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Alonso de Fonseca y Ulloa

Biografía

Fonseca y Ulloa, Alonso de. Alonso de Fonseca (I). Señor de Coca y Alaejos. Toro (Zamora), 1418 – Coca (Segovia), 1473. Capellán real, arzobispo de Sevilla y valido de Juan II.

Hijo de Juan Alfonso de Ulloa y de Beatriz Rodríguez de Fonseca, fue destinado desde muy pequeño a la carrera eclesiástica recibiendo una esmerada formación intelectual. Los primeros pasos de esta brillante carrera eclesiástica hasta la llegada al obispado de Ávila fueron patrocinados por su tío materno el cardenal de Santángel. Antes de llegar a ocupar el episcopado abulense, lograría entrar en la casa del príncipe de Asturias como capellán mayor, posiblemente por recomendación de su tío el doctor Pero Yáñez, persona de la máxima confianza de Álvaro de Luna. La pertenencia al círculo de personas íntimas del príncipe Enrique le iba a reportar grandes beneficios a lo largo de su vida. En efecto, el inesperado traslado a Cuenca, a comienzos de 1445, del obispo de Ávila, Lope de Barrientos, dejaría vacante esa diócesis, que de inmediato el príncipe de Asturias se apresuraría a solicitar para Fonseca. No le fue difícil a Juan II acceder a los deseos de su hijo y, por tanto, proponerle para tal prebenda que conseguiría poco después.

El cronista Hernando del Pulgar, que dejó una aguda y espléndida semblanza de Fonseca, afirma que “tovo gran lugar en la governación del reyno en tiempo del rey don Juan e del rey don Enrique su fijo [...] e siempre quería tener el especial lugar cerca de los reyes e ser único con ellos en sus fablas e retraymientos”. En efecto, lo que más llama la atención de este personaje, además de su codicia, es su desmedida capacidad para la intriga —reconocida por todos los cronistas de la época— y el interés tan extraordinario que demostró por los problemas políticos del reino, mucho más desde luego que por los asuntos estrictamente religiosos y por las cuestiones de tipo pastoral de las diócesis que rigió. La primera vez que los cronistas mencionan a Fonseca como protagonista de una acción política es en el año 1448 cuando actuaría de enlace entre Álvaro de Luna, privado de Juan II, y Juan Pacheco, que lo era del príncipe heredero, que se entrevistaron en Zárraga, cerca de Medina del Campo, para tratar de reconciliar a padre e hijo y de camino repartirse el gobierno del reino. Por su parte, el cronista sevillano Ortiz de Zúñiga le atribuye la nueva reconciliación entre Juan II y su hijo Enrique en 1451, último pacto entre Álvaro y Juan Pacheco, esta vez para apartar al príncipe de Asturias y a su equipo de la alianza con el rey de Navarra y la facción nobiliaria contraria al condestable.

En 1454, su protector, el príncipe Enrique, consiguió que su padre propusiese a Fonseca como sucesor del cardenal Cervantes al frente del arzobispado de Sevilla. Lograba así la dignidad eclesiástica más importante de su vida. A pesar de ello, no quedaría satisfecho.

La gran época de Fonseca comenzó empero en ese año de 1454 cuando murió Juan II y le sucedió su hijo Enrique IV. El nuevo arzobispo de Sevilla acudió a la ceremonia de proclamación del Rey acompañado de todos los altos dignatarios de la Corte. Fue Fonseca quien en 1455 casó en Córdoba a Enrique IV con su segunda esposa, Juana de Portugal. En ese mismo año, fue elegido miembro del Consejo Real junto con Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo. En los años siguientes, el arzobispo de Sevilla siguió escalando puestos de gran responsabilidad en la Corte del reino.

El marqués de Villena, privado del nuevo Monarca, necesitaba a Fonseca como el mejor instrumento para conocer las maquinaciones de la nobleza, y a su vez Fonseca precisaba del marqués para continuar desempeñando puestos políticos en la Corte. A partir del año 1457, se inició el período que Luis Suárez Fernández ha calificado como el gobierno del marqués de Villena, que comenzó en ese año y finalizaría con varios altibajos, en 1463. Juan Pacheco impuso a Enrique IV un equipo de gobierno del que formaban parte Fonseca, el maestre de Calatrava, el obispo Barrientos y los condes de Plasencia y Alba. El arzobispo de Sevilla podía sentirse satisfecho, pues formaba parte del reducido círculo de personajes que gobernaban el reino. Fue entonces cuando concibió la idea de cambiar con su sobrino del mismo nombre el arzobispado de Sevilla por el de Santiago. En principio, este trueque entre eclesiásticos de la misma familia no suscitó ningún tipo de oposición, más aún cuando su sobrino, que era uno de los que podría poner objeciones, había conseguido la mitra compostelana merced a las intrigas de su tío. Sin embargo, la operación fue un fracaso y traería graves consecuencias. Fonseca el Viejo se trasladó a Santiago pero una vez allí se enemistó con una gran parte de la nobleza gallega que le puso en graves dificultades. Incapaz de hacerse con el avispero gallego, Fonseca comprendió que había cometido un error. Decidió entonces huir de Santiago y refugiarse en su villa de Coca. Quiso después recuperar la sede de Sevilla, pero a ello se opusieron decididamente su sobrino y una buena parte de las fuerzas vivas de la ciudad. Tras una serie de turbulentos episodios en los que se veía involucrado el propio Monarca, Fonseca el Joven tuvo que regresar a su antigua sede compostelana por Orden Real, mientras que su tío, tras sortear numerosas dificultades, pudo conseguir que le devolviesen el arzobispado hispalense.

Fonseca el Viejo no regresó jamás a Sevilla, sino que marchó tras el Rey a la Corte, retirándose también con cierta frecuencia a sus posesiones de Coca y Alaejos, villas que había incorporado a su patrimonio personal cuando era todavía obispo de Ávila. La villa de Coca y el castillo de Alaejos no habían sido el resultado de una donación real, como han sostenido algunos autores, sino que llegaron a poder de Fonseca por el procedimiento del trueque. En efecto, en 1448, el prelado había conseguido hacerse con la villa de Saldaña (Palencia), como premio que Juan II le había concedido por haber actuado de mediador en la reconciliación con su hijo el príncipe de Asturias. Cuatro años más tarde, cambió Saldaña al marqués de Santillana por Coca y Alaejos.

A partir de 1465, Fonseca se distanció, junto con Pacheco y otros nobles, de Enrique IV, y se inclinaría, tras la farsa de Ávila y la consiguiente disposición de este último, por el príncipe Alfonso, el nuevo Monarca proclamado en esa ciudad por una buena parte de la alta nobleza. Ya había participado en la Junta que los Grandes de Castilla celebraron en Burgos contra el Rey y figuraba también entre los nobles y eclesiásticos con los que este último se vio obligado a pactar en las vistas de entre Cabezón y Cigales.

Luis Suárez Fernández le atribuye la autoría del plan adoptado en su castillo de Coca, en plena guerra civil, por el cual Castilla se repartiría en dos zonas, y en el que se acordaba también el matrimonio de la princesa Isabel con Pedro Girón. Durante cierto tiempo, jugó con ambos pretendientes, el Rey y el príncipe Alfonso. Tras la batalla de Olmedo en 1467, se inclinó por Enrique IV, al que dio hospedaje en su castillo de Coca. El Rey le confió entonces a su esposa la reina Juana, que permaneció en Coca durante algún tiempo hasta que fue trasladada a la fortaleza de Alaejos, también bajo la custodia de Fonseca, y fue en ese castillo cuando sucedería lo inevitable.

La Reina quedó embarazada, lo que suponía un gran escándalo y un enorme descrédito para la persona del Rey. Se le llegó a acusar al arzobispo de ser la persona que había abusado de la honestidad de la Reina. Después se supo que el padre de la criatura había sido un joven sobrino suyo, Pedro de Castilla, que se hallaba desde hacía mucho tiempo en Alaejos bajo la protección de su tío. Si ya el episodio del trueque de Sevilla había demostrado la profunda torpeza del personaje, la aventura galante de Alaejos terminó por arruinar su reputación, aunque continuó todavía intrigando hasta el mismo día de su muerte. Por de pronto, no cayó en desgracia ante el Rey, sino que siguió siendo una persona de su confianza, y en calidad de tal le acompañó en el pacto de los Toros de Guisando cuando el Monarca procedió a declarar a su hermana Isabel como heredera del reino. Unos meses más tarde, en las Cortes celebradas en Ocaña en 1469, Fonseca fue la persona encargada por el Rey para leer en su nombre una solemne declaración en la que se prometía una vez más, justicia, buen gobierno, orden económico, etc. Murió de anginas poco después en los primeros meses del año 1473. Los cronistas contemporáneos de Fonseca —Enríquez del Castillo, Diego de Valera y Alonso de Palencia— han dejado una impresión muy negativa de este prelado. Todos ellos coinciden en que se trataba de un eclesiástico culto y de agudo ingenio, pero que carecía de la debida gravedad y necesaria discreción propias de un buen prelado y que estuvo más atento a su ambición de poder y de riquezas que al gobierno y cuidado pastoral de las sedes que rigió.

 

Bibl.: L. Suárez Fernández, Nobleza y Monarquía: puntos de vista sobre la historia castellana del siglo XV, Valladolid, Universidad, 1959 (2.ª ed., Valladolid, Departamento de Historia Medieval, 1975; 3.ª ed., Nobleza y monarquía: entendimiento y rivalidad: el proceso de construcción de la Corona española, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003); H. del Pulgar, Los claros varones de España, ed. de R. Brian Tate, Oxford, The Clarendon Press, 1971; A. Franco Silva, “El arzobispo de Sevilla Alonso de Fonseca el Viejo. Notas sobre su vida”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, t. CXCVI, cuad. I (1999), págs. 43-92.

 

Alfonso Franco Silva