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Alfonso II de Aragón

Biografía

Alfonso II de Aragón. Huesca, 24.III.1157 – Perpiñán (Francia), 25.IV.1196. Rey de Aragón, conde de Barcelona y marqués de Provenza (1162-1196).

Nacido en el seno de la familia real aragonesa y de la condal barcelonesa, era hijo de Petronila de Aragón —nieto, por tanto, del rey Ramiro II— y de Ramón Berenguer IV de Barcelona; transcurriendo los primeros años de la vida en su ciudad natal. Por ello, fue el primer monarca que pudo reunir indistintamente los títulos real y condal que consagraban la formación de la Corona de Aragón; la cual se había comenzado a fraguar con el compromiso esponsalicio del verano de 1137 entre la heredera de Aragón, Petronila, y el conde barcelonés. Su madre, que no pudo reinar personalmente por ser mujer, transmitió, sin embargo, la potestad regia a su hijo Alfonso, si bien ella permaneció bajo la tutela de su padre Ramiro II hasta la muerte del mismo en 1157; el cual había designado a Ramón Berenguer príncipe de Aragón y heredero del reino en caso de fallecimiento de Petronila o de sobrevivir a la descendencia, si la hubiere, como así fue con Alfonso. Por lo que Alfonso II de Aragón, recibió los plenos poderes tras la muerte de su abuelo el rey Ramiro en 1157 y de su padre, el Conde barcelonés, cuando éste murió en 1162 y Petronila le cedió el 18 de junio de 1164, definitivamente, los derechos recibidos por herencia de sus antepasados paternos y los de su esposo.

A pesar de que para algunos historiadores el neófito fue nombrado en principio como Ramón, en honor a su padre, parece ser que en la documentación conservada para los primeros años de su vida aparece desde el principio con el nombre de Alfonso; aunque los cronistas recojan el primer nombre como deseo expreso de su propia madre Petronila, así como, también, los diplomas de la cancillería condal barcelonesa.

Huérfano de padre a los cinco años, comenzó su reinado en minoría de edad y con la injerencia de quienes, por entonces, pretendían tutelarle, como sucedió con Fernando II de León; pero el rechazo de buena parte de la nobleza obligó a acudir a la voluntad manifestada en vida por su padre, el conde de Barcelona y príncipe de Aragón, que había encomendado a sus hijos a Enrique II de Inglaterra, prestigiosa figura del momento y con gran interés sobre Occitania; creándose un consejo de regencia formado por dignidades eclesiásticas y nobles de Aragón y Cataluña, a raíz de la renuncia de Petronila en 1164 a favor de su hijo y heredero de Aragón y Barcelona.

Al alcanzar la mayoría de edad, al cumplir los catorce años, la siguiente operación en la consolidación de su condición regia, giró en torno a los posibles enlaces matrimoniales dispuestos por quienes dirigían el consejo real; de manera que, tras dos intentos no efectivos con Mafalda de Portugal en 1160 y con la princesa bizantina Eudoxia Comneno, Alfonso acabó enlazando con la infanta castellana doña Sancha, hermana y tía de los reyes de León y Castilla respectivamente, el 18 de enero de 1174 y en Zaragoza. Con lo que a los 16 años, y tras su matrimonio con Sancha, se inició verdaderamente el reinado de Alfonso II sobre los dominios heredados por ambas vías, la materna real y la paterna condal.

El Liber Feudorum Mayor, conservado en el Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, en una de sus miniaturas ilustrativas de principios del siglo XIII, representa al rey Alfonso II con el cetro y la corona reales, encargando el susodicho libro al deán de la catedral de Barcelona y con un escribano en presencia de la curia regia. Curia regia que se atribuye al Monarca como uno de sus logros, en la que participaron nobles y dignidades eclesiásticas a modo de consejo real; al igual que se le relaciona también con la participación del tercer estado, el ciudadano, en la vida pública, sobre todo en el gobierno urbano de villas y ciudades; al margen de los dominios señoriales de la nobleza y de las órdenes militares, tan privilegiadas y enriquecidas por este Monarca.

Tras el éxito militar de las campañas llevadas a cabo por su padre contra los almorávides, con las conquistas, sobre todo, de Tortosa (1147) y Lérida o Fraga (1148), la atención reconquistadora del Rey se centró especialmente en la recuperación de la extremadura ibérica del reino, con la fundación de la villa de Teruel en torno a 1171 y la dotación de su célebre fuero de frontera, que favoreció la formación de una sociedad con predominio de los caballeros villanos (de la villa) y amplias ventajas para los repobladores venidos del norte de Aragón y de otros reinos y territorios vecinos.

Ahora bien, aunque desde el punto de vista reconquistador, Alfonso II no se mostró como un auténtico caudillo militar, como lo habían sido algunos de sus antepasados, especialmente su tío-abuelo Alfonso I el Batallador, o como lo sería su hijo Pedro II el Católico, sin embargo, el soberano aparece, sobre todo, como un conciliador en las diferencias entre los monarcas hispánicos, un hábil diplomático en su política exterior y amante de la cultura provenzal, que era en su tiempo un lugar de encuentro de ideas y corrientes europeas en el sur de Francia. Pero, asimismo, Alfonso II tuvo, al parecer, una vida familiar discreta, por su estrecha relación con su esposa e hijos; al margen de su comportamiento amoroso, favorecido por su inclinación hacia la poesía trovadoresca, que él mismo cultivó y protegió en las personas de los poetas acogidos en su ilustrada Corte.

De su matrimonio con Sancha de Castilla, tuvo varios hijos: Pedro, su sucesor en Aragón y Cataluña y conde de Rosellón, que casó con María de Montpellier, madre de Jaime I el Conquistador; Alfonso, heredero suyo en Provenza y muerto en Palermo en 1209, casado con Garsenda de Folcarquier; Fernando, abad de Montearagón; Constanza, casada primero con el rey Aimerico de Hungría y después con Federico II de Sicilia, emperador del Sacro Imperio Alemán desde 1220; Leonor, casada con el conde Ramón VI de Tolosa; Sancha, que enlazó con Ramón VII, hijo del citado conde tolosano; y Dulce, profesa en el monasterio sanjuanista de Sigena, fundado por su madre, la reina Sancha, para novicias de origen noble y de tanta repercusión en la historia de Aragón.

Su participación en la reconquista de Cuenca con Alfonso VIII de Castilla en 1177, le permitió superar el compromiso de vasallaje que los monarcas aragoneses tenían con respecto a los castellanos desde Ramiro II por la titularidad del reino cesaraugustano; reclamado en su día por Alfonso VII como hijo de Urraca e hijastro de Alfonso I el Batallador, que había incorporado a la cristiandad la ciudad de Zaragoza y todo el valle medio del Ebro entre 1118 y 1120.

Pero mantuvo siempre la atención sobre los problemas fronterizos con Navarra y la propia Castilla, que venían arrastrándose desde la separación del primero de los reinos respecto de Aragón a la muerte del Batallador en 1134.

Ahora bien, acaso lo más significativo fue su intervención política sobre Occitania, en la que tuvo que defender los intereses tradicionales de las dos familias a las que representaba, la de los reyes de Aragón y la de los condes de Barcelona, frente a los de la monarquía francesa que pretendía anexionar dicha región, aun en contra de buena parte de la nobleza occitana que era vasalla del rey aragonés; nobleza que se había inclinado por la doctrina cátara, considerada como herética por la iglesia católica oficial.

En dicha actuación, sobresalió la vinculación de Provenza a la corona del rey de Aragón y conde de Barcelona, a la muerte sin descendencia de Ramón Berenguer III en 1166; a lo que se opuso el conde de Tolosa que se convirtió en enemigo de Alfonso II.

Pero, en cambio, sus gestiones diplomáticas le permitieron, finalmente, contar con la alianza de Génova, potencia naval y comercial en el Mediterráneo y posteriormente rival de Barcelona, y con el reconocimiento como soberano de los estados feudales de Foix, Bearne, Bigorra, Beziers y Carcasona, entre otros. A lo que se sumó la herencia recibida del condado de Rosellón tras la muerte en 1172, sin herederos, del conde Geraldo, que previamente le había hecho concesión del mismo. De la misma forma que posteriormente, en 1192, recibió de la condesa Dulce de So el condado de Pallars, que se vinculó a la corona aragonesa; quedando tan sólo el condado de Urgel, dividido en enfrentamientos civiles, como una aspiración fracasada al no poderlo anexionar.

Igualmente, y ya en los últimos años de su vida, a instancia del papa Celestino III, intervino como mediador en las diferencias persistentes entre los reyes cristianos hispánicos; y en 1195, meses antes de su fallecimiento, peregrinó a Santiago de Compostela, buscando conciliar a dichos monarcas en un esfuerzo común contra la amenaza almohade; amenaza que no se diluyó hasta la victoriosa batalla de las Navas de Tolosa de 1212, en la que participaría su hijo Pedro II el Católico, junto con Sancho VII el Fuerte de Navarra y Alfonso VIII de Castilla.

Finalmente, lo más peculiar y diferenciador entre el resto de los reyes de Aragón anteriores y posteriores, fue, sin duda, su implicación en el ambiente de la lírica trovadoresca, a la que protegió y en donde contó, tanto con defensores de su figura y talante, como detractores de su personalidad, por la rivalidad que dicha actividad provocaba entre sus protagonistas.

Protagonistas entre los que se encontraba el propio monarca, pues él mismo aparece como autor, incluso, de alguna obra en provenzal, dentro del campo del amor cortés y en la corriente del llamado trobar leu, más popular y sencillo que los denominados como trobar ric, o grandilocuente, y trobar clus, más retórico y formalista.

Precisamente, aparte de los testimonios gráficos de las miniaturas medievales y los narrativos de las crónicas, como los Gesta Comitum Barchinonensium, que se conservan sobre la figura y personalidad de Alfonso II, la poesía trovadoresca también recogió aspectos destacables del monarca, si bien condicionados por la simpatía o antipatía despertada en los diversos sectores culturales al respecto. De manera que, por ejemplo, Bertrán de Born, enemigo del rey, lo describió con todo tipo de prejuicios sobre su nefasto comportamiento personal y familiar; mientras que sus protegidos y defensores abundaron, en cambio, en valores como el de la nobleza de carácter y de actuación, la cortesía y la sinceridad y lealtad a los suyos.

Lo que confirma, por un lado, lo adecuado del sobrenombre de el Trovador, y, por otro, lo menos indicado del de Casto, pues la propia poesía trovadoresca y el ambiente desarrollado en torno a su práctica, y en el que el mismo Alfonso II se implicó, no favorecía, precisamente, la práctica de la virtud que dicho sobrenombre debía reflejar. Si bien, hay que tener en cuenta que la imagen de los reyes medievales en los textos narrativos y literarios en general obedecen casi siempre a un estereotipo inicial aplicado a posteriori en cada caso.

La muerte del rey en Perpiñán, a los treinta y tres años de reinado y treinta y nueve de edad, muestra ese permanente interés por el sur de Francia y la relación de la monarquía aragonesa con dichas tierras vinculadas feudalmente a Aragón. Monarca que inició también la costumbre de hacerse enterrar en el monasterio cisterciense de Poblet, convertido desde entonces en panteón real. Pero, la memoria testamentaria del monarca incluyó, además de algunas donaciones piadosas y reparaciones personales, la herencia en sí, sobre la que destacó la designación del primogénito, Pedro, como heredero en Aragón, Cataluña, Rosellón y Pallars, y del segundogénito, Alfonso, para Provenza; mientras que el benjamín, Fernando, profesaría en el monasterio de Poblet, llegando a ser abad en Montearagón.

Así como también recoge una discreta mención de su cónyuge, la reina Sancha, fundadora de Sigena, y ninguna, en cambio, a sus hijas.

No obstante, su vida fue rica en acontecimientos.

Coetáneo de Enrique II de Inglaterra y de Felipe Augusto de Francia, lo fue también de los emperadores Federico I Barbarroja, en el Sacro Imperio Germánico Occidental, y de Manuel II Comneno en el Imperio Oriental Bizantino; así como igualmente, en los reinos hispánicos, de Alfonso VIII de Castilla y Fernando II, de Alfonso IX de León o de Sancho VI el Sabio de Navarra, junto con Alfonso I Enríquez de Portugal. Pero, a pesar de que la trayectoria de Alfonso II de Aragón fue especialmente agitada, heredó unos estados feudales, Aragón y Cataluña, que mantuvieron su personalidad jurídica, lingüística e institucional propia, aun prevaleciendo en principio una comprensión común del gobierno regio sobre el conjunto de sus vasallos, independientemente de su procedencia territorial.

Así, los diplomas expedidos por su cancillería reflejan diversas intervenciones a lo largo y ancho de sus dominios: la reunión de una amplia curia en Zaragoza el año 1164, con asistencia de obispos, nobles y representantes de Zaragoza, Daroca, Calatayud, Jaca y Huesca; la repoblación de Valderrobres y Gandesa, Orta y Uldecona a partir de 1169; la formación y fortificación de la villa de Teruel a partir de 1171 y la creación de la orden de Alfambra en 1174; la fundación de las encomiendas templarias de Castellote, Aliaga, Cantavieja o Villel en 1180; la dotación del fuero turolense en 1177; la participación en la conquista de Cuenca también en 1177; la política de soberanía sobre Foix, Bigorra y otros feudos del Midi francés; o, en lo personal, aunque con el relieve que tuvo el hecho en sí, su matrimonio con Sancha, hija de Alfonso VII de Castilla, en 1174, y su peregrinación a Compostela entre 1195 y 1196 para entrevistarse con Sancho VII el Fuerte de Navarra, Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León y Sancho I de Portugal, y tratar de apaciguar los ánimos entre los monarcas enfrentados.

Hitos destacables todos ellos, por tanto, en su actividad política, familiar, diplomática o piadosa; respondiendo al comportamiento característico de quien encarnaba una monarquía feudal de finales del siglo xii; en la que las relaciones familiares, matrimoniales o dinásticas formaban parte también de la estrategia política.

Hitos a los que hay que sumar la protección a la orden reformadora del Císter, el impulso a las órdenes militares o la apertura a la colaboración genovesa que ya se había iniciado con su progenitor, Ramón Berenguer IV, y que facilitó la presencia de las naves catalanas en el comercio mediterráneo. Sobresaliendo algunas fechas significativas, como la fijación de los límites turolenses en 1177 o la entrega de Alcañiz a los Calatravos en 1179; la creación del Santo Sepulcro de Calatayud en 1169 o la donación al obispo de Zaragoza y al Salvador de las iglesias de Teruel en 1170; la confirmación de privilegios a Lérida en 1173 o un proyecto no realizado de reparto de Valencia entre Castilla y Aragón, para cuando se conquistara tan importante reino aún musulmán, en 1179; la concesión de la Zuda de Zaragoza, residencia del gobierno islámico precedente y del primero cristiano, a la Orden de San Juan de Jerusalén en 1180; o los mencionados pactos con Génova y también con Pisa en 1177, los contactos políticos con Inglaterra o la protección de los sarracenos (mudéjares) de Tortosa, recuperada para la cristiandad en 1147 por su padre Ramón Berenguer.

Pero los documentos coetáneos de la cancillería también informan sobre feudos, tenencias y homenajes; paces, treguas y cautivos; parias, mercados o moneda; pleitos por el disfrute y reparto del agua o por la definición de términos y heredades. Así como permiten conocer igualmente algunas advocaciones piadosas del momento, santos de referencia (san Valero o san Ramón, por ejemplo); e, incluso, la propia idea de España. Aunque los testimonios conservados en los textos narrativos son especialmente significativos en relación con alguna faceta del monarca. Así, por ejemplo, la llamada Crónica de San Juan de la Peña, en su versión aragonesa, recoge la impresión causada como conciliador entre los príncipes de su tiempo: “Et tantost por la discordia que hera entre los reyes de cristianos, algunos reyes avían feyto paz e tregua e amiztad con los moros; porque el papa Celestino, queriendo que paz e amor entre los cristianos, mandó al dito rey don Alfonso e a los otros reyes de Espayna que no oviesen tregua con los moros, mas que todos amigablement se aviniesen e fuesen contra ellos. Et el dito rey don Alfonso, reçevido el dito maestro apostolical, propuso en su corazón que a onor de Dios fue a Sant Jayme finiendo romeage, si podría meter paz e amor entre los reyes de Espaynna cristianos; assí como se lo ovo pensado, assí lo miso en obra, e faziebdo romeage, fizo concordia e paz entre los reyes de Espaynna por los quales fue feyta grant honor al rey. Et aquesto fizo porque pudies complacer a Dios e al maestro apostolical ovedir, pero no los pudo todos aver mas la mayor partida. Et quoando lo ovo complido su prometimiento e voto, los demasde los reyes de Espaynna inclinados e indultos a paz e concordia, tornose en su tierra” (C. Orcástegui Gros, Crónica de San Juan de la Peña. Versión aragonesa. Edición crítica, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986, pág. 78).

 

Bibl.: J. F. Cabestany Fort, Alfons el Cast, Els primers Comtes-Reis, Història de Catalunya. Biografies Catalanes vol. IV, Barcelona, Editorial Vicens-Vives, 1960, págs. 56- 104; A. J. Gargallo Moya, “Alfonso II”, en R. Centellas Salamero (coord.), Los Reyes de Aragón, Zaragoza, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993, págs. 67-72; A. I. Sánchez Casabón, Alfonso II Rey de Aragón, Conde de Barcelona y Marqués de Provenza. Documentos (1162-1196), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1995; J. E. Ruiz Domènec, A propósito de Alfonso, rey de Aragón, conde de Barcelona y marqués de Provenza, Barcelona, Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1996; P. Rivero Gracia y L. Serrano Pellejero, “Alfonso II (1162-1196)”, en Reyes y reinas de Aragón, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 2006, págs. 105-120.

 

Esteban Sarasa Sánchez

 

 

 

 

 

 

 

 

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