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María de Montpellier

Biografía

María de Montpellier. La Reina Santa. Señora de Montpellier. Montpellier (Francia), ¿1181? – Roma (Italia), 21.IV.1213. Reina de Aragón y esposa de Pedro II el Católico.

María era hija del VIII señor de Montpellier, Guillén, y de Eudoxia Comneno, hija del emperador bizantino, Manuel. Su vida estuvo, de cierta manera, condicionada por el curioso matrimonio de sus padres, ya que Eudoxia había sido prometida al rey Alfonso II de Aragón (1163-1196), lo que le obligó a viajar desde Constantinopla hasta tierras occitanas para consumar aquel enlace. En Montpellier fue recibida por el titular del señorío, Guillén o Guillermo, y allí finalizó su periplo al enterarse del cambio de opinión de su prometido, que se decidió a casarse con Sancha de Castilla, hija del emperador Alfonso VII de Castilla. Al señor de Montpellier no le pareció mal aprovechar la ocasión que se le presentaba y decidió casarse con la hija del basileus. María fue hija única de ese matrimonio, abocado al fracaso, ya que su padre pronto perdió interés por Eudoxia —que terminaría sus días en un convento— y se unió a otra mujer, Inés, llamada de España o de Castilla. Los hijos nacidos de esa unión no tardarían en disputar el señorío a su auténtica titular, esto es, a María.

Curiosamente el que pudo ser marido de su madre, Alfonso II el Casto, fallecía en Perpiñán en 1196. El Monarca era padre de seis hijos, y su primogénito, Pedro, conocido más adelante como el Católico, acabaría convirtiéndose en el marido de María de Montpellier.

Pero antes de ese matrimonio, María ya había conocido la desgracia. Huérfana de madre desde niña, la pequeña creció en una Corte abandonada a merced de una madrastra tan cruel como si de un relato de ficción infantil se tratara. Constante recordatorio de la injusticia, Inés deseaba ardientemente neutralizar a la verdadera heredera de Montpellier —en donde no existía la Ley Sálica— y para ello presionó a su esposo para que matrimoniara a María alejándola de lo que era suyo. De esa forma, María, con doce años celebró una primera unión con Barral, vizconde de Marsella, en 1194, aportando una dote de 100 marcos de plata a cambio de la renuncia expresa de sus derechos al señorío. Pero Barral no tardó en morir y el pleito de sucesión continuó. Una segunda unión con Bernardo IV, conde de Comminges, provocó una nueva renuncia forzada de Montpellier. Cuando su padre, Guillermo VIII, falleció, le sucedió el hijo de Inés, desplazando a María, aun cuando Inocencio III no quiso legitimarle ni a él ni a sus hermanos, que quedaron bajo la protección del rey de Aragón. No tardó Bernardo de Comminges en repudiar a María por razones de parentesco y de un matrimonio anterior no anulado, pero el conde también falleció pronto. En 1201, con sólo veinte años, María era viuda dos veces y madre de dos pequeñas —Matilde y Petronila—, nacidas de su segunda unión.

El tercer matrimonio con el veleidoso Pedro, ya rey de Aragón, se presentaba para este último reino como una posibilidad de conservar el condado de Rosellón y los territorios occitanos, y para María, en una oportunidad de ser feliz. La madre del Rey, Sancha de Castilla, era una mujer piadosa que conocía la triste historia de María y de su madre, anterior prometida de su marido Alfonso y desgraciada en su matrimonio con Guillermo. De alguna forma quiso que aquellos escrúpulos de conciencia se enmendaran casando a su hijo con la joven heredera de Montpellier. Su suegra, pues, fue su mayor valedora, pero como si de un destino inevitable se tratara, el matrimonio de María y Pedro fue tan desgraciado como el de sus padres. A ello contribuyó un contexto internacional —extensión de la herejía albigense, codicia del rey de Francia por las tierras provenzales, intereses catalanoaragoneses en tierras occitanas...— tan convulso como la vida de María, vida que se puede seguir a lo largo de los tres testamentos que suscribió en 1209, 1211 y 1213.

El 15 de junio de 1204 en las casas de la Orden del Temple en Montpellier y en presencia de grandes señores, como Ramón VI de Tolosa, se celebró el matrimonio de la señora de Montpellier y el Rey de Aragón. La unión contó con la aprobación de los ciudadanos de la ciudad y el monarca aragonés aceptó un préstamo del conde de Provenza para casarse con su novia. Una mezcla de intereses que no parecían dejar lugar para los sentimientos, por lo menos en el caso del rey Pedro. Sólo unos días antes, María había recuperado el señorío de Montpellier —su dote— de manos de su hermanastro derrocado por una sublevación popular. Durante sus primeros meses de unión, el matrimonio llevó a cabo actos de gobierno conjuntos, si bien el rey Pedro se comprometía a obtener la aprobación de su esposa. Pero no tardó en prescindir de ella concitando, además, la reprobación de las fuerzas políticas de la ciudad, como se demuestra en 1206 cuando las gentes de Montpellier se amotinaron contra Pedro II que hubo de refugiarse en el castillo de Lattes, de donde salió con vida gracias a la intervención del obispo. Y es que su política abiertamente autoritaria le había llevado a arrancar, por la fuerza, la renuncia de la Reina a todos sus derechos sobre el señorío de Montpellier, en contra de los acuerdos contemplados en las cláusulas del contrato matrimonial.

Todavía se produjo más rechazo cuando a sus espaldas diseñó el futuro matrimonio de la primogénita, Sancha, con el conde de Tolosa. María protestó y se resistió ante el despotismo de su marido lo que llevó a Pedro a rechazarla de forma cruel pero no inexplicable, como algunos autores afirman, ya que el motivo del rechazo no era otro que el haber logrado sus objetivos: una vez conseguido el dominio sobre Montpellier nada le impedía distanciarse de su mujer y, aún más, gestionar la nulidad de su matrimonio. El pretexto de Pedro para separarse de su esposa remitía a los matrimonios previos de María y particularmente el realizado con el conde de Comminges. Al tiempo, preparaba su boda con la heredera del trono de Jerusalén, María de Montferrato, y gozaba de los placeres de varias amantes.

Abandonada por su esposo, María revivía el fantasma de un tercer matrimonio fallido y sin un heredero varón que sucediera en el reino de Aragón. Y es que imposible se presentaba la idea de tener un heredero si no había vida marital. Entonces, según los cronistas, se acudió a una estratagema. Pedro se había encaprichado de una noble dama que le obsesionaba.

Los cónsules de Montpellier, conociendo la desgracia de su señora, le tendieron una trampa: una cita amorosa con su amada que sólo debía cumplir la condición de producirse en la más absoluta oscuridad.

El Rey accedió gustoso, pero la supuesta amante no era otra que su legítima esposa. Fuera de la estancia se hallaba un séquito importante rezando para que la unión tuviera consecuencias, como así fue, ya que de aquel episodio nacería, nueve meses más tarde, en el palacio de los Tornamiras de Montpellier, el futuro heredero de la Corona de Aragón. La elección del nombre fue consecuencia de una visita que María realizó a la capilla de Nuestra Señora de Las Tablas, en donde se conservaban las tallas de los doce apóstoles.

La Reina encendió doce candelas prometiendo que su hijo llevaría el nombre del apóstol cuya candela tardara más en consumirse, siendo aquélla la del apóstol Jaime, nombre que se le puso al recién nacido. Pero aquel precioso niño no pudo cambiar la idea de su padre de divorciarse y de exhibir un comportamiento realmente extraño con respecto a él, llegándole a privar del señorío de Montpellier —quizás consideraba a su hijo ilegítimo en consecuencia con su petición de nulidad— en beneficio de su cuñado, el bastardo Guillermo IX.

En un panorama desalentador se sucedieron los testamentos de la Reina. En el primero, suscrito el 28 de agosto de 1209, titulándose reina de Aragón y señora de Montpellier y sin hacer referencia a su esposo, se refleja el distanciamiento de los esposos más aún si cabe tras el nacimiento del pequeño Jaime de sólo unos meses. Es más, los derechos del niño se tornaron tan amenazantes que llegaría a sufrir un atentado. Por este primer testamento, Jaime se convertía en heredero universal en el orden sucesorio, quedando excluido su hermanastro y las hijas del segundo matrimonio de María. En el siguiente testamento —1211— también se refleja una situación tensa, caracterizada por los intereses del rey Pedro que, aun no reconociendo a su hijo Jaime, no dudaba en utilizarle en sus juegos diplomáticos. Así, el marido de María gestionaría dos enlaces fallidos: uno, con la heredera del condado de Urgel, Aurembiaix, y un segundo con Amicia, la hija de Simón de Monfort, señor de Carcasona, cuyas cláusulas matrimoniales eran del todo lesivas para los intereses de la Reina y Montpellier. En este testamento —redactado en el Rosellón— María ya no se llamaba reina de Aragón, sólo señora de Montpellier, así como hija de Guillermo y de su esposa, la Emperatriz. Aquí sí que, empeñada en alejar su señorío de los bastardos hermanastros y el rey de Aragón, constituyó a sus hijas en herederas después de Jaime —bajo la custodia del Temple— y demostró su generosidad en legados para servidores, hospitales y monasterios, si bien sus rentas habían disminuido de forma alarmante. El último de los testamentos, suscrito en 1213, se realizó en plena vorágine caracterizada por la defensa de su matrimonio y de su señorío. El rey Pedro había solicitado al Papa la nulidad de su matrimonio por el anterior matrimonio, con descendencia, de María con el conde de Cominges. No tardó María en trasladarse a Roma para defender sus intereses, particularmente a Jaime como su legítimo heredero, no sólo de la ciudad de Montpellier, sino de Aragón. El Papa, en febrero de 1213, dictaminó que el único matrimonio nulo de María era el segundo al haberse producido con engaño y con violencia, dado que se había realizado sin su consentimiento, obligada por su padre.

Sin embargo, su matrimonio con Pedro era perfectamente legítimo, instando el Pontífice al Rey que evitara el repudio, pero fue en vano: Pedro II se negó en rotundo y no volvió con la Reina. Asimismo, Inocencio III, enteramente favorable a las pretensiones de María, la confirmó en sus derechos al señorío de Montpellier dictaminando, una vez más, la nulidad de la segunda unión de su padre con Inés de Castilla, obligando, asimismo, a compensar a la Reina por los daños sufridos. María había vencido y podía titularse reina de Aragón, pero hubo de pagar un precio: su hijo Jaime quedaba en manos del que poco después sería el gran enemigo de Pedro II en el campo de batalla, Simón de Monfort, conde de Carcasona y Béziers. Jaime había sido cedido por su propio padre, que quizás confiara la educación de su heredero para que Montfort —que no tenía hijos varones— lo prohijara y sucediera en sus estados, solucionando de esta manera la cuestión de Montpellier.

Vencedora, pero desgraciada, María decidió quedarse a vivir en Roma. Pobre y casi olvidada, apenas le quedaban unas prendas de ropa que dejó a sus únicas sirvientas, Fisenda y Guilelema. La reina de Aragón murió al día siguiente de haber testado por tercera vez, el 21 de abril de 1213. Apreciada por los Papas, María fue sepultada en el Vaticano, junto al sepulcro de santa Petronila, según una piadosa tradición, hija de san Pedro.

El destino le privó de presenciar una nueva tragedia ese mismo año de 1213: la batalla de Muret. La expansión de los albigenses por las tierras provenzales provocó una cruzada contra ellos, convocada por el Papa, que se dejó manipular por los intereses políticos de ambiciosos y envidiosos personajes como Simón de Monfort, la cabeza visible de ese ataque a la Provenza. En Muret, defendiendo a sus vasallos, murió el rey Pedro II el Católico y se esfumó el sueño del imperio occitano. Falleció sin testar, dejando como único heredero al que tanto había luchado por apartar de sus legítimos derechos, un pequeño de cinco años en manos del conde de Carcasona.

Los nobles aragoneses le reclamaron, pero, al no hallar respuesta, hubieron de recurrir al Pontífice. Inocencio III, que le había prometido a María de Montpellier proteger a su hijo, dio orden a Monfort para que entregara el niño al regente, su tío el conde Sancho, pero siempre bajo su tutela.

Asimismo, ordenó al rey de Francia que no pusiera al joven Monarca impedimento alguno en el disfrute del señorío de Montpellier.

La vida de María no pudo ser más azarosa e infeliz, pero su bondad superó toda adversidad. La fama de santidad se extendió a su muerte como reguero de pólvora. Se afirmaba que, gracias a su intercesión, se producían milagros, llegando a desaparecer la lápida de su tumba por la creencia de que, mezclando polvo de esa piedra con agua o vino se curaban los males.

Conocida por el apelativo de la Reina santa, María de Montpellier siempre vivió en el corazón de su hijo y heredero universal, el gran Jaime I el Conquistador, quien decía de su madre que, si alguna vez había nacido una mujer buena en el mundo, ésa había sido la que le había dado la vida.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz