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Fernando II de León

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Biografía

Fernando II de León. ?, 1137 – Benavente (Zamora), 22.I.1188. Rey de León desde 1157 hasta su muerte.

Se trata de uno de los hijos y herederos del emperador Alfonso VII (1126-1157) y de su primera esposa la emperatriz doña Berenguela, que a su vez era hija del conde Ramón Berenguer III de Barcelona y doña Dulce de Provenza. Al contrario que su hermano y primogénito Sancho, futuro heredero de Castilla, desde el principio estuvo vinculado al viejo Reino de León. Su infancia y su primera juventud transcurrieron entre este último reino, bajo la custodia de sus ayos Suero Alfonso y Juliana Martínez, y el de Galicia; pues su educación acabó siendo encomendada a Fernando Pérez de Traba, noble de estirpe gallega y uno de los personajes más influyentes de la Corte de su padre: el Poema de Almería, escrito hacia 1147, destacaba la valentía de este personaje, su primacía en el ejército real y su condición de tutor del hijo del Emperador. Gallegos fueron también el primer capellán del futuro Fernando II, Rodrigo Menéndez, su maestro Pedro Gudesteis, que más tarde se convirtió en arzobispo de Compostela, y otros muchos colaboradores.

Parece, por tanto, que, desde el principio, su destino estuvo claro, aunque la herencia de Alfonso VII y la división de la Monarquía castellano-leonesa que le llevó al Trono de León fue bastante posterior a la fecha de su nacimiento. Como hijo del Emperador y con título real, Fernando comenzó a aparecer en los documentos de sus padres hacia 1148, precisamente cuando los Reyes se dedicaban a favorecer a la sede de León. La muerte de su madre la Reina en 1149 no hizo sino reforzar este papel; pues el propio Alfonso VII, que aún contrajo segundas nupcias con la polaca doña Rica, hubo de plantearse de forma más concreta el reparto de los reinos entre los hijos de doña Berenguela. Se puede decir que fue entonces cuando se produjo la incorporación de Fernando al gobierno de León.

Desde 1151 hasta la muerte de Alfonso VII, continuó siendo habitual su confirmación en los documentos de su padre con título de “rex”. Además, Fernando, como su hermano Sancho, el heredero de Castilla, se vio rodeado pronto de quienes habían de ser sus principales milites. En su caso, no eran otros que los magnates más importantes de León, Asturias o Galicia, como el entonces tenente de las torres de León, Poncio de Minerva, o los condes Ramiro Froílaz, Pedro Alfonso o el ya citado Fernando Pérez de Traba. Su temprana participación en tareas de gobierno, se pone de manifiesto también en la asignación de un mayordomo y un alférez, que confirman junto a él en los documentos reales.

En última instancia, la designación de Fernando como heredero de León se produjo en el concilio celebrado en Valladolid el año 1155, donde triunfaron definitivamente los criterios de división de la herencia de Alfonso VII. El triunfo de estos criterios supuso, a su vez, el fin casi definitivo de la llamada idea imperial leonesa, que venía preconizando la existencia de un “imperium” a nivel peninsular, y la consolidación de la diversidad política, en la que habrían de participar también Portugal, recién constituido reino, Navarra y Aragón. El caso es que, en aquel concilio de Valladolid de 1155, se acordaron los términos precisos de la división, que suponía una nueva separación de Castilla y León.

Según lo pactado, Fernando II recibiría Asturias, Galicia y León con las tierras al oeste de la ruta de la plata, o sea Toro, Zamora y Salamanca y todas las villas que les eran adyacentes; no se incluía, por tanto, la Tierra de Campos, como tampoco Sahagún o Asturias de Santillana, que formaban parte de la herencia castellana de su hermano Sancho. La línea fronteriza que separaba los reinos seguía el curso del río Deva, desde la costa cantábrica hacia el interior, dejando Sahagún como posición avanzada de Castilla, en detrimento de León, después venían Moral de la Reina, Tordehumos, Urueña, Cubillas, Medina del Campo, Arévalo, Ávila y desde la Sierra hasta la frontera musulmana por la antigua calzada de la Guinea.

Semejante división no dejó de traer problemas posteriores, y muy graves, entre sus beneficiarios, como todo lo relacionado con la herencia del “Infantado” de doña Sancha Raimúndez (†1159), tía de Fernando II, que incluía importantes posesiones a caballo entre los dos reinos. Sin embargo, cuando este último se hizo cargo de su herencia tras la muerte de su padre, acaecida el 21 de agosto de 1157, no parece que tuviera contradicción alguna; como tampoco hay constancia de que por su parte se planteara abiertamente ninguna reivindicación con respecto a la herencia de su hermano en Castilla.

En realidad, fueron los acontecimientos, cuando no la propia situación de la Monarquía, los que determinaron la actuación de Fernando II una vez coronado rey en León. No se sabe demasiado de su carácter, salvo las descripciones estereotipadas de los cronistas oficiales; pero es indudable su capacidad de gobierno y su celo por mantener y acrecentar las fronteras de su monarquía. Todo esto hubo de hacerlo, además, teniendo a veces enfrente a una nobleza poderosa, unos vecinos peligrosos y, sobre todo, un enemigo difícil en los almohades norteafricanos, ocupantes entonces de buena parte del sur de la Península.

La nobleza leonesa, como la castellana, había alcanzado cuotas de poder importantes durante la primera mitad del siglo XII. Sus principales representantes influían de forma decisiva en las decisiones reales, como ocurrió con ocasión de la propia sucesión de Alfonso VII. Ya se ha visto como fueron, en definitiva, los criterios defendidos por personajes como Fernando Pérez de Traba o Manrique Pérez de Lara, los que llevaron a Fernando II al Trono de León. De esta aristocracia nobiliaria eran los cargos y las tenencias, mientras que su poder se apoyaba en importantes señoríos y donaciones reales. En cambio, su falta de acuerdo con las decisiones del Monarca podía llegar hasta la rebelión abierta o al enfrentamiento con otros estamentos de la población.

Fernando II sufrió muy pronto esa situación, como cuando al año siguiente de su coronación su propio mayordomo, Poncio de Cabrera, se vio privado de sus tenencias. Este poderoso magnate venía ostentando, entre otras, la del concejo de Zamora, donde a la sazón se acababa de producir una grave rebelión por parte de algunos de sus habitantes. Estas “rebeliones burguesas” fueron habituales a lo largo de todo el siglo XII, sobre todo en aquellos concejos en los que las corporaciones de oficios intentaban adquirir poder sobre su propio gobierno. El Monarca quiso atajar las revueltas destituyendo a su tenente; pero éste no dudó en rebelarse.

Además, no deja de ser significativo que el rebelde se exiliara a Castilla, dispuesto a ponerse al servicio de Sancho III y hacer la guerra a su antiguo señor. Es indudable que las relaciones con Castilla, su nuevo vecino, representaron otro de los problemas más importantes durante el reinado de Fernando II; a la posible falta de entendimiento entre los representantes reales de una y otra Monarquía, se unían los mismos intereses nobiliarios, que a la hora de contrarrestar el poder de la realeza no entendía excesivamente de fronteras. De hecho, los ataques que el rey de Castilla dirigió contra León o las intervenciones de Fernando II en el reino castellano estuvieron casi siempre relacionadas con actuaciones nobiliarias que, en parte, las provocaron.

Después de que Poncio de Cabrera se exiliara a Castilla, Sancho III atacó con su ayuda los territorios de Fernando II, lo cual podría haber llegado a tener graves consecuencias si, en mayo de 1158, ambos monarcas no se hubiesen puesto de acuerdo en Sahagún para firmar unas paces que incluyeron previsiones de mutua ayuda e, incluso, sucesión. Los acuerdos adoptados entonces preveían, en efecto, mecanismos de mutua sustitución en caso de ausencia de herederos. Incluso llegaron a prever un reparto de Portugal, entre Castilla y León, como entidad nacida ilegítimamente dentro de la herencia de Alfonso VII.

Como Castilla, Portugal fue el otro gran vecino problemático de Fernando II, y aunque al comienzo del reinado las relaciones con Alfonso Enríquez, el fundador del reino portugués, parece que fueron pacíficas —incluso se había celebrado ya alguna entrevista—, es posible que el Monarca leonés quisiera mantener desde el principio una posición de fuerza. Sin embargo, y a pesar de lo acordado en Sahagún con su hermano, como se pudo comprobar más tarde, no parece que estuviera nunca en sus planes inmediatos llevar a cabo ningún reparto. Alfonso I de Portugal, por si acaso, hizo alguna demostración de fuerza en la frontera de Toroño, pero Fernando II se entrevisto con él en Cabrera y en Santa María de Palo entre 1158 y 1159, manteniendo buena disposición para llegar a acuerdos fronterizos sin romper el equilibrio.

Cuando murió inesperada y prematuramente Sancho III en 1158, pocos meses después de la firma de las paces, lejos de preocuparse de los asuntos de Portugal, Fernando II se vio arrastrado a intervenir en Castilla y en las luchas que mantuvieron Castros y Laras, las principales familias nobiliarias, por la tutoría del heredero, Alfonso VIII. Es posible que Fernando II, al intervenir en Castilla durante la minoridad de su sobrino, tuviera ciertas pretensiones hegemónicas como “hispaniarum rex”, título que empezó a usar a mediados del año 1160. Por entonces, además, se había entrevistado con su tío el rey de Aragón, Ramón Berenguer IV, otra de las piezas clave para mantener el equilibrio y las buenas relaciones entre los distintos reinos peninsulares.

Sin embargo, volviendo a Castilla, la compleja situación de esta Monarquía limitó mucho los intereses de Fernando II con respecto a ella. Así, entre 1161 y 1162 tomó partido por los Castro y pasó con un importante ejército a tierras castellanas, logrando apoderarse de amplias regiones del sur del Duero y del Sistema Central, incluida la ciudad de Toledo; pero al año siguiente fracasó en su intento de hacerse cargo de la persona de su sobrino y heredero de Castilla, que quedó en poder de los Lara, con los que no tuvo más remedio que llegar a un acuerdo. Los nobles castellanos, Castros y Laras incluidos, le reconocieron entonces como regente; pero sin admitir que esto supusiera el fin de la independencia de Castilla frente a León. Por otra parte, la atención que Fernando II le pudo dedicar a Castilla, durante esos mismos años y los posteriores, hubo de ser compatible con la que le demandaban otros asuntos internos y externos de su propio reino. Así ocurrió, por ejemplo, con algunos procesos repobladores y reorganizadores que se iniciaron, bajo dirección real, en aquellas mismas fechas; en concreto la repoblación de lugares tan importantes como Ciudad Rodrigo o Ledesma que, además de garantizar el horizonte expansivo meridional del reino, pasaron a desempeñar la función de sede episcopal, en el primer caso, o de nuevos centros locales promotores, a su vez, de la colonización, cuando no defensores de la frontera leonesa frente a portugueses y musulmanes. Se convirtieron, en definitiva, en aglutinantes de las aldeas de su entorno, aunque esto disgustara profundamente a los habitantes de otras grandes ciudades de la Extremadura, como Salamanca.

Se da la circunstancia de que eran los de Salamanca los que se habían apoderado veinticinco años antes de Ciudad Rodrigo, consiguiendo para ella importantes privilegios reales, pero ahora, cuando el Monarca la convirtió en obispado y le dio una proyección propia, los salmantinos se sublevaron, y Fernando II hubo de llevar a cabo una represión armada y los derrotó en un lugar llamado Valmuza, en junio de 1162.

Ya se sabe que estas rebeliones, de las que hubo ejemplo en Zamora durante el primer año de reinado de Fernando II, fueron relativamente frecuentes, aunque las motivasen distintas causas. En 1161, los sublevados fueron los habitantes de Lugo, que al parecer tenían graves desavenencias con el obispo de la ciudad, y el Rey intervino con igual o mayor dureza posteriormente en Salamanca. Quizá el haber sido excesivamente benevolente en Zamora le acarreara estas nuevas rebeliones, cuyo fin parece que también contribuyó a mantener a raya a los burgueses, con los que la Monarquía, tarde o temprano, habría de entenderse, pues en ellos radicaba buena parte de su poder y su riqueza. Ser fuerte dentro y fuera de su propio reino se convirtió en una de las preocupaciones constantes de Fernando II, que no en vano tuvo que relacionarse con los representantes de las demás monarquías peninsulares, cuando no competir con sus ambiciones políticas.

En 1162 se entrevistó con Alfonso II de Aragón, el heredero de Ramón Berenguer IV, que acababa de fallecer, concertándose entonces el matrimonio de la infanta Sancha, hermanastra de Fernando, con el soberano aragonés, quien, a su vez, prestó homenaje al rey de León por la tenencia de Zaragoza, como habían hecho sus antecesores.

A partir de 1165 también se intensificaron los acuerdos y negociaciones con Navarra y Portugal, encaminados siempre a mantener un cierto equilibrio entre los reinos. Al navarro Sancho VI se le dieron importantes posesiones e intereses en León a través de su mujer, doña Sancha, hermana de Fernando II; es indudable que al Rey de Navarra le interesaba la alianza leonesa frente a Castilla.

Algo más complejas resultaron las relaciones con Alfonso I de Portugal, quien no había dejado de mostrarse agresivo, con ataques ocasionales a territorio leonés entre 1160 y 1165; en este último año, sin embargo, Fernando II pudo entrevistarse con el Rey lusitano, que accedió a concertar nuevas paces, en las que se incluyó el matrimonio del propio rey de León con una hija del portugués, llamada Urraca. El matrimonio se consumó y dio a Fernando un heredero; pero fracasó cuando una sentencia canónica obligó a los esposos a separarse.

Con respecto a Castilla, a la que Fernando II siempre tuvo que dedicar particular atención, aunque no con demasiado provecho, la minoría de Alfonso VIII continuó sin reportarle demasiadas ventajas para sus intereses. El dominio estratégico y político que intentó tener sobre Toledo, que había ocupado en sus intervenciones anteriores, se perdió cuando sus aliados, los Castro, tuvieron que ceder la ciudad al dominio de los Lara en 1166. Así se puede considerar que la supuesta regencia de Fernando II sobre su sobrino castellano terminó también entonces. Quizá por eso, y después de haber comprobado las debilidades y fortalezas de sus vecinos a nivel peninsular, el Monarca leonés decidió centrar su atención en aquello que podía resultar más decisivo para su propio reino: la expansión hacia el sur, a costa del islam.

En esta carrera, tan importantes eran los propios avances como los que venían logrando o pudiesen lograr sus competidores, sobre todo Castilla y Portugal. Las tropas leonesas se apoderaron de Alcántara en 1166, pero esta conquista no hacía sino emular los avances mucho más decisivos de los portugueses, hasta el punto que éstos amenazaban gravemente el futuro de León. Para evitarlo, en 1168 Fernando II llegó a aliarse con las autoridades almohades, dominadoras por entonces del sur de la Península, y con su ayuda pudo desalojar a Alfonso Enríquez de algunos lugares que había ocupado o pretendía ocupar, entre ellos Cáceres, e incluso evitar que Gerardo Sempavor, servidor y aliado del Monarca lusitano, conquistara Badajoz.

En definitiva, el rey de León no estaba dispuesto a ver limitado de manera irreversible su horizonte de expansión y se enfrentó a los portugueses con éxito, ayudando a los propios musulmanes a recuperar las posiciones perdidas y obligando a su suegro, prisionero, a devolverle los territorios ocupados en Galicia. En realidad, la alianza de Fernando II con los almohades, además de ser “contra natura”, tuvo bastante de coyuntural; pues aunque la multiplicación y división de los reinos cristianos obligara a delimitar líneas de expansión, ésta siempre habría de hacerse a costa de los africanos.

El hecho de que el Monarca leonés quisiera evitar por cualquier medio que los portugueses se apoderaran prematuramente de Badajoz, no rompió la dinámica de la Reconquista, que en muchas otras ocasiones habría de llamar a la colaboración de las autoridades cristianas frente a las musulmanas. De hecho, el propio Fernando II acudió en auxilio del Rey de Portugal cuando los almohades atacaron Santarém en 1171. Además, el espíritu reconquistador se estaba renovando en aquellos últimos años con la aparición de las órdenes militares españolas. En 1164 algunos caballeros salmantinos, a imitación de los hospitalarios presentes en la Península, constituyeron la Orden de San Julián de Pereiro, que durante la época del sucesor de Fernando II, Alfonso IX, cambió su nombre por el de Alcántara, su principal plaza fuerte. También estimulados por el obispo de Salamanca, otros caballeros formaron, hacia 1170, una Congregación de los Fratres de Cáceres, que llegó a constituirse como orden militar bajo la advocación y el nombre de Santiago.

La misión de estas órdenes era la de contribuir a nuevos avances, pero también la de consolidar las posiciones ya alcanzadas frente a los siempre peligrosos invasores africanos. De la persistencia de este peligro, y a pesar de sus momentos de alianza con los almohades, tuvo constancia Fernando II durante los años posteriores: el reino de León tenía Alcántara y Cáceres como puntas de lanza para su dominio en la Extremadura. Posiblemente fue esto lo que provocó los ataques de los musulmanes, que recuperaron ambas ciudades y llegaron a sitiar Ciudad Rodrigo en 1174. Lo curioso del caso es que, mientras los almohades atacaban las defensas leonesas al sur del Tajo, el resto de los reinos habían logrado treguas con los africanos, así que Fernando II tenía que sufrir solo las iras de sus antiguos aliados, dándose además la circunstancia de que las relaciones con sus vecinos, sobre todo con Portugal, tampoco evolucionaban favorablemente.

En 1175 se produjo la separación entre la reina doña Urraca y Fernando II, forzada por la nulidad canónica del matrimonio, ya que no se consiguieron las oportunas dispensas papales. La infanta portuguesa se retiró a un monasterio de la Orden de San Juan de Jerusalem, dejando un hijo y heredero al rey de León, el futuro Alfonso IX, que había nacido el 5 de agosto de 1171; pero la alianza con Portugal perdió uno de sus principales fundamentos, complicando una vez más las relaciones entre las Monarquías cristianas más occidentales de la Península. Además, para esas fechas, Fernando II ya no era el heredero superviviente del emperador Alfonso VII, frente a los inexpertos y jóvenes reyes de Aragón y Castilla. Con respecto a este último, su sobrino Alfonso VIII, cuya regencia había querido controlar sin éxito, desde el momento en que alcanzó la mayoría de edad, no hubo duda de que iba a tomar una clara iniciativa militar y política propia a nivel peninsular. Fernando se reunió con él y con Alfonso II de Aragón en junio de 1177 en la ciudad de Tarazona; allí pudo comprobar la buena sintonía que existía entre ellos y su disposición a reanudar la lucha contra los almohades, si bien ésta se planteaba como la acción individual de cada reino para el logro de determinadas metas. El Rey de Castilla puso su principal esfuerzo en la conquista de Cuenca, el de Aragón penetró por tierras de Murcia y Fernando II realizó una cabalgada por las de Jerez, sin duda pensando en la conquista de Sevilla como meta futura y última de su reino.

Todo esto ocurría durante el verano de 1177, mientras Alfonso I de Portugal también realizaba una penetración por territorio sevillano. Parece bastante claro que en la España que Menéndez Pidal calificó de los Cinco Reinos, que incluía también a Navarra, durante la segunda mitad del siglo XII, los monarcas reinantes se veían más como competidores que como colaboradores. En esta pugna Fernando II lo tuvo cada vez más difícil, su posición entre Castilla y Portugal es comparable a la que tuvo que soportar la Monarquía navarra entre Aragón y la misma Castilla. Los navarros hacía tiempo que habían perdido su horizonte reconquistador, y su suerte siempre estuvo condicionada por las alianzas o desavenencias de sus poderosos vecinos.

En 1178, Fernando II contrajo segundas nupcias con doña Teresa Fernández de Traba, hija del poderoso conde gallego Fernando Pérez y viuda de Nuño Pérez de Lara. Esta unión, que duró apenas dos años (doña Teresa murió en 1180), significó el reforzamiento de los vínculos personales del Rey de León con las dos casas nobiliarias más importantes de Galicia y Castilla, Trabas y Laras respectivamente. Ambas podían representar además el papel de oposición en los reinos vecinos, donde la actitud hacia León se iba haciendo cada vez más desfavorable. De hecho, los reyes de Castilla y Portugal se pusieron de acuerdo en 1179 para realizar un ataque coordinado contra los intereses de Fernando II. El verdadero promotor de esta agresión fue el Monarca castellano, tratando de solventar a su favor un viejo problema fronterizo, el del Infantado. La retención por parte leonesa de zonas importantes de Tierra de Campos, que habían pertenecido a la infanta doña Sancha, hermana de Alfonso VII, no estaba de acuerdo con los límites fronterizos previstos en la herencia de este último.

Fernando II rechazó el ataque de los portugueses contra Ciudad Rodrigo; pero lo tuvo más complicado para mantener sus posiciones frente a Castilla, con la que acabó negociando en Medina de Rioseco, durante el mes de marzo de 1181. El monarca leonés firmó con su sobrino un tratado para delimitación de fronteras, según el cual una comisión de notables estudiaría la cuestión y lo que dicha comisión decidiera había de ser aceptada por ambos. El acuerdo definitivo llegó a través del tratado de Fresno-Lavandeira, haciendo referencia a los lugares donde los reyes de Castilla y León lo firmaron, respectivamente, a finales del año 1183. Sin duda, los leoneses salieron perdiendo, pero Fernando II no tenía entonces fuerzas suficientes para arrancar de Castilla un acuerdo ventajoso; tampoco las tuvo para enfrentarse con éxito a los almohades.

El mismo año en que se firmó el tratado de Fresno-Lavandeira, terminaron unas treguas que los cristianos tenían con los africanos, y el Monarca leonés intentó recuperar Cáceres, pero sin éxito. En 1184, los almohades contraatacaron y Fernando de León sólo pudo defenderse a duras penas; eso sí, cuando los musulmanes intentaron apoderarse de Santarém, el Monarca leonés no dudó en volver a colaborar con los portugueses para que pudieran rechazarlos, y esa vez con éxito, pues en su retirada murió incluso el califa almohade Yūsuf I. A pesar de los enfrentamientos y desacuerdos, la solidaridad entre los reinos cristianos continuaba funcionando; lo cual dice mucho de la personalidad abierta y generosa de Fernando II, quien ocupó el Trono de León cuatro años más. Durante ellos la influencia castellana en la Corte leonesa se intensificó, con ocasión de un nuevo matrimonio del Monarca con Urraca López de Haro, en realidad su amante, hasta que en mayo de 1187 se celebraron las bodas reales.

Doña Urraca era hija de Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y sobrina de Fernando Rodríguez de Castro, “el castellano”; con Fernando II tuvo dos hijos, de los que sobrevivió el infante Sancho, nacido en 1184, y para el que la propia Reina, con el apoyo de sus parientes, intentó reservar la herencia del Trono de León, en detrimento de Alfonso, el hijo del primer matrimonio del Monarca, siempre bajo el argumento de que ese enlace había sido objeto de anulación canónica.

Sin embargo, a la muerte de Fernando II el 22 de enero de 1188 en Benavente, ciudad que él mismo había procurado repoblar pocos años antes, su herencia recayó en el infante Alfonso, con el apoyo de la mayor parte de la nobleza leonesa, frente a las pretensiones de los castellanos.

 

Bibl.: J. González González, Regesta de Fernando II, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1943; R. Menéndez Pidal, El Imperio Hispánico y los Cinco Reinos. Dos épocas en la estructura política de España, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1950; A. Huici Miranda, Historia política del Imperio Almohade, Tetuán, Editora Marroquí, 1956 (Granada, Universidad, 2000); J. González González, “Reyes cristianos e imperio almohade”, en Historia General de España y América IV: La España de los Cinco Reinos (1085-1369), Madrid, Rialp, 1984, págs. 479-562; VV. AA., Los Reyes y Santiago: Exposición de documentos Reales de la Catedral de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, 1986 (col. Archivos de Galicia, 1); L. Suárez Fernández y F. Suárez Bilbao, “Historia política del Reino de León (1157- 1230)”, en El Reino de León durante la Alta Edad Media IV: La Monarquía (1109-1230), León, 1993, págs. 217-281; V. Álvarez Palenzuela, “Fernando II, rey privativo de León”, en Reyes de León, León, Diario de León, Edilesa, 1996; P. Martínez Sopena, V. Aguado Seisdedos y R. González Rodríguez, Privilegios reales de la villa de Benavente (siglos XII-XIV), Benavente, Círculo de Benavente, 1996; M. Recuero Astray, P. Romero Portilla y M. A. Rodríguez Prieto, Documentos Medievales del Reino de Galicia: Fernando II (1155-1188), La Coruña, Xunta de Galicia, 2000.

 

Manuel Recuero Astray