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Luis Méndez de Haro y Guzmán

Biografía

Méndez de Haro y Guzmán, Luis. Marqués del Carpio (VI), conde-duque de Olivares (II), duque de Montoro (I). Valladolid, 15.III.1603 baut. – Madrid, 16.XI.1661. Noble español, valido de Felipe IV.

Bautizado en la parroquia de San Lorenzo de Valladolid el 15 de marzo de 1603, fue su padre Diego Méndez de Haro y Sotomayor, V marqués del Carpio, localidad situada en la actual provincia de Córdoba, Grande de España, gentilhombre de la cámara de Felipe IV y su montero mayor, caballerizo mayor de Córdoba y alcaide perpetuo de los Alcázares y Torres de la misma ciudad. Su abuelo, y padre del anterior, fue Luis Méndez de Haro, comendador de Alcañices y IV marqués del Carpio por su matrimonio con Beatriz de Haro, nieta, a su vez, de Diego López de Haro, I marqués del Carpio por merced real del 22 de marzo de 1559. Luis obtuvo gran favor de Felipe II por haber facilitado el cobro del servicio de millones en Sevilla, ciudad de la que fue asistente durante cuatro años. Fue, pues, de su abuelo paterno, fallecido el 24 de septiembre de 1614, de quien el biografiado tomó el nombre. Y fue también su abuelo el verdadero iniciador de una fortuna familiar que ligaría a los Haro a la Corona hasta culminar con la obtención de la privanza para uno de sus miembros bajo Felipe IV. Por el lado materno Luis fue hijo de Francisca de Guzmán, nacida de Enrique de Guzmán, II conde de Olivares, hermana por tanto del célebre Gaspar de Guzmán, I conde-duque de Olivares.

En su origen, los Haro habían desarrollado una política familiar propia, y es probable que este hecho estuviera en la raíz de la desconfianza que el condeduque alimentó siempre hacia ellos. Antes de que los Haro efectuaran su alianza con los Guzmán a finales de la década de 1610, los marqueses del Carpio habían establecido una estrecha relación con los Sandoval.

De hecho, el III marqués del Carpio, Diego López de Haro y Córdoba, se casó de palabra con Juana de Sandoval, hija de Francisco de Sandoval y Rojas, entonces marqués de Denia y, en el futuro, duque de Lerma y valido de Felipe III. El matrimonio no se consumó por la muerte de Diego el 22 de octubre de 1597, cuando sólo contaba quince años. Pero la vinculación entre el IV marqués del Carpio y el duque de Lerma llegó al punto de que el primero, en su testamento de 1614, encomendó al segundo la protección de sus hijos, quienes a cambio “le reconocerán como yo y se confesarán hechuras de su excelencia”.

Todo apunta a que la caída de Lerma en 1618 y la inmediata fragmentación del clan de los Sandoval reorientó la estrategia de los Haro, que ahora se dirigió a vincularse con la facción ascendente: la de los Guzmán. Andaluces como ellos —los estados señoriales de Olivares se ubicaban en Sevilla, mientras los del Carpio eran cordobeses—, la actividad ya citada del IV marqués a la cabeza del concejo hispalense y también como comisionado de la Corona para la recluta de soldados y la defensa de Cádiz y Gibraltar entre 1560 y 1600, debió de aproximar a los Haro con los Guzmán de Sanlúcar —los duques de Medina Sidonia— y con los de Sevilla —los condes de Olivares, de menor rango que los anteriores—. Este giro, consolidado en torno a 1620, selló el destino de la alianza Haro-Guzmán para gran parte del siglo xvii.

Sus miembros monopolizaron la vida política de la centuria, hasta el punto de que, sin ellos, es imposible explicarla.

Es este contexto de facciones rivales y estrategias familiares el que mejor explica la trayectoria de Luis de Haro. Nada se sabe de su infancia y primera juventud, que probablemente transcurrió entre su Valladolid natal, convertido en sede cortesana entre 1601 y 1606, y Madrid, adonde después regresó el Rey.

Debió de ser entonces cuando un Luis niño y adolescente acompañó al futuro Felipe IV en sus juegos y diversiones, como el Monarca diría recordar muchos años después. Lo que parece evidente es que el éxito cosechado por el abuelo de Luis bajo Felipe II y luego con Lerma, llevó a los Haro a sustituir la actividad política local por la cortesana, tal y como era habitual entonces entre las casas nobiliarias menores que aspiraban a medrar. Esto supuso que el V marqués del Carpio, Diego, ya desarrollara sus servicios a la Corona en torno a Valladolid y Madrid principalmente, y no desde Andalucía. Y también supuso que su hijo Luis fuera, probablemente, el primero de la estirpe en familiarizarse íntegramente desde niño con el medio cortesano. Esta socialización privilegiada fue un instrumento clave para establecer vínculos beneficiosos.

La primera aparición de Luis en los documentos se relaciona precisamente con su estreno en el papel de cortesano. Si en julio de 1621 su padre había sido nombrado gentilhombre de la cámara de Felipe IV, en octubre de 1622 él recibió el nombramiento de gentilhombre de boca del Rey. Comenzaba así, a la sombra del poder recién adquirido por su tío el conde de Olivares, su larga andadura política, que ya no abandonaría.

