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Benito Jerónimo Feijóo y Montenegro Puga

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Biografía

Feijoo y Montenegro Puga, Benito Jerónimo. Casdemiro (Orense), 8.X.1676 – Oviedo (Asturias), 27.IX.1764. Benedictino (OSB), teólogo, ensayista.

Nació en una familia perteneciente a un antiguo linaje de hidalgos. Sus padres, Antonio Feijoo Montenegro y María de Puga Sandoval, eran personas interesadas por las letras, poseedores de una buena biblioteca y amantes de las tertulias. A pesar de ser el primogénito, decidieron que desarrollara sus cualidades naturales.

Estudió primeras letras en Allariz y luego realizó sus estudios regulares en el Real Colegio de San Esteban de Rivas de Sil, situado a pocos kilómetros de su aldea natal. No se sabe nada de su educación posterior hasta 1690, fecha en la que tomó el hábito de San Benito en el monasterio de San Julián de Samos, y renunció al mayorazgo. Tras su profesión en la Orden Benedictina, a los dieciséis años, continuó su formación en otros centros monásticos: el colegio de San Salvador de Lérez, el de San Vicente (Salamanca), y el de San Pedro de Eslonza (León). Desde 1709 fue profesor de Teología en el monasterio de San Vicente de Oviedo, ciudad en la que residió a partir de esta fecha.

Ese mismo año fue licenciado y doctor en Teología por la Universidad de Oviedo, donde, entre 1710 y 1721, ocupó la cátedra de Teología de Santo Tomás.

En este lugar, Feijoo se sentía más libre para expresar sus ideas, pues le parecía que estaba menos dominado por la ideología que en la Corte. El ambiente de la montaña y el mar le resultaba agradable, ya que era un hombre amigo del aire puro y de la vida sencilla.

También en el entorno de su orden gozaba de prestigio, a pesar de que su personalidad encontraba mejor acomodo en el ambiente académico universitario. Sin embargo, la realidad de aquellos años difíciles en los que Asturias se vio asolada por el hambre tuvo que sacarle de sus reflexiones intelectuales. Fue un punto de partida para tomar conciencia sobre la crisis de la cultura y de la sociedad, y poner remedio a la situación de descuido que se daba en el país.

Fue nombrado en 1721 abad de su monasterio durante dos años, y más tarde, entre 1729 y 1737, ejerció también este cargo. En 1724 pasó a la cátedra de Teología Superior de Vísperas, y en 1739 se le honró con la de Prima de la misma Facultad. Por motivos de salud se retiró de la vida pública en 1739 y desde entonces se dedicó a su tarea de escritor hasta la fecha de su muerte en la capital asturiana.

Los biógrafos coetáneos describen su figura del siguiente modo: “Fue de estatura prócer, como de ocho palmos o algo más, y sus miembros muy proporcionados, su cara algo más larga que lo justo, el color medianamente blanco y los ojos vivos y penetrantes”.

Y sobre sus valores humanos: “Era ameno y cortesano en su trato como lo es comúnmente el de estos monjes escogidos por su corto número de familias honradas y decentes, salado en la conversación, como lo acredita su afición a la poesía, sin salir de la decencia.

Esto le hacía agradable a la sociedad, además de lo apacible de su aspecto. Su estatura alta y bien dispuesta y de una facilidad de explicarse de palabra con la propiedad misma que por escrito. La viveza de sus ojos era un índice de la de su alma”.

Transcurrió su vida en su retiro ovetense, exceptuando dos visitas a Madrid (1726 y 1728) con motivo de la publicación de sus libros. Sin embargo, se convirtió en el primer divulgador de las Luces en el ámbito de la lengua castellana y en uno de los españoles más cultos de su tiempo, a pesar de vivir en el ambiente recogido del claustro conventual. No estaba aislado del mundo que le rodeaba, ya que tenía todas las fuentes de información que necesitaba. Su vida fue tranquila y equilibrada, marcada por la curiosidad intelectual. Cumplía fielmente sus obligaciones con la Orden Benedictina al tiempo que se dedicaba a su profesión docente, aunque ante todo era un hombre de estudio, que encontraba el mayor placer en la soledad de su celda dedicado a la lectura.

Afirma en el Teatro crítico universal: “¿Qué cosa más dulce hay que estar tratando todos los días con los hombres más racionales y sabios que tuvieron los siglos todos, como se logra en el manejo de los libros? Si un hombre muy discreto y de algo singulares noticias nos da tanto placer con su conversación, ¿cuánto mayor le darán tantos como se encuentran en una biblioteca?” (“Desagravios de la profesión literaria”, I, 7). Al mismo tiempo, tenía en su convento reuniones con personas doctas de la ciudad. Un coetáneo afirma: “Los que tratamos al P. Maestro nos parece que, cuando habla, oímos declamar a un Cicerón.

Habla con notable discreción, con exacta naturalidad y con igual propiedad; persuade lo que dice con tanta eficacia que todos asienten a lo que propone: es tal su gracia en el decir, que suspende y embelesa a quienes le oyen”. No rehuía, sin embargo, las controversias y disfrutaba con el enfrentamiento dialéctico, aunque sin ensañarse con el adversario. Tuvo muchos admiradores en vida, pero también numerosos detractores, hasta tal punto que Fernando VI, en 1750, prohibió que se le molestara y atacara públicamente.

La labor literaria del padre Feijoo es fundamentalmente ensayística. Toda la crítica ha reconocido unánimemente su contribución a la formación del ensayo como género literario. Nacido en los Essais (1580) de Montaigne, a pesar de algunas experiencias anteriores, el género se confirmó en la literatura española con el Teatro crítico (1726) de Feijoo, a pesar de que nuestro autor no utilizara esta denominación.

Para Giordano este género discursivo sólo podía extenderse y desarrollarse bajo el signo de la Ilustración, entre intelectuales con seguridad en sí mismos, con capacidad de pensamiento independiente de cualquier autoridad o dogma y con un criterio de verdad basado en la razón apoyada en la experiencia. Así, la obra de Feijoo es una “épica de la inteligencia” contra el enemigo de la ignorancia, de la superstición y de los errores vulgares. Refleja con claridad los objetivos que se propone el género ensayístico: proponer la verdad, luchar contra el error, explicar las cosas basándose en la experiencia, la razón y la autoridad de los escritores que trataron el tema y tener una voluntad de estilo. Es posible que falte en Feijoo una conciencia plena del género si se toma esta palabra en el sentido moderno. Su discurso ideológico no sistemático encaja en los presupuestos de lo que era entonces el ensayo en Europa.

El autor habla de una “literatura mixta”, miscelánea, de la que se pueden encontrar antecedentes en la Silva de varia lección (1540) de Pedro Mexía, las Cartas Filológicas (1634) de Cascales, los Errores celebrados (1653) de Juan de Zabaleta, las Epístolas varias (1675) de Félix Lucio Espinosa y Malo, junto a algunas otras producciones de escritores extranjeros.

A esta época primera pertenecen algunos textos religiosos primitivos (Oración panegírica, 1719), y una colección de poemas que dejó sin publicar (Poesías inéditas, Tuy, 1901). La primera publicación interesante de Feijoo es de 1725. Se trata de un folleto en defensa de la Medicina Scéptica (1722) del doctor Martín Martínez, que había provocado una reacción negativa en los medios médicos y universitarios, titulado Aprobación apologética del Scepticismo médico.

En este breve ensayo (45 páginas) intentaba detener los ataques a su autor y al mismo tiempo explicar lo que significaba el concepto de “escéptico” en el que Martínez basaba su medicina, distinguiéndola de la que entonces se estudiaba en España. No es una obra científica ni erudita, sino de carácter crítico. Feijoo intentaba no sólo ver cuál era la reacción del poder y de los intelectuales ante su defensa de las nuevas teorías científicas, sino que también planteaba una forma novedosa de interpretar la cultura del momento.

Al año siguiente, 1726, inició Feijoo la publicación del Teatro crítico universal o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes (1726-1739) en ocho tomos que aparecieron con periodicidad desigual, con otro volumen de Suplemento al mismo tiempo (1740). El primer tomo salió a la luz en Madrid en la imprenta de L. F. Mojados, de forma muy cuidada, aunque luego pasó a la de Francisco del Hierro que fue su editor habitual, siempre bajo la mirada atenta de su amigo el académico Martín Sarmiento. Tenía al frente la aprobación oficial de la Congregación de San Benito, escrita por Antonio Sarmiento, “Maestro General de su Religión”, y amparado por la “Censura” del padre Juan de Campo-Verde de la Compañía de Jesús, la cual dirigía la política cultural del reino a través de los confesores regios.

La obra trata de argumentos variados, sin aparente orden, pero organizados así de manera intencional ya que, como dice el autor en el “Prólogo” del primer tomo “son incomprensibles debajo de facultad determinada, o porque participan igualmente de muchas.

Fuera de esto, hay muchos de los cuales cada uno trata solitariamente alguna facultad, sin que otro le haga consorcio en el asunto”. Continuó Feijoo su obra con los cinco tomos de Cartas eruditas y curiosas en que, por la mayor parte, se continúa el designio del Teatro crítico universal (1742-1760), además de algunos otros escritos polémicos entre los que destacan la Ilustración apologética al primero y segundo tomo del Teatro crítico (1729) y la Justa repulsa de inicuas acusaciones (1749).

El Teatro crítico universal está compuesto por ocho volúmenes en los que se incluyen ciento dieciocho discursos. El término teatro debe tomarse en su sentido etimológico griego de escenario, incluso en el de mirar. Esto nos indica que se trata de una obra que supone una mirada crítica a todo tipo de materias. Es un escenario amplio en el que se desarrolla la actividad crítica de la razón fuera de las escuelas filosóficas tradicionales y sin una sistematización científica. El subtítulo de la obra, “Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes” manifiesta con claridad la finalidad que persigue Feijoo con la obra: combatir todo tipo de errores científicos o populares. Los conocimientos que incluye son enciclopédicos, pues la obra contiene todo lo que podía ser motivo de interés en la vida y la cultura de su época. Da unidad a unos contenidos tan variados la intención didáctica, ya que Feijoo parte del deseo de educar y modernizar a los ciudadanos con pasión ilustrada.

Las Cartas eruditas están formadas por ciento sesenta y cuatro escritos reunidos en cinco volúmenes.

Su propósito es similar al del Teatro. Aparecen al comienzo y al final de cada carta las fórmulas propias del género epistolar, es decir, la salutación y la despedida.

El texto se dirige casi siempre a una segunda persona (Vuestra merced, Vuestra señoría o Vuestra excelencia). Algunas cartas, pocas, llevan fecha, aunque Feijoo procura eliminar los detalles personales.

A pesar de que se tiene a Feijoo como un gran ensayista, o el fundador del ensayo moderno, no utiliza la palabra ensayo para nombrar sus reflexiones. Dos son las fórmulas literarias que emplea: el discurso, denominación que ya se utilizaba en el siglo anterior para este tipo escrito, de la que hace uso en el Teatro crítico; y la forma epistolar, más familiar y sencilla, que es la que emplea en las Cartas eruditas. Ambos, discursos y cartas, llevan título, y se dividen en párrafos señalados con números romanos y en incisos numerados en arábigo para facilitar su consulta como si fuera un diccionario. Cada tomo lleva un prólogo y un índice detallado de materias. Respondiendo a la tradición de la “literatura mixta” o miscelánea, con la que se autoenlaza en el “Prólogo”, en cada capítulo se hallan ingredientes variados: narraciones, descripciones, consideraciones filosóficas, discusiones, elogios, citas, censuras... Feijoo se muestra siempre como polemista rebelde, intransigente en ocasiones, pero sincero, valiente, bien intencionado y con deseo de originalidad.

Si se tiene en cuenta la evolución interna de la producción de Feijoo y los moldes formales que utiliza, se puede decir que su obra configura un todo compacto y homogéneo. Cuando el escritor publicó en 1742 el primer tomo de sus Cartas eruditas insistió en este carácter de continuidad, que puso de manifiesto en el breve prólogo: “Preséntote, Lector mío, nuevo Escrito, y con nuevo nombre; pero sin variar el género ni el designio, pues todo es Crítica, todo Instrucción en varias materias, con muchos desengaños de opiniones vulgares o errores comunes. Si te agradaron mis anteriores producciones, no puede desagradarte ésta, que es en todo semejante a aquéllas, sin otra discrepancia que ser en ésta mayor la variedad; y no pienso que tengas por defecto lo que, sobre extender a más dilatada esfera de objetos la enseñanza, te aleja más del riesgo del fastidio”. Con estas palabras Feijoo quería que su público estuviese tranquilo y no se preocupase por el cambio de título. Sin embargo, se advierten algunas diferencias formales entre el Teatro crítico y las Cartas eruditas: las Cartas son más breves, menos solemnes y su estructura es más ligera y flexible.

Es imposible realizar una clasificación temática, pues los volúmenes de ambas obras tratan de Astronomía, Geografía, Filosofía, Literatura, Derecho, Música, Matemáticas, Arte, Medicina... Pretendía el autor ofrecer información y nuevas ideas de todo lo que podía ser objeto de curiosidad y cultura y, al mismo tiempo, combatir los errores, especialmente la superstición.

Lo más destacable de Feijoo es que inicia en España una comunicación intelectual diferente a la que se había utilizado a partir de Trento, superando el autoritarismo. El escritor une en sus escritos una información científica moderna, erudición humanística, genio pedagógico y humor personal. Sus interlocutores no son hombres incultos, sino personas bien informadas que desean leer entre líneas y comprender más allá de lo que dice.

Esto lleva a preguntarse si Feijoo tuvo un pensamiento propio o se limitó a transmitir saberes enciclopédicos tomados de otros pensadores. Ciertamente, maneja una gran cantidad de bibliografía, cosa sorprendente por su vida cerrada en el claustro y por la dificultad de encontrar libros que provinieran del extranjero.

Fue un gran lector, un autodidacto lleno de curiosidad, que acudía a diccionarios y enciclopedias, sobre todo de origen francés. Creía que la cultura, el saber general, es el resultado de múltiples saberes parciales que no se llegan a dominar sólo con el esfuerzo individual. De aquí que acuda a los sabios para interpretarlos y poder aplicar sus doctrinas a hechos concretos de la sociedad y del país.

El pensamiento filosófico de Feijoo es en gran medida antiaristotélico y antiescolástico, aunque su formación estaba basada tanto en Aristóteles como en Santo Tomás. Admiraba a Bacon, del que aprendió el valor de la experiencia, la utilización del método inductivo y los caminos para librarse de los errores.

Tuvo influencia también de otros filósofos franceses, como Descartes, Bayle, Fontenelle o Malebranche.

Sin embargo, su espíritu integrador le llevó a aceptar y a tolerar todo lo que le parecía válido, de aquí que le surgieran tantos detractores. Vivió en un momento de crisis, de paso del escolasticismo al enciclopedismo francés y a una nueva filosofía europea. Estos cambios los fue aceptando según venían, sin pretensiones de presentar un proyecto filosófico definitivo. Resume así su postura en el Teatro crítico: “Es menester huir de dos extremos que igualmente estorban el hallazgo de la verdad. El uno es la tenaz adherencia a las máximas antiguas; el otro la indiscreta inclinación a las doctrinas nuevas. El verdadero filósofo no debe ser parcial, ni de éste ni de aquel siglo. En las naciones extranjeras pecan muchos en el segundo extremo; en España casi todos en el primero” (II, d.1). Feijoo no sigue un sistema exclusivo, sino que es un escéptico y un ecléctico. Su filosofía es la natural y cosmológica, con un pensamiento extrovertido y atento al mundo moderno.

La crítica religiosa se dirige, sobre todo, a censurar los milagros supuestos, abusos de peregrinaciones, anuncios del fin del mundo, apariciones... Teme tanto a la impiedad como a la credulidad supersticiosa.

Quería que se practicase la religión con la dignidad debida, por lo que dedicó a este tema varios discursos y cartas. La actitud de Feijoo está en consonancia con la de otros escritores de su siglo que rechazan lo popular y lo inculto, despreciando al vulgo crédulo. Como el propósito de sus escritos fue desterrar los errores comunes, ciertamente hay muchos referidos a la religión que el escritor, haciendo gala de un nuevo espíritu erasmista, atacó: devociones, leyendas, tradiciones, milagrerías... No lo hace de forma irrespetuosa ni malintencionada. Solamente excluyó de sus estudios aquellos asuntos que eran entonces objeto de controversia. Aparte de lo que concernía al dogma del que nunca se alejaba, se guiaba por los criterios de la razón y de la experiencia, buscando el bien de los ciudadanos. En alguna ocasión tocó problemas un poco resbaladizos, como el del milagro, difícil de razonar con argumentos científicos, pero salió adelante con su buen criterio a pesar de que algunos no entendieron correctamente sus planteamientos y de que la Inquisición estaba atenta para velar por la ortodoxia. En su lucha por la verdad, el escritor dedicó numerosos discursos y cartas a la brujería, las supersticiones, hechizos, adivinación, astrología, y otros asuntos similares. Algunos de los ejemplos que utilizó no fueron específicamente nacionales sino que procedían de sus lecturas de obras extranjeras.

En el campo de la instrucción, Feijoo trata de iluminar a la gente. Escribió varios discursos y cartas sobre materias de enseñanza. Fue un precursor de la reforma de los estudios que se llevó a cabo en el siglo XVIII. Defendió la modificación de las disciplinas universitarias, especialmente las referidas al campo del Arte, la Lógica y Metafísica, la Física y la Medicina.

Criticó los modelos de enseñanza, e insistió en los métodos generales (abusos de las disputas verbales, el desenredo de los sofismas...), mientras atacaba la forma de presentar algunas materias, como la Teología.

Discutió asimismo el valor de los argumentos de autoridad.

En lo referente a la ciencia, el autor partía del escepticismo para comenzar una investigación con espíritu crítico. No dudaba de todo, sino que adoptó una postura prudente para examinar los fenómenos con imparcialidad. Quedaron al margen de esta postura los temas de fe, por su propia naturaleza, y los de las ciencias experimentales, por ser comprobables.

Feijoo no era un científico, pero poseía una información amplia y actualizada de lo que ocurría en las Academias europeas, y estaba por encima de la consideración de la ciencia como algo peligroso, producto de herejes. El nuevo espíritu científico que aparece en la obra del benedictino conecta con el empirismo de Bacon y se aleja del racionalismo de Descartes. La crítica que hace al sistema cartesiano se centra en la explicación de la formación del universo, problema que enlaza con el de la “senectud” del mundo; tiene presente el concepto de la infinitud del espacio y del tiempo que para él confieren una visión catastrofista del cosmos.

Reprochó a la medicina de su tiempo que tenía un carácter más filosófico que científico. Censuró a los médicos que aplicaban siempre los mismos remedios (abuso de drogas, sangría, remedios secretos...) sin hacer consideraciones personales. Se inclinaba por la medicina natural, por la terapéutica individual y defendía los remedios baratos y caseros, e incluso las vacunas.

Sobre la política también realizó reflexiones, aunque en este terreno siguió las ideas del pensamiento católico, en la misma línea en que se habían situado Luis Vives, el padre Mariana o Saavedra Fajardo, entre otros. Admiraba las glorias pasadas pero al mismo tiempo denunciaba los males del país y preconizó cambios que corrigieran los defectos observados. Se extendió en consideraciones sobre la educación del príncipe y del cortesano, y atacó duramente a la nobleza.

La igualdad de los hombres fue uno de sus postulados básicos, pues, aunque reconocía diferencias en costumbres, inclinaciones, temperamento, creía que era un error afirmar que tuvieran distinta capacidad racional. Predominaron en Feijoo las ideas pacifistas y de condena de todas las guerras; descendió a veces a temas muy concretos como el uso de la tortura, que él condenaba, o la impunidad de la mentira, a la que consideraba uno de los peores males.

Abordó asimismo determinados aspectos de las relaciones sociales, tanto negativos (la indiscreción, la burla ofensiva...) como los que servían para mejorar las relaciones entre los individuos (la urbanidad, la sociabilidad). Creía oportuno que los jóvenes intervinieran en la política, que se llevaran a cabo reformas, que se redujera la burocracia, que los trabajadores tuvieran un salario justo, que hubiera menos días festivos, fiel al ideario reformista.

En el campo filológico, Feijoo valoraba las lenguas tanto clásicas (conocía bien el latín y poco el griego) como modernas. Consideraba que estas últimas son muy útiles, pues en ellas pueden leerse las literaturas antiguas, ya traducidas, como las actuales. Estimaba especialmente la lengua francesa, en la que se realizaban en su época obras de carácter literario y científico de extraordinario valor. Era partidario de los neologismos, que algunos le han reprochado, puesto que la lengua es un organismo vivo que debe desarrollarse y enriquecerse, pero utilizados cuando la palabra importada sea necesaria y no por simple deseo de modernidad. Las ideas estéticas son abundantes en la obra de Feijoo. No aparecen de forma sistemática, sino diluidas en sus escritos. Destacaron tres aspectos en su teoría: opúsculos sobre principios generales, crítica literaria y crítica musical. Sobre ellos discurrió con conocimiento y libertad, con espíritu amplio, aunque no siempre acertase en algunos asuntos concretos.

Seguía la línea estética barroca española, de antipreceptismo e independencia en desacuerdo con las nuevas tendencias neoclásicas. Era partidario de la naturalidad del estilo, y partía de que éste era algo innato, que no se realizaba aprendiendo las reglas de la retórica, sino que se basaba en la intuición. Estilo natural y personal son para él una misma cosa. Pero no puede existir un ensayo como literatura artística sin que haya voluntad de estilo. Deben utilizarse las locuciones más naturales y más inmediatamente representativas de los objetivos.

En sus escritos, Feijoo utilizó un tipo de prosa sencilla y directa. Su estilo es funcional. Escribía con rapidez y corregía poco, por lo que su lengua literaria consigue una viveza que se da en pocos autores. Utilizó una prosa paralelística y antitética, con abundancia de imágenes, como la de Guevara en el XVI o Saavedra Fajardo y Gracián en el XVII. Con sus escritos consiguió desterrar de la prosa castellana el estilo retórico posbarroco. Aunque la formación de Feijoo tuvo poco contacto con la cultura artística de su tiempo (desde la soledad de su celda resultaba difícil enjuiciar la estética neoclásica que comenzaba a extenderse), le sobraban genio y originalidad.

La obra de Feijoo es enciclopédica por su carácter y por su función. Pero para ser una obra de consulta le faltaba estar ordenada por materias. De aquí que empezasen a surgir en el mercado editorial algunos índices alfabéticos de los temas tratados en sus escritos para que se vendieran junto con éstos. Así salieron: Índice general alfabético de las cosas más notables de todo el Teatro crítico universal (1752), a cargo de Diego de Faro y Vasconcelos; Índice general alfabético de las cosas notables que contienen todas las obras del muy ilustre señor D. Fr. Benito Jerónimo Feijoo (1754) de José Santos; Diccionario Feijoniano o Compendio metódico de varios conocimientos críticos, eruditos y curiosos, utilísimos al pueblo, para quien le dispuso por orden alfabético por el doctor Antonio Marqués y Espejo (1802).

El éxito editorial de Feijoo fue enorme en el siglo XVIII. Sus obras fueron apareciendo entre 1726 y 1760 con regularidad. Se agotaban pronto y se reimprimían.

De algunos volúmenes del Teatro crítico se realizaron tiradas de tres mil ejemplares, una cantidad considerable para este tipo de literatura. Tras la muerte del autor en Oviedo en 1764 se inició la publicación de sus obras completas (“ediciones conjuntas”, según el profesor Caso) que vieron la luz en 1765 en catorce tomos. Se sucedieron otras hasta la de Pamplona de 1784-1787, después de la cual el éxito de Feijoo comenzó a decaer. Hasta 1787 se vendieron en España entre cuatrocientos mil y medio millón de ejemplares, lo que quiere decir que el escritor llegó a toda la población española que era capaz de leer sus obras. Las protestas fueron también muy numerosas.

Ya en 1726, año en que se inició la publicación de su Teatro crítico, salieron a la luz veintinueve escritos contra varios discursos del primer tomo (sobre Medicina, Astrología, Música y hasta aspectos de su feminismo), que continuaron hasta su muerte. En total fueron unos ciento noventa escritos en contra.

También desde el primer momento surgieron muchos defensores de sus opiniones. Esta reacción ante los textos feijonianos tiene una gran importancia ya que el escritor gallego se convirtió en un gran animador de la cultura española de su tiempo y patrocinador del pensamiento ilustrado. Algunos textos se tradujeron tempranamente al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.

En el siglo XIX no se debió de comprender bien al escritor o se despreciaron sus intenciones reformistas, pues sólo se realizaron tres ediciones de obras escogidas en toda la centuria, a pesar de que lo recordara con cariño su paisana Emilia Pardo Bazán. Durante el XX se fue intensificando el interés hacia esta figura a partir de la Generación del 98, por lo que varios estudiosos (Américo Castro, José María de Cossío, Pedro Salinas, Gregorio Marañón...) le dedicaron sus trabajos. El valor histórico de Feijoo es enorme no tanto por los temas que trata, sino por su modo de enfocarlos. Hasta hace poco se consideraba que era el único autor representativo de la Ilustración en la primera mitad del siglo XVIII, que con su esfuerzo individual había introducido la nueva filosofía, el método experimental, la crítica de las supersticiones. Esto es un poco exagerado, ya que existen otros grupos reformistas (novatores, Luzán...) pero deben reconocérsele dos méritos: contribuir decisivamente a la incorporación del ensayo como género literario en nuestra literatura y difundir las nuevas ideas entre amplias capas de público.

 

Obras de ~: Teatro crítico universal, t. I, Madrid, Imprenta de Lorenzo Francisco Mojados, 1726; t. II, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1728; t. III, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1729; t. IV, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1730; t. V, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1733; t. VI, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1734; t. VII, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1736; t. VIII, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1739; Suplemento del Teatro crítico y adiciones y correcciones a los tomos de dicho Teatro, t. IX, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1740; Cartas eruditas y curiosas, t. I, Madrid, Blas Román, 1742; t. II, Madrid, Blas Román, 1745; t. III, Madrid, Blas Román, 1750; t. IV, Madrid, Blas Román, 1753; t. V, Madrid, Blas Román, 1760; Obras escogidas, Madrid, Editorial Rivadeneyra, 1863 (Biblioteca de Autores Españoles, LVI); Poesías inéditas, Tuy, 1901; Discursos y cartas, ed. de J. M. Alda Tesán, Zaragoza, Ebro, 1941; Teatro crítico universal, ed. de A. Millares Carlo, Madrid, Espasa Calpe, 1941, 3 vols. (Clásicos Castellanos); Cartas eruditas, ed. de A. Millares Carlo, Madrid, Espasa Calpe, 1944 (Clásicos Castellanos); Obras completas. Tomo 1. Bibliografía, por J. M. Caso González y S. Cerra Suárez, Oviedo, CES XVIII, 1981; Obras (selección), ed. de I. McClelland, Madrid, Taurus, 1985.

 

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Emilio Palacios Fernández