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Francisco García Guerra

Biografía

García Guerra, Francisco. Frómista (Palencia), 1560 – México, 22.II.1612. Dominico (OP), arzobispo y virrey de Nueva España.

A los quince años solicitó el hábito de Santo Domingo en el convento de San Pablo de Valladolid e hizo profesión de fe el 26 de mayo de 1578. Se dedicó al estudio de la Metafísica, la Teología y las Sagradas Escrituras, de manera que pronto adquirió fama de erudito hábil en la dialéctica sobre estas materias y de gran orador sagrado. Durante catorce años estuvo dedicado al estudio y a la enseñanza, en cátedras de Artes y Teología en varios conventos y universidades, sobre todo en los monasterios de Santo Tomás de Ávila, San Pablo de Burgos, Santa Cruz de Segovia y San Pablo de Valladolid. Fue prior de este último monasterio y dicen sus biógrafos que gozó del aprecio del Rey y de la Corte, que entonces se encontraba en Valladolid. En su época de prior consiguió que el duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, aceptara el patronato de la provincia de la Orden de Predicadores de Castilla, lo cual implicó una notable mejoría. En 1605 fue definidor del Capítulo General de la Orden y en él se le otorgó el grado de maestro; en ese mismo año, García Guerra se vio implicado en los preparativos de las ceremonias y fiestas organizadas con motivo del nacimiento de Felipe IV, resolviendo las competencias que se le encomendaron con el beneplácito del Rey y de la Corte. Esta cercanía a la Corte y el buen hacer de García Guerra, que se había mostrado ya suficientemente como un candidato perfecto para alcanzar grandes metas en la carrera eclesiástica, dieron lugar a su nombramiento como arzobispo de México en 1607, para suceder a García de Santa María Mendoza, que había fallecido en la capital del virreinato. El dominico, que se había retirado para dedicarse a sus estudios, quiso rehusar, pero al fin aceptó convencido por sus superiores, de manera que aceptó su nombramiento como arzobispo otorgado por Pablo V y fue consagrado el 5 de abril de 1608. En tanto llegaba a su diócesis, tomó posesión por poder de García Guerra, el deán de la catedral de México Luis de Robles. Se embarcó en la flota del general Lope Díaz de Armendáriz, quiteño de familia Navarra, que más adelante sería el segundo virrey criollo de México, que salió de la bahía de Cádiz el 12 de junio y llegó a San Juan de Ulúa el 19 de agosto de 1608. Le acompañaban seis clérigos, veintinueve criados y seis esclavos negros, y había recibido autorización para llevar sus libros de estudio y hasta 2.000 ducados en joyas para su servicio.

En la flota se había embarcado en Sevilla Mateo Alemán, autor de la novela picaresca Guzmán de Alfarache, publicada en su primera parte en 1599, y probablemente durante el viaje se relacionó con García Guerra hasta el punto que en adelante formó parte de su séquito. Hay cierta semejanza entre Mateo Alemán y Cervantes, en cuanto que ambos fueron coetáneos y el Guzmán de Alfarache compitió en ventas con el Quijote; los autores de sendas obras intentaron la aventura de las Indias —Cervantes sin éxito— y ambos estuvieron en la cárcel de Sevilla, aunque no al mismo tiempo. La partida de este popular autor sevillano con su amante, dos hijos ilegítimos y una sobrina resulta un tanto difícil de entender, porque ya era de edad avanzada. Al solicitar la licencia para pasar a Nueva España indicó que tenía un pariente rico que le había mandado llamar. Es posible que este pariente fuera el doctor Alonso Alemán que, en efecto, había hecho fortuna en México a través de la práctica del derecho y por su matrimonio con una rica criolla. En 1608, Alonso Alemán ya había muerto, aunque las negociaciones para el paso a México de su primo podían haberse hecho sin haber tenido conocimiento de esto, o quizá en último término Mateo iba a poder contar con alguna parte de la herencia. En todo caso, era preciso dejar constancia de su presencia en el séquito del arzobispo y del favor que éste le proporcionó en México, porque Mateo Alemán publicó en 1613 los Sucesos de Don Fray García Guerra, Arzobispo y Virrey de México, después del fallecimiento de García Guerra. Es su última obra conocida y en ella contrastan el fasto y la grandeza del gran personaje arzobispo y virrey, frente a la descripción detallada y verista de la muerte y funerales, así como de pormenores de la enfermedad moral del personaje, es decir, una muestra típica del Barroco.

A Veracruz, que tendría entonces alrededor de dos mil habitantes y era una ciudad muy insalubre, foco de enfermedades para los españoles recién llegados, envió el Cabildo de la catedral de México cuarenta criados, caballos, mulas, alimentos y un carruaje para trasladar a García Guerra hasta México. Como solía suceder en el traslado de los grandes personajes, en particular de los virreyes y los arzobispos, este recorrido era premeditadamente lento (García Guerra y su séquito emplearon más de un mes), porque en cada pueblo recibían los agasajos y el homenaje de los nuevos súbditos, en una escenografía preparada para dejar bien de manifiesto el poder. Por otra parte, estos agasajos eran muy del gusto de los indios, que solían organizar espectáculos de bienvenida en los que había danzas, músicas y fuegos artificiales, y, por otra parte, cuando se trataba de un arzobispo, como era el caso, también se empleaba tiempo en la administración del sacramento de la confirmación.

Era virrey de México Luis de Velasco (II), que envió a García Guerra un emisario con sus saludos y la concertación de un primer encuentro en Huehuetoca, en donde el virrey quería mostrar al arzobispo las obras que se comenzaban a realizar para desaguar la laguna. Precisamente en esta visita ocurrió el primero de una lista de sucesos que los biógrafos de García Guerra toman como presagios del cambio de su suerte, tan pródiga hasta entonces. El coche en el que iban el virrey y el arzobispo volcó, de manera que ambos fueron despedidos y cayeron al sendero, del que afortunadamente pudieron ser recuperados sin más daños que el susto de rigor. También García Guerra, años después, con la suficiente perspectiva, consideró este accidente como el principio de sus desgracias. Poco después, entre las ceremonias de entrada en la capital se había preparado un tablado en Santa Ana en el que el Cabildo eclesiástico esperaba para honrar al nuevo arzobispo. Cuando García Guerra estaba en ese tablado recibiendo el saludo de los canónigos, todo se vino abajo ocasionando la muerte de un indígena.

El arzobispo quiso entrar en la ciudad descalzo, en una demostración pública de la humildad que correspondía a un religioso dominico, no obstante las autoridades le hicieron desistir. En la recepción organizada en la catedral, el arzobispo fue llevado bajo un rico palio de oro y brocado por regidores engalanados con sus mejores vestiduras, de manera que tanto en el exterior como en el interior del templo de nuevo toda la escenografía se orientó a dejar bien patente la grandeza de la segunda persona en importancia del virreinato.

Los datos de que se disponen acerca de la labor de García Guerra como arzobispo lo perfilan como un hombre que ejerció dignamente su ministerio, ejemplar en su labor sacerdotal y buen administrador de la diócesis. Destacan, además, las virtudes que le habían acompañado siempre, es decir, su amplia sabiduría filosófica y teológica y su condición de predicador brillante, que solía ejercer en las fiestas solemnes en la catedral y con frecuencia también en el convento de Santo Domingo. En la atención de los pobres de su diócesis se le tuvo por hombre de gran caridad, que estableció la costumbre de repartir limosna personalmente durante varias horas todos los sábados. Francisco de Sosa precisa que gastó en limosnas anualmente más de 4.000 ducados y que se había mostrado dispuesto a vender la plata y alhajas de su casa para atender a los pobres, si no hubiera dispuesto de otra cosa.

Para Irving A. Leonard, García Guerra es un prototipo de hombre neomedieval formado en los principios de autoridad en un mundo en transformación, como era la Nueva España del siglo XVII, y lo contrapone a las figuras de sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora, exponentes del pensamiento nuevo basado en el espíritu crítico. Con este planteamiento, Leonard toma pie en la figura de este arzobispo y virrey como hilo conductor de su trabajo sobre La época barroca en el México colonial.

Aproximadamente un año después de tomar posesión de su diócesis, García Guerra organizó la visita de su arzobispado, que no se realizaba desde hacía más de treinta años. Aparte de su sensibilidad para afrontar sus obligaciones de pastor, esta visita es muy interesante por las noticias que el arzobispo proporciona de sus feligreses y por algunas cuestiones que se suscitaron entre el arzobispo y el alcalde mayor de Xochimilco en cuanto a la administración de justicia a los culpados en los procesos abiertos por el visitador. En diciembre de 1609 había hecho la visita de cuatro partidos y había encontrado y subsanado más de cuarenta casos de amancebados españoles y otros de los que no da número de mestizos, mulatos e indios. Todos ellos “como si vivieran entre gente sin Dios y sin ley”, con sus mancebas y sus hijos en sus casas, a los que llevaban a bautizar a la parroquia y los apadrinaban las personas más honradas de los lugares. Se alarmaba García Guerra de encontrar esta situación en las zonas inmediatas a la capital, a dos y a tres leguas de México, por lo que cabía esperar de las zonas más apartadas. Había arreglado estas situaciones casando a algunos, separando de sus mancebas a otros y desterrando a algunos de sus pueblos, pero no había sido fácil porque, al iniciar las visitas en los lugares que había recorrido, se había visto en la necesidad de predicar sermones sobre la gravedad de la excomunión para que algunos apreciaran el rigor de las consecuencias de esa pena y para encontrarse en condiciones de poder amenazar con excomunión a los que no corrigieran sus faltas.

Al comenzar la visita, García Guerra había solicitado y obtenido del virrey Luis de Velasco que le acompañara con vara de justicia Juan Jerónimo Morrano, un hombre de su confianza, como alguacil independiente de las justicias ordinarias. La Audiencia salió al paso de la inconveniencia de esta medida, que era contra derecho, y pidió al virrey que dejara sin efecto el nombramiento de Morrano, aunque el arzobispo consiguió que Velasco lo recomendara como ejecutor de los mandamientos de las justicias ordinarias. García Guerra sintió mucho esta contrariedad, hasta el punto de pedir remedio al Rey, sobre todo porque fue muy crítico con la actitud de las justicias de los lugares visitados, algunos de los cuales eran sujetos particulares de la visita por vivir amancebados, como sucedía con el teniente de alcalde mayor de Xochimilco. Además de que a veces las propias justicias eran los delincuentes, en otras ocasiones se dejaban sobornar y avisaban a los culpables para que escaparan antes de que ellos mismos fueran a sus casas a prenderlos. Todo esto justificaba la actuación del alguacil independiente que con tanta insistencia, pero sin éxito, pidió el arzobispo.

No obstante, las relaciones de García Guerra con el virrey Velasco y con la Audiencia fueron buenas, de forma que cuando el 31 de marzo de 1611 llegó la orden para que Velasco fuera a España para hacerse cargo de la presidencia del Consejo de Indias y el nombramiento del arzobispo García Guerra como virrey interino, el traspaso de poderes se hizo con toda normalidad. El arzobispo se retiró a las afueras a la espera de que el virrey saliera en la flota, fue a postrarse ante Nuestra Señora de Guadalupe y preparó su segunda entrada en México, esta vez como una persona de inmenso poder que asumía los dos cargos más importantes de México. Con todo, García Guerra mantuvo estos cargos por poco tiempo, pues tomó posesión el 19 de junio de 1611 y murió de enfermedad el 22 de febrero de 1612, poco más de medio año después.

Sus biógrafos insisten en destacar la afición de García Guerra a las fiestas de toros, que se celebraron los viernes para festejar que fue viernes el día en que había accedido al cargo de virrey. Para estos festejos se habilitó un espacio en la plaza del palacio, por considerar que no era propio de un religioso acudir a la plaza pública, y ligados a ellos se sitúan otros presagios que al parecer el pueblo de México interpretó como fatales para el arzobispo-virrey. Con curiosa coincidencia se repitieron dos terremotos en dos ocasiones de corridas de toros, uno de ellos con muchas desgracias de muertes de personas y destrozo de edificios. En esta misma línea de augurios, se suelen situar una lluvia de ceniza seguida de aguacero en la capital, la muerte de un acróbata del juego del volador en la plaza de Santiago de México, cuando se celebraba la entrada del nuevo virrey y, sobre todo, la caída de García Guerra de su coche cuando volvía de Santa Mónica, tratando de ponerse a salvo porque las mulas se habían desbocado. El arzobispo-virrey no se recuperó nunca de las heridas que sufrió en este percance, que a juicio de sus coetáneos le llevaron a la tumba. El asunto de mayor importancia en el que intervino García Guerra como virrey fue el seguimiento de las obras del desagüe del valle de México. El problema era muy antiguo, pero el planteamiento de las obras para liberar a la capital de las inundaciones periódicas lo había afrontado el virrey Velasco, cuya entrada en el Gobierno en 1607 coincidió con grandes aguaceros de desastrosas consecuencias. Entre los proyectos que españoles e indios presentaron para el desagüe, fue elegido el de Enrico Martín que planteó las obras por la zona del pueblo de Huehuetoca, aquellas que visitaron Velasco y García Guerra a la llegada del arzobispo a Nueva España. Felipe III solicitó informes sobre estas obras mediante una triple cédula fechada el 8 de mayo de 1611 dirigida al virrey, al Ayuntamiento y al Cabildo eclesiástico de México. García Guerra abrió una investigación en la que declararon Enrico Martín y el maestro de arquitectura y fortificaciones Alonso Arias, del que salió un informe desfavorable a la continuación del proyecto de Enrico Martín, en el que se habían gastado 413.324 pesos, por ser considerado insuficiente para poner la ciudad a salvo de inundaciones.

García Guerra había recibido informes de Velasco sobre Filipinas en varias ocasiones, y cuando le sucedió en el Gobierno de Nueva España también recibió de España varias órdenes para el Gobierno de las islas. Entre ellas estaban las de vigilar que los religiosos misioneros destinados a Filipinas no se quedaran en el virreinato, que no permitiera que se embarcaran en Acapulco hombres casados sin sus mujeres, a menos que tuvieran permiso expreso de ellas, y el envío al gobernador Juan de Silva de diez piezas de artillería rescatadas de una nao de Perú que se perdió en Acapulco.

El 22 de febrero de 1612 murió el arzobispo-virrey después de una larga etapa de fuertes dolores provocados por la caída mencionada, según el parecer de los médicos que le atendieron, que le practicaron múltiples sangrías e incluso una operación quirúrgica. En las ceremonias de funerales, en las que se gastaron más de 2.000 pesos, toda la ciudad rindió testimonio al arzobispo-virrey, que fue enterrado en la catedral.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), Indiferente, 449, l. A1, fol. 173, Real cédula, Madrid, 7 de marzo de 1608, para los oficiales de la Casa de la Contratación; Contratación, 5308, n. 1, r. 17, Expediente de información y licencia de García Guerra, 8 de junio de 1608; Indiferente, 2073, n. 11, Expediente de concesión de licencia para pasar a México a favor de fray García Guerra, 1608; México, 28, n. 3, Carta del virrey Luis de Velasco a Felipe III, México, 4 de abril de 1610; México, 28, n. 3, Carta de García Guerra a Felipe III, Tenantcingo, 1 de febrero de 1610; Filipinas, 329, l. 2, fols. 123v.-124r., Real cédula al virrey de Nueva España García Guerra, El Escorial, 17 de septiembre de 1610; Filipinas, 329, l. 2, fols. 132v.- 133r., Real cédula, Guadarrama, 12 de noviembre de 1611, al virrey García Guerra; Filipinas, 329, l. 2, fol. 138r., Real cédula a García Guerra, El Pardo, 16 de noviembre de 1611.

F. de Sosa, El episcopado mexicano. Galería biográfica ilustrada de los Ilmos. Señores Arzobispos de México desde la época colonial hasta nuestros días, México, H. Iriarte y S. Hernández, 1877; Junta Directiva del desagüe del Valle de México, Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México 1449-1900, vol. I, México, Tipografía de la Oficina Impresora de Estampillas, 1902; A. Vázquez de Espinosa, Descripción de Nueva España en el siglo XVII y otros documentos del siglo XVII, México, Editorial Patria, 1944; B. de Balbuena, Grandeza mexicana: y fragmentos del Siglo de Oro y El Bernardo, intr. de F. Monterde, México, Universidad Nacional Autónoma, 1963; J. I. Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España 1535-1746, México, Universidad Nacional Autónoma, 1963; L. González Obregón, México viejo (Época colonial). Noticias históricas, tradiciones y costumbres, México, Editorial Patria, 1966 (9.ª ed.); A. Leonard, La época barroca en el México colonial, México, Fondo de Cultura Económica, 1974; A. Lira y L. Muro, El siglo de la integración. Historia General de México, t. I, México, El Colegio de México, 1981, págs. 371-469; A. García-Abásolo, “Nueva España en el siglo XVII”, en Historia de las Américas, t. II, Sevilla, Alhambra-Longman, 1991, págs. 427-454.

 

Antonio García-Abásolo González