Ayuda

Juan Arias Dávila

Biografía

Arias Dávila, Juan. ¿Segovia?, c. 1436 – Roma (Italia), 20.X.1497. Humanista, administrador de la diócesis de Segovia, obispo de Segovia, oidor y consejero real.

Juan Arias Dávila, o de Ávila, como figura en los documentos de la época, nació en el seno de una familia judeoconversa asentada en Segovia que alcanzó una destacada posición política y social en la Castilla del tercer cuarto del siglo XV. Los padres de Juan Arias eran Diego Arias Dávila, el poderoso contador mayor de Enrique IV, y su segunda esposa Elvira González.

Nada se sabe de la infancia ni de la juventud de Juan Arias al no haberse conservado ningún testimonio de lo ocurrido al futuro prelado durante ese período de su vida. Una vez alcanzada la edad para ello recibió formación universitaria en Salamanca, donde se integró en el elitista colegio de San Bartolomé. Allí estudió en la cátedra de Juan Alfonso de Benavente, graduándose en Derecho Canónico con la licenciatura en Decretos.

La primera noticia referente a la carrera eclesiástica del futuro prelado se encuentra en 1455 cuando fue nombrado capellán de Enrique IV, lo que implica que en esa fecha ya había sido ordenado sacerdote. Tres años después, en 1458, obtuvo el oficio de protonotario apostólico y la abadía de Froncea, recibiendo posteriormente un gran número de beneficios menores.

Su carrera progresaba sólidamente al amparo del monarca castellano. El 9 de febrero de 1461 Juan Arias fue nombrado por Pío II administrador de la diócesis de Segovia, sede que se encontraba vacante por el fallecimiento del obispo Fernando López. Su designación como administrador se explica por el hecho de que, aunque electo, Juan Arias no alcanzaba la edad exigida para ser consagrado obispo, por lo que se recurrió a esta fórmula que le permitió regir de hecho la diócesis hasta su definitiva consagración episcopal.

Durante los más de cinco años que se mantuvo como administrador, Arias Dávila desplegó una gran actividad, destacando su recuperación de la figura de san Frutos, el patrón de la diócesis de Segovia, y la creación de un estudio donde se enseñaba Gramática, Lógica y Filosofía Moral, proyecto éste que no logró consolidarse en el tiempo.

En estos años, Juan Arias inició también su carrera como servidor regio tras su integración tanto en el Consejo Real, al que pertenecía al menos desde 1465, como en la Audiencia Real, órgano judicial en el que era oidor desde 1458. En esta época el futuro prelado se mantuvo alejado de la política activa, permaneciendo a este respecto a la sombra de su padre y de su hermano Pedro.

El 7 de octubre de 1466 el papa Pablo II nombró a Juan Arias obispo de Segovia, cargo que supuso la consolidación definitiva de la carrera eclesiástica de Arias Dávila cuando el nuevo prelado rondaba los treinta años. El relato de un viaje que un grupo de caballeros procedentes de Bohemia realizó por la Península entre 1465 y 1467 ofrece un testimonio excepcional que permite acercarse a la imagen que ofrecía el joven Arias Dávila al comienzo de su episcopado.

En efecto, en la relación que Tetzel escribió del viaje realizado por el barón de Rosmithal de Blatna puede leerse que “en la ciudad [de Segovia] hay un obispo poderoso, acaso más que el mismo monarca, que invitó también a su palacio a mi señor y le honró extraordinariamente”.

Durante los últimos años del reinado de Enrique IV, Juan Arias tuvo una participación muy directa en la política castellana, condicionada en aquellos momentos por la guerra civil que enfrentaba desde 1464 al Monarca con su hermanastro Alfonso.

La familia Arias Dávila fue una decidida defensora de la causa regia hasta el encarcelamiento en 1467 por orden de Enrique IV de Pedro Arias, hermano del prelado y cabeza del linaje. Aunque liberado poco tiempo después, la familia comenzó a bascular políticamente hacia el grupo de oposición al Monarca reunido en torno al mencionado infante Alfonso y tras la muerte de éste alrededor de su hermana Isabel. El 17 de septiembre de ese mismo año de 1467, Pedro Arias y su hermano el obispo entregaron la ciudad de Segovia a los partidarios de don Alfonso. Como consecuencia de esta deslealtad, Juan Arias fue depuesto de todos sus cargos administrativos y sufrió la confiscación de sus bienes. Tras la inesperada muerte del infante Alfonso en julio de 1468, los hermanos Arias Dávila iniciaron un acercamiento a su antiguo protector, pero sin éxito, pues tras la firma del pacto de los Toros de Guisando en septiembre de ese mismo año, Enrique IV ordenó a Pedro y a Juan Arias que abandonasen la ciudad de Segovia. El alejamiento definitivo de la Corte desde 1468 hasta la muerte de Enrique IV en 1474 no impidió al obispo seguir participando de un modo muy activo en la vida política castellana. Él fue precisamente quien en enero de 1469, estando en su fortaleza episcopal de Turégano, ejecutó la falsa dispensa pontificia de consanguinidad que se presentó en la boda celebrada entre Isabel y Fernando, los futuros Reyes Católicos.

El alejamiento del obispo de sus tareas al servicio del monarca le permitió prestar una mayor atención a sus obligaciones como eclesiástico, que retomó con unas energías verdaderamente notables. En 1472, Arias Dávila anunció la finalización de la construcción de un nuevo palacio episcopal, financiado con sus rentas personales, no con las de la dignidad episcopal, que se situó junto al antiguo, entre el alcázar y la catedral vieja. También en 1472 el obispo celebró un sínodo diocesano en Aguilafuente, lugar de señorío catedralicio. Esta asamblea, de claro talante reformista y dedicada sobre todo a asuntos que afectaban al clero, marcó la pauta de los otros dos sínodos que celebró durante su episcopado. Como novedad, y por iniciativa del prelado, las actas del sínodo fueron entregadas al impresor alemán Juan Parix para su reproducción tipográfica. De este modo, y quizá sin ser plenamente consciente de ello, Juan Arias se convirtió en el promotor del primer libro impreso en España.

Tras el acceso al trono de los Reyes Católicos, el obispo segoviano volvió al servicio activo a la Monarquía como miembro del Consejo y de la Audiencia Real, desde donde ofreció a sus señores una colaboración leal y eficiente. Entre sus actuaciones de esta época cabe destacar la inspección que realizó en 1484 junto al doctor de Ávila de la Audiencia y Chancillería de Valladolid con el objeto de mejorar el funcionamiento de este órgano judicial. Al año siguiente los monarcas le encomendaron la solución del enfrentamiento que mantenían los partidarios y los detractores de la reforma en el monasterio cisterciense de San Pedro de la Espina. Hacia 1486 fue comisionado junto con Juan Arias del Villar, quien sería su sucesor en la diócesis segoviana, para reformar la Universidad de Salamanca, y al año siguiente, acompañado esta vez por Martín de Ávila, acudió a inspeccionar la Universidad de Valladolid.

Durante el reinado de los Reyes Católicos, Juan Arias limitó su actividad política al ámbito de la ciudad de Segovia. Tras la muerte de su hermano Pedro en 1476, el obispo se convirtió en cierto modo en el cabeza de la familia Arias Dávila y durante los siguientes años mantuvo una enconada pugna por el control de la ciudad con el alcaide del alcázar y futuro marqués de Moya, Andrés de Cabrera, en la que finalmente vencería este último.

En estos años Arias Dávila reanudó en su diócesis la activa labor que había iniciado a comienzos de la década. En 1478 el obispo convocó un sínodo en Segovia que se ocupó de la adecuada regulación de la justicia episcopal y abordó diferentes asuntos relativos a los laicos. Cinco años después, en 1483, celebró en Turégano su tercer y último sínodo, cuya breve acta se limita a declarar dos constituciones del sínodo de 1472 y otra no sinodal que había sido promulgada en Turégano en 1473. Es obligado destacar que Juan Arias fue el obispo segoviano que más sínodos convocó durante la Edad Media, circunstancia que hay que relacionar, por un lado, con su evidente talante reformista y, por otro, con sus intentos de racionalizar la gestión económica, administrativa y judicial de su obispado. Aunque Arias Dávila mantuvo una relación muy tensa con el cabildo catedralicio, siempre demostró una gran preocupación por que el primer templo de su diócesis desempeñara adecuadamente esta dignidad.

En 1484, por ejemplo, revisó conjuntamente con los canónigos los usos y costumbres vigentes en la institución capitular, disponiendo la realización de un liber consuetudinarius que recogió y actualizó toda la actividad litúrgica del templo. Decidido defensor de la reforma dentro de la Orden franciscana, Juan Arias reunió en 1488 a los franciscanos observantes y claustrales de Segovia en el monasterio de San Francisco, y dio posesión del monasterio de San Antonio a las clarisas observantes. La reforma entre las mencionadas clarisas no triunfó hasta la unificación en 1498 en San Antonio de las dos comunidades existentes en la ciudad, cuando ya había fallecido el obispo.

En julio de 1478 Arias Dávila había presidido la congregación general del clero castellano que se celebró en Sevilla, siendo elegido al final de la misma como uno de los tres comisarios encargados de llevar a la práctica los acuerdos alcanzados. Precisamente tras la celebración de esta asamblea Juan Arias se trasladó a Roma junto a otros delegados para informar al Papa de los resultados de la reunión, siendo ésta su primera estancia documentada en la ciudad eterna.

El año 1486 la Inquisición inició la instrucción de un proceso contra la familia Arias Dávila. La toma de declaraciones a los testigos tuvo lugar en dos fases. La primera se llevó a cabo en Segovia entre 1486 y 1487 y recopiló alrededor de un centenar de testimonios, y la segunda se inició en 1489 y se prolongó más allá de 1490, reuniendo otras ciento cincuenta testificaciones, recogidas, además de en Segovia, en otras ciudades como Ávila, Salamanca o Zamora. El 8 de julio de 1489 los fiscales de la Inquisición acusaron formalmente a los padres del obispo, Diego y Elvira, y a su abuela materna, Catalina, todos ya difuntos. Más tarde efectuaron nuevas acusaciones contra la hermana del obispo, Isabel; su marido, Gómez González de la Hoz, y alguno de los hijos de ambos. Las declaraciones de los testigos implicaron también al propio prelado, pero finalmente no consta que los inquisidores presentaran cargos contra Juan Arias Dávila.

Jurista experimentado, Juan Arias asumió de inmediato la defensa de sus familiares y tras diversos avatares procesales comprendió que la mejor estrategia se encontraba en la apelación a Roma. De este modo, partió hacia la sede apostólica en 1490, no sin antes haber desenterrado los huesos de sus padres, sepultados en el convento segoviano de Santa María de la Merced, para ponerlos a salvo de cualquier actuación inquisitorial. Una vez en Roma, Juan Arias desplegó una actividad incesante. Acudió directamente a Inocencio VIII y, buen conocedor de la naturaleza humana, no tuvo reparo alguno en entregar costosos regalos al propio Pontífice y diversas cantidades en metálico a los miembros más influyentes de la curia para que sus reclamaciones fueran atendidas con la mejor disposición. Como resultado de todos estos esfuerzos consiguió poco tiempo después una sentencia del cardenal alejandrino que absolvía a sus padres y a él mismo de la acusación de herejía.

A pesar de este éxito, el obispo era consciente de que la validez en Castilla de la sentencia mencionada era prácticamente nula y además no protegía al resto de sus familiares encausados. De este modo, centró a continuación todos sus esfuerzos en intentar la transferencia del proceso a Roma, donde tendría mayores oportunidades de liquidarlo definitivamente, pero todas sus gestiones a este respecto resultaron inútiles pues la Inquisición defendió su jurisdicción con firmeza.

La causa, finalmente, pasó desde Segovia al tribunal de Valladolid, cabeza del distrito inquisitorial de Castilla desde 1492, donde debió archivarse tras la muerte del obispo, pues no existe constancia de que se dictara sentencia alguna.

Exceptuando en los primeros momentos de su llegada a Roma apenas se sabe nada de las actividades de Juan Arias en Italia. La buena relación que el prelado mantuvo toda su vida con Alejandro VI, al que conocía al menos desde la estancia del futuro Pontífice en Segovia en 1473, motivó que el Papa recurriera en algunas ocasiones a los servicios del obispo segoviano.

Entre sus actuaciones como delegado pontificio se puede destacar su participación en las coronaciones de los reyes napolitanos Alfonso II en 1494 y Federico I en 1496. Por lo que respecta a la diócesis de Segovia, Juan Arias continuó sin oposición al frente de su sede, pero desde su salida de Castilla renunció de hecho al gobierno directo de la misma.

El 20 de octubre de 1497 Juan Arias Dávila dictaba su testamento en Roma. El documento resulta verdaderamente excepcional, pues junto a las previsibles mandas de carácter espiritual y a aquellas otras destinadas al reparto de bienes y a la cancelación de deudas tanto en Italia como en Castilla, recoge diversas actuaciones del obispo a lo largo de su vida que nos permiten entrever a un personaje de una compleja y fascinante trayectoria vital.

Siguiendo sus deseos, tras su fallecimiento su cuerpo fue depositado provisionalmente en el monasterio franciscano de San Jerónimo de Roma, desde donde su sobrino y heredero Pedro Arias Dávila lo trasladó a Segovia para sepultarlo definitivamente en el altar del crucifijo de la catedral de Segovia, lugar destinado al reposo de los prelados diocesanos. El 9 de diciembre de 1499 el mencionado Pedro Arias y el cabildo catedralicio firmaron un convenio mediante el cual esta institución se comprometía a celebrar anualmente por él una misa de requiem en el octavario de Todos los Santos y mensualmente un responso cantado sobre su sepultura, el primero de los cuales se rezó el 14 de enero del año 1500.

La figura de Juan Arias Dávila resulta verdaderamente excepcional. Eclesiástico comprometido y reformista, su pertenencia a la Iglesia resulta un elemento esencial de su personalidad que, sin embargo, no se agota en esta faceta. Fue un humanista en el sentido más estricto de la palabra, ligado al mundo jurídico y al universitario, bibliófilo y editor, amigo de reyes y de papas, entregado con pasión a la cultura y a la política, supo recoger lo más selecto del mundo medieval que le precedió, y al que él mismo todavía pertenecía, y proyectar esta herencia hacia los nuevos tiempos que ya comenzaban a adivinarse.

 

Bibl.: J. P. Le Flem, “La première version castillane du testament de don Juan Arias Dávila, évêque de Ségovie”, en Estudios Segovianos, XXII (1970), págs. 17-46; C. Carrete Parrondo, Fontes Iudaeorum Regni Castellae III. Proceso inquisitorial contra los Arias Dávila segovianos: un enfrentamiento social entre judíos y conversos, Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1986; T. de Azcona, “Arias Dávila, Juan”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, suplemento I, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1987, págs. 64-67; A. García y García (dir.), Synodicon Hispanum VI. Avila y Segovia, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1993, págs. 423-497; M. del P. Rábade Obradó, Una elite de poder en la corte de los Reyes Católicos. Los judeoconversos, Madrid, Sigilo, 1993, págs. 101-172; VV. AA., Segovia en el siglo XV. Arias Dávila: Obispo y Mecenas. Exposición conmemorativa del V Centenario, Segovia, Obispado de Segovia, 1997; VV. AA., Segovia en el siglo XV. Arias Dávila: Obispo y Mecenas, Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1998; VV. AA., Sinodal de Aguilafuente. I Facsímil. II Estudio y transcripción, Salamanca, Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2003; B. Bartolomé Herrero, “Juan Arias Dávila, obispo de Segovia (1466-1497)”, en Juan Párix, primer impresor en España, Salamanca, Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2004, págs. 203-224.

 

Bonifacio Bartolomé Herrero