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Juan Pardo de Tavera

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Biografía

Pardo de Tavera, Juan. Cardenal Tavera. Toro (Zamora), 16.V.1472 – Valladolid, 1.VIII.1545. Presidente del Consejo Real, arzobispo de Toledo e inquisidor general en tiempo de Carlos V. Cardenal de la Iglesia con título de San Juan ante Portam Latinam.

Hijo de Arias Pardo y de Guiomar Tavera, fue sobrino de Diego Deza y este vínculo supuso su inserción en el grupo político “fernandino”, formado en torno al Rey Católico. Iniciados sus estudios de Cánones en Salamanca, Deza fue transferido a esta iglesia desde la de Zamora y se encargó de proteger al joven, ayudando a que obtuviera una capellanía en la iglesia parroquial de San Andrés. En adelante, y hasta que adquirió protagonismo en la Corte, todas las etapas de su progreso administrativo vinieron impulsadas por este grupo. En 1506 ingresó en la Suprema y el paso de su tío a la mitra de Sevilla le permitió ganar relevantes beneficios en este arzobispado: a una canonjía y la chantría de Sevilla en ese año, siguió el nombramiento como provisor del arzobispado y una sucesión de beneficios simples. La tarea más relevante derivada de la tutela “fernandina” que entonces le fue encargada, el 3 de diciembre de 1513, consistió en la “visita” de la Chancillería de Valladolid, en la que se advirtieron los principios reformadores de la administración característicos de su grupo político, que luego desarrollaría desde la presidencia del Consejo Real.

En esa época el Tribunal vallisoletano estaba presidido por el doctor Martín Fernández de Angulo, obispo de Córdoba y de la confianza del Rey Católico. Llegado Tavera a Valladolid el 12 de diciembre, ejerció su comisión hasta mayo del año siguiente y, concluida su vista en el Consejo en marzo de 1515, de su labor resultaron ordenanzas y la decisión regia de nombrarle presidente para aplicar la visita. Pero finalmente fue designado Diego Ramírez de Villaescusa y Tavera hubo de conformarse con el modesto obispado de Ciudad Rodrigo.

Una vez fallecido el Rey Católico, consciente Diego Deza de la necesidad de ganarse el favor del rey Carlos, decidió enviar a su sobrino a Bruselas, para presentarle sus respetos, pero el encargo quedó interrumpido en Madrid, donde el infante Don Fernando y la reina Germana le colmaron de atenciones. Quizá su clara significación “fernandina” le hizo temer consecuencias negativas de la llegada de Don Carlos a Castilla.

Pero el solapamiento de intereses entre este grupo y los servidores flamencos del nuevo Monarca las evitó.

Desde muy pronto, el Emperador confió graves tareas al criterio de Tavera, al ordenar su paso a Portugal a finales de 1521 para gestionar el doble matrimonio de Juan con Catalina, hermana de Carlos V, y el del propio Carlos con Isabel, la mayor de las hermanas del monarca portugués. La diligencia mostrada por el prelado condujo al Emperador a sopesar su paso a la sede episcopal de León, dignidad que no llegó a ocupar.

Tavera tendría un destino más importante, relacionado con la regeneración administrativa decidida por Carlos V tras el fin de las Comunidades. Accedió a la presidencia de la Chancillería de Valladolid el 25 de septiembre de 1522, aplicando de inmediato los principios reformadores impulsados por el Rey y sus asesores, entre los que formó parte destacada el presidente de Castilla, Antonio de Rojas. Avaló las promociones al Consejo Real de oidores de la Chancillería que entonces se produjeron (los doctores Vázquez y Medina) y colaboró con la inspección del Tribunal realizada por el obispo de Zamora, Francisco de Mendoza. Durante el desempeño de este cargo pasó sucesivamente por las sedes episcopales de Osma y Santiago, de las que tomó posesión, respectivamente, el 31 de diciembre de 1523 y el 8 de junio de 1524.

El nombramiento de Tavera para la presidencia del Consejo Real, generalmente fechado el 22 de septiembre de 1524, significó la aceleración y perfeccionamiento de las reformas administrativas puestas en marcha por su antecesor tras el fin de la crisis comunera, así como la instalación definitiva en el poder cortesano del grupo originado en torno a Fernando el Católico. Incorporado a su plaza, Tavera inició de manera inmediata su labor reformadora de la administración, tanto en su procedimiento como en sus gestores. A finales de 1524 dio comienzo la “visita” de la Chancillería de Granada por su flamante presidente Francisco de Herrera, si bien su pronto fallecimiento (20 de diciembre) motivó que la inspección fuera concluida por su sucesor Rodrigo de Mercado.

La elección de éste para el cargo (25 de abril de 1525) fue de las primeras promociones sujetas al criterio de Tavera. Asimismo, en 1525 llegó a su fin la reforma de la Audiencia de los Grados de Sevilla, que pretendía acercarla a la condición de Chancillería, y el 7 de diciembre de 1526 eran nombrados tres jueces con residencia en Canarias, para recibir apelaciones de sentencias de la Chancillería de Granada. Pero la parte más destacable de la tarea conducida por Tavera se dio en el propio Consejo Real, sacudido por importantes variaciones de funcionamiento y un patente protagonismo en el entramado consiliar. Entre las primeras cabe destacar el fin de la presidencia vitalicia de la Mesta con la salida del doctor Palacios Rubios del Consejo, pasando a desempeñarla todos los oidores por turno anual, comenzando por el doctor Guevara.

En cuanto a lo segundo, se trató una gran variedad de asuntos en su seno, derivada de la posición “patronal” de su presidente y generadora de una ingente carga de trabajo, que indujo un proceso de delimitación jurisdiccional con otros organismos.

En mayo de 1528, ante la eventualidad de celebrar Cortes aragonesas en Monzón, el Emperador confió el gobierno a su esposa, pero se aseguró la intervención tanto del presidente Tavera como del Consejo Real. Unas detalladas instrucciones obligaron a la Emperatriz a sustituir a su marido en las consultas de los viernes y atender la opinión del organismo, que tendría la libertad de elegir para ellas aquellos asuntos que considerara más importantes. Igualmente, consciente Carlos V de las distorsiones que solían afectar al manejo de la “gracia” durante las ausencias regias, puso al propio Tavera al frente de la Cámara, constituida por el licenciado Luis González de Polanco y Juan Vázquez de Molina como secretario. El ejercicio administrativo en este período de regencia fortaleció en mayor medida si cabe la posición cortesana de Tavera, refrendada con el nombramiento como capellán del Emperador y Doña Juana el 4 de abril de 1525 y el bautizo de la infanta María en julio de 1528. Asimismo, llegado un emisario francés a Monzón con el desafío de Francisco I al Emperador, el presidente se halló entre los ministros que le aconsejaron sobre el particular. Durante esta primera regencia de Doña Isabel, Tavera emprendió además la adecuación de la Universidad de Salamanca a la ideología de su grupo, plasmada tras diferentes avatares en unos estatutos para el gobierno del centro de estudios, en cuya elaboración participaron los visitadores previamente nombrados por Tavera (Pedro Pacheco, deán de su iglesia, y el licenciado Mejía, canónigo de Toledo) y que fueron aprobados por el Emperador el 28 de mayo de 1529.

El papel de Tavera como patrón cortesano se acentuó con la nueva jornada iniciada por el Emperador el 9 de marzo de 1529, y con él, la posición administrativa del Consejo Real. De forma elocuente, en la consulta del viernes previa a su partida, Carlos V solicitó al organismo que tuviera durante su ausencia “grande aviso sobre la buena gobernación de la república y mucha rectitud en la gobernación de la justicia”. Hasta su regreso, el presidente consolidó con este fundamento su influencia en la determinación de los negocios, paralelamente fortalecida por la muerte en Innsbruck del canciller Gattinara. Aunque la sucesión del secretario Francisco de los Cobos en tan importante cargo tendría consecuencias sobre la composición del poder en el grupo de origen “fernandino”, el presidente de Castilla llevó en este período la iniciativa en la resolución de asuntos tan arduos como la negociación con el estado eclesiástico de la contribución aprobada por Clemente VII tras la Paz de las Damas, la negociación con el estado eclesiástico del montante de la cuarta de la décima concedida por el Pontífice, o la reforma de las órdenes religiosas.

Entre 1531 y 1532, el Emperador se esforzó por obtener del Papa breves de reforma de las órdenes, que en muchos casos diferían en cuanto a religiosidad del grupo predominante en la Corte. Una vez obtenidos, delegaban la visita y reforma de las órdenes en el presidente Tavera, quien podría designar subdelegados que ejecutasen las diferentes inspecciones. De la mano de Tavera, el Consejo se ocupó de la preparación de la visita en octubre de 1532, constatando los conflictos que anidaban en el seno de diferentes órdenes.

Pero, a diferencia de los tiempos por venir, parece que Tavera no consideró esta reforma instrumento de disputa jurisdiccional con Roma, dado que dejó ver su preferencia por la resolución de los enfrentamientos en el seno de cada orden. La eficacia mostrada en estas y otras delicadas tareas arrancaron del Emperador, en 1531, aseveraciones expresas de aprecio por el presidente: “Todo lo que hazeis y el cuidado y trauajo que teneis en ello y la pena y congoxa de lo que no se puede proueer, y la razón que tan particularmente embiays de todas las cosas os agradezco mucho, que bien conosco que de vos cuelga la mayor parte de los trauajos”.

Cardenal desde el 22 de febrero de 1531, Tavera supo aprovechar su posición para intensificar el ascenso administrativo de sus clientes, tendencia iniciada ya durante la anterior regencia, con la entrada del doctor García de Ercilla en el Consejo Real. Ahora, eran los licenciados Gaspar de Montoya y Hernando Girón quienes accedieron al organismo en marzo de 1529, pero la promoción de sus protegidos en el período no se produjo en exclusiva mediante plazas consiliares, como señala el caso de Pedro Pacheco, deán de Santiago. Tras su eficaz tarea en la mencionada inspección de la Universidad de Salamanca, con el subsiguiente encargo de las “visitas” de la Chancillería y la Universidad de Valladolid, Pacheco ejerció como instrumento de la reforma administrativa perseguida por Tavera. A cambio, su carrera eclesiástica experimentó notable impulso, iniciado con su paso a la mitra de Mondoñedo. Cercano ya el regreso del Emperador, la comisión confiada a Pacheco demostró la continuidad de la transformación administrativa dirigida por el presidente, patente además en la simultánea inspección de la Chancillería de Granada de la que asimismo terminaría ocupándose Pacheco. La evolución cortesana acentuaría en adelante el sentido captador de ministros valiosos, propio de estas inspecciones.

Con la vuelta del Emperador en la primavera de 1533, nada hacía suponer que se hubiese entibiado su predilección por Tavera, pero, una vez llegado a Barcelona el 22 de abril, donde el cardenal aguardaba su llegada, la inmediata orden de incorporación a su plaza que le dio permite deducir que Carlos V deseaba ofrecer una muestra pública de desacuerdo con su gestión. Ello pudo deberse a las críticas llegadas en los meses precedentes al campo imperial sobre la actividad del Consejo Real, germinadas en la inestabilidad social propiciada durante la regencia por el elemento nobiliario, y que presentaba un trasfondo faccional. El propio dominio del grupo dirigido por Tavera y Cobos desde la relegación del partido “humanista” motivó cierta polaridad alrededor de ambos patrones. La complicidad del comendador mayor con el almirante de Castilla, que pretendía demorar sin resultado las sentencias del Consejo sobre la posesión del ducado de Béjar y la boda del conde de Ureña, originó rumores sobre ineficacia del organismo que llegaron a oídos del Emperador. Al tiempo, estos episodios denotaron cierta hostilidad entre la nobleza y los letrados promovidos por Tavera, apreciable tanto en la inquietud que reflejaba la correspondencia del cardenal sobre la actividad de los grandes, como en la solicitud por éstos de la presencia de dos caballeros en el Consejo, para la salvaguarda de sus intereses.

No obstante, el principal apoyo del cardenal Tavera continuaba procediendo de Cobos, como se deduce de la intercesión ejercida en favor de su acceso al arzobispado de Toledo (27 de abril de 1534), lo que le permitió conservar posiciones en la vida cortesana durante la jornada de Carlos V a Túnez, en el año 1535, como testimonia el bautizo de la infanta Juana pese a que había dejado de ser capellán mayor el 2 de marzo de ese año. Pero la cambiante situación hizo consciente a Tavera de la necesidad de consolidar su influencia cortesana, mediante la promoción de oidores que habían salido impolutos de las “visitas” de Pacheco. Caso de los licenciados Álava y Esquivel, Alderete y Briceño, llegados al organismo en el trienio 1536-1538.

A su vez, las medidas aplicadas por el cardenal Tavera en su archidiócesis toledana permiten aludir al concepto de reforma eclesiástica de su grupo político, conforme con una espiritualidad de tipo intelectual.

Sobre todo si se considera que su secretario para las cuestiones arzobispales era uno de los autores más destacados de esta tendencia, Juan Bernal Díaz de Luco. En consecuencia, buscó una reforma centrada en los aspectos externos y las repercusiones temporales, en la que el obispo ejercía un papel coactivo, antes que pastoral. Las constituciones sinodales preparadas por Luco en 1536 permiten observar el interés por el control social, codificando cuestiones relacionadas con el culto y la conducta de clérigos y fieles. La función del clero era apartar al pueblo de los pecados capitales, denunciando a los fieles que estuvieran en pecados públicos, como explícitamente contenía la constitución número 11: “Que los curas de animas tengan cuydado de saber en sus parrochias qué personas están en peccados públicos, y de procurar que se aparten dellos”. En este contexto, las visitas ejercieron la función concedida en la espiritualidad mística a los predicadores, concebidas como instrumento de aplicación en la diócesis de los referidos principios, contenidos en las constituciones sinodales. La comisión para que el doctor Vivas visitara la villa de Madrid y su arciprestazgo en 1540, junto al interés por la situación económica de iglesias y lugares piadosos, le encargó tanto el control de cuestiones externas de culto, como la vigilancia de la vida y honestidad de curas y fieles, confiriéndole poderes para resolver expeditivamente las “causas y cosas de peccados publicos” y castigar a quien llevase más de un año sin confesarse. La aplicación cotidiana de este programa reformista correspondía a los sacerdotes, a quienes está dirigido el Aviso de Curas muy provechoso para todos los que exercitan el officio de curar ánimas, del propio Bernal Díaz de Luco, dedicado a su patrón Tavera en 1543. La eficacia del proceso no admitía intromisiones, requería la rigidez y exclusividad del sacerdote parroquial, por lo que quedaron relegados en la atención de las almas los religiosos y los predicadores, siéndole encomendada la elaboración de un libro de statu animorum y la denuncia al obispo de quien no se confesara.

La presidencia de Castilla no tardaría, con todo, en dejar de ser el vehículo del predominio cortesano de Tavera, por dos razones: su resuelta defensa de la extensión de la sisa a los nobles, en el curso de las Cortes de 1538- 1539, y el reparo del Pontífice por la presencia del primado de España en la dirección del Consejo Real. En el primer caso, la nobleza vio en la actitud del presidente ocasión para reeditar sus diferencias, negándose a contribuir y formulando peticiones que denotaban su disgusto con la política mantenida por Tavera desde la presidencia del Consejo. El relevo del presidente fue una de las decisiones tomadas por el Emperador en junio de 1539 en el Monasterio de la Sisla tras la muerte de su esposa, a la que había confesado en su último lecho el propio Tavera. En ello pudo influir, como se apuntaba en segundo lugar, la preferencia papal porque tan elevado eclesiástico no permaneciera en la dirección de un organismo que regía el ejercicio de la jurisdicción temporal.

Pero existe un tercer motivo, quizá el de mayor importancia: ante la necesidad de iniciar nueva jornada y resuelto como estaba a confiar en Tavera tanto como en las ausencias anteriores, Carlos V evitó un monopolio nominal del poder en sus mano, trasladándolo de la presidencia al cargo de inquisidor general. La práctica de gobierno que impusieron las disposiciones tomadas por el Emperador a su partida avalan esta última idea, pues le convirtió en auténtico regente y le permitió conservar su dominio sobre el Consejo Real en perjuicio de su sucesor, Fernando de Valdés.

La contribución de la profesora Pizarro Llorente a la obra colectiva sobre la Corte de Carlos V aparecida en el año 2000, permite seguir la trayectoria de Tavera como inquisidor general. Su intervención en asuntos inquisitoriales se había iniciado unos años antes de su nombramiento, en un contexto de debilitamiento de Alonso de Manrique al frente de la Suprema. Llegado al cargo en diciembre de 1539, su etapa inicial se caracterizó por la continuidad del período precedente, de lo que fue prueba el endurecimiento del edicto publicado por Manrique sobre prohibición de libros de Lutero, y la recogida de libros prohibidos a partir de 1541. El celo inquisitorial fue extremo respecto a las obras que contuvieran traducciones al romance de las Sagradas Escrituras. Igualmente, la ofensiva desplegada contra la minoría morisca en Levante, relacionada con la fracasada expedición a Argel, supuso la aplicación de medidas de control y vigilancia, combinadas con los intentos de adoctrinamiento llevados a cabo por el obispo Jorge de Austria. Las negociaciones efectuadas por el Emperador con los moriscos granadinos mediante el secretario Cobos y el marqués de Mondéjar se vieron fuertemente influidas por la necesidad económica y la conveniencia de mantener la concordia en los reinos hispanos para acometer debidamente la cuestión alemana. Por todo ello, Carlos V terminó aceptando, a cambio de una importante suma de dinero, que la Inquisición omitiera la confiscación de bienes durante un largo período y se perdonasen los delitos precedentes sin el requisito de la confesión previa. El Santo Oficio alegó contra esta última concesión, en el seno de la junta celebrada en Madrid sobre estos particulares en 1544, al dudar de la propiedad de la medida para conseguir la asimilación de la minoría, pero finalmente el criterio del Emperador fue apoyado por Tavera.

De la misma manera, la actuación del inquisidor general vino señalada por una resuelta defensa de la jurisdicción del Santo Oficio y los privilegios y exenciones de sus miembros, de la que formó parte la conclusión de algunas de las causas contra alumbrados iniciadas en la década anterior y la instrucción del proceso contra sor Magdalena de la Cruz, priora del Convento de las clarisas de Santa Isabel de los Ángeles, en Córdoba, quien había obtenido el aprecio de la gente cortesana a causa de sus predicciones. Igualmente, remodeló la demarcación de los tribunales inquisitoriales indianos.

Variadas fueron asimismo las materias en las que Tavera intervino por entonces con fundamento en su posición cortesana: la reforma del Convento de las Huelgas Reales de Burgos y la tormentosa elección de su priora, la discusión en el Consejo de Estado sobre el matrimonio del duque de Orleans con la hija o la sobrina del Emperador y la dote que la novia debía recibir tras la Paz de Crépy, la celebración en la boda del príncipe Felipe con María Manuela, etc. No obstante, los indicios de cambio político ya aludidos se estaban agrandando en perjuicio del inquisidor general y ello se evidenció durante la ausencia del Emperador iniciada en mayo de 1543. Con esta ocasión, el príncipe Felipe asumió la regencia asistido por una terna compuesta por el propio Tavera, Francisco de los Cobos y el duque de Alba. En la Instrucción secreta que Carlos V entregó a su hijo se aprecia como la comunión entre Tavera y Cobos era ya una clara escisión, atribuyendo a cada uno el papel de cabeza de dos banderías cortesanas opuestas, incluidas entre los ayudantes del regente como medio de equilibrar sus respectivas posiciones; al tiempo que le advertía de las diferencias que el cardenal mantenía por su parte con el emergente Fernando de Valdés. En esta oposición, Valdés contaba con el aliento del secretario Cobos, quien adoptó esta postura como medio de debilitar a Tavera. En informe posterior, Cobos no dudó en acusar a su enemigo de emplear tácticas oscuras para atraer el favor del príncipe, y de invertir gran parte de su tiempo en fortalecer su red clientelar. En ésta descollaban por entonces Jerónimo Suárez de Maldonado, a quien el inquisidor general confió el despacho ordinario de la Suprema, Pedro de la Gasca, Pedro Ponce de León, Diego Tavera, Juan Bernal Díaz de Luco, Diego de Guzmán de Silva y Gaspar de Quiroga.

Tal preocupación de Tavera se debía al retroceso de las posiciones cortesanas de su grupo que la situación implicaba, patente en la reducción de hecho de la Suprema al provecto Aguirre y el novel Diego de Tavera, tras el acceso de Francisco de Navarra a la mitra de Ciudad Rodrigo en 1542, y el desplazamiento de Suárez de Maldonado a resolver los asuntos de su obispado de Badajoz en 1544. Desde entonces, los nombramientos efectuados para la Suprema consistirían en personas próximas a Fernando de Valdés.

Juan Pardo de Tavera murió en Valladolid el 1 de agosto de 1545, en posesión de la silla arzobispal toledana.

Había atendido a los asuntos episcopales entre el 20 de diciembre de 1544 y 11 de mayo siguiente, evidencia de su final postración cortesana, aunque fue reclamado por el príncipe para bautizar al infante Don Carlos y tuvo que encargarse de las exequias de la princesa ante su súbita muerte. A decir del doctor Francisco de Pisa, fue precisamente el esfuerzo desarrollado por el ya anciano cardenal en esos días de julio lo que le llevó a la muerte: “Mas como era viejo, y en tiempo de caniculares, y concurría tanta gente, y auía tantas lumbres de hachas, y velas encendidas, entrósele en la cabeça un gran calor, que le causó recia calentura, de que vino a morir”. Depositado su cuerpo en la capilla mayor de la Iglesia Mayor de Valladolid, no recibió sepultura definitiva según su deseo en el Hospital de San Juan Bautista de Toledo, iniciado bajo su patrocinio en 1541, hasta el 18 de octubre de 1552.

 

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Ignacio Javier Ezquerra Revilla