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Diego López Pacheco y Portocarrero

Biografía

López Pacheco y Portocarrero, Diego. Duque de Escalona (II), marqués de Villena (II), conde de Xiquena (II), señor de la Villa de Belmonte. ?, 1456 – Cadalso de los Vidrios (Madrid), 1528. Mayordomo de los Reyes Católicos y de Felipe I, maestre de la Orden de Santiago, alcalde perpetuo de las Arcas del Obispado de Cartagena, caballero del Toisón de Oro.

Primogénito del gran valido de Enrique IV, Juan Pacheco, I marqués de Villena, Diego López Pacheco había tomado el nombre de un ilustre antepasado portugués. Nacido del segundo matrimonio de su padre con María Portocarrero Enríquez, Diego no tuvo ni la astucia política ni la capacidad de intriga de su famoso padre, pero fue un protagonista de primera línea durante tres reinados y durante prácticamente cincuenta años. Educado en la Corte y en el espíritu de la Caballería, desde muy joven destacó como el favorito del poderoso Pacheco y estuvo a la altura de un linaje que, gracias a sus hermanos —Pedro Portocarrero y Alfonso Téllez Girón— y parientes —los Acuña, los Carrillo, los Girón— representaron una formidable coalición nobiliaria incluso contra sus Reyes. El I marqués de Villena había tenido diecinueve hijos —cuatro naturales— y a través de los matrimonios, particularmente de sus hijas, emparentaba con lo más granado del reino. Así, a la lista interminable de tíos y primos, Diego contaba con sus cuñados, a saber: Rodrigo Alonso Pimentel, I duque de Benavente, Rodrigo Ponce de León, III conde de Arcos y I duque de Cádiz, Alfonso Fernández de Córdoba, señor de Aguilar, Íñigo López de Mendoza, I marqués de Mondéjar y II conde de Tendilla, Diego Fernández de Córdova, alcaide de los Donceles, Fernando Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, y Pedro de Cabrera Bobadilla. Sus dos matrimonios completaban su presencia entre los linajes Mendoza y Enríquez.

La vida de Diego puede dividirse en tres partes claramente diferenciadas que coinciden con tres reinados, que eran los de Enrique IV y Alfonso XII, al reinar estos Monarcas paralelamente entre 1465 y 1468, los Reyes Católicos, y el de Felipe I y Juana I de Castilla.

Pronto debutó Diego dentro de los planes políticos de su ambicioso padre. Era el otoño de 1464 —con ocho años— y el marqués de Villena planeaba sustituir al pusilánime Enrique IV por su medio hermano Alfonso, de apenas cuatro años más que el pequeño Diego. Así, mientras su padre se hacía cargo de la tutoría del príncipe Alfonso y en virtud y seguridad de lo pactado, Diego era entregado como rehén permaneciendo un tiempo en la fortaleza de Castilnovo. Cuando Juan Pacheco consiguió del príncipe-rey Alfonso el ansiado maestrazgo de Santiago, cederá a su hijo Diego el marquesado de Villena, que desde 1462 ya tenía en mayorazgo. Era el 5 de abril de 1468 y Alfonso no tardaría en morir con apenas quince años, probablemente envenenado por Pacheco, que buscaba la reconciliación con Enrique IV. Entonces comenzó un confuso período en donde se disputaron el princesado de Castilla la heredera de Alfonso, futura Reina Isabel la Católica y la supuesta hija del rey, Juana, mal llamada la Beltraneja. Diego, ya II marqués de Villena, era un muchacho esforzado y valeroso, que no dejó de colaborar en cuantos desaguisados organizaba su famoso padre que, además, se oponía a los derechos de la princesa Isabel, a la que se veía incapaz de reducir. El conflicto de Moya —en 1473— que finalmente padre e hijo no pudieron conseguir para sí e impedir que pasara a la princesa, es una muestra de ese comportamiento. También actuó Diego —conflicto de Carrión— a favor de sus parientes, los Pimentel. El joven marqués también intervenía, por orden de Enrique IV en 1469, en la representación de los pueblos rebelados contra la autoridad del Monarca, en los Obispados de Cuenca y Cartagena y el Arcedianato de Alcaraz. Pronto comenzaría a acumular bienes: tercias y diezmos de Chinchilla y otras villas, un juro sobre las rentas de Toledo a compartir con sus hermanos —Pedro y Alonso— y otro juro en solitario de 100.000 maravedís. El 17 de diciembre de 1472 acordaba la partición de bienes de sus padres y la fundación de los mayorazgos de Moguer y la Puebla de Montalbán en sus dos hermanos. Él, además del mayorazgo principal, heredaba Belmonte, aquel pequeño reducto de su abuelo Alonso. Sin embargo, la riqueza no le vendría sólo de su propia familia. Diego López Pacheco protagonizó, a decir de los cronistas, el mejor casamiento de España. Con trece años —1469— se prometía con Juana, la nieta de Álvaro de Luna, III condesa de San Esteban de Gormaz, con la que tenía una consanguinidad de tercero con cuatro grado. La esposa falleció con sólo veinticuatro años dejando un hijo de corta edad, Juan Pacheco de Luna que habría de casar con su prima hermana, la hija del I duque de Benavente. El matrimonio era una forma de saldar deudas y de recibir compensaciones, pero, sobre todo, de obtener paz con los eternos rivales de los Pacheco: los Mendoza.

Diego estaba fuertemente persuadido de que debía conservar íntegramente el patrimonio de su padre, incluido el maestrazgo de Santiago, lo que iba a suponerle una fuente considerable de conflictos. Juan Pacheco, meses antes de fallecer, había renunciado en su primogénito, previo permiso y posterior aprobación de Sixto IV. A falta de recibir las bulas confirmatorias de Roma, Diego, convencido de que el maestrazgo lo tenía en la mano, trató de ganarse la voluntad de los miembros de la orden, para lo cual no dudó en contactar con los más destacados, caso de Gabriel Manrique, conde de Osorno, con el que acordó una entrevista. El conde, que deseaba también el maestrazgo, vio que se le presentaba una excelente oportunidad para apoderarse del marqués de Villena haciéndole renunciar a sus pretensiones al tiempo que obligaría al Rey a que le diera el cargo en litigio. Y a Diego le ocurrió lo que nunca le hubiera ocurrido a su padre: fue aprisionado en Villarejo y trasladado a la fortaleza de Fuentidueña. Manrique tuvo tiempo para explicarle el motivo de su prisión: Juan Pacheco en tiempos del rey Alfonso había jurado darle la villa de Maderuelo si renunciaba al maestrazgo de Santiago, dándole su voto, pero no cumplió su juramento. Medio reino se movilizó: los parientes de Diego, con el arzobispo Alfonso Carrillo a la cabeza, se confederaron, y la mujer del conde se ofreció de mediadora. Finalmente la condesa y su hija fueron hechas prisioneras y sólo así consiguieron que el conde de Osorno liberara al marqués. Pero el asunto no tenía buen cariz y, tras ostentar una corta temporada el título, el maestrazgo pasó a otras manos, concretamente a disputarse entre Rodrigo Manrique y Alfonso de Cárdenas hasta que, en 1493, revirtió en la Corona.

Unido a su padre hasta el final, Diego intervino activamente para que le fuera entregado Trujillo, pero Pacheco murió antes de conseguirlo. Entonces su heredero se trasladó a descansar en El Parral, el monasterio fundado por su padre. Allí le llegaron las noticias de la reconciliación pública entre Isabel y su hermano, si bien el Rey no dejaba claro quién era la verdadera heredera, si su hermana o su hija. Poco después falleció en una fría mañana del 11 de diciembre. El marqués de Villena fue uno de sus testamentarios y albacea. Aún más, Diego se había convertido en el custodio de la pequeña Juana.

Pronto, como defensor de los derechos de la niña, contactó con el rey de Portugal. Con él estaban sus irreductibles parientes, familia y amigos: desde el duque de Arévalo Álvaro de Stúñiga al de Benavente, del marqués de Cádiz a Alfonso de Aguilar. También el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, tremendamente dolido por la actitud de la princesa, ahora Reina, que él había sacado de la rueca, en palabras del cronista Palencia, y que se mostraba desagradecida. El 10 de marzo, Enrique de Figueredo, embajador de Alfonso V en Castilla, escribió a su Rey en recomendación del marqués de Villena que actuaba como embajador castellano para la negociación de su matrimonio con Juana que, finalmente, y por poderes, tuvo lugar. Era la guerra y Diego se rebeló en el marquesado, si bien resultó francamente perjudicado. Su compacto señorío se desestructuró, las rentas empequeñecieron y las deudas se engrandecieron. Por las cuentas presentadas por Gaspar Fabra el 20 de enero de 1484, se sabe que los gastos ascendían a 4.000.000 de maravedís y que los Reyes disponían que le fuesen abonadas en plazos hasta su liquidación. Fabra conservaba Alanza y Villena y muy pocas cosas —caso de los pertrechos de la villa de Mira que habían sido confiscados por el corregidor de Requena Luis de Velasco— fueron devueltas al marqués. Algunas reclamaciones por daños —como la del alcaide de Villena, Pedro del Castillo— se remontaban a etapas anteriores. Era la mala herencia de su padre, Juan Pacheco, que su hijo se vio obligado a atender. Se ejecutaban deudas en los bienes del marquesado, lo que obligaba a López Pacheco, para cumplir con toda aquella carga, a renunciar a parte de su herencia, caso de Riaza que, en 1486, fue entregada con una renta de 400.000 maravedís a la duquesa de Alburquerque. También Rodrigo Maldonado de Talavera fue remunerado por sus gestiones con los bienes confiscados al marqués. Los Reyes, en virtud del acuerdo de 4 de agosto de 1486, garantizaron al de Villena el mismo número de vasallos que con Riaza perdía, esto es, un juro de medio millón de maravedís pagaderos en dos anualidades en 1487 y 1488, actuando como recaudadores generales Luis de Ávila, Abraham Seneor, Abraham Bienveniste y Rabí Mayr.

Pronto llegó el perdón y la reconciliación. Diego Pacheco y su extensa familia aceptaron a los Reyes Católicos y se mostraron leales servidores a lo largo de todo su reinado. Pero algo le quedó dentro del alma al marqués de Villena. Su rencor hacia el rey Fernando lo demostraría, ya fallecida la reina Isabel, apoyando sin fisuras a Felipe el Hermoso.

El 12 de marzo de 1488 Diego López Pacheco y el duque del Infantado se concertaron para poner fin a querellas pasadas a causa de la herencia de Álvaro de Luna, y así se concertó el matrimonio de Juan Pacheco de Luna, hijo del primero, con Francisca de Mendoza, hija del duque, admitiendo el criterio de un reparto equitativo de la herencia. Los Mendoza se quedaban con el infantado de Guadalajara y los Pacheco con el condado de San Esteban de Gormaz y la villa de Escalona, de la que Diego era el II duque titulado. Para constituir la dote y arras de Francisca, Villena tuvo que hipotecar sus villas de Belmonte y Maderuelo, y Mendoza hizo lo propio con la de Saldaña. Los Reyes aceptaron gustosamente el acuerdo, pues no en vano los Mendoza eran los favoritos de los Monarcas, pero el trato dispensado a Diego López Pacheco también fue generoso. Para demostrarlo, los Monarcas autorizaron a separar una parte de su patrimonio para dotar a los hijos del segundo matrimonio de Diego con Juana Enríquez, y el marqués de Villena volvió a la Corte como lo que era: un Grande.

En la Guerra de Granada se consumó su total rehabilitación y el 16 de febrero de 1490 los Reyes le encomendaron el mando supremo del ejército como capitán general de la frontera de Andalucía. Cuando la condesa de Osorno, Aldonza de Vivero, presentó querella por los límites de Maderuelo, los Reyes ordenaron que se sobreseyera hasta que Pacheco, que estaba en campaña, regresara de la guerra. Luchó valerosamente en Alhama junto con el duque de Medinasidonia, pero Diego seguía pagando todo muy caro. Allí vio morir a dos de sus hermanos, uno de ellos sólo de padre, Alonso Pacheco. Él mismo se expuso en grave peligro, jugándose la vida por su criado y camarero, y quedando manco. Más adelante recordaría la guerra diciendo que si tres vidas hubiera tenido, las tres las hubiera expuesto. Como premio a sus servicios y al dinero invertido, recibió casas y heredades en Guadix, más las villas de Serón y Tíjola, en el término de Baza. Al producirse la capitulación final, el marqués abrigó un proyecto singular, consistente en utilizar moros granadinos —buenos cultivadores— para repoblar sus tierras de Xiquena y Tirieza, dentro del ámbito murciano, pero Lorca se opuso.

Con la muerte de Isabel la Católica —1504—, Diego López Pacheco comenzó la tercera etapa de su vida. Etapa que, de alguna manera, conectaba con la primera: volvía el rebelde. En este caso la clave residiría en los archiduques de Austria, a los que, desde un primer momento —recibimiento en la villa de Madrid— apoyó. Así, del 7 de mayo de 1502 consta que la heredera de Castilla y su esposo —tras recibir el juramento de Diego— se hospedaron en su palacio de Toledo. Ese mismo año, el 25 de octubre, acompañó, junto con el arzobispo de Zaragoza, al archiduque a aquella ciudad. Pero Felipe estaba deseando partir de nuevo a Flandes e incluso los propios Reyes Católicos hubieron de solicitar los servicios del marqués para impedirlo. Pacheco, a quien el Hermoso había designado para atender a su esposa, no tuvo éxito en su gestión. Ya fallecida la Reina Católica la actitud nobiliaria ante la disputa sucesoria se tornó en uno de los grandes problemas del reino. Diego, junto con otros nobles, no había olvidado el pasado y aprovecharía para reclamar ciertos lugares de su marquesado. Parcial del archiduque contra Fernando el Católico, Pacheco figuraba en esa lista que el príncipe Felipe le remitió a su suegro con sus apoyos y confirmó el leal embajador Fuensalida: eran los hijos y nietos de la vieja guardia antienriqueña y antifernandina que volvía por sus fueros. La oposición a Fernando de Aragón crecía de manera llamativa y el marqués de Villena, en un gesto de manifiesta hostilidad, quiso apoderarse de Toledo exhibiendo los poderes que el príncipe Felipe le había concedido para ejercer la tenencia del alcázar, de sus puertas y de sus torres. El cronista Zurita informa de su fracaso, porque todo el linaje de Silva, fieles servidores del rey Fernando, se lo impidieron.

En esta aventura antifernandina Diego López Pacheco se vio secundado —entre otros— por el violento duque de Nájera, Pedro Manrique. Ambos constituían la cabeza visible del movimiento. Villena, además, mostraba gestos pueriles e insolentes, pero cargados de simbolismo. Así, exhibía sus problemas de precedencia, como por la duplicidad del oficio de mayordomo mayor, que más adelante otorgaría el príncipe a Filiberto Veyre y que originaría que cada uno de ellos se sentara a un lado de las cortinas, cada vez que el Rey salía de misa.

En todo ese enfrentamiento entre suegro y yerno, que no excluía tratos entre ellos, la reina Juana iba siendo desplazada del gobierno del reino, y según el embajador Quirini, presa de un ataque de nervios, no dudó en llamar traidores al conde de Benavente y al marqués de Villena, dos de los representantes más distinguidos de su ambicioso marido. Es Quirini el que no duda en culpar a esta interminable retahíla de nobles por haber dado Felipe un paso tan definitivo como era la proclamación de la incapacidad de la reina Juana para gobernar. En la primavera de 1506 Fernando se casaba en segundas nupcias con Germana de Foix, y en verano cedía el gobierno de Castilla a su hija y a su yerno. Diego López Pacheco fue distinguido en el pequeño núcleo del gobierno del archiduque —llamado de Tudela de Duero— en el que sólo tendrían cabida los flamencos, Cisneros y su inseparable duque de Nájera.

El 16 de septiembre de ese mismo año, en Burgos, el rey Felipe había salido a pasear a caballo, a la jineta, y tras almorzar acompañado por su privado don Juan Manuel, “quiso jugar a la pelota con un capitán vizcaíno de su guardia que era mucho jugador y luego bebió agua fría en un jarro que le dieron”. Según los cronistas, aquel gesto provocaría un malestar insoportable que desembocó en continuos escalofríos, provocando la alarma de los médicos. Envenenamiento o peste, la causa del fallecimiento del flamenco ha sido fuente inagotable de rumores, pero la realidad es que expiraba a los pocos días de enfermar. Los grupos de poder, en su mayoría, se declararon servidores del rey de Aragón. Sólo los flamencos, acompañados por el duque de Nájera y el de Escalona, se mostraron irreductibles.

