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Alfonso VII

Biografía

Alfonso VII. El Emperador. Alfonso Raimúndez. Galicia, c. 1105 – Despeñaperros (Jaén), 21.VIII.1157. Rey de León y Castilla, emperador.

El rey Alfonso VII era hijo de la reina doña Urraca (1109-1126) y nieto del emperador Alfonso VI (1065-1109). Por línea paterna Alfonso VII era borgoñón, hijo de Raimundo de Amerous, personaje llegado a España no mucho después de la conquista de Toledo por los cristianos (1085) y de los comienzos de la invasión de al-Andalus por los almorávides. Raimundo estaba emparentado con la reina Constanza, segunda mujer de Alfonso VI, tía del duque Eudes de Borgoña, que era, a su vez, su primo y con quien llegó a la Península Ibérica en la expedición dirigida contra Tudela en 1087. Poco después de terminar su campaña contra aquella plaza fuerte, los expedicionarios franceses visitaron la Corte del Rey de León, antes de regresar a su tierra, siendo tan extraordinariamente bien acogidos, que Raimundo renunció a regresar a su país de origen, a la expectativa de su matrimonio con una infanta leonesa, que no fue otra que la futura reina doña Urraca. Las bodas se celebraron, en efecto, apenas tres años después, hacia 1090. El Rey de León dio entonces el gobierno de Galicia a don Raimundo y a su hija Urraca, que vieron así reforzada su posición en el contexto político de la Monarquía. Alfonso VII nació en Galicia hacia el año 1105; cuando todavía vivía su abuelo y su tío Sancho —el hijo de la mora Zaida— parecía ser el heredero indiscutible del Trono de León.

Alfonso no era el primer hijo de Raimundo de Borgoña y doña Urraca, quienes algunos años antes habían tenido descendencia en doña Sancha Raimúndez, la famosa infanta que habría de tener una particular influencia durante todo el reinado de su hermano. En 1106 Raimundo de Borgoña se puso enfermo en Zamora, ciudad que también poseía desde 1096 y, aunque pudo recuperarse, murió al año siguiente en Grajal, siendo sus restos mortales trasladados hasta Santiago para ser enterrados en su catedral. Se puede decir que el rey Alfonso VII prácticamente no llegó a conocer a su padre. Desde el primer momento, se nombró ayo del pequeño Alfonso Raimúndez al conde de Traba, cabeza de una de las familias más poderosas de Galicia, y que habría de ser, además, uno de sus más importantes valedores. Protegido por los Traba o bajo la influencia del cada vez más poderoso obispo de Compostela, Gelmírez, Alfonso permaneció en Galicia la mayor parte de su infancia. Durante todo ese tiempo, más de diez años, entre la muerte de su padre y su traslado a la Extremadura castellana, el pequeño infante gallego se vio directamente afectado por los problemas políticos que la sucesión del rey Alfonso VI, su abuelo, continuaría planteando.

En 1108 la muerte prematura del único heredero varón del conquistador de Toledo dejaba como sucesora legítima en el Trono castellano-leonés a doña Urraca, la viuda de Raimundo de Borgoña y madre de Alfonso Raimúndez, y, por lo tanto, también reubicaba a este último en la línea sucesoria. Sin embargo, el camino de Alfonso VII hasta el Trono de León hubo de pasar por las graves perturbaciones dinásticas que trajo consigo el conflictivo reinado de su madre. El matrimonio de la reina doña Urraca con el rey Alfonso I el Batallador de Aragón en 1109 fue el primer obstáculo en ese camino; pero el fracaso del propio matrimonio y la falta de descendencia del mismo acabó por removerlo. Bien es verdad que la guerra civil que el enlace propició, afectó directamente a la suerte del heredero. En septiembre de 1111, las fuerzas vivas de Galicia, capitaneadas por el arzobispo de Santiago, proclamaron a Alfonso Raimúndez Rey en Compostela, es decir, del antiguo señorío de su padre, contra las pretensiones de su padrastro, el rey de Aragón. Incluso sus partidarios decidieron llevar al hijo de doña Urraca hasta Lugo, y después continuar con el infante-rey hasta León, para entronizarlo también allí junto a su madre, y terminar definitivamente con la situación creada por el segundo matrimonio de la Reina. En Lugo tuvieron éxito, en León no; de hecho, la expedición en apoyo de los derechos del infante ni siquiera llegó a la ciudad regia, pues fueron sorprendidos por las tropas del rey de Aragón en Viadangos, sufriendo una durísima derrota.

Durante los años siguientes, aunque el aragonés se apartó de doña Urraca y del Trono de León, el futuro Alfonso VII continuó siendo tan sólo un espectador cualificado de los conflictos de su madre con las fuerzas sociales y políticas del reino. Tal es el caso de su intervención para sofocar el famoso motín de Compostela, donde la propia Reina y el arzobispo Gelmírez estuvieron a punto de perecer. Fue desde finales de 1116 cuando Alfonso Raimúndez, como heredero de doña Urraca, comenzó a jugar un papel cada vez más relevante en el contexto político de la monarquía leonesa. Aquel mismo año dejó Galicia y la tutela de los condes de Traba, para residir junto a su madre en León o acompañarle en su gobierno itinerante Sus frecuentes contactos con las fronteras islámicas, las Extremaduras, contribuyeron a reforzar este nuevo protagonismo. En 1118, el arzobispo Raimundo se encargó de trasladarlo a su sede de Toledo para que “reinara” allí en nombre de su madre, lo cual podría además neutralizar la influencia que el rey de Aragón trataba de mantener en Castilla, tras su fracaso matrimonial. Después de “reinar” en Toledo, Alfonso Raimúndez lo hizo en Sahagún, sede de uno de los más importantes monasterios leoneses. Las idas y venidas en manos del alto clero y de algunos de los miembros más importantes de la nobleza, para que reinara aquí o allá en consonancia o en competencia con su madre, que también andaba a merced de estas nuevas fuerzas políticas emergentes, demuestra sobre todo hasta qué punto el trono de León no estaba tanto al alcance de un heredero legítimo, como sujeto a la incertidumbre de los apoyos con que contara para ocuparlo.

Se podría afirmar que reinado de Alfonso VII en sus prolegómenos, es decir, durante los últimos años de vida de su madre, se fue desarrollando conforme las crisis que afectaban a la autoridad real, obligaban a reconocerle parcelas de poder como heredero. Durante el año 1123, sus documentos, que habían venido siendo elaborados por un antiguo notario o escribano de su madre, comienzan a recoger los nombres de su propio mayordomo y alférez. El día de Pentecostés, 25 de mayo del año siguiente, fue armado caballero en una solemne ceremonia.

Cuando murió doña Urraca, cerca de Saldaña, el 9 de marzo de 1126, su hijo se trasladó de Sahagún a León para ser allí reconocido y coronado. No tuvo que hacer frente a ningún otro pretendiente o competidor directo, aunque sí a la oposición más o menos frontal de quienes no estaban muy convencidos de sus posibilidades o intenciones.

Entre estos últimos hay que contar, por supuesto, con su antiguo padrastro el rey de Aragón, quien retenía bajo su control, y no necesariamente a la fuerza, buena parte de las tierras y concejos castellanos, al oeste de Burgos o más allá del Duero. Pero el peligro más inmediato lo representaban algunos miembros de la alta nobleza, cuyo creciente poder territorial y político contrastaba con el de la propia Monarquía. Este poder de los magnates frente a la Corona contaba además con un sistema de alianzas o dependencias: un entramado de fuerzas hilvanado siempre en provecho del mismo estamento nobiliario.

A su debilidad frente a la alta nobleza, se unía una falta importante de recursos económicos. En un principio más que de falta se podría hablar de carencia absoluta, hasta el punto de que el nuevo Monarca sólo pudo dar sus primeros pasos, los que le llevaron a León para ser proclamado, gracias a la confiscación de algunos bienes eclesiásticos con los que pagar a sus “mílites” que, por otra parte, no debían de ser demasiados. Desde luego, si Alfonso VII hubiera tenido que asaltar el Trono tan sólo por la fuerza, no parece que hubiera podido conseguirlo. La poca resistencia militar que en principio hubo, la que opuso la pequeña guarnición de las torres de León —eso sí, respaldada de lejos por algunos magnates, sobre todo castellanos— no pudo ser solventada hasta que el poderoso conde Suero Bermúdez, con todos sus fieles y familiares, decidió ponerse al servicio del nuevo Monarca. Por suerte para Alfonso VII las sucesivas adhesiones, sobre todo de nobles, tanto laicos como eclesiásticos y de distinto grado o fortuna, no condicionaron de forma absoluta, por lo menos en los primeros años de su reinado, su actuación política. Peores fueron las rebeliones de algunos de aquellos mismos nobles que en principio se le habían sometido, y que se sucedieron de forma casi ininterrumpida hasta 1135. La más grave, sin duda, y la más peligrosa por su posición estratégica con respecto a Aragón, fue la de los condes de Lara que duró más de dos años, entre 1129 y 1130, y sólo terminó con el apresamiento y destierro de sus protagonistas. No le fue a la zaga la que protagonizó Gonzalo Peláez, en Asturias, quien tuvo en jaque a los partidarios del Rey y al propio Monarca desde 1132 hasta 1134, cuando el rebelde se desnaturalizó y se marchó a tierras portuguesas.

En todo caso Alfonso VII, como cualquier otro monarca, podía representar y representaba de hecho la paz dentro de sus reinos, en los que con el transcurrir del tiempo no le faltaron nunca partidarios o colaboradores verdaderamente sinceros. Al margen de su posición interna, los mayores problemas políticos y territoriales, a los que hubo de enfrentarse Alfonso VII durante los primeros años de su reinado, se derivaron fundamentalmente de sus relaciones con su antiguo padrastro el Rey de Aragón. La ocupación que este último, Alfonso I el Batallador, mantenía en buena parte de Castilla, aun después de su ruptura matrimonial con doña Urraca, se presentaba como la mayor pérdida para el nuevo monarca leonés. La soberanía real, que tan debilitada estaba en casi todos los territorios de su monarquía, en las fronteras con Aragón había sido usurpada por un competidor perfectamente identificado y aparentemente más peligroso que los que campaban por sus fueros en Asturias, Galicia y Portugal. Así desde luego lo debió pensar Alfonso VII o sus primeros consejeros, cuando dedicó casi todas sus energías a la recuperación de Castilla, aun a costa de poner en riesgo, como luego se verá, la pérdida de otras regiones no menos vitales para la integridad de la monarquía. También es verdad que razones históricas lo aconsejaban y pasiones inmediatas lo requerían: los reyes de León habían luchado por Castilla con los de Navarra durante todo el siglo XI, y Alfonso VII había visto arrebatárselo ese territorio durante su infancia.

El monasterio de Sahagún y la sede arzobispal de Santiago, que contaban con privilegios de acuñación de moneda, financiaron las campañas que el rey leonés dirigió contra el de Aragón en Castilla durante el año 1127; lo que hizo posible la recuperación de Burgos y Carrión, además de la pacificación y sometimiento de muchos de los concejos de la Tierra de Campos. Este avance leonés en Castilla propició la firma del Tratado de Támara con Aragón, aquel mismo año de 1127: un acuerdo bastante ventajoso para el Rey de León, a quien se reconocía incluso el derecho al uso del viejo título imperial de sus antecesores en el Trono; es decir, una cierta supremacía. Bien es verdad que la realidad impuso un ritmo lento a la consolidación de la posición de Alfonso VII en tierras castellanas: hasta bien entrado 1131 sus tropas no pudieron tomar las posiciones más avanzadas de los aragoneses; y, aun entonces, hubo de esperar a la muerte de Alfonso I el Batallador en 1134 para que su dominio sobre Castilla fuese completo.

Por lo que se refiere a la proyección política peninsular de Alfonso VII, no cabe duda de que estuvo necesariamente ligada al reforzamiento de su propio gobierno en León. Uno de sus primeros fundamentos fue su matrimonio con doña Berenguela, hija de los poderosos condes de Barcelona. Este matrimonio supuso una firme alianza política entre León y las autoridades más importantes del noreste de la Península. Alianza que terminó en vasallaje de los herederos de Ramón Berenguer III con respecto al monarca leonés, introduciendo un factor importante de desestabilización a favor de este último con respecto a los futuros reyes de Aragón y Navarra. En realidad, este acercamiento a Barcelona fue tan sólo el inicio de una política peninsular de más largo alcance, a través de la cual Alfonso VII intentaría reanudar la “política imperial” de su abuelo Alfonso VI. La principal novedad al respecto consistió en el intento de proporcionar una articulación vasallática a la posible hegemonía del rey de León en la Península: la obtención del vasallaje de determinados personajes claves fue, en efecto, lo que proporcionó a Alfonso VII una cierta posición de preeminencia. Entre los primeros vasallos del rey de León es necesario contar al rey de los “antelucinos”, Zafadola, uno de los caudillos de la resistencia hispano-musulmana frente a los almorávides africanos. Mayor importancia tiene todavía el vasallaje de los reyes de Aragón y Navarra, reinos que se volvieron a separar tras la muerte de Alfonso I el Batallador. La inviabilidad del testamento de este último, que había dejado sus reinos a las órdenes militares europeas, llevó al Trono de Navarra a un bastardo de la antigua dinastía, García IV Ramírez, quien necesitó el apoyo del rey de León para asegurar su débil posición, hasta el punto de estar dispuesto a rendirle el consabido vasallaje.

La sucesión en el propio Aragón resultó mucho más complicada, allí la promoción de Ramiro II, hermano del monarca difunto y conocido como El Monje, por su condición, fue simplemente un puente en la búsqueda de un heredero; lo proporcionó en la persona de su hija Petronila, a través de un breve matrimonio y antes de volver a su retiro monástico. Una vez más, ante situación tan compleja, agravada por el peligro de ataques almorávides o revueltas nobiliarias, los beneficios para Alfonso VII fueron enormes: su intervención en Zaragoza, a finales de 1134, y las promesas matrimoniales de su vasallo Ramón Berenguer IV de Barcelona con la hija del Rey Monje —lo que convertía a uno de sus vasallos en el nuevo príncipe de Aragón—, completaron su teórica hegemonía en el Este de la Península.

En el Oeste, todavía es necesario reseñar el vasallaje confuso y conflictivo de los reyes de Portugal, a cuya independencia se hará referencia más adelante. Mientras que la sumisión vasallática de otros personajes mucho más distantes, pirenaicos o ultrapirenaicos, como Armengol de Urgel, el conde tolosano Alfonso Jordán, Guillermo de Montepelusano o el conde de Gascuña resultó mucho más simbólica que práctica.

Lo cierto es que ningún monarca cristiano, por lo menos desde los tiempos de Sancho el Mayor de Navarra, había tenido una proyección política peninsular tan amplia. El fruto más directo de la “hegemonía” peninsular de Alfonso VII fue su coronación imperial de 1135. La coronación se realizó el día 26 de mayo de aquel año, fiesta de Pentecostés, durante la reunión de un concilio en la iglesia de Santa María de León. Allí se proclamó primero que Alfonso habría de ser llamado emperador, a causa de la obediencia que le prestaban otras autoridades peninsulares y hasta ultrapirenaicas. Particular importancia tuvieron las disposiciones generales que se elaboraron entonces, encaminadas a favorecer la paz y el fortalecimiento de la comunidad hispánica. El Rey-emperador, reunido con sus magnates, ordenaba restaurar los bienes de las iglesias que se hubieran perdido sin justicia; ordenaba también poblar las tierras y villas que hubiesen sido destruidas con motivo de las guerras, y plantar nuevos árboles y viñas; mandaba a todos los jueces erradicar el vicio, actuando sobre todo contra aquellos que infringieran la justicia y los decretos de los príncipes de la tierra, amenazándoles con castigos tan terribles como la horca o la mutilación. Se recomendaba en fin, especialmente a los habitantes de los lugares más extremos de los reinos, la reanudación de la lucha contra los sarracenos y la restauración de la ley cristiana en sus tierras y ciudades. Todo un programa de actuación o de gobierno, que habría de desarrollarse en las décadas siguientes. Sin embargo, desde el punto de vista político, la coronación imperial de Alfonso VII no siempre tuvo los resultados esperados. En algunos aspectos, más o menos directamente relacionados con ella, como el proceso de independencia de Portugal, podría llegar a considerarse tal coronación como contraproducente.

La idea de que una simple declaración de supremacía a nivel peninsular podría retener a los portugueses en el seno de la monarquía leonesa o, simplemente, en la órbita del rey de León resultó ser falsa. Enfrentamientos, treguas y juramentos se sucedieron sin ningún provecho para León, ni siquiera cuando en 1143 Alfonso Enríquez de Portugal consiguió ser reconocido como Rey por el emperador leonés en Astorga. La ruptura total se consumó poco después, cuando el rey de Portugal decidió prestar vasallaje al pontificado en detrimento del rey de León, una instancia inferior que no podría reclamar ningún tipo de derecho.

Por lo que se refiere al desarrollo de la Reconquista, a partir de 1133, el rey de León inició la serie de campañas que permitieron a los cristianos devastar la campiña cordobesa y las márgenes del Guadalquivir, atacar ciudades tan importantes como Sevilla, Carmona o Jerez, y llegar incluso cerca de Cádiz. A la hora de ganar terreno el esfuerzo militar se dirigió fundamentalmente hacia la Transierra occidental, la actual Extremadura. Alfonso VII dedicó también bastante atención militar a la frontera de Toledo, comenzando por la conquista del castillo de Oreja, que se consumó en 1139, y tratando de afianzar el avance cristiano hasta el Guadiana. Tras la ya mencionada adquisición de Coria, la rebelión de los hispanomusulmanes y sus propias derrotas en África, acabaron por desintegrar el imperio almorávide, facilitando las empresas cristianas: en la primavera de 1146, una nueva expedición de Alfonso VII sobre Córdoba hizo posible que se consumara pocos meses después la conquista de Calatrava. Por fin, en 1147 llegaba la más espectacular de las empresas reconquistadoras de Alfonso VII: la conquista de Almería, ciudad mediterránea muy alejada de las fronteras de Castilla, sobre todo como para pensar en su incorporación definitiva a este reino; pero que demostraba la capacidad operativa y dirigente —la conquista fue fruto de una alianza internacional— de los ejércitos castellano-leoneses y de su emperador. Almería, además, habría de convertirse en el símbolo de la lucha contra una nueva invasión africana: la de los almohades.

La invasión almohade a mediados de la década de los cuarenta fue, sin duda, un factor importante para ese cambio de coyuntura. Con la nueva ocupación africana de parte de al-Andalus terminan los grandes proyectos de expansión cristiana en el siglo XII. Por eso mismo, la inutilidad de mantener grandes alianzas, como a duras penas había hecho Alfonso VII a través del vasallaje, dejo pasó a planteamientos mucho más limitados.

Poco a poco el Rey de León, aunque mantuvo y amplió su título imperial, no dejando de anotar el nombre de sus grandes vasallos en sus documentos, renunció a gran parte de su protagonismo. Sus relaciones con Navarra y Aragón se fueron haciendo más políticas y en términos de igualdad, frente a un enemigo común que llegaba una vez más desde el norte de África. En el otoño de 1148, el gobernador de Córdoba Ibn Gªniya, que había llegado a ser aliado del Rey de León, como en su momento lo fuera Zafadola, rompía su vasallaje y permitía, voluntaria o involuntariamente, que tanto su ciudad como Jaén cayeran en manos de los nuevos invasores. Para contrarrestar estos progresos almohades Alfonso VII tomó varias medidas: en primer lugar, buscó y encontró un nuevo aliado en el hispanomusulmán Ibn MardanÌë, conocido como el rey Lobo o Lope de Murcia; en segundo lugar, y a través del tratado de Tudején, firmado con Aragón en 1151, procuró que quedaran trazadas las líneas fundamentales de expansión de Castilla; y, en tercer lugar, centró todos sus esfuerzos personales en la defensa de Almería. A pesar de todo esto, los almohades continuaron un avance imparable que les llevó a Málaga en 1153 y poco después a Granada. Entonces y en un último esfuerzo, el Rey de León intentó todavía contrarrestar los éxitos africanos con las conquistas de Pedroches, Santa Eufemia y, sobre todo, Andújar, en 1155; aunque no pudo evitar, al cabo, la agonía de la propia Almería que habría de perder poco antes de su muerte.

Junto a la nueva invasión africana, la otra gran preocupación de Alfonso VII al final de su reinado fue la de su sucesión en los reinos de León y Castilla; sobre todo a partir de la muerte de la reina doña Berenguela, cuyo cuerpo se entregaba en León al arzobispo compostelano en marzo de 1149, a fin de que le diera sepultura en su catedral. Aunque el Rey se casó por segunda vez con la polaca doña Rica, en 1152, fue la compañía y presencia de sus hijos, Sancho y Fernando, o el matrimonio de sus hijas con los reyes de Navarra y Francia, lo que pudo importarle más. La designación del primogénito Sancho como valedor de los intereses de Castilla, estuvo pronto acompañada de la del segundo hijo Fernando como futuro rey de León; lo que suponía de hecho la separación de ambos reinos en el momento de la sucesión. Esta división de la herencia, que estaba prevista con bastante anterioridad, se aprobó definitivamente en el concilio celebrado en Valladolid el año 1155; eso sí, con el respaldo de los principales representantes de la nobleza de uno y otro reino.

Tras estos acuerdos, la Navidad de 1156 la pasó Alfonso VII en León rodeado de todos sus hijos, incluidas la reina de Francia Constanza y la reina Sancha de Navarra. Alfonso recibía sus famosos títulos de emperador glorioso, pío, feliz y siempre invicto, rey de León, de Galicia, de Castilla, de Nájera, de Zaragoza, de Toledo, de Baeza y Almería; los reyes de Barcelona, Murcia y Navarra eran sus vasallos, junto a otros personajes no menos importantes que los documentos no tienen espacio para nombrar. Se trató en realidad de una despedida, Alfonso VII murió en Fresneda, en el puerto de Muradal (lugar antiguo en el paso de Despeñaperros de Sierra Morena, Jaén), el 21 de agosto de 1157, cuando se ocupaba precisamente de la evacuación cristiana de Almería, cuya alcazaba estaba sitiada por los almohades desde el mes de junio anterior. Con él desaparecía también la antigua idea imperial leonesa: los títulos honoríficos y hegemónicos quedaron, eso sí, unidos a su recuerdo.

 

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Manuel Recuero Astray