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Lope de Vega Carpio

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Biografía

Vega Carpio, Lope de. Madrid, 25.XI.1562 – 24.VIII.1635. Dramaturgo, poeta y narrador, creador del teatro nacional.

La familia de Lope procedía del valle de Carriedo, en la montaña santanderina. Su padre, Félix de Vega Carpio, de oficio bordador, después de una breve temporada en Valladolid, se estableció definitivamente en Madrid. Llegó a la Corte enredado en un amor adúltero. Le sigue su mujer, Francisca Fernández Flores quien, celosa, lo reclama. Se reconcilian siendo Lope el fruto de la nueva paz entre el matrimonio. Éste califica de “portento” el haber nacido de “tan inquieta causa”. En la epístola de “Belardo a Amarilis”, que Lope incluye en La Filomena (Madrid, 1621), describe el percance, asumiendo un cierto determinismo genético: “Hicieron amistades, y aquel día / fue piedra en mi primero fundamento, / la paz de su celosa fantasía”. Basado en tal hecho, Lope justifica y exculpa su tumultuosa vida afectiva. Padre e hijo, al servicio de eclesiásticos, se mueven en un ambiente un tanto devoto. En el Laurel de Apolo (Madrid, 1630), Lope evoca las aficiones literarias del padre: “Versos eran a Dios, llenos de amores”, concluyendo cómo los del padre “mejores me parecen que los míos”. El origen de la cepa de Carpio, asociada con un origen hidalgo, movió a Lope el asumir una ascendencia noble.

Al frente de su novela pastoril Arcadia (1598) estampó un escudo con diecinueve torres. Al quite le salió burlonamente Góngora en celebrado soneto: “Por tu vida, Lopillo, que me borres / las diez y nueve torres de tu escudo”.

Ya en vida tuvo Lope en Juan Pérez de Montalbán un apasionado biógrafo. En la Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope Félix de Vega Carpio (Madrid, 1636), Montalbán lo retrata como un niño prodigio.

Comenta que de cinco años ya leía en lengua romance y en latín, y que antes de cumplir los doce conocía el arte de danzar, cantar, traer la espada y componer comedias, hecho que confirma Lope en su Arte nuevo de hacer comedias: “Y yo las escribí de once y doce años, / de a cuatro actos y de a cuatro pliegos, / porque cada acto un pliego contenía”. Su curiosidad enciclopédica va pareja, ya desde la infancia, con una gran avidez por la lectura. Ducho en gramática y en retórica, hábil con los versos, enmascarado bajo la figura de don Fernando, observa en un pasaje de La Dorotea (Madrid, 1632): “los cartapacios de las liciones me servían de borradores para mis pensamientos, y muchas veces las escribía en versos latinos o castellanos. Comencé a juntar libros de todas letras y lenguas, que después de los principios de la griega y ejercicio grande de la latina, supe bien la toscana y de la francesa tuve noticia” (IV, i). Esta prodigiosa mecanización de leer y escribir, o de lectura y escritura, diaria, habitual, demuestra su inmensa obra que abarca variados géneros literarios. Aún de corta edad, le atribuye Montalbán la traducción al castellano del poema De raptu Proserpinæ de Claudiano.

Lope estudió gramática con los Teatinos, matemáticas en la Academia Real y contó con Vicente Espinel como su preceptor. Él mismo confiesa en la Égloga a Claudio que estudió en Alcalá. En las Rimas de Tomé de Burguillos (Madrid, 1634) hay una breve alusión al paso de Tomé —máscara del poeta— por la Universidad de Salamanca, cuya vida universitaria evoca en las comedias de El bobo del colegio (1591-1595) y en El dómine Lucas (1621). Entra al servicio del obispo de Cartagena, Jerónimo Manrique de Lara, quien había sido inquisidor y vicario general de la Armada. Inicia así una lista de servicios en varias casas nobles: secretario del conde de las Navas, del marqués de Malpica, de Sarria, del duque de Alba y, por largos años (1604-1633), del duque de Sessa. Grata debió de ser la relación de Lope con Jerónimo Manrique a juzgar por la carta que escribe unos treinta años después (1619): “el amor que le tuve fue inmenso, las obligaciones iguales, las pocas letras que tengo le debo; holgaré de acabar mi vida en esa santa iglesia ayudado de otro beneficio sin obligación”. Alude a un beneficio de la Catedral de Ávila en el que estaba muy interesado.

Años antes, en 1614, a su paso por Ávila, Lope encarga se digan cien misas por el alma de Jerónimo Manrique, en agradecimiento a la ayuda recibida “al principio de su vida”.

Los primeros años de Lope se centran en la madrileña calle Mayor, Puerta de Guadalajara y cercanías del convento de la Victoria. Cerca de la calle de Francos, hoy día Cervantes, compró casa en 1610, y en ella vivió el resto de su vida. En sus inmediaciones —calle del León— vivía Cervantes, y a un tiro de piedra, en el convento de las Trinitarias, profesó la hija de Lope, Marcela, tenida con Micaela de Luján. Rondaba Lope nueve años cuando Felipe II hizo frente al imperio otomano que amenazaba la libre navegación por el Mediterráneo. La flota de la Santa Liga, dirigida por Juan de Austria, y formada por Roma, Venecia y España, zanjó la amenaza turca en la batalla de Lepanto (1571).

Lope participó en la solución del problema portugués, que termina con la anexión del país lusitano y con la entrada de Felipe II en Lisboa, en 1591. Una expedición capitaneada por el

llegó a las Islas Terceras (Azores), acabando con la última resistencia. Lope la evoca en Huerto deshecho (Madrid, 1631): “Ver en tres lustros de mi edad primera / con la espada desnuda / al bravo portugués en la Tercera”. En la comedia El galán escarmentado, que escribe entre 1588 y 1598, alude a la entrega de la plaza de San Sebastián. Más grave fue la derrota de la denominada Armada Invencible (1588). Ejecutada la reina católica María Estuardo, cuya vida narrará Lope en la Corona trágica (Madrid, 1627), Felipe II decide invadir Inglaterra. En dicha expedición toma también parte Lope a bordo del galeón San Juan. Su hermano Juan participó también en la expedición de la que no vuelve.

La biografía histórica de Lope se documenta, como se ve, a base de numerosos retazos autobiográficos, expuestos en numerosas cartas, en textos líricos y narrativos.

Revelan un hombre fácil al amor, encantado ante los atractivos de la mujer. Marfisa fue uno de sus primeros amores, aún adolescente, sin dejar rastro en su vida. Pero la más profunda experiencia amorosa, con extensas repercusiones en la obra literaria de Lope, fue la tumultuosa relación que mantuvo entre 1585 y 1588 con Elena Osorio, hija de un productor de comedias y casada con el actor Cristóbal Calderón, quien residía en las Indias. En romances y en sonetos, bajo la máscara del moro Zaide y del pastor Belardo, proclama Lope sus escarceos íntimos convirtiéndolos en “fábula de la corte”, en chisme que se difunde de esquina en esquina. Un buen día Elena, que Lope enmascara en sus romances bajo la mora Zaida y la pastora Filis, abandona al joven Lope, probablemente harta de su pródiga lengua, y da oídas a Francisco Perrenot de Granvela, sobrino del poderoso cardenal Antonio Perrenot de Granvela. De la pluma de Lope salen injuriantes libelos, sátiras ofensivas contra la familia de Elena, los Velázquez. Se siente furioso al verse injustamente desplazado y sustituido por otro galán más rico, aunque de “inferiores prendas”.

El desigual trueque lo fijó satíricamente Lope en un memorable soneto (“Una dama se vende a quien la quiera”); también en comedias como Belardo furioso, en ciclo de sonetos (“los mansos”) y en varias obras en prosa, destacándose La Dorotea. Libelos infamantes, alegaciones, denuncias, declaraciones de testigos, querellas, culminan con un proceso y un dictamen judicial que da con Lope en la cárcel. Éste reincide y la segunda condena es más tajante: ocho años de destierro de la Corte y cuatro del reino, con un aviso de que “no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, y con costas”. El Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos (Madrid, 1901), que dan a la luz Anastasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, es una rica fuente de referencias sobre los años mozos de Lope y sobre su proceso.

En medio de estos percances judiciales, camino del destierro, Lope enamora a la joven Isabel de Urbina —líricamente Belisa—, hermana del regidor de Madrid Diego de Ampuero Urbina, casándose por poder el 10 de mayo de 1588. En un Inventario de causas criminales de estas fechas se hace una entrada demandando a Lope por “rapto de doña Isabel de Alderete”.

Es decir, durante el proceso por libelos, Lope se hace con Isabel. Pero la familia prefiere un matrimonio por poder a un proceso por rapto con la consiguiente difamación que conllevaría. De este modo, quedó zanjado el proceso. A los pocos días de la unión, Lope se embarca en Lisboa, en la expedición marítima contra Inglaterra, dejando sola a la recién desposada. A su vuelta, Isabel se une con Lope en Toledo, siguiéndole a Valencia a principios de 1589. Desde Valencia, Lope envía comedias a su empresario Gaspar de Porres, que reside en Madrid. Valencia se transforma con la presencia de Lope en un activo centro de producción de comedias y de representaciones teatrales.

En 1590, pasa de nuevo Lope por Toledo hacia Alba de Tormes donde se asienta al servicio del duque de Alba. Los cuatro largos años en esta villa ducal fueron muy productivos. Escribe la novela pastoril Arcadia (Madrid, 1598). Bajo tal relato enmascara una “verdadera historia”: los amores de su señor, el duque de Alba, enmarañado en un casamiento no autorizado, y desterrado por tal causa. La muerte le arrebata a Isabel a consecuencias de un mal parto. Las hijas Antonia y Teodora sufrieron la misma suerte que la madre. En un soneto escrito a modo de epitafio, incluido en las Rimas (Madrid, 1602), se lamenta Lope de la muerte de Teodora.

Absuelto de su destierro, vuelve Lope a Madrid a mediados de 1595. Se han cumplido exactamente siete años desde su salida. Regresa viudo y sin hijos.

Una nueva pasión amorosa le consume. Es la iniciada por estos años con una actriz teatral conocida por su extraordinaria belleza: Micaela de Luján (líricamente Lucinda y Camila Lucinda) con quien, a pesar de estar casada con Diego Díaz, tiene varios hijos (Angelilla, Mariana, Marcela, Lope Félix). Extensa es la presencia de Micaela de Luján en la obra de Lope: incita todo un ciclo lírico (Rimas, 1602) y le inspira la bella “Epístola a Lucinda”, que incluye en El peregrino en su patria (Sevilla, 1604). Estas relaciones se prolongan a lo largo de unos nueve años, lo que no impide que, en abril de 1598, al servicio del marqués de Sarria, el futuro conde de Lemos, Lope se una en segundas nupcias con Juana de Guardo, hija de Antonio de Guardo, abastecedor de carnes de la villa de Madrid. Sus rivales le echaron en cara el casarse por conveniencias económicas. Entre 1600 y 1605 se instala Lope en Toledo, donde vive con Micaela de Luján, con esporádicas visitas al hogar familiar que mantiene Juana en Madrid. Pasa temporadas espaciadas en Sevilla, con visitas a Granada. En los primeros años del siglo XVII mantiene Lope el ajetreo de dos hogares: con la mujer legítima y con Micaela de Luján.

Con la primera vive en Madrid hasta 1604, en Toledo de 1604 a 1610, con la vuelta este año a la Corte. Con Micaela de Luján reside primero en Toledo, pasa breves temporadas en Sevilla (entre 1602 y 1604), y con ella vuelve de nuevo a Toledo. Por estos años (1596) le llega a Lope un requerimiento de los tribunales de la Sala del Crimen de Madrid, y un proceso por amancebamiento con una tal Antonia Trillo, hermosa viuda, de vida desenvuelta. La demanda no tuvo mayores consecuencias.

La prohibición de representar comedias en la Corte con motivo de la muerte de Catalina de Saboya, hija de Felipe II, que tiene lugar en diciembre de 1597, se impone por real provisión del 2 de mayo de 1598.

Se continúa con motivo de la muerte de Felipe II, dejando a Lope sin ingresos. En este momento, da fin a una serie de extensos poemas: el canto épico de La Dragontea (Valencia 1598), el hagiográfico del Isidro (Madrid, 1599), y el amoroso-novelesco de La hermosura de Angélica (Madrid, 1602). Un año después, ya reinando Felipe III, se autorizan de nuevo las representaciones.

Tuvo efecto la presión de los cofrades de hospitales que veían zanjados sus ingresos con el cierre de los corrales de comedias. Lope escribe de nuevo comedias. En la lista que incluye en El peregrino en su patria (Sevilla, 1604) menciona un total de doscientas diecinueve. Entre 1598 y 1602 se sitúa también la primera gran producción de la obra poética de Lope, tanto lírica como narrativa. La edición de las Rimas se cierra en 1609 al incluir el Arte nuevo de hacer comedias, un valioso compendio de teoría dramática en donde establece una valiosa preceptiva de la comedia nueva, que fija en dramas de perenne actualidad, tales como El caballero de Olmedo, Fuente Ovejuna, El perro del hortelano, La moza del cántaro, La villana de Vallecas, Peribáñez y el Comendador de Ocaña, El mejor alcalde, el Rey, El perro del hortelano, La dama boba, El acero de Madrid, Servir a señor discreto, La Viuda valenciana, El castigo sin venganza, Los melindres de Belisa, por citar algunos de los más representativos.

El Isidro es un mosaico de géneros que están despuntando con gran vigor en la escritura de Lope: romancero, comedia de santos, comedia profana, auto sacramental, novela pastoril a lo divino (Pastores de Belén, Madrid, 1612), lírica sacra. Años después, en octavas reales, escribe el poema de La virgen de la Almudena (1623), que dedica a la reina doña Isabel de Borbón. Narra el hallazgo de la imagen de esta virgen en la Almudena, lugar donde los moros medían el trigo durante la reconquista. Dentro de esta imaginería popular, de devoción religiosa, se sitúa también el breve poema épico “Las lágrimas de la Madalena”, que incluye en las Rimas sacras (1614). Al Isidro, le seguirán un buen número de comedias de santos cuyo argumento hila siguiendo la Flos sanctorum de Alonso de Villegas. A través de la figura de santa María de la Cabeza, la esposa de san Isidro, desarrolla un ciclo de comedias: La niñez de san Isidro, La juventud de san Isidro y San Isidro, labrador de Madrid. La popularidad de san Isidro se consagra al ser canonizado en 1622, año que coincide con las fiestas organizadas en ocasión de tal evento. Vieron la luz en 1620 y 1622, con el título de Justa poética y alabanzas justas que hizo la insigne villa de Madrid al bienaventurado san Isidro en las fiestas de la beatificación y Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón san Isidro.

Del mismo año que el Isidro son las Fiestas Denia (Valencia, 1599). En ellas, describe Lope los fastuosos festejos que organizó el marqués de Denia, el futuro duque de Lerma, con ocasión de la llegada a Valencia de Felipe III y de su hermana, la infanta Isabel.

Habían ido a recibir a sus respectivos consortes: la archiduquesa de Austria Margarita y su hermano el archiduque Alberto. Lo más escogido de la nobleza española se desplazó a Valencia para recibir a los futuros cónyuges y celebrar las bodas. A Valencia llegó también Lope como secretario del marqués de Sarria.

Con Lope viajó también su amigo Gaspar de Barrionuevo (“cuando vos me dejastes en Valencia”) a quien le dedica una epístola, que incluye en la “Segunda parte” de las Rimas. Con tal motivo se representó en Valencia el auto alegórico de Lope, Las bodas del alma con el amor divino, que describe en el primer acto de la comedia El Argel fingido y renegado de amor (Parte VIII, Madrid, 1617). Lope lo incluye cinco años después en El peregrino en su patria. Los nuevos cónyuges, Felipe III y Margarita de Austria, compartían una gran afición a los espectáculos.

En 1608 Lope se distancia de Micaela; en 1610 se traslada definitivamente a Madrid conviviendo con Juana de Guardo. Con su segunda esposa se documenta el nacimiento de Jacinta (“hija de una tal Juana”, aludida en un testamento), de Carlos Félix —de corta vida—, y de Feliciana, que sobrevivirá al padre. En estas fechas se establece la amistad de Lope con Luis Fernández de Córdoba, sexto duque de Sessa, quien le lleva una veintena de años. Lope mantuvo una relación como secretario que raya entre lo bufonesco y lo servil. Su extenso Epistolario con el duque de Sessa se inicia en 1604 y da fin en 1628. En 1609 Lope es nombrado familiar del Santo Oficio de la Inquisición. Este año sale la Jerusalén conquistada (1609), ya dispuesta para la imprenta en 1605, pero aplazada su impresión por falta de licencia del Consejo Real que por estos años había limitado la impresión de obras literarias. A modo de historia épica, Lope relata el camino de los cruzados hacia la conquista de los santos lugares.

Los reveses familiares desmoronaron con frecuencia el hogar de Lope. Marca un cambio radical la muerte, en 1612, de su hijo Carlos Félix y la de su esposa Juana, casi un año después, en agosto de 1613. El dolor por la muerte de Carlos Félix lo expresa Lope en “A la muerte de Carlos Félix”, una de las más bellas elegías de la poesía española, que incluye en las Rimas sacras. Un Lope pobre, sin apenas hijos —le queda la recién nacida Feliciana— puebla su hogar con los hijos tenidos con Micaela de Luján. Pese a mantener una activa vida social y, sobre todo, sentimental —“Porque amar y hacer versos todo es uno”, confiesa don Fernando a su ayo Julio en La Dorotea (IV, i)—, su labor literaria es incesante. Combina una gran variedad de formas poéticas y géneros, apresurados unos, otros escritos al calor de una circunstancia personal. Tal facilidad tuvo su precio. Por ejemplo, Pedro de Torres Rámila, en su acalorada Spongia, le llamó la atención sobre la falta de unidad y coherencia de La hermosura de Angélica.

En 1614 Lope decide ordenarse sacerdote. Textos previos (Rimas, Jerusalén conquistada, Pastores de Belén, Soliloquios amorosos) evidencian una inclinación hacia los motivos religiosos y penitenciales. Describe su nuevo estado en la epístola dirigida “Al doctor Matías de Porras”: “el ánimo dispuse al sacerdocio, / porque este asilo me defienda y guarde” (La Circe, Madrid, 1624). Y lo justifica en la titulada “Belardo a Amarilis”: “Dejé las galas que seglar vestía; / ordenéme, Amarilis; que importaba / el ordenarme a la desorden mía” (La Filomena, Madrid, 1621). En breve lapso transmuta las amadas humanas por “la gracia de Dios, que es lo que yo ahora deseo”, le confiesa al duque de Sessa. En este trasiego de “galas” a lo divino, de viajes acompañando al duque de Sessa a Lerma, con paso por Segovia y Burgos con la comitiva real, a Ávila para asegurarse una capellanía, a Toledo y de nuevo a Valencia al encuentro de un hijo natural metido a fraile franciscano, posible fruto de una breve aventura por su paso en 1599, le hace sentirse espiritualmente inseguro: “¡Ay de quien queda en tan confuso abismo / que aún no vive seguro de sí mismo!” (Rimas sacras, fol. 74v.). Conocidas fueron por estas fechas sus relaciones con Jerónima de Burgos quien estuvo a punto de ser madrina de su hija Feliciana, la niña de cuyo parto murió Juana de Guardo. Atendió a Lope a su paso por Toledo, explica éste en carta, cuando gestionaba su ordenación. Dos años más tarde, a finales de 1616, sale a relucir otra amante, Lucía de Salcedo, a quien visitó en Valencia. Regresaba de Nápoles con una compañía de teatro. Lope la alude en sus cartas bajo el seudónimo de “La Loca”. De acuerdo con Cayetano Alberto de la Barrera también se le atribuyó otro hijo natural, fray Luis de la Madre de Dios, reconocido por su consanguinidad con Marcela, la hija tenida con Micaela de Luján.

En 1614 Lope está en el curso medio de su vida: cincuenta y dos años, viudo dos veces, envuelto en una red de amores ilícitos. El 24 de mayo de 1614 Lope cantó misa en la iglesia del convento madrileño de las Carmelitas Descalzas, orden a la que pertenecía su confesor fray Martín de San Cirilo. Bajo una de las losas de esta iglesia yacía Juana de Guardo. Dos años más tarde, por influencia del duque de Sessa, obtiene el cargo de procurador fiscal de la Cámara Apostólica en el arzobispado de Toledo. Y once años después (1625), ingresa en la Congregación de San Pedro, establecida por los sacerdotes naturales de Madrid.

La publicación de las Rimas sacras marca, pues, un radical contrapunto en la vida personal de Lope. En 1609 había ingresado en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento; en 1610 en la del Oratorio del Olivar, y en 1611 profesó como terciario franciscano. Pero incapaz de acallar el aguijón de sus deseos, pese a la sotanilla y el herreruelo que le cubría las espaldas, los sublima y convierte en letra impresa: en cartas, en breves y extensos poemas sacros, en variedad de epístolas y comedias, y en composiciones muy al aire del buen poeta que, como su heterónimo Tomé de Burguillos, escribía “de repente”; es decir, a lo que saliese. La nueva dama en la vida de Lope es Marta de Nevares (Amarilis y Marcia Leonarda en sus escritos). Las relaciones amorosas, de acuerdo con varias cartas de Lope, se establecen a partir de 1616.

Fue Marta de Nevares las más querida y reverenciada, aunque Elena Osorio, su primer gran amor, recorre como secuela gran parte de la obra de Lope. En 1604 Marta de Nevares había contraído matrimonio con Roque Hernández de Ayala, un hombre “de fea catadura”, al decir de Lope (un “fiero Herodes”) en breve nota que escribe por estas fechas (Cartas, 106), y que confirma en la égloga “Amarilis”. Lope conoció a Marta en una fiesta poética que ésta preside: ella cercana a los treinta años, Lope con cincuenta y cuatro. Fruto de estas relaciones fue Antonia Clara que nace en 1617. Con el tiempo, surge una gran tirantez en el hogar de Marta: Roque se muestra agresivo, la maltrata; Lope le urge la separación. Marta se convierte en una inteligente interlocutora con Lope sobre proyectos y afanes literarios. Era, a juzgar por la dedicatoria que incluye en la comedia La viuda valenciana, una suma de maravillas: hacía versos sin igual, pulsaba con maestría y destreza cualquier instrumento, cantaba, contaba, recitaba y en el arte de su prosa “el donaire iguala a la gravedad y lo grave a la dulzura”. La descripción de su rostro se fija con las más ricas imágenes petrarquistas. La muerte inesperada de Roque es celebrada por Lope, quien exclama, “¡Bien haya la muerte!”. Comenta de nuevo en la égloga “Amarilis”: “La dura muerte mejoró su vida, / que alguna vez la muerte fue piadosa: / mató la de Ricardo aborrecida” (La Vega del Parnaso, Madrid, 1637, fol. 182v.), y con más ligereza y hasta desdén se expresa en la dedicatoria de La viuda valenciana.

Marta pierde la vista en 1628 y aunque logra recuperarla, pierde la razón y muere en 1632, poco antes de sacar Lope La Dorotea (1632). A Marta le dedica las Novelas a Marcía Leonarda, que escribe por insinuación de aquélla y que se incluyeron interpoladas en La Filomena y en La Circe.

Parece que Lope disfrutaba de cierta prosperidad económica alrededor de 1620. Es ya consagrado dramaturgo y cuenta con reconocidos discípulos (Mira de Amescua, Guillén de Castro, Tirso de Molina).

Pero sus altibajos económicos —agravados con la enfermedad de Marta— son proverbiales: de la holgura a la máxima estrechez. Las peticiones dirigidas al duque de Sessa caían con frecuencia en oídos sordos.

Dinero, ropas y aceite eran requeridos sin inmediata respuesta. Lo revela su hija Antonia Clara en una graciosa letrilla de Góngora: “¡Ay, que al Duque le pido / aceite andaluz! / Pues que no me lo envía, / cenaré sin luz”. Juan de Jáuregui pasa un fiel retrato de las privaciones de Lope. En la aprobación de la Corona trágica (Madrid, 1627) indica cómo “fuera justo por mano de los muy poderosos levantarle más y enriquecerle”.

Sentimiento que Lope repite en los Triunfos divinos (Madrid, 1625). Él mismo da, en la comedia de El verdadero amante (Madrid, 1620), la descripción más clara de sus límites: pobre casa, igual mesa y un huertecillo “cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos”.

Entre 1621 y 1624, fechas en que salen respectivamente La Filomena y La Circe, Lope de Vega sigue escribiendo con incansable pulso comedia tras comedia.

Aparte de las escasas ayudas que recibe del duque de Sessa, le llegan otras, aunque contadas, del duque de Osuna. En una ocasión éste le envía desde Nápoles 500 escudos que le permitieron estar un año sin ser poeta ad panem lucrando. En la nueva lista que incluye en la segunda edición de El peregrino en su patria (Madrid, 1618), ya ascienden a cuatrocientas treinta y ocho las comedias escritas. A la vez se mueve entre certámenes, poemas extensos, autos, polémicas en torno a la nueva poesía, atenciones prestadas a Marta de Nevares, cartas y la olla que día a día tiene que disponer para su prole. Entre los “muchachos” que residen en el hogar de Lope, alrededor de 1620, está el otro hijo tenido con Micaela de Luján, de nombre Lope, nacido en 1607. En sus escritos lo menciona con el nombre de Lope Félix del Carpio y Luján. En carta de 1616, dirigida al duque de Sessa, lo menciona con el cariñoso diminutivo de Lopito, y alude a su díscola conducta. En una ocasión se ve obligado a recluirlo en el asilo de los huérfanos de Nuestra Señora de los Desamparados, deseando que allí “se tiemple con algunos días y yo descanse”, queja que recoge Cayetano Alberto de la Barrera (II, 333).

La dedicatoria de la comedia El verdadero amante, que se la dedica, y que incluye al año siguiente en la Parte XIV de comedias, es un dechado de consejos paternales dirigidos al hijo. Incide en la difícil elección entre las armas y las letras. Lope Félix se alistó en el ejército que mandaba el marqués de Santa Cruz, el hijo de Álvaro de Bazán, bajo cuyo mando había servido Lope en la campaña de las Islas Terceras (1583). Perece años más tarde en una expedición a la isla Margarita, cercana a las costas de Venezuela, en busca de perlas.

El padre lamenta su muerte en la égloga piscatoria que incluye en La Vega del Parnaso.

Ducho en la organización de festejos, se distingue Lope como un dinámico promotor cultural en donde la ceremonia religiosa se acompasa con la literaria, cómica y dramática. En 1614 formó parte del tribunal que juzgaba a los participantes en el certamen celebrado con motivo de la beatificación de santa Teresa.

Y en 1620 está presente en el certamen con motivo de la beatificación de san Isidro. Lope es nombrado fiscal o director de los festejos y tiene a su cargo la celebración de un certamen en la iglesia parroquial de san Andrés ante la urna donde reposan los restos del insigne labrador. Ya en 1605 había tomado parte activa en una justa poética celebrada en Toledo (Relación de las fiestas que la imperial ciudad de Toledo hizo al nacimiento del Príncipe N. S. Felipe III de este nombre).

La Filomena se escribe al calor de una polémica literaria. Lope se hace eco del acerbo panfleto escrito en latín —Spongia (1617)— que el maestro Pedro de Torres Rámila, colegial teólogo y preceptor de gramática latina en Alcalá de Henares, dirigió contra él. Algunos ejemplares vieron la luz bajo el nombre de Juan Pablo Mártir Rizo, historiador de la ciudad de Cuenca. Se conoce parte de su contenido por los extractos que incluye el contraataque titulado Expostulatio Spongiæ (1618), que sale con el seudónimo de Julius Columbarius. Lo dirige Francisco López de Aguilar Coutiño, gran amigo de Lope, contra sus críticos. La polémica alió por un lado a un gran círculo de seguidores y admiradores de Lope; por el otro, a los seguidores de Luis de Góngora. Y, aunque el ataque iba dirigido contra un buen número de obras del Fénix (La Dragontea, Isidro, La hermosura de Angélica), los dardos se ceban en La Jerusalén conquistada que califican de “insípida epopeya”.

Son ejemplares las extensas epístolas, escritas por estos años, en su mayoría en tercetos endecasílabos, dirigidas a Francisco de la Cueva, a Gregorio de Angulo, B. Elisio de Medinilla, Diego F. de Quijada y Riquelme, y la “Epístola de Belardo a Amarilis”. Es de destacar la titulada “El jardín de Lope de Vega”, que el Fénix dirige a Francisco de Rioja. Realza de nuevo el origen hidalgo de los Carpio que remonta al legendario héroe medieval, Bernardo del Carpio. Sobresale a su vez la epístola de Baltasar Elisio de Medinilla dirigida a Lope (“Después que con más alma, Lope amigo”), la elegía que éste escribe ante la súbita pérdida del buen amigo (“Si lágrimas de amor pudieran tanto”) y la “Égloga en la muerte de doña Isabel de Urbina”, escrita por Pedro de Medina Medinilla, que dirige al duque de Alba. El patetismo del discurso elegíaco y funeral, cargado de simbología y trazos autobiográficos, convierten esta epístola en una de las piezas más representativas del género.

Lope es el gran vocero y autoconfigurador de sí mismo; las alusiones biográficas empiedran las diez epístolas que incluye La Filomena. En la epístola que Belardo dirige a la poetisa peruana Amarilis (“Belardo a Amarilis”), el narrador describe el ingreso de su hija Marcela en el madrileño convento de las Trinitarias Descalzas. En el mismo convento profesaba, desde 1614, la hija natural de Cervantes, Isabel de Saavedra.

Al igual que La Filomena, La Circe incluye un buen número de epístolas de variado contenido autobiográfico.

Destacan la epístola dirigida a Francisco Herrera Maldonado y a Matías de Porras. Variadas en contenido (sátira, consideraciones literarias y filosóficas, elegía, referencias culturales) son las dedicadas a Antonio Hurtado de Mendoza, a fray Plácido Tosantos, a Juan Pablo Bonet y a Lorenzo Vander Hamen.

Entre 1625 y 1635 estamos en el ciclo de senectute de Lope de Vega, estudiado acertadamente por Juan Manuel Rozas (1990). El último tramo de su vida incluye obras de gran envergadura literaria: los Triunfos divinos, la Corona trágica (1627), el Laurel de Apolo, La Dorotea, las Rimas humanas y divinas del licenciado Burguillos (1634), en donde se incluye La Gatomaquia, y una variedad de poemas, cortos y extensos, que abarcan diversos géneros: églogas, epístolas, silvas, elegías, canciones, panegíricos, glosas, sonetos, y una miríada de motivos y de intrigantes circunstancias personales.

Lope adquiere conciencia de su precariedad mortal. La redacción de su primer testamento (4 de febrero de 1627), la muerte de un estimado vecino, la grave enfermedad que padece entre marzo y abril de 1628, y la presencia de una hija, aún niña, cuya herencia consiste tan sólo en una “casilla y mis libros”, afianzan su conciencia de senectud y la decisión de alejarse de las tablas del corral, al amparo de un duque (el de Sessa) que apenas le protege, o de un pretendido puesto de cronista real que no obtiene. Dicho puesto, paralelo con el de historiador, que tanto deseaba Lope, al amparo de su gran amigo el padre Juan de Mariana, lo había solicitado en 1611, en 1620 y, de nuevo, en 1629. El nuevo viraje explica la escritura de los Triunfos divinos, la nueva redacción, muy ampliada, de los Soliloquios amorosos, que aparecen entre 1625 y 1626, la exaltación y encomio dirigido a un ilustre prelado (Urbano VIII) bajo la escritura de la Corona trágica, el impresionante homenaje dedicado a conocidos y amigos, allegados y lejanos, que es el Laurel de Apolo, y las numerosas cartas dirigidas al duque de Sessa; sin descontar los numerosos escritos que surgen al calor de un acto oficial o de una ceremonia religiosa, tal como La Virgen de la Almudena, o profana como la égloga representada ante los Reyes (La selva sin amor), o de una tormenta estival que en 1631 destroza su huertecillo y origina el poema Huerto deshecho, escrito en sextinas aliradas. Lope está presente en cualquier circunstancia festiva o social. Sufre una continua escasez económica pese a los numerosos ingresos.

La ceguera de Marta de Nevares a principios de 1628, a la que sigue la grave enfermedad del Fénix, afianzan la atención recíproca: uno al cuidado del otro. Por estas fechas llueven a la vez las sátiras de sus amigos sobre este concubinato —motivo de ataque por parte de Luis de Góngora y Juan Ruiz de Alarcón—, posible causa para no obtener de Palacio las mercedes que suponía merecidas. Justifica también tal silencio la relación sostenida con el duque de Sessa durante largos años, desterrado en cierta ocasión a sus posesiones de Baena (Córdoba). Pese a todo, Lope es consciente de la estimación pública. Lo confirma el dicho popular “es de Lope” y el papel titulado “Símbolo de la fe que han de tener a la poesía apóstata de ella”, que comenzaba parodiando el Credo: “Credo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”. Su difusión obligó a la Inquisición a incluirlo en el Índice. Incrementa también su fama la concesión en 1628 del grado de doctor en Teología y el título de Caballero del Hábito de San Juan que le otorgó el Papa Urbano VIII a partir de la publicación de la Corona trágica. En su portada se presenta Lope como “capellán de san Segundo en la iglesia de Ávila”. Tal capellanía había sido instituida por su protector, Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, en honor de san Segundo, el primer obispo de dicha diócesis.

Si el acercamiento a Urbano VIII movió a Lope a escribir la Corona trágica, lo mismo sucede con un buen número de poemas que salen a la luz en esta última etapa de su vida. Surgen como fruto de una circunstancia personal (abundan las églogas elegíacas), o como resultado de una ceremonia oficial. Tal sucede con el poema Isagoge a los Reales Estudios de la Compañía de Jesús, que Lope lee en ceremonia pública, en 1629, con motivo de la fundación de tales estudios en el Colegio Imperial de los Jesuitas. A dicha ceremonia, que organiza Francisco Aguado Provincial, el confesor del conde-duque de Olivares y de Felipe IV, concurrió la intelligentsia local. El poema vio la luz en edición suelta el mismo año. En la Égloga a Claudio (1632) presenta una minuciosa relación, a modo de currículum vítae, de los hitos más representativos de su vida y de sus obras. En estos años finales Lope corteja afanosamente a la Corte. Aprovecha cualquier festejo, celebración, fiesta o auto de fe como los Sentimientos a los agravios de Cristo Nuestro Bien por la nación hebrea, poema impreso posiblemente en 1632, para asegurar la protección del Poder. Este poema se lo dedica al príncipe de España, Baltasar Carlos. Se escribe con ocasión de la divulgación de un extraño suceso: la flagelación de un Cristo por judaizantes procedentes de Portugal. El hecho tuvo lugar en la calle de las Infantas y concluyó el 14 de julio de 1632 con un sonado auto de fe. Del mismo año son los “Versos a la primera fiesta del Palacio nuevo”, que celebran la inauguración que tuvo lugar en diciembre de 1632. Amargo trance fue la fuga de su hija Antonia Clara con Cristóbal Tenorio en el verano de 1634.

La égloga “Filis” se escribe al calor de tales hechos. Y transida de contención es la égloga piscatoria “Felicio” cuyo subtítulo anuncia el motivo: “En la muerte de don Lope Félix del Carpio y Luján”, que pereció ahogado en agosto de 1634, ya publicadas las Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos y La Gatomaquia, a quien se las dedica. La noticia le llegó al padre meses después de la desaparición del hijo, siendo su redacción posterior a la égloga Filis En la égloga a Amarilis, escrita en la primavera de 1632, al poco de la muerte de Marta de Nevares el 7 de abril de 1632, documenta su relación con ésta.

Marta tenía cuarenta y cinco años; Lope, setenta. Fue enterrada a costa de Alonso Pérez, librero, buen amigo de Lope. El desgarro ante tal pérdida, por quien había arriesgado su reputación como sacerdote y como persona pública, lo expresó en un ciclo de romances elegíacos (“barquillas”, “soledades”), que incluye en La Dorotea unas semanas antes de salir impresa. Siempre fiel y leal al duque de Sessa, su mecenas, le dedica en estos años tres obras: la “Pira Sacra” (elegía a la muerte de don Gonzalo, hermano del duque de Sessa), las Rimas del licenciado Tomé de Burguillos, que forman volumen con La Gatomaquia, y la maravillosa tragedia de El castigo sin venganza, que sale impresa en Barcelona, en 1634.

De sombríos se han tildado los últimos años de la vida de Lope. Parecía que después de la muerte de Marta de Nevares, en 1632, su casa estaba en paz. Su hija Feliciana, tenida con Juana de Guardo, se había casado; Marcela, tenida con Micaela de Luján, había profesado, en 1622, como monja trinitaria, y la más querida, Antonia Clara, llamada por el cariñoso nombre de “Antoñica”, tenida con Marta de Nevares, le servía de apoyo en su senectud. Inclinada a las letras como el padre, y siguiendo los pasos de su medio hermano Lope Félix, dedicado en su juventud a las mismas aficiones, Lope escribe una loa que sirve de introducción a la égloga que Antoñica recita ante el duque de Sessa y otros conocidos de la comparsa escénica.

Dos grandes infortunios rompen una vez más el sosiego del hogar: la noticia que le llega, allende el mar, de la muerte de su hijo Lope y el rapto de Antonia Clara. Varias églogas, “Filis”, “Felicio. Égloga piscatoria” que, en palabras de su amigo Antonio de León, “de diversos secretos fueron claves”, revelan el dolor ante la pérdida de ambos. Los dos grandes disgustos “le tenían casi reducido”, en palabras de Pérez de Montalbán, “a una continua pasión melancólica”.

A las graves “injurias recibidas” aludió también el doctor Francisco de Quintana, en el sermón fúnebre que predica la semana siguiente a la muerte de Lope. Juan Antonio de Peña en su Égloga elegíaca a la fama inmortal de frey Lope Félix de Vega Carpio (Madrid, 1635), es más preciso: “Enfermó de un gran accidente que le dio día de san Bartolomé, asistiendo a unas conclusiones de medicina que se tuvieron en el seminario de los Escoceses”.

En la égloga “Filis” Lope presenta en clave las vicisitudes del rapto de su hija Antonia Clara. La huida de la casa paterna tuvo lugar en agosto de 1634. Filis (Antonia Clara) fue coaccionada, de acuerdo con la égloga, por la sirvienta Lidia. En su huida desalojó cuanto pudo de la casa. Se ha especulado sobre la identidad del raptor (Tirsi en la égloga). Emilio Cotarelo y Mori lo identificó con un hijo natural del conde–duque de Olivares que convirtió por legitimidad real en Enríquez Felipe de Guzmán. El doloroso evento fue finalmente aclarado por Agustín González de Amezúa. Basándose en el ms. 2. 236 de la Biblioteca Nacional, donde se presenta una relación de la muerte de Lope, se lee en el margen: “Lope murió de pena de que Tenorio le sacó una hija”. Se trataba de Cristóbal Tenorio quien ingresó muy joven al servicio de Olivares, pasando a ser ayuda de cámara del Rey. Llegó a obtener el hábito de la Orden de Santiago.

Antonia Clara permaneció soltera el resto de su vida. Murió el 3 de octubre de 1664, terminando sus días llena de deudas y viéndose obligada a hipotecar sus joyas. Fue enterrada en las Trinitarias Descalzas, donde profesaba su media hermana, sor Marcela. En la partida de defunción consta como hija legítima de Lope Félix de Vega y de Marta de Nevares, su mujer. Había nacido el 12 de agosto de 1617.

En 1634 termina Lope su última comedia, Las bizarrías de Belisa. Tenía setenta y dos años, muere a los setenta y tres. Juan Pérez de Montalbán relató sus horas finales. Francisco Jiménez de Urrea, en carta que dirige a Juan Francisco Andrés de Uztarroz, fechada el 1 de septiembre de 1635, que dio a la luz José Manuel Blecua (1944), describe el entierro. Destaca la numerosa presencia de mujeres que asisten al desfile del cortejo fúnebre. En menos de tres meses de su muerte es objeto de homenajes, panegíricos, sermones en boca de distinguidos predicadores. Su fama, transcendida en mito, sobrepasó las propias fronteras.

Montalbán, “su alumno y servidor”, como el mismo Lope lo califica, publica el mismo año de su muerte la Fama póstuma. En ella reúne una extensa galería de poemas y de autores. La fama se extiende a la fastuosa Venecia. De las prensas de Ghisardo Imberti salen, en 1636, las Essequie poetiche, overo lamento delle muse italiane in morte del signor Lope de Vega, insigne et incomparabile poeta spagnuolo. Coleccionadas por Fabio Franchi, fueron escritas en su mayoría por el embajador Juan Antonio de Vera y Figueroa. Se publican bajo el auspicio del embajador de España en Venecia, el conde de la Roca. Fabio Franchi residió en Madrid, entre 1630 y 1632, con el fin de conocer personalmente a Lope. El mismo año de su muerte, J. A. de la Peña saca en Madrid una égloga elegíaca, La fama inmortal del Fénix de Europa Frei Lope Félix de Vega de Carpio, del hábito de San Juan. Cuatro años antes, los poetas portugueses se citaron con ocasión de la publicación del Laurel de Apolo, en un homenaje que dio a la luz J. Cordeiro con el título Elogio de poetas lusitanos. Al Fénix de España, frey Lope Félix de Vega Carpio, en su Laurel de Apolo [...] (Lisboa, en la imprenta de Jorge Rodrigues, 1631).

En cuanto a sus relaciones con otros literatos de su tiempo, una tensa enemistad existió entre Juan Ruiz de Alarcón —de figura contrahecha— y Lope de Vega (cfr. Los españoles en Flandes, que incluye la Parte XIII, 1620). Eco de los mismos ataques se hace Cervantes en la “Segunda Parte” de El Quijote, defendiéndose de cualquier malentendido entre él y Lope al afirmar que “adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa”. Y pese a que Lope lo alaba en el “Prólogo” a Las fortunas de Diana (“no le faltó gracia y estilo”), en la comedia de Amar sin saber a quién (1616-1623) se expresa por boca del personaje Inés: “Don Quijote de la Mancha / (perdone Dios a Cervantes) / fue lo extravagante / que la corónica ensancha”. Sin embargo, en el libro V de la Arcadia hacía una referencia elogiosa al Cervantes poeta.

Las relaciones literarias con Luis de Góngora, plasmadas magistralmente tanto en La Filomena como en La Circe, fueron complejas. Se mueven del rechazo de los malos imitadores a la admiración y hasta imitación de las expresiones líricas más originales. Admira la vena festiva de éste, la elegancia de su estilo, el afán de enriquecer la lengua con nuevas formas (exornaciones y figuras), pero no tolera la oscuridad, el exceso de neologismos, el hipérbaton, el uso excesivo de metáforas y, sobre todo, la gran labor que requería el descifrar y entender sus textos. Sin embargo, la amistad de Lope con Francisco de Quevedo fue continua, imperecedera.

Lo cita éste en El Buscón (1627), pero ya antes Lope lo había mencionado en El peregrino (1604), y Quevedo firma la aprobación de las Rimas de Tomé Burguillos. Lope le pagó con creces su lealtad. En Laurel de Apolo le califica de “espíritu agudísimo y suave, / dulce en las burlas y en las veras grave”. Tuvo Lope como maestro a Vicente Espinel, quien le recuerda en el Marcos de Obregón (1618) con singular afecto.

La fama que disfrutó Lope procedía del corral de comedias. Remodeló sus formas y se constituyó con derecho propio en creador del teatro nacional, como Shakespeare en Inglaterra, o como los clásicos franceses (Molière, Racine, Corneille) con quienes puede igualarse. Se podría afirmar que la fuerza creativa del teatro de Lope, con frecuencia eminentemente lírico (El caballero de Olmedo es un buen caso, que Federico García Lorca gustaba representar), se alimenta de la energía creativa de su lírica. Un buen número de comedias son fragmentos de un poema lírico-trágico.

A veces una copla o un cantar da origen al desarrollo de una comedia, motiva su desenlace, o se coloca en el centro como augurio y premonición del acontecer de la acción.

En las comedias de carácter histórico (tanto clásico, medieval como europeo), sobresalen los temas épico-medievales que llegan, bien en alas del romancero —como corpus de anécdotas, tanto históricas como legendarias—, de Crónicas, de la inmediatez no lejana (época de los Reyes Católicos) o actual. Presentes están también los hechos más cercanos como la sublevación de los moriscos en las Alpujarras (1568- 1570), su final expulsión (1609, 1612), el reinado de los Reyes Católicos, Carlos V, guerras en Flandes, dominios en Italia, conquista de América. Y también las comedias que consagran leyendas medievales. Las comedias de capa y espada presentan una intriga amorosa: las caracterizan el engaño de acciones (función del disfraz y de la capa y espada que viste el galán), y la mezcla de personajes nobles con criados.

Si las comedias históricas tienen como referencia una realidad cronística escrita, que abarca desde el nacimiento del lejano reino leonés a su extensión por América, las llamadas “de asunto inventado” —término que consagró Marcelino Menéndez Pelayo— se basan en convenciones meramente literarias: pastoriles (La Arcadia), caballerescas (El marqués de Mantua, historias recogidas de los novellieri italianos (El perro del hortelano, El castigo sin venganza), fábulas mitológicas (El laberinto de Creta), de enredo (El acero de Madrid). Finalmente se deberían tener en cuenta aquellas que exponen variados aspectos de la vida cotidiana, bien de costumbres urbanas, caballerescas o palatinas. Se han destacado también las comedias que presentan la defensa de los derechos de los villanos frente al poder del tirano (Fuente Ovejuna), la alabanza de la vida retirada y sencilla (El villano en su rincón), el poder del amor frente a las clases sociales que lo diferencian (El perro del hortelano), la defensa de la familia recién constituida (Peribáñez), la fuerza de una autoridad justa (El mejor alcalde, el rey), el amor que se enfrenta a la muerte (El caballero de Olmedo), la venganza de un honor destruido que se encubre con un castigo aparentemente justo (El castigo sin venganza).

El inmenso y detallado conocimiento bíblico de Lope se revela no sólo en los autos sacramentales, sino también en sus comedias de carácter bíblico: Los trabajos de Jacob, La historia de Tobías y La Hermosa Ester. Se podrían considerar paralelas a estas comedias las hagiográficas (o comedias de santos) cuyos argumentos proceden de florilegios, de versiones apócrifas y de la Flos Sanctorum. La vida de san Ginés la lleva Lope a las tablas en Lo fingido verdadero, la de san Agustín en El divino africano, la de san Ildefonso de Toledo en El capellán de la Virgen. Lope también encuentra su medio de expresión a través de la comedia mitológica; así, fábulas tomadas en su mayoría de las Metamorfosis de Ovidio, representan un número de mitos claves: Perseo (El Perseo), Jasón (El vellocino de oro), Orfeo (El marido más firme), Dafne (El amor enamorado), Aurora (La bella Aurora). Al igual que la comedia religiosa, Lope coloca a sus personajes en tiempos cercanos al espectador.

El mismo sentido otorga el Fénix a las comedias basadas en relatos de la historia clásica. Por ejemplo, en Roma abrasada desarrolla el tema de Nerón que dio origen a todo un ciclo de romances. Dentro de las comedias que versan sobre historia extranjera sobresalen La imperial de Otón y El gran duque de Moscovia que versa sobre la figura del impostor Demetrio.

La prosa cronística o historial fue otro género con múltiples ramificaciones en las letras del Siglo de Oro al que Lope también aportó su grano de arena. El relato de El triunfo de la Fe en los reinos del Japón (1618) —escrito a partir de los informes que enviaban los misioneros— es una relación de los numerosos martirios, en defensa de la fe católica, sufridos en la evangelización de Japón.

Por último, dentro del auto sacramental, sobresalen las piezas en torno a la exaltación de la eucaristía, representadas en las fiestas del Corpus Christi como El auto de la siega, El heredero del cielo, El divino pastor o La adúltera perdonada; dentro del ciclo de comedias religiosas destacan los temas bíblicos (La creación del mundo y primera culpa del hombre), las vidas de santos (San Antonio de Padua, San Isidro) y las comedias que desarrollan leyendas piadosas (La buena guarda).

Sus fuentes están tomadas del Antiguo y Nuevo Testamento o de leyendas piadosas que consagra la tradición literaria y su estilo se ve marcado en ocasiones por ritmos procedentes de la lírica tradicional o de tonos populares cantados. La canción de reclamo, las letras para cantar, glosas y villancicos (La adultera perdonada, La bella malmaridada), versos cortos con ritmos ágiles y cantarines, destacan el lirismo de estas piezas.

Lope combinó genialmente al poeta lírico con el dramático. Su arte se amolda, imperecedero, al devenir de todos los tiempos.

 

Obras de ~: La Dragontea, Valencia, Pedro Patricio Mey, 1598 (ed. de A. Sánchez Jiménez, Madrid, Cátedra, 2007); Arcadia. Prosas y versos de Lope de Vega, Madrid, Luis Sánchez, 1598 (ed. de A. Sánchez Jiménez, Madrid, Cátedra, 2012); Fiestas de Denia, Valencia, 1599 (ed. M. G. Profeti, Florencia, Alinea Editrice, 2004); La hermosura de Angélica, con otras diversas rimas, Madrid, en la imprenta de Pedro Madrigal, 1602 (ed. de M. Trambaioli, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2005); Rimas, Sevilla, Clemente Hidalgo, 1604; El peregrino en su patria, Sevilla, Clemente Hidalgo, 1604 (ed. de J. González-Becerra, Madrid, Cátedra, 2016); Las comedias del famoso poeta Lope de Vega, Parte I, Valladolid, Angelo Tavanno, 1604 (la última parte, Parte XXV, sale en Zaragoza, por la viuda de Pedro Verges, en 1647); Jerusalén conquistada, Madrid, Juan de la Cuesta, 1609; Pastores de Belén, prosas y versos divinos, Lérida, 1612 (ed. de A. Carreño, Madrid, Cátedra, 2010); Contemplativos discursos, Madrid, Juan de la Cuesta, 1613; Mujeres y criados: comedia en tres jornadas, c. 1613-1614 (atrib.) (copia ms. de Pedro de Valdés, 1631, en Biblioteca Nacional de España, sign. MSS/16915); Rimas sacras. Primera Parte, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1614 (ed. de A. Carreño y A. Sánchez Jiménez, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2006); Triunfos de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615, Madrid, 1618; Romancero espiritual, Pamplona, 1619; Justa poética y alabanzas justas que hizo la insigne villa de Madrid al bienaventurado san Isidro en las fiestas de su beatificación, Madrid, 1620; La viuda valenciana, Madrid, Juan de la Cuesta, 1620 (ed. de T. Ferrer Valls, Madrid, Castalia 2002); Arte nuevo de hacer comedias, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1621 (ed. de E. 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II, Rimas, Rimas sacras, Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos; vol. III, Jerusalén conquistada; vol. IV, La Circe, La Filomena; vol. V, La Virgen de la Almudena, Triunfos divinos, Corona trágica, Isagoge a los Reales Estudios de la Compañía de Jesús, Laurel de Apolo, La selva sin amor, Sentimientos a los agravios de Cristo Nuestro Bien por la nación hebrea, Versos a la primera fiesta del Palacio. Églogas y elegías; vol. VI, Huerto deshecho, Égloga a Claudio, La Vega del Parnaso. Otros versos, ed. de A. Carreño, Madrid, Biblioteca Castro, 2002-2005; Lope de Vega, Obras completas, Prosa I, Arcadia, El peregrino en su patria; Prosa II, Pastores de Belén, Novelas a Marcia Leonarda, La Dorotea, ed. D. McGrady, Madrid, Biblioteca Castro, 1997-1998; Prosa III, Epistolario, I (1604-1633), ed. de A. Carreño, Madrid, Biblioteca Castro, 2008 [Prosa IV, Epistolario, II, Triunfo de la fe en los reinos del Japón, Soliloquios amorosos de un alma a Dios, ed. de A. 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Antonio Carreño