontífice sorprendió a todos por la energía que desplegó en este asunto, proclamando una cruzada que debía partir el 1 de marzo de 1456, imponiendo décimas para sufragarla y enviando predicadores que la anunciasen por toda la cristiandad. Por medio de nuncios y legados, llamó en su ayuda a los príncipes cristianos, pero sus requerimientos cayeron en el vacío, pues éstos se encontraban divididos por sus intereses nacionales y no estaban dispuestos a soportar los enormes gastos que la empresa suponía. No comprendía Calixto III que la configuración política de Europa había cambiado, ya no era la antigua cristiandad y los tiempos de las cruzadas habían pasado inexorablemente.

Sin embargo, no se dio por vencido, y, a pesar de la falta de apoyo, acometió en solitario la organización de la cruzada, pues los turcos presionaban sobre Hungría y el Papa percibía la gravedad de la situación: si ésta caía en poder de los otomanos, éstos tendrían abiertas las puertas del resto de Europa. Se imponía, a su juicio, una doble maniobra: al tiempo que se presentaba una fuerte resistencia terrestre, debía atacarse por mar, con el fin de obligar al enemigo a dividir sus fuerzas. Destinó el dinero recaudado para la cruzada por su antecesor y el proveniente de empeñar y vender la mayor parte de sus joyas a armar naves (algunas construidas en los astilleros que creó a orillas del Tíber y otras contratadas), con las que formó una pequeña flota de dieciséis navíos que puso al mando del arzobispo de Tarragona, Pedro de Urrea, quien se vio forzado a practicar la piratería para poder subsistir.

Entonces el Pontífice lo destituyó y envió, en junio de 1456, una segunda flota de sólo seis naves comandada por el cardenal patriarca de Aquilea, Ludovico Trevisán, al que nombró legado a latere y capitán general de la Armada. Tras muchos requerimientos del Papa, éste unió sus naves a la primera flota (de la que habían desertado algunas embarcaciones) y obtuvo unas pequeñas victorias, llegando a recuperar de manos otomanas tres islas del Egeo; pero no causó daños serios al turco, pues sus fuerzas eran insuficientes para ello. En ambas flotas participó un buen número de naves de la Corona de Aragón.

Al mismo tiempo, Calixto III animó la resistencia por tierra. Al ver que eran inútiles sus esfuerzos para lograr que el emperador Federico III formara un ejército, pues lo impedían sus diferencias con los húngaros y la oposición de los príncipes y obispos alemanes a la recolección de la décima, centró su acción en Hungría, donde envió como legado al cardenal Carvajal junto con el minorita san Juan de Capistrano, quienes reunieron dinero y tropas con las que el héroe local Juan Huniady venció a los turcos en la batalla de Belgrado (14-21 de julio de 1456). Para conmemorar el evento, el Papa elevó a fiesta de la Iglesia universal la celebración de la Transfiguración del Señor, pues tal día, 6 de agosto, le había llegado la noticia de la victoria cristiana. Este triunfo inesperado, que consideraba milagroso, animó más al Pontífice, quien siguió alentando la cruzada ante la indiferencia general. También mandó ayudas económicas al caudillo albanés Georgios Castriota Scanderbeg, gracias a las cuales pudo obtener algunas victorias, como la de Tomorzina (septiembre de 1457), que le valieron el nombramiento de “capitán general de la Iglesia en la guerra contra el turco”. A inicios de 1458 invitó a todos los estados cristianos a mandar sus representantes a Roma, a fin de tener un congreso donde se organizara una gran cruzada; pero apenas acudieron embajadores y la proyectada asamblea no llegó a celebrarse.

Ciertamente, la cruzada fue la “única obsesión” de Calixto III, como él mismo confesó en diversas ocasiones, y el resto de su política estuvo subordinada a ella, pues, con fe de visionario, estaba convencido de haber sido elegido por Dios para vindicar la fe cristiana y acabar con el turco.

Ahora bien, como Calixto sabía que la cruzada no tendría éxito si no se aseguraba antes la paz de Italia, se preocupó de mantener el equilibrio y la concordia entre los estados de la península, de manera que pudiesen secundar sus planes de acción contra el turco. Para ello se distanció de su antiguo protector, el rey Alfonso el Magnánimo, disipando así los recelos de las potencias de Italia, que temían que el Papa valenciano favoreciera las miras expansionistas de su antiguo señor, supeditando los intereses de la Iglesia a los del aragonés. De ese modo se llegó a una verdadera oposición entre el Pontífice y el Soberano. El primer punto de fricción fue la colación de los beneficios eclesiásticos, especialmente la mitra de Valencia, que el Rey quería para su sobrino Juan de Aragón, un joven de quince años, hijo natural de su hermano Juan de Navarra, mientras el Papa pensaba concederla a su sobrino Rodrigo de Borja. Nuevos enfrentamientos surgieron a la hora de proveer las sedes de Zaragoza, Barcelona y Gerona, quejándose el Papa de la voracidad beneficial del Monarca, que le proponía a menudo personas indignas para ocupar los cargos eclesiásticos, mientras éste deploraba la terquedad de Calixto III, que no atendía sus demandas.

Otro grave choque entre ambos se produjo a causa del capitán de ventura Jacobo Piccinino, quien, con la anuencia del Rey, dirigió sus tropas contra la república de Siena, con la intención de crearse allí una señoría, lo cual amenazaba la seguridad de los Estados Pontificios y turbaba la paz de Italia, que tanto deseaba Calixto III para proceder a la cruzada. Ante esta provocación, el Papa —desoyendo los consejos del Rey, que le instaba a contratar al condotiero como capitán de la Iglesia o para mandarlo contra el turco— envió sus ejércitos contra Piccinino, con gran disgusto del Magnánimo, que soñaba “dar ley a Italia entera” con la ayuda del condotiero. El Monarca sostuvo económicamente a Piccinino para que resistiera el ataque, de modo que Calixto III, viendo que era imposible vencerle, se avino finalmente a un acuerdo con el mismo (1 de mayo de 1456), en el que se contemplaba su futuro envío a luchar contra el turco en Albania, financiado por el Papa.

Ambos se enfrentaron también a causa de la cruzada, pues el Rey prometió al Pontífice armar quince galeras para esta empresa, pero no cumplió su promesa, en parte por la escasez del producto de las décimas que llegó a sus manos, en parte porque destinó sus naves a luchar contra Génova. La pugna del Magnánimo con esta república fue otro motivo de conflicto con el Pontífice, pues entorpecía sus planes de cruzada. Calixto III trató de poner paz entre los contendientes, y al no lograrlo, intentó una acción conjunta de la Liga itálica contra el Magnánimo, como perturbador de la paz de Italia, pero desistió de su empeño al encontrar la oposición del duque de Milán, Francesco Sforza, quien había establecido una alianza matrimonial con el aragonés. No menos peso en la enemistad entre el Rey y el Papa debió tener la resuelta negativa que éste puso a la propuesta de divorcio de la reina María, que el Monarca le hizo llegar por medio de su amante, la bella Lucrezia d’Alagno, con la que deseaba casarse.

Pero el enfrentamiento mayor se dio a causa de la investidura del reino de Nápoles, que el Rey solicitó al Papa en agosto de 1456 por medio del conde de Cocentaina, Eximén Pérez de Corella, pidiéndole que ratificara al mismo tiempo la sucesión de su hijo Ferrante.

Calixto se hizo el sordo y dio largas al asunto. Don Alfonso no insistió, pero le hizo llegar veladas amenazas de deposición, a las que el Papa respondió advirtiéndole que usaría con él la misma moneda. La negativa de Calixto III obedecía a que deseaba poner el reino napolitano bajo el dominio directo de la Santa Sede, acabando así con la fuente de turbaciones que suponía la presencia de una monarquía extranjera en Italia. Aunque resulta difícil aceptar como verdaderos los rumores que afirmaban que Calixto III deseaba investir como rey de Nápoles a su sobrino Pere Lluís de Borja, lo cierto es que a la muerte del Magnánimo (27 de junio de 1458) el Papa se aprestó a conquistar el reino por medio de este sobrino —al que nombró duque de Benevento y conde de Terracina, vicariatos que habían sido del Magnánimo—, pues consideraba que Ferrante estaba incapacitado para suceder por ser ilegítimo y, por tanto, el reino volvía a su señor feudal, que era el Papa. Por eso se negó a reconocer a Ferrante como rey de Nápoles y prohibió a los habitantes del reino prestarle juramento de fidelidad; pero todo fue en vano, pues carecía de la fuerza militar necesaria para conquistar el reino y sus proyectos encontraron la oposición decidida del duque de Milán. En este asunto, Calixto III se limitó a seguir la política de sus antecesores en el pontificado, tratando de evitar que sus estados tuviesen por vecinos a príncipes tan fuertes que supusieran una amenaza para la libertad del papado. En suma, el Pontífice valenciano gastó la mayor parte de sus energías en esta lucha estéril con su antiguo protector, Alfonso el Magnánimo.

Calixto III ha sido acusado de haber introducido hasta límites censurables el nepotismo en la Corte papal.

