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Felipe III

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Biografía

Felipe III. Madrid, 14.IV.1578 – 31.III.1621. Rey de España y Portugal.

El que sería rey de la Monarquía hispana entre 1598 y 1621, había nacido en abril de 1578 en la villa de Madrid, hijo de Felipe II y su cuarta mujer, la reina Ana de Austria. Su nacimiento no llamó mucho la atención porque en esos momentos Felipe II contaba con al menos otro hijo varón, el príncipe Diego (1575-1582). La muerte de éste en 1582 transformó a Felipe en único heredero varón, destinado desde esos momentos a gobernar la extensa y compleja Monarquía de España. Su nuevo estatus, que los propagandistas de la época vieron como resultado del deseo divino —como lo demostraría la muerte de todos los hijos varones de Felipe II menos Felipe, don Carlos, Fernando, Carlos (1573-1575), y el citado don Diego—, fue ritualizado con el juramento que le otorgaron los reinos de Portugal (enero de 1583), Castilla (noviembre de 1584) y Aragón (marzo de 1585). Inmediatamente después de su juramento oficial como sucesor de Felipe II, comenzaron las tareas de transformar a Felipe en Monarca.

Se sabe, sin embargo, muy poco sobre su educación y sus actividades como príncipe hasta la década de 1590. En general, como en el caso de otros príncipes, se conoce poco sobre las características particulares de su educación, que tuvo lugar bajo la atenta mirada de los oficiales de la casa del príncipe, hombres como Juan de Zúñiga, ayo y mayordomo mayor; García de Loaysa, tutor del príncipe; Gómez Dávila y Toledo, II marqués de Velada, mayordomo mayor en sustitución de Zúñiga; y Cristóbal de Moura, sumiller de corps, entre otros muchos. Siguiendo las doctrinas de la época, el príncipe Felipe aprendió, entre otras materias, Latín, Francés, Portugués y Geometría, trabajó con las obras de Cicerón, Plutarco, Aristóteles, Guicciardini y otros autores, muchos de los cuales Felipe tradujo al castellano.

Los documentos también indican que Felipe tenía un profundo conocimiento de las obras religiosas y frecuentemente participaba en ceremonias litúrgicas, sugiriendo que sin duda había internalizado que su destino era convertirse en máximo defensor de la Cristiandad.

Como resultado de esta educación, los súbditos de Felipe II parecían tener una opinión bastante positiva del heredero al trono a pesar de su débil constitución física, resultado de las numerosas enfermedades que sufrió durante su niñez y primera juventud.

Algo que a todos llamaba la atención era la poca experiencia política del príncipe, pero esto cambió desde comienzos de la década de 1590. A partir de esas fechas, Felipe II tomó una serie de decisiones que permitieron darle a Felipe III la formación y experiencia del mundo político de su tiempo. A partir de 1593, el rey Felipe comenzó a participar en las reuniones de la llamada Junta de Gobierno, un comité creado por Felipe II para ayudarle a coordinar las labores de las instituciones políticas de la Monarquía, una junta que estaba encabezada por el archiduque Alberto, sobrino de Felipe II, y compuesta de algunos de los ministros más importantes del momento: Cristóbal de Moura, el marqués de Velada, Juan de Idiáquez y Diego Fernández de Córdoba, conde de Chinchón. Además de participar en las deliberaciones de la Junta y de reunirse en privado con el archiduque y Cristóbal de Moura, Felipe III también comenzó a ayudar a su padre en ciertas actividades públicas, aunque en este caso parece claro que estas nuevas responsabilidades no fueron únicamente resultado de la voluntad política de Felipe II, sino también de su creciente debilidad física.

La participación de Felipe III en la administración de los negocios públicos además de darle mayor experiencia le acercó a los conflictos políticos y a los grupos de poder que caracterizaban la vida de la Corte en ese período. En la década de 1590 la conflictividad faccionaria que había caracterizado las primeras décadas del reinado de Felipe II había ciertamente desaparecido, pero ello no excluía la existencia de otros problemas y conflictos. Los más importantes eran un activo debate político sobre la naturaleza de la gobernación de la Monarquía y los derechos y deberes de monarcas y reinos, y la otra, una intensa batalla por controlar el favor del Rey y del príncipe. Don Felipe, al igual que su padre Felipe II, nunca mostró con claridad cuáles eran sus creencias políticas más generales.

Aunque el debate entre aquellos que propugnaban una visión “constitucionalista” de la Monarquía y aquellos que propugnaban una visión más “absolutista” del poder real fue muy intenso en la década de 1590, poco se sabe de las reacciones del Rey y el príncipe.

