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Tomás Antonio Sánchez y Fernández de la Cotera

Biografía

Sánchez y Fernández de la Cotera, Tomás Antonio. Ruiseñada (Cantabria), 14.III.1725 – Madrid, 12.III.1802. Bibliotecario real, historiador de la literatura, medievalista.

De familia humilde, pasó a residir en Sevilla con unos paisanos pudientes. Después de realizar sus estudios de Humanidades, amplió sus conocimientos de Lenguas Clásicas y de Súmulas en el Colegio de San Hermenegildo de Sevilla, dirigido por los padres de la Compañía de Jesús, desde 1742 a 1745. No deja de constituir un dato a tener en cuenta pues, a pesar de la mala prensa que tenían los jesuitas como profesores de Latín, de sus colegios salieron buenos humanistas, como Mayans, Finestres o el mismo Sánchez, entre otros. De su residencia sevillana, procede su vinculación con las instituciones culturales de la ciudad. Posteriormente, en 1745, ingresó en el Colegio Trilingüe de Salamanca, donde incorporó los tres cursos realizados en Sevilla y aprobó simultáneamente cinco cursos de Teología y cuatro cursos de Hebreo (20 de julio de 1745). Buen conocedor de las lenguas clásicas, obtuvo el título de bachiller en Artes por la Universidad salmantina el 30 de abril de 1751. Un grupo de hombres de letras crearon en 1751 la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y Sánchez fue uno de sus primeros miembros, pues ingresó el 24 de noviembre de 1752. Apenas dos meses después, se leía en sesión académica su Traducción y explicación del epitafio hebreo del sepulcro del Santo Rey Don Fernando III. Fue el primer intérprete del famoso epitafio, aunque otras interpretaciones, como la de Flórez, fueron más conocidas. Lo interesante, en este caso, es el hecho de que le enviaran el texto, pues demuestra la fama de buen conocedor de las lenguas orientales de que gozaba Sánchez, porque, aunque el retraso en la publicación de su trabajo le privó del reconocimiento del público, los hechos eran conocidos entre los interesados. Así, José Cevallos, que había enviado copia de la inscripción, tanto a Sánchez como a Flórez, comentaba la ingratitud del autor de la España sagrada, y añadía en carta a Mayans: “Y lo más vituperable es que, habiendo el salmantino, que cita, Dn. Tomás Antonio Sánchez, hecho la traducción, que es la mejor, por la copia que yo le envié” (22 de octubre de 1754). El trabajo de Sánchez sólo fue impreso en Memorias literarias de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras en 1773.

Ordenado de presbítero, Sánchez siguió, en principio, la carrera docente universitaria en Salamanca donde fue catedrático de Físicos durante un trienio (1754-1757), en el turno anti-tomista, es decir jesuítica, en plena coherencia con sus estudios en el Colegio de San Hermenegildo. En 1757, opositó, dentro de su carrera eclesiástica y su ascendiente santanderino, a canónigo magistral de la Colegiata de Santillana. Las oposiciones le propiciaron la circunstancia decisiva en su vida. Hubo un empate en los ejercicios y, según la administración eclesiástica vigente desde el Concordato de 1753, tuvo que decidir el Rey; y Fernando VI se inclinó por Sánchez, que residió su canonicato en Santillana hasta 1761. Pero interesa destacar que, con motivo del empate en las oposiciones a magistral, Sánchez visitó la Corte, y en Madrid conoció a Juan de Santander, bibliotecario mayor, que se convirtió en su protector. Ese mismo año de 1757, Sánchez fue elegido miembro de la Real Academia de la Historia, aunque todavía no había visto la luz pública ninguno de sus trabajos históricos. El favor del bibliotecario mayor resulta plenamente lógico, si se tiene en cuenta que Santander era una criatura de los jesuitas —nombrado por el confesor de Fernando VI, Francisco de Rávago para suceder a Nasarre— y Sánchez había estudiado en un colegio dirigido por los padres de la Compañía.

En 1761, Carlos III cambió el funcionamiento administrativo de la Real Biblioteca. Así, por Real Cédula de 11 de diciembre de 1761, dio nuevas Constituciones. Además del bibliotecario mayor y cuatro bibliotecarios, en el organigrama aparecían cuatro escribientes primeros. Según las Constituciones, los aspirantes a las plazas de bibliotecario debían alcanzar un alto nivel intelectual, graduados en Teología, Derecho y, sobre todo, poseer buen dominio de lenguas clásicas y modernas. Pero el trabajo de los oficiales escribientes aparecía muy reducido a servicios manuales, eso sí, bajo la dirección de un bibliotecario. El alto nivel de exigencia puede deducirse por el hecho de que en el número primero de los escribientes estaba Miguel Casiri, el famoso arabista, que ya había publicado el primer volumen de su Bibliotheca arabicohispano- escurialensis (1760). Sánchez, que era considerado buen lingüista, conocedor del latín, griego, hebreo y algo de árabe, fue nombrado segundo oficial escribiente, con un sueldo de 7500 reales, aunque tuvo que renunciar a su canonicato de Santillana por ser incompatible con el cargo en la Real Biblioteca. Para seguir su carrera como bibliotecario, conviene tener presente la norma de que en los ascensos debía seguirse un riguroso orden en el escalafón. Así que Sánchez siempre ocupó la plaza que dejaba Casiri en sus ascensos. El nombramiento está fechado el 17 de diciembre de 1761, e incorporado a la pieza de libros prohibidos que dirigía Manuel Martínez Pingarrón, el amigo y confidente de Mayans. El 24 de septiembre de 1763, ascendió a primer escribiente y, apenas dos meses después, era nombrado supernumerario de la Real Academia Española. El 2 de enero de 1766 pasó a bibliotecario cuarto y el 7 de abril de 1767 fue elegido numerario de la Española. Con la muerte de Juan de Iriarte, todos ascendieron en el escalafón, y Sánchez pasó a ser bibliotecario tercero el 23 de agosto de 1771. En paralelo con estos ascensos en la Real Biblioteca, en 1772 fue encargado de la correspondencia latina del Diccionario. Posteriormente, se le otorga un nuevo ascenso a bibliotecario segundo el 21 de diciembre de 1777 por muerte de Martínez Pingarrón y, finalmente, bibliotecario primero, por muerte de Casiri, el 12 de marzo de 1791.

Este fue el proceso administrativo ordinario, pero Sánchez desempeñó cargos de mayor importancia dentro de la Real Biblioteca, aunque también tuvo contratiempos. Son bien conocidas las divergencias entre Juan de Santander y Pérez Bayer, su sucesor en la dirección de la docta entidad, y, dado que Sánchez gozaba del favor de Santander, entra dentro de la forma de actuar de los humanos que no fuera muy bien acogido por Bayer. El 3 de octubre de 1783, con motivo de la muerte de Santander, y teniendo en cuenta la avanzada edad de Casiri, Sánchez fue nombrado bibliotecario mayor interino hasta el nombramiento del sucesor, Pérez Bayer el 25 de octubre de 1783. Ahora bien, como Bayer era arcediano mayor de la Catedral de Valencia y se ausentaba con frecuencia, era preceptivamente sustituido por el bibliotecario primero, Sánchez, por suplencia de Casiri en principio, y después por decano. Dada la antipatía de Bayer por Sánchez, por razones literarias y de grupo, el bibliotecario mayor procuró el nombramiento de Pedro Luis Blanco como su suplente en las frecuentes ausencias el 18 de septiembre de 1793. De cualquier forma, el respeto por Sánchez era general. El ministro Eugenio Llaguno Amírola le solicitó un informe sobre el estado de la Real Biblioteca, que fue redactado con objetividad. Tuvo que justificar el nombramiento hecho en favor de Joaquín Brethous, alegando que, además de los bibliotecarios de creación intelectual, eran necesarios otros de trabajo manual (fichas, control de libros...) y, en este aspecto, Brethous era, con mucho, el mejor. Pero con sentido crítico, no dudó en señalar muchas deficiencias, debidas, en gran parte, a que los bibliotecarios mayores no cumplieron sus obligaciones, entre las que sobresalía la de convocar a los colaboradores para observar el buen funcionamiento de la docta institución. “Si los bibliotecarios mayores que yo he conocido hubieran tenido con los 4 bibliotecarios las juntas mensuales que previenen las constituciones, cap. XV, acaso mucho malo se hubiera evitado, mucho se hubiera remediado, y algo se hubiera adelantado. Pero sobre esto no quisiera hablar, porque no se me interprete acusación”. El prestigio personal fue reconocido con la concesión de la cédula de preeminencia el 28 de agosto de 1796, por la que se le permitía la ausencia de la Real Biblioteca cuando lo considerara oportuno; no solicitó un permiso en los treinta y cuatro años que fue bibliotecario. Murió siendo bibliotecario primero y decano.

Esta es la peripecia exterior en la carrera administrativa como bibliotecario real, que fue acompañada por el reconocimiento público de las instituciones culturales de mayor prestigio: Real Academia Española y Real Academia de la Historia. Pero Sánchez no es conocido por este trabajo, ni por estas glorias institucionales, por muy merecidas que fueran. Su fama se debe a los estudios sobre los orígenes de la literatura castellana, a cuyo conocimiento dedicó su vida. En este sentido, es el representante más cabal de una corriente investigadora que, sin negar el valor de los escritores del Siglo de Oro, buscaron, en contraste con los neoclásicos radicales, las primeras manifestaciones literarias castellanas. Es cierto que los ilustrados crearon el mito del Siglo de Oro de la literatura castellana, término que cristalizó entre Mayans (Vida de Miguel de Cervantes, 1737) y Velázquez (Orígenes de la poesía castellana, 1754), pero no es menos cierto que, en estricto paralelismo, fluía una corriente que buscaba los orígenes de la lengua, no sólo en el sentido filológico, sino también poético. Mayans lo manifestó en los Orígenes de la lengua española (1737) —aunque en sus hallazgos sólo llegó al siglo XV—, Sarmiento, en Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles, escritas antes de 1745, y el mismo Velázquez constituyen una prueba de ese interés por conocer los primeros balbuceos poéticos castellanos. Mayans expresó con claridad, en la “Prefación” a las Obras chronológicas de Mondéjar, la necesidad de “publicar cantares, o canciones, como romances y otras especies de poesías que forman una buena parte de la historia de España; y aunque es verdad que se han impreso algunos cancioneros, más se ha puesto la mira en recoger cantares amorosos que noticiosos”. Mejor conocimiento todavía en la carta de Burriel a Rávago. El joven jesuita, entre los grandes proyectos sobre la Biblia Goda, la colección Canónica hispano-gótica y el Fuero Juzgo latino, insistía en “el castellano copiado enteramente y cotejado con cinco códigos, así como una infinidad de cosas sueltas y amenas”.

Pero los primeros pasos concretos en el interés por la poesía castellana medieval surgió en Sánchez por otro camino. Dos puntos parecen claros: el encargo de Santander para que, junto con Pellicer Saforcada y Rafael Gabaldón (otros dos bibliotecarios reales) colaborase en la reedición aumentada de la Bibliotheca Hispana de Nicolás Antonio (proyecto que venía del tiempo de Rávago como confesor de Fernando VI), así como por el descubrimiento del Prohemio e carta del marqués de Santillana. Dentro, claro está, del interés ya suscitado por la lectura de los Orígenes de Velázquez y de las Memorias de Sarmiento, que conoció antes de que aparecieran a la luz pública en 1775. Aunque, de hecho, el interés por las primeras obras literarias castellanas siempre había existido, aunque fuera en círculos muy reducidos. Sandoval había publicado unos fragmentos del Poema del mío Cid en 1601, y el benedictino Berganza también lo hizo en Antigüedades de España (1719). Pero Sánchez dio el salto a la decisión de hacer públicas las primeras obras literarias castellanas en su texto íntegro, muchas de ellas inéditas y de difícil acceso y lectura. Así lo manifestó porque constituían “un gran caudal de nuestra lengua, de nuestra historia, de nuestras costumbres y literatura antigua (que) yacía como mucho entre las tinieblas del más profundo olvido y abandono”. Fue decisión personal porque, en principio, sólo pensaba publicar el Prohemio e carta de Santillana con notas y la biografía del marqués. ¿Conocía la edición —censurada por el gobierno de Ricardo Wall— llevada a cabo por José Cevallos en Discursos mercuriales? Es muy posible, dadas sus buenas relaciones con Sevilla, y en concreto con la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, porque, el mismo Cevallos, que ya había comunicado a Sánchez el texto del epitafio del sepulcro de Fernando III el Santo, difícilmente habría podido resistir la tentación de participar la noticia, cuando la comunicó al mismo Mayans en su retiro de Oliva. De cualquier forma, en las dudas sobre la conveniencia de editar el Prohemio de Santillana, el consejo de sus amigos fue decisivo. He aquí un texto definitivo de Cerdá y Rico: “Se está imprimiendo por Sancha una buena obra. Dn. Tomás Sánchez, bibliotecario de S. M. y autor de la Carta del lic. P. Fernández a Berní, tenía escrita la Vida del marqués de Santillana y Notas a su Carta sobre la poesía. Le persuadimos Llaguno y yo mudara el pensamiento, extendiéndole a una colección de Poetas antiguos (enteros) hasta los Reyes Católicos. Se conformó, y en este 1.º tomo saldrá con lo dicho, el Poema del Cid, y después el Monje Berceo, el Arcipreste de Hita y Pero López de Ayala, cuyo manuscrito yo descubrí” (3 de agosto de 1779). Acertado consejo, y afortunada docilidad de Sánchez en aceptar las indicaciones de sus amigos.

De cualquier forma, las palabras de Cerdá y Rico demuestran que Sánchez no era un desconocido en agosto de 1779. Su trascripción del epitafio del sepulcro de san Fernando había aparecido en 1773. La Carta a José Berní, que había publicado una disertación en defensa de Pedro I de Castilla, es de 1778, y del mismo año 1779 era el Elogio histórico de D. Vicente Gutiérrez de los Ríos, asimismo miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Pero ninguno de estos trabajos de Sánchez alcanzan, ni de lejos, el valor de la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV, y el primer volumen, que contenía el Prohemio de Santillana y el Poema del Mío Cid, publicado por Sancha en 1779, proyectó su nombre y fama a todos los ámbitos intelectuales hispanos. Claro que no todos reaccionaron de idéntica manera. El relativo desprecio en la censura de Moratín, un neoclasicista convicto, contrasta con el entusiasmo, tanto del editor Sancha como de los asistentes a su tertulia. También Mayans, en respuesta a la carta de Cerdá, manifestó su alegría, porque, si en el primer momento se limitó a celebrar “el pensamiento de imprimir enteros los poetas antiguos anteriores al rey D. Fernando” (7 de agosto de 1779), cuando vio el primer volumen, exclamó con entusiasmo: “Es increíble lo que me ha contentado el Sr. D. Tomás Antonio Sánchez con la publicación del Romancero del Cid, que tanto enriquece la lengua castellana. Deseo que le debamos la impresión del Arcipreste de Hita, tan rara como deseada, aunque no fuese cumplida, y de otros semejantes, y lo mismo digo de otros, porque habemos de procurar que salgan a luz como quiera que se hallen, y después entrará la crítica” (18 de diciembre de 1779). Curioso que uno de los creadores del mito del Siglo de Oro alabase el esfuerzo del medievalista Sánchez y le animase a publicar la obra poética del arcipreste de Hita, al tiempo que le enviaba un ejemplar de la obra poética de Roig de Corella.

Sánchez realizó una tarea digna del mayor elogio. Si el éxito había acompañado la colección de poemas incluidos en el Parnaso español de López de Sedano (9 vols.), muy bien acogido por los admiradores del Siglo de Oro, el método de Sánchez era mucho más riguroso y científico. Se trataba de hacer públicos los textos completos de las primeras obras de la literatura castellana que exigía, según palabras del Memorial Literario, un “trabajo ímprobo”, llevado a cabo con “tesón infatigable”. El autor de la reseña tenía razón: cotejo de los diversos códices, dificultad que, según confesión del mismo Sánchez, le “había hecho desconfiar de la empresa”, limitándose en su idea original a poner notas y hacer públicos unos extractos. Sánchez acertó al cambiar de criterio y ofrecer los textos íntegros. De formación clásica, se acercó con espíritu crítico a las antiguas poesías castellanas que, según Menéndez Pelayo, apenas habían desflorado Velázquez y Sarmiento en “pobres e inconexos apuntes”. Evolucionó, como ya indicaba Cerdá y Rico, desde las notas al Prohemio de Santillana y unos extractos y notas a la edición completa de los textos. Bibliófilo erudito, supo aprovechar el Glossarium de Ducange, el método filológico de los maurinos, la historia literaria de Tiraboschi y, en el campo de la literatura provenzal, leyó con inteligencia la Crusca de Bastero y los estudios de Millot.

El volumen primero comprendía el Prohemio e carta de Santillana. En su estudio aludía al hecho de que Sarmiento había publicado algunos “pasajes”, pero que se había servido de copias defectuosas, y, sin aludir a Cevallos, lamentó que no se hubiera publicado con anterioridad el texto íntegro y afirmaba que “todavía puede llamarse inédita”. Sánchez da cuenta del manuscrito de que se servía, conservado en el Colegio Trilingüe de Salamanca, donde había estudiado, y que conoció cuando preparaba un índice de obras rabínicas. Pero el volumen incluía, sobre todo, el Poema del Mío Cid, del que eran conocidas las estrofas publicadas por Sandoval (1601), por Berlanga (1719), por Sarmiento (1775) y por Trigueros (1775), aunque no cita al último. El trabajo de Sánchez es espléndido: utiliza el códice del monasterio de Vivar que, habiéndosele facilitado por medio de Eugenio Llaguno, describe con minuciosidad, acierta al suponer que Per Abbat fue el copista en 1307, y acierta a datar la composición del Poema a “la mitad, o poco más, del siglo XII”. Y buen catador, supo percibir los auténticos méritos literarios del Poema, desde la propiedad de imágenes, sencillez o naturalidad, abundancia de proverbios o el género épico. Los elogios no se hicieron esperar. Pero hubo dos comentarios, relativamente críticos, que no trascendieron al público. Uno de Rafael Floranes, desde Valladolid; otro, de Juan Antonio Mayans, hermano de don Gregorio, desde Valencia. En ambos casos, Sánchez demostró una superioridad literaria y mayor sentido crítico que sus comentaristas.

Conviene precisar, desde el primer momento, que el interés del canónigo Mayans estaba centrado en matices relativos a la poesía “lemosina” que parece querer reivindicar. Así, quería anticipar el tiempo de composición del trovador Alfonso II de Aragón al Poema del Mío Cid, cuya composición retrasaba, pero Sánchez tenía razón al datar el Poema. En cambio, las advertencias cronológicas sobre el rey Pedro IV el Ceremonioso eran acertadas. Ahora bien, en el campo estrictamente literario, la superioridad de Sánchez es innegable, al rechazar que Petrarca tradujese un poema de Jordi de Sant Jordi, que, en realidad, vivió un siglo después del poeta italiano. La confusión había sido creada por el historiador Beuter. También el abate Juan Andrés, que había recibido copia de las observaciones de Juan Antonio Mayans, se hizo eco del problema en su Origen, progreso y estado actual de toda la literatura, pero, con gran sentido histórico, dio la razón a Sanchez. Idéntica capacidad crítica demostró Sánchez al juzgar las Trobes de Mosen Febrer, escritor imaginario. Juan Antonio lo creía poeta real del tiempo de Jaime I, pero Sánchez, aunque nunca pensó que era imaginario, aseguraba que su estilo literario era incompatible con la lengua del siglo XIII. De esa manera, demostró mayor agudeza crítica, mejor método y más amplitud de criterio. Por supuesto, estas discrepancias concretas no se conocieron en el siglo XVIII, como tampoco las Notas críticas de Rafael Floranes que no vieron la luz pública en vida del autor, y a las que Sánchez atendió en una extensa Respuesta: unas advertencias carecían de importancia; otras, bien analizadas, no eran tan justas como parecen; y finalmente, las de un tercer grupo eran erróneas. Entre estas últimas está la atribución de la paternidad del Poema a Per Abbat, como quería Floranes, frente al acertado juicio de Sánchez que los consideraba el copiante.

En 1780, apareció el volumen II de la Colección. Si bien el lacónico texto de la censura de Moratín parece demostrar escaso entusiasmo, contenía las Poesías de Gonzalo de Berceo que, en el siglo XVIII, ya era considerado el primer poeta castellano de nombre conocido. Además de que Sánchez acertó al datarlo cronológicamente, suponía que el autor había nacido “hacia los fines del siglo XII”, incluyó el texto de las nueve obras conocidas del poeta: Vida de Santo Domingo de Silos, Vida de San Millán, Vida de Santa Oria, Loores de Nuestra Señora, Milagros de Nuestra Señora, Duelo que fizo la Virgen María, Del sacrificio de la misa, Martirio de San Lorenzo y De los signos que aparecerán antes del Juicio; así como los Himnos, utilizados en la liturgia. Sánchez trabajó con el rigor y la minuciosidad de buen medievalista, que tenía acreditados. Cotejó los códices y las diversas copias, recogió las variantes, dio un juicio acertado de las cualidades literarias y expuso el criterio equilibrado de un ilustrado sobre los múltiples “milagros” atribuidos por Berceo a los santos. En 1782, aparecía el volumen III de la Colección de poetas castellanos anteriores al siglo XV, que comprendía el Libro de Alexandro. Pese a las veladas críticas del censor (Olmeda y León), Sánchez, que había conocido la existencia de un códice antiguo, conservado por el duque del Infantado, por la noticia que le diera Cerdá y Rico, lo describió con minuciosidad y cotejó con la copia posterior, y, si no se atrevió a sentenciar definitivamente sobre la paternidad de Johan Lorenço de Astorga, detectó el carácter épico del Libro.

En un ambiente de predominio literario neoclásico, la Colección de poetas castellanos no encontró la acogida que merecía. Sánchez estuvo ocupado en la reedición de la Bibliotheca Hispana de Nicolás Antonio y en la redacción (junto con Pellicer Saforcada) de los Reparos al tomo I de la Biblioteca Española de Rodríguez de Castro. Como consecuencia de estas circunstancias y de la muerte del editor Antonio Sancha, la Colección se vio interrumpida, como señalaba indignado Sempere Guarinos en su Ensayo de una biblioteca española de los escritores del reinado de Carlos III. Le indignaba el contraste entre el favor concedido al Teatro español de García de la Huerta (16 vols.), y el desprecio por la obra de Sánchez, más meritoria. Las palabras de Sempere demuestran su indignación al ver que el editor Sancha “se ha visto precisado a suspenderla, por falta de despacho. ¡Cosa vergonzosa! que, habiéndose encontrado quien diera generosamente mil doblones, para imprimir una mala colección de nuestras comedias”, nadie apoye una Colección de poesías mucho más útil. Esa interrupción coincidió con una serie de polémicas. Una de ellas con Pedro Estala sobre la originalidad de Cervantes. No deja de sorprender que Mayans tuviera que salir en defensa de Cervantes frente a Montiano y Nasarre, que preferían el Quijote de Avellaneda. Ahora Sánchez lo defendió ante la acusación de plagio de El curioso impertinente. Pedro Estala defendía que Cervantes había copiado la novelita, incluida en la primera parte del Quijote, de la Silva curiosa de Julián de Medrano publicada en 1583 y en 1608. El cotejo de las dos ediciones demostró que El curioso impertinente no estaba en la edición de 1583, y sí en la segunda de 1608, posterior al Quijote cervantino. La segunda polémica tuvo lugar con Juan Pablo Forner. La defensa de Cervantes no entrañaba que Sánchez se uniera a la serie de apologías de la cultura española suscitadas por el artículo de Masson de Morvilliers, y pronto lo demostró con la Carta de Paracuellos, publicada bajo el pseudónimo de Fernando Pérez y dirigida a un supuesto sobrino que se hallaba en peligro de escribir un libro (1789). La carta constituye, según Menéndez Pelayo, un “repertorio de citas estupendas, cuentecillos, refranes y castizos idiotismos, traídos a cuento con mucha gracia y soltura”. En cambio, para François Lopez, es “prolija, verborreica y confusa, de la que no se deduce con claridad más que una cosa: que quiere ironizar a su vez sobre la Oración apologética” de Forner. Así lo entendió el extremeño que contestó con dureza en Carta de Bartolo, el sobrino de don Fernando Pérez, terciario de Paracuellos, al editar la carta de su tío (1790). Esta vez, Forner utilizó el pseudónimo de Paulo Ipnocausto, que no disimulaba el verdadero autor, como tampoco ocultaba su estilo agresivo: Pérez sería un pobre escolástico, enemigo de los filósofos modernos y, con toda claridad, aludía al desprecio de los trabajos medievalistas de Sánchez, al calificarlo como bachiller en artes que ha publicado “gruesos tomos de notas sobre algún cartapelón del siglo XIII en loor de las bragas del Cid”. La respuesta de Sánchez fue un dechado de finura e ironía sobre el nombre de Ipnocausto, expresión exacta del nombre de Forner, “horno encendido que suena tanto como semejanza de un infierno”, y recordaba la buena acogida que había tenido la Colección de los poetas castellanos en Italia, Alemania e Inglaterra.

Sempere Guarinos sabía muchas cosas sobre los trabajos de Sánchez y aseguraba que tenía preparados, “y en disposición de poderse ya imprimir”, al menos dos volúmenes, uno dedicado al Arcipreste de Hita, y el otro recogería la obra poética de Pero López de Ayala. Pero los dos volúmenes sufrieron suerte dispar. Antes de la última escaramuza polémica citada con Forner, Sánchez había entregado al Consejo el cuarto tomo, que contenía las Poesías del Arcipreste de Hita en 1790. Pero, asustado ante la libertad del Arcipreste y, basado en una falsa moralidad, no se atrevió a publicar el texto íntegro y suprimió algunas estrofas, a pesar de que poseía diversos códices y copias. La censura fue encargada a Jovellanos quien, con gran sentido y ponderación, aconsejó publicar el texto íntegro: constituía un modelo de literatura erótica y las estrofas suprimidas no eran más obscenas que otras conservadas. Más aún, no había temor que cayese en manos de “mozos, mujeres o de personas rudas e incautas”, pues no era libro de fácil lectura. Después de discusiones internas en el Consejo, la edición salió mutilada. Peor desgracia tuvo, si cabe, El rimado de Palacio de Pero López de Ayala que, proporcionado por Cerdá y Rico, quedó inédito hasta 1864, en que lo publicó Florencio Janer, en la reedición, por supuesto aumentada, de la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV. El relativo fracaso de la obra de Sánchez en su tiempo ha sido compensado por los continuos elogios que su labor ha obtenido por parte de los estudiosos de la literatura castellana. Todas las historias de esta literatura, al hablar de los primeros poetas, citan con elogio la aportación de Tomás A. Sánchez. Asimismo, los historiadores que han preparado la edición crítica de los poetas impresos por Sánchez —Claudio García Turza (Berceo), Raymond S. Willis (El libro de Alexandre), Dana Arthur Nelson (Berceo, Alexandre), César Real de la Riva (Arcipreste de Hita)—, aluden con elogio a los primeras ediciones de Sánchez.

 

Obras de ~: “Traducción y explicación del epitafio hebreo del sepulcro del Santo Rey D. Fernando” (1753), en Memorias Históricas de la Academia Sevillana de Buenas Letras, I 1773, págs. 333-341; Catálogo de los abades de la Colegiata de Santillana (ms.); Censura a la Disertación de don Cándido M.ª Trigueros Lara y Luján sobre la inscripción hebrea (leída en Academia Sevillana de Buenas Letras, ms. 1772); Explicación o aclaración de algunos puntos de su Disertación anterior, ms. (1772); Carta familiar al Dr. D. Josef Berní y Catalá... sobre la disertación que escribió en defensa del Rey D. Pedro el Justiciero, 1778; “Elogio histórico de D. Vicente Gutiérrez de los Ríos” (1779), en Memorias Literarias de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, II, 1843, págs. 195-209; Colección de poesías castellanas, anteriores al siglo xv. Preceden noticias para la vida del primer Marqués de Santillana. Y la Carta que escribió al Condestable de Portugal sobre el origen de nuestra poesía. Tomo I: Poema del Cid, 1779; Tomo I. Poesías de Gonzalo de Berceo, 1780; Tomo III. Poema de Alexandro, 1782 [La Colección fue reeditada, con adiciones en 1842, por E. de Ochoa, y en 1864, con adiciones y la inclusión del Rimado de Palacio de Pero López de Ayala por F. Janer]; Reparos al tomo primero de la Biblioteca Española de Don Josef Rodríguez de Castro, ms. (1782); Fernando Pérez (seud.), Memoria sobre las tasas y posturas que se ponen en los comestibles, ms. (1784), Noticias para escribir su vida, ms. s. f.,; Carta publicada en el Correo de Madrid, injuriosa a la buena memoria de Cervantes, 1788; Carta de Paracuellos escrita por D. Fernando Pérez a un sobrino que se hallaba en peligro de ser autor de un libro, 1789; Colección de poesías castellanas anteriores al siglo xv. Tomo IV. Poesías del Arcipreste de Hita, 1790; Defensa de D. Fernando Pérez, autor de la Carta de Paracuellos, impugnado por el Lic. Paulo Ipnocausto. Escribióla un amigo de D. Fernando, 1790.

 

Bibl.: M. Menéndez Pelayo, “Dos opúsculos inéditos de D. Rafael Floranes y D. Tomás Antonio Sánchez sobre los orígenes de la poesía castellana”, en Revue Hispanique, XVIII (1908), págs. 295-431 [reimpr. en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, VI, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1942, págs. 67-82]; VV. AA., Homenaje a D. Tomás Antonio Sánchez en el II centenario de su nacimiento, Santander, 1926 (contiene: M. Escagedo Salmón, “D. Tomás Antonio Sánchez en Santillana”, págs. 21-24; T. Maza Solano, “El catálogo de abades de Santillana que escribió D. Tomás Antonio Sánchez”, págs. 25-46; C. Rodríguez Aniceto, “Vida académica de Tomás Antonio Sánchez en la Universidad de Salamanca”, págs. 15-20; M. Solana, “D. Tomás Antonio Sánchez según sus cartas”, págs. 47-64); J. M. Chacón y Calvo, “El padre Sarmiento y el Poema del Cid”, en Revista de Filología Española, XXI (1934), págs. 142-157; E. Alarcos Llorach, Investigaciones sobre el “Libro de Alexandre”, Madrid, 1948; J. Montero Padilla, “Algunos datos para la biografía de don Tomás Antonio Sánchez”, en Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, XXXV (1959), págs. 347-358; F. López, Juan Pablo Forner et la crise de la conscience espagnole au xviiie siècle, Burdeos, 1976 (trad. esp., 1999); F. Aguilar Piñal, “Cándido María Trigueros y el Poema del Cid”, en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXIII, 1 (1984), págs. 224-233; J. Álvarez Barrientos, La novela del siglo xviii, Madrid, 1991; F. Aguilar Piñal, “La primera impresión del Proemio e Carta del Marqués de Santillana”, en Ch. Davis y P. J. Smith (eds.), Art and Literature in Spain: 1600-1800. Studies in honour of Nigel Glendinning, London-Madrid 1993, págs. 25-33; A. Alemany Peiró, Juan Antonio Mayans y Siscar (1718-1801). Esplendor y crisis de la Ilustración valenciana, Valencia, 1994; J. Cebrián García, “Historia literaria”, en F. Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo xviii, Madrid, Trotta, 1996, págs. 564- 568; J. Cebrián García, “Tomás Antonio Sánchez y la poesía medieval española”, en Nicolás Antonio y la ilustración española, Kassel-Edition Reichenberger, 1997, págs. 207-231; L. García Ejarque, La Real Biblioteca de S. M. y su personal (1712- 1836), Madrid, Asociación de Amigos de la biblioteca de Alejandría, 1997; G. Mayans y Siscar, Epistolario XVII. Cartas literarias de los hermanos Mayans con los hermanos Andrés, Cerdá y Rico, J. B. Muñoz y Vega Sentmenat, ed. de A. Alemany Peiró, Valencia, 2000.

 

Antonio Mestre Sanchís