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Blas Antonio Nasarre y Férriz

Biografía

Nasarre y Férriz, Blas Antonio. Isidro Perales y Torres, Amadeo de Amadeis, El Amuso. Alquézar (Huesca), 4.II.1689 – Madrid, 13.IV.1751. Erudito y bibliotecario.

Hijo de Domingo Nasarre, de ilustre y antiguo linaje, y de Jerónima Villellas, con quien aquél casó en segundas nupcias, fue bautizado en la iglesia colegial de Santa María de Alquézar, y estudió las primeras letras en su villa natal. Habiendo perdido a sus padres, con ocho años se trasladó a Madrid en compañía de su tío Pedro Nasarre, caballerizo de la reina Mariana de Neoburgo; pero debiendo éste abandonar la corte, volvió a Aragón y se instaló en Zaragoza, bajo la protección de otro tío, Jorge Nasarre, capellán de la iglesia del Pilar, y estudió con los jesuitas. Allí destacó en el Certamen de Humanidades de las Escuelas de Zaragoza, en 1705, por su facilidad para repentizar en verso latino sobre los temas propuestos. Cursó Filosofía y Leyes en la Universidad de Zaragoza, doctorándose en ambos Derechos. Fue catedrático de Instituta de la misma Universidad en 1711, y en 1714 redactó, por encargo de la misma entidad académica, la relación del funeral por la reina María Luisa Gabriela de Saboya, que se publicó en Zaragoza el mismo año. En 1720 cambió su cátedra anterior por la de Código, y en 1722 ascendió a la de Vísperas. También acudió al concurso de la plaza de canónigo doctoral de la Seo de Zaragoza, que no le fue adjudicada por su todavía corta edad, pero resaltando el arzobispo sus méritos, se le concedió una Ración de Mensa y los cargos de examinador sinodal y de visitador general del Arzobispado. En 1726 se ordenó de presbítero. Posteriormente se le dio el título de dignidad de la diócesis de Lugo.

Pero su carrera dio un vuelco total cuando en 1730 se trasladó a Madrid, bajo la protección del marqués de la Compuesta; ya en noviembre de ese año fue elegido académico supernumerario de la Real Academia Española, en la que ocupó el Sillón X desde 1733. En la Academia se le encargó de la definición para el diccionario de los vocablos del oficio de estatuario, y escribió varios elogios y necrologías, entre ellos el de Mercurio López Pacheco, su segundo director, fallecido en 1738, que se imprimió.

En 27 de agosto de 1732, siendo bibliotecario mayor de la Real Biblioteca Juan de Ferreras, recibió el nombramiento de suplente para ese cargo sin sueldo, con obligación de suplir al titular cuando fuera preciso, a causa de su avanzada edad, y con el derecho a ocupar la vacante cuando se produjera; lo que ocurrió en junio de 1735, alcanzando así el puesto de tercer bibliotecario mayor, después de Álvarez de Toledo y de Ferreras. Nasarre escribió y publicó ese mismo año el Elogio histórico de su predecesor con los datos biográficos que aquel mismo le había proporcionado. Pretendió, sucesiva e inútilmente, unir al cargo de bibliotecario mayor el de cronista de España e Indias, vacante por fallecimiento de Luis de Salazar (1734), el de corrector general de impresiones, por las ventajas que tenía para el control del depósito de libros en la Biblioteca (1738), y el de cronista de Indias a la muerte de Miguel Herrero de Ezpeleta (1750). Su gestión en la Biblioteca fue notable especialmente en dos aspectos: el de las publicaciones, que inició con la Polygraphia española de Cristóbal Rodríguez en 1738, y el de las adquisiciones, ya que, con la colaboración del bibliotecario Juan de Iriarte, consiguió enriquecer notablemente el fondo inicial de la Biblioteca, especialmente en cuanto a manuscritos, en una encomiable labor que tuvo una continuidad hasta finales del siglo XVIII, quedando luego interrumpida con el advenimiento de la nueva centuria.

Entre sus trabajos personales se encuentran los que hizo sobre los códices de las antiguas colecciones hispanas de concilios, sobre los que no llegó a hacer publicación, aunque se conservan varios manuscritos. También tradujo obras del francés, como las Instituciones del Derecho eclesiástico de Fleury (Madrid, 1730, 3 vols.), etc.

En diciembre de 1735 el marqués de la Compuesta, secretario de Estado y del Despacho Universal de Gracia y Justicia, se dirigió a Nasarre para indicarle que en 1728 se había concedido a Cristóbal Rodríguez privilegio para la impresión de su Bibliotheca universal de la polygraphia española, y que habiendo fallecido sin que se llevara a cabo, sus herederos reclamaban, por lo que le pedía un presupuesto para la impresión. Contestó Nasarre presupuestando la obra en 2000 doblones, y el director de la Biblioteca, Guillermo Clarke, consintió en aportar la mitad, ya que el Rey pondría la otra mitad; Clarke y Nasarre lograron que la Biblioteca quedase como propietaria de la obra, y dueña de la imprenta que, para llevarla a cabo, se instaló en la vecina calle del Espejo. Los informes para su publicación fueron en su mayor parte favorables, aunque algunos, como Mayans, informaron en contra. La obra, tratado para la interpretación de las escrituras antiguas inspirado en Mabillon, apareció en 1738 bajo el cuidado de Nasarre, quien además le añadió, con la colaboración de Francisco de Berganza y Francisco de Almeida, un prólogo de veintisiete folios, en el que, pese a los errores que le señaló Mayans, realizó un trabajo de mérito al intentar trazar una historia de la escritura en España y completar algunas de las faltas de Rodríguez, demostrando sus conocimientos de epigrafía y numismática. La magnífica edición, en impresión de Antonio Marín, inició y mostró un camino para las publicaciones de la Biblioteca Real que fue continuado, aunque no con demasiados títulos, por su sucesor Juan de Santander.

En cuanto a las adquisiciones de la Biblioteca Real hechas bajo el mandato, y frecuentemente por intervención directa, de Nasarre, baste citar algunas de las principales para valorar su importancia: en 1736 se adquirieron por canje, es decir, sin gasto de dinero para la Biblioteca, setecientos ochenta libros manuscritos e impresos del convento dominico de Santo Tomás de Ávila, y en 1739, y por el mismo procedimiento, 112 manuscritos griegos y 136 impresos de los dominicos de San Vicente de Plasencia. Por compra se adquirieron, entre 1740 y 1745, las bibliotecas del doctor Salcedo, de Juan Isidro Fajardo, de Andrés González de Barcia, de Domingo Valentín Guerra. La gran incorporación de manuscritos que supusieron estas adquisiciones propició, además, la creación de la sección especial a ellos dedicada, que dirigió Juan de Iriarte. Pero además trató de activar el cumplimiento del Depósito Legal, con el Decreto de 17 de marzo de 1746 que recordaba la obligatoriedad de cumplir el de 1717, y estableció el Derecho de Tanteo a favor de la Biblioteca Real, que quedó regulado por la Real Resolución de 17 de junio de 1740.

La labor de Nasarre como crítico literario, dentro de los presupuestos de la preceptiva neoclásica, es quizá el aspecto de su personalidad más conocido, a la vez que el más controvertido, sobre todo desde que Menéndez Pelayo le lanzara una serie de descalificaciones no exentas de razón. Lo que desde luego no puede negársele es su mérito como editor de determinados textos que permanecían olvidados y no habían vuelto a aparecer en la imprenta desde el momento de su producción: el Quijote de Avellaneda (1732), las Comedias y entremeses de Cervantes (1749), y el Memorial sobre las librerías dado a Felipe II por el doctor Juan Páez de Castro, que permanecía inédito en la Biblioteca de El Escorial (1749), precedido de breve dedicatoria al Rey dirigida a través del padre Francisco Rávago. En el “Juicio de esta obra” al comienzo del Quijote de Fernández de Avellaneda, bajo el seudónimo de Isidro Perales y Torres, Nasarre exponía la opinión, disparatada desde la perspectiva actual (como desde la del siglo XVII), pero que no era el único que sostenía en su época, ya que el propio Agustín de Montiano y Luyando la sostiene en la “Aprobación” preliminar, e incluso de una manera más tajante, de que éste era literariamente superior a la segunda parte del de Cervantes, lo que le ha ganado —merecidamente, por cierto— el oprobio y el escándalo de todos los críticos cervantistas posteriores. Insiste Nasarre especialmente en dos aspectos: el del carácter de Sancho Panza, que le parece más natural en Avellaneda, y el del calificativo de “aragonés” con que Cervantes moteja su estilo rústico, que a Nasarre le duele especialmente y en el que apoya en gran medida su defensa de Avellaneda. “Me parece que Avellaneda no salió mal de su empresa: sostuvo el carácter de don Quijote [...]. Es preciso confesar que su Sancho es excelente y más natural y original que el Sancho de Cervantes [...]. El carácter del Sancho de Cervantes no es tan uniforme [...]. Olvido que es Sancho quien habla, y siento, sin quererlo, que es Cervantes quien habla con nombre de Sancho [...]”. Por otro lado, “Cervantes, en su segunda parte, llama a Avellaneda el aragonés, para darle en rostro con la rudeza de su estilo: pero esto es lo más fuerte que dice contra su obra, hablando en lo demás con excesiva pasión y en términos que en ningún modo prueban que el libro de Avellaneda sea malo [...]”. Aunque el intento de reivindicación de la obra de Avellaneda no esté en principio mal planteado, los párrafos transcritos ponen de manifiesto la escasa agudeza crítica de Nasarre.

Más sonada, sin embargo, fue en su época, y también en la posterior, la polémica levantada con la “Disertación o prólogo sobre las comedias de España” que, publicada anónimamente, precedía al primer volumen de la edición de las Comedias y entremeses de Cervantes. En este prólogo Nasarre intenta defender al teatro español de los ataques de los críticos franceses, para lo que rechaza los principios de la comedia nueva y sólo reconoce los méritos del teatro clásico; claro que, comentando las comedias de Cervantes, esto resultaba forzado, por lo que supuso que Cervantes las había compuesto con carácter satírico, como el Quijote frente a los libros de caballerías: “quiso, digo, con comedias enmendar los errores de la Comedia, y purgar del mal gusto y mala moral el Teatro, volviéndolo a la razón y a la autoridad de que se había descartado por complacer al ínfimo vulgo”; así pues, “se creerá que es comedia lo que no es otra cosa que burla de la comedia mala con otra comedia que la imita, que es lo mismo que haber hecho las ocho comedias artificiosamente malas para motejar y castigar las comedias malas que se introducían como buenas”. Para justificar este supuesto artificio de Cervantes, Nasarre citaba textos de las comedias El rufián dichoso y Pedro de Urdemalas, así como del propio Quijote, en que Cervantes criticaba la comedia nueva en tres actos y la no sujeción a las unidades de tiempo y lugar. Pues, para terminar de arreglar la cosa, critica duramente a Lope de Vega y a Calderón como corruptores del teatro, pese a los aciertos formales o poéticos que pueda tener este último: si se consideran las críticas de los extranjeros, “tenemos ciertamente muchas piezas de teatro escritas con todo el arte..., pero no hay que buscar estas comedias entre las de Lope de Vega, ni las de don Pedro Calderón”; ya que, “si fue la comedia española en sus principios y progresos como Lope y Calderón la vistieron, confesaré que nuestro teatro merece las reprehensiones que le dan, y aun mayores”. Lo curioso es que no condena la comedia barroca en su conjunto, como hace su contemporáneo Luzán, por ejemplo, sino que, aceptando los preceptos de los tratadistas españoles del Siglo de Oro, encuentra suficiente mérito en determinadas comedias de Rojas, Moreto o Solís. Estos curiosos juicios críticos empañan una labor erudita no despreciable, con la aportación de documentos desconocidos para la biografía de Cervantes.

Tan extravagantes afirmaciones crearon una opinión contraria hacia él, que se concretó en la impugnación publicada por Tomás de Erauso y Zabaleta con el título de Discurso crítico sobre el origen, calidad y estado presente de las comedias de España (Madrid, 1750), en el que, aunque con un estilo algo desmañado, el autor (que realmente era el marqués de Olmeda bajo seudónimo) ponía las cosas en su sitio y atacaba duramente a Nasarre. Tal disgusto produjo a éste el referido discurso que se dice que aceleró el fin de sus días.

Entre las tertulias literarias de mediados del siglo XVIII destaca, a pesar de su corta vida, la llamada Academia del Buen Gusto, que Josefa de Zúñiga y Castro, condesa viuda de Lemos, mantuvo en su casa madrileña de la calle del Turco entre 1749 y 1751. A ella acudían literatos y eruditos que leían sus trabajos y tomaban chocolate con dulces, y se representó alguna comedia en la que actuó la propia anfitriona. Los asistentes usaban nombres ficticios y simbólicos, y Nasarre, uno de los fundadores, usó el de El Amuso, como Montiano era El Humilde y Luzán El Peregrino. Aunque la Academia acogía a literatos de varias tendencias. En las actas manuscritas de la Academia, conservadas en la Biblioteca Nacional, se puede encontrar las poesías, generalmente religiosas, leídas por Nasarre bajo el nombre de El Amuso (o bien El Amigo del Amuso o El Enemigo del Amuso, que parece que todos eran él mismo). El fallecimiento de Nasarre en 1751 pudo ser uno de los motivos de la disolución de la Academia. Por otro lado, se sabe que el propio Nasarre mantenía tertulia en su casa, a la que concurría Llaguno y presumiblemente Montiano, Juan de Iriarte y otros literatos.

En cuanto a la consideración de su persona, Mayans y otros señalan, aun reconociendo sus méritos, su ambición y desprecio por los que podían hacerle sombra, lo que le proporcionó una corte de aduladores a la vez que la antipatía de otros muchos. Nasarre falleció en 1751, en el ejercicio de su puesto de bibliotecario mayor. De su excelente biblioteca, en la que abundaban los libros franceses e italianos y las obras de religión, historia, leyes y literatura, hubo que separar los numerosos volúmenes que guardaba que eran propiedad de la Biblioteca Real, antes de cumplir su disposición testamentaria por la que legaba a ésta todos los libros de la suya que aquella no poseyera. Por lo que, al haberse cumplido, hoy se encuentran en la Biblioteca Nacional algunos volúmenes con su exlibris impreso y pegado al comienzo del libro. Del resto de la biblioteca se publicó el Catálago [sic] de la librería que quedó por muerte del señor don Blas Antonio Nassarre y Férriz (sin lugar ni año), según el cual se vendió en la librería de la plazuela de San Esteban, encima de la tahona de San Felipe el Real, resultando dispersa.

 

Obras de ~: Funeral hecho a la gloriosa memoria de la reyna doña María Luisa Gabriela de Saboya por la Universidad y Estudio General de la ciudad de Zaragoza, Zaragoza, Herederos de Manuel Román, 1714; Isidro Perales y Torres (seud.), Vida y hechos del Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha [...], compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, nuevamente añadido y corregido en esta impressión por el licenciado don Isidro Perales y Torres, Madrid, a costa de Juan Oliveras, 1732; Elogio histórico de don Juan de Ferreras [...], Madrid, Imprenta de la Real Academia Española, 1735; Amadeo de Amadeis (seud.), Motivos que justifican los concordatos de el Smo. P. Benito papa XIII con el rey de Cerdeña, recopilados por Amadeo de Amadeis, Turín, Juan Bautista Valetta, 1736; “Elogio histórico del Excmo. señor don Mercurio Antonio López Pacheco, Marqués de Villena [...]”, en Relación de la exequias que la Real Academia Española celebró por [...] don Mercurio Antonio Lopez Pacheco [...], Madrid, Herederos de Francisco del Hierro, 1738, págs. 27-38; “Prólogo”, en C. Rodríguez, Bibliotheca universal de la polygraphia española, Madris, Antonio Marín, 1738, fols. I-XXVIIv.; “Prólogo”, en M. de Cervantes Saavedra, Comedias y entremeses, vol. I, Madrid, Antonio Marín, 1749; Memorial del Doctor Juan Páez de Castro dado al rey Phelipe II, pról. y ed. de ~, Madrid, 1749.

 

Bibl.: A. de Montiano y Luyando, Elogio histórico del Doctor D. Blas Antonio Nassarre y Férriz, Madrid, Joseph de Orga, 1751; F. Latassa y Ortín, Biblioteca nueva de los escritores aragoneses, vol. IV, Pamplona, Joaquín de Domingo, 1800, págs. 629-637; L. Mur Ventura, “Genealogía de los Nasarre”, en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (RABM), XXXIII (1929), págs. 130-150 y 295-321; M. Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, vol. III, Santander, Aldus, 1947 (ed. Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo), págs. 243-247; J. García Morales, “Los empleados de la Real Biblioteca (1712-1836)”, en RABM, LXXIII (1966), pág. 58; J. L. Alborg, Historia de la literatura española: Siglo XVIII, Madrid, Gredos, 1974, págs. 560-563; M. D. Tortosa Linde, La Academia del Buen Gusto de Madrid (1749-1751), Granada, Universidad, 1988; F. Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, vol. VI, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1991, págs. 17-20; A. Mestre, “Gregorio Mayans y la publicación de la Polygraphia española de Cristóbal Rodríguez”, en F. M. Gimeno Blay (ed.), Erudición y discurso histórico: Las instituciones europeas (S. XVIII-XIX), València, Seminari Internacional d’Estudis sobre la Cultura Escrita, 1993, págs. 51-72; L. García Ejarque, La Real Biblioteca de S.M. y su personal (1712-1836), Madrid, Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría, 1997, págs. 63-105 y 520; A. Zamora Vicente, La Real Academia Española, Madrid, Real Academia Española, 1999, págs. 95-96.

 

Manuel Sánchez Mariana