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Alonso II de Fonseca y Acevedo

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Biografía

Fonseca y Acevedo, Alonso deAlonso de Fonseca (II). Salamanca, c. 1437 – 12.III.1512. Arzobispo de Santiago, administrador de la sede de Sevilla y patriarca de Alejandría.

Alonso II de Fonseca y Acevedo es biográficamente conocido como Fonseca II, para distinguirlo en la relación de arzobispos de Santiago de su tío (Fonseca I) y de su hijo (Fonseca III), que como él ostentaron esta dignidad.

Alonso de Fonseca II nació en Salamanca en torno a 1437, dado que, en la bula de su nombramiento como deán de Sevilla, expedida 1457, se indicaba que contaba entonces con 20 años de edad. Fue hijo del regidor de Salamanca y contador mayor de Castilla Diego González Acevedo, señor de El Tejado, y de Catalina de Fonseca y Ulloa, fallecida hacia 1470; pero utilizó como primer apellido el materno. Fueron sus abuelos paternos Juan González de Acevedo, doctor en leyes, miembro del Consejo Real, canciller mayor del sello de Juan II y oidor y hombre de confianza de Enrique III y del infante Fernando de Antequera, fallecido en 1424, y Aldonza Díaz Maldonado. Ambos recibieron sepultura en el panteón de los Acevedo de la iglesia del convento de San Francisco de Salamanca.

La casa palacio de estos abuelos, conocida más adelante como “casa de Valdonquillo o de las cuatro torres”, que luego sería de sus padres y hermanos, y donde nacería probablemente Alonso de Fonseca II, se situaba frente a la parroquia de San Benito, en solares ocupados actualmente por la Universidad Pontificia. Se trataba de un edificio torreado, con ventanas geminadas, puerta grande de arco y escudos de armas, que desapareció en el siglo XVII al construirse el colegio jesuita del Espíritu Santo. Todo lo cual manifiesta la vinculación de la parentela del futuro arzobispo con influyentes linajes nobiliarios locales. Su madre, Catalina, era hija de Juan Alonso de Ulloa, consejero del rey Juan II, y de Beatriz Rodríguez de Fonseca.

Hermano de su madre, y tío de Fonseca II, fue Alonso de Fonseca I, obispo de Ávila y arzobispo de Santiago y de Sevilla, cuya vida transcurre entre 1418 y 1473 y que fue uno de los principales privados de Enrique IV de Castilla. No hay que confundirlo con otro prelado homónimo, primo suyo, de la parentela extensa, que ocupó las sedes de Ávila, Cuenca y Osma en la segunda mitad del siglo XV.

Fueron, asimismo, hermanos de Alonso II de Fonseca: Luis de Acevedo Fonseca y Rodrigo, casado con Ginebra de las Mariñas, Aldonza de Acevedo, que contrajo matrimonio con Lope Sánchez de Moscoso, conde de Altamira, y María de Fonseca, esposa de Pedro de Vega. Su hermano mayor y heredero del mayorazgo de sus padres, Juan de Acevedo, falleció en 1461, en las luchas libradas por su tío, Fonseca I, para recuperar el arzobispado de Santiago, pasando entonces el mayorazgo a Luis.

Poco se sabe de los primeros años de Alonso de Fonseca II. Se trata de una etapa oscura que sólo comienza a clarificarse con su presencia en la catedral de Sevilla, junto a su tío Fonseca I. Como en el caso de otros muchos de sus sobrinos y parientes, el arzobispo de Sevilla amparó su carrera universitaria y eclesiástica. Al obtener la mitra sevillana en 1454, lo incorporó a su nueva sede como racionero, otorgándole en 1456 un canonicato y, poco más tarde, en 1457, el deanato hispalense, vacante por la promoción de Rodrigo Sánchez de Arévalo al obispado de Oviedo. El propio rey Enrique IV, dada la estrecha relación de privanza que mantenía con su tío, fue quien intercedió ante el papa que se le otorgara esta última dignidad. Con los pingües beneficios obtenidos del deanato, el joven Fonseca pudo mantenerse con holgura en Padua, donde cursaba entonces sus estudios universitarios.

A la muerte del arzobispo de Santiago Rodrigo de Luna (1460), el conde de Trastámara trató de colocar a su hijo Luis Osorio en la sede arzobispal. Sin embargo, el 3 de diciembre de 1460 era preconizado como arzobispo de Santiago Alonso de Fonseca II, recomendado en Roma por Enrique IV, quien pretendía recompensar de esta forma los servicios prestados por su tío. Pero dada la inexperiencia del nuevo arzobispo, y los conflictos de la diócesis, se acordó, con aprobación regia y pontificia, que permutase la sede con su tío Alonso de Fonseca I, arzobispo de Sevilla, con condición de retornar a las respectivas diócesis cuando se serenase la situación tras la oportuna intervención del último en Santiago. Esta permuta duraría dos años. Fonseca I se encontró, de este modo, en medio de una tumultuosa situación, por cuanto la ciudad compostelana se oponía al señorío arzobispal, encabezada por el conde de Trastámara. A ello se sumaban las continuas presiones de Juan Pacheco, marqués de Villena y privado de Enrique IV, para que el arzobispo “viejo” hiciera renunciar al “joven” a la sede de Santiago para que tomara posesión de ella su primo, el obispo de Burgos Luis de Acuña y Osorio, quien a requerimiento del marqués habría de ceder a su vez la mitra burgalesa a Fonseca II. El arzobispo, sin embargo, contaba con la mayor parte del Cabildo, con un sector de la nobleza gallega y con el apoyo de Enrique IV, enfrentándose tanto al de Trastámara como al de Villena para conseguir la mitra para su sobrino. El enfrentamiento culminó con el cerco y ocupación de la ciudad de Compostela por las tropas del arzobispo en julio de 1461, y con la posterior muerte del conde de Trastámara, pudiendo entonces tomar posesión de la sede, la cual dejó a cargo de su hermano, Fernando de Fonseca, y, luego, de Gómez de Anaya como gobernadores del arzobispado, mientras él regresaba a sus señoríos castellanos.

Aunque parecía que el orden se había restablecido, enseguida Fonseca I hubo de hacer frente a los intentos de otros nobles gallegos, en especial de Bernal Yáñez de Moscoso, pertiguero de Santiago, de tomar la ciudad de Santiago. A este nuevo factor de inestabilidad se sumó la intención del tío de regresar a la sede de Sevilla y desentenderse del complejo escenario gallego, deseando retomar su posición en la Corte del monarca castellano. No obstante, el retorno a las prelaturas respectivas (Fonseca I al arzobispado de Sevilla y Fonseca II al de Compostela) se demoró hasta 1463, debido a la resistencia presentada por Fonseca II a renunciar a la mitra hispalense. Conocidas las intenciones de su tío, este último regresó a Castilla desde Italia y, tras una dura entrevista con aquel, acudió a Sevilla a comienzos de 1463 para atrincherarse en la catedral. Se suscitó entonces un grave conflicto en la ciudad del Guadalquivir entre los partidarios del tío y del sobrino, que consiguió atraer a su causa a la mayor parte del común y del patriciado urbano hispalense. Finalmente, tras las oportunas e intervenciones regias y pontificias, fue obligado a abandonar sus pretensiones sobre Sevilla.

En 1464 se produjo la solemne entrada de Alonso de Fonseca II en su arzobispado de Santiago. A partir de ese momento procuró por todos los medios consolidar su autoridad y recuperar aquellos bienes de la mitra arzobispal que habían sido usurpados por distintos magnates laicos gallegos en los conflictivos años y décadas previas, lo que tendría como consecuencia inmediata el surgimiento de graves conflictos con aquellos, especialmente con el linaje de los Moscoso, que ostentaban la pertiguería mayor de Santiago y aspiraban a constituir un poderoso y hegemónico señorío propio en los dominios arzobispales. El señorío temporal del arzobispado compostelano le suponía un conjunto de propiedades y rentas, jurisdicciones, derechos políticos y señoriales en el ámbito de la diócesis de Santiago y alrededores. Para el gobierno de todo ello, se rodeó de un equipo de colaboradores de su entorno cercano: Luis de Acevedo, su hermano; Juan García de Gómara como provisor; los fututos canónigos Pedro Maldonado, Gonzalo de Valdivieso, Juan de Barrientos, Pedro de Almazán y Diego de Castilla; y los caballeros Rodrigo Maldonado y Pedro de Ribas. Se atrajo a hidalgos locales como Esteban de Xunqueiras y el linaje Montenegro. Recuperó parte de la autoridad jurisdiccional y militar con la creación del oficio de alcalde mayor, conferido a Rodrigo Maldonado. Con este oficio, mermó las atribuciones del pertiguero mayor de la iglesia de Santiago, Bernal Yáñez de Moscoso, un caballero de linaje enemigo, lo que terminaría por confirmar a este que con Fonseca II en la silla de Santiago difícilmente podría alcanzar sus aspiraciones.

Mientras tanto, el prelado compostelano siguió de cerca y tomó parte activa en la política castellana, secundando las exhortaciones realizadas por los nobles y prelados del reino en el mismo año de 1464 contra Enrique IV y su favorito, Beltrán de la Cueva. Sin duda, su posicionamiento junto a los rebeldes fue consecuencia de la intervención regia para hacerle abandonar Sevilla y de los intentos del monarca, en el verano de 1464, de desposeer a su tío de sus bienes y mitra hispalense. En ese contexto corrió incluso el rumor de que el monarca pretendía desposeerle de la sede de Santiago para entregársela a Gutierre de la Cueva, obispo de Palencia y hermano del de la Cueva. A pesar de esta activa participación inicial en la revuelta y de su reconocimiento en enero de 1465 del infante Alfonso, hermanastro del rey, como nuevo heredero del trono, Fonseca II no tuvo oportunidad de continuar participando en la contienda civil que estallaría entonces en el reino, pues las tumultos que contra su autoridad señorial padeció su predecesor, Rodrigo de Luna, por parte de la nobleza de la gallega y sus vasallos, volvieron a resurgir con fuerza ante su llegada a Compostela y su intención de restablecer en todo su vigor el poder arzobispal.

En efecto, el pertiguero Bernal Yáñez de Moscoso reaccionó contra los intentos de Fonseca II de reinstaurar la autoridad arzobispal aprisionando al arzobispo durante una estancia del prelado a comienzos de marzo de 1465 en la villa de Noia, reteniéndole cautivo durante dos años (hasta principios de 1467) en diversas fortalezas, como Altamira y Vimianzo. Tras ello, Moscoso y otros nobles procedieron a la ocupación de las principales villas de la mitra arzobispal y de la ciudad de Santiago, al tiempo que trataban de forzar al prelado cautivo a cederles en feudo todos sus señoríos. Para conseguir las 500 doblas de oro que aquellos acabaron reclamando para el rescate del arzobispo, y poder acceder al tesoro catedralicio, la facción de los canónigos no favorables al prelado fue apresada en julio de 1466 en una maniobra dirigida por Luis de Acevedo (el hermano de Fonseca) y su madre Catalina de Fonseca, quienes resistían, cercados en la catedral de Santiago junto a los partidarios que restaban del arzobispo, los intentos del linaje de Moscoso y de otros nobles gallegos de desintegrar el poder arzobispal en su beneficio, para lo cual contaban también con el favor de la ciudad y de parte del cabildo. La cautividad de los canónigos se mantuvo cinco meses, mientras la catedral era asediada por Bernal Yáñez de Moscoso (que falleció en el cerco) y sus tropas, que consiguieron finalmente la rendición de los familiares y afectos a Fonseca. En el armisticio final, se acordó la liberación de los canónigos y del propio arzobispo, pero se le impuso a éste un destierro de la diócesis por diez años y la entrega de las fortalezas de su mitra a aquellos magnates, entre otras humillantes cláusulas que suponían en la práctica una completa claudicación del poder arzobispal.

Alonso de Fonseca II se estableció entonces en la villa de Redondela, de señorío compostelano pero situada en la diócesis tudense, desde donde intentó recuperar los poderes, jurisdicción y derechos que como arzobispo de Santiago le correspondían y que le habían sido arrebatados, pero sin éxito alguno. Para hacer sentir su influencia en la diócesis, aun permaneciendo fuera de ella, restringió desde marzo de 1467 los poderes de su provisor y obispo auxiliar. Este período coincidió con el movimiento irmandiño o gran revuelta antiseñorial gallega de 1467-1469, con amplios asaltos y derribos de fortalezas, entre ellas las pertenecientes a la mitra arzobispal, que sufrieron la furia de los vasallos descontentos, deseosos, en el caso concreto de la ciudad compostelana, foco organizador de los irmandiños de todo el arzobispado, de limitar el señorío arzobispal. El hecho de que Fonseca II y su hijo y sucesor en la mitra, Fonseca III, no reconstruyeran la mayoría de las fortalezas que entonces fueron derribadas o dañadas, dio pie, ya en el siglo XVI, al llamado pleito Tabera-Fonseca, en el cual Juan Pardo de Tabera, sucesor de Fonseca III en el arzobispado de Santiago, reclamó a su antecesor una indemnización por los daños causados en esas fortalezas, patrimonio de la Iglesia compostelana. El interrogatorio a los testigos de este pleito se trata sin duda de la fuente más relevante para el estudio del fenómeno irmandiño.

Hay pocas noticias de Fonseca durante este conflicto. Algunos le suponen estancias en Salamanca, ciudad en la que existía desde 1463-1464 un grupo de oposición al rey Enrique IV encabezado por el bando de San Benito y al que pertenecían los Fonseca. Este grupo apoyó al infante don Alfonso y, posteriormente, a doña Isabel. También se desplazó a Portugal, donde fue acogido por el duque de Braganza, para obtener apoyos frente a los irmandiños, como otros magnates gallegos. No obstante, la guerra civil que se desarrollaba en Castilla le dificultó el reclutamiento de efectivos para atender a sus propias contiendas. En cualquier caso, sus partidarios capitulares se ausentaron de Santiago, en cuyas cercanías las operaciones de demolición de fortalezas señoriales estuvieron dirigidas por el propio maestro de obras de la catedral compostelana. Su cabildo catedralicio, aliado con la Irmandade, no le negó su condición de arzobispo, pero sí asumió buena parte de sus atribuciones, actuando en la práctica como si la sede se encontrara vacante para cubrir el vacío que había dejado el prelado desterrado.

Tras la concordia sellada en Guisando entre el rey Enrique IV de Castilla y la liga nobiliaria, de la que formaban parte algunos señores gallegos, se permitió que los magnates organizaran la reconquista contra los irmandiños, a cuyo frente se pusieron el arzobispo Fonseca, Pedro Madruga y Juan de Pimentel, hermano del conde de Benavente, ahora circunstancialmente aliados. La imposibilidad de percibir las rentas de mitra en estos años llevó al prelado a empeñar y vender sus bienes y los de sus progenitores para poder reunir un ejército propio.

Su primera acción se dirigió contra Pedro Osorio, hijo del conde de Trastámara e implicado en el movimiento, que fue derrotado por los nobles en las cercanías de Santiago, pese a lo cual la ciudad resistió al arzobispo Fonseca durante varios meses, en los cuales, y a tenor de las protestas del cabildo del 2 de abril de 1469, trató de emplear los bienes de la mitra arzobispal y de la Iglesia de Santiago, a través de feudos, foros y censos, para atraer partidarios a su causa. Tras ser herido con una saeta y unas negociaciones con los representantes de la Irmandade y de la urbe de las que tenemos escasa información, el arzobispo pudo entrar en la ciudad y prestar juramento de respetar los privilegios, usos y costumbres del Concejo, siendo recibido de nuevo como su señor por medio de este reconocimiento parcial de los requerimientos de los irmandiños compostelanos. No parece que se ejerciera una represión especial sobre los sublevados ya que algunos de los cabecillas irmandiños continuaron en sus puestos de regidores y alcaldes concejiles. Aparte de por el acuerdo alcanzado por el arzobispo con el concejo y con el cabildo, que contó además con el refrendo pontificio y el arbitraje de los obispos de Zamora y Ciudad Rodrigo y del arcediano de Salamanca, esta ausencia de represalias fue también consecuencia de la necesidad de respaldo mutuo entre aquellos y el prelado ante la pretensión de los principales magnates gallegos de retomar su objetivo, una vez recobrados sus propios señoríos, de ampliar estos a costa de las tierras arzobispales y de reconstruir sus fortalezas derribadas.

En efecto, la década de los años setenta volverá a caracterizarse desde su mismo comienzo por los conflictos armados nobiliarios en el territorio compostelano debido a que el arzobispo Fonseca II reemprendió pronto y con nuevos bríos su tarea de recuperación de tierras y jurisdicciones de manos de diversos nobles y caballeros gallegos junto a sus nuevos aliados, pretendiendo reconvertir el señorío arzobispal compostelano en una pieza hegemónica en la Tierra de Santiago. Ello sucedía al tiempo que la mayoría de aquellos magnates con los que circunstancialmente se había unido para hacer someter a los irmandiños, recobraban un agresivo interés por los bienes de la mitra. De todo ello es al mismo tiempo muestra y consecuencia la gran confederación que en noviembre de 1470 firmaron Lope Sánchez de Moscoso, Pedro Álvarez de Sotomayor, Diego de Andrade, el conde de Lemos y otros destacados miembros de la nobleza gallega contra el arzobispo y la marquesa de Astorga, que se habían unido a los restos de la Irmandade para contar con su apoyo frente a aquellos y pasado a la acción: para entonces el prelado compostelano ya había ocupado Puentedeume a los Andrade y recuperado Mesía de Gómez Pérez das Mariñas, había realizado las reclamaciones pertinentes de todo aquello que le había sido usurpado a su mitra y había procedido a la anulación de los feudos que de la mitra de Santiago tenían los nobles y caballeros rebeldes a su autoridad. Fonseca II alcanzó incluso a conseguir que la Sede Apostólica fulminara las más graves censuras eclesiásticas contra aquellos.

Todo ello supuso reequilibrios de fuerzas entre los diversos señores locales, que se disputaban entre ellos y con el arzobispo el disfrute de las tierras y derechos; así como continuas batallas y enfrentamientos de facciones por toda la Tierra de Santiago, en los cuales Fonseca II adquirió un protagonismo principal, ganándose en esos años su posterior fama de obispo belicoso. Entre otros, sus principales adversarios fueron Lope Sánchez de Moscoso, señor de Altamira, y Pedro Álvarez de Sotomayor, secundados por otros linajes de la nobleza gallega. Con el primero, el prelado mantuvo violentos enfrentamientos en la prosecución de su objetivo de erradicar la influencia de los Moscoso en la Tierra de Santiago, en buena medida como represalia por la humillante prisión a la que fue sometido por Bernal Yáñez al comienzo de su pontificado gallego; y el segundo llegaría a usurparle los bienes arzobispales del sur de Galicia, incluida la villa de Pontevedra, en su intento de expandir sus estados tudenses hacia el norte, provocando la airada respuesta de Fonseca. Luis de Acevedo, hermano del arzobispo, se convirtió estos años en el jefe militar del ejército arzobispal, compuesto, según algunas fuentes, por dos mil infantes y cien jinetes. Se produjeron continuos enfrentamientos bélicos, álgidos entre 1472 y 1474, en los que el prelado, en su afán por imponer la autoridad de la mitra de Santiago en Galicia, llegaría incluso a enfrentarse y capturar al corregidor mayor enviado por Enrique IV a ese reino, llamado Juan de Pareja, quien se alió con los rivales de aquel ante su resistencia a acatar su autoridad. No obstante, tras su prisión el corregidor accedería a no usar de los poderes que le había confiado el rey sin permiso de Fonseca. Debido a que tenía ocupadas gran parte de las villas del señorío arzobispal, de sus feligresías y fortalezas. El arzobispo procuró ampliar sus alianzas con el conde de Monterrey, con el conde de Lemos, con el obispo de Tuy, fray Diego de Muros, y con Fernando Pareja, adelantado mayor de Galicia.

En otros frentes estableció matrimonios de conveniencia y pacificación, como los de su hermano Luis Acevedo con Ginebra de las Mariñas, y el de Lope Sánchez de Moscoso con su hermana Aldonza. Como consecuencia de los continuos gastos militares y construcción de fortalezas quedó resentida la economía arzobispal, lo que obligará a una reorganización de la administración y al incremento de las presiones fiscales sobre los vasallos y tierras del señorío. Así transcurrieron, desde 1464, unos quince años de enfrentamientos armados entre el arzobispo y la nobleza vecina.

En la esfera de lo privado, a comienzos de 1470 falleció en Salamanca su madre Catalina de Fonseca.

Por esas fechas hay que situar también las relaciones amorosas de Alonso de Fonseca II con María de Ulloa, fallecida en 1506. Nacida en Cambados o Santiago, era hija de Lope Sánchez de Ulloa, muerto en 1465, y de Inés de Castro Lara y Guzmán, muerta en 1490.

Asimismo, María de Ulloa era hermana del primer conde de Monterrey, Sancho Sánchez de Ulloa, fallecido en 1505. De las relaciones de Fonseca II con María de Ulloa nacieron entre 1470 y 1476 dos hijos.

El primero, Diego de Acevedo y Fonseca, se casaría con Francisca de Zúñiga y Ulloa, sobrina de María de Ulloa y segunda condesa de Monterrey, que murió en 1526. El otro fue Alonso de Fonseca III y Acevedo, futuro arzobispo de Santiago y Toledo. Las fechas del nacimiento de ambos son dudosas, aunque la del segundo tiende a colocarse en el año 1476. Más problemático es localizar el lugar de nacimiento del futuro Fonseca III, que algunos hacen natural de Santiago y otros, más probablemente, de Salamanca.

A la muerte de Enrique IV, y recibida en Santiago de Compostela la noticia de la proclamación como reina de Isabel la Católica en Segovia, Alonso de Fonseca II y sus entonces aliados, Sancho de Ulloa, conde de Monterrey, y Pedro Álvarez de Osorio, conde de Lemos, se declararon en su favor.

Era el 16 de enero de 1475. En abril del mismo año, el arzobispo se desplazó a la Corte de la reina Isabel para brindarse como apoyo de la Corona en Galicia en la contienda sucesoria, con lo que buscaba también obtener su favor para arremeter con el respaldo de la monarquía contra aquellos magnates gallegos con los que ya llevaba enfrentado una década por los bienes y rentas de su mitra, los cuales se habían declarado partidarios del bando portugués. Al año siguiente, en 1476, y tras la negativa de Pedro Álvarez de Sotomayor, conde de Camiña, Lope Sánchez de Moscoso y otros de sus aliados a obedecer las continuas órdenes regias para que reintegraran al arzobispo todo lo que le habían usurpado, Alonso de Fonseca II, como aliado de los Reyes Católicos, intentó una operación de ataque contra Pontevedra, ocupada por el conde de Camiña, Pedro Álvarez de Sotomayor, con el apoyo de los portugueses. Posteriormente, con la ayuda del conde de Monterrey, juntó doscientas lanzas y cinco mil peones en una nueva acción que no logró la victoria. En 1477 cambiarían las tornas y, tras el apresamiento del conde de Camiña, el arzobispo impulsó una acción contra Pontevedra, Vigo y Redondela, que culminó con la toma de Bayona y la expulsión de la guarnición portuguesa. Todo ello, en el marco de enfrentamiento de los linajes gallegos: los Fonseca contra los Sotomayor, y los Osorio contra los Pimentel o los Pardo de Cela. El apoyo que el prelado ofreció a los monarcas en esos años, encabezando el partido de los futuros Reyes Católicos en Galicia, fue lo que le permitiría, tras largos años de conflictos, hacerse verdaderamente con la mitra y con los señoríos de Santiago, que fue recuperando uno a uno por medio de las armas y por la intervención de los monarcas. No obstante, la conclusión de la contienda sucesoria marco el inicio de una nueva etapa de reforzamiento de la autoridad regia en Galicia en la que el arzobispo y los nuevos reyes de Castilla pasarían a disputar por sus respectivas cotas de poder en aquel reino.

En efecto, y a pesar de su colaboración para la derrota de sus rivales comunes y del respaldo que el prelado había prestado a los monarcas para la instauración de la Hermandad en Galicia, la conclusión de la contienda sucesoria tuvo como consecuencia que Fonseca II se viera impedido para asumir el poder al que aspiraba en aquel reino debido a la aparición de un nuevo factor: en agosto de 1480, Fernando de Acuña fue encargado por los Reyes Católicos del gobierno de Galicia, con el objetivo de reforzar las instituciones de la Corona en ese reino y de acabar de forma definitiva con las endémicas luchas entre los poderes laicos y eclesiásticos del mismo.

Llevaba órdenes de arrogarse para sí las causas civiles y criminales, nombrar corregidores y desmantelar castillos y fortificaciones. El arzobispo Fonseca, cabeza del bando isabelino, también fue instado a entregar sus fortalezas, aunque se le encomendó a Acuña delicadeza en el trato. Con el apoyo de un ejército propio y de la recién creada Hermandad, el delegado real fue moderando la influencia del prelado: se atendieron las quejas de las ciudades y villas del señorío y algunos castillos arzobispales pasaron a manos del gobernador.

En febrero de 1481, Alonso de Fonseca II fue nombrado presidente del Consejo Real. Con este cargo los Reyes agradecían los servicios prestados y acrecentaban el honor del prelado, pero también le alejaban de Galicia y le integraban en su Corte, a fin de desdibujar su excesiva influencia local y frenar sus ambiciones. A partir de esta fecha, Fonseca II residirá cada vez menos en su diócesis, al tiempo que se acrecentaba la autoridad y la administración regias en Galicia, como factor de estabilidad.

Esta intervención de la autoridad regia limitó el abuso de las competencias arzobispales, especialmente sobre sus vasallos señoriales, pero teniendo siempre cuidado de salvaguardar los intereses de Alonso de Fonseca II, frente a la nobleza contraria y sus reivindicaciones jurisdiccionales, frente al Concejo compostelano o los concejos rurales, o frente al gobernador y alcaldes mayores de Galicia en 1489.

Los conflictos armados de antaño se redujeron a partir de 1480 al terreno judicial, en el que se dirimirían durante las décadas siguientes los pleitos resultantes de las contiendas de Fonseca II con la nobleza gallega durante los primeros años de su pontificado. Por la vía jurídica se procuraron resolver también las tensiones por cuestiones jurisdiccionales y fiscales entre el prelado y sus vasallos arzobispales, ya presentes en la década de 1470 y más frecuentes a partir del alejamiento de Fonseca II de Santiago de Compostela y del afianzamiento de las estructuras burocrático-administrativas de la Corona en Galicia.

En 1484 Fonseca II fue nombrado presidente de la Chancillería de Valladolid, iniciándose entonces una década de escasas noticias, en la que el prelado alternó su residencia entre Salamanca y Valladolid.

En cualquier caso, las visitas a Santiago resultaban esporádicas. El gobierno de la Iglesia y señorío compostelano quedó en manos de personas de su confianza: el provisor y vicario general, presidente del tribunal diocesano, el alcalde mayor y el recaudador de rentas. Por otro lado, tanto en el Cabildo, como en el Concejo municipal y en la administración señorial en general, fueron ocupando cargos personas de su círculo, familiares, criados y afectos, vinculadas a los linajes de Fonseca, Maldonado, Acevedo, Paz o Flores.

Lo que sí aparece documentado en esos años es la intervención de Fonseca II en el conflicto del nombramiento del rector de la Universidad de Valladolid, por estas fechas, pleito éste que enfrentaba al licenciado Diego de Palacios con Miguel de Ayala. El arzobispo, como presidente de la Chancillería, atribuyó la causa a su tribunal, lo que fue considerado como intromisión y parcialidad por posteriores provisiones reales que remitieron la decisión al Consejo. En efecto, Fonseca no poseía jurisdicción sobre una cuestión litigiosa vinculada al fuero propiamente universitario.

A finales de esta década de los ochenta, fueron también abundantes los préstamos económicos que el arzobispo facilitó a la Corona para financiar las campañas granadinas: se registran en 1488, 1489 y 1491, y tendrán su recompensa en la concesión de mercedes; por ejemplo, la dignidad de gobernador del reino, que se le otorgó en 1491, y con cuya calidad participó como cortesano en las campañas bélicas de la conquista de Granada. También se le localiza con la Corte en Sevilla y Barcelona por estos años.

En la década de los noventa, y según los estudios de Mercedes Vázquez Bertomeu, se multiplicaron los conflictos entre la jurisdicción señorial del arzobispado de Santiago y la actuación de los oficiales reales.

Recuérdese que el cargo de alcalde mayor de dicho arzobispado mermó en origen la autoridad de los alcaldes territoriales ordinarios, con pleitos resultantes con los Concejos de Santiago y Noia y, posteriormente, con la Real Audiencia. Ahora, los oficiales reales avocaban para sí causas en primera instancia y admitían apelaciones de tribunales locales. También prestaron oídos a las protestas de Santiago y otras villas de señorío para no aceptar alcaldes nombrados por el prelado. A esto se sumaban las quejas y resistencias de muchos vasallos al pago de los tributos, en largos pleitos arrastrados desde comienzos de la década anterior. A consecuencia de todo ello, en 1493, irrumpió Alonso de Fonseca II en Santiago, con fulminantes excomuniones para los oficiales reales. En la confrontación, el prelado terminó siendo desterrado de la ciudad y requerido de nuevo por la Corte para alejarlo de Galicia. En cualquier caso, la poderosa red que había establecido este autoritario arzobispo en el seno del cabildo catedralicio compostelano a través de la introducción en el mismo de numerosos parientes y deudos, le permitió hacer sentir su influencia sobre el mismo y sobre el arzobispado durante lo que restaba de su pontificado, reduciéndose con ello también de forma notable las tensiones entre la corporación capitular y el prelado.

A partir de 1493, Fonseca II se estableció a uña de caballo entre la Corte y Salamanca. En aquélla, parece formar parte del Consejo Real. En la ciudad de Salamanca y por estos años, se documenta la presencia activa de su hijo Diego en muchos de los conflictos y banderías de que hay constancia.

Aquí cabe referirse a la preocupación de Alonso II de Fonseca por el futuro de sus hijos. A partir de 1490 se registraron importantes compras de tierras en el entorno salmantino para constituir el patrimonio de Diego de Acevedo y Fonseca, y, con apoyo real, se concertó en 1487 su matrimonio ventajoso con Francisca de Zúñiga y Ulloa, hija de Sancho de Ulloa, conde de Monterrey. Lamentablemente, Diego de Acevedo, señor de Babilafuente, falleció en 1496 en el ataque francés a la fortaleza de Salsas en el Rosellón catalán. Desde entonces, Fonseca II se ocupará de su nieto Alonso de Acevedo y Zúñiga, futuro III conde de Monterrey (1496-1559), para el que fundará un mayorazgo en 1504.

También se preocupó Fonseca II por la carrera de su otro hijo natural, Alonso de Fonseca III (1476-1534).

Parece que este último había estudiado en la Universidad de Salamanca, en la que residía cuando en 1490 se le nombró canónigo de Santiago. En 1496 se otorgó a Fonseca III el arcedianato de Cornado en Compostela, lo que compatibilizaba con una notaría compostelana y el cargo de capellán mayor de los Reyes Católicos.

Hay pocas noticias sobre Alonso de Fonseca II en estos años. Se sabe, sin embargo, que en agosto de 1501 acompañó en su viaje marítimo hasta Inglaterra a la infanta Catalina. También la acompañaban, entre otros, el conde de Cabra y los obispos de Osma, Salamanca y Mallorca. Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, Fonseca II se mantuvo a la expectativa, aunque permaneció fiel al rey Fernando al llegar a Castilla la Corte de Felipe el Hermoso en 1506.

Con el nuevo matrimonio de Francisca de Zúñiga y Ulloa (fallecida en 1526) con Fernán Pérez de Andrade, Fonseca II se ocupó de proteger los derechos de su nieto Alonso de Acevedo y Zúñiga al condado de Monterrey. Ya se dijo que en 1504 había creado para él un mayorazgo, con autorización de los Reyes Católicos. El año anterior, también se había concertado el futuro matrimonio de aquel niño de siete años con María Pimentel, hija natural de Alonso Pimentel, duque de Benavente.

Además, el mismo año de la creación del mayorazgo, Fonseca II consiguió para su nieto la dignidad de perdiguero mayor de la tierra de Santiago. Al mismo tiempo, comenzaron negociaciones y pleitos para conseguir de su madre la entrega de bienes y fortalezas vinculadas al condado de Monterrey.

Por estos años, se tiene constancia de la participación de Alonso de Fonseca II en los conflictos banderizos de la ciudad de Salamanca. Así interfirió en la disputa entre el obispo de Salamanca, Juan de Castilla, y su Cabildo, apoyando en este caso a los capitulares contra su pariente, que quizás pretendía mantener las distancias frente al propio arzobispo. Fonseca II llegó a dictar auto de entredicho contra la ciudad de Salamanca y su obispo, con lo que se hizo necesaria la intervención regia en 1506. Este conflicto entre el arzobispo de Santiago y el obispo de Salamanca se prolongó con su hijo Alonso de Fonseca III y el obispo Bobadilla. Aquel mismo año de 1506, y en una investigación regia sobre los alborotos acaecidos en la ciudad de Salamanca, fue interrogado Fonseca II, al que se descubrió alojado en las casas paternas de su hermano Luis de Acevedo, regidor, junto a San Benito, protegido por un contingente de hombres armados.

Existen referencias oscuras a un posible viaje de Alonso de Fonseca II a la Corte romana en 1506.

Entre las razones de este viaje podrían mencionarse la de asegurar la sucesión de su hijo segundo en la sede compostelana, los enfrentamientos con el obispo de Salamanca y el pleito judicial con el cardenal Cisneros sobre la primacía de la Iglesia de Compostela sobre la de Toledo. En lo que respecta a la sucesión del arzobispado compostelano, Fonseca II contaba con el apoyo del rey Fernando el Católico, aunque se oponían otros sectores, como el propio Cisneros.

No obstante, en 1507 el papa Julio II aprobó la renuncia de Fonseca II a su sede compostelana, a favor de su hijo natural Alonso de Fonseca III. En diciembre, Fonseca III fue promovido al arzobispado de Santiago, y su padre a la dignidad de patriarca de Alejandría. El rey Fernando el Católico, con su apoyo a esta “sucesión”, y ante una Galicia tan apartada y conflictiva, quiso contentar al linaje de quien se le había mostrado como eficaz aliado. De Cisneros se cuenta que “dixo un día al Rey que del arçobispado de Santiago avía hecho Su Alteza mayorazgo con vínculo de restituciones, que mirasse si avía excluydo a las hembras”. No obstante, el nuevo patriarca asumió, por delegación de su hijo, las funciones metropolitanas de la Iglesia de Compostela y, con ello, la presidencia del tribunal que se asentaba en Salamanca. Con lo cual prosiguió el intervencionismo de Fonseca II en la vida eclesiástica y civil de esta ciudad.

A partir de 1507, se vuelven a encontrar pleitos e intromisiones de Alonso de Fonseca II en Salamanca.

Así, por ejemplo, se documentan presiones sobre la Universidad para imponer candidatos en la provisión de cátedras, y también las injerencias de Fonseca II en la diócesis, contra las que el obispo de Salamanca acabará consiguiendo privilegio de exención de su sede y obediencia directa al Pontífice.

Alonso de Fonseca II y Acevedo (Fonseca II) falleció en Salamanca el 12 de marzo de 1512. Años después fue sepultado en el monasterio de la Anunciación, o de Santa Úrsula, de dicha ciudad, que había contribuido a erigir con su mecenazgo. Esto nos permite culminar esta semblanza con un pequeño apartado sobre las relaciones de Fonseca II con las letras y las artes del primer Renacimiento español.

Por lo que respecta a las letras, Alonso de Palencia dedicó a Alonso II de Fonseca su De synonymis elegantibus, publicado en Sevilla en 1491. Otras dedicatorias fueron las de Marcos Durán en su Summula de canto de órgano (Salamanca, 1503), y la de Antonio Geraldino, humanista italiano, en su Carmen bucolicum, impreso en Salamanca por Juan de Porras. En la imprenta salmantina del mismo Juan de Porras había patrocinado Fonseca II, en 1497, la edición del Breviario compostelano.

En el capítulo de las artes plásticas, Alonso de Fonseca II reedificó a su costa la iglesia salmantina de San Benito, por haber sido bautizado en ella y constituir la parroquia de sus mayores. Las obras arquitectónicas comenzaron a partir de 1490, según unos, y se realizaron entre 1506 y 1509, según otros. La iglesia se decoró, en interiores y exteriores, con motivos heráldicos de los Fonseca, Acevedo, Ulloa y Maldonado; es decir, los cuatro linajes de la parentela del arzobispo y patriarca. Añádase también que en San Benito se localizaba el panteón familiar de los Maldonado. En Santiago, y en compensación por los daños causados por la ocupación del tesorero catedralicio, destinó un millón de maravedíes para la obra del claustro de la catedral hacia el final de sus días.

Mención especial merece, sin embargo, el patronato de Fonseca II sobre el monasterio de Santa Úrsula de Salamanca. En los inicios, Sancha Maldonado, hija de Pedro Maldonado y Aldonza Acevedo, y tía de Alonso de Fonseca II, había fundado y dotado con sus bienes el monasterio de Santa Úrsula, para hermanas de la Tercera Orden de San Francisco. Obtuvo bula confirmatoria de erección de Sixto IV en 1480, con nuevo título de monasterio de la Anunciación de Santa María Virgen. Con el apoyo de Fonseca II, y con anterioridad a 1493, se realizaron obras de ampliación y reedificación de los edificios de Santa Úrsula. La autorización definitiva para estas obras fue obtenida por el arzobispo Fonseca a través de un breve pontificio de Alejandro VI en dicho año de 1493. El monasterio quedaba bajo el patronato del propio Fonseca, y dependiente de la sede compostelana. Entre las religiosas entrantes tendrían prioridad las vinculadas a los linajes familiares del arzobispo: Acevedo, Fonseca, Ulloa y Maldonado.

Hacia 1496, la iglesia y convento de Santa Úrsula continuaban en construcción y no estaban rematados a la muerte de Alonso de Fonseca II en 1512, el cual dispuso ser enterrado en la capilla mayor del monasterio. En esta capilla vuelven a repetirse los motivos heráldicos de los linajes del fundador: Fonseca, Acevedo, Ulloa y Maldonado. El cumplimiento de las voluntades paternas fue llevado a cabo por su hijo Alonso de Fonseca III, entonces arzobispo de Toledo, que en 1529 encargó el túmulo funerario de su padre a Diego de Siloé y contrató la intervención de Juan de Borgoña en el retablo mayor. El conjunto, bajo la supervisión de Fonseca III, fue concluido en los primeros años de la década de los treinta. Sobre la cama de paredes oblicuas se sitúa la estatua yacente del patriarca de Alejandría, revestido de ornamentos pontificales y en mármol blanco de Máchale (Granada). La cabecera lleva el blasón de los Fonseca. Los costados tienen medallones de Santiago en la batalla de Clavijo y de la Anunciación, con representaciones de los cuatro evangelistas. En el epitafio de este túmulo de las Úrsulas se manifiesta la satisfacción del difunto por haber sido arzobispo de Sevilla, de Santiago y patriarca de Alejandría, y por pertenecer al esclarecido linaje de Acevedos y Fonsecas: “Amplissimo patri Alfonso Fonsecae ex clara Azevedorum Fonsecarumque familia, qui Hispalensis primum dein Compostellanae ecclesiae antistes cum se utroque pontificatu sponte abdicaste patriarca Alexandriae creatus praeclaris rebus gestis familiaeque ornamentis et auctis et illustratis hanc demum aede constructa ab hac luce in aeternam logaevus migravit anno salutis M.D.XII. mensis martii die XII. Alfonsus Fonseca archiepiscopus toletani heroi suo incomparabili aede instaurata faciendum curavit”.

 

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Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares