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Juan de Cervantes

Biografía

Cervantes, Juan de. Sevilla, 1382 – 25.XI.1453. Canónigo, obispo de Tuy, Ostia, Ávila y Segovia, arzobispo de Sevilla y cardenal.

Juan de Cervantes fue hijo de Gonzalo Gómez de Cervantes, veinticuatro de Sevilla, y de Beatriz Bocanegra. Su linaje, de ascendencia sanabresa pero instalado en Andalucía desde el siglo xiii, estaba muy vinculado a la Orden de San Juan de Jerusalén y poseía propiedades e intereses en Lora del Río, señorío de dicha Orden militar, lo que a veces ha hecho suponer el nacimiento del futuro cardenal en esa localidad sevillana.

El joven Cervantes estudió Artes y Derecho en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Decretos.

Vuelto a Sevilla, alcanzó un arcedianato de la Hispalense. Marchó a Italia en cumplimiento de cierta misión encomendada por el Rey y, siendo aún arcediano, fue elevado al cardenalato con el título de San Pedro ad Vincula por Martín V el 24 de mayo de 1426. En noviembre de 1430 ya era obispo de Tuy como administrador apostólico, aunque no dejó Roma.

Eugenio IV depositó en él una gran confianza, hasta el punto de que se ha llegado a decir que por su influencia convocó el Papa el Concilio de Basilea. El cardenal Cervantes tuvo grandes responsabilidades en él como iudex fidei, siendo designado por el Concilio para negociar e informar al Papa de las decisiones tomadas en la sesión xix. A tal efecto, en septiembre de 1434, junto con otros padres conciliares, se trasladó a Florencia, donde Eugenio IV se había refugiado ante el cariz de la situación en Roma. Cervantes permaneció junto al Papa y en marzo de 1436 se reincorporó al Concilio como legado ad latere, junto con el cardenal Albergati, recibiendo plenos poderes para designar la sede del futuro concilio. En los meses siguientes Juan de Cervantes se vio envuelto en las turbulencias conciliares, cuando un nuevo cisma amenazó con producirse y los padres conciliares se dividían en dos grupos enfrentados, uno en Ferrara y otro en Basilea, excomulgándose recíprocamente. El cardenal sevillano, un español austero y santo, como lo denomina en sus memorias su secretario, Eneas Silvio Piccolomini, intentó mantener su imparcialidad en todos estos conflictos, pero es posible que esas circunstancias le animasen a regresar a España, lo que ya había intentado en otras ocasiones sin conseguir la autorización del Papa.

No se sabe la fecha de su regreso, como tampoco la de su nombramiento anterior como obispo de Ostia, pero en 25 de noviembre de 1437 fue nombrado obispo de Ávila, sede de la que tomó posesión en 1438. En 1442 permutó este obispado por el de Segovia con fray Lope de Barrientos, y en 1448 fue elegido arzobispo de Sevilla por el cabildo catedralicio, aunque no pudo tomar posesión hasta el 7 de abril del año siguiente a causa de la oposición del condestable Álvaro de Luna, que pretendía la mitra para su sobrino Rodrigo de Luna.

Aunque esa contradicción y otros problemas surgidos entre él y el cabildo al principio de su pontificado auguraban un desempeño borrascoso, lo cierto es que muy pronto supo allanarlos. En los pocos años en que ocupó el arzobispado de Sevilla dio muestras de su gran celo y de su sabiduría, así como de sus virtudes y espíritu caritativo. Prueba de esto último es la fundación que realizó del hospital de San Hermenegildo, llamado del Cardenal, destinado a la curación de heridos y durante siglos uno de los más importantes de los existentes en Sevilla. Fue instalado en unas casas de su propiedad, herencia de sus antepasados, que se encontraba en la collación de San Ildefonso, en la calle que hoy lleva el nombre del fundador.

El hospital fue instituido por una de las cláusulas de su testamento otorgado en Sevilla el 16 de noviembre de 1453 ante Pedro Martín de Palma, notario apostólico.

En él, tras dejar importantes legados a parientes y obras pías, declaró heredera universal de sus bienes a la fábrica de la Iglesia sevillana, entonces empeñada en la construcción del templo catedralicio. Esta disposición, sin embargo, fue causa de litigio posterior entre el Cabildo y su sucesor en el arzobispado, Alonso de Fonseca, por entender éste que había dispuesto de bienes pertenecientes a la mesa arzobispal de los que no podía desprenderse. Hubo acuerdo entre las partes, que se cerró en marzo de 1455 y que consistió en la entrega al nuevo prelado de todos los libros de la excelente biblioteca de Juan de Cervantes, renunciando Alonso de Fonseca a cualquier otra pretensión.

El cardenal Cervantes murió el 25 de noviembre de 1453 en medio del general sentimiento. Fue enterrado en la capilla que dedicó a san Hermenegildo, por el que sintió gran devoción, en la catedral sevillana, que él mismo había dotado. En ella yace todavía en un magnífico sepulcro de alabastro, obra de Lorenzo Mercadante de Bretaña, fechado en 1458, en el que junto con su bulto y armas se labró un epitafio latino, traducido así por Ortiz de Zúñiga: “Después que el Reverendísimo Señor Don Juan de Cervantes, con eximio resplandor de virtudes mereció muy bien el Capelo, con título de San Pedro Advincula, y dio por el mundo dignísimos frutos, porque fue juzgado puerta de toda Eclesiástica honestidad, obtuvo la Iglesia de Ostia, y administrando al fin, ya en la edad más anciana la Metrópoli de Sevilla, dexó heredera a su Iglesia (como a Prelado conviene) y entre obras de gran aprobación, edificó primeramente un Hospital famoso y muy dotado en la ciudad de Sevilla: falleció a 25 de Noviembre, año del señor de 1453”.

Todo el conjunto del mausoleo es de un virtuosismo magistral en el tratamiento escultórico. La figura del cardenal está revestida de pontifical, con mitra, casulla, túnica, guantes y báculo, pero lo mejor es el rostro, de extraordinaria expresividad, probablemente tomado del natural o de la mascarilla cadavérica.

El prestigio del cardenal Cervantes se pone de manifiesto no sólo en el general respeto con que su figura ha sido siempre tratada por la historiografía sevillana y el feliz recuerdo dejado en la Iglesia hispalense, sino de forma elocuente en el hecho de que tras su muerte, y al menos durante tres generaciones, se sucedieron los canónigos, arcedianos y otras dignidades de su apellido en el Cabildo catedralicio sevillano, perpetuándose, también de ese modo, su memoria.

 

Bibl.: D. Ortiz de Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla metrópoli de la Andalucía, Madrid, Imprenta Real, 1795 (ed. facs. con índices de J. Sánchez Herrero et al., Sevilla, Guadalquivir, 1988, vol. II); M. Méndez Bejarano, Diccionario de Escritores, Maestros y Oradores naturales de Sevilla y su actual provincia, vol. I, Sevilla, Tipografía Gironés, 1922-1925, 3 vols. (ed. facs., Sevilla, Padilla Libros, 1989); C. Eubel, Hierarchia Catholica Medii Aevi Sive Sumnorum Pontificum, S. R. E. Cardinalium, Ecclesiarum Antistitum Series, Monasterii, Libraria Pegensbergiana, 1910- 1914, 3 vols. (reimp., 7 vols., Padua, Il Messaggero di San Antonio, 1960, vols. I y II); C. Ros, Los arzobispos de Sevilla: luces y sombras en la sede hispalense, Sevilla, 1986; R. Sánchez Saus, Linajes medievales de Jerez de la Frontera, pról. de L. de Mora-Figueroa, Sevilla, Guadalquivir, 1996, 2 vols.; J. Sánchez Herrero, “Sevilla Medieval”, en C. Ros (dir.), Historia de la Iglesia de Sevilla, Sevilla, Castillejo, 1992; M.ª C. Álvarez Márquez, Manuscritos localizados de Pedro Gómez Barroso y Juan de Cervantes, arzobispos de Sevilla, Alcalá de Henares- Sevilla, Universidad de Alcalá de Henares-Diputación Provincial de Sevilla, 1999.

 

Rafael Sánchez Saus