Diego López Pacheco —genio y figura— llegó a decir en la borrascosa sesión del 6 de octubre en la que se convocaba Cortes —referente al rey Fernando—, “pues si me da lo mío y no gobierna por Alba, nunca yo medre si otro buscare”. Las casas del antiguo valido del rey Felipe, el señor de Belmonte, Juan Manuel, y las residencias del duque de Nájera y del marqués de Villena se convirtieron en el epicentro de los descontentos, siempre acompañados por escoltas de hombres armados en donde también era asiduo visitante Filiberto Veyre. No tardaría Diego y aquel último en ser recibidos por la reina Juana, consiguiendo que ésta despidiera a Cisneros, si bien pronto se anuló el disparate. Hubo algún intento de volver a la obediencia real ante el inminente regreso de Fernando el Católico e incluso ambos duques —Nájera y Escalona— actuaron casi por su cuenta como portavoces de la desdichada Reina a la que Diego acompañó en su peregrinar con el ataúd de su marido, al tiempo que mediaba para volverla a casar, todo ello en un ambiente de guerra civil. Así, y tras el nacimiento de la infanta Catalina, hubo una junta en donde todos los descontentos se unirían para impedir la entrada del rey Fernando en tanto no fueran satisfechas sus deudas. Su pretexto era liberar a la Reina, y aquélla, en algún ataque de lucidez, reprochaba a Diego López Pacheco sus intrigas. Tal era su envalentonamiento que no dudaba en negociar con el rey de Portugal —como portavoz del gobierno de Castilla— para el matrimonio de los hijos de aquél con los de Felipe I y Juana.

Ante la manifiesta incapacidad para gobernar de su hija, Fernando llegó a Castilla, en agosto de 1507, desde Nápoles, al tiempo que Cisneros —nombrado inquisidor general— le prometía a Diego una compensación por Almansa y Villena. Fue ése el momento en que López Pacheco se rindió. Había conseguido su sueño. Sólo quedaron como irreductibles bastiones antifernandinos, el duque de Nájera y don Juan Manuel, mientras que el Rey no tardaría en acumular más problemas con otros nobles, al tiempo que estallaba la crisis navarra.

Fernando el Católico falleció el 23 de enero de 1516 y le sucedió Juana en Castilla, mientras que Carlos de Gante se convertía en príncipe heredero. El gobierno del reino quedó en manos de Cisneros en Castilla y del arzobispo de Zaragoza en Aragón. El cardenal todavía contó con Diego López Pacheco como miembro de su Consejo y, en 1518, el viejo luchador recibía el Collar de la Orden del Toisón de Oro, pero, anciano y enfermo, no pudo trasladarse a jurar al nuevo heredero a las Cortes de Madrid. Era 1528 y Pacheco estaba tan impedido por los dolores de gota que hasta le tenían que dar de comer.

De su primer matrimonio había nacido su primogénito Juan, casado con María Pimentel, hija del I duque de Benavente. Su segunda esposa fue Juana Enríquez, sobrina de la Reina e hija de Alfonso Enríquez —tercer almirante de Castilla— y de María de Velasco. De esa unión nacieron nueve hijos, pero sólo su segundogénito —Diego— continuó la línea. Fernando López Pacheco, el mayor, en quien su padre había hecho mayorazgo, murió en vida de aquél. Francisco y Pedro permanecieron solteros, Isabel, casada con el I duque de Arcos, no tuvo descendencia, como tampoco la tuvo Magdalena, matrimoniada con su primo Pedro Portocarrero, señor de la casa de Moguer. Cuatro hijas más —Francisca, Juana, María y Ana— profesaron como religiosas.

En su villa ducal de Escalona, en Cadahalso, falleció el fiero II marqués de Villena, arrepintiéndose de sus muchos pecados y pidiendo misericordia, según figura y recoge la tradición, en su lápida.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz