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Alfonso de Carrillo de Albornoz

Biografía

Carrillo de Albornoz, Alfonso de. Carras­cosa del Campo (Cuenca), 1384 – Basilea (Suiza), 14.III.1434. Cardenal de San Eustaquio, arzobispo de Sigüenza, arcediano y archivicario de la basílica de Letrán, legado del papa Martín V en Bolonia, carde­nal presbítero de los Cuatro Santos Coronados, pro­tonotario apostólico del papa Eugenio IV, padre con­ciliar y procurador en el concilio de Basilea.

El hombre que fue testigo del testamento del polé­mico Benedicto XIII en Peñíscola, el 31 de octubre de 1412, se llamaba Alfonso Carrillo de Albornoz y pertenecía a uno de los más preclaros linajes castella­nos cuyo patrimonio se hallaba ubicado en tierras de Cuenca. Hijo de Gómez Carrillo y de Castañeda, se­ñor de Ocentejo y Paredes, alcalde mayor de los hijos­dalgo de Castilla, y de Urraca (Álvarez) de Albornoz, señora de Portilla, el futuro cardenal de San Eusta­quio había nacido en el pueblo conquense de Carras­cosa. Por parte de madre, su abuelo Álvar García de Albornoz, el Viejo, había destacado como embajador de Alfonso XI en Francia para pactar la boda del fu­turo Pedro I con Blanca de Borbón. Por parte de pa­dre, era nieto de Pedro Carrillo y Álvarez de Osorio, señor de Nogales y caballero de la Orden de la Banda, defensor de Tarifa y muerto en Aragón por el que con el tiempo sería rey Enrique II, por las relaciones que mantenía con su hermana Juana, esposa de Fernando de Castro. En definitiva, Alfonso Carrillo de Albor­noz rezumaba nobleza por los cuatro costados.

Alfonso Carrillo tuvo tres hermanos. El mayor, Ál­varo, que siguió la línea de la casa, fue mayordomo mayor de la infanta doña Catalina de Castilla. Por su matrimonio con Teresa de la Vega, señora de Pernía, en tierras cántabras, Alfonso Carrillo emparentó polí­ticamente con los Mendoza, marqueses de Santillana. Una hermana, María, estaba casada con Martín Ruiz de Alarcón, IV señor de Valverde de Júcar. La otra hermana, quizás la más unida a él, Teresa o Teodora, era señora de Paredes, y por su matrimonio con Lope Vázquez, emparentó con el imponente linaje de los Acuña. Fue éste el I señor de Buendía, procedía de una familia portuguesa emigrada a Castilla tras Alju­barrota (1385) y cuyo hermano Martín, por medio de sus dos matrimonios, fundó la casa de los condes de Valencia de Don Juan y la de los Téllez-Girón. El matrimonio de Lope Vázquez de Acuña y Teresa Carrillo tuvo cuatro hijos a cual más principal. El primogénito, Pedro, fue el I conde de Buendía; Lope, por su parte, ostentó también la primera titularidad del ducado de Huete, mientras que Gómez Carrillo, camarero mayor de los Paños y señor de Jadraque, falleció prematuramente. El último de los hermanos, Alonso Carrillo, que tomó en honor de su tío carnal su mismo nombre, fue, andando el tiempo, el famo­sísimo arzobispo de Toledo y defensor de los Reyes Católicos.

Una de las primeras noticias sobre Alfonso Carrillo data de 1414, año del que se conserva un privilegio del rey Juan II confirmando al futuro cardenal y a su hermana Teresa, como reza el documento, “hijos de Gome Carrillo, alcalde mayor de los hijosdalgo de Castilla y ayo del rey”, un privilegio que el rey Enri­que II había concedido a la familia Albornoz y otro del rey Alfonso XI en los mismos términos.

Como buen segundón, Alonso Carrillo estaba des­tinado a la vida eclesiástica y no tardó en acumular cargos en el reino, cuya lista a lo largo de los años tal vez sea abrumadora, a saber: cuatro arcedianazgos, en Cuenca, Toledo, Briviesca y Valpuesta. Asimismo, fue abad de Alfaro, disfrutó de una canonjía en la ca­tedral de Cuenca, un prestimonio en Burgos y figuró también como administrador perpetuo de la iglesia de Osma. Todo esto le reportaba pingües beneficios. Pero lo más importante estaba por llegar: nombrado obispo de la catedral de Sigüenza (de 1422 a 1434), pronto comenzó su carrera internacional.

De todos los cargos eclesiásticos, el más importante fue el de cardenal. El 22 de noviembre de 1408, Fer­nando de Antequera había solicitado a Benedicto XIII el cardenalato para Carrillo de Albornoz con el título diaconal de San Eustaquio, al tiempo que le conce­día la encomienda de la iglesia de Salamanca el 4 de octubre de ese año, más adelante canjeada por la de Osma, que ostentó hasta 1422. Su primera actuación como purpurado se produjo en el Concilio de Per­piñán (1408-1409). Una característica sobresaliente en la vida y actuación de Alfonso Carrillo fue su fide­lidad a Benedicto XIII. Le acompañó en su entrada triunfal en Valencia y el 25 de junio de 1415 fue testigo de su protesta ante el emperador que no le había proporcionado unos salvoconductos necesarios. Pero el cisma de Occidente era causa de preocupación por el escándalo que producía en la cristiandad. Los reyes de Aragón, Fernando I y, más adelante, Alfonso V, hicieron lo posible para que Alfonso Carrillo dejara de apoyar a Benedicto XIII, pero él, irreductible, no se dejó intimidar por la embajada castellana que, a su paso por Peñíscola, camino de Constanza, le instaba a reconsiderar la sustracción de obediencia. Junto a Alfonso Carrillo, otros cardenales —Carlos Jordán de Urriés y Pedro Fonseca— formaban el reducto fiel del que pronto fue considerado antipapa y no duda­ron en escribir una carta a Alfonso V para defenderle con profundos argumentos teológicos. Con firmeza, los cardenales se opusieron al legado de Castilla en el Concilio de Constanza, si bien solicitaron a Bene­dicto XIII que abdicase y enviase una delegación al concilio, evitando así el cisma. Cuando el de Luna se negó la situación se tornó imposible y, muy a pesar suyo, el cardenal hubo de ceder sobre todo cuando el Concilio de Constanza deponía a los dos pontífices, eligiendo a Martín V en 1415. Los tres cardenales se desvincularon de su causa y se pasaron al bando conciliarista. Tres años después, el papa Luna, pro­fundamente disgustado con quien consideraba un “hijo degenerado” y traidor, destituyó a Carrillo de Albornoz de todos sus honores. No tardó el nuevo papa Martín V en reintegrarlo en sus dignidades y beneficios colmándole de no pocos nuevos cargos y responsabilidades, caso del arcedianato y archivi­cariato de la basílica de Letrán, el beneficio de San Alejo en Roma y la legación de Bolonia, así como la dignidad de cardenal presbítero de los Cuatro Santos Coronados, todo ello en la década de los veinte. No menos importante fue el obispado de Sigüenza, que desde el 17 de septiembre de 1418 ponía a su dis­posición una diócesis riquísima por la que, según su biógrafo, nunca se preocupó e incluso instó al Pontí­fice, en 1423, para que retirara el dinero a los deanes, invirtiéndose las cantidades en otras rentas. También protagonizó un enfrentamiento —que quedó en tablas— con el concejo.

Alfonso Carrillo, protector del Colegio de San Cle­mente de Bolonia, centró su carrera básicamente en Italia, Francia y Suiza, fundamentando su actuación en una de las secuelas que siguió a la división del cisma: el conciliarismo, algo que se mostró en toda su plenitud después de Constanza en los Concilios de Pavía-Siena (1423-1424) y, sobre todo, en el de Basilea (1431-1437). Su prestigio entre el Colegio de Cardenales era de tal magnitud que se subraya que, a la muerte del papa Martín V, “si no lo hu­biera estorbado su modestia”, el cardenal de San Eus­taquio hubiera tenido votos para alcanzar el ponti­ficado. Así, Alfonso Carrillo tomó parte activa en la espinosa cuestión conciliarista mostrándose como un papa reformista que obtuvo el apoyo de la curia —no en vano algunos autores afirman que era muy esti­mado por el Pontífice por los muchos votos obteni­dos—, curia a cuya reforma se empleó redactando un proyecto en 1422 —que aún se conserva— pero no se aplicó. Ese proyecto de reforma ha sido, historio­gráficamente hablando, mal enjuiciado. Así, curio­samente, las propuestas que presentaba no las había puesto en práctica cuando era obispo y toda la nor­mativa o disposición, desde el uso de la ropa hasta la simplificación de los procesos, tampoco se observaban habitualmente. Además, su propuesta guardaba silen­cio ante dos cuestiones básicas: las anatas y las reservas y tampoco se pronunciaba sobre la acumulación de beneficios, claro que estos últimos a él concretamente le reportaban importantes ingresos —20.000 florines anuales—, según la crónica de Juan II.

Asistente activo a las sesiones del Concilio de Pavía-Siena, intervino en la aprobación de los decretos. Sus relaciones con la Signoria —siempre se alojaba en el espléndido palazzo de la ciudad— fueron magnífi­cas y desde su situación comprobaba cómo el intri­gante embajador de Aragón, Guillermo Armengol, maquinaba mientras el cardenal apoyaba los deseos de la ciudad para impedir que el concilio se trasla­dara. También actuó en Basilea y el nuevo papa Eu­genio IV lo envió como legado a España para predicar la cruzada contra los granadinos, aunque parece que no pasó de Aviñón, en cuyo palacio pontificio se ins­taló. El motivo de esta permanencia se explica porque los aviñonenses le apreciaban tanto, que le instaron para que interviniera en sus relaciones con los oficia­les de Carlos VII. El Papa, entonces, prefirió que no actuara en España y resolviera el contencioso, cosa que hizo a total satisfacción del Rey y del Pontífice.