Es innegable que enalteció desmesuradamente a sus sobrinos: a Rodrigo de Borja y a Lluís Joan del Milà los hizo cardenales (20 de febrero de 1456) a pesar de su juvenil edad; nombró a este último gobernador de Bolonia (31 de diciembre de 1456) y al primero, su legado en la Marca (diciembre de 1456), vicecanciller de la Iglesia (1 de mayo de 1457) y obispo de Valencia (30 de junio de 1458). A Pere Lluís de Borja lo nombró, durante 1456, capitán general de la Iglesia, castellano de Sant’Angelo, gobernador del Patrimonio de San Pedro en Toscana y de numerosas ciudades, así como prefecto de Roma en 1457, a pesar de que estos cargos eran excesivos para su poca experiencia militar. Un sinfín de familiares y compatriotas recibieron empleos y prebendas en la curia y en la administración de los Estados Pontificios, pues el Papa se valió de ellos para limitar el poder de la levantisca nobleza romana y para librarse de las enojosas tareas de gobierno, encomendándolas a hombres de su confianza, a fin de dedicarse por entero a la cruzada. Su nepotismo es innegable, pero no es más escandaloso que el practicado por los papas anteriores y posteriores, y supo orientarlo a mejorar el funcionamiento del aparato gubernativo de los Estados Pontificios, lo que consiguió en gran medida, aumentando las entradas económicas, si bien tuvo el efecto negativo de malquistarle con los romanos.

Igualmente hay que absolver a Calixto III de la tacha de ser un papa inculto, enemigo del saber y de las artes. Ciertamente no fue un docto humanista, pero tampoco un rudo iletrado, como lo presentaron algunos contemporáneos. A este respecto, cabe recordar que son más los testimonios de la época que lo definen como un eminente jurista. El origen de tales acusaciones está en algunos humanistas, como Francesco Filelfo, Poggio Bracciolini o Vespasiano da Bisticci, descontentos con el Pontífice porque les privó del pingüe mecenazgo que gozaban con Nicolás V, a fin de ahorrar y dirigir todo el dinero a la cruzada.

Es falso que dilapidara los fondos librarios que su antecesor había reunido en la biblioteca vaticana; tan sólo se limitó a despojar algunos códices de los metales preciosos con que estaban encuadernados, mandando que fuesen convertidos en dinero para la flota cruzada. Con el mismo fin, Calixto III suspendió los grandes proyectos edilicios de Nicolás V y moderó los gastos de la Corte pontificia, pero se ocupó de la conservación y restauración de algunos monumentos y basílicas de Roma, y dio empleo en la curia y protegió a humanistas como Gabrielle da Volterra, Gaspare da Verona, Giovanni Andrea Busssi, Flavio Biondo y el mismo Lorenzo Valla, al que hizo canónigo de San Juan de Letrán; tampoco se debe olvidar que elevó al cardenalato a Eneas Silvio Piccolomini.

Trabajando día y noche en la animación de la cruzada, Calixto se negó a abandonar Roma durante el pestilente verano de 1458, a pesar de que su salud estaba muy deteriorada. Allí le sorprendió la muerte el día 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.

Murió asistido por el cardenal de Lérida, Antoni Cerdà, que le impartió los últimos sacramentos. Sus restos fueron enterrados en la capilla de Santa María de las Fiebres, aneja a la basílica vaticana, mientras en Roma estallaba una violenta persecución contra sus paisanos. Más tarde, sus sobrinos le edificaron un hermoso mausoleo, restos del cual pueden contemplarse todavía hoy en las grutas vaticanas. Actualmente sus restos reposan en la iglesia nacional española de Santiago y Nuestra Señora de Montserrat, en Roma, a la que fueron trasladados a finales del siglo XIX.

La figura de Calixto III se ve exenta de los negros colores con que suele pintarse la historia de los Borja. Nunca se le acusó de conducir una vida licenciosa.

Los rumores que le atribuyen la paternidad del cardenal Francesc de Borja (fallecido en 1511) se originaron mucho después de su muerte, en tiempos de Alejandro VI, y no tienen ningún fundamento documental. Por el contrario, la mayor parte de sus contemporáneos alabó la rectitud de sus costumbres.

Su mentalidad rígidamente legalista le llevó a aplicar siempre el derecho canónico en todo su rigor; buen ejemplo de ello es que revisó el proceso sobre Juana de Arco y la declaró inocente. Sin duda fue un hombre pasional, de carácter fuerte y enérgico, pero dirigió esa pasión y energía a la cruzada. Sólo es censurable el exagerado nepotismo que demostró hacia sus parientes, siendo éste el único punto negativo que encontraron sus enemigos para reprobarle. También cabe imputarle el escaso interés que mostró por la reforma de la Iglesia, si bien tal actitud fue común a la mayor parte de los papas del siglo XV.

 

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Miguel Navarro Sorní