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Alfonso XII de Trastámara

Biografía

Alfonso XII de Trastámara. Tordesillas (Valladolid), 15.XI.1453 – Cardeñosa (Ávila), 5.VII.1468. Príncipe-Rey de Castilla. Hermano de Isabel I, la Católica.

El infante don Alfonso era hijo del segundo matrimonio de Juan II con Isabel de Portugal. Dos años antes había nacido, del mismo enlace, su hermana Isabel, futura Reina Católica. Alfonso, era, en el momento de su nacimiento, hermano de padre del príncipe de Asturias, Enrique, futuro Enrique IV.

El nacimiento del infante llenó de alegría al reino.

Juan II, quien sin duda comenzaba a tener serias sospechas sobre la capacidad genésica de su primogénito a causa de la desastrosa experiencia de su matrimonio con Blanca de Navarra, respiró tranquilo ante la garantía continuista que suponía el nacimiento del infante que ocupaba el segundo lugar en la línea de sucesión.

Los poetas de la Corte, caso de Gómez Manrique, escribieron obras poéticas para festejar el acontecimiento, e, incluso, el Rey consultó el destino que le deparaba al recién nacido. El arzobispo de Cuenca, consejero real y experto en artes mágicas, el gran fray Lope de Barrientos, pudo ser el encargado de realizar la carta astral de Alfonso y seguramente también fue consultado sobre el destino del pequeño, pero sería el obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, denominado el Tostado, el encargado del veredicto. La respuesta fue inquietante: los astros amenazaban la vida del infante antes de cumplir los quince años pero si, por favor del Todopoderoso, escapaba libre de aquel plazo, sería el príncipe más feliz de su tiempo. Sólo unos meses después de emitir tal profecía moría —el 22 de junio de 1454— Juan II de Castilla tras una vida de excesos y preocupaciones.

El testamento del Monarca, aparte de corroborar a su hijo primogénito —Enrique— como sucesor, dejaba para su segundo heredero, Alfonso, la mejor de las situaciones posibles de cara a su futuro. Alfonso se convertía en árbitro del reino al ostentar la herencia del condestable Álvaro de Luna. De ese modo, Alfonso no sólo garantizaba la continuidad del reino, sino que se convertía en administrador de la Orden de Santiago y condestable de Castilla disponiendo de rentas y bienes para mantener Casa y posición. Así, al infante le correspondía el señorío de Huete y las villas de Escalona, Maqueda, Portillo, Sepúlveda, Soria y Arévalo.

Aquella herencia se convirtió en el mayor patrimonio nunca entregado antes en Castilla ubicado estratégicamente en el corazón de los territorios de la Orden de Santiago, como el señorío de Villena y lindando con la frontera de Aragón. Juan II encargó la custodia de su hijo a sus confesores, el citado fray Lope de Barrientos y a Gonzalo de Illescas, prior de Guadalupe, a los que se uniría un administrador temporal, Juan de Padilla, camarero del Rey, y, más tarde, ayo del príncipe.

Enrique IV no cumplió ni una sola de las disposiciones paternas. Sintiéndose seriamente amenazado por un pequeño, al que le podría corresponder el trono en caso de que él no tuviera descendencia, el Rey confinó a sus hermanos Alfonso e Isabel en la villa de Arévalo —señorío de su madre, Isabel de Avís— a vivir de manera modesta y perfectamente inadecuada para su rango. En su infancia, al igual que Isabel, Alfonso recibió su primera educación quizás de fray Lope de Barrientos, pero, sobre todo, de Gonzalo Chacón, camarero de Álvaro de Luna, que, sin duda, influyó en el programa político que tímidamente, el futuro Alfonso XII, y rotundamente, Isabel I, llevaron a cabo. La clave de ese programa político residía en el reforzamiento del poder real compatible con la consolidación y participación de la nobleza en las tareas de gobierno, si bien últimas investigaciones sugieren que el papel de Chacón no fue tan determinante

Unos meses antes del nacimiento de Juana, nacida en 1462 del matrimonio de Enrique IV e Isabel de Portugal, los infantes son trasladados a la Corte siguiendo una calculada operación política. Aparte de la situación dramática de ser arrancados de su perturbada madre, como recordaría más tarde la reina Isabel, la intrigante y corrupta Corte del monarca marcó profundamente al pequeño infante y a su hermana e incluso, en el caso de Alfonso, su vida pudo correr grave peligro. En este contexto, y, a pesar de su deliberada estrategia, Enrique IV no puede evitar las protestas de los nobles a raíz del reconocimiento de Juana como heredera. Algunos dejan claro y por escrito, por vez primera, que a la hija del Rey no le correspondía la sucesión existiendo dos infantes con mejores derechos.