También el 21 de agosto de 1622 sucedió en Madrid el asesinato de Juan de Tassis, conde de Villamediana, con el que Luis tuvo que ver indirectamente.

Por entonces, Luis era un joven de diecinueve años. Según algunos relatos, Villamediana lo invitó a subir a su carroza para uno de sus paseos madrileños.

Durante el trayecto, un desconocido asaltó el vehículo en la calle Mayor y asestó varias puñaladas al conde, de resultas de las cuales falleció. Haro trató de capturar al agresor pero tropezó en su carrera. El escándalo en la corte fue notable, dada la fama de Villamediana como poeta mordaz, no falto de enemigos políticos y además conocido por rodearse de un círculo homosexual que estaba siendo investigado.

Luis debió de aprender entonces la importancia de guardar distancias y el valor de la prudencia. Nunca más expondría su persona a circunstancias socialmente tan arriesgadas para su reputación.

Entre 1624 y 1626 acaecieron algunos hechos que determinaron buena parte de la biografía política de Méndez de Haro. El viaje que Felipe IV llevó a cabo por Andalucía occidental a partir de febrero de 1624 sirvió para que los parientes de Olivares acompañaran al Rey en su triple calidad de cortesanos, anfitriones y andaluces. El Monarca fue alojado en el palacio que los Haro tenían en la localidad cordobesa del Carpio, sede de su señorío, transformando aquel recibimiento en un acto de exaltación del marqués Diego y de su hijo Luis. De hecho, ya entonces se confirmaron los rumores de que Felipe IV sentía un especial afecto por Luis, a causa de su edad similar —el Rey era sólo siete dos años menor— y, sobre todo, por su afinidad de caracteres. Pronto, además, descubriría el Monarca las elevadas dotes de Luis como negociador político y su absoluta lealtad como servidor de los intereses de la Corona. Todo esto se conjugó para que Olivares comenzara a recelar de su sobrino, a quien empezó a ver más como un rival que como un aliado. La primera prueba de ello fue la boda que Olivares concertó entre su hija única, María de Guzmán, y un segundón de la nobleza, pariente lejano de su casa, Ramiro Pérez de Guzmán, II marqués de Toral, el 9 de enero de 1625; esto es, poco después de regresar de Andalucía.

Hasta la fecha se había hablado de Luis como del futuro yerno de Olivares y, dado que éste no tenía más hijos, como el heredero natural de su casa. Por tanto, la decisión de apartar a los Haro e introducir a un tercero en la política familiar del clan representó un duro golpe para las aspiraciones del marqués del Carpio y la señal inequívoca del papel de sumisión que Olivares quería que desempeñaran sus familiares.

El éxito de los Haro en el viaje real a Andalucía y la boda fallida de 1625 explican también la reacción del padre de Luis al año siguiente. En 1626 Olivares pretendía que su proyecto de la Unión de Armas fuera aprobado por las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña. Un nuevo viaje real, pues, tuvo lugar en la primavera de aquel año. En la comitiva figuraban el marqués del Carpio y su hijo. Es probable que ya entonces estuviera cerrado el acuerdo matrimonial que iba a unir a Luis de Haro con Catalina Fernández de Córdoba y Aragón, hija del primer aristócrata catalán, Enrique Folch de Aragón, VI duque de Cardona, y de Catalina Fernández de Córdoba y Figueroa, nacida a su vez del IV marqués de Priego, Pedro Fernández de Córdoba, y Juana Enríquez de Ribera, hija del II duque de Alcalá de los Gazules, y de Juana Cortés, hija del conquistador de México Hernán Cortés. El beneficio de este enlace era mutuo: los Haro emparentaban con una familia mucho más relumbrante que la de Olivares, mientras el duque catalán anudaba lazos directos con la corte, en línea con la táctica seguida por la mayoría de la alta nobleza del principado. En el fondo de esta maniobra, a la que los Haro se prestaron dócilmente, parece que estuvo el interés de Olivares por establecer relaciones de parenteco con una familia que había permanecido alejada del anterior valido, el duque de Lerma. Durante las Cortes de Valencia, celebradas en Monzón, Luis fue nombrado “tratador” de las mismas por Felipe IV. Su labor consistió en mediar entre la Corona y la asamblea para llegar a un acuerdo sobre el servicio fiscal solicitado al reino. El éxito relativo logrado por don Luis —las Cortes aprobaron pagar 1.080.000 libras durante quince años—, revalidó el aprecio del Rey y desde entonces comenzó a hablarse de su asombrosa capacidad para escuchar y responder con mesura de caballero. El arte de la conversación, una de las facultades más importantes de la civilización cortesana, se convertiría así en una de sus señas de identidad y en su instrumento favorito para seducir voluntades en negociaciones nada fáciles.

Por lo demás, el triunfo de Luis contrastó con el papel poco brillante que su rival, el yerno de Olivares, desempeñó en las Cortes de Aragón, ante las que también había sido nombrado tratador.

Después de las Cortes de Valencia llegó el turno para las catalanas en Barcelona. Hasta allí se desplazó la comitiva real en marzo, incluidos el marqués del Carpio y su hijo. En la Semana Santa de 1626 tuvo lugar la boda entre Luis de Haro y la hija del duque de Cardona. Este hecho alcanzó toda su relevancia cuando el 30 de julio de aquel año murió la hija de Olivares sin haberle dado ningún nieto. Esto volvía a desplazar la herencia del mayorazgo de Olivares hacia su sobrino Luis, quien, además, pronto empezaría a tener cumplida descendencia. La frustración del conde-duque estalló bajo una crisis de inseguridad.

Recriminó a los Haro su deslealtad y connivencia con otras facciones y permitió que se aludiera en la corte, de forma humillante, a la modestia de la casa de Haro frente a la grandeza de los Guzmán. Exigió obediencia a sus parientes y, en especial, que acataran la preeminencia que según él debían conceder a su yerno, el marqués de Toral. De hecho, sólo dos semanas después de que éste enviudara, logró que Felipe IV le otorgase el título de duque de Medina de las Torres con grandeza de España (16 de agosto de 1626). No había duda de que los Haro tendrían en él un rival.

Los sucesos de 1626 mostraron el choque de dos casas que se hallaban condenadas a una alianza por necesidad antes que por convicción. Olivares precisaba de sus familiares como un mal menor, sobre todo tras la pérdida de su hija, y los Haro no disponían ni del favor regio pleno ni de los recursos suficientes como para prescindir del apoyo del valido. La crisis de 1626 sacó a la luz la estrecha dependencia entre los Haro y los Guzmán, aunque también los peligros a que esta relación abocaba. La consecuencia práctica de aquel año fue la nueva táctica de Olivares respecto a su parentela: mientras se entregaba a reconstruir la fortuna política de Medina de las Torres, trató simultáneamente de oscurecer políticamente a los Haro mediante su reclusión en el ámbito del protocolo cortesano. La década siguiente a 1626 arroja muy escasas referencias al desempeño de cualquier actividad política visible de Haro o su padre. Incluso el viaje que ambos realizaron para acompañar a Felipe IV a las Cortes de Cataluña en abril de 1632, debió de responder más a sus obligaciones de gentilhombres de cámara que a ninguna responsabilidad ejecutiva. Para entonces, y según rumores, los Haro parecían haber asumido con resignación su carácter de satélites en la órbita del conde-duque. De Luis se decía que actuaba por encargo de su tío haciéndose pasar por su oponente, con el fin de amigarse con los contrarios a Olivares y sonsacarles información. En concreto, parece que el círculo del infante Carlos, hermano de Felipe IV, y nido de intrigas contra Gaspar de Guzmán hasta su muerte en 1632, se convirtió en el blanco favorito de estos sondeos practicados por Luis.

Sea como fuere, la imposición de Olivares sobre su cuñado y su sobrino resultó incuestionable, como también lo es que ellos respondieron adaptándose a esta realidad a la espera de cambios. No hay indicio de que en la década de 1630 ni el marqués del Carpio ni su hijo recibieran nombramiento alguno en los Consejos o Juntas del gobierno, lo que da idea del bajo perfil que el conde-duque esperaba de ellos.

Es más, desde estos años se hicieron crónicos los rumores sobre las maniobras de Olivares para impedir que Luis heredase su mayorazgo. La gran ventaja que les quedó a los Haro fue su proximidad al Rey en calidad de gentilhombres —proximidad que Olivares también sopesó eliminar en 1635 privando a la casa del Carpio de su acceso a la cámara real—. Todo lleva a pensar que, si entonces Olivares transigió en palacio con los Haro, se debió al menos a dos motivos de peso: a que necesitaba el apoyo del duque de Cardona, suegro de Luis, para cubrir el virreinato de Cataluña (cargo que desempeñó durante casi toda la década, en 1630-1632, 1633-1638 y de nuevo en 1640, año en que murió), y a su convicción de que la ansiedad de su sobrino por heredarle impediría a éste, o a su padre, revolverse en su contra. De hecho, Olivares jugó hasta su muerte con la incertidumbre de su herencia para controlar a los Haro. El 6 de enero de 1640 Felipe IV concedió la grandeza de España al marqués del Carpio, pero bajo la condición de que sólo sería efectiva cuando su hijo Luis heredase el condado y mayorazgo de Olivares. Esta cláusula se interpretó como una estratagema para humillar a los Haro y prolongar su dependencia, puesto que desde 1639 comenzó a saberse que el conde-duque tenía un hijo ilegítimo al que pensaba reconocer para convertirlo en su heredero.

Los Haro se valieron entonces de la crisis de 1640, que abrió la puerta al fin de Olivares. Las derrotas militares en Brasil y Europa (1638-1639) y las revueltas provinciales de Cataluña y Portugal (1640) fueron las responsables de sembrar la descomposición entre las filas olivaristas. A este respecto, es significativo el papel desempeñado por Luis de Haro con motivo de la conjura atribuida a Gaspar Pérez de Guzmán, IX duque de Medina Sidonia. Cuando en septiembre de 1641 se desmanteló una conspiración del duque para proclamarse rey de Andalucía o, cuando menos, organizar en la región una república de nobles, Haro fue encargado de viajar a Sanlúcar de Barrameda, residencia del duque, para obligarle a llegarse hasta la corte.

Si se negaba, Haro llevaba orden de acabar con su vida, para lo cual se le envió en secreto, días después de su partida el 4 de septiembre, un veneno elaborado en Madrid con la ayuda del embajador de Florencia.

Haro logró que Medina Sidonia acudiese a la corte, donde confesó su culpa. Pero la “jornada de Andalucía” de septiembre de 1641 obedeció a mucho más: se trató de una misión política de extrema relevancia, en la medida en que su objetivo consistió en apaciguar a los aristócratas del área sevillana. El estallido de una revuelta más en Andalucía o, simplemente, la consolidación de una desobediencia general entre los nobles como acto de resistencia pasiva, habría supuesto un golpe letal para el imperio. Haro actuó en todo el eje geográfico y político del valle del Guadalquivir, desde Córdoba hasta Cádiz, pasando por Sevilla. Sus entrevistas con los duques de Lerma, Cardona y Arcos (los dos últimos eran sus cuñados) y con los marqueses de Aguilar y de Priego desactivaron las posibles, y probables, connivencias con Medina Sidonia. Lo importante es que de pronto Luis adquirió un protagonismo inusitado, aunque lógico dadas sus conexiones andaluzas y cortesanas. Si el desastre de 1640 era atribuible a su tío, la superación de 1641 sin asomarse a nuevos abismos había sido obra de Haro.

Olivares reaccionó con inmediatez. En enero de 1642 llamó a Luis al Retiro. Los rumores apuntaron a que en la entrevista el conde-duque había mezclado sus amenazas al sobrino con las felicitaciones por su avance en la gracia del Rey. Menos discutibles fueron los hechos siguientes. Con el fin de privar a Luis de su mayorazgo (“antes lo dejara al que pasara por la calle que dárselo a él”, escribió el antiolivarista Matías de Novoa), en mayo de 1642 el conde-duque reconoció como hijo legítimo a su bastardo Enrique de Guzmán, al que obligó a disolver su matrimonio con una joven del estado llano para, acto seguido, concertar su unión con Juana de Velasco, hija del condestable de Castilla. Pese a que las leyes prohibían a los hijos bastardos heredar un mayorazgo, se decía que Olivares esperaba de Felipe IV una gracia especial para sortear este obstáculo. El golpe asestado a Haro fue imposible de disimular. Incluso Felipe IV acusó la distancia con que Luis reaccionó. Es posible creer que con estos movimientos Olivares pensara bloquear, o retrasar, la escalada de su sobrino. Desde luego, al privarle de su herencia le dejaba en una posición difícil, ya que los Haro, como marqueses del Carpio, no disponían de rentas sobradas. Al perjuicio patrimonial se añadía la creación de un rival político que, por escaso que fuera su carisma —como de hecho se vio luego—, podría contar con el apoyo de la camarilla olivarista para conservar sus cargos. También es posible que Olivares buscase crear con su hijo una pantalla tras la cual seguir en el gobierno y recomponer su reputación.

Asimismo, resulta probable que, temiendo por su próxima caída, tratara de evitar un vacío de poder que, de producirse, sin duda facilitaría a su sobrino la obtención de la privanza. Cualquiera de estas hipótesis permite vislumbrar al fondo la sombra de Haro.

El 17 de enero de 1643, Felipe IV prescindió de Olivares. Por orden del Rey, Haro fue el encargado de despedir al conde-duque en el Alcázar de Madrid cuando su tío se encaminó a su retiro en Loeches.

Hasta la muerte de Olivares en julio de 1645, Haro procedió de tal manera que la dependencia que ahora experimentaba Olivares respecto de él nunca pareciera humillante, tal vez porque la cuestión de la herencia seguía en el aire y, en parte también, porque necesitaba construirse una imagen de bondad bien distinta de la del revanchista Olivares al llegar al poder en 1622. Cuando en mayo de 1643 tuvo que comunicar al conde-duque que debía retirarse a Sevilla —el destino escogido por Olivares fue Toro—, siempre actuó como si buscara proteger los intereses del conde-duque y no los propios. Lo cierto es que la incógnita del valimiento se hallaba abierta de nuevo, y que el período que fue de 1643 a 1648 —es decir, hasta que la privanza de Luis se reveló sin tapujos—, se ha convertido para los historiadores en causa de debate sobre el origen de su fortuna política, aparentemente inesperada, y, más aún, sobre la naturaleza de su valimiento.

F. Tomás y Valiente afirma que Haro heredó el valimiento de inmediato, J. H. Elliott, A. Malcolm y A. Gambra piensan que lo obtuvo progresivamente, y R. Stradling defiende que nunca lo alcanzó del todo a causa de la “dualidad política” imperante —por deseo del Monarca— entre Haro y el yerno de Olivares, Medina de las Torres. Sin embargo, las nuevas fuentes disponibles, si bien no son concluyentes, parecen revalidar la primera teoría: desde mayo de 1642 y, con más claridad, en el verano de 1643, Haro ya asistía a Felipe IV en los principales negocios de la Monarquía.

Si fue así, podría decirse que el Rey prefirió las ventajas de una sustitución inmediata —evitar el vacío de poder, el mayor peligro de todos— a pesar del riesgo que implicaba frustrar la aspiración de los otros candidatos. Pero, puesto que la ostentación con que Lerma, Uceda y Olivares habían desempeñado su cargo hacían esperar del Haro una actuación similar, llevó tiempo entender que el Rey y su nuevo privado habían decidido actuar de otra manera. Felipe IV se cuidó de no presentar a Luis como un valido a la usanza habitual, aunque tampoco disimuló el trato privilegiado que le dispensaba —lo que, de facto, lo convertía en su favorito—. Mientras, Haro insistía en mostrarse a los demás como “criado” o ministro al servicio del Rey, no como privado. Se trató de una pedagogía política inusual estrenada al calor de unas circunstancias que la aconsejaban, tales como la necesidad de calmar a los aspirantes al cargo, sorprendidos y consternados por la velocidad del relevo, y, sobre todo, de reforzar la autoridad monárquica, muy dañada bajo la privanza de Olivares. Costó años asumir que Felipe IV tendría un valido que, aún siéndolo, nunca representaría el mismo papel que sus antecesores —lo cual conectaba con el sentir de los vasallos, en general favorables a un valido que aliviase al Soberano pero sin suplantar su autoridad—. Esta peculiaridad fue lo que singularizó el ministerio de Haro y el factor que tanto desorientó a sus coetáneos —y a los historiadores después—.

Haro, por tanto, no sería un valido “encubierto” ni “disimulado”, como ha escrito Gambra, sino el responsable de una redefinición del cargo, basada en una imagen menos ostentosa y un perfil ejecutivo menos autoritario. Y es que cada valido si vio obligado a reformular su papel según las circunstancias.

Pero, si esto explica las formas que adquirió su privanza, no sirve para elucidar el problema de fondo, consistente en averiguar las razones que movieron a Felipe IV a escoger a Luis. De nuevo, varias líneas convergen en el punto de la autoridad real. Si de lo que se trataba era de que ésta reflotara tras dos décadas ominosas supuestamente tuteladas por Olivares, el clamor cortesano y popular empujaba en la dirección de una elección que recayera en un sustituto claramente identificado como enemigo del conde-duque.

Esto bastaría para transmitir el mensaje de que la Corona alumbraría un cambio de régimen, que era lo que se pedía. Ciertamente, a la altura de 1643 constituían legión quienes odiaban a Olivares, pero a este requisito el candidato debía sumar otros, como la seguridad de que el Rey ejercería el control sobre el ministro y que, en consecuencia, éste no desplegaría una campaña de venganza, lo que sólo contribuiría a desestabilizar más el gobierno. Después podrían contar factores como la edad, la experiencia, la conducta o los vínculos patricios y faccionales.

Visto así, Felipe IV no tuvo mucho donde escoger en su círculo de confianza cortesano. Obviamente, a la altura en la que el Monarca destituyó a Olivares, Haro pasaba por ser uno de los grande enemigos de su tío y por motivos cuya gravedad deben valorarse desde aquella época: en un tiempo en que la herencia y el patrimonio suponían tanto, la guerra que a este respecto libraban Haro y Olivares desde hacía veinte años había cavado un foso insalvable entre los dos, convirtiendo al primero, y a la vista de todos, en uno de los enemigos más virulentos del segundo, por más que ambos lo disimularan. El posible bloque Haro-Guzmán no existía, y menos hacia 1640, cuando era evidente que la alianza entre ambas familias era algo del pasado o, como mucho, un pacto de conveniencia sometido, como todos, al baile de coyunturas. Para los bien informados, la elección de Haro como valido en 1643 no supuso declarar la continuidad de la privanza en un supuesto clan de los Guzmán. En este sentido, hay cierto paralelismo entre la elección de Haro respecto de su tío Olivares y la de Uceda en relación a su padre, el duque de Lerma, con quien mantenía una declarada hostilidad: en ambos casos, el vínculo de sangre quedó abolido ante la significación de cambio político que los sucesores personificaron —o que la Corona trató de simbolizar en ellos—.

A su vez, Haro resultaba un personaje muy manipulable por su alta dependencia de la Corona a causa de su relativa inexperiencia política, su medianía patrimonial (lo que le hacía vulnerable a las apetencias de linaje) y, sobre todo, por la presión ejercida por otros nobles para arrebatarle el valimiento. Si lo conservó, se debió, en primer lugar, a la protección regia y, sólo después, a su actitud continuada de eficacia y subordinación. La importancia de su temperamento, al que tantas virtudes se le han atribuido, merece matizarse. Los testimonios coetáneos coinciden en destacar la exquisita cortesía con que Haro adornaba sus audiencias. De su comportamiento privado, en cambio, nada se sabe con certeza. Pero conviene diferenciar entre conducta y carácter, en la medida en que lo primero viene inducido por un proceso de aprendizaje y socialización, mientras que lo segundo obedece a claves psicológicas, casi inaprehensibles para el historiador. En la vida de Haro, el palacio había sido su medio natural, lo que debió de contribuir a una asimilación ejemplar de la cultura cortesana. De hecho, los valores (“virtudes”) que los tratados asignaban al buen cortesano fueron encarnados por él con una perfección demasiado sospechosa como para atribuirla sólo a su carácter. Si éste fue realmente afable, resultó así por accidente o casualidad.

El privilegio de asistir al Rey desde niño y bajo la guía de su padre y su madre constituyó una oportunidad que no disfrutó ningún otro valido para dotarse de autoestima y seguridad y para interiorizar los preceptos de la prudencia, el silencio, la disimulación, la piedad o la modestia, máximas de la seducción y el triunfo áulicos. Su gusto por la caza y la pintura —fue él quien comenzó la pinacoteca que tanto afamó a su primogénito Gaspar— y un interés moderado por los libros (“lo que bastaba para no ser ignorante”, comentó Matías de Novoa) completaban un cuadro tan modélico como escasamente original.

Por supuesto, para sus observadores menos complacientes sólo se trató de “falsa modestia”. Prueba de su temor a salirse del personaje en que vivía encerrado es que Haro —en vivo contraste con Olivares— no dejó ninguna serie de retratos, salvo unos pocos en formato de grabado, ni gustó de otra denominación protocolaria para dirigirse a él que la de “el señor don Luis”. Su proyección morfológica y estética fue, tal vez, el producto cortesano más logrado del siglo que se denomina barroco.

Los mayores rivales de Haro, que lo eran por motivos diversos, murieron en 1644: el confesor real, el portugués fray João de Santo Tomás, en junio, y la reina Isabel de Borbón e Íñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate, en octubre. El resto de sus oponentes se reunieron en torno al clan Borja-Aragón y el duque de Híjar, muy damnificados durante los años de Olivares por sus vínculos con la facción lermista.

Pero Felipe IV, en aras de su autoridad, no les permitió ir adelante, lo que causó un combate sordo entre el Monarca y un sector de la aristocracia que sólo acabó en 1648, cuando se abortó una conjura encabezada por Híjar. De estos años data la famosa correspondencia entre el Rey y sor María de Ágreda, salpicada de referencias a Haro. En realidad, la religiosa simpatizaba con la facción de los Borja, de ahí que Felipe IV defendiese a Haro en unos documentos cargados de valor político tanto o más que personal (como en la célebre epístola del 30 de enero de 1647, hartas veces citada por los historiadores). Para entonces, Haro llevaba años convertido en el nuevo privado aunque sin haber mediado una declaración manifiesta —algo que sólo llegaría en 1659, con motivo de la Paz de los Pirineos—. De ahí también que los otros rivales de Haro, como su tío, el conde de Castrillo o el duque de Medina de las Torres, jugaran durante veinte años a tener una oportunidad que nunca llegó. Si bien parece que Luis no dispuso del gobierno con la misma ascendencia que Olivares, esto no significa que lo ejerciera en paridad con sus rivales. Ninguno de los citados —u otros como Manuel de Moura, II marqués de Castel Rodrigo y mayordomo mayor hasta su muerte en 1651, o Diego Mejía, marqués de Leganés, fallecido en 1654— manejó los asuntos más graves, reservados a Felipe IV o a éste con Haro. El aparente dominio de las funciones palaciegas atribuido a Medina de las Torres en su calidad de sumiller de corps en parte estaba contrarrestado por los Haro, ya que mientras el padre de Luis fue caballerizo mayor hasta su muerte en 1648 (cargo que heredó el hijo), el primogénito de Luis, Gaspar de Haro, fue nombrado gentilhombre del Rey aquel mismo año. Hasta tres generaciones de la misma familia, pues, ocuparon simultáneamente puestos cortesanos, aunque por breve tiempo. Se trataba de cargos de menor rango que el de sumiller, pero en manos de familiares directos del valido. Y Gaspar, hasta cierto punto, contrapesó a Medina al sustituir a su padre en 1650 como alcaide de los palacios de El Pardo y Valsaín, y en 1654 en la Junta de Obras y Bosques, como alcaide del Retiro y como montero mayor de Felipe IV. Otro pariente de Luis, el hermano de su esposa, Pascual de Aragón, ha pasado inadvertido en su calidad de familiar de Haro, pese a que ocupó, entre otros cargos, el de presidente del Consejo de Aragón en 1653. El hermano de Pascual, Luis Folch, VII duque de Cardona, residió en Córdoba, donde parece que actuó (y abusó) en calidad de cuñado del valido. Con Juan José de Austria, el bastardo de Felipe IV, Haro mantuvo una relación cordial, aunque quizás a causa del temor de ambos a enajenarse el favor regio.

La guerra marcó la agenda de la Corona y Haro se adaptó a ella. Sus convicciones políticas, que tal vez fueran un proyecto, estuvieron condicionadas por la crisis de emergencia de 1640, que guió los tres objetivos principales de su ministerio: rehabilitar la autoridad real, recomponer el patrimonio territorial de la Corona y salvaguardar la preeminencia dinástica de los Austrias ante Francia. En su visión, el margen para otra política era casi nulo, incluso cuando se le ofrecieron alternativas. No parece que su gobierno resultase de una mera sumisión a la voluntad de Felipe IV, sino más bien de una coincidencia de ideas entre los dos. A esto ayudó sin duda que ambos pertenecieran a la misma generación, algo que no se dio entre el Rey y Olivares. Ello explicaría también que Haro fuera el único valido que falleció en el ejercicio de su cargo.

De entrada, toda su energía política se centró en reconquistar Cataluña, empresa que dio por culminada con la toma de Barcelona en octubre de 1652.

Fue un triunfo que le consagró en la privanza, pues el asedio a la ciudad se mantuvo gracias a Haro contra la opinión de otros ministros. Pero él vio siempre el principado como una fase previa al sometimiento de Francia. Para concentrar los recursos en este campo no dudó en sellar la paz con las Provincias Unidas en enero de 1648. Hubo sospechas de que el conde de Peñaranda, el negociador del tratado con los holandeses, había acelerado el acuerdo en connivencia con Luis para consolidar a éste en su valimiento. También condescendió hasta donde creyó posible con Carlos I de Inglaterra y luego con Oliver Cromwell, con quien quiso evitar la guerra de 1656-1660. Al final, y en coherencia con el peso que siempre otorgó a Francia, Haro se reservó para sí la negociación con Mazarino, que transcurrió en la isla de los Faisanes, situada en la frontera hispano-francesa, durante el verano y el otoño de 1659. Su gran reto —está documentado— fue siempre contener a los Borbones. La Paz de los Pirineos supuso la apoteosis de Luis, dado el relativo equilibrio en que quedaron Madrid y París y por la ocasión que abría para recuperar Portugal. Felipe IV le hizo duque de Montoro y gran canciller de las Indias.

El resultado de seguir una política de preeminencia dinástica antes que hispánica, acabó por impedir la reincorporación de Portugal. Pero Haro, identificado con lo que entonces llamaban el “partido austríaco”, tendió a favorecer la reputación de la Casa de Austria por encima de los intereses meramente territoriales.

Su apoyo incondicional al segundo matrimonio de Felipe IV con su sobrina Mariana de Austria en 1649, así lo testifica.

En su actuación interna, Haro continuó con la supeditación de la economía a la política, y sólo dio señal de querer ensayar nuevos medios cuando conducían a este fin. Uno de ellos consistió en negociar determinados asuntos personalmente. Sus desplazamientos a Sevilla —núcleo de banqueros autóctonos— en la década de 1640 cobraron celebridad por lo inusual de ver a un valido implicado en un cara a cara con mercaderes u oligarcas urbanos y, sobre todo, por el éxito que lograron. A este respecto, resultó clave la Real Cédula del 22 de abril de 1645 por la que se retiró la naturaleza castellana a los numerosos extranjeros (casi todos portugueses) que habían alcanzado este derecho para traficar con Indias. No extraña que en marzo de 1646 el consulado hispalense concediera a Luis un socorro extraordinario de 400.000 escudos, negociado por el valido en persona.

Con todo, en coherencia con su defensa de la autoridad real, Luis receló de las Cortes castellanas, por lo que las convocatorias de 1646-1647, 1649-1651, 1655-1658 y 1661-1664 las concibió como un mal menor. En este campo su gran logro consistió en recuperar en 1655 el dominio sobre la Junta de Millones, el tributo más rentable de Castilla, objetivo que perseguía desde 1646.

La vía alternativa de Haro para resolver sus carencias financieras la encontró en el Consejo de Hacienda. La única reforma importante que se conoce de sus años de privanza tuvo que ver con este organismo, lo que hablaría de una lección aprendida del régimen de Olivares: en vez de alterar el abanico administrativo, decidió actuar sobre un solo punto que fuese medular por sus implicaciones. Entre 1651 y 1652 reorganizó por completo el mencionado Consejo. Las fechas tuvieron que ver con la caída de Barcelona y el fin de un ciclo de revueltas populares en Andalucía. Haro redujo el número de consejeros a seis y el de contadores a tres, y eliminó a los dos consejeros de Castilla que asistían a los asuntos más graves, de forma que el tribunal quedó bajo su control. En octubre de 1652 creó una Junta de Cobranzas encargada de vigilar los ingresos de todas las cajas provinciales de Castilla. La formaban cinco ministros y la presidía Haro dos veces por semana. El objetivo miraba a recrecer los ingresos para cerrar la guerra con Francia y atacar Portugal.

En estas materias la figura clave fue Juan de Góngora, miembro de un clan cordobés, cliente de los marqueses del Carpio. Fue nombrado presidente del Consejo de Hacienda precisamente en 1651, en sustitución de José González, criatura de Olivares. Góngora se mantuvo en el cargo hasta 1663.

Más allá de esto, su gobierno se revistió de una serie de prácticas bastante originales a causa de su relativa innovación o informalidad.

Haro, por ejemplo, no fue consejero de Estado (sólo en 1659 se le citó como tal, pero parece que se debió a la necesidad de igualar su rango con el del cardenal Mazarino para la firma de la Paz de los Pirineos). Sin embargo, controlaba la Junta de Estado (en la que Medina de las Torres no entró hasta 1659), un órgano más reducido que reunía a miembros escogidos de los Consejos de Estado y Guerra.

Tampoco siguió el modelo de sedentarismo cortesano como recurso para vigilar al Rey. Muy al contrario, inauguró una privanza basada en la movilidad y en la separación física del Monarca de forma intermitente.

Entre 1641 —jornada de Andalucía— y 1659 —cierre de la negociación con Mazarino en los Pirineos—, Haro realizó numerosos viajes, sobre todo en la década crítica de 1640. Se desplazó a Zaragoza con el Rey en las campañas de 1642, 1643, 1644, 1645 y 1646, pero una vez allí podía recorrer itinerarios diferentes a los de Felipe IV o permanecer en Aragón cuando el Rey volvía a Madrid. En otoño, al regresar la corte a Castilla, no era extraño que Luis partiera solo a Andalucía para negociar asientos o se acercara de nuevo a Zaragoza. Entre septiembre de 1658 y enero de 1659 acudió al frente de Extremadura, donde cosechó un sonoro fracaso ante los portugueses (batalla de las líneas de Elvas). Apenas recuperado, entre julio y diciembre de 1659 permaneció en Fuenterrabía para negociar con Mazarino la Paz de los Pirineos.

Y en mayo de 1660 acompañó a Felipe IV de nuevo hasta allí para la firma del tratado y la entrega de la infanta María Teresa a Luis XIV. Su ubicuidad reforzaba la del Monarca, al tiempo que rompía la imagen de una soberanía real secuestrada por el valido.

Algo que, sin duda, le favorecía, al igual que el hecho de no residir en palacio hasta que un incendio dañó gravemente la mansión del duque de Uceda, donde vivía, en noviembre de 1654. Sólo entonces lo invitó Felipe IV a ocupar los aposentos del Alcázar que habían pertenecido al príncipe Baltasar Carlos, fallecido en 1646, sin que se sepa hasta cuándo.

Otra peculiaridad de la privanza de Haro consistió en su protagonismo militar. La presencia de la guerra en España empujaba en esa dirección, pero esto no lo explica todo. La verdadera razón estriba en que para Haro la prudencia política no estaba reñida con el riesgo bélico. Como escribió en 1647 a Felipe IV desde el frente de Aragón: “Entiendo que las cosas grandes no se pueden conseguir sin aventurar algo, y que la guerra, por su naturaleza, no es otra cosa que superar dificultades”. Sus empresas bélicas lo demostraron: en el frente catalán, apostando por Lérida entre 1644 y 1647 desde su cuartel general en Fraga y Zaragoza; en Francia, ordenando intervenir en la llamada “empresa de Burdeos” de 1651, que fracasó; en Cataluña, manteniendo un pulso por el sitio de Barcelona hasta su rendición en 1652; y en Portugal, a cuyo frente de Badajoz acudió en persona para adentrarse en tierra lusa. Este episodio, la derrota de Elvas de enero de 1659, desató una intensa campaña de sátiras en manos de sus oponentes. Haro fue, hasta cierto punto, un valido soldado bastante atípico, que no desdeñó acudir a la guerra, sin duda porque pensó que fortalecía su privanza.

Haro también se singularizó respecto de otros validos por disponer de una familia numerosa al servicio de sus intereses. Su primer apoyo fue su madre, hermana del conde-duque, de la que se dijo que había favorecido el matrimonio del bastardo de Olivares con una plebeya para impulsar el valimiento de su hijo Luis. Murió en diciembre de 1642, sin que el conde-duque se dignase siquiera dar el pésame a su sobrino. Luis siguió respaldado por su padre hasta que éste falleció en agosto de 1648. Antes de enviudar en noviembre de 1647 tuvo seis hijos con cuyos matrimonios tejió importantes alianzas: Gaspar de Haro, el primogénito, casó en primeras nupcias con Antonia María de la Cerda, hija de los duques de Medinaceli, y en segundas —ya muerto su padre— con Teresa Enríquez de Cabrera, hija de los duques de Medina de Rioseco; Juan Domingo, con Inés de Zúñiga y Fonseca, condesa de Monterrey, que era su prima en cuarto grado; Antonia, con Gaspar de Guzmán, conde de Niebla y futuro X duque de Medina Sidonia; Manuela, con Gaspar Vigil, conde de Luna; y María, con Gregorio Hurtado de Mendoza, IX duque del Infantado. Otro hijo, Francisco Manuel, sólo vivió entre 1647 y 1653. Estas alianzas cubrieron el objetivo de los Haro de emparentar en una sola generación con varios grandes de España, lo que difícilmente hubiera sucedido de no ocupar Luis el puesto de valido. El enlace con los Medina Sidonia supuso un pacto de conveniencia por el cual los Guzmán menores unieron su sangre con la de los Guzmán mayores, a la vez que Felipe IV, por medio de la hija de su valido, rehabilitaba a la principal casa de Castilla caída en desgracia desde la conjura de 1641.

Hombre de salud endeble, Haro enfermó a primeros de noviembre de 1661. Falleció en su casa el miércoles 16, a medianoche. Fue enterrado provisionalmente en la madrileña iglesia del Noviciado de la Compañía de Jesús. El 31 de diciembre de 1662 se trasladaron sus restos al convento de las dominicas de Loeches, fundación del conde-duque de Olivares.

Hoy reposan en el panteón de los marqueses del Carpio, sito en la iglesia parroquial de esta villa, tal y como él había dispuesto. Acumulaba entonces los títulos y honores siguientes: II conde-duque de Olivares (desde 1645), VI marqués del Carpio (desde 1648), I duque de Montoro (desde el 12 de abril de 1660), conde de Morente, señor del estado de Sorbas y Loeches, alcalde perpetuo del alcázar, torres y fortalezas de Córdoba, caballerizo perpetuo de las caballerizas reales de Córdoba, alguacil mayor perpetuo de la misma ciudad y del Santo Tribunal de la Inquisición cordobesa, alcaide perpetuo de la ciudad y alcázares de Mojácar, alcaide perpetuo de los alcázares y atarazanas de Sevilla, Montepalacio y sus anexos, gran canciller y registrador perpetuo de las Indias, comendador mayor de la Orden de Alcántara y gentilhombre de la cámara con ejercicio y caballerizo mayor del rey Felipe IV. Era también patrón perpetuo del noviciado de la Compañía de Jesús en Madrid, con la que mantuvo estrechas relaciones.

 

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Rafael Valladares Ramírez