Juan II le nombró su procurador en el Concilio, mientras el cardenal dirigía exitosamente el gobierno de Aviñón y el condado venesino con el título de vi­cario de la Iglesia que, el 20 de junio de 1432, se vio obligado a aceptar. En Aviñón era el rey, alabado por personajes como el fraile dominico e inquisidor Jean de Puy que le dedicó un tratado, pero tampoco falta­ron las intrigas como se demuestra en la actuación de otro residente en la ciudad del Ródano: Juan Mau­roux, patriarca de Antioquía. Los aviñonenses envia­ron a Basilea toda una embajada y la ciudad no tardó en convertirse en un foco de propaganda concilia­rista, pero con un resultado desastroso, pues aquello se volvía contra el Pontífice que no tardó en vengarse de Alfonso Carrillo privándole del rico obispado de Sigüenza, si bien nunca llegó a ejecutarlo. Comenzó entonces para el cardenal una etapa de sinsabores y luchas intestinas, que condujeron al nombramiento de Pedro de Foix como legado papal, y le fue retirado el gobierno de Aviñón el 8 de julio de 1433. Basilea se convertía en un hervidero entre papistas y concilia­ristas. Los enfrentamientos entre los cardenales, por la elección supuestamente irregular de Eugenio IV, eran continuas. Alfonso Carrillo apoyaba a Nicolás Albergati y sus diferencias con el cardenal Branda se hicieron muy manifiestas.

El cardenal de San Eustaquio, sin embargo, no pudo ver cumplidos sus proyectos. Murió prematuramente, con cincuenta años, en la ciudad de Basilea, donde se celebraba el concilio, de forma accidental: asfixiado por el humo del carbón. Sus funerales fueron acor­des con su vida, celebrándose de forma solemne con el Emperador presente, así como los obispos y padres del concilio. Alfonso Carrillo recibió sepultura, en un primer momento, en los lugares que le habían hecho famoso: en la cartuja de Basilea para luego ser trasla­dado a la iglesia de los Cuatro Coronados de Roma.

Las repercusiones de su fallecimiento fueron de primera magnitud. Como recogen las fuentes, in­cluida la carta de un monje —escrita el 14 de marzo de 1434—, en donde dice que el cardenal de San Eustaquio era la columna de los concilios. No menos explícita se muestra la crónica de Juan II: “La muerte del Cardenal fue de gran daño en este tiempo, porque era un hombre muy notable y gran letrado, y servía mucho al Rey y sostenía a todos los castellanos que en aquellas partes iban. Hubo el Rey de su fallecimiento gran dolor y vistió paños negros, y asimismo la Reina y el Príncipe y todos los grans que en la Corte es­taban”. Quizás, de entre los notables que en aquel momento subrayaron las virtudes del cardenal con­quense, destacaron Juan de Segovia y, sobre todo, Álvar García de Santa María, así como Pedro Carrillo de Huete, su pariente, halconero mayor de Juan II y autor de su crónica, quien recuerda que, además de “casto, limpio y ordenado en el vestir y comer”, era temido y estimado por príncipes y reyes. También fue generoso el cardenal como se comprueba en la en­trega de parte de su fortuna a los pobres de Basilea y a la iglesia de Sigüenza que, finalmente, fue el último destino de sus restos mortales. Y allí, en la capilla ma­yor de la catedral, en una parte del muro, encima de la puerta del trascoro, un bellísimo sepulcro de már­mol de estilo ojival, labrado en Roma, se hallan los restos del gran cardenal. Se afirma que fue él mismo quien encargó la obra.

La clave de su herencia recayó en su hermana Te­resa Carrillo conforme al testamento que el cardenal había dictado en Roma en 1431. Alfonso Carrillo de­jaba todos sus bienes, lugares, villas y fortalezas en mayorazgo para su sobrino, hijo de Álvaro, su hermano mayor. Pero éste los enajenó contra la voluntad del cardenal pretendiendo suceder en la casa de Al­bornoz. Entonces Teresa, con licencia de su marido, Lope Vázquez de Acuña, reivindicó sus derechos. Fi­nalmente, el heredero del cardenal fue el hijo clérigo de Teresa Carrillo y Lope Vázquez de Acuña que, en honor de su tío carnal llevaba su nombre: Alonso Ca­rrillo de Acuña, uno de los personajes más importan­tes del siglo xv. Criado junto con su tío, le sucedió en el obispado de Sigüenza con sólo veintiún años. Y, después de su agitada vida, fue enterrado también junto con a él en un mausoleo en el muro de la Epís­tola de la capilla. Juntos reposan, tío y sobrino, dos cardenales de igual nombre que hicieron honor a su fama brillando en la historia de la Iglesia y en la polí­tica castellana y europea.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz