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Antonio García Quejido

Biografía

García Quejido, Antonio. Fidel. Madrid, 1856 – 1927. Político socialista y comunista.

Hijo de menestrales, disfrutó de una infancia y adolescencia sin apuros económicos, dentro de un hogar bien avenido. Cursó estudios hasta el aprendizaje del oficio de cajista de imprenta. Su padre fue, primero, demócrata y, más tarde, republicano federal, lo que en algún momento le llevó a las barricadas. El joven Quejido conoció en 1876 al entonces Paulino Iglesias y se afilió a la Asociación General del Arte de Imprimir.

El 2 de mayo de 1879 participó en la constitución y escribió el acta de nacimiento del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Organizó la primera huelga del ramo de tipógrafos en Madrid, y dos años después, en 1884, informó ante la Comisión de Reformas Sociales en nombre del “Arte de Imprimir”. Lo hizo con la presunción de que aquel embrión del futuro Instituto de Reformas Sociales y posterior Ministerio de Trabajo “no serviría para nada”. Su carrera de líder sindical dio un salto del ámbito madrileño al nacional, cuando, ese mismo año, el Segundo Congreso Nacional de Tipógrafos, reunido en Valencia, lo nombró secretario del Comité Central de la Federación Nacional Tipográfica, del que era presidente Iglesias.

En 1886, participó en la fundación de El Socialista, órgano de la dirección del PSOE, en cuya redacción trató, sin éxito, de mediar entre las posiciones de “guerra constante y ruda” contra los republicanos, que defendía Iglesias, y las posiciones de aproximación sostenidas por Jaime Vera. Representó ésta una primera discrepancia con Iglesias que, imperceptiblemente, tendería a agravarse con el tiempo. Ese mismo año, se trasladó a Valencia, donde republicanos y anarquistas representaban las influencias dominantes entre los “obreros conscientes”. De Valencia pasó a Barcelona en 1887, donde la hostilidad anarquista hacia las embrionarias posiciones socialistas era muy superior. En agosto de 1888, no obstante, se celebró un congreso obrero en la capital catalana con el objetivo de crear un centro sindical obrero de alcance nacional, alternativo a la Federación Regional Anarquista.

Surgió así la Unión General de Trabajadores (UGT). Terminado el congreso, los miembros de la Unión sumaron alrededor de tres mil trescientos cincuenta y cinco. Quejido resultó elegido presidente del comité director de la UGT por las sociedades obreras de Barcelona, pues en dicha ciudad residió inicialmente el comité nacional. La nueva organización se desarrolló precariamente, en medio de la hostilidad reformista y republicana de las “Tres Clases del Vapor”, que encabezaba José Pamies y, sobre todo, del obrerismo anarquista, defensor a ultranza de la política de huelga general.

Las dificultades para encontrar trabajo que le creó su ya destacada significación societaria, llevaron a Quejido a trasladarse de Barcelona a Bilbao en 1892, aunque también influyeron en el cambio las crecientes tensiones y los enfrentamientos con los anarquistas.

Tras presidir un año la agrupación socialista de la capital vizcaína, retornó a la capital catalana, donde se hizo cargo, nuevamente, de la dirección de la UGT, que contaba a la sazón con ocho mil ochocientos cuarenta y cuatro afiliados (cifras que mermarían en los años posteriores). Por esas fechas, el cargo de secretario de la Unión, ocupado por Quejido, empezó a ser retribuido con 30 pesetas semanales. Cinco años más tarde, en mayo de 1897, volvió a instalarse en Madrid, dada la avanzada edad de sus padres (Quejido había enviudado a los veintinueve años, tras seis de matrimonio). En 1898, prestó atención preferente al trabajo de propaganda doctrinal, realizando él mismo los trabajos de imprenta destinados a editar la traducción de El Capital, del socialista argentino Juan Bautista Justo, y de los Principios socialistas, de Gabriel Deville, traducidos por Iglesias del francés. Al mismo tiempo, se ganó la vida como corrector en El Heraldo de Madrid, diario de inspiración canalejista, empleo que conservó hasta 1919. También pasó a desempeñar en este año de 1898 la secretaría del comité nacional del PSOE, mientras había abandonado la dirección de la UGT. No obstante, recuperó esta última al año siguiente, cuando se trasladó de Barcelona a Madrid el comité nacional de la Unión General.

El interés de Quejido hacia los trabajos doctrinales volvió a ponerse de manifiesto con la aparición, efímera, de la revista La Nueva Era, publicación quincenal de pensamiento socialista, que se publicó por iniciativa suya entre 1901 y 1902. En sus páginas destacó la traducción de artículos teóricos de los principales dirigentes de la Segunda Internacional, mientras el propio Quejido polemizó con la denominada “ley de bronce” de los salarios y atribuyó a la insuficiente intensidad del proceso industrializador español —por falta de empuje de la burguesía— la pequeñez del socialismo en nuestro país. Iglesias no remitió ningún original, pero en 1905 Quejido le dedicó una biografía apologética bajo el seudónimo de Fidel.

Nuevas y amargas tensiones con los anarquistas durante la fracasada huelga general de Barcelona de 1902, que los socialistas no secundaron, llevaron de nuevo a Quejido a abandonar la secretaría de la Unión en junio de 1903. Ese mismo año, tras la enésima tentativa de unificar las diferentes facciones republicanas, protagonizada esta vez por José Nákens en Madrid, surgió la Unión Republicana, acaudillada por Nicolás Salmerón. Quejido, en unión de otros socialistas, presentó ante la Agrupación Socialista Madrileña (ASM) una proposición que buscaba acabar con la “guerra constante y ruda” a los republicanos, a fin de revertir el declive de los afiliados al PSOE. La ASM aprobó la proposición por ciento siete votos contra setenta y dos, pero el comité nacional la rechazó y tampoco la aceptaron cincuenta agrupaciones del PSOE frente a veintidós, mientras dos se abstenían. Quejido no mantuvo mucho tiempo su proclividad hacia los republicanos.

En 1912, junto con Largo Caballero, solicitó, en el X Congreso del PSOE, la ruptura de la conjunción con éstos, establecida sólo dos años antes. Estas contradicciones, discrepantes con la postura de Iglesias en cada momento, le impidieron desempeñar la dirección de El Socialista, para la que fue elegido en aquel congreso. Desde entonces se hizo evidente su caída en desgracia dentro del círculo íntimo de Iglesias.

Mayor éxito obtuvo en la acción sindical: había vuelto a la presidencia del Arte de Imprimir en 1904, y en ella llevó a cabo una ardua labor, empezando por poner al día sus efectivos y renovarla mediante la organización de la base múltiple, esfuerzo todo él que desencadenó enconadas resistencias y críticas. En 1911 retomó la presidencia de la Federación Nacional de Tipógrafos, donde permaneció hasta 1918, acometiendo también una importante reorganización.

La falta de apoyo de la dirección nacional del PSOEUGT en ambos casos resultó, sin embargo, evidente.

La misma frialdad y desconfianza marcaron límites estrictos a su carrera electoral: concejal del Ayuntamiento de Madrid por el distrito de Universidad, representó a los madrileños desde 1909 hasta 1913. En 1919 fue elegido diputado provincial, pero no figuró en el grupo de los seis integrantes del primer minigrupo parlamentario socialista en el Congreso de los Diputados, tras las elecciones generales de febrero de 1918. Vicepresidente del PSOE por decisión del XI Congreso de 1918, presidió el Congreso extraordinario de junio de 1920, que votó la adhesión condicionada a la Internacional Comunista. Luego pasó al Partido Comunista Obrero Español (PCOE) con los integrantes de la escisión pro Tercera Internacional de abril de 1921, y después al Partido Comunista de España (PCE), ya en 1922, resultado de la unificación de los dos grupos comunistas desprendidos sucesivamente del PSOE. Secretario general del PCE por decisión de su primer Congreso 1922, cesó al año siguiente. Desde entonces hasta su muerte, en 1927, no ocupó puesto alguno de relevancia dentro del comunismo español, aunque tampoco abandonó sus filas.

Colaboró, eso sí, en la prensa comunista con relativa asiduidad, y en La Antorcha —órgano oficial del PCE— explicó que su adhesión al comunismo obedecía a la lealtad mostrada por los bolcheviques a las recetas defendidas por Marx en el Manifiesto Comunista.

En este sentido, en colaboración con César R. González y Eduardo Torralba Beci, publicó el libro Marx y la Primera Internacional, que incluía la traducción por Quejido de la versión del Manifiesto Comunista, de Laura [Marx] Lafargue. Quejido suscribió el planteamiento de la degeneración reformista del PSOE respecto a sus orígenes revolucionarios, aunque el antaño prorrepublicano y sindicalmente reformista no aclaraba cuándo y por qué había comenzado dicha degeneración. A su muerte, tanto los socialistas como los comunistas lo reclamaron como propio.

 

Obras de ~: Pablo Iglesias y el partido socialista, Madrid, 1905; con C. R. González y E. Torralba Beci, Marx y la Primera Internacional, Madrid, 1923; Pensamiento socialista español a comienzos de siglo, selec. de M. Pérez Ledesma [Antología de La Nueva Era, 1901-1902], Madrid, 1975.

 

Bibl.: J. J. Morato, Líderes del movimiento obrero español 1868-1921, selec. y notas de V. M. Arbeloa, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1972; VV. AA., Pablo Iglesias. El socialismo en España. Artículos en la prensa socialista y liberal 1870/1925, Madrid, Editorial Ayuso, 1975; P. Rivas, Aproximación a la historia del marxismo español (1869-1939), Madrid, Editorial Endymion, 1990.

 

Luis Arranz