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Fernando IV

Biografía

Fernando IV de Castilla. El Emplazado. Sevilla, 6.XII.1285 – Jaén, 7.IX.1312. Rey de Castilla y de León.

Segundo de los hijos de Sancho IV y María de Molina. Fue bautizado en la catedral hispalense por el arzobispo Remondo de Losana y fue proclamado heredero de los reinos al tiempo que recibía el homenaje de los ricos hombres, órdenes militares, ciudades y villas. Sancho IV dispuso que de la crianza del infante se encargara Fernán Pérez Ponce, que había sido mayordomo mayor de Alfonso X. Seguidamente fue organizada la casa del infante. Sus cancilleres fueron Isidro González, tesorero de la catedral ovetense, y posteriormente Alfonso Godínez, de origen portugués. El almojarife o administrador de las rentas del infante fue el judío Samuel de Belorado, que ejerció una gran influencia sobre el mismo. El despensero mayor fue Alfonso Michel, que en alguna ocasión hizo de embajador ante el Rey de Portugal. El posadero fue García Yáñez y el sastre, Alfonso Domínguez. Como capellán se nombró Juan Martínez y, como escribano, a Nuño Pérez. El médico personal fue el maestre Alfonso de Paredes y sus ayos, García Pérez y doña Sancha. El camarero mayor fue Rodrigo Yáñez de Zamora.

En cuanto al matrimonio del infante, se tantearon dos alternativas, bien con una infanta portuguesa o bien con una francesa. El 15 de septiembre de 1291, Sancho IV y el rey Dionís de Portugal firmaron un tratado de paz cuyo punto fundamental era el compromiso matrimonial del heredero castellano con doña Constanza, hija del Monarca portugués. Tres años más tarde, Sancho IV mantuvo negociaciones con el rey de Francia, Felipe IV, para que una hija de éste, la infanta doña Blanca, casara con el heredero castellano. Pero fue la primera opción la que se llevó a efecto. El compromiso matrimonial se ratificó solemnemente por el tratado de Alcañices (12 de septiembre 1297) y la boda tuvo lugar en Valladolid, en enero de 1302.

El 25 de abril de 1295, víctima de la tuberculosis, murió en Toledo Sancho IV. Al día siguiente el infante don Fernando, que tan sólo contaba nueve años de edad, fue recibido como rey y señor. En la catedral toledana el nuevo rey Fernando IV, “juró de guardar los fueros a los fijosdalgo, e a todos los otros del su reyno”. Seguidamente hizo lo mismo María de Molina, a quien Sancho IV, poco antes de morir, había nombrado tutora de Fernando IV.

La Crónica del reinado dice de Fernando IV que era “de buen talante”, pero también que “era ome a quien metíen los omes a lo que querían de mal”, lo que refleja de forma muy clara un carácter débil. Un cronista contemporáneo, Jofré de Loaisa, llama la atención sobre el carácter infantil y caprichoso de Fernando IV, impropio de un rey, cuando dice que era “su casi continua ocupación realizar juegos de niño y otras diversiones más que intentar recuperar su tierra”, pese a que ya por entonces había sido declarado mayor de edad. Enrique Flórez no duda en afirmar que “su reynado no merece tanto este nombre como el de vassallage, pues vivió dominado de vassallos. Quando empezaba a ser glorioso contra los moros le avassalló la muerte”. Francisco Simón y Nieto lo califica “de escasa mentalidad, de bondadoso pero afeminado carácter, fruto enteco del matrimonio de Sancho IV con doña María de Molina”. Especialmente duro es el juicio de José Amador de los Ríos, para quien durante su reinado Castilla fue “combatida en tanto por las turbulencias de una larga minoridad, y vejada después, más bien que gobernada, por un príncipe débil y desconfiado aun para su misma madre y salvadora”. De todas estas opiniones cabe deducir que se trató de un Monarca de carácter débil, bondadoso y falto de criterio personal, características que no eran precisamente las más adecuadas para hacer frente a las dificultades del momento.

Hay, no obstante, algunas opiniones menos severas. Diego Ortiz de Zúñiga, haciéndose eco de informaciones de autores antiguos, dice de Fernando IV que era “cariñoso e benigno con sus gentes, y más quando fincaua en Seuilla” y, más adelante, que “era gallardo y deseoso de cosas grandes, y de acabar de lançar de España los moros”. Manuel Colmeiro, siguiendo a Juan de Mariana, dice de él que “fue de complexión delicada, y muchas veces padeció enfermedades que le pusieron en peligro de muerte. Su carácter débil hizo que se entregase a favoritos, olvidando que debía la Corona a la incomparable doña María de Molina, su madre. Amó la gloria y merece bien la posteridad por la conquista de Gibraltar; pero en las demás empresas tocantes a la guerra de los moros le ayudó poco la fortuna. Tal vez hubiere hecho mayores cosas si el cielo no hubiese cortado el hilo de sus días en lo más florido de su edad”. Esta última idea no deja de ser importante, a la vista del cambio de rumbo que experimentó la política de Fernando IV a partir de las Cortes de Valladolid de 1312. Pero la muerte le sorprendió en ese mismo año sin que hubiera podido recoger ningún fruto de lo entonces sembrado. De haberse prolongado más en el tiempo, es indudable que el reinado de Fernando IV hubiera merecido por parte de la historiografía una valoración más positiva.

Antonio Benavides, no sin ironía, estableció el nítido contraste entre sus virtudes y el aprovechamiento que de ellas hicieron sus tutores y consejeros: “Su tierna edad le hizo juguete de bandos opuestos; su clemencia ludibrio de enconadas pasiones; su generosidad escalón de locas ambiciones. Débil hasta el extremo, su tutela fue perpetua; o en poder de D. Enrique, o del infante D. Juan, o de D. Juan Núñez, ni tenía voluntad de gobernar, ni intención de dañar. La caza era su afición: cansábanle los negocios, y el que más pronto le desembarazaba de ellos ése era su amigo; oía a todo el mundo, y era del último que oía”. En definitiva, se puede afirmar que Fernando IV fue más un rey bueno que un buen rey, permanentemente sometido a los dictados de una nobleza que, sin ningún tipo de escrúpulos, manejó los hilos esenciales de la política teniendo siempre más presentes sus propios intereses que los generales del reino.

La sentencia arbitral de Torrellas permite distinguir dos etapas muy claras en el reinado de Fernando IV. Hasta 1304 el panorama está dominado por una larga guerra civil, en la que se mezclan variados ingredientes: la menor edad del Rey, sus discutibles derechos al Trono al no estar legitimado el matrimonio de Sancho IV y María de Molina, las ambiciones de la nobleza castellana, especialmente del infante don Juan, tío del Rey y que no oculta sus deseos de alcanzar el Trono castellano, al igual que los infantes De la Cerda, que contaban con el apoyo de Jaime II de Aragón. A partir de 1305, el ambiente político castellano estuvo más sosegado, acaso porque la nobleza consiguió ver satisfechas algunas de sus reivindicaciones, y pudo reanudarse la vieja lucha reconquistadora. Dentro de la Guerra Civil, cabe distinguir dos etapas: Hasta 1301, año en que fue declarada la mayoría de edad de Fernando IV, hay un claro predominio de las acciones militares. Baste recordar la invasión de Castilla por las tropas aragonesas, que culminó en el triste cerco de Mayorga de Campos (1296); la entrada de Dionís de Portugal con numerosa hueste hasta las proximidades de Valladolid; la ofensiva castellana en el otoño de 1296, centrada en el sitio de Paredes de Nava, y en el verano siguiente en Ampudia; la derrota de Juan Núñez de Lara entre Alfaro y Araciel en la primavera de 1299, y, a continuación, el asedio de Palenzuela, que duró todo el verano, y el de Almazán (1300), etc. A todo ello hay que añadir las campañas de Jaime II de Aragón en Murcia, todas desfavorales para Castilla. A partir de 1302, puede decirse que cesa la actividad militar, mientras los embajadores inician su tejer y destejer hasta llegar a la sentencia arbitral de Torrellas, que sirvió para poner fin a la guerra civil y al conflicto con Aragón, motivado fundamentalmente por el apoyo de Jaime II a las aspiraciones al Trono castellano de Alfonso de la Cerda. Durante las negociaciones previas el infante don Juan desplegó una intensa actividad diplomática, tanto en el frente portugués como en el aragonés. La verdad es que el tratado de Torrellas es el resultado final de las conversaciones que habían mantenido fundamentalmente el infante don Juan y Jaime II de Aragón. El monarca castellano no hizo más que acomodarse a los puntos de vista del infante don Juan, que en aquellos momentos ejercía sobre él una influencia absoluta. El papel de María de Molina, de don Dionís o de Alfonso de la Cerda fue muy secundario, especialmente el de este último, convertido en mero instrumento de la política de Jaime II, que era quien controla verdaderamente los hilos de la situación.

El 8 de agosto de 1304, el rey don Dionís de Portugal, el infante don Juan y Jimeno de Luna, obispo de Zaragoza, dictaron la sentencia arbitral de Torrellas, referente a las disputas entre Fernando IV y Jaime II a propósito del reino de Murcia. En virtud de la sentencia, el Reino de Murcia, casi en su totalidad ocupado por Aragón, era repartido entre este reino y Castilla, y si el despojo no resultó mayor para Castilla fue por la paz que ésta había firmado un año antes con el Reino de Granada.

El segundo asunto importante tratado en Torrellas fue el problema de los infantes de la Cerda, cuyos discutibles derechos al trono castellano habían sido uno de los argumentos de la guerra civil. El mismo día 8 de agosto, los reyes de Aragón y Portugal, en presencia del infante don Juan, procurador de Fernando IV, dictaron sentencia. Ambos Monarcas dispusieron, para poner fin al largo enfrentamiento que habían mantenido Fernando IV y Alfonso de la Cerda, que se entregara a este último un extenso heredamiento, del que formaban parte, entre otros lugares, Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón y el Real de Manzanares, así como otros bienes y rentas en Córdoba, Bonilla, Toledo, Madrid, Medina del Campo, etc. Se tuvo especial cuidado en que tales heredamientos, que servirían en el futuro de base patrimonial a numerosos linajes nobiliarios, no formasen un todo unido sino disperso por Castilla, León y Andalucía. La generosidad de los jueces árbitros fue complementada dos días más tarde por el propio Fernando IV, que reconoció que si los bienes entregados a Alfonso de la Cerda no proporcionaban una renta anual de 400.000 maravedís le concedería nuevos lugares hasta alcanzar esa cantidad.

La sentencia también contenía algunas obligaciones para Alfonso de la Cerda; entre otras, la de devolver algunas importantes plazas que retenía en Castilla, pero el aspecto más importante sin duda era el compromiso de renunciar en el futuro a titularse rey y a usar las armas y el sello correspondientes.

Tanto Fernando IV como Jaime II mostraron muy buena disposición respecto el cumplimiento del tratado de Torrellas. Pero la delimitación de la frontera murciana se había hecho de forma imprecisa y sin el menor fundamento geográfico. Tratando de solucionar los problemas surgidos en la aplicación del tratado de Torrellas en lo referente a la frontera murciana, Fernando IV y Jaime II se entrevistaron el 26 de febrero de 1305 en el monasterio de Santa María de Huerta. Fue el paso previo para llegar al tratado de Elche (19 de mayo de 1305), por el que se fijaba definitivamente la frontera murciana entre Castilla y Aragón. A partir de 1305, el Reino de Murcia quedó dividido en dos partes: la septentrional, bajo soberanía aragonesa, y la meridional, con su capital, Murcia, bajo la castellana.

En 1305 se inicia una nueva etapa en el reinado de Fernando IV, durante la cual se consumó el triunfo político de la nobleza que, aunque dividida en facciones rivales, termina por imponerse al débil Monarca. El proceso es muy evidente a partir de las Cortes de Valladolid de 1307 y tiene su punto culminante al año siguiente en la localidad palentina de Grijota, cuando la nobleza acaudillada por el infante don Juan consigue la destitución de todos los oficiales reales y su sustitución por otros nuevos que eran hechura suya.

El triunfo de la nobleza trajo una cierta calma para Castilla, que permitió a Fernando IV entrevistarse con Jaime II con el fin de reanudar conjuntamente la actividad reconquistadora. Fue el Monarca castellano, en marzo de 1306, quien primero manifestó sus deseos de entrevistarse con el aragonés. A partir de este momento, la actividad de los embajadores de ambos reinos fue muy intensa, tratando de fijar una fecha para la entrevista, que reiteradamente se vio aplazada por los problemas internos, tanto de Castilla como de Aragón. En los primeros días de diciembre de 1308, Fernando IV y Jaime II se entrevistaron en el monasterio de Santa María de Huerta y en Monreal de Ariza. Tres fueron los asuntos esenciales tratados en las conversaciones. Primeramente, el matrimonio de la infanta doña Leonor, primogénita y heredera hasta este momento de Fernando IV, con el infante don Jaime, también primogénito de Jaime II. El matrimonio, aunque llegó a celebrarse, duró poco tiempo pues el infante aragonés se separó de su mujer para ingresar en un convento. El segundo asunto fue la conclusión de las entregas que aún se debían a Alfonso de la Cerda por imperativo del tratado de Torrellas.

Fernando IV le libró 220.000 maravedís que todavía estaban pendientes y recibió de su parte las villas de Serón, Alcalá y Deza. Pero el resultado más importante de la entrevista fue la decisión de declarar la guerra al Reino de Granada, con lo que nuevamente se trataba de poner en marcha la secular política reconquistadora.

Previamente, la diplomacia aragonesa había conseguido la adhesión a la empresa y ayuda material del sultán de Marruecos, Sulaymªn Abū l-Rabia, enemistado con el Rey de Granada. En las conversaciones se había acordado que Fernando IV atacaría Algeciras, reconociendo a Jaime II el derecho a una sexta parte del Reino de Granada. Para el logro de tales objetivos reconquistadores fue firmado unos días más tarde el tratado de Alcalá de Henares (19 de diciembre de 1308), suscrito por Fernando IV y por los embajadores de Aragón, Bernardo de Sarriá y Gonzalo García, y que venía a consagrar el triunfo de la política aragonesa y sellaba la reconciliación definitiva entre Castilla y Aragón.

Fernando IV se comprometió a hacer la guerra al Rey de Granada tanto por mar como por tierra, fijándose el inicio de la campaña para el próximo 24 de junio. Los castellanos atacarían Algeciras y Gibraltar y los aragoneses, Almería. El Rey de Castilla no podría concluir tregua ni paz con el de Granada sin el consentimiento del Rey de Aragón. En términos similares se comprometieron los embajadores aragoneses en nombre de Jaime II. El castellano donaba al aragonés el Reino de Almería, a cuenta de la sexta parte del conjunto del Reino de Granada, exceptuando las plazas de Quesada, Bedmar, Alcaudete, Locubín y Arenas con todos sus términos, que anteriormente habían pertenecido a Castilla. En el caso de que el Reino de Almería no fuese la sexta parte, ya fuera por exceso o por defecto, el primado de Toledo y el obispo de Valencia realizarían los ajustes correspondientes. Esta concesión, que fue el argumento que sirvió al infante don Juan y a don Juan Manuel para oponerse al tratado, suponía, efectivamente, una rectificación favorable para Aragón de los límites que con Castilla habían sido establecidos en los tratados de Cazola (1179), de Almizra (1244) y de Torrellas-Elche, pero con el inconveniente de que el reino de Almería no constituía la prolongación del reino de Valencia, pues entre ambos estaba el territorio murciano que pertenecía a Castilla.

Tras la firma del tratado de Alcalá de Henares, tanto Castilla como Aragón iniciaron los complejos preparativos diplomáticos, económicos y militares, para la campaña contra Granada. Fernando IV y Jaime II incluso enviaron embajadores al papa Clemente V para que otorgara a la empresa la condición de cruzada, lo que suponía el respaldo espiritual de la Iglesia e indulgencias para los combatientes, así como una considerable ayuda económica. Pero el resultado final de la campaña se saldó con un rotundo fracaso, tan sólo paliado por una victoria aragonesa en el asedio de Almería (23 de agosto de 1309), aunque no permitió la conquista de la plaza, y la toma de Gibraltar por los castellanos (12 de septiembre de 1309). Tampoco el asedio de Algeciras pudo concluir de forma favorable, entre otras razones por la muerte una semana más tarde de Alfonso Pérez de Guzmán, que había tenido un papel muy destacado en la conquista de Gibraltar, y de Diego López de Haro, que falleció en enero de 1310. Pero la razón fundamental del fracaso fue la defección del infante don Juan y de don Juan Manuel con sus seguidores, que hizo imposible la continuación del asedio de Algeciras. Andrés Giménez Soler tuvo muy duras palabras para esta deserción, que calificó como “uno de los actos más indignos de la historia de Castilla”, y que, además, provocó el que Jaime II tuviera que levantar el asedio de Almería. La opinión pública europea se formó una opinión muy peyorativa de los nobles castellanos, a los que tildó de “malvados” y “de mala condición”, y calificó al infante don Juan de auténtico “diablo”.

Es necesario recordar que durante el reinado de Fernando IV la llamada nobleza vieja protagonizó un definitivo asalto al poder, con la pretensión de estructurar el gobierno de Castilla de forma que quedara firmemente consolidada la posición hegemónica de la nobleza, tanto desde el punto de vista político como social y económico. De nuevo se planteó la vieja pugna monarquía-nobleza, con un resultado final enteramente favorable a esta última. A partir de 1301, cuando Fernando IV alcanzó la mayoría de edad, se perfilaron dos bandos nobiliarios, uno encabezado por el infante don Juan y Juan Núñez de Lara, que gozaba de la imprudente simpatía del Monarca, y otro rival, en el que estaban el viejo infante don Enrique, hermano de Alfonso X, Diego López de Haro y Juan Alfonso de Haro. Ambos bandos perseguían un único objetivo: adueñarse de la débil voluntad del Monarca y obtener los máximos beneficios del control del poder. Quien logró definitivamente imponerse fue el intrigante infante don Juan, que tras la muerte del infante don Enrique en 1303 se convirtió en cabeza indiscutible de la nobleza, conduciéndola a su triunfo total, como se puso de relieve en los sucesos de Grijota en marzo de 1308. En esta localidad palentina los nobles se entrevistaron primeramente con María de Molina, criticando los principales aspectos negativos de la acción de gobierno de Fernando IV, es decir, la mala situación de la hacienda regia, el profundo malestar popular y, de manera especial, lamentaban que se dejara aconsejar por “muy malos omes”.

Los nobles no cuestionaban ni trataban de derribar la monarquía, lo que escapaba de su horizonte mental; simplemente trataban de compartir una más alta cuota de poder con el Rey. Por eso atacaban principalmente a sus consejeros privados y solicitaban su destitución inmediata y su sustitución por los candidatos que ellos presentaban. Sólo así los nobles se pondrían al servicio del Monarca y formularían soluciones para la delicada situación del reino.

Estando en Burgos, en enero de 1311, Fernando IV trató de imponerse de forma violenta a la nobleza eliminando al infante don Juan. La intervención de María de Molina, avisando a su cuñado, impidió la muerte del infante que pudo huir, mas no se evitó una nueva claudicación de Fernando IV. Una vez más se impuso la prudente política conciliadora defendida siempre por María de Molina, pero que no ocultaba, en definitiva, un nuevo retroceso ante la arrogancia de la nobleza. Ésta pudo consolidarse en el disfrute del poder e incluso, en el otoño de ese mismo año, pretendió destronar a Fernando IV y sustituirle por su hermano, el infante don Pedro, candidato preparado por el infante don Juan y otros nobles, como Juan Núñez de Lara y Lope Díaz de Haro, aunque el proyecto no tuvo éxito, gracias una vez más a la rotunda oposición al mismo de María de Molina.

Acaso porque Fernando IV no llegó a enterarse del proyecto de destronamiento, lo que sin duda hubiera provocado una inevitable reacción muy violenta, y también porque necesitaba poner fin a los enfrentamientos con la nobleza para relanzar la lucha contra los musulmanes, no tuvo inconveniente en suscribir en Palencia, el 28 de octubre de 1311, con los principales jefes nobiliarios, una concordia general por la que se comprometía a guardar a nobles, prelados y hombres buenos de las villas de todos sus reinos sus fueros y derechos, a “no ser contra ellos nin contra parte dellos en ningún tiempo” y a mantenerles las “heredades e las tierras e las contías de los dineros” que tenían del Rey. Previamente, los nobles habían conseguido, una vez más, una amplia renovación de los privados y consejeros de Fernando IV, que deberían ser sustituidos por los nuevos nombres propuestos por el infante don Juan, verdadero árbitro de la situación. Al igual que éste, otros importantes nobles como el infante don Pedro, el infante don Juan Manuel, Juan Alonso de Haro, etc., obtuvieron ahora nuevos cargos, posesiones y rentas, afianzándose en el control del poder.

La posición de Fernando IV quedó nuevamente debilitada, al igual que lo estaba también, y era ya muy visible, su salud. En enero de 1312 Fernando IV se entrevistó en Calatayud con Jaime II. Ambos Reyes acordaron reanudar la guerra contra los moros, aunque cada uno la haría por su cuenta. En Calatayud Jaime II ofreció a Fernando IV su mediación para solucionar la disputa que mantenía con el Monarca portugués, a propósito de algunas villas que éste le había tomado durante la minoría, como Serpa, Mora, Castel Rodrigo, Sabúgal, Riba de Coa, etc. Jaime II envió después embajadores a la Corte portuguesa que iniciaron unas complejas negociaciones de las que no pudo obtenerse resultado alguno por la prematura muerte de Fernando IV.

Lo que pone de relieve la entrevista de Calatayud es, sobre todo, el prestigio de Jaime II en la política peninsular y la influencia que tenía en la Corte castellana, que todavía se vio aumentada mediante un nuevo matrimonio de otra hija suya, la infanta doña Constanza, con don Juan Manuel, que tuvo lugar el 3 de abril de 1312.

La última página del reinado de Fernando IV fue la convocatoria de Cortes en Valladolid, en la primavera de 1312, sin duda las más importantes del reinado. Sirvieron, en primer lugar, para recaudar fondos para financiar la guerra contra los moros, pero lo que interesa destacar principalmente es que en ellas se procedió a una intensa reorganización de la administración de la Justicia, la más importante efectuada desde las Cortes de Zamora de 1274, y de la administración territorial y local. Fernando IV había visto reiteradamente fracasados todos sus intentos de imponerse a la nobleza, pero a través de estas Cortes, que pusieron de relieve la fortaleza de la institución en aquellos momentos, y contando con el apoyo de los procuradores ciudadanos, cuyas reivindicaciones tuvo que asumir, el Monarca castellano trató de poner en marcha un amplio programa de corte reformista encaminado a fortalecer el poder monárquico y a mejorar toda la organización política del reino. Lamentablemente, la muerte sorprendió a Fernando IV en Jaén unos meses más tarde (7 de septiembre de 1312), cuando estaba en plena campaña contra los moros, antes de que la nueva política surgida en las Cortes vallisoletanas pudiera dar sus frutos. Pero al menos cabe deducir que fue consciente de la necesidad de avanzar en la política de fortalecimiento del poder real, lo que permite situarle en sintonía con las directrices de la política de Alfonso X, de Alfonso XI y de la dinastía Trastámara en ese mismo sentido.

Efectivamente, fue por el camino de las reformas políticas por el que Fernando IV ensayó su postrer intento de imponerse a la nobleza, una vez que por otros procedimientos, incluida la utilización de la violencia, no había conseguido más que reiterados fracasos. Una nobleza que, por otra parte, carecía de un verdadero proyecto político o de una formulación estatal capaz de resolver los problemas de la época, cuando eran ya claramente visibles los primeros efectos de la crisis bajomedieval, y que siempre estuvo más preocupada por la defensa de sus propios intereses que de los generales del reino.

Según la leyenda, a todas luces injustificada, Fernando IV murió como consecuencia del emplazamiento que le hicieron los hermanos Carvajales de comparecer ante el tribunal del Dios treinta días después de que se hubiera cumplido la sentencia de pena de muerte a que fueron condenados por la justicia real. Según F. Simón y Nieto, la verdadera causa de su muerte fue una trombosis coronaria.

Durante el reinado de Fernando IV, la Corona de Castilla, a pesar de las dificultades internas tanto políticas como económicas, mantuvo una activa política exterior con los principales estados europeos, no sólo con Francia e Inglaterra, sino también con Flandes, Génova o la curia romana, así como con los otros reinos peninsulares.

Hasta 1304, la política exterior castellana estuvo subordinada a la consecución de dos objetivos: anular las pretensiones de Alfonso de la Cerda al Trono castellano y conseguir de la Santa Sede la bulas de legitimación de Fernando IV, por lo que los esfuerzos de la diplomacia castellana fueron encaminados a mantener buenas relaciones con Francia, para neutralizar el apoyo que pudiera prestar a don Alfonso, y con el papado. A partir de 1305 las relaciones entre Castilla y Francia fueron aún más estrechas, anunciando lo que sería la futura alianza franco-castellana frente a Inglaterra. Con este país las relaciones fueron mucho más frías, pues además la Hermandad de la Marina de Castilla, creada en 1296, tuvo una clara posición francófila y en su carta fundacional se hacía mención expresa de no comerciar con Bayona, Inglaterra y Flandes mientras durase la guerra francoinglesa.

Las relaciones de Castilla con el papa Bonifacio VIII fueron buenas, aunque la consecución de las bulas de legitimación de Fernando IV supusieron una larga y costosa, desde el punto de vista económico, negociación diplomática. A partir de 1305, con el inicio del pontificado de Clemente V, se hizo muy visible la influencia francesa en el gobierno de la Iglesia. Castilla mantuvo en general con el nuevo Pontífice unas relaciones correctas, y así pudo alcanzar del mismo los beneficios de cruzada para la campaña contra el Reino de Granada en 1309. Tan sólo se enturbiaron un tanto las relaciones cuando Felipe IV de Francia pretendió que se abriera un proceso contra Bonifacio VIII, que invalidaría todos los actos de su pontificado, lo que afectaría a la legitimación de Fernando IV. Fue entonces cuando la diplomacia castellana, respaldada por Jaime II, se movilizó a fondo para evitar dicho proceso.

La política exterior peninsular giró en torno a las relaciones con los reinos de Granada, Aragón y Portugal, pues Navarra estaba en estos momentos bajo soberanía de Francia y seguía su política exterior. El momento más delicado de las relaciones de Castilla con Navarra se produjo en 1298, cuando el gobernador navarro, en nombre de Felipe IV de Francia, solicitó a Castilla una amplia rectificación fronteriza, reivindicando algunos territorios que habían pertenecido a Navarra a principios del siglo XI.

Hasta 1304, el Reino de Granada se había apoderado de algunas plazas fronterizas, beneficiándose de la delicada situación castellana. Las cosas cambiaron a partir del tratado de Córdoba, de 1304, por el que el Monarca granadino se declaró nuevamente vasallo de Castilla y volvió a pagar parias. Como era de prever, la campaña de 1309 deterioró las relaciones de Castilla con Granada en los años siguientes, a pesar de que en 1310 se firmó un acuerdo de paz, pero siguieron produciéndose incidentes fronterizos por ambas partes, siendo el más notable la conquista de Alcaudete, en 1312, por parte del infante don Pedro.

Durante la primera mitad del reinado de Fernando IV no fueron nada buenas las relaciones de Castilla con Aragón y Portugal. Las cosas mejoraron notablemente, sobre todo con Aragón, a partir de los tratados de Torrellas-Elche, que sirvieron para consolidar la hegemonía aragonesa en la Península. El tratado de Alcalá de Henares de 1308 apenas sirvió para conquistar Gibraltar, escaso premio para los esfuerzos militares y económicos que previamente habían hecho castellanos y aragoneses. Las relaciones con Portugal se mantuvieron en un tono de relativa frialdad, a pesar del matrimonio de Fernando IV con la infanta portuguesa Constanza, hija del rey don Dionís.

 

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César González Mínguez