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Antonio de Orleans y Borbón-Dos Sicilias

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Biografía

Orleans y Borbón-Dos Sicilias, Antonio de. Duque de Montpensier, en Francia, duque de Galliera (III), en Italia. Neuilly-sur-Seine (Francia), 31.VII.1824 – Rota (Cádiz), 4.II.1890. Príncipe de la Sangre de la Familia y Casa Real de Orleans de Francia, infante de España, mariscal de campo del Ejército francés y capitán general de los Reales Ejércitos de España, político.

Bautizado con los nombres de Antonio María Felipe Luis, fue el fundador de la rama española de la Casa de Orleans, por su matrimonio con la infanta María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón-Dos Sicilias —hija segunda y última del rey Fernando VII y de su cuarta y postrera esposa María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y Borbón—, hermana única de la reina Isabel II y, a la sazón, princesa de Asturias.

Por su parte, Antonio de Orleans y Borbón-Dos Sicilias, duque de Montpensier desde su nacimiento, fue el último de los once hijos del matrimonio entre Luis Felipe I, duque de Orleans, “Rey de los Franceses” (1773- 1851), y la princesa napolitana María Amelia de Borbón- Dos Sicilias (1782-1866), casados en 1809.

En 1834, ingresó, como antes sus hermanos, en el Liceo Real “Enrique IV”, creado por Luis XVIII en 1815 para los varones de la Real Familia. Allí tuvo como profesor a Antoine Tenant de Latour, conde de Latour, quien, procedente de la Universidad de París, ya nunca se separaró de él. En 1842, Montpensier finalizó brillantemente sus estudios en el Liceo e ingresó en la prestigiosa Escuela Militar Politécnica de París, con el grado de subteniente de Artillería. Salió del centro como teniente, con destino en el 3.er Regimiento de Artillería Francesa, de guarnición en Metz.

En febrero de 1844, Montpensier pasó al Ejército de África, donde, en su lucha contra los indígenas rebeldes del emir Abd el-Kader, en la acción de Mehonnesch fue herido en el ojo y hombro derechos, lo cual le valió el ascenso a jefe de escuadrón —y a poco a comandante—, así como la Cruz de Honor.

En 1845, su padre le encomendó hacer en su nombre, como embajador extraordinario, un recorrido diplomático por el Mediterráneo oriental —Túnez, Egipto, Turquía y Grecia—, donde Francia tenía gran interés en afirmar su influencia, sobre todo en Egipto. El éxito de este viaje le valió, tras el ascenso a coronel y luego a general de brigada, el regreso a Argelia, el empleo de mariscal de campo y la Gran Cruz de la Legión de Honor. De momento, el Rey le destinó a su querido Chateau de Vincennes, donde estableció la modernísima Escuela de Artillería. De Montpensier decía su padre: “es otro yo”; y efectivamente lo iba a demostrar a lo largo de su futura trayectoria pública, ya que pronto pretendió ser el Luis Felipe de España.

Comisionado a inspeccionar las plazas fuertes del Norte, se hallaba en Estrasburgo con varios príncipes alemanes cuando se enteró de la trama preparatoria de su “matrimonio español”. En efecto, Luis Felipe, como medio de afianzar su dinastía y de optimizar la posición de Francia entre las potencias mundiales, venía practicando con éxito una ambiciosa política de uniones matrimoniales de sus hijos. Esta boda del joven duque de Montpensier resultó un asunto complicado, por haber en este tema intereses encontrados de Francia y Gran Bretaña. Al final se llegó a un acuerdo: la reina Isabel II se casaría con Francisco de Asís, y Montpensier, con su hermana María Luisa Fernanda; pero sólo cuando la Reina ya tuviera descendencia. Éste fue el definitivo Pacto de Eu, concluido en agosto de 1845, en la segunda visita de la reina Victoria al castillo normando. Sin embargo, en Madrid, la reina madre María Cristina tenía sus propios planes, ya que se decantaba por el matrimonio francés de su hija María Luisa. A través del embajador Bresson, concluyó por su cuenta con Luis Felipe, y ocultándolo a Victoria, que la boda había de hacerse en el mismo día y en una misma ceremonia doble, compartiendo ambas hermanas fasto y boato reales y sin esperar la llegada de la descendencia de Isabel. En 1846, la Reina Madre, de acuerdo con ese concierto, anunció en agosto de este año la doble boda para el siguiente 10 de octubre, con protesta indignada de la reina Victoria, del premier Aberdeen y del embajador Bulwer, que se sintieron engañados. La “Entente Cordiale” saltó por los aires y se rompieron las relaciones diplomáticas entre España e Inglaterra, en protesta por la inaceptable presión británica en un asunto netamente español.

Montpensier partió para España, acompañado por su hermano Aumale y por un notable grupo de escritores y artistas, que habrían de cubrir la información literaria (Dumas y Gautier) y gráfica del evento (Blanchard, Boulanger, De Luna, Ginain, Girardet, Guiaud y Nousveaux). Se dirigieron a Madrid, donde entraron con gran clamor popular el 6 de octubre, día en el que se le concedió el Toisón de Oro. Acabados los esponsales, el nuevo matrimonio salió para Francia el día 22, reincorporándose el duque a su puesto en la Academia de Artillería.

Las cosas iban muy mal en Francia desde el 17 de febrero de 1848. En pleno caos político en toda Europa, las turbas asaltaron el Palacio Real y Luis Felipe, incomprensiblemente desprevenido, se vio obligado a abdicar en su nieto, el conde de París, saliendo precipitadamente de Palacio con la Familia Real.

El 4 de marzo de 1848 el matrimonio Montpensier se reencontró en el castillo de Claremont, en el condado inglés de Surrey, con el resto de la familia.

Acusados de haber provocado la ruptura diplomática entre España y Gran Bretaña, la pareja ducal fue expulsada de inmediato. Refugiados en Bélgica, la propia reina Luisa, hermana de Montpensier, les aconsejó dirigirse cuanto antes a España. Llegaron a Madrid el 7 de abril.

Temeroso el Gobierno de Narváez de más complicaciones diplomáticas con Inglaterra, les impidió vivir en la Corte, pero sí les permitió alojarse provisionalmente en el Palacio Real de Aranjuez. Cuando el duque comenzó a hacer gestiones de compra de una mansión propia en Madrid, fueron obligados por Narváez a instalarse en Andalucía. El 7 de mayo de 1848, con entusiástico recibimiento, llegaron a Sevilla donde se les acomodó la planta baja del Alcázar. Sin embargo, Montpensier quería una casa propia y no prestada precisamente por la Reina, y sus miras estaban en Granada y en la adquisición del Palacio de Carlos V en la Alhambra. Cuando sus gestiones fracasaron, se instaló definitivamente en Sevilla. El 21 de septiembre de 1848, nació en el Alcázar la primogénita de la Casa. Su madre seguía siendo princesa de Asturias y la recién nacida infanta Isabelera ahora la tercera en el orden de sucesión de la Corona.

El 16 de junio de 1849, el Gobierno autorizó la venta a los infantes del sevillano Palacio de San Telmo, que pronto contó con tropa de escolta, cambio de guardia, salvas artilleras, besamanos, recepciones, etc.; una verdadera “Corte Chica”. Pese a los ofrecimientos de Cádiz y El Puerto de Santa María, les cautivó Sanlúcar de Barrameda, como lugar de veraneo, donde pretendió el duque construir un palacio islamizante que acogiese el exilio de su madre la reina María Amelia.

Con porte de noble y gran señor, Antonio de Orleans era grato y apacible. Cultísimo y artista, era agradable por su cortesía y llaneza con los visitantes de toda categoría, sin humillar jamás a los más modestos. Frente a la fama de tacaño que le proporcionaba su exhaustiva y magnífica administración, su compasiva generosidad era ilimitada hacia los enfermos o necesitados, personas o instituciones. Como anfitrión, era asimismo espléndido y delicado. De altísima espiritualidad, ponía, sin ser especialmente piadoso, gran celo en el cumplimiento, suyo y de su casa, de las obligaciones religiosas.

Esposo ejemplar, la infanta le dio nueve hijos: Isabel (1848-1919), María Amalia (1851-1870), María Cristina (1852-1879), María de Regla (1856-1861), Fernando (1859-1873), María de las Mercedes (1860-1878), Felipe (1862-1864), Antonio (1867- 1931) y Luis (1867-1874). La mayoría fallecieron jóvenes —niños o solteros—, excepto Isabel, condesa de París, casada y con descendencia; María de las Mercedes, reina de España y esposa de Alfonso XII, sin hijos; y Antonio, que se casó con su prima la infanta Eulalia, pronto separado y con sucesión hasta nuestros días. Convencido también de la necesidad de una educación y buen mantenimiento físicos, practicaba deportes e incluso instaló en San Telmo un completo y modernísimo gimnasio familiar.

Una vez decidido su arraigo en Sevilla y la Baja Andalucía, vinieron a parar al patrimonio de la casa multitud de fincas rústicas de la mayor categoría. Partidario de todos los adelantos técnicos, y muy informado de ellos, el duque —que en Francia había mandado hacer el primer cañón de ánima rayada en sus talleres de Vincennes— se entusiasmó con el vapor, la fotografía, la electricidad, la telegrafía, los ferrocarriles, etc. Introdujo en sus huertas de San Telmo y del Vado los arados y maquinaria agrícola a vapor de la firma británica Ramsomes Fils de Ipswich. Su afición por los carruajes determinó el traslado a Sevilla de la firma francesa Laverant & Mandement, que luego se dedicó a carrozar automóviles. Fomentó las exposiciones, concursos, ferias, etc. La famosa Feria de Abril sevillana se debe a su iniciativa, en colaboración con el alcalde Bonaplata —catalán propietario de una importante fundición— y con el señor Y barra —naviero, industrial y propietario bilbaíno—. Le gustaban los caballos, las aves, las plantas y flores exóticas, que hizo traer de varios continentes. Protegió las carreras de caballos de Sevilla, Jerez, Sanlúcar, Cádiz, etc. Asimismo, su afición y conocimientos en materia histórica, artística y arqueológica le llevaron a comprar y a restaurar en Castilleja de la Cuesta la casa en que murió Hernán Cortés. Fue su residencia de primavera. Igualmente, promovió y costeó obras de restauración de diversos monumentos (entre los que destacan la Catedral de León o la Basílica de Ávila), así como santuarios populares (Covadonga, La Rábida, Valme y Regla) y la sanluqueña capilla de los pescadores de Bonanza. Por Latour conoció a Fernán Caballero y a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a quienes cariñosamente incorporó a la vida de la casa. Encargaba el duque multitud de cuadros para su colección, en la que se integraron además muchas de las obras que Luis Felipe había colgado en su “Galería Española” del Louvre, luego subastadas por el Gobierno francés. Importantísimos lienzos le llegaron, por donación a la infanta de la Reina Gobernadora.

El 30 de junio de 1850, trajo la buena noticia del levantamiento del secuestro de los bienes de la Casa de Orleans de Francia, con lo que Montpensier recuperó dinero y obras de arte, sobre todo cuadros. El 12 de julio se produjo en Madrid el alumbramiento del esperado príncipe de Asturias, Luis, el cual nació muerto, con lo que se mantuvo vivo el “peligro Montpensier”. En 1857, nació Alfonso, príncipe de Asturias, que liquidó todas las esperanzas regias de Montpensier.

En enero de 1858, el duque —a quien en 1854 su cuñada la Reina había concedido el hábito de la Orden Militar de Calatrava, de la que sería comendador mayor de Alcañiz, en Aragón— fue nombrado capitán general de los Reales Ejércitos y el 10 de octubre del año siguiente la Reina le concedió al duque el título de infante de España.

Sin embargo, a la llegada de la primavera de 1866, el distanciamiento de los Montpensier y la Reina iba en aumento. El 10 de noviembre, Luisa Fernanda decidió ir a Madrid a hablar con su hermana y advertirle del desfavorable y peligroso ambiente que existía en España. Isabel la acusó de inmiscuirse en política y en las actividades del Gobierno. La infanta, destrozada, regresó a Sevilla y Montpensier se lanzó ya decididamente a la conspiración final para destronar a su cuñada. Creía contar con el apoyo general.

Nada más comenzar 1868, el 17 de enero, el general Fernández de Córdoba se presentó en San Telmo, en nombre de los también generales Serrano, Dulce y cincuenta más, para preguntar formalmente al duque si aceptaría para la infanta el Trono, en caso de quedar vacante. Al día siguiente, Montpensier, le contestó positivamente. El golpe previsto para el próximo 7 de julio obligó a Isabel II a abdicar en su hijo Alfonso —príncipe de Asturias, menor de edad—, bajo la regencia de Montpensier.

La víspera del alzamiento, el Gobierno ordenó la detención de los generales implicados; Prim, por su parte, logró escapar a Inglaterra. El 9 de julio, el capitán general de Sevilla, Lasala, entregó a los duques la Real Orden de destierro de España, so pretexto de evitarles problemas, lo cual significaba la ruptura total con la Reina. Embarcaron hacia Portugal. El 1 de agosto, Prim, a su paso por París, camino de Vichy, recibió comunicación de Napoleón III por la que aceptaba la revolución que se estaba tramando, pero advertía de que no toleraría a Montpensier en el Trono de España. Prim, que venía recibiendo abundante dinero del duque, prometió al Emperador que obstaculizaría por todos los medios la entronización del Orleans, que era hasta ahora lo previsto por todos los militares implicados, sobre todo por él mismo y por Topete. Mientras tanto, y en Lisboa, los duques obtuvieron el Real Permiso para desembarcar y establecerse en Portugal durante su destierro.

El 18 de septiembre la flota española, en formación de combate frente a los muelles gaditanos, disparó veintiuna salvas. Con ello se proclamaba la Revolución y el destronamiento de Isabel II, aunque se mantenía vigente en España la Monarquía como régimen. La Reina atribuyó todas sus desgracias a su cuñado Montpensier. Esta aversión, extendida a sus sobrinos, la transmitió la Reina a sus propios hijos, y más tarde sería causa de su permanente oposición al matrimonio de su hijo Alfonso con María de las Mercedes, hija de Antonio.

Desde el triunfo de La Gloriosa, Montpensier reclamó el Trono a Prim, a lo que el general respondió con evasivas, que remitían a la necesidad previa de un Gobierno Provisional, de unas Cortes Constituyentes y de una elección popular del Monarca. Se organizaron campañas de prensa. Montpensier, desde Portugal, dominaba toda una red de periódicos, que pagaba y sostenía, y la prensa en general se hizo eco de las polémicas en torno al duque, destacando por su violenta enemistad Emilio Castelar, presidente de la Primera República Española en 1873.

El 19 de enero, tras los comicios a Constituyentes, el duque, apoyado por los diputados progresistas y los unionistas, tenía asegurado el Trono para la infanta con un 56 por ciento de la Cámara, pero la defección de Prim —verdadera traición— le resultó fatal. En la sesión del 22 de febrero, Prim, ministro de la Guerra, proclamó sus tres famosos “jamases”: “los Borbones en el Trono, jamás, jamás, jamás”. Así las cosas, el siguiente 9 de junio, el duque de Montpensier juró en Lisboa la nueva Constitución; tras lo cual nuevamente pidió y obtuvo el permiso de regreso a España, pero desde entonces como un ciudadano corriente.

El 7 de marzo de 1870, el infante don Enrique ofendió en su honor al duque con gravísimos insultos, publicados en la prensa. El duelo —considerado inevitable— acabó con la vida del infante y también con la candidatura real del duque, que no podía aspirar a ser Rey después de matar a un infante de España.

Un día después, el 16 de noviembre, y en pleno luto de la Casa de los Montpensier, las Cortes, bajo la batuta de Prim, votaron cuál de los candidatos propuestos iba a reinar. De los trescientos cuatro votos emitidos, Amadeo de Saboya logró la mayoría absoluta. El duque, por su parte, no recibió el voto de muchos de sus partidarios, lo cual le produjo un profundo desengaño y se negó a jurar fidelidad a Amadeo de Saboya, lo que le costó la expulsión del Ejército. El asesinato de Prim, a finales de ese mismo año, vino a complicar la existencia de Montpensier, a quien le fue atribuido. El caso acabó siendo sobreseído, recayendo la responsabilidad sobre el huido Paul y Angulo, parlamentario jerezano, antiguo colaborador del general, transformado ahora en enemigo mortal suyo.

En 1871, el duque fue elegido diputado a Cortes por el distrito gaditano de San Fernando, lo que le otorgaba el fuero de la inmunidad parlamentaria. Sus amigos y partidarios le convencieron para que abandonase de una vez la política, consejo que siguió, escribiendo el manifiesto A los electores del distrito de San Fernando, con su ideario político. El duque, que había perdido su oportunidad en la elección revolucionaria del nuevo Rey, creía que todavía el pueblo español podía acudir a él, como solución. Muy poco después iba a renunciar a este programa, para dedicar sus esfuerzos a la Restauración borbónica en la persona de Alfonso XII. Por gestión de la reina madre María Cristina, se propuso el acercamiento a Isabel II y la unión de sus fuerzas. Este plan de “fusión política” entre alfonsinos y montpensieristas incluía que el duque reconociera como Rey legítimo al príncipe Alfonso, y que éste —curiosa anticipación— contrajera matrimonio en su día con la infanta Mercedes.

Por entonces se produjo en Madrid un atentado contra Amadeo I que, como siempre, se atribuyó a Montpensier. Decidió entonces marchar a Francia, ya republicana y libre de su obstinado enemigo Napoleón III, lo cual permitía que los Orleans pudieran volver con libertad a su patria y recuperar sus cuantiosos bienes secuestrados.

Para lograr la citada reconciliación, el duque empleó la estrategia de atraerse la simpatía del príncipe Alfonso, de catorce años, que por influjo de la Reina, tenía todas las prevenciones contra su tío. Con los años, tanto él como su hermana la infanta Eulalia acabarían adorando al duque, suegro de ambos. Como contrapartida a su apoyo, el duque asumiría la dirección de un único partido alfonsino y sería regente si el príncipe llegase a recibir la Corona siendo aún menor de edad. Todo ello fue rechazado de plano por Cánovas y su viejo partido alfonsino. Así las cosas, al fin, el 15 de enero de 1872, reunida toda la Familia Real en la Costa Azul, se produjo el “Pacto Dinástico de Cannes”, entre la reina madre María Cristina y su yerno Montpensier.

En 1873, la ruptura de Isabel con su cuñado a causa del amor entre sus respectivos hijos, provocó que el duque dirigiera una misiva a su suegra anunciándole su renuncia a dirigir la Restauración alfonsina, quedando así roto el acuerdo de Cannes. Con ello, el duque se desligó de la política española, sobre todo desde la marcha de Amadeo, y la improvisada e ilegal proclamación directa de la República.

También en París, Cánovas —desde el 4 de agosto de 1873, nuevo jefe del partido alfonsino—, dirigía las operaciones de la Restauración borbónica, viendo que ésta era muy viable con la juvenil y atractiva figura del príncipe Alfonso. El 22 de agosto, Cánovas recibió, para dirigir la actuación política, los plenos poderes que antes tenía Montpensier.

Ya a finales de 1874, el partido alfonsino tenía a punto la Restauración monárquica. El 1 de diciembre, el príncipe firmó el Manifiesto de Sandhurst redactado por Cánovas en el que se proponía la restauración en su persona de una Monarquía Constitucional de índole moderada y apaciguadora. La propuesta fue apoyada por una nota que Montpensier, por propia iniciativa, firmó el 9 de diciembre.

Instalado Alfonso XII en el Trono español en 1875, una de sus primeras medidas fue devolver a Montpensier su rango y honores de infante y de capitán general del Ejército. Llegado el verano, los Montpensier, que seguían en Francia según lo aconsejado, retornaron a su querido Chateau de Randan, donde recibieron a la reina Isabel, el 14 de agosto. El 3 de septiembre se negoció el acuerdo matrimonial del joven Monarca.

En septiembre de 1876, se emitió el definitivo permiso gubernamental para el regreso de la familia Montpensier a España (para ubicarse en Sevilla), lo cual no se hizo efectivo hasta el 19 de octubre.

En 1877, los duques de Montpensier recibieron en Italia la fabulosa donación del ducado de Galliera, con sus inmensas y riquísimas posesiones, la mayoría en Bolonia. Antonio de Orleans sería desde entonces mucho más rico: una de las mayores fortunas de Europa.

Siguiendo el Rey sus propósitos, envió a San Telmo una comisión presidida por el duque de Sesto y marqués de Alcañices, que portaba una carta real en la que se pedía a los duques de Montpensier la mano de su hija Mercedes. La respuesta ducal, lógicamente, fue positiva y entusiasta. Montpensier, feliz y viéndose de nuevo en una posición privilegiada en la Corte española, telegrafió al Rey para transmitirle su consentimiento.

Con su hija en el Trono en 1878, Montpensier no fue sólo el suegro del Rey, sino que era llamado por éste su “querido padre y tío”, con ese creciente cariño mutuo que comenzó con sus primeras visitas al Theresianum vienés. La inesperada muerte de la Reina invadió de dolor la vida española: el enamorado Alfonso estaba inconsolablemente deshecho, y Montpensier muerto en vida. El Rey, que no quiso salir de esta familia, se prometió a su prima y cuñada Cristina, si bien la muerte prematura de ésta truncó el enlace. En 1885, se hizo público el compromiso de boda de la infanta Eulalia con su calamitoso primo hermano, Antonio de Orleans y Borbón, futuro heredero de su casa y hermano de la infortunada reina Mercedes. Un matrimonio que prometió mucho y resultó una catástrofe. Con ello, el rey Alfonso culminaba su campaña de casar a sus hermanas menores.

El 23 de junio de 1886, se publicó la ley francesa que obliga al exilio a todas las familias reinantes anteriores. Los Montpensier se dedicaron entonces a su Corte de Bolonia, que brilló más que nunca.

El 4 de febrero de 1890, se hallaba el duque, en compañía de la infanta, que tenía en brazos a su nieto, Alfonso, en su Coto de Torrebreva, cercano a Sanlúcar de Barrameda, pero situado en términos de Rota y Chipiona. Tras el almuerzo, salió con la escopeta, en coche abierto, acompañado por el entonces nuevo secretario general de la casa, el sevillano Luis Lerdo de Tejada. Al pasar por el paraje de “El Palacio” y en el sitio de “La Cruz” —por la conmemorativa que allí se levantó desde entonces—, vio una bandada de perdices y bajó del coche. Al apoyar el arma en su hombro, cayó desplomado, con el rostro totalmente congestionado, en brazos de su acompañante.

Eran las 12 y 10 de la tarde. Llevado inmediatamente a la cercana cabaña de un guarda, y depositado en su modesto lecho, allí quedó muerto. Tenía sesenta y cinco años. El punto exacto del fallecimiento, dentro de las hazas de “La Julia” y cerca del llamado “Cerro Piñón”, está en término de Rota, y no en el de Sanlúcar, como se ha solido afirmar.

Tras la conmoción general inmediata, y con honores, concedidos por la Corona, de capitán general con mando en plaza, su cadáver fue muy solemnemente trasladado a Sevilla y Madrid. Su destino final fue el Panteón de Infantes de El Escorial, donde descansa junto a su esposa y varios de sus hijos. A la infanta María Luisa Fernanda, ahora duquesa viuda de Montpensier, sólo le quedó esperar en paz su propio tránsito —sería en 1897—, recluida en su Palacio de San Telmo, en luto definitivo.

 

Obras de ~: A los electores del distrito de San Fernando, Sevilla, Imprenta de la Revolución Española, 1871.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Secc. 9.ª, leg. B. 236, 1870 y ss.: Proceso seguido contra el Excelentísimo Señor Duque de Montpensier por haber dado muerte, en desafío, a Don Enrique María de Borbón.

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Vicente González Barberán

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