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Diego de Anaya y Maldonado

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Biografía

Anaya y Maldonado, Diego de. Salamanca, 1357 – Cantillana (Sevilla), IX.1437. Embajador en el Concilio de Constanza, arzobispo de Sevilla y fundador del Colegio de San Bartolomé de Salamanca.

Diego de Anaya y Maldonado nació en la ciudad de Salamanca en 1357. Fueron sus padres Pedro Álvarez de Anaya y Aldonza Maldonado, pertenecientes a la nobleza de la ciudad. Tuvieron tres hijos: Alfonso Álvarez de Anaya, Diego de Anaya y Elvira de Anaya.

Alfonso Álvarez de Anaya, hermano mayor de Diego Anaya, casó con Beatriz de Guzmán. Fue su hijo Gómez de Anaya, regidor de Salamanca. Elvira de Anaya casó con Nuño de Chaves, señor de la casa de Chaves. Tuvieron dos hijos: Diego García de Chaves, progenitor de los Chaves de Ciudad Rodrigo, y Nuño García de Chaves, de los Chaves de Trujillo.

El historiador Gil González Dávila nos describe a Diego de Anaya como de mediana estatura, robusto, moreno de rostro y corto de vista. Pero poco se sabe de los años juveniles de Anaya, salvo sus estudios jurídicos en la Universidad de Salamanca, de donde salió “docto en cánones y leyes”. De estos tiempos, datan sus amoríos con María de Orozco, hija de Íñigo López de Orozco. Tuvieron dos hijos, Juan Gómez de Anaya y Diego Gómez de Anaya, que fueron, posteriormente, colegiales en San Bartolomé. Juan Gómez llegó a deán de Ciudad Rodrigo y a arcediano de Salamanca, y tuvo mucha presencia en las banderías y parcialidades salmantinas. El caballero Diego Gómez de Anaya falleció en 1457.

La promoción eclesiástica de Diego Anaya se debe a sus buenas relaciones con la Corte castellana de la época. El rey Juan I de Castilla (1379-1390) le designa como ayo y preceptor de sus hijos, el infante Enrique —futuro Enrique III, 1390-1406— y Fernando de Antequera —posteriormente, Fernando I de Aragón, 1412-1416.

Mientras, se había producido en la Iglesia Católica el llamado Cisma de Occidente, con el desdoblamiento, desde 1378, en dos obediencias papales: la romana de Urbano VI y la aviñonense de Clemente VII. Juan I de Castilla convoca en Medina del Campo en noviembre de 1380 una asamblea integrada por prelados y embajadores de los dos Papas, la cual terminó decantándose por la obediencia de Aviñón.

Tras las deliberaciones, el 19 de mayo de 1381, algunos ilustres miembros y el propio Rey se trasladaron a Salamanca, donde, después de misa solemne en la catedral, el Rey hizo leer una declaración ordenando a sus súbditos de Castilla y León reconocer a Clemente VII como sucesor de San Pedro. Lo mismo haría el rey de Aragón, tras diversas vacilaciones, en 1387, y el de Navarra en 1390.

Con el apoyo real, y como premio a sus servicios cortesanos, Diego de Anaya es promovido al obispado de Tuy en julio de 1384, por muerte de su titular Juan de Castro. En junio de 1390, es elegido obispo de Orense, por muerte de Pascual García. Finalmente, en octubre de 1392, fallecido Carlos de Guevara, Anaya será nombrado obispo de Salamanca, con treinta y cinco años. Se había convertido en un prelado poderoso. Por sus nombramientos episcopales y por la obediencia del reino de Castilla, Diego de Anaya aparece estrechamente vinculado a la obediencia papal de Aviñón.

En 1389 los cardenales de línea romana eligieron a Bonifacio IX como nuevo Papa —moría en 1404—, no reconociendo al de Aviñón. El año 1394 moría el pontífice aviñonense Clemente VII, siendo elegido en septiembre por los cardenales el aragonés Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII —muerto en 1423—. Ante el cisma reabierto, comienzan a plantearse diversas soluciones. La via compromissi consistía en que las partes designaran compromisarios que, tras debatir dialécticamente en términos jurídicos la legitimidad de los pretendientes, determinaran quién debía de ser reconocido. Por la via cessionis los dos Papas abdicarían, produciéndose de este modo una vacante ordinaria, y los cardenales, entonces, procederían a nueva elección. Estaba también la via concilii o recurso a la autoridad de un Concilio universal. Esta vía sentaba el precedente de otorgar al Concilio una autoridad superior a cualquier otra dentro de la Iglesia, incluyendo el Primado pontificio.

En mayo de 1395, tienen lugar fuertes presiones de los duques de Berri y Borgoña, en nombre del rey de Francia y de la Universidad de París, sobre Benedicto XIII. Acampados con nutridos ejércitos en Aviñón, exigirán al Papa Luna una renuncia inmediata: via cessionis. Conocidos los hechos en Castilla, una reunión urgente del Consejo Real redacta cartas de protesta y envía en agosto como embajador y emisario a Diego de Anaya. Una carta iba dirigida al papa Benedicto XIII, otra a sus cardenales, y la última debía ser leída personalmente por Anaya ante el rey de Francia Carlos VI. En dichas cartas, Castilla se quejaba de haber sido excluida, como reino cristiano, de las iniciativas tomadas por Francia para solucionar el cisma, y, asimismo, de las presiones ejercidas sobre Benedicto XIII, reconocido como Papa legítimo por los reinos de España.

En la etapa de mayor ascendiente cortesano de Diego de Anaya, que abarcará el conjunto del reinado de Enrique III (1390-1406). Entre otras pistas, como la de su embajada en Francia, el 15 de diciembre de 1396 se encuentra la firma de Diego de Anaya, junto con otros prelados, en los privilegios concedidos por el Rey a las ciudades de Baeza, Úbeda y Andújar.

En 1398, un concilio nacional francés se aparta de la obediencia de Benedicto XIII. En consecuencia, tienen lugar discrepancias en la Corte castellana sobre la obediencia y el papado legítimo. Para solucionarlas, el rey Enrique III congrega a los prelados de Castilla en Alcalá de Henares en diciembre de 1398.

En esta reunión se imitó el ejemplo francés, se retiró el apoyo a Benedicto XIII, y el 4 de febrero de 1399 se redactaron constituciones canónicas para administrar la Iglesia de Castilla y distribuir los beneficios y vacantes mientras durase el cisma. Estas constituciones fueron luego presentadas al cabildo catedral salmantino por el propio Diego de Anaya, que había asistido al sínodo de Alcalá.

No obstante, existían diversos grupos de presión en el entorno del rey de Castilla y, por estas fechas, se producen crisis internas y remodelaciones del Consejo Real. De este modo, en las Cortes convocadas en Valladolid en abril de 1401, y a las que también asistió Diego de Anaya, se volvió a reconocer la obediencia a la línea papal de Aviñón, en la persona de Benedicto XIII. Para hacerla expresa, el Rey envió embajadores a la sede aviñonense para prestar el acatamiento debido. Lo hizo por septiembre de 1402.

Según Ruiz de Vergara, primer historiador del Colegio de San Bartolomé de Salamanca, en esta embajada iba Diego de Anaya, aunque otros historiadores como González Dávila no le mencionen expresamente. Sí que mencionan todos al doctor jurista Alonso Rodríguez de Salamanca, y a fray Alonso de Argüello, religioso franciscano, por lo que cabe la posibilidad de que Ruiz de Vergara confunda esta embajada con la anterior de 1395. También el año de 1401 había vuelto a la obediencia de Benedicto XIII el rey de Francia, siempre que el papa de Aviñón se comprometiera a renunciar a la tiara si su adversario romano abdicaba, moría o era depuesto.

Este mismo año de 1401 tiene su primer inicio el Colegio de San Bartolomé de Salamanca. Diego de Anaya, obispo de la ciudad, reúne unos cuantos estudiantes juristas y los aloja en casas cercanas al palacio episcopal, bajo la autoridad de un rector: el licenciado Pedro Núñez. Lo acoge bajo el patrocinio de un apóstol de su particular devoción, como hará, posteriormente, con su propia capilla funeraria, y con otra capilla en la catedral de Cuenca. Este Colegio de San Bartolomé debe inscribirse en el contexto de actuaciones de la monarquía pontificia aviñonense y del necesario desarrollo de su maquinaria eclesiástica y administrativa.

Su objetivo era la formación de cuadros técnicos en Derecho y Teología al servicio de los intereses de la Iglesia.

El rey Enrique III nombra a Diego de Anaya presidente de Castilla (“que es el puesto mayor de toga que tiene este Reino”) y cabeza del Consejo Real. A partir de 1402 se le ve como tal presidente y vinculado a la Corte, y en el oficio seguirá hacia 1407. Unos años antes, por noviembre de 1404, y a solicitud del infante Fernando de Antequera, Diego de Anaya otorgó la iglesia de San Andrés en Medina del Campo para que el infante llevase a cabo la fundación de un monasterio de dominicos. Anaya suscribe la cesión en Madrid, y es una de las pocas noticias que conocemos de esta etapa.

A fines de 1406, había fallecido el rey de Castilla, Enrique III, y se abría la minoría de edad del futuro Juan II, hijo del Rey y de Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I el Cruel. La regencia quedaba en manos de doña Catalina y de su tío el infante Fernando de Antequera. Y es ahora, entre 1408 y 1412, cuando se produce un cierto declive en la influencia de Diego de Anaya en los asuntos públicos y cortesanos. Puede estar en relación con la hegemonía lograda por el regente Fernando de Antequera, ya que Anaya volverá a recuperar protagonismo cuando éste sea nombrado rey de Aragón.

Prosigue el Cisma de Occidente, con sucesivos Papas de la línea romana: Inocencio VII desde 1404 y Gregorio XII elegido en 1407. En septiembre del año 1407, el pontífice Benedicto XIII, a cuya obediencia se sujetaban Castilla y León, nombra a Diego de Anaya obispo de Cuenca. No sin cierta reticencia por parte de Anaya, según sus biógrafos antiguos, que con este nombramiento se apartaba de su patria y de la consolidación del Colegio de San Bartolomé. No obstante, encargó al canónigo Pedro Bernal la compra de terrenos para el asentamiento definitivo de los edificios del colegio. Esto lo realizó el canónigo comprando terrenos en el actual emplazamiento por un valor de seiscientos florines de oro de Aragón. Además, antes de partir para la sede de Cuenca en marzo de 1408, Diego de Anaya aprobó el establecimiento en Salamanca de la Orden de los trinitarios, que terminarían instalándose junto al río, en la iglesia de San Juan el Blanco.

Mientras tanto, se mantiene el Cisma papal. En mayo de 1408, el rey de Francia se declara equidistante de las dos obediencias, por cuanto ambos contrincantes no aceptaban la doble cesión o renuncia conjunta. Quedaba por intentar una última solución, la via concilii. En marzo de 1409, se convocó Concilio en Pisa, por cardenales de ambas obediencias.

No asistieron representantes de Castilla, cuyo regente Fernando de Antequera se mantuvo expectante, y los de Aragón llegaron tarde, aunque apoyando a Benedicto XIII. A los dos Papas se les declaró contumaces y cismáticos y se eligió nuevo pontífice: Alejandro V (1409-1410). Le sucedió en esta tercera línea Juan XXIII.

El 5 de noviembre de 1414, por iniciativa del emperador alemán Segismundo, daba comienzo el Concilio general de Constanza como último intento de acabar con el Cisma de la Iglesia. Fueron invitados los cardenales, prelados, príncipes y representantes de las tres obediencias: la línea romana de Gregorio XII, la aviñonense de Benedicto XIII, y la electa en Pisa de Juan XXIII. Se establecieron cinco naciones cristianas: italiana, alemana, francesa, inglesa y española, cada una con sus representaciones de clérigos y laicos.

Los acontecimientos se suceden con rapidez: el papa Juan XXIII huye de Constanza, alarmado ante una creciente oposición del Concilio a sus intereses, y es depuesto como ausente en mayo de 1415. En julio del mismo año, tiene lugar la abdicación de Gregorio XII.

Como los reyes de Castilla y Aragón se mantenían bajo la obediencia de Benedicto XIII, y éste no había querido desplazarse desde Aviñón, no enviaron embajadores en los inicios del Concilio. En julio de 1414, se produce una entrevista en Morella entre Benedicto XIII, Fernando I de Aragón y regente de Castilla, y los embajadores del emperador para valorar sus futuras actuaciones ante el Concilio de Constanza.

Como conclusión, Fernando I enviará una embajada al Concilio en el otoño de 1414 para proponer la via iustitiae, propugnada por el papa Benedicto XIII. El papa Luna defendía la autoridad pontificia por encima del Concilio, de los poderes de los príncipes cristianos y de la autoridad de los maestros universitarios.

Se inclinaba por la via cessionis, siempre que fuera iniciativa conjunta y simultánea de todos los Papas en cuestión, reunidos y puestos de acuerdo entre ellos. A esto llamaba él via iustitiae.

En septiembre de 1415 tiene lugar otra entrevista en Perpiñán entre el emperador Segismundo, el papa Benedicto XIII y el rey Fernando I de Aragón, junto con embajadores de Castilla. Benedicto XIII se resiste a la mera abdicación, la via cessionis, e insiste en su via iustitiae; es decir, que se decidiera jurídicamente en discusión abierta quién era el Papa legítimo; que se anularan las sentencias y disposiciones del Concilio de Pisa; que sólo él quedaba de los cardenales legítimos según Derecho Canónico y, por tanto, que él mismo elegiría el Papa con la promesa de no elegirse a sí mismo. Parece que tras la resistencia de Luna se ocultaba su negativa a subordinar la autoridad del Primado Pontificio a la del Concilio, el cual, dividido en naciones, otorgaba protagonismo a los poderes eclesiásticos y a los soberanos temporales. Ante esta situación, parte de los partidarios del papa Luna, como el propio Fernando I de Aragón y san Vicente Ferrer, valorarán más importante la culminación del Cisma y el bien general de la Iglesia que la propia legitimidad de Benedicto XIII, que no cuestionaban.

Por ello, en diciembre de 1415, Fernando I de Aragón y regente de Castilla firmaba en Narbona, junto con representantes del Emperador y del Concilio, el acuerdo de reconocer la legitimidad de Constanza, retirar la obediencia de sus reinos a Benedicto XIII si no abdicaba, y enviar al Concilio una representación oficial de la nación española. El papa Luna, ante la situación, se retira al castillo de Peñíscola.

El 6 de enero de 1416, la Corona de Aragón retira oficialmente su obediencia a Benedicto XIII, con una declaración pública del propio san Vicente Ferrer. En abril de 1416 fallecía Fernando I de Aragón. Su hijo y sucesor, Alfonso V, ratifica su apoyo al Concilio y envía embajadores en septiembre de 1416, presididos por Ramón Folch, conde de Cardona. Se incorporarán a los debates en octubre de aquel año.

Mientras tanto, con la muerte de Fernando I de Aragón, se producen reticencias en la Corte castellana para negar la obediencia a Benedicto XIII. El arzobispo de Sevilla Alfonso de Egea, y el de Toledo, Sancho de Rojas, hechuras del papa Luna, intentan disuadir a la reina Catalina de Lancáster de aquel paso. Entre otras cosas, un posible cuestionamiento de la línea papal aviñonense pondría en entredicho la dispensa matrimonial de la propia Reina y la legitimidad del heredero. Entretanto, Catalina dilata su apoyo al Concilio y mantiene relaciones diplomáticas con Benedicto XIII. Se producen fuertes presiones de Alfonso V de Aragón y la concesión final de la Reina Regente castellana, que se decide a enviar su propia embajada a Constanza.

Esta embajada propuesta desde la Corte castellana fue nombrada en octubre de 1416 y partió desde Valladolid a primeros de diciembre de dicho año. La preside Diego de Anaya Maldonado, obispo de Cuenca, claramente aficionado al Papa Luna. También la integran Juan de Villalón, obispo de Badajoz y capellán del Rey, promovido por Benedicto XIII; los nobles Fernando Pérez de Ayala, hijo del canciller Ayala, y Martín Fernández de Córdoba, alcalde de los Donceles y señor de Chillón, cuya misión era secundar la política y las consignas de la Monarquía castellana; Fernando Martínez Dávalos, alias de Palacios, doctor en decretos por Salamanca, oidor en la Audiencia Real y deán de Segovia, que había sido embajador de Castilla en la Curia de Benedicto XIII; el doctor Diego Fernández, catedrático de Cánones en Valladolid, deán de Palencia; el doctor Juan Fernández de Peñaflor, estudiante de decretos en Valladolid y que había sido enviado a Aviñón con el rótulo de gracias expectativas para el personal académico de su universidad; el teólogo Fernando de Illescas, OFM, confesor de Juan I y albacea de Enrique III; el franciscano Lope de San Román, catedrático de Teología en Salamanca; el teólogo Luis de Valladolid, OP, graduado en París, y como la mayoría de los vallisoletanos, poco favorable al Papa Luna; Juan de Torquemada, el futuro cardenal; y, por último, como secretario de la embajada, iba Pedro Fernández de Guardia, arcediano de grado en Oviedo.

La embajada castellana no llegará a Constanza hasta el 30 de marzo de 1417. Pero antes, una parte de los delegados se encaminó a Peñíscola, para visitar al papa Benedicto XIII; y entre ellos estaba Diego de Anaya como su presidente. Hay que recordar que Castilla no se había substraído a la obediencia del papa Luna.

Por eso, en la correspondencia del cluniacense Lamberto de Stock, enviado por el Concilio a España en diciembre de 1416 para conminar a la comparecencia de Benedicto XIII en Constanza, acusado de contumacia y perjurio, nos da cuenta de cómo durante la permanencia de cinco días en Peñíscola, Diego de Anaya había planeado con el Papa Luna la forma de desbaratar los planes del Concilio. Pero la suspicacia de Stock condiciona la interpretación de las directrices reales recibidas y los propósitos del propio Anaya que, por otra parte, no ocultaba sus simpatías por la causa de Luna. En el Concilio se producen pugnas por las precedencias entre los embajadores de Castilla e Inglaterra.

Se atribuye a la enérgica intervención de Anaya la consecución de la precedencia del representante de Castilla sobre el de Inglaterra. Hubo pugnas, asimismo, por la precedencia de Aragón-Portugal sobre Castilla-Navarra, que terminó con la de este último bloque; asimismo, conflicto entre castellanos y aragoneses sobre si los obispos de Sicilia, Córcega y Cerdeña debían integrarse en la nación española, dado que producían un incremento de la representación de Aragón sobre la de Castilla.

Más importancia que estos problemas de protocolo y precedencias, que testimonian el empuje con el que la delegación castellana irrumpió en Constanza, tuvo la decisión conciliar de deponer al papa Benedicto XIII como perjuro, y que fue tomada en julio de 1417. Se basaba en el incumplimiento del juramento prestado por el papa Luna en su elección y que le comprometía a renunciar si con ello beneficiaba la causa de la unidad de la Iglesia. La deposición abría la posibilidad de un cónclave que restableciese la unidad eclesiástica. Tuvo lugar en Constanza en noviembre de 1417. Participaron veintitrés cardenales y seis representantes por cada una de las cinco naciones de la cristiandad: italiana, alemana, francesa, inglesa y española. De los seis representantes, tres debían ser dignidades y tres maestros universitarios. Por la nación española estuvieron en el cónclave: Diego Anaya Maldonado, obispo de Cuenca, en representación de Castilla; el maestro Felipe de Malla, arcediano de Barcelona, por Aragón; el doctor Blasco Fernández, por Portugal; Nicolás Divitis, obispo de Dax, por Navarra; y a éstos se añadieron el doctor Gonzalo García de Santa María, arcediano de Burgos y Juan de Villalón, obispo de Badajoz. Los cincuenta y tres electores eligieron en cuatro días, por unanimidad, al cardenal Otón Colonna, de cuarenta y nueve años, que tomó el nombre de Martín V. Era el 11 de noviembre de 1417.

En agradecimiento por los resultados del cónclave, y de acuerdo con el rey de Castilla, el papa Martín V promoverá a Diego de Anaya al arzobispado de Sevilla el 16 marzo de 1418. Parece que, en Constanza, Diego se atrajo el apoyo de los cardenales y formó con la representación francesa un bloque enfrentado al Emperador, que pretendía imponer su candidato.

En cualquier caso, la embajada castellana despejó los recelos que habían causado sus exigencias de legalidad canónica en el proceso de deposición de Benedicto XIII y retiró su obediencia al Papa Luna al ver garantizada su libertad de elección en el conclave.

Desde Constanza, Diego de Anaya retorna hacia España por Lombardía, y visita el Colegio de San Clemente de los Españoles, fundado en Bolonia por testamento del cardenal Gil de Albornoz en 1364. Este modelo le inspirará para terminar de ajustar su fundación salmantina de San Bartolomé. Aquí, el biógrafo oficial del Colegio de San Bartolomé, Francisco Ruiz de Vergara y Álava, atribuye a Diego de Anaya una visita a Benedicto XIII en Peñíscola a su regreso de Constanza. El autor, que escribe en 1661, pone en boca de Anaya una alocución retórica, por la que afea a Benedicto XIII su contumacia y rebeldía. Parece tratarse de un recurso justificador y reelaborado, por parte de los biógrafos oficiales, respecto a ciertas ambigüedades, astucia y tortuosidad diplomática que sus enemigos atribuyeron a Diego de Anaya en años posteriores.

Antes de 1420, se produce una estancia de Diego de Anaya en Salamanca. Entre otras cosas relacionadas con la inauguración del Colegio de San Bartolomé, cuyos nuevos edificios se venían construyendo desde 1413. Anaya eligió quince colegiales y dos capellanes oriundos de los reinos de Castilla, juristas y teólogos, les vistió de hábito pardo y beca con rosca, y tras una misa el día de San Juan Evangelista quedaron constituidos como colegio, con bulas y privilegios.

La primera historia del Colegio habla de diciembre de 1417, pero esta fecha se concilia mal con la presencia en el acto de Diego de Anaya. Hay que recordar que dicho colegio había sido confirmado por Benedicto XIII el 13 de noviembre de 1414. Posteriormente lo volvió a confirmar Martín V en Constanza, por bula de 28 de abril de 1418. Tanto Benedicto XIII como Martín V confirmaron, además, en 1414 y 1419, la anexión al colegio de préstamos y beneficios, dehesas, heredades y otros bienes patrimoniales.

Ruiz de Vergara relata que desde 1405 éste disponía de constituciones, perfeccionadas en 1407.

El marqués de Alventos considerará equivocadas estas fechas y sitúa en 1435 y 1437 las constituciones de San Bartolomé. Luis Sala Balust distingue unas primeras constituciones hacia 1414-1416, adaptación de las del Colegio de los Españoles de Bolonia, y otras definitivas de 1435 y 1437, aprobadas por Anaya poco antes de su muerte.

En el contexto del reino, las Cortes de Madrid de 1419 habían reconocido como mayor de edad al rey de Castilla Juan II, con trece años. Se mantienen las buenas relaciones cortesanas, y en 1420 el Rey designa a Diego de Anaya para una embajada ante el monarca francés. Le acompañó en la empresa Rodrigo Alonso Pimentel, conde de Benavente.

En los años anteriores, Diego de Anaya había conseguido para la catedral de Salamanca, durante su episcopado, la confirmación de los privilegios otorgados por el rey Enrique II, la exención de pago de yantares del cabildo, y otras indulgencias de Benedicto XIII para los que ayudasen en la consolidación de la catedral (1395), que amenazaba ruina en ciertas partes.

Es probable que, por todo ello, en marzo de 1422, el cabildo le concediera una capilla nueva en el claustro catedralicio para disponer en ella su enterramiento y el de los allegados a su linaje. Esta capilla se utilizó también, en siglos posteriores, para sepultura de colegiales de San Bartolomé, cuyo colegio había asumido el patronato.

Por este tiempo, comienza a manifestarse una enconada rivalidad entre Diego de Anaya y el valido del rey Juan II, Álvaro de Luna, condestable de Castilla.

Para algunos, una de las causas fue que Álvaro de Luna pretendía acomodar en el arzobispado de Sevilla a Juan de Cerezuela, su hermano uterino. En cualquier caso, los círculos de Álvaro de Luna hicieron llegar al pontífice Martín V la acusación de un doble juego de Anaya, y que éste mantenía la amistad con Benedicto XIII, y que le reconocía como Pontífice, sin respeto a su deposición y a lo dispuesto por el Concilio.

Hay que recordar aquí que Benedicto XIII fallecerá en Peñíscola en mayo de 1423. Pues bien, para el historiador Beltrán de Heredia algo de cierto podía haber en el asunto. Por cuanto Diego de Anaya había encargado en 1420-1421 a Juan González, antiguo profesor de Derecho Canónico salmantino y canónigo de Sevilla, la resolución de ciertas dudas jurídicas que se le planteaban sobre los acuerdos del Concilio de Constanza. Puede deducirse una cierta indecisión de Anaya entre Martín V y Benedicto XIII, todavía vivo, y una búsqueda de argumentos de Derecho Canónico para confirmarse. Juan González concluirá: “Finaliter tamen concludo quod in dubiis standum est electioni factae per concilium”.

En cualquier caso, y a la vista de los cargos presentados, el papa Martín V ordenó al arzobispo de Toledo que depusiese al de Sevilla. Así lo dispone por la bula Sumentes exemplum de 13 de septiembre de 1422, en la que se acusa a Anaya de perseverar en el cisma, apoyar a Benedicto XIII e ir en contra de los juramentos prestados. Se produce, entonces, una contraofensiva de los partidarios de Diego de Anaya. Intercede ante Martín V el propio rey de Castilla, Juan II, defendiendo la fidelidad de Anaya y excusando algunas debilidades. También entablan negociaciones en la curia romana el doctor Juan de Mella, futuro cardenal; Alonso de Paradinas, más tarde obispo de Ciudad Rodrigo; y el doctor Juan Rodríguez de Toro. Insisten en que las acusaciones no respondían a la verdad de los hechos. Ante ello, por bula de 13 de enero de 1423 (Dudum ex nonnullorum), Martín V cede y restituye a Anaya al gobierno de su archidiócesis de Sevilla. Parece que, mientras duró el conflicto, Anaya se había retirado al monasterio reformado de Lupiana, en territorio de la actual Guadalajara, de la Orden de San Jerónimo. La conciliación del arzobispo tuvo lugar en Salamanca, el 20 de mayo de 1423, prestando Diego de Anaya juramento de fidelidad y obediencia a Martín V. En dicho acto, estuvo presente Juan de Mella, auditor de causas del Palacio apostólico, que había llegado de Roma para tratar con el rey de Castilla sobre el caso y asistir a la reconciliación.

Pero el talante autoritario del arzobispo continuó causando conflictos. En 1425, solicitó permiso del papa Martín V para residir en Castilla, alegando su enfermedad de la vista. El Papa se lo concedió siempre y cuando estableciese un vicario en Sevilla con todas las facultades para el gobierno de la diócesis. Anaya se traslada a residir en Salamanca, pero pretende desde ella gobernar su diócesis sevillana y citar a sus clérigos a comparecer ante él. Ésta y otras arbitrariedades llevarán al cabildo sevillano a querellarse ante el Papa que, en noviembre de 1426, conmina a Anaya a regresar a Sevilla. Todavía en mayo de 1427, Gonzalo de Medina, porcionario hispalense, que acababa de obtener un canonicato en Salamanca, solicita que las letras de ejecución se encomendasen a jueces ajenos a los salmantinos, de Toledo o Córdoba, porque por el poder de Anaya, arzobispo de Sevilla y residente en Salamanca, temía no poder alcanzar justicia.

Tras el regreso de Diego de Anaya a Sevilla, su proceder continúa provocando descontentos y conflictos de jurisdicción. El papa Martín V pedirá informes a Antonio, obispo portuense, y separará a Anaya del gobierno de la diócesis en enero de 1431. Será nombrado administrador Lope de Olmedo, prepósito general de los ermitaños de San Jerónimo. Muerto Martín V en 1431, la bula Dudum siquidem del nuevo Pontífice Eugenio IV, fechada el 13 de marzo de 1432, enumera los cargos contra la administración diocesana de Diego de Anaya y confirma el nombramiento de Lope de Olmedo. Mientras tanto, Anaya maniobra contra Lope de Olmedo, obstaculiza su administración sevillana y promueve pleitos contra él en la curia romana. Ante esta situación, en 1433, el papa Eugenio IV desvincula definitivamente a Anaya del arzobispado de Sevilla, aunque le mantiene la dignidad con el título honorífico de arzobispo de Tarso en Cilicia y una renta de veinte mil florines. Su sucesor como arzobispo de Sevilla será Juan de Cerezuela, obispo de Osma.

Los esfuerzos de Anaya para retornar a Sevilla se verán pronto obstaculizados por el propio Rey castellano, ya que la vuelta de Diego de Anaya impedía la promoción a dicha iglesia de un pariente regio, Pedro de Castilla, entonces obispo de Osma. Así que se volvieron las tornas, y fue ahora el propio Papa el que se pronunció a favor de Anaya, recordando sus méritos diplomáticos en el Concilio de Constanza y su contribución a la unión de la Iglesia. También pidieron su retorno, dada su ancianidad, el deán y cabildo de Sevilla, concediéndolo el Papa el 26 de febrero de 1435. Los dos años de destitución habían afectado notablemente a la economía del prelado, que tuvo que recurrir a préstamos de banqueros para sufragar los gastos del traslado.

Los biógrafos antiguos de los siglos XVII y XVIII, como González Dávila, Ruiz de Vergara o Dorado, simplifican todos estos conflictos de los últimos años del arzobispado sevillano, con omisiones y confusiones de fechas. La secuencia presentada por estos biógrafos es la siguiente. Primero, las calumnias de Álvaro de Luna ante el papa Martín V acerca de la ambigüedad de obediencia de Diego de Anaya y sus simpatías por Benedicto XIII, el papa Luna. Segundo, la privación de la dignidad arzobispal de Anaya por Martín V hacia 1420, y su sustitución en Sevilla por Juan de Cerezuela, hermano materno del propio Álvaro de Luna y obispo de Osma. Tercero, un movimiento de apoyo a la causa de Anaya por parte del rey Juan II y de otros juristas y partidarios. Ante esto, el papa Martín V comisiona al arzobispo de Toledo, Sancho de Rojas para la averiguación de la causa. Se encuentra inocente a Diego de Anaya y se le restituye el arzobispado de Sevilla por bula de 5 de enero de 1423. Cuarto, que al estar ocupada la sede por Juan de Cerezuela, la restitución no pudo tener efecto hasta 1434, al ser promovido Cerezuela a Toledo. Hasta aquí la versión simplificada de los primitivos biógrafos.

Entre las escasas noticias de esta etapa se sabe que, por los años 1435 y 1437, Diego de Anaya aprobó las constituciones definitivas del Colegio de San Bartolomé de Salamanca, las cuales aparecen fechadas en las ciudades de Córdoba y Sevilla.

Finalmente, le sobrevino una enfermedad en la villa de Cantillana, localidad de la diócesis de Sevilla, en que murió a finales de septiembre de 1437. Ruiz de Vergara nos habla en su biografía de 1661 de un testamento de Anaya, fechado el 26 de septiembre de 1437, y que se conservaba en el archivo del Colegio de San Bartolomé. Dejaba por heredero universal al colegio. La confirmación de dicho testamento fue realizada por el nuevo pontífice Eugenio IV, en 1439, de lo que también existía copia en el mencionado archivo. Lamentablemente, se ha perdido la mayor parte de la documentación del archivo colegial, que tanta información hubiera proporcionado sobre ésta y otras discutidas cuestiones de la biografía de Diego de Anaya. En cualquier caso, la herencia más preciosa fue la de su librería, que Ruiz de Vergara valora como “de las mejores y más selectas que se conocían en aquel tiempo en nuestra España, por no aver aún la imprenta facilitado la copia de libros de que oy goçamos”.

Hay autores que la estiman en unos trescientos ochenta volúmenes.

El cadáver de Diego de Anaya fue depositado unos días en la iglesia de Sevilla, y después trasladado a su capilla funeraria de la catedral de Salamanca, bajo la advocación de San Bartolomé. Allí reposa, en un túmulo de alabastro, con estatua yacente y atributos pontificales, según una tipología funeraria que se ha relacionado con modelos borgoñones, aviñonenses e, incluso, catalanes. En todo caso, realizado con posterioridad a 1425 y, para algunos, en vida de Diego de Anaya. En el costado izquierdo de la capilla, bajo arcos solios, se sitúan los sepulcros de sus dos hijos naturales, el arcediano Juan Gómez de Anaya, y el caballero Diego Gómez de Anaya, este último con estatua mortuoria, arnés, capa, bonete y espada. Sobre el túmulo del propio Diego de Anaya Maldonado se conservan, según recoge la tradición, los restos del estandarte que le sirviera de distintivo en las conflictivas sesiones del Concilio de Constanza.

 

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Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares