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Enrique Fernando Flórez de Setién Huidobro y Velasco

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Biografía

Flórez de Setién Huidobro y Velasco, Enrique Fernando. Villadiego (Burgos), 21.VII.1702 – Madrid, 5.V.1773. Agustino (OSA), teólogo, filósofo, historiador y catedrático de la Universidad de Alcalá.

Fue hijo de Pedro José Flórez de Setién Calderón de la Barca y de Josefa de Huidobro y Velasco Puelles. Tuvo este matrimonio doce hijos, de los que dos murieron niños, tres profesaron en la vida religiosa y otro sirvió en la milicia, adquiriendo el hábito de caballero de una orden militar; las mujeres realizaron buenos matrimonios con ilustres y destacados caballeros. La familia Flórez-Huidobro puede ser modelo de familia castellana del Antiguo Régimen: cristianos viejos de solar conocido, miembros de la hidalguía y desempeñando destacados puestos en la Administración o el Ejército; la evolución de sus miembros también es típica: mortalidad infantil, dedicación a la vida religiosa y al Ejército. En su pueblo natal, en Zahara de los Algodonales (Cádiz) y en Barco de Ávila —villas de los duques de Arcos y Alba—, donde su padre ejerce el cargo de corregidor, aprende las primeras letras (Gramática); posteriormente, en el convento de Santo Domingo de Piedrahíta (Ávila) estudia los principios de Lógica (Súmulas), y manifiesta cierta atracción por la vida religiosa, que luego canalizará a través de un pariente.

Tomó el hábito en el convento de San Agustín de Salamanca el 5 de enero de 1718, profesando el 6 de ese mismo mes el año siguiente, y se trasladó al colegio agustiniano de Valladolid, donde realizaría los estudios de Filosofía, regresando posteriormente a Salamanca para cursar la teología. Durante los años de la carrera eclesiástica dio muestras de su gran capacidad, porque tanto en el ciclo filosófico como en el teológico le encomendaron desarrollar actos públicos, siendo nombrado “Actuante primero” en 1723, “Actuante menor” en la Universidad de Salamanca, en 1724, y en Valladolid, donde defendió al ilustre padre Pedro Manso, de quien había sido amanuense, cuando la fuerte polémica suscitada contra la doctrina del agustino, cardenal Noris, de quien Manso se había convertido en defensor. Terminó la carrera eclesiástica en 1725 presentándose ese mismo año en, el colegio madrileño de Doña María de Aragón (hoy, sede del Senado), a las oposiciones a Lector en Artes, obteniendo el primer puesto, que debería desarrollar en el colegio de Madrigal de las Altas Torres (Ávila).

Estando en la Corte se ordenó sacerdote el 25 de julio de 1725 y cantó la primera misa pocos días después en el otro gran convento de la Orden, el de San Felipe el Real, sito en la Puerta del Sol y comienzo de la calle Mayor. En otoño fue trasladado a la ciudad de Ávila, en cuya Universidad de Santo Tomás superó las pruebas y se graduó de bachiller, licenciado y doctor; pocos días después el superior provincial, padre Francisco Avilés, le ordenó que se trasladase al colegio agustiniano de Alcalá (hoy, sede de los juzgados) para graduarse de doctor en aquella Universidad, título que obtuvo el 6 de febrero de 1729, tras haber aprobado los cuatro actos públicos previstos para la colación del máximo grado académico. El padre Avilés pensó reeditar la obra filosófica del padre Andrés Sierra, catedrático de Salamanca, que había dejado incompleta al morir. Flórez recibió el encargo de redactar el IV volumen que faltaba, lo que hizo en el verano de 1726; se publicó poco después en Madrid omitiéndose el nombre de Flórez en el tomo que él redactó y el año de la publicación, ignorándose la razón de este silencio, que fue algo más que un olvido, según Méndez.

De nuevo el padre Avilés, gran impulsor de los estudios y protector de los religiosos que destacaban, recurrirá al padre Flórez en 1730 para encargarle la redacción de un curso de Teología que sirviese de manual para los estudiantes del colegio alcalaíno; dos años después tenía el primer tomo impreso, y otro al año siguiente, hasta el quinto y último que vio la luz en 1738; sin haber finalizado la redacción y publicación de esta obra teológica, se presentó y obtuvo el grado de maestro en 1736. En atención a su preparación teológica y solidez de conocimientos, la Inquisición le nombró revisor y visitador de librerías conventuales en agosto de 1740.

Su presencia en Alcalá y los grados académicos obtenidos en su Universidad estaban orientados al acceso a una cátedra; se presentó todas las veces que vacaron las de Teología, mientras residió en la ciudad, siete en total, sin lograrla en ninguna ocasión. Su gran biógrafo el padre Méndez afirma que la Universidad cisneriana le fue siempre contraria con capa de amiga.

Las relaciones humanas con sus compañeros claustrales complutenses debieron de ser frías, ya que en varias ocasiones trasluce que tenía que salir de Alcalá para encontrar amistad y compañía. En momentos de descanso y cuando la enseñanza de las materias eclesiásticas se lo permitían, comenzó a formarse en el campo de la historia, especialmente en la numismática.

En Alcalá transcurrió una buena parte de su vida —de 1725 a 1750—; aprovechando la estrecha situación y el estado de pobreza del colegio se trasladaba los veranos al convento de San Felipe de Madrid. En los cursos complutenses y en los veranos matritenses influyeron decisivamente en la forja de su vocación intelectual sus amistades; personas de la talla de Alfonso Clemente de Aróstegui, después arzobispo de Granada; Francisco Delgado y Venegas, después patriarca de las Indias Occidentales, y Gómez Gutiérrez de Tordoya, los hermanos Infantas (Francisco José y Juan Antonio); también trató con los dominicos y franciscanos, con nobles intelectuales, como los condes del Águila y del Puerto y el duque de Medina Sidonia.

Fomentó a lo largo de su vida una fecunda correspondencia con destacadas personalidades y especialistas en las materias de sus investigaciones: con Burriel y Foguet, con Gutiérrez Bravo y Velasco, con Mayans y Sales, con Villacevallos y López de Cárdenas, con el conde del Puerto y el de Lumiares, con Feijoó, Sarmiento, Juan Bautista de Castro, cabildos e instituciones.

Intercambió monedas, le copiaron códices y dibujos, le transcribieron inscripciones, le facilitaron piezas para su colección de historia natural; otras veces puntualizaron fechas y datos, se corrigieron pasajes e intercambiaron opiniones. Toda una intensa vida intelectual; relación fecunda que también descendía a lo cotidiano, y que no pocas veces estrechaba los lazos de amistad. El trato fue continuo con los que podía visitar en Madrid: Iriarte y Nasarre, bibliotecarios de la Librería Real, con los benedictinos Ibarreta y Mecolaeta, con los Samaniego y Gallo, con M. de la Roda y Campomanes, con los padres Rodríguez Mohedano (Pedro y Rafael), con el mercedario B. Palacios y los jerónimos de El Escorial, especialmente con los bibliotecarios San José y Mocete, Núñez y Villegas, además de los forasteros que, llegados a la Corte, pasaban por el convento.

A los cuarenta años tomó la decisión de dedicarse al estudio sistemático y profundo de la Historia Antigua de la Iglesia de España, y dio los pasos para demostrar la firmeza de su resolución. Al año siguiente de su reelección —1743— renunció a su cargo de rector del colegio de Alcalá y comenzó su formación, que fue autodidacta. En la España Sagrada confesó el purgatorio por el que pasó y cómo pretendió subsanarlo para facilitar el camino de los que fueran tras él. Comprendió la necesidad de perfeccionarse en idiomas y se ejercitó tanto en los modernos —francés, italiano, portugués— como en lenguas clásicas —griego, puesto que latín lo dominaba perfectamente—, sirviéndose de manuales y de la ayuda prestada por el gran filólogo agustino, el mallorquín Francisco Riambau, con el que coincidió en Alcalá y en Madrid. Al principio, la obra fue concebida como una cronología interdisciplinar donde apareciesen, en forma serial, papas, emperadores, reyes, concilios, santos, herejes, con vistas a facilitar, tanto la ubicación de cada uno como la relación simultánea con los contemporáneos; después pensó en una geografía eclesiástica de España, donde se incluyese la descripción de los espacios de las sedes episcopales, así como las divisiones y límites de cada una de las sillas con su propia evolución, desde los tiempos apostólicos.

Consultó el proyecto con su buen amigo Juan de Iriarte, bibliotecario de Palacio, quien no solamente lo animó, sino que le sugirió ampliar la idea hasta hacer una Historia General de la Iglesia de España, que podía llamarse España Sagrada. Después de materializar el proyecto, el padre Flórez fue consciente de lo interesante de la idea, al tiempo que comprendía el gran esfuerzo y los enormes sacrificios a los que se enfrentaba —localización y verificación de fuentes, cotejo de códices, traslados y comprobación visual de los lugares, etc.—, que, unidos a su edad y otras circunstancias ambientales, arrojaban unas dificultades reales y objetivas. Sin embargo, predominó en él la idea de servicio que, desde el estudio y la investigación, se podía hacer a la Iglesia de España.

El conocimiento del mundo antiguo le llevó a ampliar el horizonte de la investigación como base para mejor dominar la época y el lugar que estudiaba; así surgió su pasión por la numismática y las ciencias naturales, llegando a recoger piezas y a formar gabinetes personales con sendas colecciones que, con el paso de los años, llegaron a ser de primerísima categoría, tanto por la cantidad como por la calidad de las monedas y de ejemplares de la naturaleza que guardaba.

Una de las intervenciones más decisivas del padre Flórez en el ámbito científico oficial español fue el decidido impulso dado, gracias a su prestigio y a que lo buscaron, para la formación del Real Gabinete de Ciencias Naturales, en Palacio, como preámbulo de un gabinete nacional y público, según se puede ver en su correspondencia con el ministro Grimaldi.

Conocedor de los méritos y fatigas, físicas, morales y comunitarias, Fernando VI tomó bajo su real protección, el 17 de noviembre de 1750, la magna obra de la España Sagrada —ya se habían publicado cinco tomos—, concediendo al padre Flórez al año siguiente una pensión anual de 600 ducados para que continuase el trabajo según el plan previsto.

Estimulada por el reconocimiento que estaban tomando Flórez y su obra, la Orden agustiniana designó al padre Francisco Méndez como su ayudante y amanuense; a partir del 2 de noviembre de 1749 este religioso le acompañó hasta su muerte. Fue colaborador, amigo y confidente; la intimidad de un cuarto de siglo, sobre todo los años decisivos en la vida y obra de Flórez, hará que luego escriba la mejor biografía de su maestro. Un año después, 1750, los superiores le trasladaron al convento de San Felipe el Real para que pudiese trabajar con mayor comodidad, mejores herramientas y más fácil posibilidad de consultar con eruditos y buenas bibliotecas. La beca real y otros favores áulicos despertaron envidias y celos en algunos coetáneos —Mayans alguna vez lo comentó desdeñosamente cuando rompió la amistad con Flórez—, así como las exenciones y privilegios religiosos causaron críticas en el seno de la provincia de Castilla, algunos de cuyos miembros veían inútiles e inadecuados los estudios de su hermano, incluso recurrieron a quejas serias a los superiores sobre faltas de observancia y religión, de visitas inoportunas a su celda, de gastos excesivos para editar y almacenar los libros, etc.; también conoció las duras críticas que los ilustrados hacían a los religiosos y eso le hizo mantenerse recogido en sus estudios y ser remiso a aceptar distinciones seculares.

Sin haber alcanzado la cátedra universitaria, concluyó su actividad docente en plenitud de vigor, capacidad intelectual y entusiasmo vocacional; el maestro Flórez contaba treinta y siete años y era el momento de que la Orden lo dedicara a la carrera de los cargos, modificando bruscamente el destino para el que él había puesto rumbo, que era la investigación en sentido estricto y riguroso. Con notable esfuerzo debió simultanear los dos servicios —estudio y prelacía— hasta que desasiéndose de los puestos de mando en la vida religiosa, su actividad quedó centrada en el estudio y en la vivencia de los preceptos de la regla agustiniana que había profesado.

En plena gloria, cuando el Rey le honraba y le distinguía, previa consulta del Consejo de Castilla y habiendo vacado la cátedra segunda de Santo Tomás, el padre Rávago expuso al gobernador del Consejo que se fijase en los méritos de Flórez, concediéndole la cátedra en marzo de 1751, cuando ya no residía en Alcalá por estar ocupado por real orden en el proyecto de la España Sagrada. El 2 de abril de 1758, consciente de esa limitación y de los males que encerraba para la enseñanza, puesto que el maestro debe estar junto a los discípulos, dando ejemplo de ética profesional, renunció a la cátedra.

El ritmo de trabajo del padre Flórez admira y sorprende; de otra forma resultaría difícil comprender los estudios realizados, la alta especialización a la que llegó en algunas materias y el número de obras publicadas de temas diferentes, aunque afines, lo que significa amplitud de objetivos, diversificación de campos, potente bagaje científico y cultural... y agotamiento físico. No tuvo buena salud, agravada en algunos momentos de intensidad de trabajo, y alto fue ese ritmo habitualmente. El padre Méndez atribuye los dolores de cabeza y de muelas, y la fluxión de la vista, al enorme esfuerzo físico e intelectual. Por la abundante correspondencia se tiene puntual conocimiento de sus enfermedades y se sabe que no quedaba ocioso, aprovechando el tiempo en otras actividades que pudiese compatibilizar con su situación, siendo ayudado por algún religioso: se ejercitó en aprender a tañer la vihuela, llegando a tocarla con maestría, le leían libros, le tomaban las notas y escribían las cartas que dictaba, le copiaban códices y le catalogaban las piezas del Gabinete de Ciencias que estaba formando.

Menguadas sus fuerzas físicas, sin una contextura fuerte, pasada la juventud y con la intensa actividad desarrollada habitualmente se convirtió en avaro del tiempo, sabiendo la enorme tarea que tenía entre manos y lo que aún le quedaba por hacer; por eso no fue el mal físico o las dolencias lo que verdaderamente le preocupaban, sino que le hiciesen perder el tiempo, lo que supondría tener que reducir la dedicación a su tarea, repercutiendo directamente en sus obras.

Otro aspecto fundamental en la vida de Flórez era su condición de religioso, que regulaba su existencia de forma muy estrecha; supo compaginar el horario conventual y las actividades comunitarias con su tarea investigadora. De nuevo por su correspondencia y la biografía del padre Méndez, que tan de cerca le siguió, hay datos que permiten comprender mejor su corazón y sus vivencias íntimas de tipo religioso.

En pleno apogeo ilustrado y racionalista, fray Enrique Flórez se mostró como un intelectual dentro del campo de la investigación científica, trabajando con sus herramientas, pero también se manifestó como un religioso de primera, sensible y delicado, para poner su fe por delante demostrando que a Dios se puede llegar por el camino del estudio, y que la investigación le remite a Dios como fuente de donde ha manado todo. Sorprende la visión que tenía de la naturaleza, su orden y armonía, según la enseña al príncipe de Asturias y al infante Gabriel, en el pequeño tratado sobre la Utilidad de la Historia Natural, y en el diseño del Gabinete de Palacio.

Como religioso también se ha conservado su horario personal en el que destacaba el tiempo dedicado a las prácticas religiosas y espirituales. La primera acción del día era la celebración de la misa con su acción de gracias, en lo que empleaba una hora —de seis y media a siete y media en verano, y una hora después en invierno—; después del desayuno rezaba parte del oficio divino y tenía lectura espiritual, principalmente de la Biblia y los grandes maestros de la Orden, en lo que empleaba otra hora; hacia las siete de la tarde rezaba la otra parte del oficio divino, hacía meditación y visitaba a los hermanos enfermos, si los había, dedicando una hora. Además de esto, en la correspondencia ha dejado constancia de cómo anualmente se recogía diez días para hacer ejercicios espirituales con toda la comunidad, alejándose de todo trabajo intelectual, del contacto con los seglares y permaneciendo en absoluto silencio; también hay constancia de la actividad religiosa que mantuvo como predicador, principalmente en Alcalá y Madrid, y, sobre todo, se conservan las obras teológico-espirituales que salieron de su pluma, tanto el tratado de Theologia Scholastica, como el Modo práctico de tener oración mental y el Libro de los libros, ciencia de los santos, además de otros manuscritos y las traducciones de obras espirituales portuguesas.

Fue el padre Flórez de ánimo desprendido y espíritu generoso, salvo para los libros y las piezas de las colecciones que tanto esfuerzo le costó reunir; tampoco buscó regalos, y se los hicieron. Donó al monasterio de Las Huelgas de Burgos una imagen de la Virgen madre con el Niño dormido en el regazo, que había encargado le tallasen para su celda, en agradecimiento a lo bien que lo habían tratado en el viaje de estudios que había hecho a la librería de aquel monasterio, entregándola el 24 de junio de 1769, y colocándola las monjas en el altar-relicario de San Juan Bautista; posiblemente puede ser la que actualmente está allí colocada. En uno de los viajes por Andalucía reparó que las vidrieras del camarín de la Virgen de las Angustias, patrona de Granada, no correspondía a la grandeza del conjunto, y costeó unas nuevas; en otra ocasión, camino de Plasencia, se detuvo en Arenas de San Pedro para visitar a sus hermanos, pasando a venerar las reliquias de san Pedro de Alcántara, de quien era especialmente devoto; finalizado el viaje adquirió para la capilla del santo una valiosa araña de cristal bueno, una gran alfombra y una estera de colores. No solamente se volcó en atenciones a lugares religiosos; su largueza también alcanzó a otras personas. En una carta confesó, sin mucha importancia, que ha quedado muy escaso de monedas porque el presidente de la Academia de Inscripciones de París, el señor nuncio apostólico y el Gabinete de Historia Natural de Barcelona le han sacado tres pequeñas colecciones.

No fue ambicioso, ni buscó honores; aceptó los que llegaron con frialdad personal aunque con profundo agradecimiento para las personas e instituciones que le distinguían. El padre Rávago confesó al cardenal Portocarrero que Flórez era modestísimo, y nada pretendía sino estudiar. Enterado del nombramiento de miembro de la nueva Academia del Buen Gusto de Zaragoza, respondió honrado con la distinción, pero no sin ironía les recordó el mal gusto que habían tenido al acordarse de él; internacionalmente fueron reconocidos sus méritos con la designación de académico de la Real de Inscripciones y Bellas Letras de París en 1757.

Desde el punto de vista eclesiástico, el padre Flórez se opuso tajantemente a aceptar la mitra de la diócesis de Segorbe; al principio, tampoco la propia Orden de San Agustín fue generosa en el reconocimiento institucional de los méritos de su hijo, aunque enmendó su falta de sensibilidad. A petición del rey de España, el papa Benedicto XIV solicitó al provincial de Castilla se le concediese a fray Enrique Flórez las exenciones de provincial absoluto en 1750. En mayo de 1754, sin estar presente, el capítulo provincial le nombró definidor; a petición del padre general, Francisco Javier Vázquez, el papa Clemente XIII le concedió las exenciones de exasistente general de las provincias de España en 1765.

Dentro de su actividad normal, el día 1 de mayo de 1773, tras haber cumplido con sus prácticas religiosas, y un rato después del desayuno se sintió indispuesto.

Al día siguiente se llamó al médico quien diagnosticó un dolor leve de costado (neumonía); el día 4 pidió la unción de enfermos y se fue agravando su estado hasta que el día 5, fecha en que en aquella época se celebraba la conversión de san Agustín, falleció a media noche.

Con profundo pesar de autoridades civiles y religiosas, el día 7 se celebró el entierro ante las comunidades agustinianas de Madrid, las Reales Academias de la Lengua, de la Historia y de San Fernando, y de numerosos amigos, fue sepultado en el panteón de la iglesia del propio convento de San Felipe, colocando esta inscripción sobre su tumba, redactada por Miguel de la Iglesia Castro, oidor de la Real Chancillería de Granada: “d.o.m.s. / fratri: henrico: florez: / avgvstiniano: / religione: vitae: innocentia: doctrina: / praestantissimo: / patres: hvivs: domvs: sodali: bene: de: theologia: de: hispaniae: / ecclesia: et: antiqvitatibvs: merentissimo: hoc: grati: animi: ac: desiderii: monvmentvm / posvere”. Su fiel compañero el padre Méndez nos traza el retrato de su figura en total consonancia con las imágenes que de lienzos y grabados han llegado hasta nosotros: “Fue el Maestro Flórez algo pequeño de cuerpo, aunque de estatura bastante regular, delgado en todo, pero proporcionado y perfecto, el color blanco, rostro menudo con nariz algo aguileña y frente espaciosa, el aspecto grave y modesto, ojos castaños, cejas grandes y arqueadas, cabello negro, sin faltarle uno, ni tener una cana. Mantuvo la dentadura casi entera hasta los sesenta años, y al fin se le cayeron todos los dientes y muelas. Era de pocas carnes, todo espíritu, de complexión muy fría, y tanto que con dificultad se encontrará semejante por lo extraordinario de las muchas mantas y ropa que echaba en la cama”.

 

Obras de ~: Totius Doctrinae de Generatione et Corruptione; de Coelo, et Mundo; et de Anima. Compendiosa tractatio [...], Lugduni, 1688, 4 ts; Theologia Scholastica juxta principia Scholae Augustiniano-Thomisticae pro commodiori studentium usu praecipuis [...], Matriti, 1732-1738, 5 vols.; F. de la Anunciación, Vindicias de la Virtud, y escarmiento de virtuosos [...], Madrid, 1742, trad. de ~; Clave Historial con que se abre la puerta a la Historia Eclesiástica, y Política [...], Madrid, 1743; Obras varias y admirables de la Madre María do Ceo, Religiosa Francisca, y Abadesa del Convento de la Esperanza de Lisboa, Madrid, 1744, 2 ts., trad. de ~; España Sagrada. Theatro Geographico- Histórico de la Iglesia de España [...], Madrid, 1747 [...]; Elogios del Santo Rey D. Fernando, puestos en el sepulcro de Sevilla en hebreo, y arábigo [...], Madrid, 1754; Modo práctico de tener oración mental, Madrid, 1754 y 1760; Medallas de las Colonias, Municipios y Pueblos antiguos de España [...], Madrid, parte I, 1757; parte II, 1758, parte III, 1773; Memorias de las Reynas Cathólicas. Historia Genealógica de la Casa Real de Castilla, y de León [...], Madrid, 1761, 2 ts.; T. de Jesús, Trabajos de Jesús [...], Madrid, 1763, 2 ts., trad. de ~; A. de Morales, Viage de Ambrosio de Morales por orden del Rey D. Phelipe II a los Reynos de León, y Galicia, y Principado de Asturias [...], Madrid, 1765, ed. de ~; La Cantabria. Disertación sobre el sitio, y extensión que tuvo en tiempos de los romanos la región de los cántabros [...], Madrid, 1768; Delación de la doctrina de los intitulados Jesuitas sobre el dogma y la moral [...], Madrid, 1768, trad. de ~; De formando Theologiae studio libri IV collecti ac restituti per R. P. M. Fr. Laurentium a Villavicencio [...] Curante R. P. M. Fr. Henrico Flórez, ejusdem Ordinis [...], Matriti, 1768; De Sacris Concionibus, seu de interpretatione Scripturarum populari libri III. Collecti per R. P. Fr. Laurentium a Villavicencio [...] Curante R. P. Henrico Flórez, frate ejusdem Ordinis [...], Matriti, 1768; Clave Geográphica para aprender Geographía los que no tienen Maestro, Madrid, 1769; Sancti Beati, Presbyteri Hispani Liebanensis, in Apocalypsin, ac plurimasutriusque foederis paginas commentaria [...] Opera et studio R. P. Doct. Henrici Flórez [...], Matriti, 1770; Mapa de todos los sitios de batallas que tuvieron los Romanos en España [...], Madrid, 1774; Utilidad de la Historia Natural, incluido en la biografía del padre Méndez, Madrid, 1780; Viage desde Madrid a Bayona de Francia. Por Osma, Soria, Tarazona y Navarra. Volviendo por Calahorra, Logroño, Burgos, Carrión, etc. en el año de 1766, incluido en la biografía del padre Méndez, Madrid, 1780; Correspondencia [...], ed. de F. J. Campos, San Lorenzo de El Escorial, Ediciones Escurialenses, 2002.

 

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Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla, OSA