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Martín I

Biografía

Martín I. El Humano. Perpiñán (Francia), 1356 – Barcelona, 31.V.1410. Rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, conde de Barcelona (1396-1410) y Rey de Sicilia (1409-1410).

Segundo hijo de Pedro IV el Ceremonioso y Leonor de Sicilia. Recibió de su padre los títulos de conde de Besalú, senescal de Cataluña y conde de Xérica, y desde 1378 fue lugarteniente de su padre en el reino de Valencia. Su hermano, Juan I, nada más comenzó su reinado, en 1387, le creó el título de duque de Montblanc. Desde niño, su padre le preparó la boda con María de Luna, hija primogénita de su viejo y fiel servidor Lope de Luna. Antes, Pedro el Ceremonioso, que quería una noble y rica heredera para su hijo, había planeado su matrimonio en 1360 con Juana de Xérica, tercera hija de Pedro de Xérica y de Bonaventura de Arborea, pero, reconsiderada esta opción, en 1361 acordó sus esponsales con María de Luna.

Muerto Lope de Luna, fue la madre de María de Luna, Brianda d’Agout, la que aparece concertando el acuerdo matrimonial con el Rey y la Reina. Tanto interesaba al Rey esta unión familiar que, incluso, se estipuló que, si María moría, el infante se casaría con la hermana menor, Brianda. Se acordó que cuando la condesa María cumpliese los ocho años de edad, sería entregada a la reina Leonor de Sicilia, para que fuese educada en la Corte. El 13 de junio de 1372, se efectuó la boda en la catedral de Barcelona. Veinticuatro años separan la celebración del matrimonio de María y Martín de su subida al trono de la Corona de Aragón en 1396. En los primeros años de matrimonio tuvieron cuatro hijos: Martín, Jaime, Juan y Margarita. Menos el primogénito, los otros murieron prematuramente y fueron sepultados en la cartuja de Valldecrist. Las relaciones personales entre los dos esposos estuvieron marcadas por un trato cordial, respetuoso y confiado; por su educación, ambos fueron muy piadosos.

En 1375, murió la reina Leonor de Sicilia, tercera esposa de Pedro el Ceremonioso. En su testamento muestra el profundo afecto que sentía por su hijo Martín, del que fue tutora desde que él cumplió dos años de edad, nombrándole heredero universal de sus derechos y propiedades en la Corona de Aragón y en Sicilia. Esta herencia materna absorbió gran parte de su vida y condicionó su acción política como Rey.

El rey Federico III de Sicilia, de su matrimonio con la infanta Constanza, hija de Pedro el Ceremonioso, sólo tuvo una hija legítima, María. En su testamento la nombró heredera del reino de Sicilia y de los ducados de Atenas y Neopatria, mientras que a su hijo natural, Guillermo, le dejó las islas de Malta y Gozzo y el derecho a sucederle en el trono en el caso de que la heredera legítima muriese sin descendencia. En última instancia, el Trono siciliano correspondería a los hijos de su hermana Leonor de Sicilia, Juan y Martín.

Esta herencia siciliana influyó mucho en las decisiones políticas de los últimos años de Pedro el Ceremonioso y marcó la de los reinados de Juan I y de Martín el Humano.

Martín, como heredero de los derechos de su madre, dirigió las expediciones militares que entre 1378 y 1384 estuvieron destinadas a garantizar que María, fuera la sucesora en el trono siciliano. Pedro el Ceremonioso intentó incorporar Sicilia a la Corona de Aragón y por ello pretendió casar a su primogénito Juan, viudo de Matha de Armañac, con su nieta María de Sicilia. Fracasado este intento por la negativa del duque de Gerona, Pedro el Ceremonioso depositó todas sus esperanzas en el infante Martín, al cual cedió todos sus derechos sobre la isla en 1380. Finalmente, se acordó que sería Martín el Joven, el primogénito del infante Martín y María de Luna, el que contraería matrimonio con su prima María de Sicilia.

Después de largas negociaciones, la boda se celebró el 29 de noviembre de 1391. En febrero de 1392, el infante Martín el Humano fue a Sicilia acompañando a su hijo Martín el Joven, que tenía unos dieciséis años, y a su esposa María de Sicilia, al frente de una escuadra que había organizado como vicario general de dicho reino, y con el único objetivo de reinstaurar en aquel trono a su nuera y a su hijo. María de Luna, que, antes que Reina, fue madre de Rey, se quedó en la Península velando por el importantísimo patrimonio familiar, y no volvió a ver a su marido hasta 1397, cuando regresó ya como Rey, a la muerte de su hermano Juan I.

Martín el Humano se apoderó rápidamente de la isla, aunque la toma de Palermo y la ejecución del magnate siciliano Andrea Chiaramonte en junio de 1392, en vez de marcar el final de toda resistencia, fue el comienzo de una amplia rebelión nobiliaria, que, incluso, puso en peligro la vida de los reyes de Sicilia y del infante Martín asediados en Catania. En 1393, una escuadra enviada por Juan I, así como los refuerzos reunidos por María de Luna y por Bernardo de Cabrera mejoró la situación de Martín el Humano y sus hijos, aunque el estallido de una nueva rebelión hizo que la isla no estuviese pacificada del todo hasta 1398.

Tras la accidentada muerte de Juan I en mayo de 1396, Martín se convirtió en el nuevo Soberano.

Hasta que no regresó a la Península, María de Luna actuó de regente y afrontó con éxito una serie de hechos que ponían en peligro el trono de su marido.

Entre éstos, destacan las maniobras de la Reina viuda, Violante de Bar, que alegaba estar embarazada; la amenaza de invasión de compañías armadas que vagaban por el sur de Francia, en supuesta connivencia con consejeros y cortesanos del Rey difunto, contra los cuales promovió un proceso de corrupción y alta traición; y, por otro lado, las pretensiones del conde Mateo de Foix casado con Juana, hija de Juan I, que aspiraba a la sucesión de su suegro y que desembocaron en una invasión de tierras catalanas en 1396. Cuando regresó de Sicilia, el rey Martín el Humano suavizó alguna de las medidas tomadas por su mujer, especialmente en lo referente al proceso de corrupción de los consejeros de Juan I.

En 1401, murió su nuera María de Sicilia, y su hijo Martín el Joven se convirtió en heredero universal de su esposa. La gran preocupación de Martín I el Humano y María de Luna fue casar nuevamente de una manera útil y lo más beneficiosa posible a su único hijo vivo. En 1401, Martín el Humano viajó a Navarra para entrevistarse con Carlos III el Noble de Navarra y concertar el matrimonio entre sus respectivos hijos, el rey de Sicilia y la infanta Blanca de Navarra.

Dicho enlace se efectuó en 1402.

El 29 de diciembre de 1406 Martín I enviudó, iniciándose una dura etapa de su vida, ya que no sólo había perdido una esposa, sino también una consejera fiel y una muy hábil política. Martín el Humano expresó su tristeza en una serie de cartas que escribió al maestre de la Orden de Montesa, a su tía la reina Leonor de Chipre y a su cuñada Violante de Bar. La vida familiar del Rey se complicó al máximo cuando en 1409 murió inesperadamente su hijo Martín el Joven, rey de Sicilia, en Cagliari, sin herederos legítimos.

Este acontecimiento causó a Martín el Humano una terrible angustia, ya que dejaba sin sucesión legítima directa a la dinastía barcelonesa, y le convertía en rey de Sicilia, aunque Blanca de Navarra permaneció como Reina nominal hasta 1410.

El problema se planteaba no sólo en el aspecto personal, sino también por la necesidad de intentar tener un nuevo heredero al trono lo más rápidamente posible.

La presión de una serie de personajes importantes de los distintos reinos y condados, así como de las distintas Cortes e incluso del Consejo de Ciento de Barcelona (Consell de Cent) decidió al Rey a contraer nuevas nupcias. La elegida fue Margarita de Prades, joven y noble dama descendiente de Jaime II y Blanca de Anjou. A tres meses escasos de la muerte de Martín el Joven, en la residencia real de Bellesguard, a las afueras de Barcelona, Martín el Humano contraía, el 17 de septiembre de 1409, nuevo matrimonio. La belleza y juventud de Margarita de Prades no lograron que Martín, ya enfermo, tuviera un hijo a los cincuenta y tres años. El Rey murió el 31 de mayo de 1410, ocho meses y medio después de haberse casado por segunda vez, sin haber designado sucesor, aunque había nombrado lugarteniente y gobernador general de los reinos al conde de Urgell, cargo que ostentaban los herederos de la Corona. Pero, por otra parte, legitimó a su nieto Federico, hijo natural de Martín el Joven, con la finalidad de que sucediera a su padre en el condado de Luna, si bien no tuvo tiempo de hacerlo legitimar por el papa aviñonés Benedicto XIII, el papa Luna, lo que le hubiese convertido en el heredero indiscutido de la Corona. Su muerte, en estas circunstancias, abrió un interregno de dos años, que finalizó en 1412 con la sentencia arbitral de Caspe, el llamado Compromiso de Caspe, que proclamó Rey a su sobrino Fernando de Antequera. Martín I el Humano fue el último Soberano en línea directa de la casa de Barcelona, dinastía que se había iniciado con el conde Wifredo a finales del siglo IX.

Martín el Humano fue un hombre tranquilo, reposado y de talante negociador, poco inclinado a ejercer el poder de manera personal. Nada más comenzar a reinar, se encontró con la Hacienda arruinada, habiendo de gobernar siempre de acuerdo con las Cortes y con las grandes ciudades, especialmente las tres grandes ciudades marítimas: Barcelona, Valencia y ciudad de Mallorca. En 1398, Valencia y Mallorca organizaron una cruzada contra Berbería, como respuesta al saqueo el año anterior de Torreblanca por los piratas berberiscos. Las naves expedicionarias saquearon Tedelis (Tremecén) y, de regreso, intentaron ayudar al papa Benedicto XIII, sitiado por tropas francesas en su palacio de Aviñón. El éxito de la expedición contra el norte de África animó a organizar otra cruzada al año siguiente, esta vez contra Bona, pero sin resultados tan contundentes como la primera.

La rebelión de ciertos magnates sardos dirigidos por la familia Arborea continuaba y el control de la isla se limitaba prácticamente al área norte con la ciudad de Alghero (Alguer), que había sido repoblada en tiempos de Pedro el Ceremonioso por catalanes, y Cagliari al sur. Para intentar solucionar definitivamente dicho problema, en 1400, Martín el Humano convocó en Tortosa un Parlamento de ciudades marítimas a las que solicitó un donativo, que controlaron las ciudades donantes, para defender las posiciones catalanas en Cerdeña y, a la vez, acabar con los corsarios que atacaban desde dicha isla las naves de la Corona de Aragón perjudicando seriamente el comercio.

En contrapartida por la ayuda solicitada, las ciudades impusieron al Rey la expulsión de los mercaderes italianos, pero esta medida sólo estuvo en vigor un año, debido a la baja en los ingresos fiscales y a los intereses de los productores de materias primas, como lana, trigo, azafrán, y otras, muy perjudicados por la citada expulsión, debido a lo cual, en 1402, el Rey decretó la libertad de comercio, con ciertas condiciones, para los mercaderes italianos, a la vez que negociaba un nuevo tratado de paz con Génova para acabar con la endémica guerra de corso entre las naves de la Corona de Aragón y de la República de Génova. Pero esta negociación fue del todo infructuosa por la constante ayuda de los genoveses a los rebeldes sardos. En esta situación, y ante la pretensión por parte de vizconde Guillermo II de Narbona de recoger la herencia de los jueces de Arborea, y pasar con tropas a Cerdeña, se decidió organizar una expedición militar para dominar la rebelión en dicha isla. El rey Martín obtuvo la ayuda monetaria de las Cortes catalanas de 1406, encomendándose a Martín el Joven la campaña para socorrer las posiciones de la Corona en Cerdeña, lo que en 1408-1409 provocó la guerra, no declarada, con Génova. Poco después de la victoria de Sanluri, Martín el Joven murió en Cagliari, dejando a su padre el reino de Sicilia.

Mientras se atendía el frente sardo-genovés en 1406, se firmó un tratado con Carlos VI de Francia que regulaba las represalias mutuas. Con Castilla, una disputa por el impuesto de la quema sobre el comercio recíproco provocó un cierre de las fronteras desde 1403 hasta la firma de un tratado regulador en 1409, si bien en 1407 se abrieron temporalmente para facilitar la guerra de Castilla contra el sultanato de Granada.

Martín el Humano heredó del reinado de su hermano un clima bélico casi permanente con Granada, durante 1396 y 1400, reinando Muhammad VII en dicho reino, los incidentes fronterizos causados por las bandas de almogávares a un lado y otro de la frontera fueron continuos. En medio de un clima de hostilidad en 1404, se iniciaron de manera informal unas negociaciones para firmar un tratado de paz que solucionase la inseguridad jurídica existente, a través del mercader Pere de Banya, que estaba en Granada, y en contacto constante con el jurista valenciano Juan Mercader. Estas negociaciones sufrieron muchos altibajos debido a las presiones de Castilla y a las continuas modificaciones de cláusulas por parte del rey de Aragón y del sultán de Granada. A finales de 1405, el tratado estaba firmado, pero la guerra que estalló entre Castilla y Granada, hizo que la belicosidad granadina, a pesar del tratado, tuviera repercusiones en la frontera de Orihuela. Martín el Humano siguió con gran interés las campañas castellanas de 1407 y, a pesar de mantenerse formalmente neutral, procuró facilitar aprovisionamientos al Ejército castellano, y permitió que grupos de almogávares, como quienes quisieran, pudieran tomar parte a favor de los castellanos.

Todos estos hechos no impidieron que oficialmente las relaciones entre el monarca aragonés y el sultán nazarí continuasen siendo cordiales. La diplomacia llevada con el mundo musulmán comportó también la firma en 1403 de una paz con el monarca hafsī, Abū Faris ‘Abd-al ‘Azīz, de Túnez.

Martín el Humano fue uno de los más acérrimos defensores del papado de Aviñón, y especialmente de Benedicto XIII, pariente de su esposa, al que visitó en su palacio de Aviñón en 1397, en su viaje de regreso a la Península ya como Rey. Siempre que pudo, le proporcionó ayuda diplomática y militar, y en 1408 le acogió en sus reinos, instalándose finalmente en Peñíscola.

La gran preocupación permanente de Martín I el Humano fue sanear la economía y recuperar el patrimonio real, alienado en los reinados anteriores y cargado de deudas. Para ello, ya en 1399 decretó la inalienabilidad del patrimonio real ampliando la pragmática que obligaba a los Monarcas a mantener la unidad de los reinos y condados que formaban la Corona de Aragón. Recuperó la jurisdicción de muchos lugares que habían sido alienados, especialmente en el principado de Cataluña. Dicha reincorporación a la Corona, en Cataluña, había de ser pagada por los habitantes de los lugares afectados, lo que provocó una fuerte oposición de los señores jurisdiccionales y en muchos casos la oposición violenta de los campesinos remensas. El condado de Ampurias, que tantos problemas había ocasionado a su padre y a su hermano, quedó definitivamente incorporado a la Corona al haber ido a parar a la muerte de Pedro II de Ampurias al vizconde Jofre de Rocabertí. Martín el Humano declaró vigentes en dicho condado las Constituciones de Cataluña y los Usatges de Barcelona, y concedió a su mujer, María de Luna, el título de condesa de Ampurias. Esta recuperación del patrimonio real afectó de manera diferente a Valencia y a Aragón, ya que fueron sus respectivas Cortes las que contribuyeron con donativos para que se pudiera efectuar. En cambio, estos dos reinos sufrieron la violencia de las bandosidades o bandos nobiliarios: los Luna y los Urrea en Aragón y los Vilaragut y los Centelles en Valencia. Para pacificar el reino de Aragón, fue nombrado Jaime de Urgell lugarteniente general en 1408, pero fracasó en su misión pacificadora, ganándose la enemistad del bando de los Urrea, hecho que más tarde influyó de manera decisiva en el Compromiso de Caspe.

Martín I el Humano era sin duda alguna un humanista. No hay duda de que su estancia en Sicilia le proporcionó un sentido del clasicismo, muy alejado de las cacerías y de las frivolidades cortesanas de su hermano Juan I. Gran lector de libros de historia y de escritores cristianos, se interesó muchísimo por las cosas de la Iglesia, por lo que también llegó a ser conocido como el Eclesiástico, y a intervenir resueltamente a favor del que creyó legítimo Papa. Todo ello no le impidió valorar los razonamientos un tanto escépticos de Bernat Metge en su obra Lo somni. Ovidio, Suetonio, Homero, Valerio Máximo, Tito Livio, Virgilio, Salustio, Pablo Orosio, Lucano, son autores que acompañan a los Evangelios y al Eclesiastés. Por eso, sus discursos ante las Cortes estaban llenos de citas o párrafos de los citados autores y obras. Su discurso de inauguración de las Cortes reunidas en el palacio de los reyes de Mallorca en Perpiñán, el 26 de enero de 1406, es una de las piezas oratorias más famosas de la historia parlamentaria medieval. Un texto de los Psalmos “Gloriosa dicta sunt de te” inició el discurso, en donde repasó todos los hechos más importantes de la historia de la Corona de Aragón desde el siglo XIII, e hizo una gran alabanza de los catalanes. Los recuerdos de sus lecturas clásicas y las citas de Lucano, Julio César aparecen constantemente en sus palabras, para acabar afirmando su voluntad de corregir todos los abusos y errores cometidos tanto por su padre, como por su hermano y él mismo, a cambio solicitaba a los reunidos la “gran liberalidad” demostrada a favor de sus predecesores.

Sus preocupaciones intelectuales le llevaron a querer fundar un Estudio General en Barcelona. El Rey no podía ignorar que el Consejo de Ciento ya se había manifestado opuesto, en 1377, al propósito que alguien abrigó de trasladar a Barcelona el Estudio General de Lérida. Existía una rotunda negativa de las autoridades barcelonesas para que hubiese un Estudio General en la ciudad. A pesar de estos precedentes, Martín I, casi veinte años después, ofreció al Consejo de Ciento la aceptación de un privilegio que pensaba pedir al Pontífice para que Barcelona tuviera un “Estudi General de tota facultat”. Esta carta del Rey está fechada el 23 de enero de 1398, pocos meses después de haber sido coronado en Zaragoza. Todo ello formaba parte de su política de equilibrios, ya que Martín el Humano había tenido que negar algunas demandas que le fueron hechas por el Consejo de Ciento. Con estos documentos de principios de 1398 se inició la labor que el Rey realizó a favor de la enseñanza superior en Barcelona y que cristalizó finalmente en la fundación del Estudio General de Medicina y Artes. La fundación oficial del Estudio General de Medicina de Barcelona se hizo por voluntad regia, tal como consta en el privilegio del 10 de enero de 1401. En las cartas que dirigió a las autoridades barcelonesas, el Rey declaró que realizó dicha fundación tanto para preservar su delicada salud, como la de los habitantes de la ciudad Martín I fue un esposo fiel al que no se le conocieron ni atribuyeron hijos bastardos; por su carácter bondadoso y familiar, a veces un tanto débil, dejó que su mujer, María de Luna, de carácter más fuerte, actuase contra los culpables de traiciones, rebeliones y otros delitos.

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por una profunda soledad y tristeza, especialmente después de la muerte de su mujer, en 1406, y de su hijo Martín el Joven un año antes de su propio fallecimiento.

Ciertos historiadores han valorado muy negativamente sus indecisiones al final de su vida y le han hecho responsable de la entronización de la dinastía de los Trastámara en la Corona de Aragón; pero ante estas circunstancias finales de un Monarca enfermo y deprimido, predestinado a morir sin descendencia legítima directa, hay que contraponer a un Soberano ilustrado, culto, elocuente y prudente y que intentó siempre ser lo más justo posible. El historiador alemán Johannes Vincke dice de Martín el Humano que fue un Monarca modesto pero tenaz, que persiguió una política universitaria notablemente personal, de altos vuelos y bien meditada. Sus restos descansan en el monasterio de Santa María de Poblet, mientras que los de su hijo bienamado, Martín el Joven, en la catedral de Cagliari, en un magnífico panteón mandado construir por Felipe V.

 

Bibl.: D. Girona Llagostera, Initenari de l’infant En Martí, Barcelona, 1916; R. Tasis, La vida del rei en Pere III, Barcelona, Dalmau, 1961; Pere el Cerimoniós i els seus fills, Barcelona, Dalmau, 1962; F. Soldevila, Història de Catalunya, Barcelona, Alpha, 1963; A. Closas, El nét del rei Martí, Barcelona, Rafael Dalmau, 1972; M.ª T. Ferrer Mallol, La frontera amb l’Islam en el segle XIV. Cristians i sarraïns al País Valencià, Barcelona, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1988; M.ª D. López Pérez, La Corona de Aragón y el Magreb en el siglo XIV (1331-1410), Barcelona, CSIC, 1995; R. Salicrú i Lluch, El sultanat de Granada i la Corona d’Aragó, Barcelona, Institució Milá i Fontanals, 1998; S. Claramunt y R. Conde, Privilegi de creació de l’Estudi General de Medicina de Barcelona. 1401, Barcelona, Universidad, 2001; S. Claramunt, “La política matrimonial de la Casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 196-235.

 

Salvador Claramunt Rodríguez