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José Canalejas Méndez

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Biografía

Canalejas Méndez, José. Ferrol (La Coruña), 31.VII.1854 – Madrid, 12.XI.1912. Jurisconsulto, político, orador, presidente del Gobierno, presidente del Congreso, jefe del Partido Liberal.

Aunque nacido en Ferrol, sólo contaba un año cuando sus padres se instalaron en Madrid. Perteneciente a lo que se podría llamar una alta burguesía profesional, su padre, José Canalejas Casas, ingeniero, publicista y diputado, estaba en condiciones de facilitarle cualquier camino; su tío, Francisco de Paula, catedrático de la Universidad Central, fue su mejor estímulo para una vocación claramente abierta a las Humanidades. Tras cursar con brillantez el bachillerato en el Instituto madrileño de San Isidro, siguió simultáneamente las carreras de Filosofía y Letras y Derecho, licenciándose en la primera en 1871 y al año siguiente en Derecho, para alcanzar a continuación el doctorado: por entonces escribió un tratado de Derecho Penal basado en las explicaciones del profesor de la asignatura, Luis Silvela. Figuró como auxiliar, durante tres cursos, en la cátedra de su tío Francisco de Paula (Principios generales de Literatura y Literatura española). Como contraste, fue también secretario general de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Ciudad Real y Badajoz, de la que su padre era director. Pero su inclinación iba por otro camino, y lo demostró la publicación de su libro Apuntes para un curso de literatura latina, en dos volúmenes (1875 y 1876). Siguiendo esa vocación, en 1877 opositaba, nada menos que frente a Menéndez Pelayo, a la cátedra de Literatura Española de la Universidad Central; su derrota en este caso estaba justificada —y no alteró la admiración y posterior amistad que siempre dispensó al gran polígrafo—; pero en un segundo intento, también a una cátedra de Literatura Española, el voto de uno de los jueces decidió injustamente el triunfo de Sánchez Moguel, aunque aquél se limitó a decir: “Si ha de ser ministro, ¿para qué quiere ser catedrático?”.

El 15 de septiembre de 1878 Canalejas contrajo matrimonio con María Saint-Aubin, el gran amor de su vida, de la que no tuvo hijos.

En el Ateneo y en la redacción del periódico La Revista Ilustrada se había ido forjando, en fin, la otra vocación decisiva en Canalejas, la de la política, orientada en la estela del radicalismo de Ruiz Zorrilla, si bien, como señalan sus biógrafos Antón de Olmet y García Carraffa, no coincidía con los procedimientos a que se inclinaban los republicanos de la época, “y así, no tardó en separarse de aquéllos y en evolucionar a la Monarquía siguiendo a Cristino Martos, a quien conoció en 1880”. Dos años más tarde obtuvo su primer acta de diputado por Soria.

En aquellas Cortes liberales —convocadas por Sagasta— figuraría también por vez primera Antonio Maura, que andando el tiempo y mudado al Partido Conservador, habría de ser su gran adversario político.

Canalejas se hizo notar ya por sus grandes cualidades oratorias, apoyadas en una amplísima cultura: se interesó por los problemas del Ejército —había de ser, poco después, un defensor ardiente de las reformas propuestas por Cassola—. Todavía vigentes aquellas Cortes, obtendría Canalejas su primer cargo, en el Gobierno de Posada Herrera, como subsecretario de la Presidencia.

Aunque el Partido Liberal se había escindido entre las parcialidades de Sagasta y de Posada Herrera, quedaría reafirmada en esta etapa la jefatura del primero, y Práxedes Sagasta orientaría la política en el primer quinquenio de la Regencia —con un programa basado en la “democratización de la Restauración”, que propiciaría el posibilismo de Castelar—. Ya por entonces, Canalejas, aun dentro del sagastismo, encarnaba una posición muy definida —o muy diferenciada— dentro de la familia liberal. En la reestructuración del Gobierno efectuada en 1888, obtuvo su primera cartera ministerial en Fomento, que sustituiría unos meses después por la de Gracia y Justicia: a él corresponderá la promulgación del Código Civil, uno de los grandes logros del “Gobierno largo” de Sagasta.

Ya a partir de su ingreso en el “fusionismo” sagastino, Canalejas tuvo siempre escaño en las Cortes: representando primero al distrito de Soria, luego los de Ágreda y Algeciras, hasta quedar vinculado, de forma perdurable, al de Alcoy.

Se había ido entibiando su relación con Sagasta —preocupado Canalejas por dar mayor autenticidad al “sistema” y por una atención preferente a las cuestiones sociales—; pero en el Gobierno que aquél presidió en 1892 —según el “turnismo” del Pacto de El Pardo— figuró de nuevo como ministro de Hacienda, donde volvió a demostrar la eficacia de su gestión.

En 1897, tras la sentidísima muerte de su esposa, decidió marchar a América para estudiar, sobre el terreno, la crisis de Ultramar, que acababa de acentuarse a consecuencia del asesinato de Cánovas. Acompañado por su cuñado Alejandro llevó a cabo un amplio recorrido por Norteamérica, pasando luego a la gran Antilla. En Nueva York, adonde arribaron el 30 de octubre, se entrevistó con Estrada Palma, y en Cuba presenció directamente —tomando incluso parte en las operaciones— la dureza de la lucha, y se mostró adverso a la acción desplegada por Weyler. Su correspondencia con Dupuy de Lome, embajador español en Washington, tuvo graves consecuencias, ya que una carta del diplomático, que fue interceptada y llegó a manos del Gobierno norteamericano, encerraba alusiones despreciativas al presidente McKinley; el conflicto diplomático consiguiente obligó a la destitución de Dupuy y su sustitución por Polo de Bernabé.

Tras el 98, Canalejas volvió a asumir una cartera —la de Agricultura— en el último Gobierno Sagasta, coincidente con la mayoría de edad de Alfonso XIII, cuando se planteaba la mal llamada “cuestión religiosa”, que no era tal, sino un problema en las relaciones Iglesia-Estado provocado por el desajuste entre los términos del concordato de 1853 y la proliferación de órdenes y congregaciones religiosas que había tenido lugar a raíz de la Restauración. El proyecto de una Ley de Asociaciones que hiciese posible la legalización de aquéllas, aunque adoptado por Sagasta fue difiriéndose por éste hasta provocar la salida de Canalejas, que, por lo demás, en su Departamento, había visto frustrados también sus esfuerzos para llevar a cabo un reformismo, en cuanto a la propiedad rural, que haciéndose eco de las prédicas de Costa, tenía sus lejanas inspiraciones en los programas ilustrados; a ello respondía el Proyecto de Ley de Expropiación Forzosa, que atribuía un sentido social más amplio al concepto de utilidad pública, y se vio combatido tanto por los conservadores como por los liberales.

Las ideas renovadoras de Canalejas configuraban de hecho, en el despuntar del siglo XX, un nuevo partido de acentuada vocación democrática. Cabe resumirlas en estos términos: “nacionalización de la monarquía” (“que fuera de la monarquía no quede ninguna energía útil”); renuncia a la inhibición liberal del Gobierno en los conflictos entre capital y trabajo, sustituida por un arbitraje del Estado, corrector de las desigualdades en cuanto a capacidad de poder, entre uno y otro; aproximación al socialismo, definido por Canalejas como “una civilización”: “sustraerse a ella —afirmaba— y no ir preparando jurídicamente las soluciones necesarias, sería traer el rayo de la revolución social que en una forma u otra, o por la fuerza o por el derecho, ha de consumarse”. Y en fin, firme definición de las relaciones entre Iglesia y Estado, reconociendo a éste unas atribuciones irrenunciables.

Canalejas encarnaba la versión liberal —democrática— de un regeneracionismo que, desde el lado conservador, y más atenido a las reformas administrativas, asumía Maura. Sin embargo, a la muerte de Sagasta (1903) hubo de aguardar su momento, dando paso por lo pronto a la jefatura de los dos “delfines” de Sagasta, Moret y Montero Ríos. Presidió, eso sí, con autoridad y eficacia, en el “turno liberal” de 1905 a 1906, la Cámara Baja. Finalmente, en 1910, tras la crisis del “Gobierno largo” de Maura y el fracaso de Moret en la alternativa liberal, fue llamado al Poder por el Rey.

Ya jefe del Gobierno y del Partido, durante los dos años largos que duró su gestión (de febrero de 1910 a noviembre de 1912) los problemas que hubo de abordar fueron capitales; tensiones en el Ejército, en el rastro del proceso Ferrer; relaciones Iglesia-Estado; agitación social provocada por la aparición de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y la radicalización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —cuyo líder, Pablo Iglesias, ocupó por primera vez un escaño en las Cortes reunidas por Canalejas—; cuestión de Marruecos al plantearse el protectorado; demandas del “regionalismo” catalán... A todos atendió con prudencia y éxito. Si, por una parte, en el conflicto minero de 1910, se impuso a la intransigencia de las grandes Compañías a aceptar el arbitraje de la Comisión de Reformas Sociales, frenó, por otra parte, el desbordamiento revolucionario que tuvo su trágica expresión en los sucesos de Cullera; eludió una revisión del proceso Ferrer y procedió a la llamada “democratización del Ejército” mediante la suspensión de la “liberación a metálico” y la creación del “soldado de cuota” para que fuese un hecho el servicio obligatorio; logró un entendimiento con la Lliga regionalista aceptando el proyecto de Mancomunidad; dio salvaguarda a los intereses españoles en Marruecos liquidando la guerra de Melilla con la campaña del Kert, y replicando a las iniciativas unilaterales de Francia con la ocupación de Larache y Alcazarquivir, lo que abrió camino a las negociaciones que darían paso al acuerdo hispano-francés sobre el doble protectorado.

Prudentemente, Canalejas se abstuvo de intervenir en la revolución portuguesa —sobrevenida en 1910—, pero cuando un reflejo de ésta brotó en el abortado amotinamiento de la Numancia (1910), lo atajó drásticamente. En fin, encauzó el problema eclesiástico mediante una revisión del artículo 11 de la Constitución y la llamada “ley del Candado”, que suspendía la creación o el reconocimiento de nuevos institutos religiosos hasta que no se aprobase una Ley de Asociaciones. Aunque el problema pasó por una temporal ruptura de las relaciones con Roma, pronto se iniciaron negociaciones secretas, y Canalejas se esforzó en demostrar que estaba muy lejos de un sectarismo anticristiano —lo que le atribuía la opinión ultramontana—: en 1911 presidió, con el Rey, los actos del Congreso Eucarístico celebrado en Madrid. Está demostrado que nunca profesó en la masonería, y que era un católico practicante: eso sí, más próximo al Concilio Vaticano II que al I, vigente en su tiempo.

El año 1912 fue especialmente difícil para Canalejas, que hubo de hacer frente de nuevo a un movimiento huelguístico de gran alcance: el de los ferroviarios, encaminado a paralizar el país, y que el presidente resolvió “movilizando” al personal en huelga, siguiendo el ejemplo del francés Briand.

Por lo demás, el máximo esfuerzo de Canalejas a lo largo de su Gobierno se cifró en la restauración del Pacto de El Pardo, roto, de una parte, por los que coreaban el “Maura no”, y de otra por los que, como réplica, se atenían a la “implacable hostilidad” contra los liberales. Pero todo fue inútil, dada la radical intransigencia de Maura, pese al empeño del propio Rey en respaldar los esfuerzos conciliadores de Canalejas; esfuerzos a los que puso trágico fin el atentado del anarquista Pardinas, que costó la vida al Presidente, en la Puerta del Sol de Madrid, el 12 de noviembre de 1912. A título póstumo, el Rey le concedió el ducado de su nombre, que asumió su viuda. En efecto, Canalejas había contraído nuevo matrimonio, en junio de 1908, con María Fernández Cárdenas a la que estaba ya unido desde años atrás, y que le dio cuatro hijos: José, María, Luisa y Rosa: el primero, II duque de Canalejas, sería asesinado en el Madrid revolucionario de 1936.

Fue presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación en varias ocasiones (27 de mayo de 1893 y 26 de mayo de 1894, y el 23 de mayo de 1903, 16 de mayo de 1904 y 29 de mayo de 1905).

El 13 de marzo de 1900 fue elegido para la medalla 15 de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, pero al no presentar su discurso en el plazo fijado por los Estatutos, se declaró la vacante el 28 de junio de 1910. Tampoco tomó posesión en la Real Academia Española, para la que había sido elegido en 1904.

 

Obras de ~: Luis o el joven emigrado. Historieta aprobada por el Arzobispo de París, Madrid, F. Fortanet, 1866; Programa de un curso de Principios Generales de Literatura, Madrid, Imprenta D. Juan Aguado, 1873; Apuntes para un curso de literatura latina, Madrid, M. Martínez, 1874; Discurso leído por ~ en la sesión inaugural del curso de 1893 a 94 [Madrid, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación], 1893; La última tregua, 1901; Límites entre las Repúblicas del Ecuador y del Perú, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1909; De todo un poco, Madrid, Sánchez Marco, 1912; La política liberal en España, Madrid, Renacimiento, 1912; El Partido Liberal, Madrid, Est. Tipográfico Editorial, 1912; Nieve y otras cosas, Madrid, Imprenta G. Hernández y Galo Sáez, Madrid, 1929; Reflexiones sobre la vida de mi padre, Madrid, Francisco Beltrán, 1928; Una mujer demasiado buena, Madrid, Atlántida, 1929; Otoño revolucionario, Madrid, Cía. Ibero-Americana de Publicaciones, 1930; Canalejas gobernante: Discursos parlamentarios. Cortes de 1910, Valencia, imprenta F. Sempere y Cía., s. a.; Discurso leído por ~ en la sesión inaugural de 1904-1905 celebrada el 28 de marzo de 1905, bajo la presidencia de S. M. el Rey, D. Alfonso XIII, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación y Jurisprudencia, s. f.

 

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Carlos Seco Serrano