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Jerónimo de Llamas

Biografía

Llamas, Jerónimo. San Clemente (Cuenca), m. s. xvi – Valderas (León), 2.IV.1611. Monje cisterciense (OCist.), exegeta, teólogo, orador sagrado, muerto en fama de santidad.

Se ignora qué fue de su vida hasta su ingreso en Carracedo cuando la Orden pretendía elevar el nivel cultural de sus monjes. En 1560 acababa de fallecer en Alcalá de Henares fray Cipriano de la Huerga, “el exegeta más eminente que pasó por la universidad Complutense”. Había creado escuela de sabios, entre los que florecieron —sólo en el seno de la orden— sujetos de gran renombre: Marcos de Villalba, Lorenzo de Zamora, Luis de Estrada, Ángel Manrique Crisóstomo Henríquez, Jerónimo Llamas, etc.

Henríquez, que debió de vivir a su lado o conocerle de cerca, asegura que ingresó muy joven en Carracedo, donde recibió el hábito y la formación religiosa, a la vez que continuaba su formación científica, frecuentando los colegios de la congregación, donde perfeccionó los principios recibidos en Carracedo.

Bien puede figurar entre los más destacados maestros salidos del Císter en esta segunda mitad del siglo xvi, tanto por su virtud como por su cultura.

Al finalizar los estudios le confiaron puestos de relieve, uno de ellos fue la sede abacial del propio monasterio, a la que accedió en 1593.

No hay noticias concretas de la crisis que aconteció en Carracedo durante sus primeros años de gobierno, sólo consta que el capítulo de consiliarios de la Congregación, estudiado el caso con detenimiento, dictó deposición fulminante contra Llamas, destituyéndole del cargo abacial. La noticia está recogida en las actas inéditas de los capítulos generales: “Declara el santo Definitorio que la sentencia dada por el capítulo de Consiliarios de privación de su abadía contra el P.F. Hierónimo de Llamas fue bien y justamente dada, y por tal la confirma”.

Se ignora si fue por algún desacierto en el gobierno, o por qué motivos, pero se lee entre líneas que hubo acusaciones y hasta calumnias, puesto que fray Ángel Manrique —analista de la Orden— da a entender que le absolvieron luego de los cargos injustos que le habían atribuido.

Destinado a la abadía de Santa Ana de Madrid, dio pruebas de una elocuencia admirable en los púlpitos madrileños, que le granjeó fama de sabio y santo.

Acudían a él personas de las más diversas condiciones para consultarle los asuntos más difíciles y sus respuestas lograban dejar satisfechos a todos. Su fama de orador se extendió pues hacía particular hincapié en la doctrina sólida de la Iglesia que presentaba para llegar a los oyentes.

Se dice que jamás subía al púlpito sin antes dedicar largo tiempo de oración personal profunda, de donde resultaba que su apostolado era sencillamente fruto de su contemplación. Lamentaba la decadencia de costumbres reinante en la sociedad de su tiempo, aunque todavía le dolían más los vicios advertidos en la clase noble, sobre todo si se trataba de personas que figuraban en las altas esferas del estado.

Siguió varios años en la Corte, hasta que sintiendo su salud quebrantada, se retiró a Carracedo, donde continuó haciendo apostolado con su oración, unida al sacrificio y completada por la predicación por los pueblos a que era llamado de continuo. Un reuma poliarticular según da a entender Henríquez le obligó a estar de continuo postrado en el lecho, de manera que apenas se podía mover. Cuando mejoraban los síntimas dicen que se ocupaba en las labores más humildes del monasterio, como si se tratase de un hermano lego, y, si sus fuerzas lo permitían, accedía en aceptar las invitaciones continuas que le hacían los sacerdotes de predicar en las principales funciones.

De su santidad ha llegado un relato sobre el milagro de la bilocación . En los años en que vivía recluido en su monasterio por razón de su enfermedad, un 30 de septiembre, fiesta de San Jerónimo, en que celebraba su onomástica, mostró grandes deseos de asistir con los monjes a los maitines, a las cinco de la mañana. Rogó a algunos monjes que le vistieran y le bajaran en un sillón para tomar parte en las alabanzas de su santo patrono. Los monjes se resistieron a complacerle, ante el estado grave en que se hallaba y prometieron que le bajarían en el momento que mejorase. Fray Jerónimo aceptó. Narran que entonces sucedió algo fuera de lo normal, pues tan pronto se iniciaron los maitines, todos vieron con asombro que fray Jerónimo apareció entre ellos, completamente sano, cantando. Al acabar el oficio, corrieron los monjes presurosos a su celda, para cerciorarse de lo que había pasado, y le encontraron tendido en el lecho. Al preguntarle cómo era que le habían visto cantando en el coro, sano de toda dolencia, dicen que se limitó a contestar con toda humildad que, no pudiendo asistir corporalmente al coro —a causa de la enfermedad—, por una gracia singular de Dios había asistido en espíritu.

La enfermedad fue minando su vida. A pesar de ella, en los breves períodos de mejoría, solía complacer a los sacerdotes que le roganban acudiera a predicarles sermones en distintas ocasiones. Un día viajó a Valderas para satisfacer unos compromisos con el pueblo, y mientras predicaba le sorprendió la muerte. Le inhumaron en un templo de la misma villa, con gran edificación del pueblo que le tuvo como verdadero santo. Era el 2 de abril de 1611. Al margen del Tumbo de Alcalá, se añade esta nota luminosa: “Año de 1751 se abrió su sepultura, y se halló su cuerpo incorrupto, en la parroquial de san Claudio de Valderas, y sin faltarle ni un pelo del cerquillo; separósele la cabeza que se llevó a Carracedo y se la depositó en la Capilla del Santo Cristo, debajo de piedra señalada”.

 

Obras de ~: Methodus curationis animorum, qutuor partibus distincta in qua totius Theologiae moralis doctrinae perstringuntur, tam quae Confesarium spectant, tam quae Peonitentem, Madrid, 1600 (reimpr. en Maguncia, Amberes y otros lugares); Summa ecclesiastica Brixia, 1606.

 

Fuentes y bibl.: Biblioteca Nacional (Madrid), códice 714; Tumbo de Alcalá, fol. 173, n.º 7.

C. Henríquez, Phenix reviviscens, Bruxelae, 1626, págs. 372-378; C. de Visch, Bibliotheca scriptorum Sacri Ordinis Cisterciensis, Douai, Joannes Busaeus, 1649, pág. 147; A. Manrique, Annales Cistercienses, t. IV, Lugduni, 1659 (Comp. Obs., fol. 678, n.º 6); N. Antonio, Bibliotheca Hispana Nova, t. I, Romae, ex officina N. Angeli Tinassii, 1672, fol. 588; R. Muñiz, Biblioteca Cisterciense española, Burgos, Joseph de Navas, 1793, págs. 197-195; S. Lenssen, Hagiologium Cisterciense, Tilburg, 1949, págs. 156- 157 (ms.); “Tumbo del Colegio de San Bernardo de Alcalá”, en Cistercium, III (1951), pág. 115; E. Martín, Los Bernardos Españoles, Palencia, Gráficas Aguado, 1953, págs. 42 y 55; P. Guerin, “Llamas, Jerónimo”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, t. II, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1972, pág. 1371; E. Manning, Dictionnaire des auteurs cisterciens, Rochefort, Abbaye Notre-Dame de St. Remy, 1975, pág. 456; A. Linage Conde, El Monacato en España e Hispanoamérica, Salamanca, Universidad Pontificia, 1977, pág. 328; D. Yáñez, “En el Milenario de Carracedo”, en Cistercium, XLIII (1991), págs. 24-27; F. González, Fundación y dotación del Monasterio de Carracedo, según fray Jerónimo de Llamas, Ponferrada, Institución Virgen de la Encina, Fundación Ana y Familia Torres Vilariño, 1993; P. Alonso Álvarez, Los Abades de Carracedo, Ponferrada, Ayuntamiento, 2003, págs. 121-124.

 

Damián Yáñez Neira, OCSO

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