En 1464 estalla de nuevo la rebelión nobiliaria, larvada en los diez primeros años de reinado, cuyos antecedentes históricos se remontan a la época de los infantes de Aragón. La gota que colmó el vaso fue la entrega del Maestrazgo de Santiago al nuevo favorito: Beltrán de la Cueva, algo que, en justicia, sólo le correspondía a Alfonso y su administración espiritual y temporal a su educador fray Lope de Barrientos. Pero Enrique IV había conseguido, en l456, que el papa Calixto III se lo adjudicara de nuevo y el Monarca dispone de él a su gusto desplazando, de paso, a Pacheco del poder. El resentido marqués de Villena, que codiciaba el Maestrazgo de Santiago, se encarga de aglutinar a los distintos grupos políticos nobiliarios y enciende la rebelión en Castilla. El incumplimiento del testamento de Juan II sólo era el pretexto para enfrentarse al débil Enrique IV.

Por los conciertos llevados a cabo a finales de l464, Alfonso era, mediante juramento realizado en unas Cortes itinerantes, reconocido por su hermanastro, príncipe de Castilla y León. Cabe considerar que esa decisión se justificaba por su condición masculina y, para conceder alguna compensación a Enrique IV, el príncipe se prometía en matrimonio con Juana, a la que se denomina princesa por imposición del Monarca que así creía acallar los secretos a voces que la consideraban ilegítima o, incluso, adulterina. El príncipe Alfonso, sin embargo, nunca conseguirá el Principado de Asturias que le correspondía, ya que su tutor, el propio marqués de Villena —siempre jugando a dos bandas— le hace negra traición comprometiéndose con Enrique IV para no entregárselo jamás.

Pero lo que podría haber quedado en un ajuste de cuentas y un chantaje entre Juan Pacheco y el Monarca se salió de sus cauces. Buena parte de los nobles buscaban la reforma de la Monarquía plasmada en la llamada Sentencia de Medina del Campo (febrero de 1465). Su no aceptación por parte del Rey provocó la guerra no sin antes producirse un acto, con prácticamente toda la nobleza del reino presente, por el que Enrique IV era derrocado y sustituido por su hermano, el príncipe heredero Alfonso, el 5 de junio de l465 en Ávila, acto conocido a lo largo de la historia como “La Farsa de Ávila”.

No puede entenderse el reinado de Alfonso sin hacer referencia a los nobles. Prácticamente la mayoría de los grandes y también de los pequeños linajes se pasaron a la causa del nuevo Rey. Alfonso es aceptado por la mayor parte del reino, si bien es Castilla la que soporta el peso de los acontecimientos. También Andalucía, gracias al linaje Pacheco-Girón, y la Murcia de Pedro Fajardo aparecen como bastiones alfonsinos.

Más discretamente vivirán los acontecimientos Extremadura, Asturias —con el conde de Luna al frente— y Galicia, lugar donde se desarrolla la segunda rebelión irmandiña (1467).

Alfonso XII gozará del apoyo de los más grandes linajes, así como de pueblos y ciudades, también exhibirá una Corte plenamente desarrollada, una sólida administración, una cancillería efervescente y unos órganos de gobierno que permiten actos tan soberanos como el de acuñar moneda o conceder títulos nobiliarios.

Pero personalmente el jovencísimo Rey era un juguete en manos de los nobles. Tan secuestrado se sentía que, en los primeros meses de contienda, durante el cerco de Peñaflor, intentó escapar sin éxito. Y no debió de ser la primera vez.

Los años que transcurren entre 1465 y 1468 están caracterizados por dos procesos que coexisten de forma paralela: la guerra y la negociación. Una guerra que no es continuada ni con grandes operaciones militares cuya máxima expresión serían los cercos y la anarquía ante la falta de autoridad. El fracaso de solventar la contienda por las armas quizás se deba a la falta de medios económicos como parece demostrar la catastrófica política de mercedes realizada por Alfonso XII para mantener su causa, política basada en la emisión de deuda pública disimulada para financiar la guerra a través de los nobles alfonsinos.

A la altura de 1466 la división de los nobles y el papel fluctuante del intrigante marqués de Villena, verdadero artífice del reinado de Alfonso XII, provocará tensiones dentro de los partidarios del joven Rey. Los llamados constitucionales —nobles partidarios de aplicar la Sentencia de Medina del Campo— se acercaron a los pocos enriqueños —Mendozas— con el arzobispo de Sevilla, Alfonso Fonseca, como el artífice de un plan. Aquél consistía en volver a la obediencia de Enrique IV quedando Alfonso únicamente como príncipe heredero ostentando el título de rey de Granada y el derecho de expansionarse a costa de ese territorio. Existen datos para afirmar que el propio Alfonso hubiera deseado esa solución, pero la negativa de los aragoneses —arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, el condestable Rodrigo Manrique, almirante Fadrique Enríquez— frustrarán el empeño.

