Ayuda

María Isabel Francisca de Asís de Borbón y Borbón

Imagen
Biografía

Borbón y Borbón, María Isabel Francisca de Asís de. La Chata. Condesa de Girgenti. Madrid, 20.XII.1851 – París (Francia), 23.I.1931. Princesa de Asturias, infanta de España.

La infanta Isabel de Borbón, conocida como La Chata, es quizás la infanta más carismática de la historia de España. Nieta, hija, hermana y tía de Reyes, ella misma fue dos veces heredera al trono y princesa de Asturias, dedicando su vida al servicio de la Corona, en una inagotable actividad institucional. Fue una renovadora del pensamiento monárquico, estableciendo los sólidos principios de una monarquía comprometida socialmente con sus obligaciones y cercana al pueblo.

Nació en el Palacio Real de Madrid, el 20 de diciembre de 1851, como hija primogénita de la reina Isabel II de Borbón y de su esposo, don Francisco de Asís de Borbón, primos hermanos. Su nacimiento constituyó una esperanza de paz y estabilidad para el reinado, tras las cruentas guerras carlistas, por lo cual se la recibió con honores de futura Reina y en la prensa se la denominó como “Isabel III, la nueva reina católica”. Por la necesidad de garantizar la sucesión a la Corona, y ante de la falta momentánea de heredero varón, la infanta Isabel se convirtió en la primera princesa de Asturias por nacimiento de la monarquía española, gracias al Decreto de Isabel II de 26 de mayo de 1850 por el cual su primer hijo, cualquiera que fuera su sexo, llevaría dicho honor. Entre 1851 y 1857, la princesa de Asturias se crió y educó sola en palacio, rodeada de un gran protocolo y una amplia servidumbre, entre la que se encontraban personalidades de la corte como el marqués de Alcañices, su caballerizo y mayordomo mayor, las duquesas de Gor y de Berwick-Alba, camareras mayores o las marquesas de Povar y de Malpica, sus ayas. La niña asumió bien las responsabilidades de su rango y participó en las ceremonias de corte, quedando en su fuerte carácter una acentuada conciencia de sus privilegios y deberes. En esta etapa económicamente próspera de la España gobernada por Bravo Murillo, la pequeña princesa de Asturias era ya un personaje de Estado y en su nombre se inauguraron obras públicas e instituciones, como el Hospital de la Princesa en Madrid. Como heredera a la Corona se tramaron ya en su infancia diversas opciones matrimoniales, que fueron desde la unión a uno de sus primos carlistas, con idea de conciliar las dos ramas escindidas, hasta el matrimonio con el rey Pedro V de Portugal, concebido por la facción de los “iberistas” para unificar ambos países. Ninguna de ellas se concretó de forma efectiva. El 28 de noviembre de 1857 Isabel II dio a luz a un hijo varón: Alfonso, el cual —al prevalecer en la corona española la primacía del varón sobre la mujer—, se convirtió en heredero y nuevo príncipe de Asturias, desplazando a su hermana Isabel en su rango, que pasó a ser sólo infanta de España. La infanta Isabel tuvo siempre con su hermano una relación maternal y protectora.

Entre 1858 y 1866 se desarrolló una etapa fundamental en la vida de la infanta Isabel. Presidía el Gobierno el político O’Donnell, que pretendía reformar la imagen de la Corona y avivar el sentimiento monárquico mediante un novedoso proyecto de viajes oficiales, que llevó a Isabel II y su familia a recorrer España, dándose a conocer a sus súbditos. En esos viajes la infanta Isabel acompañó a su madre en las actividades institucionales, constituyendo para ella una gran experiencia, al aprender los verdaderos principios de una monarquía cercana al pueblo y popular. Entre 1859 y 1866, Isabel II dio a luz a nuevos infantes —María de la Concepción, Pilar, Paz, Eulalia y Leopoldo—, de los cuales, por su diferencia de edad, la infanta Isabel llevó una vida apartada. Su permanente acompañante fue, en cambio, la niña Lola Balanzat, futura marquesa de Nájera, su fiel dama de compañía durante toda su vida. Junto a ella, la infanta Isabel inició su educación intelectual a los once años, recibiendo clases de los mejores profesores de la Corte, siendo su tutora la cosmopolita dama Fanny Erskine, marquesa de Calderón de la Barca, viuda de un diplomático español. De entre todas sus aficiones destacó la música, en la cual llegó a ser una gran pianista y a ejercer una fundamental labor de mecenazgo en los músicos de la época. En 1868, año en el que la creciente oposición progresista hizo vaticinar el próximo derrumbe del reinado, Isabel II ideó para su hija un verdadero matrimonio de Estado con el príncipe napolitano Cayetano de Borbón Dos Sicilias y Habsburgo, conde de Girgenti, hermano del derrocado rey Francisco II de las Dos Sicilias, y tío de la propia infanta. El matrimonio surgió de la necesidad moral de Isabel II y Francisco de Asís de compensar a su familia napolitana por el reconocimiento del Gobierno español a la unificación de Italia en 1865, que supuso su destronamiento, expolio y exilio. El conde de Girgenti, de veintidós años de edad, había vivido exiliado en Austria, tierra natal materna, donde había desarrollado una carrera militar. Era un hombre recto y honesto, aunque de escaso patrimonio económico y ocultamente enfermo de epilepsia.

El 19 de abril de 1868, Cayetano de Borbón llegó a Madrid, donde recibió la dignidad de infante de España y las órdenes del Toisón de Oro, de Carlos III y de Isabel la Católica, junto con el empleo de coronel de Caballería del Ejército español. Gestionada la dispensa papal por el parentesco de los novios, se firmaron el 12 de mayo de 1868 las capitulaciones matrimoniales, siguiendo el 13 de mayo la ceremonia de desposorios en el Palacio Real y el 14 de mayo la de Velaciones, en la madrileña basílica de Atocha. El 18 de mayo de 1868, el nuevo matrimonio se despidió de la corte, rumbo a un largo viaje de novios que se convirtió en un desgraciado exilio de ocho años. Mientras viajaban por las cortes de Roma, Viena y París, en España estalló —en septiembre de 1868— la Revolución Gloriosa, que provocó el derrocamiento de Isabel II y la huida de la Familia Real a Francia. El propio Cayetano de Borbón regresó a España para sumarse al Ejército leal a Isabel II, luchando en la batalla de Pavía, una arriesgada acción que desató en él su epilepsia latente. A su regreso al exilio de París sufrió desde entonces frecuentes ataques epilépticos, que obligaron al matrimonio a iniciar un periplo por Europa, consultando con los mejores médicos, para instalarse finalmente en Lucerna (Suiza). Tras un aborto sufrido por la infanta Isabel, en el verano de 1871, Cayetano, deprimido por su enfermedad y en pleno ataque epiléptico, se suicidó el 26 de noviembre de 1871 de un tiro en la sien. Tras el dramático suceso la infanta Isabel, viuda a los veinte años de edad, se instaló en el exilio familiar de París. Su principal papel fue allí el de consejera de su hermano el príncipe Alfonso, por cuya restauración en el trono colaboró en la sombra junto al marqués de Alcañices y Cánovas del Castillo.

El 29 de diciembre de 1874 Alfonso XII fue proclamado rey de España, regresando triunfalmente a Madrid en enero de 1875. El nuevo Rey era entonces un joven soltero de diecisiete años, instalado solo en el Palacio Real, con la gran responsabilidad de poner en marcha un reinado. Al no tener todavía descendencia, correspondió por segunda vez a su hermana mayor, la infanta Isabel, el rango de heredera a la Corona y princesa de Asturias. Cánovas del Castillo, nuevo jefe de Gobierno, promovió el urgente regreso de la infanta desde el exilio, el 7 de marzo de 1875, para poner a su cargo importantes responsabilidades institucionales, tanto en la recuperación del protocolo y la vida de Palacio, como en la organización a nivel nacional de la Beneficencia o la promoción de la cultura, la ciencia y la economía, base de la rica vida cultural y social que alcanzó la sociedad alfonsina en poco tiempo. A este papel se sumó el de tutora de sus hermanas menores, las infantas Pilar, Paz y Eulalia, que en 1877 abandonaron también el exilio parisino para instalarse en Madrid. En torno a 1875, Cánovas del Castillo se empeñó en comprometer un nuevo matrimonio para la infanta Isabel, que tan sólo tenía veinticuatro años, negociando consecutivamente con el archiduque Luis Salvador de Austria y el príncipe Arnolfo de Baviera, sin que a ninguno de los dos les convenciera el proyecto. La infanta Isabel, sin embargo, fue una de las cómplices de Alfonso XII en su matrimonio, en enero de 1878, con su prima María de las Mercedes Orleans, para la cual sirvió de apoyo en sus primeras actividades oficiales, en los pocos meses que mediaron hasta su trágica muerte, en junio del mismo año. La infanta Isabel influyó mucho igualmente en la elección de nueva esposa para Alfonso XII, dadas sus conexiones con la Familia Real de Austria, siendo la elegida la archiduquesa María Cristina de Habsburgo-Lorena, prima carnal del difunto Cayetano de Borbón, conde de Girgenti. La boda se celebró en Madrid en noviembre de 1879.

Isabel, aún princesa de Asturias, sirvió igualmente de gran apoyo a la reina María Cristina, a la que costó acoplarse a la cultura de su nuevo país. El equipo formado por el rey Alfonso XII, el marqués de Alcañices, Cánovas y la infanta Isabel dejaron fuera de protagonismo a la reina María Cristina, que en cambio se entendió mejor con el político progresista Sagasta.

El 11 de septiembre de 1880 nació la primogénita de Alfonso XII y María Cristina, la infanta María de las Mercedes, a la que —como nueva heredera— correspondió el título de princesa de Asturias, que desde la Restauración de la Monarquía en 1874 venía ostentando la infanta Isabel. Doña Isabel conservó este rango, sin embargo, por voluntad de Alfonso XII, hasta marzo de 1881, cuando definitivamente lo cedió a su sobrina heredera. Perdió entonces una parte del protagonismo institucional que el título le otorgaba, aunque a pesar de que su vida oficial disminuyó notablemente, siguió apegada en un segundo plano a las actividades de la Familia Real, manteniendo importantes iniciativas en la promoción cultural. El 25 de noviembre de 1885 murió de tuberculosis el rey Alfonso XII, a sus veintisiete años, dejando al país en una gran incertidumbre dinástica. La reina María Cristina fue proclamada Reina Regente y su hijo póstumo, nacido el 17 de mayo 1886, fue reconocido como rey Alfonso XIII desde su nacimiento. La infanta Isabel fue honrada como madrina de bautismo del niño rey, por cuya educación se preocupó mucho en los siguientes años. Hasta que Alfonso XIII cumplió la mayoría de edad, en 1902, la reina María Cristina ejerció una larga y difícil regencia, plagada de complicaciones políticas, especialmente marcada por el desastre de la Guerra de Cuba en 1898, que dejó al país hundido económica y socialmente. Durante este tiempo, la Corte estuvo regida por las dos viudas: la reina María Cristina y la infanta Isabel, que se convirtió en el contrapunto carismático y popular de la Monarquía, frente a la adusta Reina Regente, que apenas salía de palacio y se consumía en sus labores de gobierno.

En 1902 Alfonso XIII inició efectivamente su reinado, contrayendo pronto matrimonio, en 1906, con la princesa Victoria Eugenia de Battenberg. La infanta Isabel decidió entonces abandonar el Palacio Real para no estorbar a la nueva pareja real, comprando su palacio propio, en la madrileña calle de Quintana. El conocido como “palacio de la Chata” fue en Madrid una segunda corte, por donde pasó en audiencias toda la sociedad. La función más importante de la infanta Isabel durante esta etapa fue la de ejercer de auténtica embajadora del Alfonso XIII, al que representó en infinidad de viajes dentro y fuera de España; llevando la actividad de la Corona hasta donde el propio Rey no llegaba. El reinado estuvo marcado por gravísimos problemas políticos y sociales, continuos cambios de Gobierno y creciente republicanismo. Si la Monarquía se mantuvo fue por la actividad de grandes estadistas como Maura o Canalejas y por el propio carisma personal de Alfonso XIII. La infanta Isabel, a la cual su sobrino llamó “el sostén de las Instituciones”, hizo también mucho por el sostenimiento y la imagen del Monarca, ya que los diferentes Gobiernos aprovecharon su popularidad para avivar el sentimiento monárquico. Entre 1906 y 1930, la Chata recorrió de nuevo España entera, en una inagotable actividad institucional, a pesar de su avanzada edad. El más glorioso de estos viajes fue el realizado en 1910 a Argentina, representando al Rey en las fiestas del Centenario de la Independencia, país que la despidió con el título de “madre de la patria”. Hacia la década de 1930, la monarquía de Alfonso XIII estaba a la deriva. A la descomposición pública del Estado, que trataba de remediar la dictadura de Primo de Rivera, se unieron los graves problemas en la vida privada de los Reyes. En estos años, la infanta recogió sus últimos reconocimientos oficiales, como el nombramiento en 1924 de alcaldesa honoraria perpetua de Segovia, ciudad que la adoraba por sus veraneos en el Real Sitio de La Granja, o la Gran Cruz de la Beneficencia, en 1928, máximo galardón estatal a su actividad humanitaria en España.

En 1930, cuando cumplió setenta y nueve años, la infanta Isabel empezó a sufrir una grave arterios esclerosis que la dejó postrada en una silla de ruedas y casi sin habla. En este lamentable estado la sorprendió en su palacio, el 14 de abril de 1931, la proclamación de la Segunda República española, el derrocamiento de su sobrino Alfonso XIII y el nuevo exilio de la Familia Real. La infanta Isabel fue la única persona de la Familia Real que recibió permiso de la República para permanecer en Madrid, aunque ella decidió seguir el camino del exilio y —en camilla— inició un penoso viaje en ferrocarril hasta París, donde pocos días después, el 23 de abril de 1931, falleció en la Pensión Saint Michel de Auteuil, una residencia de monjas. Fue enterrada casi de incógnito y en una sepultura prestada en el cementerio parisino de Père Lachaise. Su féretro fue repatriado a España en 1991 por su sobrino bisnieto el rey Juan Carlos I, quedando definitivamente sepultada en la Colegiata de La Granja de San Ildefonso, donde hoy reposa.

 

Bibl.: Marqués de Valdeiglesias, Viaje de SAR la infanta doña Isabel a Buenos Aires, mayo de 1910, Madrid, s. f; A. Pineda y Cevallos Escalera, Casamientos Regios de la Casa de Borbón en España (1701-1879), Madrid, Imprenta de E. de la Riva, 1881; Anónimo, Catálogo de la Biblioteca Musical de SAR la Infanta Doña Isabel de Borbón, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1898; VV. AA., “Especial dedicado a la muerte de la Infanta Isabel de Borbón”, en Diario ABC (24 de abril de 1931); Infanta Paz de Borbón, Cuatro revoluciones e intermedios. Memorias, Madrid, Espasa Calpe, 1935; J. M. Ortega-Morejón, Doña Isabel de Borbón, infanta de España, Madrid, Ediciones Aspas, 1943; E. Camps Cazorla, “La colección de loza antigua talaverana de la infanta Isabel en el Museo Arqueológico Nacional”, Conde de Casal, “Semblanza de la infanta de España doña Isabel Francisca de Borbón y Borbón”, A. J. Cubiles, “El espíritu musical de la infanta doña Isabel de Borbón”, M. Escobar, “La infanta Isabel en La Granja”, E. Lafuente Ferrari, “Iconografía de la infanta Isabel” y Marqués de Moret, “La Infanta Isabel y la Sociedad Española de Amigos del Arte”, en Arte Español (Madrid) (3.º cuatrimestre de 1951); J. M. Tavera, La infanta Isabel, Barcelona, Guada, 1959; L. Cortes Echanove, Nacimiento y crianza de personas reales en la corte de España, 1566-1886, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1985; Infanta Eulalia de Borbón, Memorias, Madrid, Castalia, 1991; F. Azorín, La Chata, Madrid, Editorial El Avapiés, 1992; La reina Isabel y la princesa Isabel, Madrid, CSIC, Aula de Cultura, Instituto de Estudios Madrileños, 1992; M.ª P. García Díaz, Viaje de S.M. el rey Alfonso XII y su serenísima hermana a Asturias el 14 de julio de 1877, Oviedo, Universidad, 1996; J. Balansó, Las perlas de la Corona, Barcelona, Plaza y Janés, 1997; E. Ferrer, 20 infantas de España, Barcelona, Editorial Juventud, 1998; M.ª J. Rubio, “Una real cazadora. La infanta Isabel de Borbón, la Chata”, en Trofeo (Madrid), n.º 366 (2000); La Chata. La infanta Isabel de Borbón y la Corona de España, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.

 

María José Rubio Aragonés