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Martín Enríquez de Almansa

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Biografía

Enríquez de Almansa, Martín. Alcañices (Zamora) o Valladolid, 1508-1511 – Lima (Perú), 12.III.1583. IV virrey de Nueva España (1568-1580) y VI virrey del Perú (1581-1583).

Tercer hijo del matrimonio del primer marqués de Alcañices, Francisco Enríquez de Almansa, señor de la villa de Almansa, y de Isabel de Ulloa, hija del señor de Granadilla. El marquesado se le había concedido como agradecimiento real a los servicios que había prestado en el enfrentamiento con las comunidades de Castilla. Los Enríquez de Almansa descendían de Alfonso XI, rey de Castilla, y de los almirantes de Castilla en el siglo XIV. Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico, pertenecía a esta familia, también vinculada con los condes de Alba de Liste y señores de Almansa, Alcañices, Távara y otras villas más.

Sigue sin conocerse con exactitud el lugar y la fecha de su nacimiento, aunque personalmente siempre se consideró vallisoletano, incluso en el carácter. La mayoría de sus parientes consideraba Toro como el hogar familiar, pero los más cercanos están enterrados en Alcañices.

Martín Enríquez casó con María Manrique de Castilla, hija del III marqués de Aguilar y Campóo y V conde de Castañeda, de la que enviudó. Todos sus hijos fueron frailes, con excepción del mayor, Francisco, a quien Felipe III le concedió la merced de marqués de Valderrábano. Una hermana de Martín casó con Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, IV virrey del Perú, y una hija de este matrimonio, Blanca López de Zúñiga, sobrina de Martín, fue la esposa del marqués de Villamanrique. Es uno de los más ilustres virreyes de Nueva España, nombrado para este cargo por una Junta Magna celebrada en 1568 a instancias de Felipe II.

Nueva España vivía una profunda crisis política y de confianza, que culminó con el enfrentamiento entre el virrey Gastón de Peralta, marqués de Falces y el visitador Muñoz, enviado del Rey. Destituidos ambos, se imponía la búsqueda de una personalidad de carácter y rectitud, inteligencia y ductilidad, en la línea de los dos grandes virreyes anteriores, Mendoza y Velasco, capaz de moderar entre las partes enfrentadas y llevar a cabo la tarea que los consejeros del Rey creían necesaria para el desarrollo del virreinato. Martín Enríquez era hermano del marqués de Cañete, en quien el Rey confiaba plenamente, y se le tenía “por persona de buen juicio y carácter bondadoso”.

El 7 de junio de 1568 se le proveyó de instrucciones, firmadas en Aranjuez por el Rey, refrendadas por Antonio de Eraso y señaladas por el Consejo. Constan de 57 apartados, la mayoría de los cuales reiteran las que se habían entregado anteriormente a los virreyes Mendoza y Velasco, y siguen siendo declaraciones generales llenas de buenas intenciones, pero con referencias concretas a ciertos temas de particular interés. Del nuevo virrey se requería firmeza no desprovista de tacto, exigencia y rectitud no sólo personales sino de cuantos le rodeaban y formaban parte de la administración, así como autoridad y prestigio institucionales y obediencia a las instrucciones del Rey y del Consejo.

La misión esencial del gobierno de Indias era la conversión y evangelización de los indios, algo que se reitera permanentemente como declaración de principios. En cuestiones religiosas se le pedía atender a la construcción de nuevos conventos, pero no en la misma localidad, cuidando que los encomenderos no se enfrentaran a los religiosos. Sobre educación, que atendiese al desarrollo del colegio de San Juan de Letrán y el de las doncellas mestizas, así como la construcción de nuevos hospitales. En cuestiones económicas, el cultivo de la caña de azúcar, moreras, algodón, la grana, la ganadería y las minas, evitando que se recargara a los indios con trabajos excesivos. En otras cuestiones, cuidar de la seguridad, efectuar reducciones de los pueblos de indios, crear poblaciones de españoles y evitar la proliferación de vagos y “malvivientes”.

Gobernó Nueva España durante doce años, tres veces más del período establecido, desde su llegada a la ciudad de México el 5 de noviembre de 1568, hasta el 4 de octubre de 1580, cuando fue nombrado virrey del Perú. El salario de virrey, en Nueva España, que se había aumentado a partir del acuerdo con el virrey Velasco, fue de 20.000 ducados al año, además de la concesión de otros beneficios que se contabilizaban aparte.

Cuando llegó a Veracruz, a mediados de septiembre de ese año, se encontró frente al puerto con la flota de sir John Hawkins, a quien Torquemada llamó Juan Aquines Acle, que tenía bajo su dominio la isla de los Sacrificios desde la que incursionaba las costas del virreinato. Hawkins hostigaba con sus barcos a las flotas españolas dificultando el comercio con la Península y aumentando la inseguridad de las poblaciones del litoral. Martín Enríquez supo desplegar sus amplias dotes de sagacidad para firmar con el inglés, que había logrado imponerse a los españoles, un acuerdo de cese de hostilidades. Pero una vez liberado de la presión de las armas, declaró que sir Hawkins era un corsario y no el comandante de la Real Flota inglesa, por lo que cualquier pacto con él resultaba inválido. Inmediatamente ordenó una maniobra de ataque por sorpresa. Los barcos españoles rodearon y derrotaron a los ingleses en la bahía de San Juan de Ulúa y consiguieron desalojarlos de la isla de los Sacrificios.

De la manera habitual en estos casos, se recibió en la ciudad de México la noticia de que el nuevo virrey se encontraba fondeado frente a Veracruz, por lo que las autoridades se reunieron inmediatamente para decidir la forma y los medios de rendirle los honores correspondientes, enviando una comisión a recibirle en el Puerto Jarocho.

Se conocen los detalles de esta reunión por las actas del Libro de Cabildos de la ciudad, que los recoge fielmente. En la sesión del 30 de septiembre, se nombró a los capitanes de infantería y caballería que le harían los honores, se acordó levantar un muro de lienzo en la esquina más estratégica del centro de la ciudad, y se decidió que los señores justicia y regidores “...reciban al dicho señor Visorrey debajo de un palio, de esta otra parte del muro, con sus ropas rozagantes...”. En otras sesiones se establecía un programa de festejos y juegos y las escaramuzas más pintorescas de la época. Finalmente, hizo su entrada en la ciudad de México el 4 de noviembre de 1568.

Decidido a aplicar toda su energía en resolver las disensiones entre los grupos peninsulares —funcionarios o hacenderos que se creían superiores— y los grupos criollos, miembros de una oligarquía naciente cada vez más numerosa que pretendía tener en sus manos la gestión administrativa, sus primeras medidas fueron las de restablecer la seguridad, el orden y la confianza de ambos grupos en la institución real, ejerciendo a la vez justicia y clemencia, liberando a los presos y concediendo a todos “olvido y perdón”.

El crecimiento y desarrollo que alcanzó el virreinato durante esta época corre paralelo con la enorme cantidad de órdenes que le fueron llegando desde la Corte, así como el número de disposiciones y acuerdos emanados del propio virrey, a pesar de las tensiones y conflictos que su gestión iba produciendo. La burocracia real crecía y ganaba en complejidad y eficacia, multiplicando los informes, las copias, los archivos, los índices y el control de todas las actividades.

En el ámbito religioso, tuvo que resolver el enfrentamiento habitual entre el clero secular y los frailes franciscanos. Éstos eran los primeros religiosos que habían arribado a México, pero los seculares les disputaban la gestión de los asuntos eclesiásticos y la influencia sobre los indígenas. Tras algunas concesiones del virrey, los indios que habían apoyado a los franciscanos, en guerra abierta con los curas, depusieron su actitud y se restableció la paz. Esta tensión siempre latente entre los ámbitos eclesiásticos se reabrió pocos años después, lo que obligó al rey Felipe II a limitar drásticamente las funciones de los religiosos, pero a desdecirse enseguida mediante una providencia —aneja al memorial que le presentó el obispo de las Filipinas, fray Domingo de Salazar—, quien le aconsejaba mantener las funciones y los privilegios de las órdenes. Un nuevo intento de solución del problema religioso lo volvió a emprender el virrey mediante la Ordenanza del Patronazgo, publicada en 1574, en la que trataba de poner a cada cual en su lugar, además de la obediencia y el respeto debido a la institución virreinal.

En las regiones fronterizas del Norte eran cada vez más frecuentes las incursiones y ataques de los indios huachichiles, que llegaron hasta la ciudad de Guanajuato, amenazando los centros mineros y las poblaciones de españoles y de indios amigos, por lo que en 1570 envió una expedición, dirigida por el alcalde mayor de Guanajuato, contra los territorios rebeldes. No contento con su resultado, dirigió personalmente una nueva expedición, que al parecer llegó sólo hasta el territorio de Michoacán, pero que le dio la pauta de lo que debería ser su política de expansión territorial. Como consecuencia, ordenó el establecimiento de una línea de presidios, puntos fortificados, en los lugares más amenazados, como los de Ojuela y Portezuelos, en el camino de Zacatecas, pero fundó al mismo tiempo algunas villas, entre otras La Concepción de Celaya y San Felipe, cerca de donde hoy se encuentra San Luis Potosí, así como la ciudad de León.

A partir de entonces se desarrolló un amplio despliegue de actividades, en cuanto a la fundación de ciudades, conventos y colegios, por todo el territorio. Ese mismo año, 1570, el virrey decretó la fundación de una congregación en Cocomacán, nombrando como patrona a la Virgen de los Dolores, por la que sentía especial devoción.

El año siguiente, según Torquemada, que fue testigo ocular, se celebró el cincuentenario de la llegada de los españoles y de la fundación de la ciudad de México, permitiendo a los indios reproducir antiguas fiestas y divertimientos populares, como los volantines o el volador, además de las habituales fiestas de toros, de cañas y otros juegos de tradición española.

También en 1571, en cumplimiento del auto firmado por Felipe II en enero de 1569, que establecía la introducción de la Inquisición en los reinos de Indias, llegó el inquisidor Pedro Moya de Contreras con el encargo de perseguir a los idólatras y a los judíos. El primer auto de fe en la ciudad de México se celebró en la plaza del Marqués del Valle el año de 1574, para castigar públicamente a sesenta y tres penitentes, pero las relaciones del virrey con el inquisidor y pronto arzobispo Moya de Contreras se fueron enconando cada día más, hasta llegar a establecerse entre ellos una aversión permanente.

En 1572 se instalaron en México nuevas órdenes religiosas, como los Hospitalarios de San Hipólito, dedicados a atender hospitales, y la Compañía de Jesús, cuya actividad predilecta consistía en su dedicación a la enseñanza. Los catorce primeros jesuitas, enviados por Francisco de Borja a solicitud personal de Felipe II, lograron penetrar en el círculo de las familias más poderosas y entre los grupos de indígenas más influyentes, para hacerse cargo de la educación de la juventud.

En 1573 se inició la construcción de la catedral de México, seguida el año siguiente por el convento de la Merced, la parroquia de San Pablo y el santuario de los Remedios, en el lugar donde se encontraba una pequeña ermita, construida en recuerdo de la batalla de la Noche Triste. El inicio de la catedral, en la plaza del Zócalo, fue una gran obra de construcción monumental, que se empezó a levantar según los planos y bajo la dirección de Francisco Becerra, quien había acompañado al virrey desde España, siguiéndole más tarde hasta el Perú.

Al año siguiente, el virrey ordenó redactar las Ordenanzas de Mesta para la Nueva España, con lo que se regulaba un aspecto importante del tráfico de animales y el comercio por los caminos del interior.

En 1576 se produjo una terrible epidemia de viruela, que se extendió rápidamente desde Yucatán hasta las fronteras chichimecas del norte, provocando dos millones de muertos entre los indios, por lo que el virrey, personalmente, se ocupó de atenderles y cuidarles, ordenando la construcción de hospitales, procurándoles alimentos y medicinas, y decidiendo la exención de algunos impuestos. Esta terrible plaga, así como el abandono de las cosechas y la desaparición de las familias de indios en las ciudades más populosas, causó una profunda desolación generalizada. Se dice que ni siquiera las grandes lluvias de aquel año lograron detener la epidemia.

Una de las mayores preocupaciones del virrey, de acuerdo con las instrucciones que se le habían impartido tan meticulosamente, fue la del trato de los indios, a los que intentó dar trabajo en la ciudad de México, poniendo en marcha planes de obras públicas, así como la construcción de enormes diques que impidieran la inundación de las zonas bajas, coincidiendo con la época de lluvias y el desbordamiento de los ríos del Valle de México. También inició el plan de construcción de un gran desagüe, el llamado de Huehuetoca, que permitiría la salida de las aguas sobrantes de la zona que siempre se anegaba.

En lo que se refiere a la hacienda virreinal, se impuso una mayor tributación, aumentó el almojarifazgo, se introdujeron la alcabala y la Bula de la Cruzada, extendiéndolas incluso a los indios libres y a los mulatos. Esta nueva política de presión fiscal provocó gran desasosiego en el ánimo del virrey, que en su correspondencia con Felipe II y el Consejo de Indias, no dejó de manifestar su preocupación por las reacciones de carácter negativo y la creciente tendencia a cometer fraudes, tanto de españoles como de indios.

En el sector de la minería se impulsó el empleo de la técnica de la amalgama, lo que fomentó el desarrollo de la producción de plata, que por esa causa se consideró siempre superior a la de oro. Se promovió la exportación a España de maderas de tinta, palo de Brasil y lanas, recibiendo a cambio mercurio (azogue), paños y otros artículos muy apreciados. El comercio se llevaba a cabo a través del puerto de Veracruz, en el que cada año, con la mayor regularidad, y a pesar de los ataques piratas, se formaban las flotas con destino a la metrópoli.

El virrey Martín Enríquez fue notable impulsor de la campaña de conquista y colonización de las Islas Filipinas, manteniendo y mejorando la relación entre aquéllas y el puerto de Acapulco, en la costa del Pacífico, lo que convertía a Nueva España en un trampolín ideal para el transporte y el comercio entre Asia y Europa.

En 1579 se tuvo noticia en la Ciudad de México de que un navío inglés, mandado por Francis Drake, había desembarcado en Guatulco, en las costas de la California Norte, tomando al parecer posesión de aquellas tierras en nombre de la reina Isabel. Era la primera vez que un ataque corsario ocurría en la costa de los mares del Sur, abriendo un nuevo frente de preocupación. Drake, años antes al servicio de sir Hawkins, había pasado de un océano al otro siguiendo la ruta de Magallanes.

Este mismo año, por Real Cédula de 31 de mayo de 1579, se concedía merced a Martín Olivares, criado del virrey, para ejercer de correo mayor en Nueva España. Un año más tarde se instalaron oficinas postales en Veracruz, Puebla (Los Ángeles), Oaxaca, Querétaro y Guanajuato, que tenían a su frente a un teniente. Se trataba de un oficio vendible o renunciable, y se podía suceder de padres a hijos. Pronto se convirtió en un monopolio, hasta el año de 1765, en el que la administración borbónica lo incorporó a la Corona. Esta concesión, lograda gracias a la insistencia del virrey ante el Monarca, se convirtió en motivo de crítica por parte de quienes se sentían perjudicados en sus expectativas.

El virrey Almansa, amante de las letras e impulsor de la cultura, fomentó la edición de libros en las imprentas instaladas desde la época del virrey Mendoza, dedicados a la evangelización y enseñanza de los indios, no sólo en castellano, como Doctrina cristiana en lengua mixteca, en 1568, de fray Benito Fernández; Vocabulario en lengua castellana y mexicana, en 1571, de fray Alonso de Molina, y Arte en lengua zapoteca, en 1578, de fray Juan de Córdova. También se publicaron obras de carácter científico, como Summa y recopilación de Chirugia, con un arte para sangrar muy útil y provechoso, en 1578, del maestro Alonso López, cirujano del Hospital de San José de los Indios; el Tratado breve de Anatomía y Cirugía, por el padre Agustín Farfán, doctor en Medicina, o la Opera Medicinalia, del doctor Francisco Bravo.

Había cumplido sesenta años cuando llegó a Nueva España. Agotado y enfermo por las tensiones y sufrimientos que sus funciones le habían acarreado, solicitó repetidamente que se le ordenara regresar a sus tierras de España: “Sólo deseo terminar mi vida en algún rincón”, escribía al Rey en octubre de 1577.

Sin embargo, lo que le llegó, en un correo de octubre de 1580, fue la Orden Real de salir inmediatamente con destino a Perú, donde sucedería a Francisco de Toledo. La respuesta del virrey, llena de amargura y resignación, concluía diciendo que ante “la orden expresa de Su Majestad y la brevedad con la que tengo que partir, todas las puertas se han cerrado excepto la de la obediencia”. Según los cronistas de la época, se sintió frustrado y decepcionado por la decisión real, aunque de acuerdo con su manera de ser, obedeció puntualmente.

Al conocerse la noticia en la ciudad de México, se produjeron manifestaciones de pesar. El alguacil mayor del cabildo declaró que “las noticias que llegaban de España eran malas y así pedía rogativas por la intercesión divina”. Por ello, sugirió anular las fiestas en honor a San Hipólito, fecha conmemorativa de la llegada de Cortés, que se celebraba todos los años. El 29 de agosto se informó de que había llegado la flota a Veracruz y que en ella venía el nuevo virrey, conde de La Coruña, Lorenzo Suárez de Mendoza. Don Martín, preparado para partir hacia su destino, se trasladó a la villa de Otumba, donde se encontró con su sucesor, con quien conversó ampliamente, entregándole una completa memoria de lo que había sido su período de gobierno y con las recomendaciones y sugerencias que se permitía hacer, texto que ha quedado para la posteridad como modelo de documento político-administrativo.

El último párrafo de este escrito dice entre otras cosas: “Y con lo que quiero acabar esta memoria es, con avisar a V.S. que si en lo tocante al gobierno y buen orden de las cosas de esta tierra hallare V.S. alguna que le parezca que está fuera de su lugar, o se la quisieran pintar así muchos señores curiosos que aquí hay, que V.S. considere que lo que ahora mira con ojos de nuevo, le parecerá lo que es andado el tiempo y pase V.S. por ello; porque cierto que no sé ninguna que no se haya hecho con mucho consejo y consideración, y con mucho trabajo y experiencia, lo cual no se puede bien entender hasta que también se entiendan las cosas de la tierra, que como he dicho, son muy diferentes de las de España, y no menos la gente de ella...”.

Cuando dejó Nueva España, lo hizo con la tranquilidad del servicio cumplido fiel y eficazmente, con la plena confianza del Rey y del Consejo de Indias, sin haber ofrecido la menor ocasión para que se ordenara, durante sus doce años de mandato, ninguna “visita” ni que se le aplicara el juicio de “residencia”.

Su sentido del servicio real llegó hasta el punto de obligar a Pedro, su segundo hijo recién llegado a Veracruz con la pretensión de acompañarlo a Lima, para que regresara a España y pidiera perdón al Rey por tal atrevimiento.

Las “instrucciones reales” sobre el gobierno del Perú, están firmadas por el Rey el 3 de junio de 1580 en Badajoz y constan de 51 capítulos. En ellos, tras la expresión del sentimiento religioso y de la preocupación evangelizadora del Monarca, se relacionan con especial cuidado cuestiones de gobierno y administración muy precisas y detalladas, así como algunos temas de carácter particular, relativos a individuos y personas con alguna causa abierta de la que convenía ocuparse.

Zarpó de Acapulco el 9 de febrero de 1581 con destino al Callao, a donde llegó con un fuerte retraso, discutiéndose la fecha de su entrada oficial en Lima, el 15 de mayo o el 23 de septiembre de 1581, para encontrarse con las secuelas dejadas por el gobierno del virrey Toledo. Al contrario de como él mismo se había comportado en Nueva España, Martín Enríquez se sintió frustrado al conocer que el virrey Toledo, impaciente por dejar Perú, había abandonado el puerto del Callao tres días antes de su llegada, lo que le impidió entrevistarse con él.

Pero también criticó con dureza el modo como Toledo había dispuesto de los fondos reales y el uso que había hecho de ellos, con excesiva liberalidad. Su mayor preocupación a partir de este momento fue asegurar que la flota que cada año se enviaba a España desde Panamá saliera lo antes posible, y con la carga de plata que se le había exigido desde la Corte.

Una de sus primeras gestiones consistió en devolver el prestigio y la confianza en su obra al jesuita José de Acosta, duramente enfrentado con el virrey Toledo. Acosta fue el fundador de la biogeografía, en el siglo XVI, claramente expuesta en su obra Historia natural y moral de las Indias. El 11 de agosto de 1582 inauguró el Colegio Real de San Martín, nombrado así en su honor, regido por los jesuitas, sobre un centro de estudios anteriormente clausurado por Toledo. Fue su primer rector el padre Arriaga y se dotó de doce becas para “hijos de personas beneméritas”.

Creó una cátedra de Quechua en la Universidad de San Marcos de Lima, a la que obligó a asistir a los sacerdotes que tenían que predicar la fe católica entre los indígenas.

Asimismo, reorganizó las postas en el territorio, que se habían suspendido por falta de indios que las sirvieran, ordenó su colocación a mayor distancia, y exceptuó a los postillones el servicio de las mitas, nombrando a Diego Carvajal correo mayor de las Indias en el territorio peruano.

También en 1582 ocurrió el trágico terremoto de Arequipa, que destruyó la ciudad y provocó numerosas muertes, ya que según las crónicas de la época, “parecía se trastornaba el globo”. Sólo dos iglesias aguantaron el temblor, las de San Francisco y La Merced.

Fomentó la industria y aumentó las remisiones a España de metales finos, mejorando el servicio de la mita que hacían los indios en las minas de Potosí y Huancavelica. Ese mismo año se fundó el corregimiento de Huancavelica, por lo que nombró a Juan Maldonado de Buendía como su primera autoridad.

En lo que se refiere a la Armada del mar del Sur, que se encontraba prácticamente desmantelada, siguió las instrucciones del Rey, que en 1580 le había ordenado que construyera cuatro galeones. Almansa logró acabar una galera, pero, al darse cuenta de las dificultades existentes, escribió al Monarca que para conseguir lo que le pedía se enfrentaba a carencias muy graves, ya que en Perú no existían “los carpinteros de la ribera y la madera”, recomendando que esos galeones se construyeran en Filipinas.

Su interés por el tráfico con las Islas Filipinas y el comercio transpacífico quedó de manifiesto cuando llegó al puerto del Callao una nave que descargó todo tipo de mercaderías: porcelanas, sedas de China, mantos bordados y canela. Sin embargo, en contacto con el virrey de Nueva España, se decidió que la nao de China siguiera tocando en el puerto de Acapulco, tal y como se venía haciendo habitualmente.

En 1583 tuvieron lugar dos intentos de penetración en la selva: el de Agustín de Ahumada en busca de El Dorado y el de Francisco de Hinojosa a la región de los Mojos, quien presentó al virrey una relación de lo sucedido. Su resultado fue decepcionante. Sin embargo, Hernando de Lerma, como consecuencia de la expedición que le llevó hasta la región del Río de la Plata, estableció la ciudad de Salta de los Calchaquíes. En el extremo sur, el almirante Pedro Sarmiento, que había salido desde Callao en 1579 en reconocimiento de la zona, fundó las ciudades de Nombre de Jesús y Rey don Felipe, pasando después a España.

Autorizó la convocatoria del Tercer Concilio de Lima, obra fundamental del segundo arzobispo de la región, Santo Toribio de Mogrovejo, un erudito varón que había sido recibido el mismo año 1581 por el virrey con gran expectación. Al ser ordenado obispo en Sevilla, impresionó a Felipe II por su sabiduría, y éste le ordenó que partiera para Perú a la muerte del primer obispo de Lima. El 15 de agosto de 1582, el virrey asistió a la apertura del Concilio, en el que se aprobó la Doctrina Cristiana, impresa en Lima por el turinés Antonio Ricardo, considerado el segundo incunable de Perú.

Poco antes de fallecer, el 17 de febrero de 1583, en una carta bastante amplia en la que hacía una relación de sus actuaciones, escribió al Rey: “En lo de acá yo no sé qué me reste por hacer porque lo principal de que toda la gente se quejaba que no tenían libertad para pedir su justicia; la tiene ya el zapatero como el más principal, está tan sujeto a ella como lo está un indio, procuro meterlos en los ánimos que entiendan que no hay más que Dios y Su Majestad y que ésta es la honra y el ser de los hombres... lo que toca a los indios está en esta tierra tan asentado el no poder vivir sin su servicio que no se puede remediar del todo... y la tierra está tan llana como Valladolid... Y fuera de esto no hay más que un gobierno ordinario y esto ha de ser conforme a los tiempos y ocasiones... y esto quien quiera lo hará mejor, porque tendrá más fuerzas... y dicho esto verá Su Majestad si está obligado a hacerme merced de darme licencia...”.

Incapaz de resistir sus dolencias, agobiado por la vejez y la gota, falleció súbitamente el 12 de marzo de 1583. Se le sepultó en la iglesia de san Francisco, donde se celebraron sus exequias. Al conocer la proximidad de su muerte, redactó sus últimas voluntades en las que pedía a sus hijos que trasladaran sus restos al monasterio franciscano de El Abrojo (Valladolid), donde quería que se le enterrara junto a su mujer.

El epitafio de su tumba, escrito por santo Toribio, dice así: “Hoy murió el virrey, de que ha tenido esta ciudad grande sentimiento y por su salud se hizo procesión general, fuera de muchas otras particulares que se hacían cada día, y mañana se hará el entierro con mucha solemnidad, donde irá el concilio y todas las órdenes. Ha perdido esta tierra mucho en faltarle tal persona, por la mucha cristiandad y buen celo que tenía de acertar a servir a Nuestro Señor y favorecer las cosas de la Iglesia y socorrer las necesidades de los pobres, a que acudía con muchas veras. Nuestro Señor lo tenga en el cielo”.

 

Bibl.: M. Orozco y Berra, Historia de la dominación española en México, México, Antigua Librería Robredo, de José Porrúa e hijos, 1938; P. W. Powell, “Portrait of an american viceroy: Martin Enríquez, 1568-1583”, en The Americas (Washington, Academy of American Franciscan History), vol. XIV, n.º 1 (julio de 1957); J. I. Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 1955-1963; R. Vargas Ugarte, Historia General del Perú, Lima, Milla Batres, 1966-1971; L. Hanke, Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria, Madrid, Atlas, 1976 (Biblioteca de Autores Españoles); A. García-Abasolo, F. Martín Enríquez y la reforma de 1568 en Nueva España, Sevilla, Publicaciones de la Diputación, 1983; E. de la Torre Villar, Instrucciones y Memorias de los Virreyes Novohispanos, México, Editorial Porrúa, 1991.

 

Manuel Ortuño Martínez

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