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Alfonso I de Aragón

Biografía

Alfonso I de Aragón. El Batallador. ?, c. 1073 – Poleñino (Huesca), 7.IX.1134. Rey de Aragón y Navarra.

Alfonso I fue hijo de Sancho Ramírez, el segundo monarca de la dinastía aragonesa creada tras la división del reino por Sancho Garcés III el Mayor en 1035, y de Felicia de Roucy. Nació, con toda probabilidad, hacia 1073 como segundo de un grupo de hermanos formado por Fernando (c. 1071-c. 1086) y Ramiro (que fue su sucesor). Al mismo tiempo, era hermanastro de Pedro I, nacido de un primer matrimonio de Sancho Ramírez con Isabel de Urgell. Se sabe que fue educado en el monasterio de San Pedro de Siresa (Huesca) y él mismo señala haber aprendido la gramática —es decir, latín, además de unos rudimentos de cultura clásica— con el abad Galindo de Arbués en el cercano cenobio de San Salvador de Pueyo. Es posible que colaborase en su formación el futuro obispo de Huesca, Esteban, que gozó siempre de la confianza real. Se puede añadir, además, que su tutor (o aitán) en asuntos militares y políticos fue el noble Lope Garcés.

Durante el reinado de Pedro I, Alfonso fue reconocido como heredero no oficial, en la medida en que el único hijo del rey nunca disfrutó de buena salud y murió en la infancia. De este modo, a partir de 1097 confirma regularmente los documentos reales en una posición distinguida, lo que significa que actúa como copartícipe de las decisiones de su hermano en todos los aspectos importantes de la dinámica política del reino. Por tanto, su acceso al poder, superando la treintena de años y con un amplio bagaje de relaciones con la nobleza navarro-aragonesa, se realizó de manera natural. Las primeras iniciativas de Alfonso, por lo demás, se acomodaron perfectamente a las pautas desarrolladas por sus antecesores.

Así, la primera campaña se orientó hacia la conquista de las Bajas Cinco Villas y, en particular, de Ejea, que cayó en manos aragonesas hacia 1105-1106, mientras afianzaba el pacto tradicional con Urgell, para la ocupación en la misma fecha de Balaguer, seguida poco tiempo después por la de Tamarite (1107).

Del mismo modo, las políticas ultrapirenaicas de Sancho Ramírez y Pedro I encontraron continuación en esta fase inicial del gobierno de Alfonso, que extendió su influencia en los condados de Toulouse y Béziers, cuyos dirigentes se declararon vasallos del rey aragonés hacia 1108. Por imprecisos que fuesen estos lazos, debe tenerse en cuenta que Alfonso había heredado una hegemonía parecida sobre algunos territorios al norte de los Pirineos navarros, así como en Gascuña —vizcondado de Béarn y condado de Bigorre—, que se añadían al control efectivo sobre el valle de Arán y un protectorado sobre otros núcleos de poder de la región meridional francesa. Se trata de vínculos vasalláticos de una validez relativa a la hora de establecer dominaciones firmes, pero que mostraron su eficacia cuando tuvieron lugar las grandes expediciones en el Valle del Ebro, pocos años después.

Alfonso llegó al trono soltero y permaneció así en los primeros años de su reinado, de manera que se convirtió en un candidato perfecto para resolver la compleja situación creada en Castilla-León por la sucesión de Alfonso VI, a quien debía heredar su hija Urraca, viuda, que contaba con un hijo del conde Raimundo de Borgoña, el futuro Alfonso VII. Sin una completa unanimidad entre los nobles leoneses, pero con el apoyo de los más implicados en la lucha contra el Islam en el Valle del Tajo, Alfonso aceptó el matrimonio que se le proponía, que se llevó a cabo en el otoño de 1109. Poco tiempo después, grupos nobiliarios relacionados con el conde de Traba, tutor del joven Alfonso Raimúndez, al igual que los ligados al conde Enrique de Portugal y su mujer, Teresa, hija de Alfonso VI, se movilizaron contra los reyes, lo que ocasionó enfrentamientos en Galicia y otras regiones entre los partidarios de Alfonso y Urraca y sus enemigos.

La llegada a Zaragoza de los almorávides (mayo de 1110) obligó al monarca a hacer un paréntesis en su actividad en Castilla-León para atacar la capital del Ebro y consolidar una alianza con ‘Abd al-Malik ‘Imād al-Dawla, el depuesto dirigente hudí, que se refugió en la fortaleza de Rueda de Jalón.

El retorno de Alfonso a tierras leonesas coincide con movimientos sociales en algunos de los burgos creados en los decenios anteriores a lo largo del Camino de Santiago, conflictos sociales entre una burguesía —que parece haber encontrado la protección del rey aragonés— y dirigentes tradicionales, como los abades de Sahagún, que se resistían a la pérdida de autoridad debida a la exigencias de los francos y burgueses de estas poblaciones. La actitud de Alfonso provocó graves desavenencias con Urraca, que hicieron que se inclinase cada vez más hacia la facción nobiliaria proclive a defender los derechos de Alfonso Raimúndez.

El 26 de octubre de 1111, el monarca aragonés derrotó a los partidarios de Urraca en Candespina, pero este éxito no impidió que la reina se aliase con el arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, que le proporcionó ayuda militar en el transcurso del año siguiente.

La guerra civil se transformó entonces en un conflicto endémico, con guarniciones aragonesas que se comportaban como tropas de ocupación, nobles rebeldes y simples saqueadores que infestaban los caminos.

Los agravios inferidos por Alfonso a la nobleza y el clero de Castilla y León hicieron finalmente insostenible la posición del rey, lo que condujo a la intervención de legados pontificios que exploraron la posibilidad de una disolución del matrimonio en el transcurso del año 1113, si bien el proceso se completó algo después, en la segunda mitad de 1114. El final de la aventura castellana (no cerrada del todo hasta el siguiente decenio, puesto que Alfonso conservó varias plazas castellanas y siguió titulándose “emperador”, aunque cada vez con menos entusiasmo) abre un nuevo ciclo en la biografía de El Batallador, caracterizado por la expansión en las tierras del Ebro. A principios de 1118, se reunió en Toulouse un concilio que aprobó los beneficios espirituales propios de una cruzada para una magna expedición de Zaragoza, gracias a lo cual numerosos nobles del sur de Francia se reagruparon bajo el mando de Alfonso para iniciar, el 22 de mayo, el asedio definitivo de la ciudad. Después de algunas escaramuzas y, sobre todo, de un penoso sitio que se prolongó hasta diciembre, el rey pudo entrar en la Aljafería el día 18 y en la ciudad en la jornada siguiente. Referencias indirectas —las capitulaciones de Tortosa y Tudela—, así como las indicaciones del cronista árabe Ibn al-Kardabus, sugieren que Alfonso I acordó con los notables de la capital que quienes lo deseasen podrían emigrar, y quienes prefirieran permanecer bajo la protección real debían abandonar el recinto urbano y concentrarse en un barrio extramuros, pero conservaban bienes y propiedades, al igual que religión y costumbres. Como había sucedido en circunstancias parecidas —la conquista de Monzón, Huesca y Barbastro—, los cuadros dirigentes de la sociedad musulmana optaron masivamente por abandonar el escenario de la derrota, seguidos probablemente por una parte muy importante de la población. No obstante, tanto en Zaragoza como en áreas rurales de los valles de los ríos Jalón, Jiloca, Huerva y Aguasvivas hubo grupos compactos de mudéjares que aceptaron estas condiciones generales y se integraron en la sociedad feudal como una minoría segregada social y culturalmente, con una trayectoria que se mide en siglos, hasta la Modernidad.

Alfonso I prosiguió la gran campaña en los meses posteriores, de manera que tomó Tudela el 25 de febrero de 1119 y, a continuación, Tarazona y las tierras del somontano del Moncayo, excepto Borja, cuyo pacto de capitulación data de 1122, y, por fin, Calatayud y la comarca de la cuenca del Jiloca, ya en 1120. Durante los meses siguientes, el rey inició la población de las áreas fronterizas de Soria (con una concesión de fueros en marzo de 1120), que controlaba juntamente con la Extremadura de Segovia, Sepúlveda y el alto Duero. En la primavera de ese año, un ejército almorávide avanzó hacia Zaragoza para recuperar la región, pero fue destrozado en la batalla de Cutanda, cerca de Cariñena, el 17 de junio, con la participación en las filas aragonesas de Guillermo IX, duque de Aquitania, y el antiguo soberano hūdí de la taifa, ‘Imād al-Dawla. La victoria cristiana ratificó la definitiva pertenencia del valle del Ebro al reino de Aragón y segó de raíz cualquier expectativa musulmana de que la situación pudiera invertirse; es, por tanto, difícil exagerar su importancia.

Alfonso el Batallador dedicó la primera mitad de la década de 1120 a consolidar este enorme avance territorial, actuando tanto en el terreno diplomático —negociaciones con el conde de Barcelona y con los de Bigorre y Béarn—, como en la repoblación del entorno de Zaragoza, dirigiendo la instalación de inmigrantes montañeses y francos en las ciudades y áreas contiguas a la capital. Es importante subrayar que en este período se unieron a los nobles francos citados (Céntulo de Bigorre y Gastón de Béarn), un amplio conjunto de magnates francos procedentes de Normandía, Perche, Champaña y Borgoña, organizados vasalláticamente alrededor de Rotrou de Perche, Hugues de Châlons y otros dirigentes. Entre estos nobles figuran personajes como Raymond, vizconde de Turenne, cuñado de Rotrou, su nieto Geoffroi Bertrand, Gautier de Guidville, Robert Bordet y el conde Bertrand de Laon, por citar algunos muy destacados.

Comenzó entonces una intervención militar en al- Andalus de características muy peculiares que llevó a las tropas alfonsinas a recorrer el Levante peninsular y Andalucía (septiembre de 1125-junio de 1126). La expedición llegó en octubre a Valencia, a Denia a finales del mes, para proseguir hacia Murcia, Baza, Guadix y avistar Granada el 7 de enero de 1126. Al parecer, el monarca tenía contactos con los mozárabes locales que le habían prometido ayuda, y parte de los cuales, implicados en una presunta revuelta, se refugiaron en el ejército aragonés. El itinerario de Alfonso le llevó entonces hacia Córdoba, Cabra, Lucena, Aguilar, para retornar hacia las Alpujarras, Motril, Salobreña y Velez-Málaga, e iniciar el trayecto final hacia Aragón devastando los alrededores de Granada, hacia Guadix, Murcia, Játiva y, finalmente, volver al valle del Ebro. Este sucinto resumen de la campaña apenas hace justicia a las dimensiones y la complejidad organizativa de la expedición y, sobre todo, al impacto que tuvo en el universo almorávide, cuyos gobernadores y emires fueron incapaces de frenar las evoluciones de Alfonso. Es probable que, más allá de hipotéticos planes para crear un principado cristiano en Granada, Alfonso pretendiera destruir los recursos materiales necesarios para que las grandes huestes periódicamente reclutadas por los almorávides pudieran acceder a los territorios recién conquistados.

Mientras tanto, el 8 de marzo de 1126 murió Urraca y le sucedió en el trono Alfonso VII, cuya primera preocupación era obviamente acabar con la ocupación aragonesa de Burgos, Castrogeriz, Carrión, Belorado y otras fortificaciones y lugares castellanos.

El 30 de abril de 1127, el monarca castellano- leonés se apoderó de Burgos, lo que provocó la respuesta del Batallador, que en julio avanzó hasta el valle de Támara, donde se llegó a un acuerdo tras amplias negociaciones por el cual el rey de Aragón aceptaba restituir estas posiciones fundamentales a su homónimo. Sin embargo, Alfonso retuvo en su poder las tierras que habían formado parte de Navarra hasta 1054, es decir, parte de la Castilla Vieja y Álava, además de la Extremadura soriana, pero aceptó entregar Atienza, Sigüenza y Medinaceli. Dado que estos territorios confrontaban con la zona de Soria, se hacía imperativo afirmar su autoridad sobre estos espacios fronterizos, para lo cual inició una serie de fundaciones de burgos fortificados en la zona turolense, con la finalidad de asentar población y, sobre todo, defender las vías de comunicación (Cella, Monreal, 1128), al tiempo que ocupaba Molina de Aragón, después de un largo asedio (diciembre de 1128). Una nueva expedición contra Valencia, en mayo del año siguiente, se saldó con una amplia victoria de Alfonso en Cullera frente al gobernador almorávide de Sevilla, Yaűyā b. al-Hayy, contrapesada por un fracaso padecido por Gastón de Béarn y el obispo Esteban de Huesca, muertos frente a los musulmanes en mayo de 1130.

Poco tiempo después, Alfonso inició el movimiento más enigmático de la etapa final de su reinado, con el sitio durante todo un año (octubre de 1130-octubre de 1131) de Bayona, en el que participó, además, buena parte de la nobleza vetero-castellana afecta al rey, la navarra y aragonesa. El objetivo pudo ser dificultar las relaciones entre Alfonso VII de Castilla- León y Alfonso Jordán de Toulouse, que estaba afianzando notablemente su poder en la región meridional y languedociana del Midi francés, pero esta explicación es únicamente una hipótesis. Lo cierto es que en los últimos días del cerco, Alfonso dictó un testamento y arrancó el juramento de respetarlo a un buen número de nobles. Un testamento que se ha hecho muy famoso, puesto que preveía que el reino fuera repartido entre las órdenes militares del Temple, San Juan de Jerusalén y el Santo Sepulcro.

Sin perjuicio de volver más adelante sobre este documento decisivo, hay que hacer notar que, a lo largo de 1132, Alfonso organizaba ya la que sería su última ofensiva, encaminada contra Fraga y Mequinenza, prólogo sin duda de la tentativa de apoderarse de todo el curso inferior del Ebro y Tortosa, algo que hubiera sellado las esperanzas de supervivencia de las ciudades y poblaciones al norte del río. Desde junio de 1133, Alfonso acampaba en las inmediaciones de Fraga, que resistió encarnizadamente durante todo el año siguiente, gracias al apoyo de Ibn Ganiya, gobernador de Valencia y Murcia. El 17 de julio de 1134 se trabó una batalla con un resultado nefasto para los navarro-aragoneses: un documento riojano se refiere a ella como “la grande y terrible matanza de cristianos en Fraga, en la que casi todos perecieron por la espada, salvo unos pocos, que, sin armas, se dieron a la fuga con el rey, el martes, día de las santas Justa y Rufina”. Los nobles francos parecen haber sido particularmente castigados por la catástrofe, en la que murieron Céntulo de Béarn, Bertrand de Laon, además de muchos nobles aragoneses y los obispos de Huesca y Roda.

A pesar de la actividad que demuestra en el mes de agosto en la frontera amenazada, Alfonso se encontraba a un paso de la muerte. Enfermó a principios de septiembre en Poleñino (Huesca), donde murió el 7 de septiembre, no sin antes haber hecho aprobar una vez más su testamento de 1131 por los nobles que le rodeaban. Le sucedió su hermano Ramiro, obispo electo de Barbastro, en un ambiente de crisis general del reino.

Esta crisis estaba propiciada por la ausencia de un heredero claro —Ramiro era sacerdote y había sido nominado en anteriores ocasiones como obispo—, ante unas disposiciones testamentarias tan extraordinarias como las resumidas en el párrafo anterior. Era materialmente imposible que las órdenes, en vías de organización en Tierra Santa y con una estructura jerárquica electiva, pudieran hacerse cargo de los dominios de la dinastía. Las especulaciones a propósito del testamento han sido múltiples y variadas, pero es probable que la explicación más sencilla sea la correcta: el rey se hallaba bastante alejado de los círculos nobiliarios autóctonos, con la excepción de algunos personajes muy próximos, como Fortún Garcés Cajal, Lope Garcés Peregrino, Galindo Sánchez de Belchite, etc., y muy unido a los nobles francos, ajenos a las experiencias y estrategias de los linajes locales. Es probable que pensara que los juramentos serían suficientes para hacer que se cumpliera su última voluntad y no fuera consciente del peso de su prestigio personal, que acallaba cualquier crítica. La decisión favorable a las órdenes, por otra parte, venía preludiada por la fundación de cofradías militares como la de Belchite y Monreal, que indican la influencia que este tipo de instituciones tenía en el ánimo de Alfonso. La división del reino, ocurrida a lo largo del último trimestre de 1134, que desgajó Navarra y Aragón más o menos según los límites antiguos, no cerró una situación que centró las relaciones diplomáticas de los estados cristianos hasta finales del siglo xii, pero tampoco supuso un retroceso frente a los musulmanes en la frontera del Ebro meridional.

Éste es, ciertamente, el logro que merece mayor crédito del reinado de Alfonso I. A pesar de que el momento álgido del poder almorávide había pasado en los inicios de su mandato, las dificultades para continuar la política expansiva de los decenios anteriores no eran pequeñas y las solventó con una mezcla de eficacia y agresividad excepcionales. El Aragón que legaba a su sucesor —y, en menor medida, la Navarra que obtuvo García Ramírez— había doblado la extensión que recibió en su momento y se había dotado de una red de ciudades sólida, una vía de comunicación —el Ebro— esencial y una capital, Zaragoza, que constituía uno de los centros básicos de la estructura territorial de la Península Ibérica.

 

Bibl.: J. M.ª Lacarra, Alfonso el Batallador, Zaragoza, Guara Editorial, 1978; Colonización, parias, repoblación y otros estudios, Zaragoza, Anubar, 1981; A. Ubieto Arteta, Historia de Aragón. I. La formación territorial, Zaragoza, Anubar, 1981; J. M.ª Lacarra, Documentos para la reconquista y repoblación del Valle del Ebro, Zaragoza, Anubar, 1982-1983; J. A. Sesma Muñoz, “Instituciones feudales en Navarra y Aragón”, en En torno al feudalismo hispánico (I Congreso de Estudios Medievales), Ávila, Fundación Sánchez Albornoz, 1989, págs. 343- 371; J. A. Lema Pueyo, Colección Diplomática de Alfonso I de Aragón y Pamplona (1104-1134), San Sebastián, Ed. Eusko Ikaskuntza, 1990; C. Stalls, Possesing the Land. Aragon’s Expansion into Islam’s Ebro Frontier under Alfonso the Battler, 1104-1134, Leiden, New York y Köln, E. J. Brill, 1995; C. Laliena Corbera, La formación del Estado feudal. Aragón y Navarra en la época de Pedro I, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1996; “Expansión territorial, ruptura social y desarrollo de la sociedad feudal en el Valle del Ebro, 1080- 1120”, en C. Laliena Corbera y J. F. Utrilla Utrilla (eds.), De Toledo a Huesca. Sociedades medievales en transición a finales del siglo xi (1080-1100), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1998, págs. 199-227; A. J. Martín Duque, “Navarra y Aragón”, M. Á. Ladero Quesada (coord.), La reconquista y el proceso de diferenciación política (1035-1217), en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, vol. IX, Madrid, Espasa Calpe, 1998, págs. 239-326; C. Laliena Corbera, “Larga stipendia et optima praedia: les nobles francos en Aragon au service d’Alphonse le Batailleur”, en Annalus du Midi. Revue de la France méridionale (Toulouse, ed. Privat), t. 112, n.º 230 (abril-junio de 2000), págs. 149-169; Ph. Sénac, La frontière et les hommes. Le peuplement musulman au nord de l’Ebre et les débuts de la reconquête aragonaise, Paris, Maisonneuve et Larose, 2000.

 

Carlos Laliena Corbera