Sí se sabe que Felipe III decidió optar por señalar que uno de sus cortesanos, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, históricamente conocido como duque de Lerma, era su favorito y que así lo sería una vez ocupase el trono. Esta decisión, que al principio fue recibida como evidencia de que Felipe III estaba simplemente siguiendo la práctica política de la época, con el tiempo provocó fuertes conflictos en el corazón de la Monarquía y habría de influir fuertemente en la opinión que sobre este Monarca tuvieron contemporáneos e historiadores posteriores.

Cuando sólo llevaba unos meses como Monarca, Felipe III se casó en abril de 1599 con Margarita de Austria (1584-1611) en la ciudad de Valencia. Tuvieron ocho hijos, aunque no todos ellos pasaron de la niñez: Ana (1601-1666), reina de Francia desde 1615 después de su matrimonio con Luis XIII; María, nacida en Valladolid el 1 de enero de 1603 y muerta en marzo del mismo año; Felipe, heredero de la Corona con el título de Felipe IV (1605-1665); María (1606-1646), futura emperatriz de Alemania por su matrimonio con el emperador Fernando (1637-1657); Carlos (1607-1632); Fernando (1609-1641), conocido como el Cardenal-Infante; Margarita (1610-1617); y Alfonso (1611-1612).

A lo largo de su reinado, la decisión de Felipe III de promover al duque de Lerma como su ministro principal y favorito nunca conllevó por su parte una completa dejación de sus responsabilidades. El Rey seguía teniendo la última palabra sobre qué medidas tomar o qué políticas desarrollar, pero su reinado sí se caracterizó por importantes cambios en la forma de dirigir la Monarquía. Aunque el Monarca seguía tomando las últimas decisiones, ahora éstas se producían después de un mayor nivel de debate y consulta entre sus ministros y servidores. A diferencia del reinado de Felipe II, en el que generalmente el Monarca tomaba sus decisiones después de recibir los informes de los Consejos y otras instituciones reales, a Felipe III le llegaban estas consultas y consejos después de haber sido previamente discutidos por el duque de Lerma y un Consejo Privado formado por, además de Lerma, Juan de Idiáquez, el marqués de Velada y Juan de Zúñiga, conde de Miranda. Esta forma de gobierno fue vista por muchos contemporáneos como el único sistema posible para hacer frente a la creciente complejidad de la vida política.

Que Felipe III no fue un Monarca que se desinteresase de sus obligaciones lo demostrarían muchas de las medidas que se tomaron durante su reinado, todas ellas orientadas a sustentar el poder de la Monarquía tratando de racionalizar su situación financiera y administrativa, y replanteándose el papel de la Monarquía hispana en relación con Europa y los territorios no europeos de la Monarquía. Aunque errónea en muchos aspectos, durante el reinado de Felipe III hubo intentos de desempeñar las maltrechas finanzas reales, así como evitar que fuese Castilla el único reino peninsular que ayudase a hacer frente a los costes del imperio. Mucha de la responsabilidad del fracaso de estas y otras muchas medidas no se debe a la incapacidad de Felipe III, cuanto a la existencia de desajustes administrativo-políticos. La detención en 1608 de Alonso Ramírez de Prado y Pedro Franqueza, importantes miembros del equipo de gobierno, mostró a los contemporáneos la existencia de una elevada corrupción, pero también la existencia de fuertes conflictos políticos que impedían la implementación de importantes medidas reformistas. La declaración de bancarrota que se produjo en 1608, pondría de manifiesto la desesperación de un régimen que después de diez años no había sido capaz de reducir las presiones fiscales, económicas y políticas que habían heredado del reinado anterior y que se habían conformado como el programa de gobierno de Felipe III y su valido Lerma.

Pero quizás las medidas más importantes tomadas por Felipe III fueron las relaciones entre España y otros poderes europeos, sin duda las acciones y temas que más tiempo ocuparon en la actividad de Felipe III y también los que más han influido en la visión que los historiadores tienen de Felipe III. Al igual que en la situación interna, Felipe III también hubo de tener en cuenta la herencia que recibía de su padre, una herencia compleja y profundamente peligrosa. Al comienzo de su reinado, Felipe III debía enfrentarse a una situación de casi guerra total y a unas finanzas nada halagüeñas que hacían que la situación de la Monarquía apareciese como muy delicada. Con la excepción de Francia, con la que Felipe II había firmado un acuerdo de paz en 1598 (la Paz de Vervins), la Monarquía hispana estaba en abierto conflicto con las Provincias Unidas en los Países Bajos, y con la Inglaterra todavía liderada por la reina Isabel. Además las relaciones con Francia eran, si no de conflicto abierto, sí de creciente tensión, mientras se mantenía el peligro pirata y la amenaza turca en el Mediterráneo y todo parecía indicar que la estabilidad de la península italiana también estaba en peligro amenazando el poder español en un territorio considerado de fundamental importancia estratégica para España.

Al comienzo de su reinado, al menos en las declaraciones a sus ministros más importantes, Felipe III pareció indicar que iba a continuar la política de su padre, basada en la idea de que cualquier muestra de debilidad, cualquier abandono de posiciones en Europa, abriría las puertas a la definitiva pérdida de poder y control territorial. Ésas fueron sus palabras en la reunión que el Consejo de Estado celebró en el nuevo reinado, cuando Felipe III se declaró, como su padre, defensor de la Iglesia y la fe católica, y del prestigio y reputación de la Monarquía hispana, una declaración de principios que tenía como contrapartida la continuación de una estrategia militar y política activa.

Pero las realidades políticas y financieras eran más tozudas que las grandes estrategias, y ya desde comienzos del reinado se dejaron oír voces en contra de mantener la política seguida por Felipe II. No se ponía en cuestión el derecho a la guerra, defensiva u ofensiva, como opción para defender los intereses españoles y católicos, sino la oportunidad de mantener el mismo nivel de activismo militar y político.

Lo que Felipe III comenzó a recibir como consejo era que, dada la situación interna de la Monarquía, lo que había que hacer era determinar qué conflictos se podían acabar, y cuáles había que mantener. Ciertamente desde 1600, pero más claramente desde 1602, cuando la salud de la reina Isabel comenzó a indicar con claridad el comienzo del fin, todos los consejeros parecían indicar que era necesario acabar primero con la guerra con Inglaterra, y así se produjo con el tratado de Londres firmado primero por el rey inglés Jacobo en 1604, y por Felipe III en 1605. Siguiendo con esta política, Felipe III ordenó se respetasen los acuerdos con Francia e incluso se llegó a proponer un plan de reforzamiento de la amistad a través de las dobles bodas de los dos futuros monarcas, Luis XIII de Francia y Felipe IV, con Ana de Austria e Isabel de Borbón, respectivamente.

El conflicto más difícil de resolver era sin duda el de los Países Bajos, resultado de las revueltas producidas en la década de 1560. Aunque las Provincias Unidas se habían autodeclarado independientes a finales de la década de 1580, el monarca español las consideraba como parte de los territorios sobre los que ejercía total soberanía, y consideraba que de aceptar una paz que no dejase claro este aspecto sería como declarar en público que la única forma de obtener privilegios políticos y religiosos era rebelarse contra las autoridades.

Las instrucciones de Felipe III a sus enviados muestran con claridad el dilema en el que se encontraba: la necesidad de defender la integridad de la Monarquía, y al mismo tiempo la clara conciencia de que los enormes gastos de la intervención militar estaban haciendo peligrar a la Monarquía en su totalidad. No es ninguna sorpresa que fuese en 1609 poco después de la bancarrota de 1608, cuando Felipe III aceptó como inevitable la firma de una tregua temporal de nueve años con los “rebeldes” flamencos. Aunque no se obtenía garantía de que los súbditos flamencos volviesen a aceptar al monarca español como su legítimo señor, al mismo tiempo tampoco se cedía en nada sustancial y se obtenía un cierto respiro fiscal y político. Acompañando a esta medida, Felipe III tomó otra importante decisión en esas mismas fechas: la expulsión de los moriscos de la Península Ibérica, una expulsión que duró desde 1609 a 1614 y que se justificó aduciendo que los expulsados eran falsos cristianos y aliados de los eternos enemigos de España.

Aunque éstas no fueron las únicas medidas tomadas por Felipe III durante su reinado, sí fueron las más significativas. Lo han sido desde la perspectiva de los historiadores, pero también en su tiempo. A pesar de las dificultades que estaba viviendo la Monarquía, grupos de ministros y servidores reales empezaron en la segunda mitad del reinado a cuestionar estas medidas y resoluciones. En relación con Europa, por ejemplo, se cuestionaba especialmente las actitudes hacia las Provincias Unidas y Francia. Se decía que el resultado de las mismas no estaba produciendo el reforzamiento de la Monarquía sino el de sus enemigos, y además causaba la pérdida de una reputación que simbólicamente había protegido a España internacionalmente.

Las decisiones de política internacional adoptadas bajo Felipe III, y la Paz de Asti con Saboya en 1615 parecían confirmar estos temores, comenzaban a verse no como medidas de protección, sino de claudicación y por ello directamente responsables, si no se ponía coto inmediato, del ocaso del poder español.

Los debates provocados por la existencia de dos visiones distintas sobre el papel y la actitud de España en el contexto europeo tuvieron una gran influencia en Felipe III y en las determinaciones que tomó en los últimos años de su reinado. Al igual que en el ámbito interno, en el externo también hubo una suerte de crisis de confianza en las políticas adoptadas por el Rey. Muchos de los ministros que servían en los reinos no peninsulares comenzaron a partir de 1615-1616 a tomar iniciativas propias, especialmente los virreyes que servían en Italia, la mayoría de ellas en contra de la filosofía que había dominado en la Corte hasta esas fechas. La alternativa a la declinación del poder hispano sólo podía ser la adopción de medidas más duras hacia los enemigos políticos más evidentes, Francia, Venecia, y los grupos “reformados” que conspiraban en el corazón del imperio. Felipe III se resistió, todavía influido por la presencia y las ideas de Lerma y sus seguidores. Pero en 1618 la situación cambió de forma radical. Las razones fueron principalmente dos. La primera el inicio de lo que se llamaría la Guerra de los Treinta Años con la rebelión de Bohemia en contra del futuro emperador Fernando II, familiar y aliado de Felipe III y la Monarquía hispana. La segunda, la existencia en la Corte de un grupo de ministros que, liderados por Baltasar de Zúñiga, deseaban apoyar de pleno al Emperador en contra de los rebeldes y con ello iniciar una nueva fase en la política española hacia Europa. La decisión de Felipe III de aceptar las propuestas de Zúñiga y sus aliados certificó el regreso de una política española más militante en la escena europea, y también la subida al poder de ministros y consejeros que habían colaborado en la caída del otrora poderoso valido Lerma.

Pero para Felipe III este “renacimiento” de la España militante no supuso ninguna renovación de su reinado ni una nueva valoración de sus actitudes personales y políticas por parte de sus súbditos. Mas por el contrario, los cambios políticos que se produjeron desde finales de 1618, y el creciente sentimiento de que los veinte años previos habían sido una oportunidad perdida para la restauración de España debido a la corrupción política y la adopción de medidas equivocadas en la solución de los problemas internos y externos, postraron a Felipe III en una situación de creciente melancolía. Aunque siguió adoptando medidas, una de ellas su decisión de visitar por primera vez en su reinado el reino de Portugal (un viaje que se celebró en 1619), en realidad los últimos años de su gobierno lo fueron de tristeza y falta de salud. Aunque no se sabe a ciencia cierta los motivos de su enfermedad en la vuelta de su viaje de Portugal, sí se afirma que su estado melancólico, y sin duda depresivo, hizo más difícil su recuperación. La segunda y definitiva fase de su enfermedad, que comenzó en 1620, no hizo más que confirmar que Felipe III ya no tendría la oportunidad de rehacer su reinado. Se dice que ya en su lecho de muerte pidió al cielo otra oportunidad de reinar, con la promesa de que lo haría de manera diferente, al estilo de su padre Felipe II, una triste conclusión de su gobierno. La enfermedad que lo llevaba persiguiendo desde 1619, y sin duda su depresión, le condujeron a su muerte a finales de marzo de 1621 con sólo cuarenta y tres años de edad.

La muerte del Felipe III no acalló los comentarios críticos sobre su personalidad y reinado. La valoración que hicieron sus contemporáneos y los historiadores de las centurias siguientes ha sido en general muy negativas.

Las palabras que mejor resumen esta pobre visión del Monarca son las que escribió Francisco de Quevedo en su célebre reflexión sobre el reinado de Felipe III, Anales de quince días: “Yo escribo en el fin de una vida y en el principio de otra: de un monarca que acabó de ser rey antes de empezar a reinar”. Esta visión del Monarca como una suerte de marioneta de los tiempos y de sus consejeros ha pervivido hasta finales del siglo XX. Desde esas fechas, una nueva generación de historiadores ha permitido, si no una completa vindicación personal de Felipe III, sí al menos una revaloración de su reinado y de las decisiones que tomó en un delicado momento.

 

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Antonio Feros