El partido aragonés apoyará hasta su muerte, con la ayuda inestimable de Juan II de Aragón, al joven monarca e incluso reforzarán su posición con una proyectada política matrimonial que, finalmente, no se llevará a cabo. Entre constitucionales y aragoneses, Villena bombardea todo plan que le pueda impedir sus planes, esto es, reconciliarse con Enrique IV si conseguía su antigua posición y utilizar a Alfonso como rehén de sus chantajes.

El único hecho de armas, la batalla de Olmedo de 1467, favorece a los alfonsinos, como se demuestra con el momento más pleno del reinado de Alfonso y el más bajo de la monarquía representada por Enrique IV: la toma de Segovia, lugar en donde se custodiaba el tesoro y en donde la infanta Isabel se une a su hermano para no separarse nunca más de él. Esto supone un reforzamiento político de la causa alfonsina, ya que a Isabel se le consideraba, en palabras del cronista Palencia, la “segunda esperanza del reino”, lo que excluía claramente a Juana. En sólo unos meses Alfonso le entrega a su hermana Medina del Campo y ambos visitan sus ferias desde la Corte de Arévalo en la primavera de l468. Antes se produce la gozosa celebración del cumpleaños de Alfonso, muestra de la corte literaria del joven monarca.

Otro aspecto tratado en la reciente historiografía alfonsina es el papel desempeñado por el Rey durante la revuelta conversa de Toledo de 1467, ya que resultaba un lugar común relacionar a los nobles, y por extensión al joven monarca, con el mundo antijudío y anticonverso. Debe señalarse que Alfonso se negó en rotundo a represaliar a los nuevos cristianos, tras dicha revuelta, si bien mostró su impotencia frente al entorno nobiliario que le rodeaba. El fuerte carácter exhibido con respecto a los acontecimientos toledanos, junto con otras actuaciones, seguramente convenció al marqués de Villena —quien también contribuyó en la implantación de la Inquisición política en Castilla— de la necesidad de la desaparición física de Alfonso.

A la altura de 1468 habían fracasado todos los intentos de negociación incluido el del nuncio pontificio Antonio de Veneris o la Hermandad. Esa primavera de 1468 los enriqueños recuperan Toledo, pero el hecho alfonsino demuestra tal envergadura que ninguna actuación violenta o pacífica parecía poder terminar con ese reinado paralelo. La realidad de una dualidad monárquica en Castilla era tan tozuda que, por ello, la muerte de Alfonso XII es sospechosa, puesto que sólo con su desaparición física se despejaba la situación política para el factotum del reinado, Juan Pacheco, que meses antes del final había conseguido de Rey el Maestrazgo de Santiago. Alfonso falleció en Cardeñosa (Ávila) probablemente envenenado por Pacheco el 5 de julio de 1468 camino de Toledo. Con su muerte se producía el fin de la dualidad, la reconciliación política del antiguo valido con Enrique IV y, supuestamente, la vuelta a la paz en el reino. Esto último resultará imposible porque la heredera de Alfonso, la futura Reina Católica, se presentará como su continuadora, como se comprueba en la documentación expedida poco después de la muerte de su hermano y es asimismo verificable en las vistas de Guisando, adonde llegará Isabel como la candidata del partido alfonsino, si bien adoptará inteligentemente la postura de declararse doble heredera legítima, a título de princesa de Alfonso y como futura Reina por parte del propio Enrique.

Mención especial, dentro de este contexto, merecen las recientes investigaciones sobre la muerte del rey, tras la exhumación del cadáver de Alfonso y el análisis de sus restos óseos. De este análisis se concluye que el rey no murió de peste dado que puede descartarse en sus restos rastro alguno del bacilo yersinia pestis. Dadas las circunstancias la hipótesis del envenenamiento es la más acertada habida cuenta que otras fuentes, aparte de las documentales, parecen sugerirlo, caso del reclinatorio del sepulcro del rey o de las miniaturas del Libro de Horas (Morgan Library) particularmente la denominada “La Muerte”. En el caso del reclinatorio, una mano misteriosa cerrando el libro se asocia a la desaparición del rey. La citada miniatura del triunfo de “La Muerte”, donde aparte de Alfonso, aparecen figuras asociadas a los grandes del reino, así como Isabel, ha sido analizada para comprender las claves del fin de Alfonso.

Otras investigaciones sobre el rey Alfonso se centran en aspectos de índole cultural. El joven monarca fue un mecenas de las artes como parece demostrarlo un devocionario o Libro de Horas conservado en la Morgan Library de Nueva York, cuyas iluminaciones han sido objeto de trabajos recientes. Otros estudios apuntan datos relevantes con respecto a la corte literaria y caballeresca del monarca en donde destacaron poetas de gran altura. Así destacaron, entre otros, los famosos, Juan Álvarez Gato, Diego de Valera —autor de una poesía para celebrar el nacimiento de Alfonso—, Jorge Manrique —que dedica al joven rey algunos versos en sus famosas Coplas y quizás su obra más temprana sobre la coronación de Ávila en 1465— y su primo, ya mencionado, Gómez Manrique —autor de las Estrenas al rey por su Catorce Aniversario—. Recientemente se han estudiado unas Coplas a una Partida que el rey don Alonso hizo de Arévalos de Nicolás de Guevara, poeta del Cancionero General, en donde, aun en las postrimerías del reinado de Alfonso, se describen a los caballeros poetas de la Corte. Corte que evolucionó hacia la que más tarde el arzobispo Carrillo creó en Toledo y que fue coincidente con la opción política que representaba Isabel la Católica. En esa misma línea se conserva un casi inédito Espejo de Príncipes escrito por Pedro de Chinchilla redactado por encargo del conde de Benavente. Dicha obra, titulada Exhortación o Información de Buena y Sana Doctrina, dedicada al rey coincidiendo con su decimocuarto cumpleaños (1467), ha sido objeto de estudio muy recientemente y de su análisis pueden extraerse importantes conclusiones. Así, la obra trata de reforzar los objetivos políticos de los alfonsinos y de la legitimidad del joven Alfonso frente al rex inutilis que representaba su hermano. Chinchilla materializó en aquellas páginas la promoción de la figura de Alfonso como virtuoso justo y cristiano algo que también coincide con la interpretación de su sepulcro y de su Libro de Horas. La Exhortación demuestra otros hechos caso de la influencia determinante del entorno del máximo defensor de Alfonso, el arzobispo Carrillo.

La herencia de Alfonso XII se comprueba en Isabel.

Puede afirmarse que, tras la muerte de su hermano, la infanta volvió a la situación de 1464. La primera lección aprendida fue el no dejarse manipular por los nobles y ser reconocida únicamente como princesa heredera, según el testamento de su padre. La aceptación de ser alzada reina hubiera sido el camino más corto hacia la muerte y en el hecho de respetar a Enrique IV sólo hay una defensa de su propia causa, porque Isabel nunca dudó de la legitimidad de Alfonso.

Las actuaciones posteriores de Isabel demuestran que no desautoriza a Alfonso XII. Esto se comprueba en la documentación en donde denomina a su hermano Rey durante más de doce años, si bien, a partir de 1480 para reforzar su propia legitimidad y que no se le asociara con un acto de rebeldía, la Reina sólo se referirá a su hermano fallecido como príncipe. La política monetaria de Isabel, todavía princesa, particularmente en las acuñaciones abulenses y en la herencia de la Ceca de la Corte que había creado Alfonso, es mimética con respecto a su hermano. Más aún, los Reyes Católicos utilizaron profusamente la inscripción favorita de Alfonso en sus monedas. El recuerdo del hermano amado es una constante en Isabel como se comprueba en el citado Libro de Horas que ella hereda como donante y que en una de sus miniaturas, en la que aparece ella plasmada, parece querer indicar a los causantes de la muerte de Alfonso. También se comprueba el recuerdo al hermano fallecido prematuramente en su preocupación por enterrarlo como a un Rey y así, en cuanto pudo, le trasladó desde la iglesia de los franciscanos de Arévalo hasta donde yacían sus padres. En el imponente sepulcro de alabrastro de Gil de Siloé, Isabel quiso que Alfonso apareciera como ese primer noble que su padre Juan II diseñó en su testamento. Pero, sobre todo, en el enterramiento Isabel demuestra la voluntad de realzarlo frente a Enrique IV.

Probablemente donde mejor se comprueba la herencia de Alfonso XII en la reina no es sino en su programa político, aquel programa en defensa del poder real que encarnaba Álvaro de Luna y que Gonzalo Chacón inculcó a los pequeños de Juan II en los días de Arévalo. Isabel I también conservó a los colaboradores de su hermano —caso del contador Alonso de Quintanilla— y a buena parte de su Corte.

Con la muerte del rey Alfonso XII se extinguió la rama masculina de los Trastámara en Castilla pero su legado vivió en Isabel I.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz