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Urraca de León

Biografía

Urraca de León. ¿León?, 1081 – Saldaña (Palencia), 8.III.1126. Reina de León y reina de Castilla.

Reina, y no reina consorte, sino una de las pocas mujeres que, a lo largo de la historia de España, ejerció la plenitud del poder real. Su actuación política fue juzgada por los clérigos contemporáneos, y transmitida luego como tópico historiográfico, más por su condición de mujer que por el acierto o los errores en las decisiones tomadas.

Urraca era hija de Alfonso VI y de su segunda mujer, Constanza. La solemne proclamación de esta filiación, fuente del legítimo uso del poder, encabeza el primero de los documentos otorgados por Urraca como Reina: “Ego Urraka, Dei nutu totius Yspanie regina, beate memorie catholici imperatoris domni Adefonsi Constancieque regine filia”. El amor poco tuvo que ver en el matrimonio de sus padres. La alianza política o los intereses económicos fueron, como era costumbre, más decisivos. En la búsqueda de su segunda esposa, parece bien claro el interés de Alfonso VI por anudar lazos con la poderosa Abadía de Cluny, en este tiempo uno de los centros más influyentes de la cristiandad latina. La princesa Constanza era la hija menor del duque de Borgoña Roberto el Viejo y nieta, por tanto, del Rey de Francia Roberto II el Piadoso y de su segunda mujer, Helia de Semur, hermana, a su vez, del abad Hugo de Cluny. No se sabe exactamente la fecha en que se celebró la boda; el primer dato plenamente seguro a este respecto es que Alfonso y Constanza estaban casados en 8 de mayo de 1080. Esto permite suponer que el nacimiento de Urraca tuvo lugar en algún momento del año 1081.

El primer fruto del nuevo matrimonio, rompiendo ilusiones y esperanzas, no fue hijo, sino hija. Y, por si fuera poco el disgusto, se constató que la Reina no podría tener más descendencia. Urraca se vio obligada a enfrentar, desde el principio, un destino que se presentaba poco favorable. Su primer padecimiento, la primera dificultad que hubo de encarar fue la obsesión paterna por el hijo varón. Desde los primeros momentos de su vida, la primogénita legítima conoció las dificultades que le acarreaba ser mujer: su infancia estuvo dominada, en efecto, por la contradicción entre el hecho de ser la heredera del Trono de su padre y el deseo de éste de suplantarla, en esa condición, por un vástago varón. Carente de legítima descendencia masculina, no dudó Alfonso VI en convertir en heredero del Trono al fruto de sus relaciones con la princesa musulmana Zaida. Y, tal vez para asegurar una legitimidad que se presentía insegura, el Rey procuró la presencia del pequeño Sancho, un niño de pocos años, en los actos propios del gobierno real, de la misma manera que lo hacía figurar en lugar eminente entre los confirmantes de los diplomas regios, en los que se advierte una insistencia especial en la afirmación de la paternidad: “el infante Sancho, hijo del rey, confirmo lo que mi padre otorga”.

La condición de sucesora hasta el nacimiento de Sancho (1093) influyó en el proceso de su educación. Desde el siglo XIII, a partir de Rodrigo Jiménez de Rada, la historiografía viene sosteniendo que la primogénita de Alfonso VI se educó en la casa del noble Pedro Ansúrez. Nada en las fuentes coetáneas, escritas a partir del más cercano conocimiento de los hechos, permite asegurar que la infanta Urraca se educó en casa de un noble. Es lo más probable que la mayor parte de su niñez transcurriera en la Corte, donde, hasta el nacimiento de Sancho, su condición de heredera del Trono requirió alguna atención especial. Entre otras cosas, el cumplimiento de un programa educativo que, junto a las disciplinas liberales, incluyera también los ejercicios —la equitación, la caza— propios de quien estaba llamada a ser Reina y, por tanto y entre otras cosas, a dirigir el Ejército. Del infante Sancho se sabe que contó con un maestro en la Corte y que, en la instrucción específicamente militar, dispuso de la ayuda de García de Cabra. Podría pensarse, para Urraca, en una situación paralela, con la segunda de estas funciones desempeñadas por Pedro Ansúrez, tan cercano a Alfonso VI; de la función propiamente pedagógica hay noticia segura.

Por lo menos dos documentos informan acerca de los educadores de la infanta Urraca. El primero, del año 1094, es la donación que ella misma y su esposo Raimundo de Borgoña hicieron al obispo Cresconio y a la iglesia de Coimbra; consta, entre los confirmantes del diploma, el presbítero Pedro, “magister supradicte filie regis”. No debe extrañar la presencia del maestro de Urraca en el séquito de los condes de Galicia, puesto que la infanta, aunque casada, alcanzaba apenas los trece años y continuaba su aprendizaje con quien había sido su maestro en la Corte real. La segunda referencia es más tardía; Urraca, que estaba ya en la parte final de su reinado, recordó y reconoció el magisterio de Domingo Flacóniz en un privilegio dirigido en 1120 a la Catedral de Burgos. No quedan otras noticias de este clérigo, vinculado a la Iglesia burgalesa por el tiempo en que recibió este favor de la Reina; la información es, sin embargo, clara y expresa bien el valor que Urraca daba a la educación que había recibido.

Entre los recuerdos de su infancia, Urraca conservó seguramente el de los preparativos, nuevas y viajes relacionados con la gran hazaña política y militar del reinado de su padre, la conquista de Toledo. La ciudad se entregó a los cristianos y Alfonso VI pudo entrar en ella el 25 de mayo de 1085. El Monarca entendió el dominio de la ciudad como una prolongación de las relaciones entre cristianos y musulmanes —mezcla de alianzas, enfrentamientos, pactos y tributos— que habían venido siendo características durante buena parte del siglo XI. Las garantías acordadas a los toledanos de religión islámica o judía, el papel de los mozárabes en la relación de aquéllos con los cristianos recién llegados, la elección de Sisnando Davídiz, el conde de origen mozárabe que Fernando I había puesto al frente de Coimbra, para representar ahora a Alfonso en la ciudad recién ganada, son los hechos que demuestran el flexible talante con que se afrontaba la nueva realidad. Las cosas cambiaron en poco tiempo. El nombramiento, en febrero de 1086, del cluniacense Bernardo para la silla arzobispal de Toledo revelaba la influencia de la reina Constanza y sus lazos ultrapirenaicos y todo ello se expresaba en la ocupación de la mezquita principal de la ciudad y su conversión en iglesia catedral, una manera de hacer que se mostraba más de acuerdo con los vientos de cruzada que soplaban entre los cristianos latinos. La presencia en al-Andalus de los almorávides norteafricanos reorientó definitivamente la situación. La derrota de Zalaca, en octubre de 1086, convenció al rey leonés de la necesidad de solicitar ayuda de ultrapuertos. Entre los nobles francos que cruzaron los Pirineos, con el beneplácito del Papa y del abad de Cluny, estuvo el duque Eudes de Borgoña, sobrino de la reina Constanza; le acompañaban su hermano Enrique y Raimundo, miembro de la familia condal de Borgoña y hermano de Sibila, esposa de Eudes. Los integrantes de la expedición visitaron a la Reina. Se concertó entonces el matrimonio de Raimundo y la princesa Urraca.

La infanta era una niña de seis años que se convertía en prometida de un hombre mucho mayor que ella, de un adulto con plena capacidad de discernimiento. La debilidad y la dependencia se acentúan y se subrayan, con la diferencia de edad y de grado de madurez, en este pasaje fundamental de la vida de Urraca. Nada le fue preguntado o requerido ante decisiones que la afectaban grave y directamente y que se tomaban en un entramado de intereses, en el que el papel de Urraca se limitaba al de pieza de intercambio. Una pieza valiosa, porque, en el momento de las concertaciones, tenía asociado el Trono de León. Algunos historiadores se preguntan por qué, perteneciendo Enrique a la casa ducal de Borgoña y teniendo, por tanto, más rango nobiliario que Raimundo, miembro de la familia condal, esposó éste a Urraca, hija legítima y primogénita del Rey de León, y aquél a Teresa, fruto de la relación extraconyugal de Alfonso VI. La respuesta es bien clara: la cercana relación de parentesco entre Enrique y Urraca, primos carnales, suponía un grave obstáculo para proyectos de enlace que inevitablemente habrían de chocar con las estrictas reglas que, a propósito del incesto, establecía la Iglesia. La condición de casada de Urraca aparece por primera vez testimoniada el 22 de febrero de 1093. Cumplía o estaba por entonces a punto de cumplir la infanta los doce años, la edad en que, en razón de la capacidad fisiológica de procrear, se consideraba que las mujeres podían acceder al matrimonio. 1093 se revelaba crucial en su vida; el año de su primera boda fue también el año de la muerte de su madre y el año del nacimiento de su medio hermano Sancho. Las expectativas políticas cambiaban radicalmente. De heredera del Trono de León, Urraca pasaba a ser condesa consorte de Galicia, de modo que el tránsito de la tutoría paterna a la tutoría del marido era acompañada de un notable descenso del estatus personal.

En la mayoría de los diplomas, expedidos por la notaría de Raimundo, figura el conde en primer lugar, por más que no falte la consignación de la presencia de Urraca. La insistencia de Raimundo en presentarse como “yerno del Emperador don Alfonso” (“Hispanie imperatoris domni Adefonsi gener”) destaca, sin duda, la figura de Urraca como transmisora de derechos políticos, pero la condición de yerno es entendida, ante todo, como afirmación de la propia figura de Raimundo, como subrayado de su papel en Galicia, quizá también como anuncio de previsiones sucesorias en ese espacio. Los títulos de “príncipe de toda Galicia o emperador de toda Galicia” con que se denomina Raimundo apuntan en la dirección de la soberanía política. Urraca viene después, dependiente del esposo, sometida a la tutoría del marido. Ante la mentalidad dominante aparece algún indicio de contestación o de incomodidad por parte de Urraca, expresadas a través de la distinción de género en ciertos diplomas; el fuero que, junto a su marido Raimundo de Borgoña, otorga a los habitantes de Compostela en el año 1105 se concede a los habitantes de la ciudad, tanto varones como mujeres (“cunctis habitatoribus uiris ac feminis”). Las fórmulas de confirmación habitual, la infanta Urraca o la esposa del conde Raimundo, son sustituidas en este caso por la expresión Urraca reina, que, usada en ocasiones por las infantas en tanto que pertenecientes a la Familia Real, resulta llamativa en esta fase de la vida de la protagonista.

Cumpliendo el papel que la sociedad le asignaba, Urraca, tras las bodas con Raimundo, dejó de ser niña y se convirtió pronto en madre. De su matrimonio con Raimundo de Borgoña nacieron dos hijos, Sancha y Alfonso. Este núcleo familiar concreto formaba parte —y parte principal— del más amplio conjunto de la Familia Real. No sólo por su vinculación hacia el pasado, sino también por su proyección futura. Tiene que ver con ambas la elección de nombre de los hijos. Para la mayor se escoge el nombre de la bisabuela, la esposa de Fernando I, transmisora de la legitimidad en el Trono leonés; el niño Alfonso recibe en el bautismo, que ofició Diego Gelmírez, el nombre del abuelo, el Monarca reinante, a quien, después de Urraca, está destinado a suceder. Contra lo que con frecuencia se ha dicho, no hay razones para creer que las relaciones de Urraca con sus hijos hayan sido difíciles o especialmente tensas. Es cierto que las costumbres y seguramente también la conveniencia hacían que la crianza y educación de los hijos transcurriera en casa de otros familiares o de nobles allegados; pero no de manera permanente y completa. Sancha se crió con su tía abuela Elvira; cuando ésta murió, volvió con su madre. Alfonso fue encomendado al conde Pedro Fróilaz y a su esposa doña Mayor, en cuya casa se educó, bajo la vigilancia y la protección del ayo Ordoño. Pero estas formas de crianza y educación, y las separaciones consiguientes, no significaban la ausencia de contactos entre padres e hijos. No es difícil encontrar en los documentos testimonios frecuentes de encuentros familiares. Y la Historia Compostelana, que no deja de señalar que el conde Pedro y su esposa se habían ocupado de la crianza del niño Alfonso Raimúndez, tampoco oculta las preocupaciones y el afecto que tenía y sentía por él su madre la Reina. Eran frecuentes, a su vez y pese a las largas estancias en Galicia, las reuniones de Urraca y Raimundo con los otros miembros de la Familia Real en la Corte o fuera de ella.

Pero el tiempo de estabilidad y bonanza que parecía vincular definitivamente a Galicia el destino de Urraca y de su marido cambió bruscamente. En Grajal, junto a Sahagún, estaba retenido por grave enfermedad el conde de Galicia cuando llegó al final el verano de 1107. Acudieron allí, para acompañarle, además de su esposa, el obispo de Santiago y el propio rey Alfonso VI. Y allí concluyó, en el mes de septiembre, la vida de Raimundo de Borgoña. Su cuerpo fue trasladado a Compostela y depositado en la iglesia de Santiago. La muerte del esposo significó para Urraca un inmediato aumento de las responsabilidades. Los títulos de “totius Gallecie domina” o “totius Gallecie imperatrix” que la infanta empleaba, expresan bien claramente que la viudedad significaba un ascenso de rango y de peso político. Ante esta nueva situación, el grupo de clérigos y aristócratas que en Galicia se había generado en torno al gobierno de Raimundo y Urraca, buscó, con la aquiescencia de la infanta, garantías de estabilidad, en una curia plena reunida en León en las navidades del año 1107; y las encontró en la figura del niño Alfonso Raimúndez, cuyo futuro al frente de Galicia trataron de asegurar.

Urraca, por el momento, parecía decidida a continuar la tarea de gobierno iniciada junto a su esposo y a darle proyección de futuro. La muerte de Sancho, el hijo varón del Rey, ocurrida en Uclés, en la guerra contra los almorávides, el día 29 de mayo de 1108, volvía a desordenar la política leonesa. La vida de Urraca cambió de manera sustancial: de nuevo se convirtió en la legítima heredera del Trono. Roto definitivamente el sueño del heredero varón, Alfonso VI reconocía antes de morir los derechos de su hija. Muerto el Rey el 1 de julio de 1109, el primer acto del reinado de Urraca fue la presidencia de las honras fúnebres de su padre. Duró el duelo ocho días y, durante todo él “ni de día ni de noche faltó lloro”. La Reina ordenó el traslado del cadáver al Monasterio de Sahagún, donde, en sepulcro de precioso mármol, fue enterrado junto a la reina Constanza, la madre de Urraca. Después empezaron las intrigas.

La Reina se encontraba de nuevo enfrentada de lleno a una mentalidad dominante que actuaba en contra de sus intereses y objetivos. Transcurridos dos años de la muerte de Raimundo, los intereses de la joven viuda pasaban por el conde castellano don Gómez González. Pero esta relación, querida y desarrollada por la Reina y el aristócrata, no encontró las condiciones favorables para cuajar en derecho. Los poderosos que rodeaban a la reina concertaron su matrimonio con Alfonso de Aragón contra su voluntad. La mujer —la Reina en este caso— volvía a ser objeto de intercambio, garantía de un pacto político. El pacto se expresó en los capítulos matrimoniales que Urraca y Alfonso firmaron en diciembre de 1109, poco después de la boda. El rey aragonés cedió a su esposa —en concepto de arras— castillos, plazas fuertes y dominios que le pertenecían en todo su Reino, junto con la dependencia y fidelidad de palabra y de obra, de los hombres a quienes había concedido algún “honor”. La donación de Urraca era más genérica: cedía a su esposo toda la tierra, poblada o desierta que había pertenecido a Alfonso VI, junto con la fidelidad de cuantos poseían tenencias en su nombre. Uno y otro acordaron que, si tenían un hijo en el matrimonio, el cónyuge superviviente y luego el hijo de ambos heredaría el conjunto de lo que pertenecía a los dos. Si no hubiera hijos, Alfonso Raimúndez sería el heredero. El cumplimiento del acuerdo quedaba condicionado a que el comportamiento de Urraca se ajustase al que la buena esposa debía tener para con su buen señor, es decir, para con su marido. El modelo feudal de la relación entre el señor y el vasallo se insertaba en el núcleo de la familia y era aceptado por la Reina, que admitía convenir con el rey Alfonso, “señor y esposo mío”. Por más que Urraca fuera la sucesora legítima en el Trono de León y por más que se empeñara en ejercer plenamente la función de Reina, había de hacerlo desde su condición de mujer.

El modelo de comportamiento no funcionó en la práctica y, en el plano estrictamente personal, el matrimonio fue un completo fracaso. La falta de amor por parte de la Reina, que accedió al matrimonio en razón de las presiones políticas, era correspondida con la misma moneda del lado de Alfonso, que aportaba a la relación un carácter no exento de rasgos violentos sobre un evidente fondo de misoginia. Era una relación que, de acuerdo con alguna información cronística, ni siquiera excluía los malos tratos. Y había una dificultad añadida, particularmente grave a los ojos de Urraca: la situación en la que el nuevo matrimonio dejaba al hijo de la Reina, el pequeño Alfonso Raimúndez. Urraca acusó sin ambages y, según testimonio de la Historia Compostelana, llegó a afirmar que el odio del aragonés hacia el infante era de tal naturaleza que podía suponer un riesgo para su vida, puesto que su marido “anhelaba con todas sus fuerzas aniquilarlo, considerando que seguramente podría apoderarse del reino si de algún modo el niño era asesinado”.

La ruptura llegó muy pronto. El día 13 de junio de 1110 la Reina encabezó un documento de donación al Monasterio de Silos como Urraca, reina de toda España e hija del emperador Alfonso. Era la expresión en términos políticos del rechazo de la tutoría del Rey de Aragón y la afirmación de la propia independencia sobre la tradición de la idea imperial leonesa. Para Urraca se abrían capítulos nuevos desde el punto de vista personal y político. Pero, antes de verlos, merece la pena que detenerse en la consideración de las versiones historiográficas acerca de la separación entre la reina de León y el rey aragonés. Desde el siglo XIII, Rodrigo Jiménez de Rada fija la interpretación más desfavorable a Urraca. Es él el que usa la palabra que, en la relación entre los cónyuges, resulta más desequilibrante: repudio; la Reina fue repudiada por su esposo, al no comportarse con la debida mesura. El cronista se pone del lado del marido, adopta el punto de vista del varón.

En las crónicas del siglo XII, los escritores contemporáneos de los sucesos presentan las cosas con una mayor riqueza de matices y de modo más equilibrado. Fue la Reina la que tomó la iniciativa de romper la unión matrimonial. “E entonçes la reina, avido su consejo con los suyos, deliberó façer diborçio e separación del marido; e tornóse a León”, dice el monje anónimo autor de la Primera Crónica de Sahagún. De separación, y no de repudio, escribe también Giraldo en la Historia Compostelana: “Hecha la separación y roto el para mí vergonzoso matrimonio”, hace decir a la Reina. La decisión de la ruptura era firme. Luego hubo algunos intentos de arreglo y puntuales reencuentros que no pasaron de días o, como mucho, de algunos meses. Pero, lo mismo que la posición de los clérigos acerca de la ilegitimidad de la unión matrimonial por razón de consanguineidad, todo eso tiene más que ver con el ejercicio del poder que con las vicisitudes de una relación personal abocada al fracaso prácticamente desde su comienzo. En el plano personal, la separación matrimonial fue la confirmación de una ausencia que, en realidad, era ya anterior. Conviene atender a las presencias. Porque las hubo.

Las del conde Gómez González, tiempo después de la muerte de Raimundo, y la de Pedro González de Lara, tras la ruptura con el Rey de Aragón, son conocidas. No con mucho detalle. Los historiadores medievales pasan de puntillas sobre la relación mantenida por la Reina con estos dos aristócratas; porque son relaciones habidas fuera del ámbito reglado del matrimonio y porque, situadas al margen de la sucesión al Trono, carecen de la relevancia política suficiente. Tienen, sin embargo, una importancia grande en la vida de Urraca. En primer lugar, son clara expresión de afirmación propia, de ejercicio de una libertad personal de la que dan prueba unos documentos que ahora Urraca iniciaba en solitario con los títulos de dueña, reina o emperatriz de España, tan diferentes de la posición de cónyuge acompañante de los años de unión con el rey aragonés; la pública aparición en estos textos, como confirmantes de las decisiones de la Reina, de Gómez González, de Pedro González de Lara y de los hijos que tuvo con este último demuestran que la plenitud política alcanzada por Urraca en la última fase de su vida estuvo acompañada, frente a los rasgos de desequilibrio y volubilidad con que suele describirse su carácter, por la madurez y la estabilidad personal.

Tras la desaparición del conde Gómez en la batalla librada en Candespina contra Alfonso el Batallador, se inició la relación entre Urraca y el conde Pedro González de Lara. La Historia Compostelana lo dice de este modo: “Este conde Pedro, según se rumoreaba, encadenado por los firmes lazos del amor, solía galantear a la reina y por ella tenía en su poder Castilla y no poca parte de la Tierra de Campos”. Las cincuenta y nueve apariciones del aristócrata castellano en los documentos reales demuestran su presencia continuada junto a Urraca. Fruto de esa relación estable fueron, por lo menos, dos hijos: Fernando y Elvira. De hijos e hijas habla la Historia Compostelana, que los recuerda, desde la narración de los acontecimientos del reinado de Alfonso VII, y los presenta como resultado de adulterio, estableciendo en este punto el paralelismo con la vinculación entre Teresa de Portugal y Fernando Pérez de Traba. La unión entre la Reina y el conde Pedro de Lara fue de las que duró hasta que fue disuelta por la muerte.

Murió la reina Urraca, de parto, el día 8 de marzo de 1126, en Saldaña. El lugar parece escogido voluntariamente para hacer frente a las dificultades de un embarazo problemático y de un parto que se presumía difícil. No era la primera vez que la Reina buscó refugio en estas tierras del borde norte de la Tierra de Campos. La elección de Saldaña ha de entenderse en razón de las comodidades de un castillo palacio que, muy poco después, sería escenario de las bodas de Alfonso VII y Berenguela, la hija del conde de Barcelona. El enemigo del que defenderse era ahora temible. Estaba la Reina “muy enferma y puesta a las puertas de la muerte”; eran ésas las noticias transmitidas por los legados que Diego Gelmírez había enviado a Tierra de Campos para entrevistarse con ella. No hubo, por tanto, accidente o enfermedad repentina. Sabedora del peligro que corría, Urraca quiso acogerse a los paisajes familiares, a los lugares de la infancia. Se sabe de uno no lejos de Saldaña: el Monasterio de San Salvador de Nogal, que había pertenecido a la madre de Urraca hasta el momento de su muerte y estaba junto a los palacios que el rey Alfonso VI tenía en el mismo lugar. Y una razón tal vez más determinante pudo haber sido la protección y el amparo de Pedro de Lara, que ejercía el poder en “Castilla y no poca parte de la Tierra de Campos”.

El recuerdo del reinado de Urraca llega a las historias oficiales compuestas por los clérigos del siglo XIII desvaído y filtrado por una manera de ver y entender el poder real y su transmisión en la que una pieza de las características de la hija y sucesora de Alfonso VI no encajaba fácilmente. Para Lucas de Tui en su Chronicon Mundi, la acción política de Urraca queda reducida a una suerte de interregno o de regencia forzada, que desempeñó en la práctica el rey aragonés; Urraca tenía título de reina sólo porque era hija, esposa y madre de rey. Tampoco puede hablarse verdaderamente de reinado de Urraca en la historia de los hechos de España de Rodrigo Jiménez de Rada. Por más que la hija de Alfonso VI sea considerada depositaria de los derechos sucesorios, su relación con el poder se reduce a un papel meramente pasivo cumplido a la sombra de su marido el Rey de Aragón o, después, de sus amantes sucesivos. Como en Lucas de Tui, la época de Urraca es tiempo de regencia y minoridad: el comienzo del reinado de Alfonso VII se sitúa en el acto de coronación que tuvo lugar durante su infancia; según el arzobispo de Toledo, su madre reinó solamente cuatro años.

Los cronistas del siglo XII, compusieron una imagen más amable de Urraca y no pudieron ocultar un hecho incuestionable: que Urraca reinó y lo hizo durante más de cuatro años. El autor del Cronicón Compostelano afirmó rotundamente que ella fue la legítima sucesora de su padre y que su reinado se extendió a lo largo de diecisiete años y lo califica: reinó Urraca tiránica y mujerilmente. El autor de la primera de las crónicas de Sahagún, que conoció a la que llegaría a ser reina de León, la describió adornada de cualidades naturales, morales e intelectuales. En la Historia Compostelana puede decirse que hay, por lo menos, tres Urracas diferentes; una por cada uno de los tres autores principales que intervinieron en su composición. La Urraca de los primeros capítulos, la de Munio Alfonso, es la esposa de Raimundo de Borgoña o la hija del rey Alfonso VI; la Urraca de la última parte de la crónica es una Urraca recordada, descrita por alguien que conoce ya el final de su reinado y puede tomar alguna distancia en su caracterización. En medio, la reina Urraca que presenta Giraldo de Beauvais, es la mujer de los tiempos difíciles, de los desencuentros repetidos que finalmente conducen al choque frontal con Diego Gelmírez. Para Giraldo, Urraca es Jezabel ejerciendo injustamente el poder contra Gelmírez, el justo y pacífico Nabot, que se niega a desprenderse del señorío de Santiago, su legítima posesión. La relación entre el obispo y la Reina es la que directamente se deriva de la lucha por el poder.

Un poder que la reina Urraca, con el apoyo de los clérigos y aristócratas que estuvieron a su lado, ejerció plenamente en la última parte de su vida. El mantenimiento de la unidad del Reino frente a la presión aragonesa o las tendencias centrífugas creadas en torno a Teresa de Portugal, así como la firme defensa de la frontera con los musulmanes prueban que tal ejercicio se hizo en cumplimiento de lo que cabía esperar de él. Las capacidades y actitudes que esa tarea hubo sin duda de requerir difícilmente podían ser bien vistas por quienes difundían insistentemente la imagen de la mujer débil, mudable de cuerpo y de alma, protegida y sometida. No extraña que los clérigos que escribieron la historia de este personaje compusieran una imagen de rasgos negativos que, fijada en sus escritos, sigue condicionando los actuales. No se la puede desconocer; pero no hay obligación de aceptarla. En los documentos y crónicas hay evidencias más que suficientes de energía, independencia, constancia, capacidad de amar, es decir, de rasgos del carácter de la reina Urraca que poco o nada tienen que ver con el papel que le asignaron, pensando en la mujer en general, los forjadores principales de la mentalidad colectiva en el tiempo de la plenitud feudal.

 

Bibl.: E. Flórez, Memorias de las reynas catholicas, Madrid, Viuda de Marín, 1790; J. Campelo, “Introducción”, en Historia Compostelana, Santiago de Compostela, Editorial Porto, 1950, págs. XXX-XXXIX; J. M.ª Lacarra, Vida de Alfonso el Batallador, Zaragoza, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1971; B. F. Reilly, The kingdom of León-Castilla under queen Urraca: 1109-1126, Princeton, University Press, 1982; R. Pastor, “Urraca Alfonso”, en C. Martínez, R. Pastor, M.ª J. Pascua y S. Tavera (dirs.), Mujeres en la Historia de España. Enciclopedia biográfica, Barcelona, Planeta, 2000, págs. 178-182; M.ª del C. Pallares y E. Portela, “La reina Urraca y el obispo Gelmírez. Nabot contra Jezabel”, en L. A. Fonseca, L. C. Amaral y M.ª F. Ferreira (coords.), Os reinos Ibéricos na Idade Media. Livro Homenagem ao Profesor Doutor Humberto Carlos Baquero Moreno, vol. II, Porto, Livraria Civilizaçao Editora, 2003, págs. 957-963; M.ª C. Pallares, “Urraca de León y su familia. La parentela como obstáculo político”, en C. Trillo (ed.), Mujeres, familia y linaje en la Edad Media, Granada, Universidad, 2004, págs. 65-100; M.ª del C. Pallares y E. Portela, La reina Urraca, San Sebastián, Nerea, 2006.

 

María del Carmen Pallares Méndez