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José Chabacier Solimón

Biografía

Chabacier Solimón, José. José o Jusepe Leonardo. Calatayud (Zaragoza), 21.III.1601 ant. – Zaragoza, IX.1653, ant. Pintor.

Hijo único del artesano arcabucero Domingo Chabacier y de Juana Solimón, ambos de ascendencia judía. Fue bautizado en la iglesia de San Andrés de Calatayud el 21 de marzo de 1601, y usó siempre como primer apellido el sobrenombre familiar, por su abuelo, Leonardo Chavaciel, al igual que hizo su tío, el también pintor Francisco de Leonardo (muerto en 1638), activo en Soria.

Su formación artística hubo de ser enteramente madrileña, ya que se trasladó a la capital del reino con apenas once años, en 1612, a raíz del matrimonio de su padre con Jerónima de Soro. Cuatro años después, a lo sumo, entró en el taller de Pedro de las Cuevas, que Díaz del Valle (Epílogo y nomenclatura de algunos artífices, ms. 1656-1659) no duda en calificar de “la mejor (escuela) que ha tenido España” y en el que habían de formarse después que él Antonio Arias, Antonio de Pereda, Juan Montero de Rozas, Juan de Lizalde, Francisco Camilo, Simón León Leal, Juan Carreño de Miranda y Eugenio de las Cuevas, entre otros. Permaneció allí cinco años, hasta el 8 de febrero de 1621, fecha en que contrajo matrimonio con la toledana María de Cuéllar, viuda del también pintor Francisco del Moral, fallecido en 1615.

El pintor y tratadista aragonés Jusepe Martínez, que pasó por Madrid en 1634, indica, no obstante, que fue uno de los discípulos aventajados de Eugenio Cajés, junto con Antonio Lanchares (Discursos Praticables del Nobilisimo arte de la pintura; c. 1673), dato no probado en lo documental pero avalado por influencia dominante en sus creaciones, en contraste con la casi absoluta carencia de elementos de convergencia con cualquiera de los otros discípulos del estilísticamente aún por conocer Pedro de las Cuevas. Esta dependencia deudora, mayor en su obra temprana, denota la inmediatez de una relación que tendría lugar en los años que siguieron al aprendizaje propiamente dicho, ya como oficial. Otra influencia temprana, no tan intensa, es la de Vicente Carducho, poco menos que inevitable en alguien tan cercano a Cajés. A ellas vendría a sumarse dentro de unos años la de Velázquez en lo tocante al sentido de la atmósfera y de la luz, así como en algunos recursos narrativos, aspectos que asimiló de modo particular.

Según Palomino (Museo Pictórico y escala óptica, III, 1724) el joven José Leonardo realizó antes de 1623 un retrato de Felipe IV “que no gustó”. De estos primeros años se estiman la muy deteriorada Anunciación de Casarrubios del Monte (Toledo) —firmada— y la del monasterio de Silos, ambas con fuerte dependencia de Cajés. Su primera obra documentada es, sin embargo, el retablo mayor de la parroquial de Cebreros (Ávila), cuyas pinturas hizo entre 1625 y 1629: seis grandes lienzos de temas evangélicos y de la vida del apóstol Santiago (Natividad, Adoración de los Magos, Vocación de los Hijos de Zebedeo, Martirio de Santiago, Última Cena y Ascensión de Cristo) y medias figuras de santos en el banco —entre otros la recién canonizada Santa Teresa de Jesús— que son notable expresión de un incipiente naturalismo plástico, apoyado en buena medida en modelos compositivos y figurativos de Cajés y Carducho y con algún recuerdo veneciano. No muy posteriores han de ser una Flagelación y una Coronación de espinas, de paradero desconocido, y una muy cercana versión de la Purificación (Madrid, col. particular), de solidez figurativa no muy lejana de lo habitual en Antonio Arias —otro de los más tempranos pupilos de P. de las Cuevas—, o el Sueño de José (Madrid, col. particular), de nuevo en la órbita de Cajés.

De una fase todavía temprana han de ser el Milagro de San Isidro (paradero desconocido; versión de taller en Madrid, Museo Municipal), y el San Jerónimo penitente (Alcalá de Henares, Magistral) —firmado—, conectado con la manera de Luis Tristán y del todo ajeno a su estilo último, así como la muy empastada versión del Nacimiento de la Virgen (Museo del Prado; réplica de taller en El Escorial, monasterio).

Amigo de los escultores Manuel Pereira y Juan Bautista Garrido, con quienes se cree trabajó con alguna asiduidad, colaboró con el primero policromando el Cristo de Santa María, de Madrid, y todo indica que hizo parte pictórica del retablo de Mateo de Mora en la iglesia de Brunete —destruido—, obra del segundo (c. 1635).

La solvencia profesional alcanzada le abrió las puertas de los encargos palaciegos, que simultaneó con nuevas creaciones pictóricas de carácter religioso. Así, en julio de 1634 se le encomendó la realización de dos pinturas de batallas para el Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, donde coincidió de nuevo con Cajés —presumiblemente su valedor— y Carducho, además de Velázquez, J. B. Maino, Zurbarán, Félix Castello y el joven Antonio de Pereda. Que sólo Carducho y Cajés le superaran o igualaran en el número de composiciones de aquel ciclo es prueba del reconocimiento que debía de merecer entonces su trabajo. Suyas son la Rendición de Juliers y la Toma de Brisach (Museo del Prado), sin duda entre las mejores del conjunto y verdaderamente excepcionales en su producción, en las que a la sabiduría compositiva y la elegancia figurativa se unen una luminosidad nueva y una factura más vibrante y ligera, dando cabida a lejos profundos y transparentes salpicados de animadas figuras, y donde la sugestión velazqueña triunfa sobre el recuerdo de Carducho, sólo persistente ya en la segunda de ellas. Existe un ajustado dibujo preparatorio de la primera (Madrid, Museo del Prado).

Ya en 1635 intervino en la serie de retratos de reyes del Buen Retiro, a la que perteneció su Alarico (Madrid, Museo del Ejército), de gran brillantez y cromatismo, con muy animados, luminosos y característicos lejos de carácter bélico, y se obligó a hacer al temple y al óleo las pinturas murales de la ermita de San Jerónimo, en el Buen Retiro; y en septiembre de 1636 obtuvo la licencia arzobispal para la pintura del retablo de Torrejón de Ardoz, encomendado entonces a Juan Bautista Garrido, pero que en lo pictórico terminó por hacer Claudio Coello en 1674.

En 1637 figura con Juan de la Corte, Félix Castello y Pedro Núñez entre los pintores que realizaron dieciocho vistas de residencias reales para la Torre de la Parada. Su factura transparente, su calidad y su estilo son reconocibles en la Vista del palacio del Buen Retiro (Madrid, Palacio Real) y en la Vista del Real Sitio de Aceca (monasterio de El Escorial), únicas bien identificables de las tres que se le encomendaron. De esta época es sin duda su Milagro de las truchas de San Francisco de Paula (Londres, col. Apelles) —firmado—, así como las versiones de San Juan Bautista (Ottawa, National Gallery; Los Ángeles, County Museum), el varonil San Sebastián del Museo del Prado, antes creído de V. Carducho, y quizá la Degollación de San Juan (Museo del Prado), de aspecto más empastado y con un cromatismo de raíz manierista.

Muertos Carducho y Cajés, solicitó en 1638 una de las plazas vacantes de pintor del Rey, invocando en memorial presentado el mérito de los dos cuadros pintados para el Salón de Reinos y de otras obras existentes en Madrid; pero no hay constancia de que se le otorgara tal dignidad.

A partir de mayo de 1639 realizó con Angelo Nardi y Félix Castello las pinturas del retablo mayor de la iglesia de la Magdalena de Getafe (Madrid), obra de Alonso Carbonel —en su caso la Unción de Betania y María Magdalena despojándose de las joyas—, al tiempo que comenzaba las diez del retablo mayor de La Torre de Esteban Hambrán (Toledo), de la misma advocación, que contrató también en mayo de 1639 y terminó ya en 1641. Con algún cambio sobre el programa original, pintó aquí lienzos de las Cuatro Pascuas (Adoración de los Magos, Adoración de los Pastores, Resurrección de Cristo y Pentecostés), de la historia de la Madgdalena (Unción de Betania, Cristo en Casa de Marta y María) y de cuatro santos (Santa Lucía, Santa Inés, San Francisco de Asís muerto y San Francisco de Paula), que reflejan un poco menos que errático retorno a modelos compositivos y estilísticos varios de los años previos —Cajés, Carducho, Velázquez, Orrente y alguna composición propia—, interpretados con factura más fluida y transparente, mayor estilización figurativa y notable afición por las telas claras y brillantes con pedrería, a la vez que una evidente desmaña que ha de ser reflejo de un deterioro personal creciente. De esta época son los Cuatro evangelistas (Bowes Museum, Barnard Castle), el Nacimiento de la Virgen (Madrid, marquesa de Almunia) una Inmaculada Concepción al modo de Cajés (Madrid, palacio arzobispal) y acaso la Cabeza de hombre del Museo de Budapest, y algo anterior su Moisés y la serpiente de bronce (Madrid, Academia de San Fernando; boceto en colección particular), de cierto sabor veneciano y con valientes escorzos. También en 1639 se comprometió a realizar con Félix Castello, habitual compañero en los últimos años, ocho dobles retratos de reyes y reinas para el Salón Nuevo del Alcázar de Madrid, donde también intervinieron Pedro Núñez, Francisco Camilo, Francisco Rizi, Francisco Fernández, Antonio Arias y Alonso Cano. Entregó los cuatro suyos en agosto de 1642, ninguno de los cuales sobrevivió al incendio de 1734, asignables éstos a Antonio Arias y Alonso Cano (Museo del Prado), de quien son los en algún momento tenidos por suyos, pintados para la alcoba real o Sala de las Furias.

En 1641 ingresó en la cofradía del Santísimo Sacramento de la iglesia de San Sebastián, a cuya feligresía pertenecía como vecino de la calle de las Huertas, donde tenía casas propias desde diez años atrás. Posiblemente para entonces acusaba ya los rasgos de su enfermedad, a pesar de lo cual se le encargó en 1641 el techo de la segunda pieza del sagrario de la Real Capilla del Alcázar —Castello pintó la primera—, a lo que siguió la pintura del relicario, debajo de la capilla, que dejó inconclusa y que se ocuparía de terminar Angelo Nardi, a quien se vino a pagar en marzo de 1648. Todo ello quedó destruido en la fatídica Nochebuena de 1734.

Minado en sus facultades por una fuerte enfermedad mental que le apartó del trabajo, posiblemente esquizofrenia —“algunos dicen que de envidia le diesen una bebida con la cual perdió el juicio”, refiere Jusepe Martínez—, fue llevado a Zaragoza e internado en la Casa de Locos del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, donde murió antes de septiembre de 1653. En su trastorno mental está, en parte, la explicación de las desigualdades de calidad habidas en su obra.

El positivo juicio de Jusepe Martínez sobre su paisano —“muy amable pintor, muy dulce su colorido, sus historias y dibujo con notable belleza y gracia”—, coincide con el emitido años después por Palomino, quien señala que “pintó con mucha frescura y suavidad, siendo muy general en todo lo que alcanza a esta facultad” y alaba sin reservas una de sus batallas del Salón de Reinos “gran cuadro [...] con grandes expresiones de afectos y grandemente dibujado”.

Entre dibujos conservados de su mano hay modelos para composiciones que se desconoce si llegó a pintar: Purificación de la Virgen (Madrid, Biblioteca Nacional), Presentación de la Virgen en el templo (?) (Madrid, Palacio Real), o San Isidro arando (Museo del Prado); todos muy característicos.

En lo económico, la boda con la joven viuda de Francisco del Moral le reportó cierto acomodo, por las propiedades de ella en Esquivias (Toledo), y la prosperidad de los años inmediatos, a los que siguió el infortunio, se tradujo en la adquisición de una vivienda propia, junto a la que habitaban, en la colación de San Sebastián, como tantos artistas.

María de Cuéllar llegó a su segundo matrimonio con una hija de siete años de edad, Catalina del Moral, que casó en 1636. El único hijo de José Leonardo nació muerto, o falleció al nacer, en marzo de 1622.

 

Obras de ~: retrato de Felipe IV, 1923 ant.; Anunciación, Casarrubios del Monte (Toledo); Anunciación, monasterio de Silos (Burgos); retablo mayor, parroquial de Cebreros (Ávila), 1625-1629; Flagelación (desapar.); Coronación de espinas (desapar.); Purificación, col. particular (Madrid); Sueño de José, col. particular (Madrid); Milagro de San Isidro (desapar.); San Jerónimo penitente, Magistral de Alcalá de Henares (Madrid); Nacimiento de la Virgen, Museo del Prado (Madrid); Rendición de Juliers, Museo del Prado (Madrid); Toma de Brisach, Museo del Prado (Madrid); Alarico, Museo del Ejército, 1635; Vista del palacio del Buen Retiro, Palacio Real (Madrid); Vista del Real Sitio de Aceca, monasterio de El Escorial (Madrid); Milagro de las truchas de San Francisco de Paula, col. Apelles (Londres); San Juan Bautista, National Gallery (Ottawa); San Sebastián, Museo del Prado (Madrid); con A. Nardi y F. Castello, pinturas del retablo mayor, iglesia de la Magdalena, Getafe (Madrid), 1639; pinturas del retablo mayor, La Torre de Esteban Hambrán (Toledo), 1639-1641; Cuatro evangelistas, Bowes Museum (Barnard Castle), el Nacimiento de la Virgen, col. marquesa de Almunia (Madrid); Inmaculada Concepción, palacio arzobispal (Madrid).

Dibujos: Purificación de la Virgen, Biblioteca Nacional (Madrid), Presentación de la Virgen en el templo (?), Palacio Real (Madrid); San Isidro arando, Museo del Prado (Madrid).

 

Bibl .: A. Ceán Bermúdez, Diccionario Histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, t. II, Madrid, Viuda de Ibarra, 1800, págs. 18-19; C. Muñoz y Manzano, conde de la Viñaza, Adiciones al Diccionario Histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, t. I, Madrid, Tipografía de los Huérfanos, 1889, págs. 332-333; L. Díaz del Valle, “Epílogo y Nomenclatura de algunos artífices (1656-1659)”, en F. J. Sánchez Cantón, Fuentes literarias para la Historia del arte español, t. II, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1933, pág. 370; A. A. Palomino, Museo pictórico y escala óptica, III (1734), Madrid, Aguilar, 1947, pág. 874; M. L. Caturla, “Los retratos de Reyes del ‘Salón Dorado’ en el Antiguo Alcázar de Madrid”, en Archivo Español de Arte (AEA), XX (1947), págs. 1-10; M. S. Soria, “José Leonardo, Velázquez’s Best Disciple”, en The Art Quaterly, XIII, 4 (1950), págs. 266 ss.; M. L. Caturla, “Cartas de pago de doce cuadros de batallas para el Salón de Reinos del Buen Retiro”, en AEA, XXXIII (1960), págs. 333-356; M. A. Mazón de la Torre, “Jusepe Leonardo, el gran olvidado”, en Goya, 122, 1974, págs. 76-82; “En torno a Jusepe Leonardo”, en AEA, XLVIII (1975), págs. 266-270; Jusepe Leonardo y su tiempo, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 1977; D. Angulo y A. E. Pérez Sánchez, A Corpus of Spanish Drawings. Madrid School 1600 to 1650, vol. II, Londres, Harvey Miller, 1977, pág. 22; D. Angulo Íñiguez y A. E. Pérez Sánchez, Historia de la pintura española. Pintura madrileña del segundo tercio del siglo XVII, Madrid, Instituto Diego Velázquez, 1983, págs. 78-103; J. Martínez, Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura (¿1673?), ed. de J. Gallego, Madrid, Akal, 1988, pág. 192; A. E. Pérez Sánchez, Pintura barroca en España (1600-1750), Madrid, Cátedra, 1992, págs. 248- 249; F. Collar de Cáceres, “Jusepe Leonardo y el retablo de La Torre de Esteban Hambrán (Toledo)”, en AEA, LXVIII (1995), págs. 1-19; M. A. Mazón de la Torre, “Leonardo, Jusepe”, en The Dictionary of Art, edited by Jane Turner, London, MacMillan Publishers Ltd., 1996, vol. 19, págs. 178-180; V. Lense, “Jusepe (o José) Leonardo”, en VV. AA., En torno a Velázquez. Pintura Española del siglo de Oro. The Apelles Collection, Oviedo, Museo de Bellas Artes de Asturias, London, Apelles Ltd., 1999, págs. 114-123; J. L. Barrio Moya, “Aportaciones a la biografía de Jusepe Leonardo, pintor bilbilitano del siglo XVII”, en VI Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud y Comarca, Calatayud, Institución Fernando el Católico, 2005, págs. 469-486.

 

Fernando Collar de Cáceres